Los personajes no me pertenecen.

Si que tal, buenos días. Verán después de frozen 2, quedé deseosa de más así que aquí va esta historia que no será muy extensa. Ojala le den una oportunidad.

Advertencia: Muerte, sangre, violencia.

Por la corona de Arendelle

Capítulo 1: Las Islas del sur, nuevo poder, nuevo Rey.

Los crímenes del príncipe Hans habían sido un golpe duro para las Islas del Sur. Su reputación había caído, y a pesar de haber castigado al menor de los trece hermanos, su imagen nunca volvió a ser la misma. Para los ojos del mundo, ellos eran usurpadores, sedientos de poder. Algunos de los príncipes tuvieron que cancelar sus matrimonios porque las familias de quienes eran sus prometidas pensaron que solo querían aprovecharse de ellas.

Esto último, enfureció a los hermanos. Despojaron a Hans de su título, lo rebajaron a plebeyo y le hicieron hacer tareas vergonzosas, una peor que la otra. Y si antes tres de ellos habían fingido que él era invisible, ahora todo el Reino lo hacía. Si hubiese sido por el hermano mayor, actual Rey de las Islas del Sur, Hans habría sido condenado a muerte solo para demostrar que, comportamientos como ese, no eran tolerados. Sin embargo, la, en ese entonces, Reina Elsa y la Princesa Anna, intervinieron en el juicio y pidieron que no sea ejecutado. Las hermanas desaprobaban por completo la actitud del ex príncipe, pero nunca pensaron en la muerte como una solución viable.

La gran pregunta es ¿Qué pasó con Hans después de tanto tiempo? Resulta que todo por lo que pasó no le hizo cambiar un pelo de maldad. Se volvió más frio y su sed de venganza aumentaba con los días. Un mes después de lo que sucedió en la coronación de la Reina Elsa, él empezó a sentir un frio inaguantable, las mantas sucias y descuidadas de la celda que era su hogar eran inservibles. Por más que se quejara nadie iba a ayudarlo y ni siquiera el cálido verano podía aliviarlo. Cuando el frio desapareció, descubrió que podía crear unos indefensos y pequeños copos de nieve. Su reacción fue una sorpresa total, hasta pensó que estaba agonizando e iba a morir. Después de una semana vivo, cambió de idea. Recordó esa fuerza que lo golpeó cuando su espada chocó con Anna hecha hielo y comprendió que eso de alguna manera se unió a su cuerpo, brindándole poderes.

Ser invisible, le permitió entrenar sus nuevos poderes sin que nadie lo molestara, incluso cuando tenía que hacer su vergonzoso trabajo aprovechaba para usarlos. Al no estar reprimido como le pasó a Elsa, él no perdía el control. Sus poderes aumentaban al igual que su locura. Imaginaba diferentes modos de asesinar a Anna y como le quitaba sus entrañas mientras obligaba a Elsa a mirar, haciéndola rogar para que se detuviera. A veces era al revés, destripaba a Elsa y hacia que Anna mirara. El pensamiento lo hacía reír como un psicópata.

El día había llegado, después de un duro entrenamiento y de esperar a que sus poderes terminaran de crecer, estaba listo. Hoy iba a apoderarse de las Islas del Sur.

Congeló la puerta de su celda, y de repente todo estalló, como si hubieran disparado una bala de cañón. Los guardias que estaban a cargo, fueron hasta la zona más aislada de la prisión, que era donde Hans se encontraba. Lamentablemente, ninguno de ellos viviría para contar lo que les sucedió ahí abajo. Hans asesinó a todos con estacas de hielo, y su corazón sintió un gran regocijo con los gritos de pena. Las paredes tenidas de sangre fueron una obra de arte para sus ojos.

Mientras el ex príncipe hacía de las suyas, afuera de la prisión había un hombre robusto, con barba y bigote, de pelo oscuro y atado a una cola pequeña, que esperaba arriba de su caballo con un grupo de doce hombres de apariencia peligrosa. Los guardias que se suponía estaban cuidando la entrada de la prisión acababan de ser asesinados. La gran puerta de madera y hierro, empezó a ser invadida por hielo y de repente estallo. Los caballos de aquellos hombres se echaron hacia atrás, pero ninguno de ellos sintió miedo. Hans salió victorioso de aquel lugar, detrás de él se podía ver una combinación de fuego y hielo, alrededor de varios cadáveres. Prisioneros y algunos guardias que habían sido dominados por el miedo, estaban a sus órdenes.

