Retorno a Privet Drive
Declaración de Derechos (Disclaimer): Los personajes de esta historia en su gran mayoría pertenecen a J.K. Rowling, así como referencias a sus libros (entiéndase por: nombres, hechizos, conjuros, lugares, etc.). No uso estos datos con fines de lucro ni beneficio propio. Así como he escrito este fic sin fines de lucro, respetando los derechos de autor de J.K. Rowling sobre sus personajes, espero que todos respeten los míos sobre mis personajes y mi trama. Sólo considera canon los libros 1 al 6, por lo que puede ser considerada "Universo Alternativo (UA)". Tiene "Personajes Originales (OC)" y se podría llegar a considerar que algunos del canon están "Fuera de Carácter (OoC)".
Audiencia: Se requiere una edad mínima de trece (13) años para leer esta historia. Contiene insinuaciones de contenido sexual y violencia como alusiones a estos hechos, pero no descripciones de los mismos, ni tampoco el uso de términos obscenos.
Resumen: Después de fallecido el director del colegio Hogwarts aparecen nuevos personajes que darán un vuelco a la vida de muchos que creían conocer su pasado y marcado su futuro.
La noche de la muerte del mejor director que hubiese tenido el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, Albus Dumbledore, el fénix que lo había acompañado abandonó los terrenos del colegio después de entonar su cántico. Iba a cumplir el último encargo de su amigo y protector.
Fawkes se dirigió a Ainsley una vez más en busca de Raymond. Allí, en la casa antigua e imponente del Consejo Cundáwan, consiguió al anciano señor. Lo distinguió fácilmente por su barba y pelo blanco y brillante, tan alto como lo había sido hasta hace poco su compañero y amigo. Al cundáwan lo veía algo delgado, pero su fortaleza se notaba en su porte y movimientos.
El fénix dejó escapar una suave nota al notar sobre él la mirada inquisitiva y preocupada de aquellos ojos, azules como el mar. Generalmente lo recibían con una mirada profunda y serena, pero en ese momento no era así. La inmortal ave sabía que el cundáwan era más viejo que lo que había sido el que, hasta unas horas antes, había sido el director del colegio, pero sólo ahora esa diferencia era realmente visible y notoria. Era evidente para la mítica ave que la diferente forma en que se movía el tiempo en las dos tierras era acortada, para la mente humana, por las preocupaciones de los últimos sucesos en el mundo de su fallecido amigo.
El anciano tomó los sobres que le entregaba el fénix con gran pesar en su corazón. Aquello sólo podía significar que su antiguo alumno, y gran amigo, había partido del mundo de los vivos. Uno de ellos iba dirigido a él, el otro a la que siempre había sido su compañera y amiga en sus luchas dentro y fuera del colegio: la profesora Minerva McGonagall.
El cundáwan suspiró profundamente y acarició con ternura el plumaje del ave. Cerró los ojos para dedicarle un pensamiento de agradecimiento, por todo lo hecho, y el deseo profundo que allá donde ahora estaba todo fuese positivo para él. Tomando valor se giró y usó su patronus para llamar a los otros integrantes del G.E.M.A. (Grupo de Entrenamiento en Magia Antigua), que había conformado hace poco más de un año (cinco años según contaban el tiempo los magos y muggles).
En una habitación grande y de techo alto, con tres paredes blancas casi totalmente tapadas por bibliotecas, armas antiguas y el tapiz con el Escudo Cundáwan, mientras la de la derecha desde la puerta de entrada tenía amplios ventanales que dejaban ver la naturaleza que rodeaba la casa, se encontraba una gran mesa circular con doce sillas. Allí, en la Sala de Debates del Consejo Regente, se reunieron con aquél anciano una hora después seis personas.
Dos de ellos eran cundáwans puros, al igual que quien los había convocado. Lucían como si rondasen entre los cuarenta y los cincuenta años para un muggle, lo cual implicaba entre sesenta y ochenta años para un mago o un cundáwan. Los otros cuatro eran mestizos, descendientes de cundáwans con magos, que parecían tener cerca de treinta años para un muggle, o cerca de cuarenta para un mago o un cundáwan.
Según le había explicado su pupilo predilecto a Raymond, los muggles de la época actual habían avanzado mucho en el área de la salud en general. Por esa razón vivían mucho más que los contemporáneos de los cundáwans que viajaron a Ainsley. También le había dicho que la edad aparente de muggles y magos era muy similar durante sus primeros veinte años, pero luego los magos aparentaban envejecer sólo diez años por cada veinte que aparentaban los muggles.
El anciano dedicó unos minutos a detallar y analizar a sus acompañantes. La cundáwan pura, Kandake en la lengua de su gente y Kandace en la de magos y muggles, le estaba mirando con sus grandes ojos color miel llenos de preocupación. El rostro de piel blanca clara, de facciones delicadas, tenía en ese momento una expresión que mostraba la fuerza de su carácter.
Pero él tenía bien presente las esporádicas sonrisas en sus labios delgados y miradas llenas de dulzura cuando estaba cerca de niños. En esas ocasiones su pelo rubio, el cual manejaba generalmente recogido, siempre estaba suelto mostrando que llegaba hasta su cintura para permitir a las niñas pequeñas aprender a hacer trenzas con éste. Pero esto ocurría rara vez en los últimos tiempos, pues casi estaba dedicada de lleno a las tareas de aquél grupo.
El otro cundáwan puro, Adalfuns en la lengua de su gente y Alphonso en la de magos y muggles, era un hombre de complexión fuerte aunque delgada. En ese momento estaba mirando al anciano con sus ojos almendrados y negros con una expresión interrogante, aunque dejando traslucir muy poco de lo que pensaba.
Sólo muy pocos sabían que tras su mirada profunda y seria aún quedaba una chispa de emoción. Era de la misma estatura que Kandace, usando su pelo negro largo y suelto hasta el hombro cuando no estaba practicando el arte guerrero de su raza. Su acercamiento a niños y jóvenes era escaso aún antes de aceptar unirse al G.E.M.A., siempre propiciados por el anciano que los había convocado.
Los cundáwans más jóvenes se llamaban en su mundo Helewidis, Aveline, Hunfrid y Wigmund; o en el mundo de los magos y muggles Eloise, Aline, Humphrey y Wymond. Eran dos parejas de esposos vinculados no sólo porque la primera y el último eran hermanos, sino unidos estrechamente por una fuerte amistad. Sin embargo el anciano conocía a sus pupilos bien y sabía que, tanto dentro del grupo G.E.M.A. como en su desenvolvimiento fuera de estas tierras, los tres primeros seguían las órdenes del último como su líder natural.
Eloise llevaba su pelo amarillo claro liso y largo hasta la cintura, generalmente suelto o recogido en una trenza arriba y a los lados en forma de cinta, como lo tenía en ese momento. El anciano sabía que el de atrás lo recogía en un moño apretado cuando se estaba desenvolviendo como guerrera. Sus ojos grandes y redondos, azules claros como el cielo en primavera, miraban con nerviosismo al anciano mientras su esposo le tomaba con expresión de cariño una mano, que era tan delgada y grácil como su cuerpo.
El anciano vio como la joven mujer miraba al esposo y sonreía con agradecimiento. Ella sabía que a su compañero de vida le agradaba más ver en ella miradas y movimientos alegres, pero también que la apoyaba mucho cuando estaba triste, nerviosa o preocupada. El señor comprendía que era así como ella se sentía en ese momento, por aquella imprevista reunión.
Humphrey la comprendía. Con sus ojos castaños pequeños interrogaba sin palabras al anciano. Era evidente que los señores tampoco sabían qué había generado la reunión, pues sus expresiones también eran de inquietud por desconocimiento. Su piel clara estaba tostada por el sol porque siempre había disfrutado mucho de ejercitarse bajo su luz, lo cual se reflejaba también en la complexión robusta de su cuerpo. Era levemente más alto que su esposa y su amiga, pero más bajo que su cuñado.
El anciano sabía que el esposo de la joven rubia, con su carácter dulce y tranquilo, era el punto de equilibrio de aquél cuarteto tan unido. Sospechaba que era él quien los había tranquilizado bastante justo antes de esa reunión. Los conocía a los cuatro muy bien, por lo que suponía que les había hecho ver que de nada servía elucubrar posibilidades.
Aline, la joven mujer de pelo rojo oscuro con ligeras ondas y largo hasta la cintura que parecía estar ardiendo permanentemente, era la esposa del hermano mayor de Eloise. La mayoría de los que la conocían, él incluido, decían que el color de su pelo era sólo un reflejo externo de su carácter fuerte cuando algo la hacía enojar. En esos casos sus ojos almendrados esmeraldas parecían brillar de una manera especialmente peligrosa. Sin embargo su carácter era generalmente dulce, aunque también muy impetuoso. De no ser por Eloise y Humphrey, que les servían de freno a ella y su esposo, el anciano estaba seguro que los cuatro se hubiesen metido en muchos problemas. Más de los que usualmente enfrentaban.
