**Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
"Y no sé porqué me duele, si se supone que ya me había acostumbrado"…anónimo.
"Dejar ir, es darte cuenta que algunas personas son parte de tu historia, pero no de tu destino"… anónimo.
El aire de la habitación era pesado para respirar. Era como si una losa pesada le hubiese caído encima al ver el pequeño punto rosa en el test de embarazo. A lo lejos podía escuchar el rumor de la televisión encendida desde la cocina, el noticiero de las seis estaba por dar las últimas notas antes de despedirse de una emisión más en la semana. Claire continuaba mirando absorta el pequeño pedazo de plástico sin creer el resultado que le había arrojado apenas unos minutos atrás.
Un bebé…
Una lágrima resbaló por su mejilla, sin poder evitarlo. Cualquier otra mujer estaría llorando de alegría por saber que dentro de unos meses, traería un nuevo ser al mundo, no obstante; Claire no sabía cómo tomar esta inesperada noticia. Su instinto maternal le decía que era lo mejor que le había sucedido en su vida, pero su corazón le gritaba que aquello no podía ser. Respiró profundo y secó sus lágrimas con el dorso de su mano. Miró su reloj de pulsera y vio que marcaba las siete de la mañana. Tenía que bajar a preparar el café, alistarse para ir al trabajo y continuar con su farsa como la feliz esposa del agente Kennedy.
Desde el baño, miró cómo su esposo dormía plácidamente sobre la cama que ambos compartían desde hacía cinco años. Imágenes de la noche anterior comenzaron a flotar en su mente como una nebulosa turbia, aumentando un poco más la amargura que sentía. Recordó su discusión con Leon por haber llegado con unas copas de más, después del trabajo. No era la primera vez; en realidad, desde un tiempo a la fecha, eran más frecuentes las visitas de su esposo a los bares. Claire lo toleraba porque, después de todo, parecía que ninguno de los dos era feliz viviendo bajo el mismo techo. Sin embargo, esta última vez fue diferente: su marido llegó más cariñoso que de costumbre, y mientras ella cocinaba la cena, la tomó por la cintura y besó su cuello, buscando encender en ella la llama de la pasión. Leon fue enviado a un trabajo, y tenía dos semanas sin ver a su esposa.
Claire respondió, volviéndose hacia él, lo abrazó por el cuello y lo besó con dulzura. Su aliento sabía a vodka, pero no le molestó; fueron las notas de un perfume familiar las que provocaron que se alejara de inmediato.
— ¿Estuviste con Elif? —preguntó Claire, furiosa.
Su peor pesadilla se hizo realidad. Claire, incapaz de contener las lágrimas, intentó procesar su nueva realidad. Elif Yildiz: agente de inteligencia turca y compañera de trabajo de Leon, por fin había logrado su cometido: meterse en la cama de su esposo. Desde que acudieron a la cena de veteranos de la DSO, unos meses atrás; Claire notó que la chica no le dejaba de dedicar miradas seductoras a su marido durante todo el evento y, para su mala fortuna, Leon parecía corresponder a sus provocaciones.
Habló del tema con Leon, pero como siempre; defendió a su compañera diciendo que sólo eran exageraciones suyas, y que Elif sólo era una buena amiga que se preocupaba por él. Los coqueteos continuaron con el pasar del tiempo: las miradas se convirtieron en llamadas a mitad de la noche, las cuales su esposo tomaba en voz baja en la terraza de la sala de estar. O en visitas inesperadas a su casa, donde Elif se quedaba a cenar, muy a pesar de que Claire lo único que deseaba era echarla cuanto antes.
Claire sabía que era cuestión de tiempo para que Leon cayera en los juegos de su compañera. Elif era joven, con una cabellera azabache y ondulada; un cuerpo con curvas de infarto, y una mirada esmeralda, seductora y a la vez misteriosa: tenía todo a su favor para conseguir la atención de cualquier hombre con sangre en las venas.