El hombre de cabello atado se bajó del caballo, se acercó al muchacho pelirrojo e hizo una reverencia.

-Me alegra verte Frans- habló sínicamente Hans.

-A sus órdenes como siempre, jefe.

A pesar de que tenía prohibido las visitas y el contacto con personas, Hans desde pequeño supo cómo formar un grupo de camaradas. Es una de las tantas lecciones que aprendió en el castillo. Eso, además de esconder una cantidad de oro del que nadie sepa. Conoció a Frans siendo un adolescente, le salvó el pellejo luego de haber cometido una serie de crímenes y él le hizo algunos trabajos por el cual recibió una buena cantidad de dinero. De ahí la lealtad se formó. Frans sobornaba a los guardias para poder visitar al pelirrojo sin que nadie los moleste. Juntos planearon el golpe.

Frans le entregó a Hans un caballo y este se subió rápidamente a él.

-No perdamos tiempo, aún tenemos que visitar a mis queridos hermanos.

Con un solo movimiento, fabricó una espada de hielo, sorprendiendo a quienes no habían tenido la oportunidad de haberlo visto en acción.

Apoderarse del reino había sido un trabajo sencillo, pero llevó tiempo. Hans maldijo las Islas del Sur lanzando un invierno. Derrotó a los soldados que se le opusieron y aceptó a quienes decidieron seguirlo. La gente gritaba con desesperación, corrían temiendo por sus vidas y no entendían que estaba sucediendo. Lo que ocurría no tardó en llegar al palacio. Algunos se acobardaron y abandonaron el castillo con la esperanza de escapar o de tomar un navío que los alejara de la maldita isla.

El Rey Alfred, enfrentó la situación de manera valiente a pesar de que su vida terminaría ese mismo día. Sus otros once hermanos, se quedaron con él, lo acompañarían hasta el final.

Hans entró a la sala de trono montado a su caballo y se deleitó al ver como sus hermanos mayores, a pesar de hacerse los valientes, no podían disimular el miedo que le tenían. Alfred se quedó sentado en su trono, observando como su hermano se acercaba, dejando un rastro de hielo al pasar. Los otros hermanos se hicieron a un costado, para no interferir en su paso.

-Hans- fue todo lo que el mayor en la sala dijo.

-Esa no es forma de dirigirte a tu nuevo rey.

Por un momento Alfred, peinando su barba, observó a su hermano. Usaba los harapos que le daban a los prisioneros, manchado de sangre. Su peinado estaba alborotado y tenía algo de nieve. Estaba delgado y había perdido gran parte de ese cuerpo tonificado que sabía se había esforzado mucho por obtener. En su rostro permanecía una sonrisa maniática.

Fue entonces que se dio cuenta, había sido un completo imbécil y ahora debía pagar las consecuencias.

-Lo único que lamento, es no poder cambiar el pasado.

Hans empezó a reír de manera perversa. Bajó de su caballo y subió a las escaleras para reclamar su trono, pero su hermano no se movió.

-Vamos Alfred, creí que ibas a decir algo más inteligente.

-¿De verdad crees que esto te hace más poderoso?

-¡Por supuesto!- escupió el rostro de su hermano y ese se sacudió-. No quieras ser sabio ahora, soy yo quien tiene el poder ¿Realmente piensas que voy a creer que estas arrepentido de haberme arrojado a un calabozo como si fuera un pedazo de basura?... casi intentas asesinarme.

-Sí, y la nueva Reina de Arendelle me dijo que ya había sido demasiado imbécil contigo como para llegar más lejos. Su hermana me dijo lo mismo, solo que sin la palabra imbécil.

-¿Nueva Reina?

-Elsa abdicó al trono hace dos meses. Su hermana gobierna ahora. No dieron muchas explicaciones.

La sonrisa de Hans se torció, haciéndolo ver aún más loco que antes. Se llevó la mano a al rostro y empezó a reír como si se tratara de una broma. Una Reina que renunciaba sin motivo al trono… debería morir por tal estupidez.

Sin dejar de escuchar su risa, Alfred se puso de pie. Solo era unos metros más alto que él.

-Aun puedes darte por vencido- dijo sabiendo que era en vano intentar reflexionar.