Wymond era el mayor de los cuatro, llevándole aproximadamente diecinueve mishas (un año) a Humphrey, que le llevaba poco más de treinta y ocho mishas (dos años) a Aline y ésta casi diez mishas (seis meses) a Eloise. A pesar de la poca diferencia de edad entre ellos, el carácter y liderazgo natural del mayor lo habían convertido en el jefe no nombrado de su grupo.
Su complexión era alta y robusta, siendo el más hábil de los cuatro tanto con la varita como sin ella. El anciano sabía que se exigía mucho a si mismo, e impulsaba a sus tres compañeros a avanzar más rápido de lo normal en sus estudios y desenvolvimiento. Lo había visto aprender con los años a dominar la impetuosidad de su carácter, aunque a veces aún se dejaba llevar por él; especialmente cuando su intuición le decía que estaba en lo correcto. Como generalmente era así, no había entrenamiento que curvase sus decisiones y acciones en esos casos, para la frustración de él y los otros tutores que el joven guerrero había tenido.
El anciano detalló sus ojos almendrados de color aguamarina, los cuales parecían cambiar de tono según sus pensamientos. Esa era una peculiaridad que se presentaba en algunos miembros de su familia y, en este momento, le decían que estaba muy preocupado e inquieto. La tez clara estaba bastante tostada al sol por la misma razón que la de Humphrey, su amor a los espacios abiertos. Manejaba su pelo castaño oscuro ondulado suelto y largo hasta la altura de su fuerte quijada, con su barba corta y cuidada.
En ese momento Wymond le sostenía con cariño la mano a su esposa, mirando a cada uno de los presentes atentamente. Mientras estaban esperando el inicio de la reunión él estaba en su cabeza repasando su lista mental de tareas por hacer, ordenadas por urgencia e importancia como siempre, y las preocupaciones por lo que aún no sabía como resolver de manera segura para sus seres queridos.
Los seis cundáwans convocados esperaban las palabras del anciano, en silencio y quietos por respeto pero muy preocupados. La única razón por la que podía haber convocado a los últimos cuatro era que hubiese ocurrido algo serio, algo que modificase el plan que habían venido llevando a cabo. El anciano los había estado analizando para reafirmarse en la decisión que tomó años atrás, al conformar aquél grupo especial, en que eran los adecuados para acompañarlo y ayudarlo a llevar a cabo las difíciles tareas que ahora eran su obligación.
—Les agradezco que se hayan apresurado a venir —comenzó el anciano mirando a los cuatro más jóvenes—. Ha sucedido algo penoso que requería la presencia de todos. Es hora de tomar decisiones difíciles.
—¿Qué ha ocurrido, señor Raginmund? —preguntó el señor Alphonso preocupado.
—Hace unas horas ha fallecido mi amigo Albus Dumbledore. —le respondió el anciano con expresión triste y seria. Si aceptaban lo que venía a proponerles tendría que recordarles que debían empezar a llamarlo Raymond.
Los siete reunidos bajaron la cabeza en señal de respeto por unos minutos, cinco de ellos con profunda tristeza. El anciano retomó la palabra.
—Kandake, Adalfuns, es hora que tomen la decisión definitiva. Yo la he tomado ya. Voy a Hogwarts.
Los dos mayores se miraron entre ellos preocupados y muy serios. Aquello sería definitivo. No podrían volver jamás a Ainsley. Los dos lo sabían. Tampoco podrían integrarse totalmente al otro mundo. Quedarían atrapados en los límites de aquél colegio.
Cuando en los tiempos antiguos sus antepasados consiguieron el portal de acceso a aquellas tierras y el gran poder que en ellas se encontraba, el mundo de los magos y los muggles estaba en una etapa muy temprana de su evolución. Por lo tanto, para evitar alterar el equilibrio natural que debe existir y mantenerse, decidieron emigrar a esas tierras y sellar con sus conocimientos esa entrada. Sólo algunos cundáwans decidieron quedarse para ayudar en el avance de muggles y magos, aunque siempre en forma bastante oculta y suave para no alterar el equilibrio.
El sello se había establecido como una medida de precaución para evitar que el dolor, el odio y la guerra fuesen llevados allí, donde el poder que habían encontrado podía usarse para generar un gran caos en muchos tiempos y espacios paralelos. Se dejaron abiertas sólo dos posibilidades para que el portal fuese cruzado por los Cundáwans: que alguno de los que se hubiese quedado decidiese ir con ellos permanentemente, o que uno de ellos decidiese abandonar definitivamente aquel refugio.
Sólo los descendientes de su raza con magos o muggles podían cruzar aquél sello en las dos direcciones, siempre y cuando su intención fuese sólo el visitar a sus familiares o aprender, pero bajo ninguna circunstancia podían violar la ley impuesta al llegar allí: La existencia de aquél mundo, su acceso y sus conocimientos estaba vetada a quienes no fuesen Cundáwans o descendientes de éstos. Sólo Raginmund, por ser el más antiguo y sabio, podía autorizar excepciones a aquella ley con el consentimiento de los otros miembros del consejo.
Ahora, debido a lo ocurrido, el anciano decidía abandonar aquellas tierras y dejar sus funciones allí a los otros miembros del Consejo Cundáwan, con el fin de cumplir con lo que estaba previsto desde lo ocurrido con el desertor.
Pasados unos minutos de reflexión los dos cundáwans se miraron y asintieron.
—Cumpliremos lo que le habíamos dicho hace unos meses. Iremos a Hogwarts. Respetaremos la voluntad de Albus de ayudarles. —afirmó Kandace por los dos.
El anciano sonrió. Sabía que a pesar de lo difícil que sería aquello para ellos aceptarían.
—Señor Raymond —el sabio líder asintió al nombre, observando de reojo como los dos mayores reflejaban en sus miradas inicialmente enfado al joven hombre, luego confusión a su asentimiento seguidos de comprensión e incomodidad. El pupilo había sido más rápido que los maestros en adaptarse a los nuevos nombres debido a las cambiadas circunstancias, debido en gran parte al tiempo que tenían él y su grupo desenvolviéndose en los dos mundos—, nosotros ya hemos cumplido en parte el objetivo de nuestro viaje como ya le habíamos informado, pero no totalmente. —intervino Wymond.
—Lo sé. Sin embargo, debido a lo delicada de la situación, ustedes cuatro tendrían que culminar con esa misión y en paralelo ayudar a La Orden del Fénix. Por lo que me había contado Albus, será necesario desde ahora nuestro apoyo directo.
Los cuatro más jóvenes se miraron preocupados y asintieron.
—Angela se ha comunicado conmigo un poco antes de llegar ustedes —les comunicó el anciano. Los otros seis presentes fruncieron el ceño. Estaban seguros que aquello sólo podía significar más problemas—. Se reunirá con nosotros en Hogwarts, después que nosotros hablemos con la profesora McGonagall. El sello de la casa de las gemelas ha dejado de tener efecto en ella aunque no en su prima, como yo esperaba —Levantó una mano para evitar que lo interrumpiesen con preguntas—. La razón la conocerán al llegar a Hogwarts.
Todos asintieron en silencio. Respetaban demasiado al señor Raymond, él tendría sus razones para aquello.
El día siguiente se presentaron luego de la hora del almuerzo, en el despacho de la dirección, siete personas acompañadas de un fénix ante una muy intrigada y asombrada profesora McGonagall. Cuatro de ellos eran totalmente desconocidos. A tres sólo los había visto una vez en su vida, en aquel viaje extraño en que acompañó a su amigo y mentor justo unos días después que él hubiese asumido la dirección de la escuela.
El anciano Raymond le tendía en ese momento un sobre con un pergamino. Éste tenía un extraño sello, el cual estaba conformado por un unicornio alado, un fénix, un delfín y un león, todos en mezclas de colores rojos y dorados, sobre un fondo azul oscuro y unidos por una estrella plateada de siete puntas. Al abrir el sobre la profesora McGonagall pudo leer la letra de su extinto amigo. Allí le explicaba cosas que la dejaron paralizada por la sorpresa.
Hogwarts, 22 de mayo de 1997
Minerva
Querida amiga, amigos de tierras lejanas han de ser avisados por Fawkes en el momento en que yo deba iniciar el camino de la nueva vida, aquella aventura que nos espera después de la muerte. Ellos han venido de Ainsley en el momento de mayor necesidad para el mundo de los muggles y los magos. Si cuando se presente el momento de mi partida está Voldemort aún vivo y listo para seguir sembrando el terror, el dolor y el odio en los demás, ellos llegarán al que, desde mi partida, habrá de ser tu despacho para entregarte esta carta y explicarte varias cosas.
En esta misiva te pido como tu amigo que hagas todo lo posible porque Hogwarts continúe abierto. Toma en cuenta que aquellos que han acudido a mi pedido de ayuda podrán reforzar no sólo las defensas del colegio, sino también los esfuerzos de La Orden del Fénix y el aprendizaje de aquellos que quieran seguir avanzando hacia un futuro, algunos sólo por graduarse pero otros inclusive para ayudar a construirlo a pesar de las dificultades que se presentan.