Más que sentirse molesta con su esposo o con Elif, Claire se sintió decepcionada por haber creído que Leon la amaba de alguna manera. De nada sirvió que durante cinco años diera lo mejor de sí misma para ser una buena esposa, amiga y amante; a pesar de saber que Leon no estaba enamorado de ella en el momento en que unieron sus vidas, guardó la esperanza de que las cosas mejoraran a su favor algún día.
Leon se quedó en silencio por un momento y después dijo: —Fui al bar de Bob por un trago antes de venir a casa.
— ¿Con Elif? —inquirió Claire de nuevo.
— ¿Por qué insistes en que salí con ella?
— ¡Por qué tienes su perfume en tu camisa, maldito mentiroso! —Gritó Claire, antes de soltarle una bofetada—. No soy estúpida.
Leon se llevó la mano al rostro.
—No pensé que fueras a caer en sus juegos. Te creí más listo, pero eres como todos. Conozco el perfume barato de esa zorra.
—Te dije que estaría trabajando en Estambul con ella, ¿no lo recuerdas?, viajamos en el mismo avión —intentó defenderse Leon.
— ¿Y esta marca? —Claire le señaló el cuello—. Hay lápiz labial en el cuello de tu camisa.
Leon trató de mirar la mancha de carmín en forma discreta, pero sólo consiguió delatarse aún más frente a su esposa. Un silencio sepulcral se hizo presente. Claire apretó los puños, intentando apaciguar un poco la furia que manaba de su interior.
—Claire, lo siento —. Leon intentó acercarse a su esposa, pero ésta dio un paso atrás y dijo: —Estoy muy cansada, sabes. Puedes comer si quieres, la cena está lista. Esta noche dormiré el sofá.
—Claire, espera, tenemos que hablar —. Leon la tomó del brazo.
—Hoy no, al menos no esta noche —. Claire se soltó de su agarre y salió de la cocina.
Al volver a tiempo presente, Claire soltó un suspiro. En algún momento del día tendrían que hablar de lo sucedido con Elif Yildiz. No sabía cómo reaccionar ante la traición de su marido. En menos de doce horas su vida se convirtió en un caos. Leon empezó a moverse, y Claire rápidamente salió del baño sin hacer ruido. Sabía que por la resaca que seguramente estaba sufriendo Leon no se levantaría hasta pasado del medio día. No tenía ganas de hablar con él en ese momento: quizá la evasión era lo mejor.
Se dirigió a la cocina y encendió la cafetera. Puso el pan en el tostador, sacó un estuche de su bolso. Se miró en el espejo y comenzó aplicarse el corrector en los ojos. Esperaba que el maquillaje le ayudara a ocultar las huellas que el llanto dejó en ellos. Intentó escuchar un poco la televisión en lo que continuaba con su ritual matutino; sin embargo todos sus pensamientos estaban dispersos, debatiéndose entre perdonar su engaño, o acabar de una vez con toda esa farsa a la que llaman matrimonio y pedirle el divorcio. Claire era una mujer de principios sólidos. Era la primera vez que Leon la engañaba, pero eso era suficiente para que su confianza en él se fuera por la borda.
El aroma del café comenzó a flotar en el aire, causando que Claire tuviera un fuerte ataque de náuseas. ¿Cómo le daría la noticia del bebé a su esposo? Ella sabía que Leon no quería tener hijos, por lo que tuvo que resignarse a la idea de que nunca se convertiría en madre. Las pocas veces que tenían intimidad solían ser muy cuidadosos, pero hubo una ocasión en la que Claire enfermó y tuvo que tomar antibióticos, sin saber que éstos anulan el efecto de los anticonceptivos.
Claire cerró los ojos y respiró hondo, en un intento por disminuir sus náuseas. Buscaría un médico por la tarde para confirmar su embarazo y comenzar el control prenatal cuanto antes; si bien en este momento su vida era un caos, no quería que su hijo tuviera algún problema de salud. Se llevó la mano al vientre y esbozó una leve sonrisa.
—Eres lo único bueno, en medio de todo este desastre —murmuró.
