Capítulo XXXV:
"Debt"
(Deuda).
Aún medio de la bruma que eran sus pensamientos, pudo sentirlo- El movimiento, la respiración agitada en medio de unos pasos que intentaban ser rápidos pero que no podían serlo del todo, la calidez de alguien que chocaba con el frio de la lluvia que mojaba todavía más (si era posible) su ropa ya antes empapada por agua de mar.
Alguien lo estaba cargando.
Ah, sigo con vida, Daemon pensó. Que lastima.
La persona que lo cargaba trastabillaba. Él debía de ser más pesado (y tal vez alto) que su rescatista por lo poco que podía sentir. Eso sumado a la lluvia, que hacía las calles más difíciles de transitar, daba como resultado que el avanzar fuera difícil. Nada recomendable cuando se está siendo perseguido.
Porque sí, podía sentir a otra persona. Aura amenazante, pero también desesperado. Algo de frustración, y también rabia.
Corneille. Lo estaba buscando. Y se acercaba, seguía sus pasos (¿era tal vez su sangre que hacia un camino? ¿era porque ya los había visto, dos siluetas en medio de la lluvia?)
Daemon estaba débil, pero al menos había algo que podía hacer: despistar unos segundos a su enemigo y dar tiempo para llegar a donde sea que quería llegar aquella persona quien lo había salvado.
La niebla se deslizó de sus manos hasta cubrirlo a él y a su salvador. Y de un segundo a otro, su existencia fue borrada de los ojos de los demás.
Eso era la niebla: control de los sentidos. Y por supuesto, la vista y el oído eran parte.
Su rescatista pareció ver (o sentir, no estaba seguro) lo que había hecho, pues dejó soltar una leve exclamación. Su voz era suave, aún con la sorpresa. Y se le hacía conocida, no era... ¿La chica de la familia mercante? ¿Aquella con la que había hablado en la tarde? ¿Por qué? ¿Acaso lo había seguido debido a la forma tan abrupta (y descortés, lo admitía) con la que se había ido?
Qué extraño. Las personas desinteresadas todavía existían, pensó. Le hubiera gustado agradecer, pero su consciencia terminó por volver a desaparecer poco después (la pérdida de sangre le estaba afectando. O tal vez era que había utilizado sus poderes otra vez, demasiado pronto. O tal vez ambas).
Al menos parecía que había podido ayudar un poco. Antes de desmayarse, pudo escuchar el sonido de una puerta cerrándose detrás de ellos mientras la chica suspiraba con cierto alivio.
Tenían que estar ahí. Corneille había visto como la puerta se cerraba (aunque no vio a nadie entrar, otro truco de ese aristócrata bastardo, sin duda alguna). Era ahí.
¿Cuánto tiempo estuvo lazando palabras incoherentes pero amenazantes (que obviamente no iban a ser entendidas pues estaba hablando en francés), a punto de utilizar lo poco que quedaba de sus energías para utilizar sus poderes para derribar la puerta y entrar y terminar todo? Segundos, minutos. ¿Quién sabe? Sólo volvió a estar consciente de lo que pasaba cuando sintió otra presencia cerca, una presencia helada, como la lluvia que caía o el acero al cortar.
— Disculpe — escuchó una voz tranquila, pero con un matiz de otra emoción difícil de identificar. Estrés. Alerta. ¿Qué era? — ¿Puedo saber qué es lo que está haciendo aquí? Tocar de esa manera y con palabras tan agresivas no me parece correcto.
Ah, le había entendido. Y no sólo eso, si no que parecía hablar su idioma con cierta fluidez. Con curiosidad, Corneille volteó a ver por completo a la persona que lo había interrumpido.
Alto y delgado. Sus ropas delataban que no era una persona común y corriente; era de una particular clase social. Colgada de su cintura, se podía ver un juego de dos espadas: Un guerrero. Sin embargo, era joven; sus facciones lucían como las de un adolescente.
— Estoy buscando a una persona — Corneille respondió con el tono de voz de alguien que cree en su superioridad — Y está adentro. Si no sale-
— Me temo que debe de haber una confusión — el chico interrumpió de una manera sutil — He estado aquí todo este tiempo, y nadie ha entrado o salido. Además — agregó — Sería extraño que alguien estuviera fuera con esta lluvia tan fuerte.
"¿Y entonces qué haces tú aquí?" Corneille quiso preguntar, pero decidió cambiar de palabras.
— ¿Estás diciendo que estoy mintiendo?
