Ushhh, pues bueno, el título y el summary lo dijeron casi todo. No es una adaptación, sólo me inspiré en el argumento general de las películas. Obviamente es Rated M por temas fuertes, vocabulario y una violación (suena como el combo del infierno, damn).

Pero claro, también habrá romance UlquiHime ya que me han pedido que escriba más fics de esta pareja en un AU. No sé si esperaban algo más rosa, pero hey, algo es algo ¿no?

Los personajes de Bleach no me pertenecen, son propiedad de Tite Kubo.

LA PURGA

Capítulo 1

Después de tres años, Ulquiorra todavía no se acostumbraba a la aturdidora alarma que anunciaba el comienzo de la Purga anual, puntual a las 8 de la noche. La sirena tardó aproximadamente un minuto en callarse, y una vez que terminó se hizo un silencio prolongado. Ulquiorra activó el sonido de la televisión justo a tiempo para escuchar el noticiero dando las últimas recomendaciones y actualizando a la audiencia sobre qué zonas eran más peligrosas aquella noche, las nuevas armas que, de acuerdo al calibre permitido, se habían aprobado por el comité organizador, las medidas de seguridad que habían implementado en otras ciudades aledañas, no sin antes mencionar la empresa de seguros de sus varios patrocinadores, y desde luego, los supuestos progresos que se habían conseguido a lo largo de tres años en lo relativo al nivel de crimen y pobreza.

Ulquiorra atenuó las luces de la sala, se sentó en el sillón y tomó su vaso con brandy que estaba en la mesita de al lado. Estaba como ausente, con los ojos verdes sin brillo fijos en un punto en la pared. Podía retomar su lectura de la noche anterior o trabajar en el proyecto que le pedían en la oficina para el lunes, pero la verdad era que no podía concentrarse en ninguna de las dos cosas. Su método de aislarse en su departamento y esperar a que todo pasara para retomar su vida al día siguiente como si nada, le había funcionado los dos años anteriores, pero no podía olvidar los gritos de desesperación, dolor e impotencia que escuchó en las calles la primera vez y que solían acompañarlo las semanas siguientes a la Purga, en cada sueño, en cada rincón de la ciudad por el que pasaba. Miles de personas habían muerto desde entonces, otros cientos tenían secuelas, lo que había derivado en algunos suicidios, y el supuesto combate a la pobreza, la violencia, la delincuencia y la sobrepoblación era sólo un mal chiste empapado de sangre.

Apagó el televisor antes de que la televisora reprodujera el ya conocido mensaje previo a la Purga, aquel en el que el canciller explicaba los orígenes del proyecto y la manera en la que beneficiaría a la población. Bla, bla, bla, mentiras, mentiras, bla, bla, bla.

Tal vez lo mejor sería irse a dormir temprano. Sería una noche ajetreada y los criminales, cuando se juntaban en grupos grandes, solían irrumpir en las casas y departamentos en donde veían luces encendidas o alguna clase de movimiento. La mayoría iba por los grupos vulnerables, las mujeres, los pobres, los indigentes, sólo para saciar su sed de sangre, sus perversiones, sus necesidades, pero otros más, y éstos eran los más peligrosos de acuerdo a Ulquiorra, se lo tomaban todo como un maldito día de campo, como algo divertido, una excentricidad, un lujo que podían darse una vez al año. Veían la Purga como un reto personal y apuntaban a las esferas más altas para probar de qué estaban hechos, o probarle al resto de la población que nadie, absolutamente nadie, estaba a salvo.

Ulquiorra terminó su copa de brandy y dejó el vaso en la mesita de noche. Cerró los ojos y se recargó en el respaldo, preso del cansancio corporal y de la angustia moral que no se le iba a quitar con unas horas de sueño. Sólo esperaba que no hubiera disparos cerca, ni explosiones. Según había visto en el noticiero del día anterior, un grupo al otro lado de la ciudad se dedicaba a vender explosivos, dinamita, bidones de gasolina y cualquier otro tipo de piromancia. En tan sólo una semana habían hecho su agosto y desaparecido sin dejar rastro, probablemente hasta el año siguiente.


