"¿Me escribirás?"

"Por supuesto. Te escribiré todos los días."

"Mentiroso."

"Está bien… todas las semanas, pero pensaré en ti todos los días. A cada hora, a cada minuto, sabes que estaré pensando en ti, esperando que vuelvas a mi y así finalmente hacerte mía para siempre."

Francis la había tomado de sus manos ese día. Habían ido a despedirse junto a los acantilados sobre la playa de Hendrawna, a menudo iban allí. Demelza todavía podía verlo tal y como estaba ese día. La claridad de su piel, sus cabellos dorados revueltos por el viento, lo suave que se sentían sus delicadas caricias entre sus dedos.

"De seguro me olvidarás." Le había dicho ella en broma, sabía que él no lo haría, ya se lo había prometido varias veces desde que su padre había decidido que se irían de viaje al continente durante un año.

"Nunca te olvidaré, Demelza Carne. Yo te amo." Para él no había sido una broma, se lo decía en serio. Y el corazón de Demelza latió en su pecho como nunca lo había hecho antes cuando el acercó su rostro hacia ella, y rozó los labios con los suyos. Francis nunca la había besado antes, no era correcto para una joven en su posición permitir que los hombres se tomaran esas libertades, su padre se decepcionaria de ella. Pero Francis la había estado cortejando por más de un año y secretamente se habían prometido el uno al otro, y Demelza deseaba cada vez más por fin convertirse en su esposa y así el la besaría todo el tiempo. Pero el destino se había interpuesto en su camino.

Su madre habia muerto hacía unos meses luego de una corta pero fatal enfermedad y tanto su padre como ella habían caído en una profunda tristeza. Francis había sido como un sol iluminando los días grises, pero por respeto al luto que envolvía a su familia no había pedido formalmente su mano a su padre y Tom Carne, envuelto en una profunda depresión que hacía lo imposible por ocultar de su hija, había tenido la idea de un viaje para cambiar de clima y no estar rodeado por todas las cosas que le recordaban a su querida esposa. Demelza, que sabía de la tristeza de su padre, había estado de acuerdo en acompañarlo. Ella era todo lo que el tenía y haría cualquier cosa con tal de verlo sonreír de nuevo.

"Y yo te amo a ti. Siempre lo haré." Con un último beso en su mano se habían separado hacía casi tres años.

El viaje que supuestamente había debido durar un año se había alargado a casi el triple, y ahora Demelza regresaba a Cornwall en la oscuridad de la noche, solo con su dama de compañía, que también los había acompañado en su travesía y había sido su única ayuda en los tiempos más difíciles. Su padre había muerto.

Luego de viajar por Portugal y el Norte de España, cuando ya faltaban apenas un par de meses para regresar a casa, había caído enfermo en Toulouse. Allí se habían establecido en una pequeña granja con el dinero que les quedaba. Tom Carne sufría de gota y casi no podía caminar, pero se había mantenido lúcido y activo para hacer prosperar la granja entre medio de sus ataques de dolor. Era Demelza quien al fin había estado a cargo de todo. Del cuidado del pequeño campo y los animales y también del cuidado de su padre. Tom Carne había fallecido cuatro meses atrás en aquella lejana tierra francesa y sin nada más que la atara allí, Demelza había decidido volver a casa.

Tal y como lo había pensado la correspondencia con Francis había sido muy escasa. Solo algunas pocas líneas durante los primeros meses, ella sabía que no era aficionado a escribir cartas. Pero eso no le importaba, no después de todo lo que se habían dicho y las promesas que se habían hecho. Ella aún lo amaba. En todo ese tiempo, principalmente al comienzo de su aventura cuando con su padre podían asistir a reuniones y fiestas de amigos, algunos jóvenes se habían acercado a ella, pero Demelza solo tenía lugar en su corazón para Francis y la esperanza de que al volver se convertiría en su esposa. Ella aún le escribía de tanto en tanto cuando tenía tiempo, y le hablaba de todo lo que había visto y luego de la enfermedad de su padre y cuanto le hubiera gustado tenerlo a su lado, pero sabía que él no contestaría y no estaba segura si las cartas llegaban a sus manos después de todo.