— Nunca me atrevería. Sólo estoy sugiriendo una confusión — respondió — Además, tratar de entrar así, aun teniendo una buena razón, da para muchos... malentendidos. Sus palabras y tono de voz más bien parecen mostrar odio o intenciones de querer matar a alguien, señor.
El joven le sonreía con amabilidad. Su postura se podría definir como una relajada. Sin embargo, Corneille ya había experimentado unas cuantas batallas como para ser capaz de sentirlo:
Una característica aura amenazante.
Podía ver que detrás de la postura sencilla del contrario, se encontraban nervios y músculos que se moverían rápidamente de ser necesarios. Podía ver el brillo (o tal vez lo mejor sería decir la falta de brillo) en los ojos: Era una mirada de alguien que tenía la habilidad de matar.
Aunque no tuviera lógica (la persona delante de él era sólo un adolescente) Corneille sintió un extraño escalofrío. Producto de la fría lluvia que caía sobre él, se quiso engañar. Consecuencia de la debilidad que sentía después de apenas sobrevivir a su anterior enfrentamiento.
Con un seco "ya veo," se dio la vuelta, y sin decir nada más, cedió al impulso de peligro, volviendo sobre sus pasos.
No miró hacia atrás. No quiso hacerlo.
A la mañana siguiente.
Cuando se despertó y se intentó mover, Daemon descubrió no sólo que había estado más herido de lo que esperaba, sino que parecía que alguien ya lo había curado (podía sentir la tela fuerte alrededor de su abdomen, probablemente para detener alguna hemorragia). Suspiró. Parpadeó. Lanzó sonidos de dolor hasta que pudo sentarse y observar a su alrededor.
Una habitación. Algo grande, cabía decir, con la decoración escasa (usada para visitantes o para guardar cosas, tal vez).
¿Dónde estaba? La cabeza le daba vueltas, y cuando intentó recordar lo que pasó, la serie de imágenes que cruzaron por su mente lo hicieron querer vomitar de puro espanto. Lo que había sucedido-
— Ha despertado — una voz femenina lo saludó, haciendo que volteara hacia la puerta corrediza — Me alegra.
Shimizu Hotaru, descubrió. O como la recordaría incluso después de la tragedia futura: una de las personas más amables y valientes que había conocido. Después de todo, las ocasiones en las que se había arriesgado para ayudar a Vongola eran más de las que se podían contar.
Al principio fue algo extraño. Confusión, agradecimiento, disculpas (por las molestias causadas, el peligro que la hizo pasar y llevar artefactos, batallas y guerra a su país). Y ella respondió con un sencillo:
— Quedarse sin hacer nada en una situación como esa, no es algo que esté dispuesta a hacer. Me gustaría que la gente me ayudara cuando estoy en problemas, por eso yo hago lo mismo.
— ¿Y qué pasaría si yo fuera el malo de todo esto? Si la persona quien me perseguía fuera el héroe y yo el villano.
— Entonces sería una buena oportunidad para que el villano intentara redimirse, al menos para pagar la deuda que tiene — ella dijo con naturalidad como si todos los días se encontrara con alguien así — Y del héroe de tomar un respiro. Aunque, si permite decir, no creo que un héroe actuaría como esa persona lo hizo.
La situación hipotética que le había planteado no parecía haberle afectado. — Está bien, supongamos que todavía no soy el villano. Aun así, creo que es peligroso.
— Ese todavía es algo preocupante. ¿Tan poca fe tiene en usted mismo?
Daemon parpadeó. Tal vez fuera por la propia naturaleza de sus poderes, que distaba de ser algo bien visto. Tal vez era por lo que había pasado, esa presión y voz susurrante en su cabeza que le decía que, si perdía el control de sus emociones, también se perdería a sí mismo. Tal vez por el miedo. Tal vez era todo eso. Pero la respuesta era clara.
— Parece que es así — contestó con resignación.
— ¿Es por el tipo de poder que tiene? — preguntó — ¿Duda porque se basa en confundir y engañar?
Imposible negarlo. Sin embargo, lo que más le llamó la atención a Daemon fue que mencionara algo así. ¿Ella había logrado ver la batalla? No. Ver no era la palabra correcta. Sentir, esa era. Había sentido que algo sucedía. Así como sintió como la noche anterior, él los había cubierto por unos momentos por una niebla que los hizo indetectables. Y no estaba tan sorprendida como cabía esperar.