No le diría nada a Leon, no hasta estar segura del futuro de su matrimonio. Terminó de maquillarse, guardó el estuche en su bolso. Salió de la cocina, y antes de dejar la casa, dio un vistazo a la habitación principal. Él continuaba dormido, pero no dejaba de moverse, como si tuviera un mal sueño. Quería tumbarse a su lado, abrazarlo y decirle que todo estaba bien, como cada qué vez que él tenía una pesadilla, pero tuvo que reprimirse de hacerlo. Podía soportar su indiferencia, incluso que no la amara, pero no su traición. Se apoyó en el marco de la puerta y musitó con amargura: — ¿Por qué lo hiciste?
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¿Cómo es que algo tan simple como un rayo de sol podría convertirse en algo tan molesto y doloroso?, se preguntó Leon mientras cubría su rostro con la sábana. Intentó dormir de nuevo, pero una fuerte migraña se lo impidió: no era para menos, después de beber casi dos botellas de vodka, era un milagro que aún estuviera con vida. Se volvió hacia la mesita de noche, esperando que Claire hubiese dejado un par de aspirinas y un vaso con agua, como cada vez que llegaba a casa con unas copas de más, sin embargo; esta vez no encontró nada. Miró hacia el lado de la cama donde su esposa dormía cada noche, y lo encontró ordenado; sólo entonces recordó la discusión con ella en la cocina.
Se levantó de la cama e intentó salir de la habitación. Se sentía muy mareado, y un ataque de náuseas lo obligó a correr al baño antes de arruinar la hermosa alfombra persa que decoraba el suelo. En sus muchos años como bebedor social, nunca había sentido una resaca como aquélla: tal vez el cansancio del viaje desde Estambul empeoró su borrachera. Su última misión le había exigido más que sólo fuerza física y mental. Un brote de virus T, en la provincia de Antalaya, encendió las alarmas de la DSO, BSAA y cualquier otra organización que estuviera en la lucha en contra del bioterrorismo.
Por suerte se logró controlar la infección, se detuvieron a los culpables de esparcir la enfermedad, no obstante; se abrió una carpeta de investigación, ya que al parecer el que el virus se saliera de control en Turquía no fue un incidente aislado.
Leon salió del baño y se encaminó a la cocina. Esperaba encontrar a Claire sentada bebiendo café como cada mañana, pero esta vez no había nadie. La cafetera seguía encendida, así que sacó una taza de la encimera y se sirvió un poco. Se sentó en una de las sillas del comedor y, mientras daba sorbos a su café, en su mente intentaba repasar los eventos de la noche anterior.
Después de salir del aeropuerto, tomó un taxi para volver a casa. Se sentía cansado. Esperaba que una ducha fría y una cena preparada por su esposa le ayudaran a volver a ser otra vez él mismo, sin embargo; el agua y la comida no le ayudarían a quitarse el sentimiento de culpa que albergaba en su interior.
Todo sucedió tan rápido, que por más que se esforzaba no lograba recordar los detalles de su última noche en Estambul. Después de salir de la agencia de seguridad en Turquía, Elif Yildiz; su nueva compañera en la DSO, se presentó en la puerta de su habitación con un par de botellas de vodka.
—Tenemos que celebrar, y no voy a aceptar un no como respuesta —dijo Elif, antes de cruzar la puerta.
Claire le advirtió en una ocasión que Elif tenía un interés en él, más allá de lo profesional. Leon no tomó en serio las palabras de su esposa, incluso discutió con ella acusándola de ser una mujer celosa.
La velada con su compañera transcurrió sin problemas; bebieron unos tragos hasta terminarse una botella. Hablaron de trabajo y de sus planes para los días de descanso que se habían ganado por el buen desempeño que tuvieron en Turquía.
—Tal vez vaya a Esmirna a visitar a mis padres —dijo Elif, antes de dar un trago a su bebida.
—Recuerdo que una vez dijiste que tuviste un novio que dejaste en esa ciudad—mencionó Leon, recordando una charla que tuvieron hacia algún tiempo.
— ¿Demir? Eso terminó hace mucho tiempo— confesó Elif.
—Lamento escuchar eso.
—No funcionábamos juntos. Nos llevamos mejor como amigos. Pero sabes, tal vez si me pase por su casa a saludarlo —. Elif dio una calada a su cigarro y continuó: — ¿Y tú? ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando a la casita feliz con Claire?