Luego de que su padre muriera Demelza le había escrito a su tío Charles de Trenwith, y fue al recibir su respuesta que su corazón terminó de quebrarse en mil pedazos. Charles, el hermano de su padre, siempre había sido una segunda figura paterna para ella. Ambas familias eran muy unidas, principalmente cuando ella era pequeña, y así había crecido junto a su prima Elizabeth. Más hermanas que primas en su infancia, Elizabeth era todo lo que Demelza no era. Con su belleza patricia y refinada, los cabellos siempre ordenados y sus bonitos labios, ambas habían sido las consentidas de sus padres. Y aún si durante los años de su adolescencia se distanciaron un poco, Demelza aún la quería como a una hermana. Quizás por eso el dolor se sintió como si le clavaran un puñal en medio del pecho. Entre sus condolencias y palabras de pesar por la pérdida de su hermano, su tío la incitaba a volver a casa de inmediato. Habría un acontecimiento familiar que no podía perderse. La boda de su prima Elizabeth. Sería una gran celebración, digna de la unión entre dos familias ancestrales, los Carne y los Chynoweth. Elizabeth se casaría con el joven Francis, el único descendiente varón de la antigua casa. Demelza lloró durante días. Nada tenía ya en su vida. Las personas que ella amaba, su madre, su padre, Francis, las había perdido. Y también a Elizabeth, nunca se lo perdonaría. Ella sabía de su relación con Francis ¿Cómo había podido traicionarla de esa manera?

Fue Prudie quien la consoló y la ayudó a recuperarse. "Un hombre que la traiciona así no merece sus lágrimas, Señorita Demelza." Y quizás tenía razón, pero ella no podía evitarlo, ella lo amaba después de todo, siempre lo haría. Y ahora el carruaje se movía bruscamente de un lado a otro, sacudiendo sus recuerdos y agitando su pesar. Ya estaban en sus tierras, en Nampara. En casa. Prudie la había convencido de volver, de hacerse cargo de su herencia, de no dejar que un hombre la apartara de lo que su padre siempre había querido para ella. Que fuera una mujer fuerte, capaz de llevar adelante su casa y continuar cuidando lo que el había construido y ayudando a los hombres y mujeres que vivían en sus tierras, tal y como él y su madre lo habían hecho.

"¡Viejo! ¿Cómo has estado?" Demelza sonrió al ver el reencuentro de Prudie con su viejo marido. Jud no sabía cuando regresarían. Como no sabía leer, nunca había querido aprender, no le habían podido enviar una carta. Demelza le había pedido a su tío que mandara a alguien a avisarle que pronto volverían a casa. Pero aún así lo habían sorprendido al llegar muy temprano con los primeros destellos del amanecer. Jud, aún medio dormido, se había levantado alarmado por los ruidos de los cascos y luego por los gordos brazos de su esposa que rodeaban su cuello.

"Ya, ya, mujer. Me apretujas todo y luego no quedará nada del pobre Jud."

Pues el pobre Jud no había cuidado muy bien de su casa. Luego de que le diera torpemente las condolencias por la muerte de su padre, el sirviente le había contado todo lo que no había hecho en su ausencia, y lo poco que sí había podido hacer, que era más que nada cuidar de las gallinas y así poder vender los huevos para pagarse su cerveza. Pero la casa al menos estaba en pie, y con algo de esfuerzo podrían limpiar y reparar su hogar. Lo que más preocupaba a Demelza eran los campos. Ya era casi mitad de año y las tierras aún estaban sin sembrar, el dinero que había traído no le alcanzaría demasiado tiempo. Tenían que cosechar para vender y comprar animales para tener más alimentos, sembrar la granja, tapar goteras, arreglar ventanas rotas… Los tres solos no iban a poder hacerlo, necesitarían ayuda.

