Remaches
Un Fanfic de Pokémon
Disclaimer: Ni Pokémon ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 1: Un Dulce Despertar
Lo primero que sintió al saberse despierta fue estirarse a todo lo que daba su menudo cuerpo. Al topar la suave textura de la pared pintada encogió instintivamente los dedos; conocía de memoria hasta la ubicación de esas pequeñas protuberancias secas que la brocha fuera incapaz de borrar en su día. Abrió de golpe los ojos y contempló el techo blanco, impoluto, apenas interrumpido por una lámpara halógena tan apagada como todo lo demás ahí dentro. Giró la cabeza hacia su derecha (estaba por alguna razón mirando al muro opuesto) y notó un haz de luz colándose a través de la cortina entreabierta. Su movimiento suave, cadencioso como el contoneo de una bailarina de antaño, evidenciaba que afuera corría una leve brisa.
—Ya es suficiente remoloneo —dijo sin abrir la boca y esbozando una leve sonrisa—. Hora de levantarte, mujer, que el lunes no espera a nadie.
Cerró los ojos a fin de canalizar sus energías y comenzó a levitar conforme un aura blanquecina la rodeaba. Giró su cuerpo sobre sí mismo hasta quedar perfectamente enderezada y luego aterrizó sobre el fresco piso flotante cubriendo hasta el último milímetro cuadrado inferior de aquel espacio. Lanzó un bostezo monumental que nadie más oyó, flotando hasta la cortina y abriéndola a fin de que el sol matutino entrara a raudales, llenando de vida los objetos que antes eran simples sombras.
—¡Ah! —exclamó, una vez más sus labios pegados—. ¡Qué bella mañana! ¿Quién fue el idiota que dijo que los lunes son un día funesto?
No quiso mencionarlo pero lanzó un insulto silencioso al autor de tan descolocada frase. Corrió la ventana con sus gráciles manos para que el aire purificara hasta el último rincón del cuarto. Acto seguido se miró en el espejo de cuerpo entero ubicado junto a la puerta del armario. Apareció entonces una figura de piel blanca, más similar a la nieve que a la leche. Su corta cabellera verde, delineada por una coqueta chasquilla que le cubría el lado derecho, le otorgaba un aire de madurez e inocencia a partes iguales. Los ojos, grandes y rojos como rubíes de leyenda, brillaban con una luz especial, asociada a la felicidad sin filtro. La nariz apenas se notaba en el rostro y los labios, finos y carentes de tintura, realzaban su naturalidad. Hermosas formas similares a alas de ángeles emergían en tríos a ambos lados de su cabeza, camuflando armónicamente sus conductos auditivos. Brazos y piernas delgados se unían a un torso y pelvis perfectamente proporcionados, dándole un aire como de sílfide bajo su túnica blanca con ciertos detalles verdes. ¿La estatura? 160 centímetros exactos. ¿El peso? 42 kilos garantizados por balanza. ¿Su edad? 19 años y algo más de dos meses.
¿Y la especie? Ah, eso también se caía de maduro bajo cualquier guía establecida. Era una Gardevoir hecha y derecha, desde lo fino de sus gestos hasta aquella protuberancia en su pecho que brillaba cuando sus emociones se desbordaban.
—Te ves muy bien, guapa —se piropeó—. Ahora basta saber si…
No pudo terminar la frase porque un delicioso aroma tocó las puertas de su sentido olfatorio, abortando su intento de manipular una estatuilla de metal con la mente y darle un par de vueltas para colocarla posteriormente en su sitio original. Dicho aroma parecía de la persuasión dulce, casi con tonos de chocolate, canela y algo de crema batida. Como si hubiese esperado la señal, su estómago lanzó un tremendo rugido que no se escuchó más allá solo porque las paredes del inmueble aguantaban hasta terremotos.
—Creo que dormí demasiado bien anoche —lanzó una risita silenciosa mientras llevaba una mano a su pancita—. Vamos a ver qué delicias nos esperan en la mesa porque tengo más hambre que una jauría de Mightyenas.
Perfectamente podía haberse teletransportado de un rincón a otro, pero a la pokémon psíquica le gustaba, a diferencia de sus congéneres a ambos lados del gran mar, ejercitarse como era debido y caminar. Total, si tenía las piernas bien torneadas y sin el más mínimo vello que las afeara, ¿por qué no usarlas? Ya cuando era una pequeña Ralts y aún no dominaba del todo lo que serían increíbles poderes al volverse adulta, aprendió a medir cada pasito que daba con tal de no dañar sus entonces delicados pies. Lo que al principio fueron matorrales y praderas repletas de pasto, cuando no de depredadores viciosos, se convirtieron en mullidas alfombras, pulidos pisos e incluso asientos de automóvil donde podía acomodarse a su entera satisfacción. La pokémon psíquica era fiel creyente de que tanto cuerpo como mente debían trabajarse en igual medida so pena de arriesgar un atrofiamiento general.
Enfiló por el silencioso pasillo repleto de lindos cuadros, uno que otro mueble y algunos adornos de pie hasta llegar a la segunda puerta a la derecha. Nada más entrar el chisporroteo se hizo mucho más audible, tanto que casi llegó a silenciar su propia voz mental.