Notando las preguntas en su mirada, la chica prosiguió.
— Él... Ustedes — Hotaru vaciló — Utilizaron un poder que me es conocido y a la vez no. Ocultar cosas, nunca había visto eso. Pero he observado otros. ¿Es debido a los anillos que estaban buscando?
— Incluso entre poderes, los hay de distintos tipos. Lo de esta ocasión es algo más relacionado con el resentimiento y maldiciones — respondió — Esos anillos no son algo natural. No tiene si quiera lógica que existan, pero lo hacen. Y son demasiado peligrosos.
— ¿No son algo natural? — ella repitió en forma de pregunta — ¿Se supone que hay naturales? ¿Qué son en realidad?
Dudó en responder, pero sólo fueron unos segundos antes de entender que era algo sin sentido el no hacerlo. No podía negarle información a alguien que había arriesgado su vida ayudándolo. Además, si alguno de los anillos quedaba cerca, también existían más posibilidades de peligro. En esas ocasiones, siempre era mejor tener conocimiento de lo que podrías enfrentar.
— Hell Ring — empezó a explicar — Así los llamamos nosotros.
Curiosamente, cuando comenzó a hablar, ella no parecía asombrada. No hubo signos de miedo o sorpresa, sólo una tácita aceptación, como si no fuera la primera vez que algo tan extraño le pasaba.
Los Hell Ring eran anillos únicos que existían desde hace mucho tiempo. Se les atribuían diferentes poderes, pero todos acarreaban una maldición que el portador tenía que aguantar. Cabía decir que dicha maldición no era algo para subestimar.
El Hell Ring que ella había tenido, aquel con el número 666 estaba ligado a la maldición de estar destinado a tener que soportar una serie de desgracias, sin importar que quien lo tuviera fuera un ilusionista o no. Aunque no utilizaras sus poderes, el sólo hecho de tenerlo ya era algo malo.
— ¿Desgracias? — ella preguntó — ¿Qué tipo de desgracias?
— Lo que es una desgracia o no depende de cada uno — él respondió — Caerse de un árbol, perder dinero, romper con una pareja, o una amistad perdida. Lo importante es que el usuario la sienta como tal.
Hotaru se quedó unos segundos callada. Parecía que estaba pensando en algo; reconsiderando algo.
Las desgracias al principio podrían ser pequeñas cosas: el olvidar algo, el tropezar la calle, un pequeño rasguño en una mano. Pero mientras más tiempo pasara, las desgracias aumentarían. Tal vez estar en una situación peligrosa, ser víctima de un robo, quedarse perdido en medio de la noche.
— ¿Qué hay de la muerte de una persona?
Daemon miró a la chica por unos segundos antes de responder con una triste sonrisa.
— Sin duda alguna, la muerte de una persona — confirmó — Si me permite, aseguraría que no hay peor desgracia que esa. Aunque diría que para llegar hasta ahí se necesitaría estar en posesión del anillo durante un tiempo ya.
— ¿Cuánto tendría que ser eso?
Lo pensó por unos segundos. Para ocasionar una muerte...
— ¿Un año quizá? ¿Un poco más? Con este tipo de poderes, es difícil hacer cálculos.
Hotaru pareció palidecer, reacción que fue acrecentada por el súbito temblor en sus manos. No había equivocación, ella...
Ella ya había sufrido de una gran desgracia, ¿no era así?
No tenía derecho de preguntar o indagar. Por la simple mirada vacía pero llena de fuego a la vez, podría suponer que era algo delicado, algo demasiado cercano para que un desconocido como él se enterara.
— El que el anillo llegara a ustedes no fue su culpa — quiso aclarar — No fue culpa de nadie.
Ella sólo le sonrió. O al menos, lo intentó.
Con eso, Daemon supo que no creyó en sus palabras.
La entendía hasta cierto punto. Él llegó a pensar, en esos momentos en los que estaba atrapado viendo sus propias pesadillas, que tal vez las maldiciones de los anillos y el ímpetu de querer buscarlos había sido la razón de que esa desgracia actual pasara (¿y a quién culpar más que así mismo?).
Anillos. Desgracias. Su padre.
Con eso, la realización de su situación lo golpeó.
¿Qué haría ahora?
No podía regresar a Inglaterra. No así. Posibles espías allá, el peligro de que ya sabían de sus lazos y donde encontrarlo (el hecho de que llegaría solo, ¿cómo explicaría lo que sucedió? ¿cómo pensar tan si quiera en enfrentar esa realidad?). No podía ir ahí. Pero entonces, ¿a dónde?