"Debería pedir ayuda a su tío, que nos envíe uno de sus muchachos."

"No Jud. Mañana irás a la casa de los Martin y preguntarás allí si alguno de los hijos quiere trabajar y si no que Zacky pregunte en la mina." No quería pedir nada a su tío. Después de todo quizás estuviera algo molesto con ella, no había ido al casamiento. Podría haber llegado si hubiera querido, pero lo menos que quería hacer era volver a ver a Francis. No sabía como reaccionaría cuando lo viera. Demelza suponía que iba a suceder tarde o temprano, después de todo ahora eran familia y prácticamente vecinos, pero no esperaba que sucediera tan pronto.

Ya casi había oscurecido. Los últimos días habían sido agotadores y Demelza se quería acostar temprano ya que al día siguiente iría con Prudie a la feria de Redruth a comprar algunos animales para la granja y otras cosas que les hacían falta para la casa, como velas, porque estaban prácticamente a oscuras. La hija mayor de la Señora Martin, Jinny, había venido a ayudarlas en la casa, Demelza la había empleado principalmente para que ayudara a Prudie en la cocina pero necesitaba un par de manos que la ayudaran en todos lados. Los otros hijos de los Martin aún eran muy pequeños, así que, como ella había pedido, preguntaron en la mina. Varios hombres vinieron, pero ella se decidió por el joven Jim que ya no podía bajar a los túneles por su problema en los pulmones y al parecer conocía a Jinny así que era de confianza. Fue su nueva criada quien lo dejó pasar. Jinny salió para volver a su casa y en la entrada se encontró con el joven Francis Chynoweth que venía a ver a su ama. "Está en el parlour." Le dijo ella antes de irse y cerrar la puerta. Demelza estaba atareada con un plumero sacando el polvo del juego de te de porcelana de su madre antes de que la luz se fuera por completo.

"Demelza…"

Demelza se paró de un salto. La silla en la que estaba sentada crujiendo contra el piso. Francis estaba de pie junto a la entrada, el resplandor rojizo dibujando el contorno de su cuerpo, su rostro en la oscuridad, solo podía ver el brillo de sus celestes ojos mirándola.

"¿Cómo estas?"

"¿Qué haces aquí?" Ella misma se asombró de la frialdad de su voz. Jamás se le hubiera ocurrido que él iría a verla. ¿Qué quería de ella?

Francis dio unos pasos adentrándose en la habitación, ella aún no podía ver su rostro. "Yo… yo quería darte mis condolencias por la muerte de tu padre." Dijo aclarándose la garganta y quitándose el sombrero, "me puso muy triste cuando me enteré de la noticia, era un gran hombre y un buen padre para ti. Se lo va a extrañar."

Demelza se tuvo que morder el labio para evitar que las lágrimas que sentía acumularse detrás de sus pestañas cayeran. Lo maldijo, lo maldijo por sonar tan sincero, sabía que lo era. Y se maldijo a si misma por querer correr a sus brazos, por querer que la abrazara y llorar en su hombro la perdida de su querido padre. "Te lo agradezco. Supongo que yo debo felicitarte… por tu boda. Espero que sean muy felices." Francis solo respondió con un pequeño movimiento de su cabeza. Demelza no podía saberlo, pero el también luchaba por contener las lágrimas. Francis se había enamorado de Demelza desde el momento en que la había visto por primera vez. Era ella casi una niña, recién comenzando a vivir fuera del constante refugio de sus padres. Juntos pasaban mucho tiempo en Trenwith porque a su hermana la invitaban a jugar con las primas y el iba a acompañarla, refunfuñando al principio, hasta que ella se había convertido en el motivo principal por el que el visitaba la casa. Francis la había cortejado desde que cumplió los quince años, el era tres años mayor, y estaba profundamente enamorado de ella. Y el estaba dispuesto a esperar, la esperaría toda su vida. Pero Demelza no había vuelto y su madre, apresurada por los problemas económicos que los acechaban, lo había obligado a casarse con Elizabeth Carne. Su padre, ahora su suegro, y su madre lo habían arreglado todo. Elizabeth recibiría una dote al casarse de la que el como su esposo podría disponer, y así podría ayudar a su familia. El no había podido negarse.