Orihime estaba temblando de pies a cabeza. La distancia se le antojaba larguísima, pero la verdad era que estaba a sólo un callejón de la avenida principal. Se había demorado más de la cuenta en la oficina, y ahora corría peligro porque la Purga ya había comenzado. Ya no había transporte público, ni siquiera taxis o alguien a la vista que pudiera ayudarla. Tenía que caminar de regreso a casa, y era casi una hora de camino. Eso sin contar todo tipo de percances que pudiera encontrar. Si le iba bien, sólo un asalto a mano armada, para lo cual estaba mentalizada de entregar todas sus pertenencias, pues su vida no valía el poco efectivo que traía en el bolso. En el peor de los casos…

Orihime sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos.

Era una noche de locos, pero no tenía sentido ponerse pesimista.

Tomó una profunda inhalación antes de empezar a caminar. Sentía las piernas débiles, como un cervatillo recién nacido, pero se repitió mentalmente que podía hacerlo, que tenía que hacerlo. Usualmente los grupos que salían a purgar eran muy ruidosos, bastaría con evitar el bullicio y no debería haber problemas.

Sus pasos eran lo único que se oía en el asfalto, había luna llena y el aire era cálido, aunque probablemente llovería más noche. Orihime avanzó deprisa, sin querer demorarse más de la cuenta. Tomó el atajo del parque para evitar las grandes avenidas y por ende las pandillas numerosas. Ya llevaba diez minutos caminando cuando de pronto vio a lo lejos que un carro se estaba incendiando. Orihime se pegó a la pared antes de asomarse a la calle, apenas unos centímetros para no ser vista. Tres hombres de no más de treinta años estaban alrededor de la "fogata"; conversaban y se reían, arrojaban más gasolina para que el fuego creciera. Orihime decidió volver sobre sus pasos, no podía cruzar y arriesgarse a que la persiguieran. Se dio media vuelta y ahogó un grito cuando una rata le pasó corriendo por los pies. Empezó a temblar de pies a cabeza y se quedó inmóvil. ¿La habían escuchado? Aguzó el oído y el alma se le cayó al suelo cuando se dio cuenta de que las risas habían cesado.

‒¿Escuchaste eso? –preguntó uno de ellos.

Orihime estaba paralizada.

‒¿Qué cosa?

‒Fue como un grito.

‒Imaginas cosas, no sería la primera vez.

‒Te digo que lo escuché.

Pasaron unos segundos y ninguno de ellos se acercó. Orihime soltó el suspiro que estaba conteniendo y se dio media vuelta para reanudar su camino. Entonces, un gato saltó del contenedor de basura y tiró unas botellas que estaban en el borde. El estruendo le heló la sangre a Orihime, ahora sí que la habían escuchado.

‒Hay alguien ahí –dijo el que había hablado primero.

Lo siguiente que Orihime escuchó fueron los pasos en su dirección. Tenía que escapar, era ahora o nunca. Se echó a correr sabiendo que esconderse no era una opción; si lograba llegar a alguna tienda o entrar a un edificio podría ganar algo de tiempo.

‒¡Se los dije! –gritó el hombre.

Orihime corría tan rápido como se lo permitieron sus piernas. Escuchaba los pasos apresurados detrás de ella pero no quiso voltearse a ver si sólo uno la perseguía o si eran los tres. Ni siquiera supo qué calles había tomado, lo único que le importaba era poner la mayor distancia entre ellos. Dio vuelta en la siguiente calle y se ocultó al lado de un contenedor de basura con el corazón latiéndole muy aprisa. Le dolían los pies y los costados, no podía controlar el temblor de sus manos. Pasaron unos minutos en completo silencio, Orihime se puso de pie lentamente para asomarse, y suspiró de alivio al ver que no había nadie. Salió de su escondite y se dio media vuelta, y entonces chocó con algo sólido, pero no tan duro como para tratarse de un poste o de la pared.