Dándole la espalda y de cara a la cocina encendida se encontraba una figura masculina muchísimo más grande que ella, ataviada con lo que sin dudas era un conjunto deportivo en tonos blanquinegros. El piso de baldosas estaba tan limpio que se reflejaba en él como si fuese un espejo gigante y pacífico. Aparte de una cabellera oscura cortada casi al rape, su complexión era imponente, con brazos capaces de dejar agujeros en paredes de concreto y piernas como pilares de rascacielos: sólidas, robustas, prácticamente irrompibles. El humano silbaba una cancioncita mientras se entretenía en lo que sin dudas era una gran torre de panqueques con salsa de chocolate marmolado, crema batida y jarabe de canela en rama. No bien dejó su carga en la bandeja a su izquierda, volteó y sus miradas se encontraron.
—¡Buenos días, Princesa! —saludó a la Gardevoir con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Vaya que te despertaste temprano!
—Bue… —la fémina peliverde pareció quedarse sin palabras; estaba toda roja—. Buenos dí… días, Do… Dominic. ¿Qué haces despierto tan… tan temprano?
—Me levanté a las cinco y salí a trotar un rato antes de desayunar, tal como me encanta luego de esas ocasiones tan especiales — contestó el muchacho, cuyo rostro plácido y atractivo, de cejas bien marcadas y nariz ni muy grande ni muy pequeña evidenciaba a vista de todos su auténtica edad—. Ya sabes que la Playa Mayor es fantástica para abrir el apetito.
—¿La recorriste entera? —inquirió Gardevoir, siempre hablando directo a su mente.
—Enterita —añadió él mientras la llevaba a los anaqueles.
Princesa quedó gratamente impresionada. Aún con todas las exigencias de su rutina a cuestas, Dominic se las arreglaba para ser fiel a sus pasatiempos y a la disciplina autoimpuesta desde muy niño, cuando ella recordaba haberlo visto haciendo ejercicios en el patio del condominio de clase alta donde vivían. La Playa Mayor, ubicada al noreste de la ciudad, en el aristocrático barrio de Karso, medía diez kilómetros de punta a punta y su arena era notoriamente irregular incluso estando seca. No representaba un circuito fácil, especialmente considerando la gran cantidad de roqueríos tapizándola y lo fuerte que era el oleaje en ese punto, alimentado por las mareas que rodeaban las antiguas cavernas donde estuviera la base secreta del extinto Equipo Aqua. Esta última, hundida por las autoridades poco después de la crisis climática que casi se tragó la totalidad de Hoenn, fue sellada y convertida en santuario para pokémon de agua salada.
—¿Y cuánto te demoraste, eh? —preguntó la fémina psíquica mientras colocaba más platos en la bandeja—. Si mal no recuerdo, tu récord anterior era una hora y veinte minutos.
—Hice una hora con doce —contestó Dominic a toda prisa; en sus manos tenía varios cubiertos—. No fue fácil con la marea alta, pero de desafíos está hecha la vida, ¿no?
—¿Estás de broma? —Princesa volteó para mirarlo a los ojos con felicidad—. ¡Ese es un gran registro! Eso te da para correr una maratón en dos horas y veintiocho minutos — suspiró—. Al paso que vas podrías clasificarte a los próximos Juegos Olímpicos…
—Mejor no, Princesa —el humano apartó levemente la mirada antes de volver a fijarse en ella—. Seguramente me descalificarían por ser demasiado grande. ¿Has notado que la mayoría de los fondistas son altos y flacos? En comparación a ellos soy un camión de basura.
—Pues se salvan de ser humillados para la historia, porque les ganarías seguro. Te doy mi palabra de Gardevoir.
—Gracias, hermanita.
Humano y pokémon colocaron todo lo necesario en la bandeja y antes de salir de la cocina se dieron unos minutos para lavar hasta el último utensilio empleado para preparar los panqueques. Los restos de masa se los llevó una esponja alimentada con la dosis justa de detergente concentrado y su espuma, efímero testimonio de purificación, cayó por el drenaje del lavaplatos. El cuenco plástico de la mezcla corrió la misma suerte, así como el mezquino (también llamado espátula en los circuitos más comunes) y la batidora manual. Si bien la casa contaba con una unidad eléctrica digna de las mejores cocinas profesionales, Dominic solía emplear la versión antigua en días como este, cuando preparaba la primera comida del día sin deseos de importunar a nadie.
—¿Te importa que la lleve? —Princesa rodeó el desayuno de la misma aura blanquecina de antes y lo hizo flotar—. Bastante has hecho con todo esto, Dominic.
—Gracias, querida —él le sonrió y le sacó sin querer un sonrojo—. Ahora vamos a darle la sorpresa a mamá.
Deshicieron su camino por el pasillo, fueron hasta el final y se detuvieron en la última puerta del lado derecho desde la entrada. Suspiró Dominic antes de coger el pomo con todo el cuidado del mundo, girarlo y empujar la barrera sin sacar el más mínimo chirrido de las bisagras atornilladas a la madera barnizada. Aquí, en este espacio de indudables toques femeninos, también la brisa hacía de las suyas; ahora tenía un toque marcadamente marino, con aroma a sal, aventuras y algas secándose al sol. Se movieron con toda la discreción posible hasta el lado izquierdo de la cama matrimonial donde dormitaba una mujer madura, hermosa, bendita por todos los dones que el universo quiso dispensarle.
Ella era Nina, madre de Dominic y persona ejemplar a todas luces. Con 44 años magníficamente llevados, su cutis como de muñeca camuflaba su verdadera edad y le confería un aspecto similar al de una deidad suprema. Su larga cabellera negra reposaba a un lado, cubriéndole el oído derecho como si fuese una manta perfectamente adaptada a las vibraciones más íntimas de su psiquis. Las manos, finas y elegantes, estaban desprovistas de anillos. Su rostro carecía de cualquier asomo de maquillaje; ni siquiera leves toques de sombra reposaban en sus párpados. Tenía el pulso perfectamente tranquilo y respiraba con suavidad, esquivando los desagradables avatares de los ronquidos capaces de echar por la borda hasta las relaciones más sólidas. Estaba tapada hasta la cintura, evidenciando que usaba un pijama de seda color rosa pálido con vivos negros. Solo su lado de la cama parecía usado porque el otro se erguía casi como un mundo aparte.