"Está muy oscuro aquí." El sol se ocultó por completo mientras el incómodo silencio llenaba la habitación. Demelza se acercó a tientas al aparador y con manos temblorosas encendió una vela. Cuando se dio vuelta al fin pudo ver su rostro. Y él el de ella. Un sordo gemido quedó atrapado en su garganta. Francis se veía igual a como ella lo recordaba. Iba elegantemente vestido y sus rulos aún lucían desordenados sobre su cabeza.

"Te ves distinta… estas hermosa." Murmuró

"Francis…"

"Seguramente te habrá sorprendido saber de mi casamiento. De seguro tienes muchas preguntas…"

"No. Por favor, no tienes que decirme nada."

"Déjame explicarte."

"No me debes ninguna explicación. No me debías nada. Yo no era más que una niña y cualquier… cosa que haya existido entre nosotros no era nada formal."

"No, no formal. Pero si había algo entre nosotros, algo más fuerte…"

"No era tan fuerte si te permitió casarte con mi prima."

A Francis le dolían sus palabrasporque sabía que eran ciertas. Cuando se enteró de que había regresado, de que estaba de nuevo en su casa, tan cerca, su primer impulso había sido salir corriendo a verla, y eso estaba por hacer cuando se encontró a Verity en el camino que venía de visita. Y su hermana lo conocía, así que tuvo que decirle y ella le hizo prometer que no iría, porque eso solo generaría problemas y la lastimaría a ella y también a Elizabeth, que era de quien el se tenía que preocupar ahora. Y el sabía que era así, ya nada podía hacer, estaba casado. Pero no podía dejar de pensar en ella, en lo triste que estaría al regresar a una casa vacía y sola. Así que apenas Verity se fue corrió a verla.

"De seguro me odias."

Fue Demelza la que emitió un suspiro incrédulo entonces. "Yo no te odio… ¿cómo...? Es que no entiendo. ¿Cómo pudiste casarte con mi prima? Si hubiera sido cualquier otra, creo que me hubiera dolido menos… todo lo que dijimos ¿acaso no significó nada para ti?" Nunca lo entendería. Dijera lo que dijera, ya era tarde.

"Yo esperaba que… que pudiéramos ser amigos, como antes."

"¿Amigos? No podemos ser amigos porque ya nada es como antes. Tú eres el marido de mi prima, vuelve a ella. Ya no hay nada aquí para ti."

Quizás era un error haber ido después de todo. La poca luz que emanaba de la única vela le permitía ver su angustiado rostro. Era cierto que estaba hermosa. La niña que se había ido había regresado transformada en una mujer joven y atractiva, pero sus rasgos estaban ahora opacados por el dolor, dolor que el había causado. Francis comprendió que era mejor irse, contarle lo que había ocurrido no tenía ningún sentido, de seguro no ayudaría en nada cuando ya todo estaba hecho.

Francis se había ido tal y como había llegado, en silencio. Y Demelza se había quedado de pie en el parlour sin poder moverse hasta que la vela se extinguió y la sala quedó a oscuras.

Jud tenía dos gallos, y el problema era que los dos cantaban pero a diferente hora. El que cacareó primero despertó a Demelza. Ya había amanecido. La visita de Francis de la pasada noche la había dejado con un extraño sentimiento, dolor, si, pero eso ella ya lo sentía de antes. Había algo más esta vez, una sensación de conclusión. Si, todo había terminado ya, la vida tal cual ella la conocía. Debía dejar todo atrás y empezar de nuevo, ella sola y lo que el destino le deparara. Cuando cantó el segundo gallo se levantó de la cama, había muchas cosas que hacer ese día.