‒Sabía que no habías ido muy lejos –dijo el hombre con el que había chocado. A Orihime se le cortó la respiración al ver que era más alto que ella, la capucha le cubría la cabeza pero algunos mechones de pelo negro le caían por la frente. Tenía una gruesa cicatriz en el ojo izquierdo y una argolla plateada en la nariz. Sus ojos eran azules, pero en la oscuridad se veían casi negros por lo dilatados que estaban. Sus compañeros salieron a su encuentro. El de la izquierda era un poco más bajo que el primero pero más corpulento, con un gorro negro que le ocultaba el cabello, barba tupida y cara de pocos amigos. El tercero era muy alto y delgado, con granos en la cara y cabello largo y seboso hasta los hombros. Los tres le sonrieron al mismo tiempo y empezaron a acorralarla.

‒Por favor –dijo Orihime‒, no me hagan nada. Llévense todo lo que tengo, pero déjenme ir.

‒No queremos tu dinero, preciosa –dijo el del gorro.

‒Sólo queremos divertirnos un rato contigo –dijo el de cabello largo.

Orihime negó con la cabeza y retrocedió asustada. No había forma de convencerlos de que la dejaran tranquila si no buscaban nada material. Cuando sintió que estaba a punto de chocar con la pared de atrás, se echó a correr por la calle para escapar de ellos. No estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente.

‒¡Atrápenla! –ordenó el de la cicatriz.

Orihime sabía que no podía correr toda la noche y que en algún momento iban a alcanzarla. Recurrió a una técnica diferente en la que no confiaba demasiado, pero que era mejor que nada.

Pedir ayuda.


Ulquiorra se sobresaltó y abrió los ojos de golpe cuando escuchó el grito agudo que provenía de la calle. Después una serie de pasos apresurados, como de alguien que estaba huyendo, justo enfrente de su edificio.

‒¡Ayuda, por favor! –gritó la misma voz. Era una mujer joven al parecer. Una desdichada y desafortunada mujer que estaba en las calles la noche de la Purga.

No te involucres, pensó Ulquiorra, no hay nada que puedas hacer.

Otro grito que le perforó los oídos. Los pasos se acercaban más y más, eran dos…no, tal vez tres personas detrás de ella. Se dirigían al callejón que estaba a lado de su edificio. Ulquiorra quiso hacer oídos sordos a las súplicas, pero el instinto pudo más y se acercó a la ventana para ver qué estaba pasando. Abrió la cortina apenas unos centímetros para no llamar la atención, la luz estaba completamente apagada y las calles se veían sin problemas. Alcanzó a ver una melena anaranjada dar vuelta en el callejón y tres hombres vestidos completamente de negro que iban tras ella.

Sentía un nudo en la garganta y un hueco en el estómago. No había que ser un genio para saber el destino que le esperaba a esa chica. Iban a jalarla, asaltarla, violarla y probablemente matarla, no precisamente en ese orden. Se repitió que no podía hacer nada para salvarla. Salir allá era arriesgar el cuello por una persona que ni siquiera conocía, además ellos lo superaban en número y nada le aseguraba que no vinieran otros más para encargarse de él también. No, no podía salir. Independientemente de esa noche, vivía su vida con tranquilidad, tenía todo lo que necesitaba y nunca se metía en problemas, era absurdo pensar en meter las manos al fuego por una completa desconocida.

Y sin embargo…

Otro grito que desgarró el silencio. Ulquiorra se apartó de la ventana y cerró los ojos. Las manos le temblaban de impotencia.

Vete a la cama, ponte los audífonos y escucha algo de música o un audiolibro, por la mañana te sentirás mejor.

Ulquiorra quiso dar un paso, pero su cuerpo estaba petrificado.

No puedo hacerlo, se dijo, no puedo.

‒¡No! –la chica gritó nuevamente desde el callejón. Se escucharon algunos golpes seguidos de un ruido seco, como si alguien se hubiera caído.