—No es tan sencillo —Leon se encogió de hombros.
—No debe ser tan difícil, tú mismo me dijiste que te casaste con ella por soledad, no por amor. Querías establecerte y ella era la mujer idónea para ti— dijo Elif, con veneno.
—Siempre tuve un cariño especial por Claire. Pasamos momentos difíciles juntos y siempre estuvo a mi lado cuando más la necesité. Pero ahora no sé lo que siento por ella. Hay días en los que quisiera dejarla ir para que encuentre su felicidad, pero…
— ¿Pero qué te detiene? —preguntó Elif, intrigada.
—El sólo pensar que otro hombre ocupará mi lugar en su vida y en su cama, me enferma. —confesó Leon, y acto seguido bebió su trago de un sólo golpe.
De pronto, la tensión flotaba entre ellos. Leon continuó bebiendo, esta vez en silencio. Elif se sirvió otro trago e hizo un esfuerzo sobrehumano para ocultar sus celos.
Elif decidió cambiar el tema para romper el hielo, y habló de sus días como novata dentro de la policía turca. Leon fingió escucharla, pero en realidad sus pensamientos estaban en otra parte; no saber lo que realmente sentía por Claire era algo que lo carcomía por dentro. Abrieron la segunda botella de vodka y continuaron charlando a medida que la noche avanzaba.
Las cortinas del ventanal danzaban al ritmo de la brisa helada de Estambul. La vista a la bahía era impresionante: se podían ver a lo lejos los yates privados con pequeñas banderas turcas ondeando entre el viento salado del mar. Leon y Elif continuaron con su charla, esta vez más relajados y desinhibidos por el efecto del alcohol.
Mientras Elif continuaba hablando sin parar por culpa del alcohol, Leon se tumbó sobre la cama y miró hacia el techo. Poco a poco el cansancio lo fue venciendo hasta quedarse dormido.
A partir de ese momento, todo se volvió confuso. Leon no lograba recordar nada, excepto que a la mañana siguiente, despertó con una jaqueca terrible, tumbado en la cama, desnudo y con Elif durmiendo entre sus brazos.
El móvil comenzó a sonar, obligándolo a volver al presente, en el que prácticamente podía palpar la ausencia de Claire. Miró la pantalla y vio que era Elif quien llamaba. Su dedo tembló sobre el botón de respuesta, pero eligió ignorar su llamada. Aunque no tenía claro lo que sucedió entre ellos en el hotel, en realidad ya no le importaba; el daño ya estaba hecho y seguramente Claire jamás lo perdonaría por su traición.
Se apoyó en el respaldo de la silla y cerró los ojos deseando que todo fuese un mal sueño. Si bien su historial amoroso estaba compuesto por innumerables mujeres y alguna aventura de una noche, jamás se atrevió a faltar al respeto a ninguna de ellas, y mucho menos a ser infiel en sus relaciones.
Despertó y miró el sofá de cuero de la sala de estar; recordó que fue Claire la que lo eligió de una tienda línea, le preguntó a él si estaba de acuerdo con cada mueble que elegía para su casa, a lo que siempre contestaba sin hacer mucho caso a cada elección. En realidad toda la casa estaba decorada a gusto de su esposa; las cortinas de gasa de las ventanas y las paredes pintadas de azul tenue fueron elección de ella. La cocina estilo campestre: con baldosas en color vainilla y cenefas con dibujos artesanales. Leon nunca estuvo interesado en esos detalles; le daba igual lo que escogiera, ya que creía que aquella casa sólo era un requisito para la vida que estaba buscando.
Había días en los que se preguntaba qué lo llevó a pedirle matrimonio a Claire. Le tenía cariño, y siempre demostró ser una gran amiga, pero siendo sincero consigo mismo, no estaba enamorado de ella cuando le pidió ser su esposa. Quería tener una vida normal, un poco de estabilidad después de los horrores que vivió por años. Claire era una mujer seria, con quien se podía ver un futuro, no como las otras mujeres con las que salió en el pasado, que le servían de diversiones pasajeras. .
