Ellos eran dos mercenarios sin causa mayor que el ruido metálico de las monedas cuando chocan entre sí en el interior de sus bolsillos, al son del trote de los caballos. Prestaban sus servicios a las causas más diversas por un precio elevado, tan elevado que difícilmente podría ser reunido por manos limpias de sangre o corruptela. Por tanto, su cartera de clientes habituales se reducía casi siempre a hombres desalmados, es decir, señores feudales o terratenientes, altos cargos militares, cortesanos o funcionarios del emperador y ricos padres de familias de la Gran Ciudad.
Sus caracteres no podían ser más opuestos y sus intereses más semejantes, por eso se detestaban. Sus discusiones se alzaban al alba y despuntaban con la puesta del sol. Aun así, lograban ponerse de acuerdo para aquello que era importante: el dinero y las mujeres y el alcohol en el que gastarán ese dinero.
Kakuzu era metódico. Él acordaba de forma pormenorizada cada trabajo con los clientes, planificaba cuidadosamente la manera en que él y su colega habrían de proceder en base a lo acordado y creaba las condiciones idóneas para que el margen de error fuera el mínimo posible. Podía ensuciarse las manos si era necesario, pero la mayor parte del tiempo era Hidan quien lo hacía por propio gusto.
Hidan era impulsivo y pasional, le aburrían las instrucciones que Kakuzu se tomaba el tiempo explicar con excesivo detalle. Sólo quería saber a quién había que matar y si debía ser un trabajo limpio o el infeliz debía sufrir. Para él todo se resumía en una frase sencilla, "una cabeza por un precio". Podría decirse que Hidan era un hombre de resultados más que de formas, mientras Kakuzu cuidaba la forma para lograr el resultado deseado.
En su sano juicio, Kakuzu jamás dejaría a Hidan hacer las cosas por su cuenta. Siempre lo observaba de cerca. Era imperativo mantenerle la soga corta, en especial si había en juego una alta suma de dinero. No le interesaba arriesgar sus finanzas por la vorágine voluble que tenía por socio.
De hecho, recién regresaban de una cumplir una encomienda, pero no de la forma en que Kakuzu lo prefería. Sí, el blanco estaba silenciado, pero hasta a su mamá se le haría difícil reconocerlo. Su rostro era una masa sanguinolenta y asimétrica de carne gracias al enfrentamiento en que la víctima se enfrascó con Hidan sin saber que, en realidad, lucharía contra una bestia y no contra un hombre.
—Si piden un descuento por tu incompetencia, lo descontaré de tu parte—amenazó Kakuzu.
—Muerto lo querían y muerto está —respondió Hidan.
—Eres un inepto, lo has dejado irreconocible —
—Cuando terminé con él no estaba tan mal, es el calor húmedo de esta tierra infernal el que descompone la carne más rápido—
—Imbécil… —
—Repítelo si quieres perder la cabeza también… —
—Im-bé-cil… —
Discutiendo fueron todo el camino hasta el punto de encuentro con el cliente; este ya los esperaba para cuando llegaron. Ellos ni se molestaron en bajar de sus caballos. Como si fuese cualquier cosa, arrojaron la cabeza cadavérica a los pies del que pagó por ella.
Por fortuna, fue posible reconocer a la víctima gracias a una marca de nacimiento detrás de su oreja izquierda. Tan leve marca hubiese pasado inadvertida para la generalidad de la gente e incluso para un pariente lejano, pero no para el medio hermano que pagó el crimen para evitar disputarse mediante un duelo protocolar el trono de un abundante feudo. Era aquel un acto propio de cobardes y poco hombres, algo con lo que Kakuzu y Hidan estaban por demás acostumbrados a lidiar y que, para ser francos, no les conmovía en lo más mínimo. Los jinetes tomaron su pago y se marcharon sin mirar atrás.
Jamás se vinculaban emocionalmente con la clientela y jamás se metían con mujeres ni niños. Esas eran sus únicas reglas, lo demás era válido.
Todo el tiempo tenían solicitudes en espera, el mundo estaba lleno de perversos dispuestos a pagar por cosas poco honrosas. No recordaban la última vez que habían tomado vacaciones en los años que llevaban trabajando juntos, que por cierto eran bastantes.
Tampoco recordaban la última vez que terminaron una jornada laboral sin una mujer de la mala vida en sus piernas y una botella en las manos. Así pasaban sus días, un círculo vicioso del que no pensaban salir hasta el último día de sus descarriadas vidas. Un lugar distinto cada vez. Es posible que en todos estos años ya hubiesen recorrido el país completo. Se habían adentrado en tan tierras, tantas mujeres, tantos bares que no podían recordarlos todos. Si la resaca era muy fuerte, al salir el sol podrían haber olvidado los pecados encarnados en la nocturnidad.
Esta ocasión debió haber sido una de esas, buenas mientras duran, aunque dispensables para la memoria cuando pasan. Sin embargo, fue distinto, inolvidable.
Con frecuencia se sorprendían ensimismados reviviendo los recuerdos de esa mujer y del sake que les dio a beber, ambos sabían como panacea de los dioses. A la fecha, no habían logrado saborear algo igual en otras copas u otros cuerpos. Ella era una marca indeleble en sus mentes y lo sería en sus almas si aún tuviesen una, pero los hombres que han hecho tanto mal como ellos pierden ese derecho.
El día que la conocieron vagaban por un paraje rural en el que solo se divisaba un horizonte de cultivos de arroz a un lado del camino y bosque denso de cipreses japoneses en el otro lado. Regresaban de haber concluido un trabajo bien pagado; sus bolsas rebosantes de monedas delataban la satisfacción de un cliente o, dicho de otra forma, el infortunio de algún desdichado.
Se dirigían a la Gran Ciudad, donde habían acordado encontrarse con un nuevo cliente dentro de algunos días, pero tenían tiempo de sobra para llegar y pronto bajaría el sol; encontrar un lugar para pasar la noche era la prioridad y, más que el lugar, una mujer y un trago era lo fundamental. Dormir era lo de menos y el lugar tampoco les importaba mucho. Sin embargo, dado el paisaje, era posible que pasaran su primera noche de abstinencia en muchísimos años. Tal idea no les hacía nada de gracia.
—¡Mierda! Te advertí que este camino no me parecía el correcto. Nos condujo al jodido medio de la nada —exclamó Hidan.
—Deja de lloriquear—contestó Kakuzu.
Por supuesto, Hidan no paró de vociferar y recriminar a su compañero por haber elegido aquel camino. Solo detuvieron la riña cuando divisaron a varios metros la presencia de una persona. A medida que se acercaron cobraron conciencia de que aquella figura era la de una mujer, quien les daba la espalda. Ella volteó al escuchar la marcha de los caballos muy cerca, y solo hasta entonces pudieron los hombres contemplar la vista más atractiva que les había brindado aquel cuadro rural.