Jud, Prudie y ella habían ido en carreta hasta Redruth para hacer las compras en el mercado. A Jud ya lo había enviado a casa con una vaca gorda y ella y su dama de compañía caminaban por la feria mirando las mercaderías. Había comprado dos gansos, una pareja de cerdos, y tres patos que le llevarían directamente a Nampara y Jud había guardado una nueva guadaña en la carreta antes de irse. Prudie llevaba la cera y el cordel para hacer las velas en un paquete bajo el brazo, ya habían comprado todo lo que necesitaban por ahora pero mientras deambulaban entre los puestos Demelza vio en un establo una cabra. Se la veía muy pintoresca, era blanca, casi tan blanca como la nieve. Aún era pequeña. En la granja en Francia tenían una cabra de la que sacaban leche y con la que hacían queso, le recordaba a su padre y a despertarse temprano a desayunar con el en el porche de su pequeña cabaña en la campiña, así que decidió comprarla. Fue allí cuando cuando se armó todo el alboroto.

Demelza, distraída con la bonita cabra, comenzó a revolver en su bolsito buscando los chelines para pagar por el animal, cuando de la nada un hombre pasó corriendo a su lado e intentó arrebatarle el bolso de las manos. Demelza lo llegó a sujetar, y por un momento ambos forcejearon y Prudie comenzó a gritar a su lado. "¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Alguien ayude a mi señora!"

Demelza no vio de donde salió, pero de repente escuchó el ladrido de un perro y luego un peludo animal apareció junto a ellos y mordió al delincuente por detrás. El hombre gritó de dolor y pegó una patada al perro para librarse de él, sin soltar su cartera. El perro gimió adolorido pero volvió a morder de nuevo a su atacante. El ladrón volvió a pegarle con más fuerza, y el perro ladró con un agónico dolor.

"¡Ey! ¡Ese es mi perro, maldito!"

Las manos que sujetaban su bolso desaparecieron. El ladrón cayó al piso con un hombre moreno sobre el, golpeándolo sin piedad en el rostro. El malviviente no se podía levantar ni acertar ningún golpe, todo lo que podía hacer era tratar se protegerse, aunque no servía de mucho.

Toda la gente que estaba en el mercado se había amontonado alrededor de ellos para ver cual era el escándalo. Algunos alentaban la pelea, otros miraban con desprecio, algunas mujeres se tapaban los ojos. "Ya déjalo, lo matarás." Dijo alguien, y otros dos hombres sujetaron al muchacho de cabello negro que la había salvado y lo levantaron de arriba del delincuente agarrándolo de los brazos arrastrándolo fuera del círculo de gente. El perro se fue detrás de ellos.

Demelza demoró unos minutos en encontrar a su salvador. Luego de que el espectáculo terminara la gente se dispersó y le bloquearon el paso cuando quiso seguirlo. Lo encontró en la taberna.

"… y todo por una maldita niña rica."

"Oh."

"Ross…" uno de los hombres sentado a su mesa le indicó que había alguien a su espalda.

El muchacho se dio vuelta en su silla. Estaba sucio, sus ojos eran oscuros, su cabello le llegaba a los hombros y era una maraña de rulos pegados, tierra y algunos pastos secos que colgaban de el. Su ropa estaba rasgada y sus zapatos tenían más agujeros de los necesarios. El la miró de arriba a abajo.

"Muchacho, quería agradecerle por lo que hizo…"

"Yo no hice nada." Su voz era tan grave como su mirada.

"Si, recién. Me salvó de que me robaran."

"Solo intentaba rescatar a mi perro." El perro se asomó por debajo de la mesa al escuchar que hablaban de él.

"Oh, debo agradecerle a el también entonces."

"No debe darle las gracias a nadie niña tonta, nadie intentaba salvarla." Todos los ojos del lugar se volvieron hacia ellos. Y Demelza lo miro furiosa.

De su bolsito sacó unos peniques y se acercó hacia donde el estaba. El la observó acercarse, amenazante y con curiosidad a la vez. Demelza dejó las monedas junto a él sobre la mesa.

"Una limosna para un pobre muchacho entonces."

Dio media vuelta y se fue.