No obstante, en los últimos días, algo cambió en su manera de ver a Claire, y aquello lo tenía desconcertado.
Bebió el resto del café de un sólo golpe, sin importarle que el líquido caliente le quemara la garganta. El dolor de cabeza y las náuseas cedieron un poco. De pronto su móvil sonó. Miró en la pantalla y vio que se trataba de su jefe, el agente Rollins.
—Diga —respondió Leon, de mala gana.
—Kennedy, sé que en este momento estás de licencia, pero necesito que te presentes a una reunión al medio día.
—Señor, no se ofenda, pero no han pasado ni siquiera ocho horas desde que me bajé del avión y usted me está pidiendo que vuelva al trabajo —espetó Leon con fastidio. No era la primera vez que suspendía su descanso por culpa del trabajo o de los caprichos de su jefe.
—Entiendo tu molestia, pero es importante —el jefe Rollins se disculpó, apenado—. Es acerca del arresto que tú y la agente Yildiz hicieron en Estambul.
—De acuerdo —respondió Leon, resignado—. Estaré ahí.
—Sabía que podía contar contigo —dijo su jefe antes de cortar la llamada.
Leon se levantó de la silla, con pereza. Faltaba menos de una hora para que la reunión comenzara. Se encaminó hacia la ducha, esperando que el agua fría lo ayudara a despertar y a aclarar sus ideas. En el trayecto, se detuvo a mirar la fotografía del día de su boda, que colgaba de la pared del pasillo. Recordó que fue una ceremonia muy sencilla en el ayuntamiento. No hubo una fiesta ostentosa, ni tampoco un gran banquete con cientos de invitados. Sólo fue el hermano de Claire acompañado de la que era su esposa en ese momento, Jill Valentine, quienes fungieron como testigos y después de firmar el acta, salieron a comer a un restaurante costoso.
Miró a detalle la fotografía y vio en los ojos de Claire un brillo de felicidad, que hacía mucho dejó de ver en ellos. Tenía que hablar con ella, y tomar una decisión acerca de su situación: pedirle perdón y volver a estar juntos o terminar con su matrimonio.
El problema era, que él no estaba seguro de querer elegir la segunda opción.
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Jill permanecía en silencio, totalmente inmóvil sentada en la orilla de la cama, sopesando la noticia.
"Chris va a casarse"
Una indiscreción por parte de Barry fue lo que la puso al tanto. La boda de su ex pareja era algo que se podía predecir pero no imaginaba que fuera tan pronto, considerando la personalidad del Capitán. Chris era un hombre formal, quería una familia, sentar cabeza, estabilidad… En conclusión, buscaba todo lo que ella no pudo darle y que en otra persona encontró.
La noticia le afectó. No porque doliera en el sentido romántico, ya que ella sabía perfectamente que haberse casado con Chris fue un error porque desde hacía mucho tiempo ella no lo amaba y, sin duda, había confundido gratitud con amor. Un año de matrimonio bastó para que lograran separarse en más o menos buenos términos; no era una mujer celosa y tóxica hasta la médula que deseara todo el mal que fuera posible a su ex, al contrario, ella sabía que Chris merecía algo mucho mejor, quería y esperaba de corazón que él encontrara toda la felicidad que le fuera posible porque ya había padecido suficiente.
Lo que dolía es que todos pudieran avanzar con sus vidas.
Todos los que conocía y que estaban involucrados en los mismos horrores habían logrado superar esa etapa oscura y pudieron seguir adelante; Chris, Barry, Claire… Sólo ella se había quedado estancada.
Sus demonios, todos los fantasmas del pasado y sus peores miedos le atormentaba día a día, en un acoso incesante, peor al de Raccoon City con el Némesis.
Se levantó y se miró al espejo. Observó la cicatriz de la vacuna que era su recordatorio personal de cómo fue que todo empezó, junto con otras cicatrices producto de los pinchazos que recibía mensualmente gracias a los estudios de la B.S.A.A., en donde cada treinta días era monitoreada para verificar que los virus que residían en su ser no alteraran su salud y no terminara convirtiéndose en una amenaza.
