CAPÍTULO UNO

Estaba atípicamente frío para esta época del año. Las hojas afuera cubrían el suelo, rozando mis botas con cada paso, mientras caminaba de regreso a casa en la calle principal. Las calabazas pudriéndose en el porche de mi vecino y el olor de incienso llenaban el aire. Miré mi teléfono, comprobando la alerta parpadeando en la pantalla rectangular.

Toque de queda a las 6:00 p.m. Todos los humanos que no estén en sus casas en ese momento están obligados a participar de los Juegos Mortales.

Era una tontería de mi parte estar tan cerca de los Juegos Mortales, pero acababa de recoger un ramo de flores frescas para la tumba de mamá y quería decorar su lápida para el Día de los Muertos. Las brujas podrían ser las únicas capaces de comunicarse con los muertos, pero todavía tenía la esperanza de que ella las viera y siguiera el rastro de cempasúchil a través de nuestro pequeño pueblo hasta mi ofrenda. Solo había una noche al año en que la brecha entre los vivos y los muertos se hacía más delgada, y después de casi un año sin ella, ansiaba algo —cualquier cosa— que la conmemorara.

Me coloqué el largo cabello castaño detrás de las orejas y miré a mi alrededor, ajustando mi chaqueta roja más cerca de mi cuerpo. Llevaba vaqueros largos y una blusa con botones, pero no hacían nada contra el frío. La calle estaba desierta. No muchos corrían el riesgo de estar afuera justo antes del toque de queda, no a menos que fueran uno de los adoradores de brujas, aquellos que querían jugar. Desde que era una niña, me habían advertido sobre los Juegos Mortales. Mi papá me decía: "No te acerques demasiado a la ventana. Las brujas te atraparán, Isabela".

Una noche al año, todas las brujas cruzaban la frontera humana y venían a nuestra ciudad a competir por la oportunidad de hablar con los muertos. Compartíamos un cementerio que era un lugar de mucha actividad mágica, algo necesario para ganar. Había escuchado rumores sobre sus Juegos Mortales. Los humanos que participaban eran maldecidos.

Necesitaban humanos para completar cada tarea, y te obligaban a jugar si eras tan estúpido como para salir y venir aquí durante el Día de Muertos. Nuestras dos comunidades tenían un tratado, firmado por la Alianza del Cráneo, el cual lanzaba un hechizo que protegía a los que llegaban a sus hogares a tiempo antes del toque de queda. Pero si no estabas dentro cuando el hechizo se lanzaba, eras presa fácil.

Caminando más rápido, giré por el callejón, evitando el camino principal a mi casa. Papá se mudó cuando mamá murió, dejándome su casa. Dijo que estar aquí era demasiado difícil después del accidente, todo le recordaba a ella, y no estaba equivocado. Incluso ahora, me di cuenta de que las hojas eran del color de su cárdigan favorito. El ladrillo en el edificio a mi lado era del mismo tono que su rubor, y el aire olía a canela, como su postre favorito.

Y aunque mi papá y yo éramos cercanos, me quedé atrás. Me encantaba mi trabajo en la biblioteca pública. Mi vida era predecible, pero agradable. Me gustaba la consistencia tranquila. Una ráfaga de viento me golpeó de nuevo, esta vez trayendo consigo un susurro burlón, tan bajo que casi no pude escucharlo. Algunas brujas usaban magia para atraer a los humanos, tentándolos a participar en sus juegos. No pude evitar sentir una sensación punzante de ser seguida mientras caminaba, así que aumenté el ritmo, desesperada por llegar a casa.

Hubo una risa aguda detrás de mí, la carcajada de una mujer que hizo que los pelos de mi nuca se erizaran. Me di la vuelta, buscando la fuente del sonido, pero no vi nada. La risa estalló y resonó en las paredes del callejón, haciéndome tropezar mientras avanzaba.

Pequeña humana, ¿no vas a salir a jugar?— me susurró al oído una voz femenina ligera y burlona.

Prácticamente pude sentir el silbido de su aliento sobre mi piel y me estremecí mientras corría hacia el final del callejón. Eché un vistazo a mi reloj, jadeando cuando vi la hora. Solo tenía diez minutos. ¡Podría haber jurado que al menos tenía una hora completa! ¿Me habían hechizado?

Vamos, pequeña humana. Conozco todos tus secretos. Quieres ver a tu mamá, ¿no? Ven aquí, mija. Déjame ayudarte— nada sobre la voz sonaba amable. En el fondo de mi mente, la parte de mí que prosperaba por instinto y podía discernir entre amigo o enemigo, sabía que era solo un truco para conseguir que jugara los juegos. Cada equipo de brujas necesitaba un humano para completar las pruebas, era parte de la magia.

—No qui-quiero —exclamé mientras giraba, sintiéndome tonta por hablarle al aire. No pude ver a nadie, aunque mis ojos lentos buscaron por todas partes. Solo un poco más y podría llegar a casa.

Podrías ver a tu mamá de nuevo— susurró la voz. Sentí una ráfaga de viento golpear mi mejilla, dirigiendo mi atención al lado izquierdo del callejón, donde se encontraba una figura ensombrecida. Traté de obligar a mis ojos a centrarme en la tenue sombra, pero todo en mi mente se sentía como un eco de la realidad. Había un retraso entre lo que mis ojos podían ver y lo que mi cerebro podía procesar.