Sé que es una posición difícil en la que ahora te encuentras, pero puedes confiar en quienes han venido con el señor Raymond (Raginmund) tanto como siempre confiaste en mí. Él te explicará algunas cosas referentes a su presencia aquí y ahora, el porqué no pudieron venir antes, la presencia de algunos alumnos nuevos y la necesidad de algunos cambios en la forma de proceder en cuanto a Voldemort.
También quiero pedirte por medio de esta misiva que le des carta abierta a los jóvenes que acompañan a nuestros amigos, así como a Harry Potter, Hermione Granger, Ron Weasley, Neville Longbottom, Ginevra Weasley y Luna Lovegood, para entrar y salir del colegio durante el próximo curso. Ellos deberán realizar una tarea específica de la que les he pedido que no hablen con nadie, ni siquiera con La Orden del Fénix o nuestros amigos del Grupo de Entrenamiento en Magia Antigua (G.E.M.A.), aquellos que hoy han venido a apoyarte.
Para el cumplimiento de esta tarea he de pedirte que le hagas entrega al joven Harry Potter del arca en que está mi pensadero, con algunos pensamientos que he seleccionado para él, así como la espada de Godric Gryffindor. También el sobre que, con su nombre, conseguirás sellado en el estante justo debajo de la urna cristalina con la espada. Él sabrá darles el uso adecuado. De esto sólo deberán estar al tanto la O.D.F. y el grupo G.E.M.A.
Lamento decirte que, aún estando en conocimiento de que se tramaba algo en contra de mi persona no hice mucho por evitarlo. Era de mi mayor interés el rescatar un alma joven: Draco Malfoy. Aunque me temo que, en el proceso, he puesto en peligro a un alma ya anteriormente torturada por la culpa, el dolor y el odio. No tengo la certeza de cómo se producirá mi partida, pero quiero que quede claro que Severus Snape ha actuado bajo mis órdenes desde agosto de 1981 y que estoy absolutamente seguro de su lealtad.
He de pedirte además que convoques a la O.D.F. y lleves contigo a aquellos del grupo G.E.M.A. que puedan acompañarte. Fawkes irá con ustedes. Deberéis escoger un nuevo líder y plantear las estrategias ha seguir de ahora en adelante.
Te agradezco la gran confianza y el gran apoyo que has sido para mí, amiga. Te espero más allá de las estrellas cuando llegue el momento para ti.
Albus Dumbledore
Al terminar de leer la carta la profesora McGonagall levantó la vista hacia sus visitantes. Tenía una extraña mezcla de sentimientos oprimiéndole el pecho: dolor, tristeza, enojo, esperanza, angustia, sorpresa, inquietud. En su mente habían muchas preguntas, muchas dudas, muchas ideas entremezcladas, tantas cosas en tan poco tiempo, tanta responsabilidad que su amigo había dejado en sus hombros al convertirse en directora de Hogwarts y ahora aquella carta.
—Lamento mucho su pena y la de aquellos que, como usted hoy, se encuentran tristes por la partida de Albus —le dijo con suavidad el anciano—. Pero comprenda que ahora debemos hablar sobre muchas cosas. Aclararle quiénes somos y como procederemos de ahora en adelante es vital para muchas personas.
—¿Quiénes son sus acompañantes? Albus en su carta no me explica mucho sobre ustedes —logró decirle la profesora McGonagall al anciano frente a ella—. Disculpe, no quiero ser ruda, pero todo esto justo ahora es inesperado y desconcertante.
—No se preocupe profesora, la entiendo perfectamente. A Kandace y Alphonso ya los conocía —planteó mientras los señalaba con su mano derecha. Ante el asentimiento de ella, que era evidente de su expresión recordaba los rostros más no los nombres, continuó—. Nosotros tres somos Cundáwans, aquellos que voluntariamente nos aislamos del mundo de los muggles y magos en Ainsley. Sólo podremos, por esta razón, permanecer dentro de los terrenos de Hogwarts.
—No lo entiendo. Perdone usted, pero cuando acompañé a Albus hace muchos años a su morada creí entender que ninguno de ustedes podía venir aquí, que ninguno podía regresar del sitio en el que estaban viviendo.
—Así es, profesora McGonagall. Cuando nuestros ancestros pusieron el sello a la puerta de entrada a nuestro mundo se dejaron abiertas sólo dos posibilidades para que la misma fuese cruzada por uno de nosotros: que alguno de los que se hubiese quedado aquí decidiese ir con nosotros permanentemente, o que uno de nosotros abandonase definitivamente aquel refugio. Sólo los descendientes de nuestra raza con magos o muggles pueden cruzar aquél sello en las dos direcciones, siempre y cuando su intención sea sólo el visitar a sus familiares o aprender.
—¿Entonces Albus era descendiente de un Cundáwan? ¿Por qué pude acompañarlo en aquella situación? ¿Por qué ninguno de ustedes vino antes, cuando la primera guerra contra Voldemort, o después que él retornó? ¿Por qué ahora? ¿Quiénes son los demás?
—Albus era hijo de un Cundáwan y una bruja. Usted pudo acompañarlo porque él se lo permitió, su corazón era puro y su fe en él ciega, siendo seguramente usted descendiente de alguno de los nuestros que permaneció en su mundo. —le respondió el anciano con respeto y paciencia.
»Sólo dos de los entrenados por nosotros vinieron durante la primera guerra: las hijas de Albus Dumbledore. Usted las conoció como Angelica y Jennifer White. Nadie más vino porque aquél de los nuestros que cruce el portal para venir aquí no puede regresar allí. Los otros que han sido entrenados por nosotros no podían venir, según nuestras leyes, a menos que el Consejo Cundáwan lo aprobase.
»Nosotros hemos venido ahora para cumplir la promesa que le hicimos a Albus Dumbledore de ayudar a los destinados a enfrentar, si así lo deciden, el futuro que dos seres de odio han puesto frente a ellos. Uno que alguna vez tuvo a su alcance el entrenamiento de los cundáwans, pero habiendo alcanzado gran conocimiento lo deformó por celos y rencor. Él atravesó el portal y vino hacia este mundo. Por él se estableció la restricción para nosotros en el sello. El otro fue entrenado en algunas cosas por el primero y es a quien conocen ustedes por Lord Voldemort.
—¿Quiere decir que alguien entrenado por ustedes está junto a Voldemort listo para hacer daño? —preguntó la directora asustada.
—No. Angelica, Jennifer y Albus lograron llegar a él y hacerle comprender su error. Pero él fue junto a su alumno para intentar traerlo de vuelta a la luz. No comprendió que no se puede traer a la luz a quien nunca ha estado en ella. Fue asesinado por su alumno.
—¿Ustedes no pueden volver a sus tierras ahora? ¿Por qué dice que sólo podrán permanecer en los terrenos de Hogwarts? ¿Quiénes son sus otros acompañantes? —retomó Minerva las preguntas sobre ellos al calmarse un poco.
—Lamento tardar tanto en presentarlos, pero hay tanto que hablar aún. Ellos son Eloise, Aline, Humphrey y Wymond.
La profesora McGonagall los saludó con leves cabezaditas mientras los presentaba el anciano. Estaba casi segura que no tendrían la edad que aparentaban; o que si la tenían esas edades no tendrían relación con la fecha de nacimiento en el calendario usado por magos y muggles actualmente, por la diferencia entre el lugar del que venían y aquél en el que ella vivía.
—Estos cuatro jóvenes, al igual que lo fue Albus, son hijos de cundáwans puros con magos. Han sido formados a ambos lados de la puerta y tienen completa libertad en vuestro mundo. Ellos podrán unirse a vuestra Orden del Fénix, si así lo deseáis, y colaboraros con mayor amplitud. En cambio Kandace, Alphonso y yo sólo podremos permanecer aquí en Hogwarts, en sus terrenos y en el espacio intermedio entre Ainsley y este mundo, bien sea en la Casa Familiar Cundáwan o la que fue creada por Isolde y Albus para sus hijas durante la primera guerra. Esto es debido a que somos cundáwans puros y el sello actúa como un límite.
»Esta zona ya era un sitio de gran poder mágico, antes de ser creado Hogwarts, puesto que aquí se encuentra el portal mágico de acceso a Ainsley. Godric Gryffindor fue uno de los magos que entró en contacto con nosotros. Cuando junto a sus amigos decidió crear esta escuela los cundáwans les dijeron cómo poner algunas de las protecciones que posee Hogwarts. Puesto que ya se había detectado en el comportamiento de Salazar Slytherin mucho miedo y dolor se limitó el contacto, pues se supuso que se podría llegar a transformar en odio. Pero las intenciones de Rowena Ravenclaw, Helga Hufflepuff y Godric Gryffindor de enseñar fueron escuchadas y les fueron enseñadas algunas cosas.