Dios, ¿cuándo iba a terminar todo esto?
Resultaba tan duro, tan difícil… Era desalentador mirarse a diario al espejo y no reconocerse, desde su aspecto físico hasta en su manera de ser; el cabello rubio, la piel cetrina y los ojos grisáceos producto de la exposición al suero maldito que Wesker le había suministrado eran sólo los cambios visibles. Jill se había vuelto desconfiada, paranoica, vivía intranquila y en alerta constante, llena de miedos y rencores consigo misma que le impedían continuar y pretender tener una vida normal. Ya no quedaba nada de aquella muchacha alegre, entusiasta y optimista que alguna vez había pertenecido al escuadrón de élite de S.T.A.R.S: ahora sólo era un cascarón vacío, una mujer ermitaña, una chica rota cuya única aspiración era no convertirse en un monstruo.
Cerró los ojos y recordó fragmentos de lo que se había convertido su existencia en los últimos años, incluido el desastre de su matrimonio fallido.
"—Se acabó, Chris.
El capitán la miró sin comprender la dimensión de sus palabras.
— ¿Cómo dices?
—Lo que estás escuchando. Se acabó, quiero el divorcio.
Chris seguía sin comprender y en su mente trataba de buscar alguna solución, un arreglo o lo que fuera que evitara esta decisión tan drástica.
—Pero Jill…
—No le des más vueltas. Estoy consciente de que no me amas, y que tú ya piensas en alguien más.
Esa fue una patada en el estómago. Si bien era cierto que el amor entre ambos había muerto hace mucho, no esperaba que Jill supiera que él ya amaba a otra persona.
La ex S.T.A.R.S. estaba siendo más que clara; nunca en su vida había sido más transparente.
—No me molesta, hace mucho que yo también dejé de amarte—expresó al mirar que su aún esposo se había quedado mudo.
La revelación tampoco era nada nuevo para Redfield. Desde hacía un tiempo había sentido el rechazo y la indiferencia de su mujer.
Los dos sabían perfectamente que casarse había sido una muy mala decisión por parte de ambos, así que no tenía sentido mostrar máscaras de arrepentimiento ni buscar excusas o justificaciones. Todo estaba claro entre los dos, y ahora sólo quedaba hablar con franqueza.
—Nunca te fui infiel —confesó él con firmeza. Si había sido descubierto, al menos iba a dar la cara y a contar la verdad.
—Lo sé, Chris. Sé la calidad de hombre que eres y sabía que nunca te atreverías a faltarme, incluso aunque no me amaras —argumentó a su favor y se acercó a la encimera donde reposaba una botella de whisky y dos vasos. Tomó un par de hielos para ambos y los sirvió, para luego darle uno a su pareja y ella quedarse con el otro.
—Amas a Sheva desde que la conociste, pero por alguna razón te quedaste conmigo…
Chris iba a decir algo, pero Jill lo detuvo con un ademán.
—No me des explicaciones, no es un reproche. Lo entiendo —dijo para luego dar un trago al whisky que sintió le quemaba la garganta, pero le estaba dando el valor que necesitaba —. Nos conocemos de hace mucho tiempo, y siempre hemos sido buenos amigos desde entonces, eso no debió cambiar… —. Esta última frase casi la murmuró para sí misma, como si se lamentará de haber llevado su amistad a otro nivel —. Ambos somos adultos y sabemos lo que queremos; funcionamos como compañeros, pero como pareja somos un completo desastre…
Chris Redfield no sabía que decir; su esposa lo estaba atacando por todos los flancos y no se esperaba una conversación tan cruda. Pensaba terminar con ella en algún momento, pero deseaba que cuando llegara ese día encontrara las palabras correctas; ser sutil, ser caballero, ser amable… Jill lo había golpeado con sus palabras como si fuera una porra eléctrica y se había quedado inmovilizado.
—Jill, no sé… —balbuceó el capitán, sosteniendo su copa entre las manos, aún sin haber probado el trago —No sé qué decir. Yo no quería que lo nuestro terminara de esta manera —admitió él con franqueza.