Ulquiorra corrió a su habitación, pero no para encerrarse, sino para buscar la caja de zapatos que tenía oculta en el armario, donde guardaba celosamente un revólver que había comprado dos años atrás para sentirse más seguro. Nunca había tenido que usarlo, así que no confiaba mucho en su puntería, lo demás se lo dejaba a la suerte. Comprobó que estuviera cargada, seis gruesas balas de plomo en la recámara.

Corrió a la puerta de la entrada y la abrió de golpe. Bajó las escaleras de dos en dos con el revólver en la mano derecha, ya amartillada y lista para disparar. El frío de la noche le dio de lleno en la cara mientras se dirigía hacia el callejón, escuchaba algunos golpes, las patadas en el contenedor de basura, y algo más que le puso los nervios de punta: risas, carcajadas. Los tres hombres la estaban pasando muy bien, pero la chica no dejaba de gritar.

‒¡Ayúdenme, por favor! ¡Auxilio!

Ulquiorra se pegó al muro para que no lo vieran y se asomó con sigilo. Era una mezcla de cuerpos que forcejeaban, la joven estaba tirada en el piso con el vestido levantado hasta la cintura, dos de ellos la sujetaban de los brazos y el tercero estaba entre sus piernas, moviéndose de una forma que no dejaba rastro de dudas. La chica lloraba y le suplicaba que la dejara tranquila, su cuerpo entero temblaba.

Ulquiorra levantó la mano y cerró un ojo para apuntarle directo a la cabeza, pero erró por poco y la bala dio en el asfalto. La detonación lo ensordeció por un momento, pero cumplió su cometido de llamar la atención de los asaltantes. Los tres hombres agacharon la cabeza y voltearon a ver a Ulquiorra con los ojos desorbitados. El del gorro negro sacó un cuchillo de su cinturón para enfrentarlo.

‒Ni siquiera lo pienses –exclamó Ulquiorra apuntándole directamente al pecho.

El que estaba violando a la chica se levantó y se abrochó el pantalón, haciendo una mueca que difícilmente podía pasar por una sonrisa. Se quitó la capucha y reveló su rostro cetrino, tenía tres argollas en cada oreja y una cicatriz rosácea que le cruzaba el ojo izquierdo.

‒¿Qué carajos te pasa, imbécil? ¿No ves que estamos ocupados? Si quieres a esta zorra tendrás que esperar tu turno.

A Ulquiorra le hirvió la sangre de coraje al escuchar cómo la había llamado. Hizo contacto visual con la chica y lo que vio en sus ojos grises fue terror y nada más.

‒Suéltenla –ordenó Ulquiorra con voz autoritaria.

Los tres hombres se rieron.

‒¡Largo de aquí! –repitió el de la cicatriz.

‒Por favor, ayúdame –suplicó la joven con un hilo de voz.

‒¡Cállate! –el que estaba a su derecha la abofeteó.

Ulquiorra tuvo que contenerse para no dispararle. No era un asesino, pero estaban colmando su paciencia y no dudaría en llenarles el cuerpo de plomo si era necesario.

‒Si vuelves a tocarla eres hombre muerto –sentenció Ulquiorra.

El de la cicatriz soltó una carcajada.

‒¿La conoces acaso, o sólo quieres divertirte con ella al igual que nosotros? Seguro que…

Pero Ulquiorra no lo dejó terminar la frase porque le disparó en el hombro derecho y gritó de dolor. La sangre salpicó y manchó a la chica, que estaba pegada contra la pared en un intento de protegerse. Los otros dos, al verse en desventaja, se echaron a correr y se perdieron en el callejón. El de la cicatriz temblaba de ira, impotente, herido y asustado como un conejo frente al lobo feroz. La sangre ya había empapado la manga de su chamarra y goteaba hasta el suelo. Ulquiorra volvió a amartillar el revólver para dispararle, esta vez en la frente, pero el sujeto dio media vuelta y se echó a correr detrás de sus compañeros como un perro con la cola entre las patas. Ulquiorra resistió el impulso de dispararle por la espalda y en cambio volteó a ver a la chica.