Cuando volteó hacia abajo en frustración y vio su ropa con manchas de sangre, la idea vino. Natural. Simple.
No estaba del todo perdido. Aunque no pudiera regresar a un lugar, podría intentar ir a otro. Uno donde los ojos de espías no pudieran alcanzarlo, uno donde ni él mismo hubiera esperado ir.
El antiguo hogar de su madre.
— Disculpe, ¿hay algún barco que vaya a Europa?
— ¿Seguro que estará bien?
— Puedo ocultarme sin problemas. No me verán ni sentirán a menos que yo lo decida — respondió mientras se acomodaba la capa que traía puesta. No podía bajar la guardia — Además, me gustaría dejar de causarle problemas — intentó sonreír — Le pido por favor que esté atenta, incluso aunque pasen unos días. Nunca se sabe que pueda pasar.
Había un barco, Hotaru había respondido. Pero no era un barco de pasajeros; era uno de mercancías. Era en donde su familia iba a mandar la serie de telas que les compraban, y que embarcarían en Francia. Justamente llegar a Francia, de todos los lugares, sería algo peligroso, pero la parte buena es que, de ahí, la meta del ilusionista estaba relativamente cerca. Además, así, también podría pasar desapercibido; ¿qué mejor lugar para esconderse que a los propios ojos de tu enemigo?
Una vez ahí, sólo tendría que llegar hasta su siguiente destino.
Daemon suspiró, preparándose mentalmente para el desgaste de energía y el viaje que de seguro no iba a ser muy cómodo. Volteó a ver a la chica e hizo una reverencia tanto para demostrar de nuevo gratitud como para despedirse.
— Gracias — él dijo por última vez — Prometo que pagaré mi deuda con usted de alguna forma.
E iba a ser pagada, años después, lejos de ahí. Sería en medio de una guerra llena de lágrimas y promesas sin cumplir.
Antes de que Hotaru pudiera responder, la figura desapareció de su vista, dejando sólo un curioso aire frio detrás de sí.
— ¿Hotaru-dono?
Una voz conocida hizo que ella volteara hacia su derecha. Al ver a la persona, la chica hizo un intento de sonreír.
— Ugetsu — saludó — Gracias por tu ayuda ayer en la noche. No sé qué hubiera pasado sin ti...
Había sido Ugetsu quien detuvo a aquel amenazante sujeto. Hotaru había escuchado su voz, y fue hasta ese momento que pudo respirar con facilidad otra vez.
Después de lo ocurrido hace unos meses, ambos habían tomado la confianza de llamarse por sus nombres sin tantas formalidades. ¿De qué podían servir cuando ya se habían visto en momentos de desesperación, habían llorado y sufrido juntos?
Habían perdido a alguien preciado.
Y Hotaru ahora no podía dejar de pensar que en parte había sido su culpa. Si no hubiera aceptado ese anillo que traía desgracia (ese Hell Ring), tal vez…
Shurui tal vez...
— ¿Estás bien? Luces triste — Ugetsu comentó con preocupación.
Ella volvió a intentar sonreír, pero no pudo.
Italia
— ¡Escuche que destruyó todo con sus propias manos!
— Que ingenua eres por creerte eso, ¿quién podría destruir un castillo así?
— ¡Tú eres el que no sabe nada! Es verdad; ¿por qué crees que los otros grupos no han intentado atacar? ¡Le tienen miedo, claro está!
— ¿Tú también estás con ella? Vamos, que es imposible. ¿Quién tan poderoso se pondría un nombre así?
— Sí, Giotto, dime. ¿Quién se pondría un nombre así? — a diferencia de las demás voces que se escuchaban cuchichear, esa pregunta vino directamente de la persona enfrente de él. Giotto parpadeó un par de veces — Vongola. ¿Tenías antojo de una almeja, o por qué elegiste eso?
— G — Giotto hizo un puchero — Vamos, no suena mal.
— No me imagino a alguien con miedo al escuchar el nombre almeja, perdón.
— Que bien, porque nuestro objetivo no es causar miedo — Giotto enfatizó — Si no proteger. Tal y como lo hacen las almejas-
— Con el tesoro en su interior. Ya entendí; no necesitas decirlo otra vez — G bufó tan fuerte que incluso un mechón de su cabello salió volando por unos momentos — Aun así, a quien demonios se le ocurre nombrar a un grupo de vigilantes "almeja".