Ella le dedicó una sonrisa triste a su compañero y luego le dio otro gran sorbo a su vaso. Chris era un gran estratega en el campo de batalla, pero en el fondo seguía siendo ese chico tímido y torpe para el manejo de sus emociones que había conocido en ese ya tan lejano y utópico Raccoon City.
—No digas nada, no tienes que hacerlo. Solo brinda conmigo, por los buenos tiempos —habló a la vez que volvía a servirse otra copa —Agradecer lo que hubo, también es una buena manera de despedirse.
El castaño aún estaba inseguro de lo que hacía, mas no quiso contradecirla.
—Brindo por ti y por mí, Chris; porque encontremos, por separado, la felicidad que no pudimos encontrar juntos.
Ella se tomó todo el trago de golpe y él la imitó, aún sin estar convencido del tipo de despedida que estaban teniendo; sin decir nada, se acercó a ella y la abrazó, la abrazó como nunca antes lo había hecho: no estaba abrazando a la que se ostentó como su esposa ante la sociedad durante un año, sino a la mujer que había conocido en Raccoon City, a su compañera en el escuadrón de S.T.A.R.S, a su amiga a quien le contaba todos sus secretos y sus miedos, a la chica valiente que no tuvo temor de enfrentar una pesadilla a su lado y salir victoriosa de ello… se despedía de la verdadera Jill Valentine.
La mujer correspondió a su abrazo sin decir nada, aguantando el nudo en la garganta para no quebrarse delante de él, ya que si bien la charla había sido premeditada y ensayada, no dejaba de ser una despedida, y las despedidas regularmente son tristes.
—Estoy algo cansada y me voy a dormir. —mintió para salir huyendo de la escena —. Mañana a primera hora te estará llamando mi abogado para acordar los términos del divorcio y éste salga cuanto antes.
Luego de decirlo, se dio la vuelta y subió a la habitación que en un momento ambos compartieron, pero que ahora era solo suya, ya que desde hace muchos meses Chris dormía en la habitación de invitados.
No estaba dispuesta a presenciar lo que seguía y se encerró en la habitación, por lo que sólo escuchó los ruidos del capitán empacando sus cosas y el golpe seco de la puerta cuando éste abandonó la casa. Y una vez que estuvo sola, lloró. Lloró y lloró mucho, por el hecho de que su vida se había convertido en un constante fracaso."
Inhaló profundamente y suspiró. El sabor amargo de su divorcio era sólo uno más en la lista de errores que había cometido en su vida y arrastrado con ella como consecuencia de no poder haber superado a los fantasmas de su ayer.
Le alegraba que al menos Chris sí iba a ser feliz después de todo, tal como pidió con aquel chocar de sus copas. Al menos algo bueno había salido de esa cruda separación. Sheva era una buena chica y seguro lo iba a hacer feliz, no tenía duda de ello: estaban hechos el uno para el otro; lo notó desde el momento en que había sido rescatada por ambos. En esta vida había que saber jugar y parte de jugar es saber perder y reconocer la derrota; no obstante, no pudo evitar sentir un poco de envidia, ya que al final del día seguía siendo humana. Una simple humana.
¿Acaso no había un poco de felicidad para ella en este mundo?
—Hay gente que nace con mala estrella… —murmuró en voz baja y sonrió casi sin quererlo —y luego estoy yo.
Hola!
Bueno, aquí estamos de nuevo, esta vez con un nuevo proyecto en colaboración con mi gran amiga Light of Moon. Teníamos pensado hacer algo juntas desde hacía mucho, pero nunca se nos alinearon los astros, hasta estos días. Le queremos agradecer a AdrianaSnapeHouse por darle la bendición a esta historia (y hacernos ver que estamos en pañales en eso de la redacción y ortografía… jajajajaja!).
Gracias a todos los que se tomaron el tiempo de leer esta nueva locura. Ojalá lo hayan disfrutado, trataremos de actualizar de manera constante. Cualquier comentario, duda o sugerencia, nuestros perfiles en FF están para ustedes.
Atte.
Light of Moon & Addie Redfield.