—Entonces los fundadores estuvieron en contacto con ustedes. Albus dice en su carta que ustedes me ayudarán a reforzar las defensas del colegio y a replantear la lucha contra Voldemort.
—Así es. Pero comprenderá, por lo que le he dicho, que no podemos decirle al mundo muggle ni al mágico abiertamente de nuestra presencia. Nos presentaremos con la verdad de quiénes somos sólo ante usted, los amigos de Albus Dumbledore miembros de la Orden del Fénix y los amigos del joven Harry Potter a quienes supongo ha nombrado Albus en su carta, según habíamos hablado. En nuestra última conversación le aclaré que sólo las personas que él me había recomendado podrán saber de nosotros y, como precaución, deberán ser evaluados por Kandace o Eloise. Ante el resto del mundo mágico y, si algún día llegase a ser necesario, el muggle, nosotros seremos sólo magos, viejos amigos de Dumbledore venidos por un llamado suyo desde un colegio en tierras lejanas.
—Comprendo perfectamente sus razones. Pero la situación actual es muy difícil para lograr hacerle comprender al Ministerio que el colegio puede reabrirse.
—Entiendo. Le propongo algo. Luego del homenaje a Albus Dumbledore los alumnos serán enviados a sus casas en el Expreso de Hogwarts, ¿cierto?
—Sí, así está previsto.
—Bien, continúe con esa línea de acción. Sólo que Aline, Eloise, Humphrey y Wymond, además de Angela, irán con los jóvenes en el tren para completar la protección que estoy seguro ya habrán establecido.
—Perdón. ¿Quién es Angela?
—Ella vendrá luego, en cuanto la llamemos. Esta joven es la hija de Angelica White con Sirius Black y, por lo tanto, nieta de Albus Dumbledore —La profesora McGonagall y los cuatro jóvenes que habían acompañado a Raymond palidecieron y lo miraron asombrados, desde cuerpos paralizados por la impresión, mientras los dos señores fruncían el ceño—. Ha estado viviendo desde sus nueve años hasta ahora en la casa creada por Isolde y Albus, cuando sus hijas Angelica y Jennifer vinieron a Hogwarts, en el punto de enlace físico con nuestro mundo. Esa casa fue creada al lado de la Casa Familiar Cundáwan que fue creada alrededor del portal mágico por el que hemos venido, por nuestros antepasados, para cuidarlo y permitir pernoctar a quienes visitan sus familiares. Angela ha permanecido en la casa creada por sus abuelos, hasta el día de ayer, aislada con sus primos por un antiguo hechizo.
—Perdón, pero lo que usted ha dicho es… No estoy entendiendo casi nada. Esto es… demasiado.
—Lo sé. Lo siento si le estoy dando tanta información en tan poco tiempo pero es necesario. Esta joven ha permanecido en contacto con nosotros casi desde su llegada aquí. Ha estado recibiendo entrenamiento. Es urgente que sea presentada con Harry Potter y su grupo y que se integre con ellos rápidamente, pues ella será la encargada directamente de la protección de él, sus amigos y aquellos más cercanos a él hasta su retorno a Hogwarts en septiembre.
—La Orden del Fénix ya ha establecido un plan de protección. Y estoy casi segura que el Ministerio también lo habrá hecho. —le respondió la directora con un ceño.
—Estamos seguros de ello. Sin embargo, debido a la edad del joven Potter y sus amigos, creemos que es más factible que permitan la cercanía de alguien con una edad cercana a la suya que la de adultos. Angela ha sido entrenada por nosotros, sería conveniente que permaneciese cerca de ellos. —le explicó con tono suave pero firme. Era muy importante que lograse integrarla con el grupo de jóvenes.
»Además, tengo entendido que Albus tenía reuniones especiales con el joven Potter, de las que le prohibió expresamente hablar con otras personas y esta joven está al tanto de las mismas —insistió al verla dudar aún—. Sólo que se niega rotundamente a hablar de las mismas por "respetar las órdenes dadas por su abuelo a su amigo" —le aclaró, sin dejar translucir la frustración que la negación de su pupila a hablarle de aquello le había ocasionado.
»Porque ella los considera sus amigos aunque ellos no la conozcan. La joven me ha pedido expresamente el que le permitamos pasar las vacaciones con él para ponerlo al tanto de información que lo puede ayudar a tomar decisiones. No estoy seguro a qué se refiere exactamente, pero sospecho que se trata de su presencia el próximo año aquí en el colegio. —le terminó de explicar los motivos que la chica le había dado para convencerlo de aquello y le podía transmitir.
—… —La directora lo miró fijamente, sin responderle, intentando asimilar lo dicho.
—Creemos conveniente reunirnos lo antes posible con los miembros de La Orden del Fénix que participarán en la protección durante el viaje—continuó dándole un esbozo general del plan inicial—. Angela y nosotros nos presentaremos rápidamente, pondremos en claro algunas cosas sobre el viaje y la protección que les daríamos a todos. Cuando termine la ceremonia de Albus todos los jóvenes a que hace referencia la carta se podrían reunir aquí con nosotros, para presentarnos y darles una breve información que les sería ampliada luego en el tren por Angela.
»Luego que los alumnos no estén aquí estableceríamos las nuevas protecciones del colegio y reforzaríamos las ya existentes, para que sean probadas por los aurores del Ministerio —agregó al percibir que ella aprobaba lo anterior—. Una vez verificada la seguridad se podría convocar a aquellos que quieran venir a un nuevo curso. También me atrevería a sugerir que se ampliase la invitación a venir para clases eventuales a aquellos que, ya habiéndose graduado en Hogwarts u otro colegio, quieran especializarse en Defensa contra las Artes Oscuras.
—Para ello necesitaría primero convocar a un profesor en esa área y revisar cómo quedaría conformada la plantilla. —le explicó la directora luego de parpadear y tomar una respiración profunda. Le estaba costando un poco seguir el ritmo de la conversación, entre todo lo que había ocurrido últimamente y lo que se acababa de enterar.
—Lo siento, creí que usted lo habría comprendido, puesto que nos conoce a mí y a dos de mis acompañantes. Si acepta, cuenta usted a partir de hoy con un profesor en Defensa contra las Artes Oscuras: Alphonso, una profesora de Transformaciones tomando en cuenta que usted como directora se le hará difícil seguir ejerciendo la docencia directa: Kandace, así como un profesor en Defensa y Conocimientos Antiguos, una asignatura nueva en que yo les podría transmitir muchos conocimientos especialmente necesarios en esta época. Podría además reforzar aquellos sobre Pociones y Encantamientos si usted así lo desea.
—Le agradezco mucho su oferta, señor Raymond, pero como comprenderá necesito pensar en todo lo que hemos hablado y en su oferta antes de tomar decisiones. —aseveró la directora con el tono más firme y sereno que le fue posible, considerando el torbellino de emociones y pensamientos que bullían en su interior.
—Lo comprendo, pero como entenderá el tiempo apremia —le insistió el anciano—. Le agradezco que apenas haya tomado las decisiones pertinentes nos avise por medio de Fawkes. —le pidió al verla asentir.
—Gracias, así lo haré. —confirmó McGonagall.
Raymond y sus seis acompañantes se despidieron respetuosamente, saliendo de la dirección del colegio en dirección a la Casa Familiar Cundáwan. El anciano aprovechó su camino allí para pensar, mientras se esforzaba en no mostrar nada en su rostro. «Por las expresiones de sus rostros, más que una conversación serena en que les transmito sabiduría y conocimientos a mis pupilos, estoy a punto de ser sometido a un interrogatorio por el Cuarteto Protector. Cuanta razón tenías, Angelica, cuando los nombraste así. Estoy casi seguro que si estuvieses aquí estarías mirándome con picardía y que se te escaparía la risa». No pudo continuar con sus pensamientos porque el pasaje secreto que le había indicado Albus ya les había traído al límite externo de las barreras de la casa. Tomó una respiración profunda y se preparó mentalmente lo mejor que pudo para lo que le esperaba.
Kandace y Alphonso tuvieron que esperar casi una hora para poder preguntarle al anciano sus inquietudes. Ninguno de los dos aprobó mucho la forma en que Wymond, Aline, Eloise y Humphrey hablaron con Raymond, pero no intervinieron porque el asunto era más entre familia que entre pupilos y maestro. Además que los cuatro nunca fueron irrespetuosos, aunque los dos primeros rozaron el límite en varias ocasiones.
Ese mismo día, después de la cena, se reunieron en la sala contigua al Gran Comedor (donde se habían reunido los campeones del Torneo) la profesora McGonagall y todos los profesores del colegio para hablar nuevamente sobre la futura reapertura de Hogwarts. En esta oportunidad, además de la profesora Sprout y el profesor Hagrid, también ella estaba de acuerdo en llamar de nuevo a los alumnos que quisiesen regresar a Hogwarts.