—Mamita, despierta… —susurró el chico—. Te hemos traído el desayuno.
—Mamá, el sol ya se levanta hacia su lugar de privilegio en el cielo —añadió Princesa poéticamente—. Hay que aprovechar el día…
—Hmmm… — Nina pareció reaccionar parcialmente a las llamadas de sus contrapartes—. Una horita más, por caridad…
Faltaba ese qué se yo para arrancarla de los brazos del sueño. Dominic decidió cortar por lo sano y le dio un piquito en la nariz justo cuando Gardevoir hacía lo mismo con su mano más expuesta. El hormigueo fue más fuerte y rompió el trance de Nina, haciéndola abrir sus ojos azules de golpe.
—¡Ah…! —exclamó, echándose instintivamente hacia atrás—. Oh, son ustedes, mis niños… —se relajó—. ¿Qué hacen despiertos tan temprano, parcito?
—No es precisamente temprano, madre querida —retrucó Dominic—. Son las siete y cuarto.
—Hoy es lunes, ¿verdad?
Asintió el hijo.
—¿Y me despiertas a esta hora un lunes, querido? —Nina habló con desconcierto, no con afán de reprimirlo—. ¿Acaso no recuerdas que hoy no abrimos?
—Bueno, hoy es un día especial.
—¿Por qué?
—¿Cómo que "por qué", mamá? —Princesa decidió romper su silencio telepático—. ¡Este domingo cumplirás años, así que esta semana debes disfrutarla muchísimo!
Como si deseara unir las palabras a la acción, la peliverde abrazó a la humana con devoción digna de una acólita para con su diosa predilecta. También besó cariñosamente sus mejillas antes de volver junto al muchacho. La bandeja seguía flotando al lado de ambos, esperando ser ubicada en posición.
—¿Ya comenzó diciembre? —cuestionó Nina; sus interlocutores asintieron—. ¡Madre mía, cómo pasa el tiempo! ¡Si parecía que fue ayer cuando…!
—¿Cuando qué, mamita? —deslizó Dominic.
—No importa, mi amor. Olvídalo. Es solo que el último mes, así como todo este año, se me han pasado volando —la mujer se sentó en el respaldo de su lujosa cama y posteriormente apuntó a la bandeja—. ¿Todo esto es para mí?
—Para los tres —apuntó Princesa—. Cuando llegué a la cocina Dominic ya estaba terminando de prepararlo.
—¿Entonces no le has dado desayuno a tu hermana, hijo? —Nina miró a Dominic sin rencor, casi como jugando.
—El desayuno siempre se disfruta más de a tres, madre querida —se limitó a contestar él.
Los hermanos tomaron posición en el lecho y comenzaron a servir todo. Por extraña que sonara la alocución de Nina, era totalmente cierta. Princesa había vivido con la familia desde muy pequeña, prácticamente creciendo junto a Dominic y experimentando junto a él la aventura de pasar desde la niñez a la adolescencia y posteriormente a la adultez, ganando acceso a nuevos derechos y también a otros tantos deberes. Cierto es que la única diferencia se dio en que la pokémon psíquica no tuvo que tener un 85% de asistencia durante doce años de instrucción para sacar el certificado escolar, pero sí contaba con sus propias obligaciones junto a la jefa de hogar.
—Hijo mío, quería aprovechar de felicitarte ahora por tu actuación de ayer ya que llegaste muy tarde —Nina dijo tras tragar un delicioso trozo de panqueque—. ¡Estuviste sencillamente fantástico!
—Venga, si no fue para tanto —reaccionó él con mucha modestia, algo casi humorístico considerando su imponente presencia—. La localía hay que hacerla respetar y ese récord perfecto no se cuida solo.
—Especialmente con un equipo como Dewford, que viene a medio morir saltando desde hace varias semanas —acotó la peliverde antes de catar bocado; tragó y continuó—. ¿Hace cuánto que no ganan un partido?
—Creo que desde la quinta fecha, si no me fallan los cálculos. A los moribundos simplemente se les da el golpe de gracia lo más rápido posible; el resto es secundario.
—Haya sido como haya sido, mi niño, fue genial verte por la tele volviéndolos locos en cada jugada —la madre lanzó una risita—. ¿Cuántos puntos hiciste?
—25 nada más —contestó el humano—. Igual me siento un pelín decepcionado… porque en un partido normal suelo marcar entre 30 y 40. El verdadero mérito fue del resto de los muchachos, que bloquearon magníficamente a los atacantes contrarios y los hicieron cometer muchísimos errores no forzados, camuflando bien mi propia mediocridad. Ah, y el capitán también tuvo diez aces.
—A eso llamo trabajo de equipo —sonrió Princesa—. Antes de que lo sepas, Dominic, serás campeón regional y te empezarán a llegar ofertas de todos lados, quizás hasta del extranjero.
—No jugaría en ningún equipo que no fuera donde estoy ahora, Princesa —devolvió él luego de terminar su porción—. Recién estoy dando mis primeros pasos en el profesionalismo, así que la lealtad con el club que me dio esta oportunidad vale más que todo. Ese es un valor intransable en nuestra familia.