—¿Isabela?— gritó una voz similar a la de mi madre. Pero esto no se sentía real. Era más como un recuerdo, un eco del tono que mi cerebro construyó y luego proyectó a través de mi cráneo. De alguna manera, me abrí camino por la desorientación para decidir que no era ella, pero la necesidad de extender la mano y comprobar que era ella fue muy tentadora.

¿Ves? Solo quédate, puedo dejarte hablar con ella otra vez— prometió la voz. Me encontré desacelerando y girando para enfrentarme a la sombra. Mi cerebro le gritaba a mis piernas que siguieran corriendo, que fuera a casa y cerrara la puerta, pero no podía obligarme a apartar la mirada.

Tras una inspección más detallada, reconocí el largo cabello castaño rojizo y los ojos negros de mi madre. Incliné la cabeza a un lado, dispuesta a ver realmente la aparición frente a mí. Sabía que no era real, pero anhelaba a mi madre. Extrañaba sus abrazos, su confianza en mí. Extrañaba escucharla preparar el desayuno y tararear sus canciones favoritas.

Solo quédate, pequeña Isabela. Te ayudaré a hablar con ella otra vez. Te extraña terriblemente— la voz resonó una vez más a medida que avanzaba.

Extendí las manos, queriendo tocar el material sedoso del vestido del fantasma y envolver mis brazos alrededor de ella para darle un abrazo. ¿Olería a agua de rosas, el perfume de mi madre? ¿Podría un humano también hablar con los muertos? Todo se sentía lento y confuso mientras me movía. Era como si no pudiera controlar mis músculos. Me preguntaba si la bruja me había maldecido para detenerme en el tiempo, mientras me inclinaba para tocar el fantasma de mi madre, pero sin nunca poder hacer esa conexión.

—¿Mamá?— grité, mi voz sonando joven. Me sentía como una niña de nuevo, buscando el consuelo de mi madre, queriendo estar cerca de ella. Había esperado que respondiera, que extendiera los brazos para abrazarme y me contara uno de sus chistes cursis. Pero en cambio, fue la voz de un hombre la que me saludó.

—Bueno, hola, Tanya. ¿Jugando sucio? Ya veo— retumbó una voz baja, atravesando la niebla y la confusión. Era diferente a los tentadores susurros de antes, clara y precisa, penetrando a través de mi confusión —sabes que va en contra del tratado atraer a un humano antes del toque de queda— escuché un chasquido y el fantasma frente a mí desapareció, haciéndome llorar.

Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas por su repentina desaparición. No estaba segura de por qué estaba tan conectada con la idea de volver a ver a mi madre, pero ver la proyección de ella esfumarse ante mis ojos hizo que mi pecho doliera y el dolor que había estado sintiendo durante todo el año pasado se incrementó dentro de mí.

Los sonidos de los tacones sobre el concreto me hicieron dar la vuelta, y una mujer con el cabello rubio blanquecino se pavoneó por el callejón, con los brazos cruzados sobre su pecho mientras levantaba la mano y movía los dedos en el aire con movimientos delicados.

—Hola, Edward. Cuánto tiempo sin verte— dijo mientras miraba por encima de mi cabeza. Llevaba un vestido totalmente negro con una abertura en el muslo. Me di la vuelta y me estremecí cuando vi a un hombre alto e imponente de pie detrás de mí.

Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho, sus ojos de color verde eran cálidos pero a la vez oscuros mientras la miraba fijamente. Estaban en medio de una batalla mortal de miradas y yo estaba atrapada entre ellos.

—Sabes que no puedes tentar a los humanos con sus recuerdos. Es un movimiento sucio aprovecharse de una pobre mujer de esa manera— le dijo el hombre llamado Edward, con los ojos entrecerrados mientras la miraba con disgusto.

Cerré los ojos con fuerza, deseando componerme. Todo se sentía tan borroso, como si mi cerebro estuviera desconectado del resto de mi cuerpo. Sentí un dedo frío en mi sien y me estremecí cuando me di cuenta de que era el hombre llamado Luca tocándome. Por un momento, traté de alejarme, pero luego un calor llenó mi cerebro, comenzando en mi sien y viajando hasta mis pies. Con él, vino una claridad y conciencia que no tenía antes.

—¿También un hechizo de desorientación? Eres repugnante, Tanya— le dijo una vez más. Sacudí la cabeza para alejar la confusión residual y luego lo miré con claridad.

Era guapo. Rasgos angulosos delimitaban todo su rostro, y no pude evitar mirar boquiabierta lo... hermoso... que se veía. Era al menos treinta centímetros más alto que mi metro sesenta y siente. Su ancho pecho estaba cubierto por un traje a medida que le quedaba a la perfección. Su cabello color cobrizo se veía suave y era apropiado para su tez. Pero más que eso, ahora que mi desorientación había desaparecido, pude percibir que, de alguna manera, me parecía familiar.

—Gracias— susurré, de repente sintiéndome agradecida de que hubiera aparecido. No sabía quién era esta tal Tanya, pero no apreciaba que estuviera hechizándome para hacer que cooperara. Estaba a punto irme, cuando sonó el campanario de la comunidad, indicando que había iniciado el toque de queda.

Era demasiado tarde.

—¡Mierda!— dije en voz alta mientras miraba mi reloj. Tanya avanzó un poco más, una amplia sonrisa en su rostro mientras se acercaba a mí.

—Bienvenida a los Juegos Mortales, Isabela.—


Una historia corta pero que me gustaría que ustedes puedan disfrutar.

Les Deseo Una MUY Feliz Navidad llena de felicidad y amor.