La profesora McGonagall les informó que había sido nombrada directora por una reunión de emergencia del Consejo Escolar, en la cual ella había presentado ya la propuesta de los nuevos profesores, la cual también había sido admitida. Mientras ellos enviaban al Ministerio los nombres de la nueva directora y los nuevos profesores con su aprobación, la ahora directora les comunicaba a sus colegas de estas decisiones. El profesor Slughorn comunicó que se retiraría de Hogwarts después de los funerales de Dumbledore, aceptando la directora su dimisión.
Justo antes de esta reunión había enviado un mensaje al G.E.M.A. por medio de Fawkes, comunicándoles su decisión y las del Consejo Escolar. También les solicitaba una reunión en su despacho a las nueve de la noche. Al finalizar el encuentro la profesora recibió por medio del fénix la respuesta de sus compañeros de la O.D.F. confirmándole su presencia tanto en la reunión a altas horas de la noche como en el acto a celebrarse al día siguiente para despedir a quien había sido su líder, Albus Dumbledore. La respuesta afirmativa del señor Raymond llegó minutos después con Fawkes.
A la hora señalada se reunieron en la dirección Minerva McGonagall, Rubeus Hagrid, Remus Lupin, Nymphadora Tonks, Kingsley Shacklebolt, Hestia Jones, Alastor Moody, Dedalus Diggle (quien se comunicaría luego con Aberforth), Elphias Doge, Sturgis Podmore, Mundungus Fletcher, Arabella Figg, Fleur Delacour, Bill, Charlie, Molly y Arthur Weasley, Raymond, Kandace, Alphonso, Aline, Eloise, Humphrey y Wymond. Luego de las presentaciones de rigor de los siete últimos como miembros del G.E.M.A. a los otros miembros de la Orden del Fénix.
Alastor Moody tenía rato mirando, por medio de su ojo mágico, a la joven de quince años que esperaba afuera de la oficina. «Entiendo perfectamente tus dudas pero lo que el anciano te dijo antes es cierto, Minerva. La tez blanca, lo ondulado del pelo, la figura y los ojos almendrados que cambian de color es como ver de nuevo a Angelica White, pero el negro intenso del color del pelo, las facciones y andar aristócrata sin proponérselo son todo Sirius Black. Esa muchachita es definitivamente hija de los dos. No sé cómo es posible, pero espero que lo expliquen, hoy», la analizó mientras la directora presentaba a los otros.
La profesora McGonagall dio entonces lectura a la carta dejada por Dumbledore y Raymond dio una explicación breve de todo lo ya hablado con la directora. El anciano abrió la puerta y le indicó a la chica que estaba esperando afuera que entrase al despacho. Fue entonces presentada Angela White ante la O.D.F.
Cuando se explicó el parentesco de la chica con Albus Dumbledore la mayoría de los integrantes de la O.D.F. mostraron sorpresa en sus rostros, todos incluido Remus Lupin. Él sabía que Angelica White era hija del profesor. Había sido su compañera durante los siete años en Hogwarts y era uno de los pocos que sabía el parentesco. Pero al escuchar que la chica era su hija con Sirius Black se incorporó en su asiento bruscamente.
—Eso es imposible. Sirius no llegó a tener hijos. Angelica y él mantenían una relación, eso es cierto, pero ella falleció y no hubo hijos.
—Eso no es totalmente cierto, señor Lupin —le explicó con tono suave Raymond—. Verá, Angelica y Jennifer White fueron víctimas de un ataque por parte de mortífagos en octubre de 1981. Ellas estaban en estado grave cuando fueron llevadas al Hospital San Mungo, donde fueron desahuciadas por los medimagos. Cuando Albus recibió esa noticia las llevó junto a Isolde, a la casa en el espacio paralelo. Allí fueron atendidas por Kandace y Alphonso, así como por un par de medimagos amigos suyos que los acompañaron, Catherine y Charlton Brown. Ellas estaban embarazadas. Jennifer murió al dar a luz a Jessica White. Angelica sobrevivió seis meses de vuestro mundo al parto.
—Me está diciendo que Jennifer estaba esperando un hijo cuando… —No pudo terminar.
—Jessica es su hija, señor Lupin —le ratificó el anciano mientras veía de reojo a la chica, que miraba nerviosa y analíticamente al hombre castaño—. Pero ella no puede salir de la casa de las gemelas hasta tanto usted la busque. Por eso Jessica no está aquí presente. Al desaparecer el señor Black tras El Velo de la Muerte y fallecer Albus, la joven Angela ha quedado liberada del sello que ella y su prima pusieron a la casa cuando llegaron allí. Por eso ella sí está con nosotros.
»Angela y Jessica tenían nueve años de edad cuando regresaron a esa casa. Angelica antes de fallecer las había dejado al cuidado de sus amigos, la familia Brown. Pero habiendo ellos fallecido y… después de otros incidentes… ellas consiguieron llegar a la casa de las gemelas con los hijos de la familia Brown. Sin saber bien cómo activaron un sello protector que los mantenía en Hogwarts, pero sin que nadie pudiese verlos, oírlos o ponerse en contacto con ellos cuatro, hasta tanto Voldemort dejase de ser un peligro o sus padres y abuelos dejasen de estar presentes en el mundo mágico.
»Un sello similar lo había impuesto Isolde para proteger a sus hijas y nietas, cuando ellas fueron llevadas allí en estado grave. Angelica lo rompió cuando salió de allí con las bebés y la familia Brown, pero fue reactivado y modificado por las niñas al regresar.
—¿Entonces tengo una hija encerrada en una casa en un mundo paralelo? —preguntó Lupin con un hilo de voz. Las piernas le temblaban. «Si eso es cierto esa niña habrá heredado de mí la licantropía. Eso es demasiado terrible. Yo nunca quise tener hijos para evitarlo. Pero el cruel destino no sólo me quitó al amor de mi juventud y a mis amigos, sino que me ha mantenido alejado de una hija de la que nunca supe y que está condenada por su sangre a mi propia pesadilla de todos los meses. No, no puede ser cierto. Ella me lo habría dicho. Ella sabía que yo no… Lo hablamos, pero… No, me niego a creer que ella me ocultaría algo así»—. Eso no es posible. Jennifer nunca me dijo nada.
—Eso es porque mamá y tía iban al Valle de Godric, para hablar con papá y con usted, cuando fueron atraídas a una trampa por Pettigrew —habló por primera vez Angela—. Ellas iban a comunicarles lo que acababan de verificar en el hospital. Con la única que habían hablado de sus sospechas fue con su amiga Lily Potter.
—¿Cómo sabes tú eso? —le preguntó Tonks, que estaba pálida y se sujetaba del espaldar de la silla donde hasta hacía poco se había encontrado sentada. Se había levantado al empezar a escuchar todo aquello.
—Mamá me dejó todo escrito en una carta. También me dejó una escrita para papá y otra para el señor Lupin, para que cuando llegase a entrar en contacto con alguno de ellos se las entregase.
—Lo siento, no quiero ser brusco pero ya es de madrugada —rompió Raymond el silencio que se había producido ante lo dicho por Angela—. En unas horas será el homenaje a Albus y la partida de los estudiantes en el tren. Debemos, lamentablemente, concentrar nuestra atención en lo urgente: la protección de los jóvenes durante el viaje en el tren y las vacaciones, la protección y reapertura de Hogwarts, así como nuestra participación en Hogwarts y en La Orden del Fénix.
Kingsley Shacklebolt permaneció callado y atento, analizando los ocho recién presentados. «El anciano tiene un aire de sabiduría como el de Albus, pero un temple de guerrero en espera que el director disimulaba la mayoría del tiempo. Los dos señores parecen también preparados para dar combate y muy severos para enseñar. Los otros cuatro parecen de mi edad, pero sus miradas son de personas con más edad y experiencia de combate, casi como Alastor pero sin la paranoia, especialmente el más alto».
Le preocupaba la chica. «No es muy alta y parece tan mal alimentada y con poco sueño como Harry Potter, algo que Molly ya ha notado por lo que estoy viendo. Aunque no quiere dar imagen de debilidad y está intentando proyectar fortaleza, tiene unas ojeras muy pronunciadas y su cuerpo está temblando levemente, probablemente por una mezcla de fatiga física, mental y anímica. Espero estar en lo correcto al asumir que la mirada de la mujer pelirroja significa que la examinarán y atenderán apenas terminemos aquí.»
Ojo Loco, al final de la reunión, tenía un resumen mental de sus observaciones sobre Angela White. «El color de los ojos delata sus estados de ánimo, como sucedía con Angelica. Parecen claros como los del padre cuando hablaron sobre la apertura de Hogwarts o cuando el anciano habló sobre el acercamiento a Harry Potter y sus amigos: grises si está atenta o alegre, como los de la tía cuando nombraron a Jennifer, Albus, Angelica o Sirius: verdes si está triste, como los de la madre a punto de desatar una tormenta cuando dicen algo que quiere refutar pero a duras penas se contiene: azules cuando está molesta», dedujo de observarla durante la reunión.