Mientras el chico servía jugo de frutas para todos, tanto Nina como Princesa se pusieron a pensar en el presente actual del hombre de la casa. Desde muy pequeño Dominic Weir, hijo y hermano, fue un prodigio del volleyball, uniendo talento natural a una extraordinaria capacidad física que ya en la primaria lo convirtió en el centro de atención de cazatalentos, aficionados y un montón de coleccionistas de autógrafos. Jugando como opposite hitter (remachador por la derecha) desde el primer día, tuvo una carrera de ensueño en el colegio, llevando a la Preparatoria Sokol a ganar tres títulos regionales como capitán y as indiscutido. Lideró al mejor plantel en la historia de la institución, que en su segundo calendario barrió con cuanto rival se le cruzó rumbo a una campaña perfecta de 24 victorias, 19 de ellas sin ceder un solo set. Como si todo eso fuera poco, también marcó el récord de puntos en un compromiso al anotar 55 contra North Ridge en un encuentro decidido en cinco largos sets extendidos por casi tres horas. La prensa lo catalogó como "el partido del siglo" y aumentó bastante la popularidad del volleyball entre la gente de Lilycove a expensas de batallas y concursos. A tanto llegó su fama que durante un buen tiempo la sola mención de su nombre causaba urticaria en los altos círculos de la Liga Pokémon, pero el chiquillo se lo tomaba todo como venía, con una sonrisa en los labios y aislándose olímpicamente de la cizaña ajena.
Dominic también participó en dos torneos mundiales del nivel con la selección regional (un oro, una plata) y a los 16 años se convirtió en el ganador más joven del Gran Premio de los Deportes de Hoenn, dejando en el camino a decenas de exponentes profesionales con abultados sueldos, legiones de fanáticos y espectaculares registros. Se especulaba que todos los clubes de la Liga Profesional de Volleyball querrían hacerse con sus servicios, pero él sorprendió a todos al declarar que solo aceptaría fichar con los Sentinels, la franquicia insignia de Lilycove, o derechamente iría al circuito universitario mientras estudiaba una profesión; de ahí evaluaría la compatibilidad del deporte con sus obligaciones académicas. Sabía mejor que nadie que las carreras deportivas no duraban para siempre, así que nunca estaría de más tener un plan B si se retiraba producto de una lesión, la edad… o porque simplemente se le daba la gana.
—Y hablando de jugar, ¿cuándo es tu próximo encuentro? —preguntó Nina luego de colocar entre pecho y espalda una buena dosis de jugo—. ¿Es acá o allá?
—Bueno, la fecha de mitad de semana la tenemos libre y el domingo repetiremos localía ante Verdanturf —dijo Dominic—. Ya saben que la liga tiene 13 equipos, por lo que siempre queda uno sin jugar y ahora nos tocó a nosotros. Sin embargo, eso no significa que vamos a pasarnos toda la semana tomando limonada en las reposeras… Con suerte tengo libre hoy y sería todo.
—No me digas que ese entrenador tuyo los va a poner a trabajar mañana mismo… —Princesa transmitió un pensamiento teñido de incredulidad—. ¿Acaso no sabe lo que es descansar? Ustedes no son máquinas, después de todo, y recién ayer jugaron tres sets muy intensos.
—El viejo siempre ha sido así —suspiró el muchacho, encogiéndose de hombros—. Es de la escuela implacable, donde el mero prospecto de cansancio se ve como una imperdonable debilidad y las discrepancias se arreglaban a bofetadas o grito limpio en vez de con diálogo. No sé qué pensarán los demás de él, pero mientras tenga la venia del dueño del club no hay nada que hacer. Además, cuando estás en el profesionalismo te acostumbras a estas rutinas de siete u ocho horas sin parar. Es casi como lo que hacen tú y mamá de martes a sábado, Princesa.
—Pero nosotras no andamos saltando todo el día como si fuésemos resortes, hijo querido —Nina secundó a la pokémon—. ¿No se resienten tus piernas? ¿Has dormido bien últimamente con tanto entrenamiento a cuestas?
—Ya se resentían cuando estaba en la secundaria, aunque ha pasado tanto tiempo que estoy totalmente acostumbrado a las exigencias profesionales. A veces llego tan cansado que no puedo ni saludarlas como es debido, lo que lamento mucho —hizo una pequeña reverencia—. Sé que me entienden como nadie, sin embargo, y por eso decidí dedicar mi vida al volleyball. Además, tengan en cuenta que si bien soy alto comparado con una persona promedio… sigo siendo uno de los jugadores más bajos del plantel —Dominic puso paños fríos.
—Anda… Si a ti te consideran bajo, hermanito, no quiero ni saber lo que pensarían si me vieran parada en una cancha —la fémina psíquica se cohibió un poquitín—. Creo que ni para jugar de líbero me alcanza.
—La estatura es importante en el volleyball, Princesa, mas no lo es todo —él le rodeó los hombros con cariño gracias a su brazo libre—. También están la técnica, la estrategia y, por qué no decirlo, el corazón.
Nada más percibir que el chico le besaba la frente, Gardevoir sintió que se derretía completamente por dentro. Hubo de aplicar todo su autocontrol para no ponerse roja cual luz de semáforo, aunque cerró los ojos de puro placer y entrecruzó los dedos de sus manitas al tiempo que su rostro era capturado por una inocente sonrisa. Nina se limitó a contemplar la escena con cariño digno de una madre, plenamente habituada a estas pequeñas muestras de cariño entre sus hijos. Una de las frases típicas del chico tenía que ver exactamente con el corazón, del que se necesitaban millas y millas, según él, para sobreponerse a cualquier obstáculo en el camino, sin importar su apariencia o artimañas.
