Estaban nerviosos, y sus rostros sonrojados lo demostraban. Nunca había llegado más allá de besos y caricias, pues tanto él como ella no se sentían seguros de seguir o de cómo avanzar; y eso, en verdad, lograba llegar a frustrarlos y hasta avergonzarlos.
¡Ya estaban casados, por Dios! Era normal que, entre esposos, intimaran. Pero no, ellos eran Norman y Anna.
Y el ser tranquilos y ciertamente, tímidos, estaba en su personalidad. Pero no esta vez, esta vez, consumarían su matrimonio. Esta vez, serían uno.
Serían marido y mujer, finalmente.
Norman la besó, siendo de inmediato correspondido. Siempre teniendo cuidado de no aplastarla; con una mano, comenzó a acariciar su pierna por debajo de la falda, procurando ser delicado y no molestarla o hacerla sentir incómoda. Se separaron, mirándose por un instante a los ojos.
Norman le besó suavemente la mejilla para después descender a su cuello, repartiendo besos, mordidas cariñosas y una que otra lamida, haciéndola suspirar. Descendió todavía más, llegando a su clavícula, repitiendo el mismo procedimiento que en su cuello.
Anna gimió, avergonzándose a su vez. Norman sonrió, y con cierta agilidad, le bajó su falda, haciéndola ruborizar; cerró sus piernas, tímida.
- ¿Qué sucede? – preguntó, con ternura, acariciando su mejilla. Anna cerró los ojos, disfrutando de la caricia que su esposo le brindaba. Negó suavemente, sonriendo dulcemente, haciéndolo sonreír a su vez.
Anna se sentó en la cama, quitándose la blusa, quedando solamente en ropa interior. Él se sonrojó, admirando su figura; ella se sonrojó, y deshaciendo su trenza se acercó a él, sonriendo levemente.
- Creo que deberías hacer lo mismo – comenzó a desatar su corbata, y a despojarlo de su saco y camisa. Norman estaba sonrojado casi hasta las orejas, sin embargo, no la detuvo.
Cuando su torso se halló completamente desnudo, la rubia acarició su piel y delineó cada parte que se le permitía ver y tocar. Desde la clavícula, hasta el lugar donde estaba aquella marca de Lambda. Se acercó a esa marca y la besó, con cariño y cuidado, conmoviéndolo.
Besó las marcas donde estaban sus números, y después lo besó a él. Siendo esta vez, Norman el de abajo; Anna sonrió entre el beso, sentándose justo donde comenzaba verse un bulto en los pantalones de Norman.
Él acarició su espalda con una mano, mientras que, con la otra, acariciaba el torso de ella hasta llegar a sus senos; le quitó el brasier, a lo que ella terminó por sacárselo, tirándolo al suelo. Norman acarició y moldeó sus pechos, acariciando con sus pulgares esos botones rosados sensibles a su tacto, haciéndola estremecer y soltar leves gemidos. Para ese punto, él comenzó a notar como su pantalón comenzaba a humedecerse.
Se preguntó si era por él o era ella.
Volvió a colocarse encima de ella, deshaciéndose de su pantalón, sintiendo algo de alivio al quitárselo. Su dedo índice recorrió desde su estómago hasta su pelvis, estremeciéndola. Terminó por bajar la última prenda que tenía, acariciando con ese mismo dedo índice su monte venus, haciendo círculos ahí; Anna gimió, sintiendo como iba humedeciéndose más.
Norman hacía mucho había dejado de lado su timidez, y se había entregado a merced de la curiosidad. Pues, leer sobre la anatomía femenina y verla eran cosas muy distintas; bajó su dedo, acariciando cierta parte sensible de las mujeres, casi arrancándole un fuerte gemido a la rubia, quien lo acalló con una de sus manos mientras que con la otra se aferraba a las sábanas.
El albino alzó la mirada, grabando en su memoria la imagen de su mujer, con la respiración agitada, su piel casi sudada, su adorable sonrojo y esos hermosos ojos cielo brillando de placer. Simplemente hermosa.
Y finalmente, introdujo un dedo en ella, tensándola. La miró consternado.
- ¿Anna? – su voz salió ronca por la excitación. Ella le sonrió, débilmente.
- Estoy bien, sólo… me tomó por sorpresa – logró decir, soltando un suspiró.
Norman sonrió, aliviado, volviendo a retomar su tarea. Metió otro dedo, y comenzó a meterlos y sacarlos, haciéndola suspirar al mismo tiempo que ella respondía, moviendo sus caderas; y antes de que ella pudiese obtener su orgasmo, retiró sus dedos, haciéndola bufar, provocando una risita en él.
Acercó sus dedos a su rostro, sintiendo curiosidad de por cómo sabría. Anna notó esto, sentándose de golpe y deteniendo lo que iba a hacer, mirándolo ceñuda y avergonzada.
- No hagas eso… - Norman sonrió, limpiando sus dedos en las sábanas. Anna frunció más su ceño -, ¡Norman! – él se rió.
- Tranquila, antes de dormir cambiaremos las sábanas – le dio un beso en la frente, sonrojándola. Volvió a posicionarse sobre ella, mirándola a los ojos -. ¿Estás lista?
- Sí… Confío en ti.
Se quitó su bóxer, sintiéndose finalmente aliviado. Se colocó entre sus piernas, entrando lentamente en ella; un gemido quebrado salió de los labios de ambos, finalmente se habían vuelto uno.
Se quedaron unos minutos, así, quietos. Y cuando Anna comenzó a mover sus caderas, él supo que era hora de moverse.
En un principio el vaivén era suave, lento, casi tierno. Aunque como todo, aquello sólo fue el principio; era placentero, y eso ambos lo sabían.
Se besaban, se acariciaban y tocaban. Gemían el nombre del otro, suspiraban y se amaban; hasta que finalmente, alcanzaron el orgasmo, gritando el nombre del otro.
Norman se recargó un momento en Anna, siendo mimado por esta. Salió de ella, sentándose en la orilla de la cama, mirándola por sobre su hombro, con una sonrisita.
- ¿Cómo te sientes? – Anna se sentó, suspirando.
- Para ser nuestra primera vez, no estuvo tan mal… Aunque creo, que en la mañana me van a doler las piernas – sonrió, entre divertida y cansada. Norman se levantó de la cama, caminando hasta el armario, buscando sábanas limpias. Anna también se levantó, aunque con cierta dificultad.
Miró su entrepierna, notando como salía de esta, semen y algo de sangre. Aquello último, siendo un claro indicio de que ya no era virgen; Norman comenzó a quitar las sábanas.
- Si quieres puedes ir al baño. Voy a cambiar las sábanas y te daré algunos analgésicos.
Anna sonrió, abrazándolo por detrás, haciéndolo sonrojar. Besó tiernamente su mejilla, caminando a paso lento hasta el baño.
…
Al final ambos se habían terminado bañando. Norman secaba sus rubios cabellos con la toalla, haciéndola sentir mimada, aunque luego hizo ella lo mismo con él. Sobre todo, porque no quería que él enfermase.
- Te amo, Anna.
Ella sonrió, besando su nariz.
- Yo también te amo Norman.