Estaba hecha un ovillo, con las piernas abrazadas contra su pecho, el rostro golpeado y salpicado de sangre. Temblaba incontrolablemente. Ulquiorra dejó el arma en el suelo lentamente para no asustarla y se arrodilló frente a ella.

‒¿Estás bien? –preguntó en un susurro. No obtuvo respuesta.

Ulquiorra tragó saliva pesadamente al ver que también tenía sangre entre las piernas, pero no debido a lo que salpicó del disparo.

‒¿Puedes levantarte?

La chica por fin lo miró y asintió una vez. Ulquiorra quiso pasarle una mano por la mejilla para limpiarle las lágrimas y tranquilizarla, pero después de lo que había vivido la pobre lo más sensato era mantener el contacto físico al mínimo.

La chica trató de levantarse pero se dobló de dolor y gimió. Ulquiorra la tomó del brazo y la levantó con cuidado. La ayudó a apoyarse en la pared, las piernas le temblaban y parecía que estaba haciendo un esfuerzo por no gritar.

Ulquiorra se guardó el arma en el pantalón y regresó junto a ella. Claramente no podía caminar, pero tenía que llevarla a su departamento de alguna forma para curarla.

‒Mi nombre es Ulquiorra –se presentó en un intento de hacerla entrar en confianza‒. ¿Cómo te llamas?

Pensó que la chica no respondería, pero después de unos segundos por fin habló.

‒Orihime.

‒De acuerdo, Orihime. Ya estás a salvo, pero no podemos quedarnos aquí. Podrían regresar y me temo que no tengo tantas balas. Vivo en este edificio, déjame llevarte a mi departamento para ayudarte.

Orihime asintió. Ulquiorra, ya con bandera verde, levantó a Orihime en brazos sin demasiado esfuerzo y se apresuró a volver a su departamento. El corazón le dio un vuelco cuando Orihime se abrazó a su cuello y recargó la cabeza en su pecho. Ulquiorra la llevó hasta el sillón y cerró la puerta con los tres seguros para evitar inconvenientes. Encendió la luz, dejó el revólver sobre la mesa de la cocina y fue directo al baño por el botiquín de primeros auxilios.

Cuando regresó, Orihime estaba con la vista fija en el suelo, con la piel casi tan pálida como la suya y mallugada como si la hubiera atacado un animal salvaje. Fue por una bandeja de agua y un trapo para limpiarla. Orihime levantó la vista y sus ojos grises sin brillo se encontraron con los de él.

‒Voy a limpiarte –exclamó Ulquiorra.

Sin esperar respuesta Ulquiorra le limpió la sangre de la cara, con mucho cuidado como si temiera lastimarla. Limpió su cuello y los dos brazos con la misma delicadeza. Tenía que limpiar sus piernas también, pero no quería tocarla en donde la habían lastimado.

‒¿Quieres hacerlo tú? –le preguntó.

Orihime asintió y se le rozaron los ojos. Ulquiorra sintió que su estómago se encogía. No estaba preparado para manejar una situación tan delicada. Enjuagó el trapo en la bandeja y se lo puso en la mano para que ella lo hiciera. Se levantó y fue a buscar algo de ropa limpia para que se cambiara.

Luego fue a la cocina para poner dos tazas de café. Orihime gemía en voz baja. Luego de un rato, cuando el agua ya estaba hirviendo, Ulquiorra volvió a su lado y le dejó su taza en la mesita de al lado, junto con dos pastillas.

‒Son analgésicos, para el dolor –explicó‒. Entiendo si no quieres tomarlos o si no confías en mí después de lo que pasó, pero…

Sin dejarlo terminar, Orihime se tomó las dos pastillas y le dio un trago al café. Eso bastó para confirmarle a Ulquiorra que confiaba en él lo suficiente.

‒Tardará un rato en hacer efecto. ¿Vives por aquí?

Orihime negó con la cabeza, aunque ni siquiera estaba segura de dónde estaba. Sólo sabía que estaba lejos de la seguridad de su casa.