«Bonita mezcla de los dos mejores en técnica y peores en genio bruja y mago que he conocido, por lo que ha dejado escapar. Y encima preparada por los "tutores especiales" de Angelica», resumió con un suspiro mental. Su impresión de los siete adultos era de "aurores especializados", pero esperaría a conocerlos mejor y verlos en acción antes de darles su confianza. Luego de lo ocurrido con Snape ya no le bastaba lo que Albus dijese.
Cuando Hermione, Ron y Harry se alejaban en dirección al castillo para recoger sus baúles y dirigirse a los carruajes, que los llevarían a Hogsmeade a tomar el Expreso de Hogwarts luego de asistir al funeral del profesor Dumbledore, se vieron sorprendidos por una nota que le entregó el profesor Lupin a Harry. En ésta la profesora McGonagall le pedía que fuese de inmediato a su despacho con Hermione, Ron, Ginny, Neville y Luna.
Sin entender el porqué de aquel llamado los seis jóvenes se dirigieron al despacho de la directora. Una vez allí la profesora McGonagall les presentó a la joven Angela White y les dijo que todos deberían viajar en un solo vagón del tren con ella, que la tratasen como si ya la conociesen frente al resto de las personas presentes en el trayecto, que cuando estuviesen a solas en el vagón les darían las explicaciones pertinentes.
Los seis habían sido sorprendidos por la orden de la directora, pero no teniendo más información ni tiempo accedieron a ello.
El Ministerio había asignado para aquel viaje un auror para cada uno de los vagones del Expreso de Hogwarts, como medida de seguridad para el retorno de los alumnos y los familiares de los mismos que habían permanecido hasta el funeral del fallecido director. Se había establecido, así mismo, que las casas debían viajar por separado. No estaba permitida la circulación de personas por los pasillos del tren que no fuesen los aurores o la señora del carrito de la comida.
Debido a lo ocurrido el día de la muerte del profesor Dumbledore, a pesar de las protestas de la profesora McGonagall y el profesor Slughorn, los alumnos de la casa de Slytherin que viajaron en el tren fueron acompañados con dos aurores por vagón y no se les permitió el tener sus varitas hasta tanto no saliesen del andén 9¾.
Como medida de seguridad adicional el Ministerio decidió que el enviar cualquier tipo de mensaje por medio de lechuzas desde Hogwarts y el Expreso estaba terminantemente prohibido, desde el mismo momento en que terminaron los funerales de Dumbledore hasta la llegada al andén en Londres. Los aurores eliminarían cualquiera que viesen volando, por órdenes del Ministro.
El compartimiento en que viajaban Harry Potter, Hermione Granger, Ron Weasley, Ginny Weasley, Neville Longbottom, Luna Lovegood y Angela White había sido ampliado e insonorizado mágicamente para que pudiesen hablar con libertad, al igual que el otro en el que viajaban Lupin, Moody, Eloise, Aline, Humphrey y Wymond. En los otros de ese vagón, que era el contiguo al de las reuniones de los prefectos, viajaban los demás integrantes de la familia Weasley y otros miembros de La Orden del Fénix.
Los más jóvenes viajaron en silencio inicialmente. Todos estaban tristes y deprimidos. Pero, a excepción de la joven Angela, había otro sentimiento común: perplejidad. No entendían porqué tenían que viajar con ella. Sí comprendían la seguridad en torno a ellos, pero no la imposición sobre cómo y con quién viajar. Al cabo de unos minutos de haber arrancado el tren Ginny se decidió a romper el silencio.
—¿Quién eres? ¿Por qué tenías que viajar obligatoriamente con nosotros?
—Mi nombre es Angela White, tengo quince años y debería ir en el curso anterior al de Ginny y Luna. Aunque he estado presente en Hogwarts desde hace ya casi seis años vosotros no podíais verme, hablarme o contactarme, porque he estado bajo un hechizo de protección. Sin embargo Chris & Chris, Jessica y yo sí hemos estado junto a vosotros todo este tiempo. Los hemos acompañado y, en lo que el hechizo nos lo permitía, nos comunicábamos con el profesor Dumbledore cuando estaban en peligro extremo para que los ayudase ya que nosotros no podíamos hacerlo.
—¿Quiénes son Jessica, Chris & Chris? ¿De qué hechizo de protección hablas? —siguió preguntando la menuda pelirroja.
—Jessica White es mi prima hermana. Christine y Christopher Brown se podría decir que son nuestros hermanos menores, pues hemos cuidado de ellos desde que cumplieron dos años, al morir sus padres. El hechizo del que les hablo es uno muy similar al hechizo "Fidelius", se llama "Resguardum Trasladum" y fue establecido por mi abuela hace muchos años. Traslada todo lo contenido en un espacio determinado a un espacio-tiempo paralelo a este en el que nos movemos actualmente… Es un poco complicado de explicar.
—Yo he leído algo sobre eso, pero se supone que eso es Magia Antigua, que ya no existe quien la sepa usar —comentó Hermione—. Sólo los Cundáwans sabían cómo hacerlo y ellos son sólo leyenda.
—Pues mi bisabuela era una Cundáwan. Esa parte de la "leyenda" es real.
—Y si eso es cierto, ¿por qué estás aquí ahora? —preguntó Luna con su tono soñador.
—El sello a ese hechizo de protección se rompió para mí en cuanto falleció el profesor Dumbledore, pues era el único familiar por consanguinidad directa que me quedaba en este mundo. Él era mi abuelo materno. Chris & Chris nunca han estado atados por el hechizo. Ellos permanecían allí en la casa sólo por nosotras. Jessica aún tiene un familiar vivo y es él quien debe liberarla.
—¿En la casa? ¿Liberarla? ¿Quién es el familiar vivo de tu prima? —le preguntó Ron—. Todo esto es muy confuso.
—El hechizo fue aplicado por mi abuela a una casa que fue construida por ella para mi mamá y mi tía en las cercanías del Bosque Prohibido, que da hacia la parte posterior del castillo. El sello lo pusimos Jessica y yo cuando llegamos ahí, pero no nos quedó bien porque eramos muy niñas y no teníamos los conocimientos suficientes para hacerlo correctamente. Esa casa ha sido nuestro hogar y nuestra prisión desde que llegamos a Hogwarts. Podíamos movernos por todos los terrenos del colegio o lo que estuviese en contacto directamente con el mismo, como el pueblo de Hogsmeade o el Expreso de Hogwarts, pero nada más. Nunca podíamos bajar del Expreso o ir más allá del pueblo. Creo que somos los únicos alumnos que hemos permanecido en Hogwarts durante las vacaciones de verano.
—¿Estás diciendo que nos has estado acompañando desde que llegamos a Hogwarts, sin que nosotros lo supiésemos y a pesar de ser dos años menor que nosotros? —le preguntó Harry, quién la observaba entre confundido e impresionado. Aquella chica se le parecía mucho a alguien conocido. Pero no podía estar seguro de a quién era y, a pesar de parecerle sincera, también tenía la impresión que les ocultaba algo.
—Sí, así es. Debido a un problema muy serio que tuvimos, Jessica y yo viajamos en el Expreso de Hogwarts dos años antes de lo que nos hubiese correspondido. Fue la única forma que supimos de ponernos y poner a los niños bajo protección… No puedo explicarles todo en este momento, no tenemos suficiente tiempo y algunas cosas aún son un poco difíciles para mí. Lo siento, quisiera decirles más.
»Sólo puedo decirles que en ese entonces nosotras teníamos nueve años, Chris & Chris tenían cinco años recién cumplidos, no teníamos ningún adulto que cuidase de nosotros y tampoco confiábamos en ellos. Si vinimos aquí fue porque nos conseguimos con un par de elfos que habían trabajado para mi mamá y mi tía y nos convencieron de venir. Ellos nos mantuvieron ocultos con sus dotes mágicas mientras llegamos a la casa. Una vez allí averiguamos cómo activar el sello de protección y lo hicimos… aunque no exactamente como deberíamos haberlo hecho.
»Nos empezamos a comunicar con el profesor Dumbledore por medio de Fawkes dos semanas antes de las navidades. Por ser un fénix era el único ser que podía atravesar el sello. Al principio nuestras cartas para él fueron confusas, pues parte de lo que escribíamos se borraba debido al hechizo de protección. Tuvimos que aprender por ensayo y error cuáles eran los límites impuestos por el sello. En las vacaciones del año antes a nuestra supuesta entrada oficial a Hogwarts logramos contactar también con los Cundáwans.
—¿Habéis estado en contacto con los Cundáwans? —le preguntó Luna con expresión de asombro y voz clara, sin el dejo de ensoñación tan común en ella.
—Sí. Sólo hemos estado en contacto Jessica y yo. Según nos explicaron Chris & Chris no pueden ir allí sin nosotras y no los hemos intentado llevar. Desde entonces nosotras dos hemos estado asistiendo a vuestras clases en Hogwarts y a entrenamientos con algunos de ellos, el grupo G.E.M.A. A ellos los conoceréis más adelante. Ya pronto llegaremos a Londres. Debo decirles antes que lleguemos que los adultos han planificado un sistema especial de protección para todos, pero que ellos no saben de vuestros planes para las vacaciones o para el nuevo curso.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Harry con el ceño fruncido.