—Créanme que me quedaría todo el día contemplando este tierno derramamiento de almíbar —interrumpió la madre con su particular estilo—, pero tengo algo muy importante que contarles y que seguro hará mejor nuestro lunes libre.
Los hermanos se separaron, dejando una pequeña distancia entre ambos conforme toda su atención volvía a posarse en la jefa de hogar. Muy en su interior extrañaron súbitamente el calor compartido con el otro.
—Hijos míos, me es extremadamente agradable informarles que el mes pasado rompimos todos los récords de ventas en el negocio —el rostro de Nina se iluminó—. Aún con el feriado de la independencia a cuestas facturamos casi 108 millones, incluyendo las dos piezas más caras del catálogo y que nos costó un montón vender en periodos anteriores.
—¿Las famosas Lágrimas del Ángel? —Dominic ciertamente estaba asombrado—. ¿No las compraste en una subasta por dos millones y medio cuando todavía estaba en la primaria?
—Precisamente, querido. Creí que nunca podría deshacerme de ellas hasta que nos contactó una ricachona de Sinnoh con bastante dinero para gastar luego de un divorcio bullado —explicó la fémina pelinegra.
—¿No será Verena Hutchinson, de casualidad? —sugirió la peliverde.
—La misma que viste y calza, corazón —prosiguió Nina—. Vino a verme la semana pasada tras consultar nuestro sitio en la Pokénet, le encantaron nada más probárselas y pagó en una cuota los diez millones que costaban. Las enviamos directamente por correo preferente y llegaron hará tres días a su mansión en perfectas condiciones. Sobra decir que me respondió con una sentida nota de felicitación y también prometió recomendar nuestra joyería a todas sus amistades.
—¡Pero qué fantástico! —Princesa le dio otro beso a su madre—. ¡Nos vamos a forrar! Mayor razón para darle prominencia extra a nuestro módulo de compras remotas. Si hay un grupo societario difícil de convencer y mantener cautivo es la élite económica de Sinnoh, como la señora Hutchinson y su círculo de filántropas con ingentes fortunas. Ni siquiera el Alto Mando de nuestra región, que ya es disfuncional hasta decir basta, da tantos temas de conversación y aparece en tantas portadas.
—No lo sabré yo cuando esos iluminados del quince se pelearon hace tres años con la Federación Deportiva Intercolegial por el asunto del clasificatorio para el Mundial Sub–17… —Dominic recordó con marcado desprecio por la Elite Four—. Gracias a ellos tuvimos que retrasar el torneo trece días e incluso cambiarnos de sede porque su asamblea estaba primero, con todos los costos logísticos asociados —bufó de forma bien elítica—. Qué montón de idiotas, y aún así hay millones que les llevan el amén hasta cuando eructan.
—Por eso es que los tengo proscritos de mis dominios, hijo de mi corazón —Nina también sacó a relucir el desprecio típico de los privilegiados para con otros privilegiados—. Podrían ofrecerme una montaña de oro y no les vendería ni una mísera pieza de zirconio cúbico, por muy pulida que esté. Cierto es que me ha costado varias oportunidades de negocio que se han llevado otras joyerías con menos escrúpulos, pero la lealtad es lo más importante —repitió lo que dijese su retoño.
—He ahí el porqué de ese letrero puesto en el local —Princesa también aportó lo suyo—. Cito textual: "la Joyería Oberhauser se reserva el derecho de admisión porque no cualquiera tiene los medios ni la clase para comprar aquí". Tampoco hemos de olvidar que en la inmensa mayoría de los casos solo aceptamos clientes recomendados por gente de confianza, con énfasis en esto último.
—En fin, dejemos de pensar en gaznápiros que no tienen remedio —nuevamente la madre—. Tengo un magnífico plan para aderezar nuestro lunes especial, tanto por mi próximo cumpleaños como por los estupendos resultados de la tienda y de Dominic en la liga de volleyball. Hoy quiero hacer para el almuerzo… pastel de carne al horno.
Al escuchar eso tanto a Princesa como a Dominic se les hizo agua la boca. Ya podían sentir el suave sabor de la carne moldeada en un cilindro perfecto, cocinada a fuego lento y aderezada con sal, pimienta, ajo y una mezcla de vegetales picados casi al punto de volverse microscópicos. Y si se lo servía con una buena porción de arroz integral, dejado remojando la noche anterior a fin de volverlo blandito y suculento, tanto mejor. Ni siquiera en el Matamuzia, el mejor restaurante de Lilycove e invitado frecuente de cuanta guía gastronómica se editaba, la carta tenía semejante manjar de dioses.
—¿A qué estamos esperando? —Dominic se levantó con tanto ímpetu de la cama que casi volteó todo—. ¡Iré ahora mismo a comprar los ingredientes!
—¡Solo no te vas a ir! —Princesa rió mentalmente, su mensaje llegando a ambos extremos de la escala—. ¡Espérame que te acompaño!
—¡Vayan tranquilos, mis niños, que yo me encargo de lavar la loza! —gritó Nina justo cuando ambos salieron pitando del cuarto rumbo al baño—. ¡Y por ningún motivo se metan juntos a la ducha!
No recibió respuesta pero sabía que sus retoños le harían caso; tal era su nivel de respeto mutuo y deferencia por el bienestar del otro. Por algo los había criado ella misma durante casi dos décadas tan largas como deliciosas. Antes de levantarse de la cama y llevar la bandeja a la cocina, contempló una foto ubicada en su mesita de noche y se permitió otra sonrisa.