-Yo… yo te admiraba…- la voz de Hans sonó como si proviniera de una catatumba- quería ser como tú… lo tenías todo.

-Lo sé- suspiró.

-Solo… quería… que me vieras.

-¡Yo siempre te vi Hans!- se defendió enfadado.

Podría haberse comportado como un cretino con él, pero nunca había aprobado la maldita broma que tres de sus hermanos le hicieron al fingir que era invisible.

-¡Yo solo hice lo que nuestro padre le habría hecho a cualquiera de nosotros si cometíamos una estupidez! ¡Tú manchaste nuestro apellido!... ¡Si él hubiera estado en mi lugar te habría azotado al rayo del sol!

Hans se tranquilizó e hizo un fallido intento de peinar su cabello con la mano.

-Eres un maldito hipócrita, solo dices eso porque estas a punto de morir.

-Tal vez hoy pienses que eres imparable, pero terminaras quedándote sin nada. Te habrás dado cuenta de lo que yo en este momento.

Esas fueron las últimas palabras del Rey. Hans le cortó su garganta con la espada de hielo, de un golpe. Un mar de sangre fluyó del corte y de la boca de Alfred dejando tiesos a todos en la sala. Su cuerpo cayó y rodó por las escaleras hasta llegar al suelo sin vida.

-¡Eres un cobarde!- gritó el hermano número seis, sin poder evitar llorar tras la muerte del mayor.

Hans lanzó su espada hacia él. La fuerza y la velocidad de la misma, era tal, que no solo atravesó el corazón de su hermano, sino que lo clavó a la pared, matándolo al instante.

-¡Yo soy el nuevo Rey de las Islas del Sur!- rugió sediento de poder, levantando sus brazos.

Su atuendo de prisionero cambió al traje de un rey de color azul y negro, con una capa también de color negra. Movió sus manos y una corona de hielo apareció en su cabeza.

-Lo que ustedes digan o piensen ya no me interesa- volvió a reír, bajando las manos- ¡Guardias, enciérrenlos!... Los ejecutaré en otro momento.

Los guardias eran los hombres que lo acompañaban desde que dejó la prisión. Obedecieron las ordenes, y los hermanos no opusieron demasiada resistencia porque sabían que mover un musculo o pronunciar una palabra seria su sentencia de muerte.

Frans subió las escaleras hacia el trono, donde Hans gozaba del triunfo.

-Mi Rey, le diría que la actuación frente a su hermano me hizo llorar, pero estaría mintiendo.

-Vamos, Frans- dijo Hans deleitándose-. Sé que odias las reuniones familiares.

-Bien, si me disculpa, lo dejaré para que disfrute de su victoria.

-Oohh no, mi querido camarada. Apenas estoy comenzando, esto es solo el primer bocado de mi banquete-Hans se puso de pie, dándole una señal para que lo siguiera-. Prepara a las tropas, me obedecerán apenas vean de lo que soy capaz- colocó su pie sobre el cadáver de su hermano y miró a Frans, sonriéndole entre dientes-. Iremos a hacerle una visita a mi ex novia.

El mercenario solo hizo una reverencia mientras, nuevamente, el nuevo Rey reía en la sala.

Sin que Hans o sus seguidores lo supieran, el Rey le había dado una tarea a uno de sus más fieles soldados. El hombre debía ir hacia la torre de mensaje y enviar una carta que Alfred, antes de que su hermano menor llegara, rápidamente escribió, firmó y selló, a Arendelle y quien la llevaría sería un pájaro mensajero. Alfred sabía que su hermano desataría toda su ira contra las hermanas y debía evitarlo. No podía remediar el pasado, pero por lo menos debía asegurarse de que el futuro su reino estuviera seguro. Solo esperaba que la carta le fuera entregada.

El fiel soldado, colocó al nota dentro de un tubo, sacó al pájaro de su jaula y acomodó ese mismo tubo en su espalda.

-Ve a Arendelle, avísales lo que sucede- el ave se desprendió de su brazo y salió volando.

Minutos después ese valiente guerrero seria asesinado por uno de los soldados del nuevo Rey. Y murió con la esperanza de que su ave pudiera llegar en tiempo y forma a Arendelle, resistiendo también la fuerte nevada.

Elsa y Anna estaban a punto de enfrentarse a su batalla más difícil.