—Por favor, no me interrumpas, se me está acabando el tiempo. Las otras cosas que se supone les explicaré os la diré después. Jessica y yo hemos estado junto a vosotros en casi todo momento. Conocemos prácticamente todos vuestros secretos, pero no es nuestra intención revelárselos a nadie sino ayudarlos en lo que podamos.
»Por ahora creemos conveniente proporcionarles un sistema para que puedan mantenerse en contacto permanentemente durante las vacaciones. Las lechuzas no son seguras tanto por Voldemort como por los adultos que "nos protegen", así que vamos a hacerles llegar un fénix a cada uno y un equipo especial adicional que Jessica está finiquitando y yo se los entregaré, pero más nadie debe saber de este sistema. Eso es vital para que os podáis contactar con absoluta libertad y discreción.
—¿Y por qué habríamos de confiar en una completa desconocida y no en los adultos que siempre nos han protegido? —le preguntó Hermione desconfiada.
—Porque el único adulto que sabe dónde y a qué fue Harry hace unas noches con el profesor Dumbledore era él y está muerto, sin embargo le pidió expresamente a Harry que no dijese nada de eso a nadie. Pero yo sé todo al respecto. No sólo porque lo escuché todo en el despacho del director sino porque él me hizo llegar esta carta, por medio de Fawkes, explicándomelo y diciéndome que cuando estuviese presente totalmente en este mundo me acercase a ustedes y los ayudase. —le contestó Angela mientras le tendía a Hermione un sobre cerrado escrito con la letra de Dumbledore.
La castaña lo miró asombrada al igual que sus amigos, tomándolo con pulso tembloroso al ver la letra del fallecido director. Se lo entregó a la chica de nuevo al ver que se lo pedía por señas.
—Porque Fawkes está junto a mí como siempre lo estuvo junto al abuelo. Mi amigo me fue a buscar después que lo despidiese con aquel cántico junto a la torre de Astronomía —les contó Angela melancólica, mientras acariciaba el plumaje del fénix. El ave había aparecido en el vagón y se había posado en sus piernas, cantándoles suaves notas que parecían llenarlos de esperanza—. Y porque esos adultos en quienes confiáis son los que me han puesto en este compartimiento con ustedes.
—¿Y por qué no quieres que les digamos sobre ese sistema de comunicación del que hablas? —le preguntó Neville.
—Porque en su afán de protegernos los adultos generalmente tratan de encerrarnos, bien sea con hechizos u ocultando información. No sé ustedes, pero yo estoy cansada después de seis años de ser prisionera. Hasta donde me he enterado, al estar junto a vosotros, esa falta de información con el afán de proteger los ha conducido a muchos problemas.
—Estoy de acuerdo, pero… ¿Cómo nos lo harás llegar sin que ellos se enteren? —le preguntó Harry.
—Está previsto que yo forme parte de tu grupo de protección, así que viajaré contigo hasta donde tus tíos y allí te podré hacer entrega de tu paquete. Tu fénix te llegará después que nos hayamos marchado tus guardaespaldas. Con los demás me ayudarán Chris & Chris, además de pequeñas escapadas que yo me daré mientras Jessica es liberada.
—¿Quién es el familiar de Jessica que debe liberarla? —preguntó Ginny.
—Lo siento, pero creo que no soy la persona indicada para decírselos —respondió Angela después de morderse el labio inferior brevemente—. Él es alguien cercano a ustedes. Se acaba de enterar y aún no lo ha asimilado. Creo que sería muy triste para él que se enterasen por mí.
Ya no pudieron continuar hablando porque habían llegado a Londres. Angela apenas tuvo oportunidad de hablarles un poco de los niños y Jessica. Además les explicó que de ahí en adelante viajaría bajo la apariencia y nombre de su madre Angelica, para poder formar parte del grupo de protección de Harry ante cualquier mago que no perteneciese a la O.D.F. o el G.E.M.A., grupo del cual no tuvo oportunidad casi de hablarles. Sólo les dijo que eran Cundáwans, algunos puros, otros mezclados con magos. Les aseguró que les hablaría más sobre ellos cuando volviesen a reunirse en pocos días.
Los seis jóvenes que habían viajado con ella no sabían qué pensar. Estaban confundidos y preocupados, pero por ahora sólo podían bajar del tren y dejarse llevar por las órdenes de los adultos que los acompañaban.
Los señores Weasley, en compañía de Aline, se llevaron a Ginny y a Ron junto a Bill y los gemelos a La Madriguera. Ron les había dicho que él quería ir con Harry a Privet Drive, pero ellos se negaron rotundamente. Le dijeron que muy pronto estarían todos juntos, después del cumpleaños de su amigo, pero que por ahora los obedeciese y fuese con ellos.
Alastor Moody y Eloise se llevaron a Hermione a casa de los padres de la chica, que no sabían de su temprano retorno, para hablar con ellos de la situación además de establecer unos detectores especiales y algunas protecciones básicas.
Angela, Tonks y Lupin llevaron a Harry con los Dursley, que no habían sido avisados de su retorno antes de la fecha normal.
Neville fue llevado por su abuela y Humphrey. La señora Longbottom accedió a la compañía de aquél desconocido por una carta que había recibido de la profesora McGonagall, solicitándole que lo permitiese como seguridad para su nieto después que él participase defendiendo el colegio la noche que falleció el director.
Luna fue buscada por su padre y la señorita Lana Drew, que era amiga de él y trabajaba para su revista como reportera especial. Fueron acompañados por Wymond también, luego de una conversación entre el padre de la chica y el Cundáwan.
Al llegar Harry a Privet Drive con su escolta les abrió la puerta una Petunia Dursley totalmente desconcertada, pero ante el horror de pensar que sus vecinos pudiesen ver a semejantes y extraños individuos los hizo entrar rápidamente en la casa. Primero creía que habían expulsado a Harry del colegio, pero Tonks y Lupin le explicaron en forma superficial lo ocurrido en Hogwarts. Se limitaron a decirle que el director Dumbledore había muerto y los alumnos habían sido devueltos a sus casas antes de tiempo por ello.
Mientras ellos hablaban en el vestíbulo Angela subió con Harry "para ayudarle a subir sus cosas". En realidad quería hacerle entrega del paquete con el equipo especial de comunicación y un sobre, el que contenía las instrucciones sobre cómo establecería contacto con sus amigos sin que los integrantes de la O.D.F., los del grupo G.E.M.A., los integrantes del Ministerio de Magia o los mortífagos pudiesen enterarse.
—Si me das tu permiso, le voy a poner una barrera Cundáwan a tu cuarto para que los del Ministerio no puedan detectar la magia que tú o tus amigos hagan aquí —le planteó, procediendo a hacerlo al verlo asentir—. También debo decirte, Harry, que debido a la muerte del profesor Dumbledore el cuartel de la Orden del Fénix debe ser mudado de Grimmauld Place para que puedan recibir nuevos integrantes.
—¿Por qué? No lo entiendo.
—Porque el lugar sigue bajo el encantamiento "Fidelius". Mucho después de hacer el viaje en el que destruyó el anillo de los Gaunt (en este punto las cejas de Harry se levantaron por la sorpresa, hasta quedar cubiertas totalmente por el flequillo que ocultaba su frente), el profesor Dumbledore me envió una carta con instrucciones si a él le llegaba a pasar algo y la dirección del cuartel.
En este punto Angela sacó del sobre que les había mostrado antes un pergamino y se lo entregó a Harry. Con la letra del profesor Dumbledore había una serie de instrucciones y un pequeño trozo de pergamino al lado, donde aparecía claramente escrito "#12 de Grimmauld Place, Londres". Sin darle tiempo a leer todas las instrucciones del pergamino grande, Angela se lo quitó de las manos, lo guardó en el sobre y se lo entregó de nuevo. Luego incineró el trozo de pergamino con la dirección.
—Por favor, guárdame el sobre y el pergamino con sus instrucciones aquí. Si quieres puedes leerlo después, pero no quiero tenerlo encima cuando el señor Alphonso empiece con su interrogatorio hoy. —le pidió la chica con apariencia de mujer.
—¿Interrogatorio? ¿Quién es el señor Alphonso? —le preguntó el joven intrigado, no tanto por lo que le estaba diciendo sino por el leve temor que detectó en sus ojos al pedirle aquello.
—Luego te lo explico con calma. Sólo guárdamelo aquí, por favor —le respondió ella, esforzándose en mantenerse lo más serena posible. Confiaba en él, pero aún no estaba lista para hablar con él de eso. Además, tenía mucho que decirle en el poco tiempo que les quedaba antes que los otros subieran—. Siguiendo con lo del cuartel, se puede hacer un encantamiento adicional a Grimmauld para evitar que Snape pueda ingresar allí pero tú tendrías que autorizarme para hacerlo porque eres su dueño. También quiero pedirte que hables con la señorita Tonks y el profesor Lupin para que se muden allí por seguridad. Yo podría acondicionar una de las habitaciones para las transformaciones de él y suministrarle la poción matalobos. Allí en la carta del profesor Dumbledore aparece esa petición hacia nosotros.