Era un nombre... Original, eso sí.
— Además, ¿cómo... Eh, Giotto — G lo llamó — El papel de las compras. ¿Podrías dejar de doblarlo y romperle las orillas?
Giotto volteó a ver a su mano. Y ahí vio que era verdad; estaba a nada de romper la lista en cachitos. Hizo una exclamación de sorpresa mientras desdoblaba el papel y se aseguraba que las palabras seguían siendo legibles.
G entendió lo que pasaba.
— En vez de estar nervioso y estresado, deberías de distraerte pensando en cómo hacer realidad tu idea de plasmar fuego en un papel — G se quedó callado unos segundos — Dios, eso suena tan raro. Plasmar fuego en un papel, claro — se burló de sí mismo. Lo gracioso es que, a esas alturas, lo veía posible — Recuerda que ella encontró información que podríamos utilizar para contactar a Alaude. Y seguramente se la intente dar a Piero en esa reunión de aristócratas de hoy.
— ¿Cómo lo va a hacer? — Giotto no pudo evitar preguntar con ansiedad — ¿No es mucha información esa? Eran varias hojas las que había encontrado. Si alguien la ve…
— Tal vez las leyó y las resumió todas para que cupieran en una pequeña frase — G sonrió de medio lado — Viniendo de ella, no me sorprendería — dijo y suspiró ante el rostro de tensión de Giotto — Ella está, y va a estar bien, Giotto. No hay de que preocuparnos. Elena es parte de nosotros, de esta Vongola que acabas de crear. Y si algo tenemos, es que somos hábiles, ¿no es así?
No habían podido ver a Elena desde aquella noche de la misión. Al principio, ellos se preocuparon (¿acaso alguien la había visto? ¿los miembros restantes de los Reale la habían notado?) y el sentimiento no disminuyó cuando días después Piero les había dado un mensaje escrito de ella, con las siguientes palabras:
"Situación peligrosa. No se acerquen a mi casa. No puedo decir más.
Intentaré darles la información de Alaude cuando sea la siguiente reunión."
Aquel sutil mensaje había sido entregado en una improvisada fiesta que había hecho el Duque Giardianne (a la cual no tuvo más remedio que invitar a Piero, pues, a los ojos de los demás, él era un excelente familiar que había ayudado a su primo); una especie de celebración porque el hijo mayor, Giorgio, había regresado de su viaje. Ahí, ella había dejado caer ese pequeño papel cerca de Piero sin que nadie lo notara. Elena siempre era discreta.
— ¿Puedes ir a la siguiente tienda tu sólo? Tengo que pasar por algo cerca de aquí.
— ¿A dónde? — Giotto ladeó la cabeza
— A comprar unos dulces para Lampo. De los que llevamos la otra vez, me quitó uno y terminaron gustándole.
— ¿Lampo?
— Estuvo insistiendo mucho.
— Oh, y luego yo soy el que lo consciente.
— ¡No digas más! — G exclamó mientras se dirigía a su destino, y Giotto le sonrió antes de ir al suyo.
Cuando llegó, cerca de una tienda se escuchaban una serie de gritos. Había un hombre (el dueño) regañando a un chico. Nuevo empleado parecía. Hablaban sobre la mercancía que habían tenido que transportar (o alguien había transportado más bien). Sobre un papel y cuentas de tiempo y dinero.
— ¡¿Cómo se supone que voy a saber todo lo que era si acabas de perder la nota?! ¡Eres un-
— Llegaron siete cajas de tomate, tres de zanahoria, y cuatro de lechuga. Las seis cajas de manzana estarán aquí después de una hora, junto con dos de uvas y cuatro de limones — el joven a su lado rápidamente intervino, evitando así que su nuevo compañero fuera regañado — Las cinco de peras se retrasaron un poco, pero vendrán en máximo unos treinta minutos. Cada una de las cajas contiene-
Giotto no pudo evitar parpadear un par de veces. El nuevo empleado hizo lo mismo. Apenas si llegaba a recordar los números y cuentas que aquel proveedor había dicho con rapidez, ya ni hablar de repetir todo con precisión.
Después de unos momentos, el jefe refunfuñó y regresó a su puesto ya que el problema había sido resuelto, y el otro chico regresó a sus tareas no sin antes darle una nerviosa pero sincera sonrisa de agradecimiento a su compañero. Entonces, Giotto se atrevió a acercarse.