‒Ya veo. Comprenderás que no puedo acompañarte a tu casa, no esta noche. Puedes quedarte en la habitación, yo dormiré en la sala.

Orihime seguía sin responder. Ulquiorra no sabía qué más podía decirle.

‒Será mejor que descanses. ¿Puedes caminar o necesitas que te lleve?

‒Yo puedo –dijo Orihime.

Se puso de pie con trabajos y Ulquiorra la tomó del brazo para que no se cayera. Caminaron hacia la habitación lentamente, un paso a la vez. La ropa limpia estaba sobre la cama.

‒Descansa –dijo Ulquiorra caminando de regreso hacia la puerta.

‒Espera.

Ulquiorra se detuvo con la mano en el picaporte y se volvió hacia ella. Orihime agachó la mirada y suspiró.

‒Gracias… por todo –susurró.

Ulquiorra trató de sonreír, pero no pudo, no en una situación así. Salió de la habitación y cerró la puerta.

Horas antes, cuando comenzó la noche de la Purga, no pensaba que terminaría de esa forma. Con sangre y pólvora en sus manos y una víctima de violación refugiada en su departamento. No podía esperar al día siguiente para esclarecer su mente, y tal vez despertar de aquella pesadilla.

Afuera llovía como si el cielo estuviera llorando.


Orihime despertó al escuchar la alarma que anunciaba que la Purga había terminado. Dentro de poco empezaría a escuchar las sirenas de patrullas y ambulancias recogiendo cuerpos por todas las calles, el bullicio de la gente que salía a retomar su rutina. Abrió los ojos lentamente y volvió a cerrarlos al sentir el rayo de luz directamente sobre su cara, entonces se enderezó de golpe al ver que no estaba en su habitación. Los recuerdos de la noche anterior estaban un tanto borrosos, probablemente su mente la estaba protegiendo, pero el dolor entre las piernas era demasiado real como para no saber lo que había pasado.

Había sido violada.

Y si no fuera por el hombre que la rescató, seguramente también estaría muerta.

Orihime se quitó las cobijas de encima y se estiró en la cama, tratando de hacer memoria acerca del hombre que la había rescatado. Ni siquiera recordaba su nombre, sólo su rostro inexpresivo. Se levantó con mucho esfuerzo y se quedó sentada en la cama.

Vio que encima del buró había una bandeja con comida. Un par de waffles con miel, una manzana, un vaso de leche y dos pastillas iguales a las de la noche anterior. Junto al vaso de agua había una nota doblada. Orihime la leyó:

"Tuve que salir así que te dejo el desayuno. Si despiertas y está frío siéntete libre de usar el horno de microondas. También te dejé otros dos analgésicos, aunque espero que el dolor haya disminuido considerablemente. Hay toallas limpias en el baño por si quieres tomar una ducha. Yo llegaré al mediodía.

Ulquiorra."

Orihime sonrió inconscientemente al ver la nota. Se tomó los analgésicos y desayunó en la cama. Hacía mucho tiempo que no recibía esas atenciones, y si pudiera dejar de lado el motivo que la había llevado hasta allí, estaría pasando un buen rato. Ulquiorra era en verdad muy amable con ella y le había demostrado que podía confiar en él. Ahora tenía que seguir con su vida, pues había recibido una valiosa segunda oportunidad y no podía desaprovecharla. Había vivido la noche de la Purga más terrible en tres años, y estaba viva para contarlo. No quería revivir lo sucedido, aunque en algún momento tendría que hacerlo si quería llegar a superarlo.

Cuando cerró los ojos vio claramente el rostro del violador, la cicatriz de su ojo y esa sonrisa de lado que le puso la piel de gallina.

Sólo podía pensar que tenía que encontrarlo y hacerlo pagar por lo que le hizo.

Continuará…

Hasta aquí este capítulo, espero que les haya gustado (a pesar de que fue muy fuerte para mí escribirlo), ya saben que me gustan los fics oscuros, de crímenes.

Dejen su review y díganme qué les pareció.