Ya frescos tras someterse por separado al relajante poder curativo del agua caliente más ingentes dosis de shampoo y jabón, Dominic y Princesa salieron del condominio caminando lado a lado hacia la Plaza de la Estrella, donde se encontraba el PokéMart del barrio. Aunque el invierno se acercaba cada vez más a tocar las puertas de Hoenn, el otoño tenía su genio a la hora de regalar unos últimos días soleados como aquel primer lunes de diciembre. La brisa marina soplaba hacia el interior, haciéndolos tambalearse levemente cuando se ponía más fuerte, pero no lo suficiente como para interrumpir su andar.
La Gardevoir se sentía en su salsa, disfrutando cada instante de libertad en compañía de su querido hermano. A diferencia de muchos otros pokémon, ella jamás había estado prisionera en una pokébola, considerándola el equivalente a una larga sentencia de cárcel. Ni las batallas ni los concursos le llamaban la atención, cosa que hizo notar numerosas veces en el pasado. "Por ningún motivo voy a revolcarme en el piso con un troglodita como tú", expresó de forma nada diplomática unos cuatro o cinco años atrás, siendo una Kirlia, a un Vigoroth que andaba armando alboroto cerca de ellos en el Paseo Tablado mientras buscaban gangas en la feria distrital. En otra ocasión, faltándole semanas para evolucionar a su actual etapa, hubo de pararle los carros a un Sceptile que le andaba tirando los tejos; lo hizo flotar como si fuese una almohada antes de azotarlo contra una muralla cercana y noquearlo instantáneamente.
Dejando de lado a los peleoneros sin remedio y sus entrenadores sin oficio ni beneficio, una de las cosas que le fascinaba a la fémina psíquica era pasar tiempo con Dominic, cuya expresión plácida seguía plasmada en ese rostro tan inocente y a la vez tan maduro. El muchacho, ahora vestido de rojo y negro (la ropa anterior fue a parar a la cesta de lavado), se limitaba a respirar el exquisito aire conforme avanzaban por la calle Braniff en dirección oeste. La chica, usando otra de sus clásicas túnicas blancas con vivos verdes de idéntico tono al de su bien peinado cabello, parecía un grácil fantasma flotando entre los muros y setos de boj delimitando jardines pulcros, repletos de hermosas flores y fuentes talladas en piedra lisa. Prácticamente todos contaban con piscinas grandes y profundas, como era esperable de un barrio acomodado.
—Dime algo, hermano mío —lanzó ella de repente—. ¿Cómo te has sentido hasta ahora con los Sentinels?
—Es un sueño hecho realidad, Princesa, y aún me cuesta creer que apenas tenga nueve partidos en el cuerpo —replicó él en voz medida—. Cuando los mandamases del club se acercaron a mí y me ofrecieron ese contrato de ocho años nada más graduarme creí tocar el cielo — se acercó un poco a ella—. Mi mayor anhelo era dejar huella aquí, en esta ciudad repleta de parques, playas y museos. Lilycove está tan embebida en mi ser que… no me imagino viviendo en otro sitio, ni siquiera aunque me trataran como rey y me diesen salarios libres de impuestos.
—Y eso que sacrificaste dos años de agencia libre al poner la rúbrica en el papel… —acotó ella—. Tu lealtad, Dominic, es algo rarísimo en un mundo como el nuestro, donde los grandes deportistas simplemente juegan para quien les pague más.
—Mi sueldo es más que suficiente, especialmente a mi edad y cuando debo empezar a preocuparme de mi futuro. Tres millones al año más incentivos por rendimiento son la fórmula perfecta.
—¿Y eso no crea envidia en los demás jugadores? —cuestionó la peliverde—. He estudiado bien la liga durante los últimos años y la mayoría de los novatos no gana ni la décima parte de eso, por no mencionar que tienes el quinto salario más alto del campeonato. Solo espero que no te lo hayan sacado en cara…
—A diferencia de los entrenadores y coordinadores que se van a los improperios hasta cuando alguien los saluda mal, los muchachos son muy maduros. La mayor parte de ellos lleva mucho tiempo en el club, saben lo que valen y se conocen de memoria, casi como una gran familia —señaló Dominic mientras giraban a la izquierda en la esquina de Braniff y Wheeler—. Yo soy el miembro más nuevo pero se me trata tal como a todos, sin importar el valor del cheque a fin de mes. ¿Sabías que soy el único jugador en la plantilla con menos de 27 años de edad?
—Anda, no sabía que fuesen una colección de veteranos, pero si hay algo que he aprendido viviendo contigo y mamá Nina es que la experiencia siempre, siempre viene bien. Lo bueno es que ninguno de ellos ha pensado en el retiro.
—Todavía nos queda cuerda para rato —él lanzó una risita—. Los Sentinels han ganado siete de los últimos diez campeonatos, incluyendo los últimos cinco de forma consecutiva, y tenemos suficiente madera como para seguir siendo protagonistas de la liga por ocho o nueve temporadas más. El recambio llegará cuando tenga que llegar.
—Y entonces te tocará liderarlo, hermanito. Tú y los veteranos que aún queden tendrán una misión crucial entonces, la de enseñarle a los novatos cómo se juega de verdad al volleyball —declaró Gardevoir con total seriedad—. Los Sentinels son una institución en Hoenn y deben demostrarlo a cada instante. Se lo deben a sí mismos y a la gente como mamá y yo, que los apoyamos semana a semana.