— Lo que acabas de hacer es increíble — Giotto comentó a aquel joven que había memorizado todas las palabras y las cuentas. Como respuesta, él dio un pequeño salto y volteó a verlo con sorpresa. Ahí, Giotto notó que, por sus facciones, no podía ser tan mayor como había pensado inicialmente. ¿Cuántos años le llevaría? ¿Cuatro a lo mucho? — Tienes muy buena memoria; ¿cómo es que recordaste todo eso?
El joven el miró a otro lado, claramente avergonzado. — Ah, ¿viste todo? No es la gran cosa…
— Estás hablando con alguien que a veces no recuerda lo que comió hace unos segundos — Giotto sonrió — ¿Puedo preguntar si es una habilidad que siempre has tenido o acaso la tuviste que desarrollar?
— No me cuesta trabajo recordar las cosas; siempre ha sido así — él respondió, rascándose con duda una de sus mejillas — Parte de las razones por la que me permitieron trabajar aquí.
— Me imagino que para tu jefe es bastante útil, aunque debe de ser cansado para ti.
— De alguna extraña manera, me divierto. Especialmente cuando llego a ver las caras de sorpresa.
Giotto rió de forma disimulada. Luego, extendió su mano en señal de saludo. — ¿Puedo saber con quién tengo el gusto de hablar?
Teniendo ya más confianza, el joven le estrechó la mano con una media sonrisa. — Mi nombre es Donatello — se presentó — Un gusto poder hablar con el famoso Giotto.
— ¿F-famoso? — Giotto tartamudeó. Eso sonaba tan raro — Por favor, no soy-
— Oh no, tu nombre sólo sale de la boca de la gente cada dos segundos — él dijo mientras soltaba una pequeña risa — Gracias por lo que hiciste. Tuviste un gran valor para darle la cara a esos sujetos y sus aliados de la nobleza.
— N-no hay porque agradecer — estaba avergonzado, a decir verdad — Lo único que quiero es que todos aquí sean felices.
Todavía faltaba para eso. Todavía había mucho que recorrer. Pero al menos parecía que el primer paso había salido bien. Vongola existía y crecía.
— Hey... — Giotto se acercó un poco más a él, casi como si le estuviera a punto de contar un secreto importante — ¿Crees que puedas ayudarnos luego? — preguntó, haciendo que Donatello se sobresaltara.
— ¿Ayudar? ¿En qué podría ayudar yo a un grupo como ustedes?
A partir de lo ocurrido con los Reale, Giotto había recibido más atención de la que esperó (que, a palabras de G, no debería de haber sido una sorpresa. "Giotto, acabamos con una familia mafiosa. ¿Crees que eso pasaría desapercibido?"). Había gente que se acercaba a agradecer, había gente que le pedía protección para sus familias o negocios, cuyos territorios habían sido asechados por delincuentes, e incluso, para su nerviosismo y sorpresa, había gente que le preguntó si se podía unir.
Unirse. A Vongola.
Entre todo eso, Giotto había intentado recordar y anotar cada petición y cada palabra, pero terminó resultando más complicado de lo que imaginó. El hecho de estar recuperándose no ayudó, así como que Cozzato había sido castigado y no podía salir tanto durante un tiempo (no había autoridad más grande que la de una madre) y G y él no podían manejar solos lo que sea que habían iniciado. Era algo casi irreal.
— Nos vendría muy bien alguien con tus cualidades. La cantidad de personas y peticiones que últimamente ha habido… No quiero decepcionarlas, pero temo que no tengo las capacidades de recordar tanto- ¡Ah, te daríamos algo a cambio, por supuesto! N-no podría ser mucho por ahora, pero-
— ¡E-espera! — Donatello interrumpió, moviendo las manos enfrente de él de forma nerviosa — ¿De verdad piensas que alguien como yo les podría ayudar? No soy un luchador, no-
— ¿Y quién dijo que luchar lo era todo? — Giotto le sonrió — Pelear no nos servirá si no somos capaces de mantenernos. Pero tampoco quiero obligarte a nada. Si te decides, puedes buscarnos en la casa de los Raineri. ¡El señor Piero es muy amable, no te preocupes!
Así es como empezó lo que sería la futura división de procesamiento y guardado de información, parte de Vongola que se encargaría de tener registrado a todos los miembros que había en sus filas, su rango y tarea, así como aquellos que tenían registrado los sucesos que habían marcado a la familia.
No todo era pelear, como Giotto había dicho.