—Ten por seguro que así lo haré, querida.
Cuando acabó la conversación apareció ante sus ojos la plaza, obra maestra del paisajismo enmarcada por lindos macizos de rosas blancas, geranios escarlata y violetas de intenso índigo. Sus ocho caminos desembocaban en una fuente donde, en la parte superior, aparecía la estatua del almirante Turbino Menéndez, uno de los héroes de la independencia de Hoenn y mano derecha del general Varano, cuyo estatus en el panteón local alcanzaba alturas casi míticas. Cuando no había gente sentada en las bancas leyendo o tomando el bendito sol que duraría lo que debiera durar, aparecían niños paseando con sus padres o jugando entre ellos y sus pokémon. Una Skitty dormitaba sobre el bien cortado césped, totalmente desentendida de un Poochyena persiguiendo una pelota, un Dustox comiendo polen y un trío de Taillows volando bajo mientras buscaban su desayuno entre los arbustos.
—Ya llegamos —dijo Dominic cuando cruzaron la plaza y saludaron al viejo lobo de mar—. ¿Llevamos carrito o canasto?
—Prefiero un canasto —retrucó Princesa—. El carrito es un poco más complicado de manipular en pasillos tan estrechos.
Entraron al PokéMart y de inmediato los recibió una suave pieza de música clásica, la que reconocieron de inmediato como la Sinfonía para piano y triángulo en Do Menor, elemento frecuente en las galas del teatro local que se celebraban en los meses invernales y de las cuales uno de los compañeros de equipo del humano era asiduo asistente. Los hermanos conocían bien al dueño de esta sucursal y sabían que adoraba los acordes antiguos, los que consideraba infinitamente más tolerables que la "música de elevador" usada en otras tiendas de la misma cadena. Mientras el humano sacaba una lista de compras escrita a la rápida de su bolsillo, la chica psíquica hacía levitar un canasto grande, dejándolo quietecito a su lado y solo moviéndolo cuando ella también lo hacía.
—¡Buenos días! —una mujer mayor que andaba colocando latas en un anaquel cercano los saludó—. ¿Cómo están mis clientes número uno?
—Muy bien, señora Patricia —dijo el voleibolista—. Atareada como siempre, ¿no?
—Sabes bien que el negocio nunca duerme, corazón, especialmente ahora que tenemos el fin de año a la vuelta de la esquina y la gente anda toda loca con las fiestas —miró a la Gardevoir—. ¿Y qué tal te encuentras tú, Princesa?
—Vamos tirando, señora, y entiendo muy bien el estrés que despide su aura —retrucó la peliverde telepáticamente—. A todo esto, ¿dónde está su marido? No lo veo por ninguna parte y tampoco siento su presencia en el local.
—Keith fue al banco. Tenía un asunto importante que atender allí respecto a un préstamo y se demorará lo suyo en volver —contestó Patricia—. Hasta que regrese tendré que arreglármelas sola junto a los cajeros que pudieron venir hoy a trabajar.
—No tiene que contarnos nada más, señora —acotó Dominic—. Con su permiso, y aprovechando que somos los primeros clientes del día, iremos a buscar un par de cosas para llevar.
—Adelante, lindo. Recuerden que están en su casa.
Dejando atrás a la atareada fémina, los hermanos enfilaron directamente hacia el sector de las carnes refrigeradas. Mientras examinaban los diversos cortes sellados al vacío y de estupenda calidad, intercambiaban sendas miradas sobre las virtudes de tal o cual. Al principio creían encontrar uno bueno, pero tenía demasiada grasa o un exceso de nervios que lo harían trabajoso de preparar antes de pasarlo por el procesador de alimentos. Si aparecía otro mejor, o era muy grande o muy pequeño; como mucho necesitaban dos kilos y medio para que el pastel les durara al menos dos noches. Volaron entre sus manos filetes, costillas, lomos lisos y vetados, puntas de paleta y picana, bifes y matambres. Entonces, cuando parecían darse por vencidos, Princesa halló justo lo que buscaban.
—¡Eureka! —levantó un paquete compacto y de rojo intenso—. Posta negra, un kilo y 450 gramos.
—Se ve perfecto —Dominic le dio el visto bueno y lo echó al carro—. Lo llevamos. Ahora tenemos que hallar uno igual a este para tener suficiente carne.
Escudriñando un poco más pillaron otra pieza, esta vez de 1200 gramos, para completar la primera parte de la lista. Abandonaron los frigoríficos y pasaron a los huevos, elemento fundamental para aglutinar la masa antes de echarla a la budinera que iría al horno. Nina solía preferir los extra-grandes y de color, que no eran baratos pero tenían un sabor bien marcado.
—Mi ojo clínico no detecta ninguna falla o podredumbre en estas cáscaras —dijo Princesa tras examinar la sexta caja del lote y afinar su nariz—. Estos están perfectos. ¿Llevamos doce o treinta?
—Creo que con doce bastará por ahora. Aprovechando que tenemos fecha libre esta semana, el miércoles haré la compra del mes desde el computador de casa… si todavía puedo mantenerme en pie luego del entrenamiento de ese día —sugirió el chico.
—Buena elección. No creo que sea buena idea cargar tantas cosas por las calles tan tarde, aunque sean apenas tres cuadras de distancia.
En honor a la verdad, ella habría sido capaz de hacer volar todo hasta la terraza del departamento y luego teletransportarlos a ambos hasta allí sin derramar una gota de sudor, pero ¿qué gracia tendría eso? Princesa era una Gardevoir en lo físico y psíquico, sí, pero tanto en cuerpo como en mente se sentía muchísimo más humana que pokémon. ¡Si incluso sabía escribir, habiendo aprendido casi a la par que Dominic en los años de la primaria! Cierto es que su caligrafía era un poco rara y las S tendían a confundirse con las F o las D con las H, pero seguía siendo un logro notable. ¿Cuántas criaturas como ella ahí fuera sabían plasmar sus ideas sobre un papel o teclado de ordenador? O hilando aún más fino, ¿cuántas eran capaces de convertir sus pensamientos primarios en ideas concretas, fuesen pronunciadas o no? La respuesta era categórica: muy pocas, tal vez ninguna.
—¿Qué tal estas bellas zanahorias? —el humano pelinegro levantó un ramo de brillantes bastones naranjas—. Hasta huelen agradable.
—¡Me gustan, me gustan! —sonrió Princesa, arrojándolas al canasto—. ¡Y por aquí tenemos unos pimentones gozando de excelente salud! Vengan con mamá porque lo van a pasar muy bien…
Hicieron lo propio con dos grandes cebollas de cáscara marrón y dos cabezas de ajo. Todo fue a parar a sus respectivas bolsas plásticas para ser pesado, etiquetado y eventualmente pagado en la caja. Mientras Gardevoir esperaba a que el encargado de las frutas y verduras pasara todo por la balanza, devolviéndole incluso las bolsas amarradas, el humano dirigió sus pies al pasillo siguiente, regresando menos de un minuto después con un sobre de pimienta negra molida, sal de mar extra-fina y una bolsa de carne de soya, también llamada vegetal o falsa. Tal vez este último fuese el componente más importante de la receta que tan deliciosa quedaba con la manos de ángel de Nina: no solo aumentaba el volumen del pastel horneado sino que lo hacía más firme y sano.
—Solo nos falta el arroz —dijo él en tono triunfal.
Sin importar si era grado 1, 2 o 3, el arroz integral no era tan barato como el blanco, pero sus beneficios para la salud constaban más allá de toda duda. Comerlo regularmente aumentaba los niveles de colesterol bueno y mantenía a raya el malo, purificando el organismo por dentro gracias a ingentes dosis de fibra dietética. Justo ese día se toparon con una tremenda oferta de la marca predilecta: al comprar dos bolsas de kilo la tercera era gratis. Así lo hicieron los hermanos, caminando hacia la caja con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Pagaron tranquilamente con la tarjeta bancaria de Dominic y empacaron todo en un par de bolsas grandes, teniendo cuidado extra de dejar los huevos aparte para no quebrarlos.
—Bueno, ya terminamos con esto —suspiró él una vez se hallaron de vuelta en la calle—. ¿Qué deseas hacer luego de que ordenemos todo en la cocina?
—Me encantaría tomar una taza de té caliente, ver la prensa deportiva o escuchar un podcast y disfrutar todas las fotos que te sacaron —deslizó ella sin tapujos—. Ya puedo imaginarme los titulares: "Lilycove imparable; entréguenle ya el título" o "Los Sentinels imponen sus términos y amenazan la racha de Verdanturf".
Princesa hizo una especie de giro en el aire, casi como si bailara un vals secreto, antes de quedarse mirando fijo a su querido hermano, al chico que admiraba más que a nada en este mundo. Ni siquiera el mismísimo Arceus le llegaba a los talones en su estimación.
—Eres muy ocurrente, ¿sabías? —Dominic no pudo evitar lanzar otra risita mientras cruzaban la plaza.
—Bueno, la ocurrencia viene de serie cuando tienes todas tus necesidades cubiertas de aquí a la eternidad. —Princesa no mostraba modestia alguna—. Además, ¿de qué sirven los dones si no puedes sacarles partido para mejorar tu propia situación?
—Hablas como todo un animal político.
—Nada me impide postular a un cargo y hacer carrera por un partido decente. Total, ya soy mayor de edad al igual que tú. Las elecciones son el próximo año, ¿cierto?
—En estricto rigor, Princesa, todavía faltan como…
—¡Hey!
Si Dominic Weir se quedó con la frase a medio terminar fue por causa de ese grito claro que llegó a oídos de ambos apenas entraron en la calle Wheeler. Miraron hacia todos lados pero no fue hasta quince segundos después que encontraron la fuente… o más bien la fuente los encontró a ellos.
Nota del Autor: ¡Hola, hola, hola…! ¿Cómo están, queridos lectores? Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que nos vimos y ahora estamos en la tercera década del siglo, así que decidí quitarme el óxido y volver al ruedo con una historia que parte desde una premisa distinta — la de dos hermanos que no podrían ser más distintos pero aún así son cómplices en la vida diaria. Princesa asoma como una Gardevoir atípica desde el principio, mientras Dominic es sorprendememente aterrizado para alguien cuya vida ha ascendido de forma tan meteórica. Se cae de maduro que escribir (y variar) sobre el mundo de Pokémon nunca será tarea fácil, pero los desafíos están para superarlos y meterme de lleno en uno de los fandoms más populares en este rincón de Internet ciertamente califica. Además, aquí tengo la oportunidad de mostrar otro deporte que me encanta: el volleyball. No solo de medallas y listones se vive, como ya imaginarán, así que soy el mayor interesado en hacerlo bien.
Esperando que este primer episodio haya despertado su curiosidad y les anime a dejarme una reseña, me despido hasta la siguiente actualización de Remaches. ¡Muchas gracias por su tiempo y ojalá tengan un gran día!