—¿Cómo es que tú sabes que él es un licántropo? —preguntó Harry asustado.
—Porque estaba junto a ustedes la noche en que se aclaró la inocencia de Sirius Black, la misma en que él se transformó y escapó la rata Pettigrew. —le respondió ella rápido, agitando la mano dando a entender que era obvio.
—Hablaré con ellos, creo poder convencerlos —afirmó Harry, luego de parpadear primero confundido por su gesto antes de recordar que Angela les había dicho en el tren que los habían estado acompañando sus primos y ella durante esos años—. Y por supuesto que te autorizo para que le impidas a ese asesino ir a la mansión de los Black. No puedo permitir que ponga en peligro a los miembros de La Orden del Fénix. —agregó con el ceño fruncido.
En ese momento se escucharon los pasos de dos personas subiendo las escaleras y Angela guardó silencio. En sólo unos minutos entraron en la habitación Tonks y Lupin. La joven con apariencia de mujer se retiró silenciosamente de la habitación dejándolos solos para que hablasen y se despidiesen.
—¿Todo en orden, Harry? —le preguntó Tonks mirando en forma poco disimulada hacia la puerta por donde acababa de salir Angela.
—Sí, todo bien. El profesor Dumbledore me ha dejado con ella una carta con varias peticiones e instrucciones. Era de la opinión que ustedes debían mudarse a Grimmauld Place por seguridad y la verdad es que yo concuerdo totalmente con él.
—Te lo agradezco mucho, Harry, pero no tienes que preocuparte por nosotros —le dijo Lupin entre avergonzado y agradecido—. Estaremos bien, no te preocupes.
—Sí me preocupo, igual que ustedes siempre lo hacen por mí. Si me permiten decirlo les tengo un gran aprecio a ambos, estoy muy contento porque están juntos y quisiera que se mudasen allí lo antes posible.
—Harry, de verdad te lo agradezco pero esa casa…
—Lo sé, tiene muchos recuerdos y es difícil ir allí —continuó Harry que lo comprendía—, pero este verano yo cumplo mi mayoría de edad. Tengo que irme de aquí ese día o un poco antes, tanto porque mis tíos me detestan como porque los pondría en peligro si me quedo aquí. Allí es el único lugar al que podría ir y zafarme del Ministro y su "protección" mientras regreso a Hogwarts si vuelve a abrir. —Mientras les decía esto Harry cruzaba los dedos en el bolsillo de su pantalón. Él no tenía intenciones de ir a esa casa y mucho menos de volver al colegio. Pero consideraba que Angela y el profesor Dumbledore tenían razón, Grimmauld Place era un sitio seguro y era mejor que ellos fuesen allí.
—Harry, en verdad te lo agradecemos pero ahora no tengo la poción y…
—Angela me ha dicho que ella puede prepararle la poción y acondicionarle una habitación. Por favor, hagan lo que les pido.
—Si ella puede hacer la poción y lo de la habitación sería lo mejor tanto para nosotros como para La Orden del Fénix. —le indicó la metamórfaga al licántropo.
—Está bien, Harry. Ustedes ganan. Tonks y yo nos mudaremos allí y vendremos a buscarte el día de tu cumpleaños.
—Gracias, profesor Lupin.
—Remus, ya te he dicho que me llames Remus.
—Bajemos a buscar a Angela. Tengo la impresión que no le cae muy bien tu tía, Harry. La miró con cara de pocos amigos cuando llegamos. —le dijo Tonks con expresión de picardía.
Cuando llegaron al piso de abajo se encontraron a Angela tomándose un vaso de agua bajo una mirada casi asesina de Petunia.
—¿Nos vamos? —le preguntó Remus.
—Sí, vamos a la casa de Harry. Luego tengo que ir a la casa de mis amigos los Brown. Pero antes…
No pudieron continuar hablando porque en ese momento los interrumpió la llegada del señor Vernon Dursley.
—¿Qué hace este inadaptado social aquí? Aún no es la fecha en que debo empezar a soportarlo. —empezó a vociferar apenas vio a Harry.
—Él ha llegado antes porque el director de su colegio, el anciano que vino el año pasado, ha muerto. —le aclaró su esposa.
—Esto es el colmo. ¿Quiere decir que ya no se irá de aquí? ¿Tendremos que soportarlo hasta que cumpla dieciocho años?
—No. Eso sólo quiere decir que ustedes tendrán que soportarlo aquí hasta el día de su próximo cumpleaños. —respondió Angela con cara de pocos amigos.
—Día en que me iré de aquí para no volver jamás. —terminó Harry enojado.
—Eso espero malagradecido. Después de todo lo que hemos hecho por ti aún te atreves a responderme mal. Petunia, si el viejo ese ya está muerto ¿por qué él no se va de una vez?
—Porque, como su esposa bien sabe, él debe permanecer aquí hasta que cumpla la mayoría de edad en nuestro mundo. Tanto por él como por ustedes. —le respondió Angela evidentemente molesta.
—No me importa quién sea usted, pero ahora mismo se largan todos de mi casa —empezó a decir el tío de Harry, con la vena de su sien latiéndole con fuerza—. No tienen nada que hacer aquí. Y se llevan al chico con ustedes de una v…
—No. Él se queda —lo interrumpió Angela furiosa—. Y usted y su familia se comportarán con él. Una vez fallecido el profesor Dumbledore yo estoy a cargo de la protección de esta casa y sus habitantes. Tome, señora Dursley —Angela le entregó un colgante con una nota—. Debe usarlo para avisarme en caso de emergencia. En la nota dice cómo hacerlo. Y usted, señor Dursley, más le vale que sea al menos respetuoso con Harry. Yo vendré cada dos días a verlo. Mientras él deba permanecer aquí, usted y su familia no deberán bajo ningún concepto maltratarlo o interferir en sus asuntos.
—¡Óigame! Pero ¿qué se ha creído? Usted no puede…
—No —lo interrumpió ella con sus ojos azules como rayos de tormenta eléctrica que quisieran incinerarlo—. ¡Óigame usted a mí! Petunia debe recordar claramente lo último que decía la carta del profesor Dumbledore —aseveró masticando las palabras con su enojo—. PUES YO ESTOY A CARGO AHORA Y LE ASEGURO QUE YO NO SOY TAN PACIENTE NI TAN TOLERANTE COMO ÉL LO ERA —empezó a gritar al ver que la iba a interrumpir, calmándose un poco al sentir el agarre de Lupin en su brazo—. Así que por su propia tranquilidad más les vale que hagan caso de lo que les he dicho, o los haré entender a mi manera —amenazó, apenas conteniéndose para no seguir gritando—. Sólo faltan menos de dos meses para que él se pueda ir, pero mientras no sea así ustedes se comportarán.
—ESTO ES EL COLMO. FUERA DE MI CASA AHORA MISMO Y SE LO LLEVAN. —les gritó el señor Dursley furioso.
Lupin había intentado en varias oportunidades hacer retroceder a Angela. Él no entendía de lo que ella hablaba, pero Dumbledore le había dicho muchas veces que se contuviese con los Dursley, que Harry estaría seguro mientras volviese a esa casa todos los años por unos días para que la siguiese considerando su hogar. Pero ante la actitud asumida por el tío del chico estaba a punto de actuar cuando escucharon sonar el teléfono de la casa.
Petunia atendió el teléfono y le pasó la llamada temblorosa a Vernon. Cuando éste colgó el auricular estaba pálido.
—No puede ser, sin ese contrato podría irme a la ruina. —le comentó a su esposa desencajado.
—Eso no ocurrirá. En la reunión de esta tarde se aclarará el asunto y usted recuperará ese contrato. A menos, claro, que vuelva a interferir con la seguridad o los asuntos de Harry. —le cortó Angela con una sonrisa maléfica en su rostro.
—Quiere decir que usted…
—Así es. Yo no he venido sólo a acompañar a Harry, sino también a "advertirles" sobre la nueva situación de mi ahijado mientras tenga que permanecer en esta casa para la protección de todos. Cada insulto y/o maltrato hacia su sobrino se traducirá de inmediato en pérdidas para su empresa si provienen de usted. Cada problema generado por su hijo Dudley se traducirá en que las autoridades muggles se enteren "casualmente" de su "comportamiento extracurricular", así que les conviene ponerlo al tanto apenas llegue.
»Petunia, usted nunca brindó a Harry el trato que estoy segura su hermana sí le hubiese brindado a su hijo. Le recomiendo que a partir de ahora se comporte con él, si no como un familiar, por lo menos como alguien que no lo dañará ni física ni emocionalmente. Usted tiene un hijo y créame que se lo recordaré tan frecuentemente como sea necesario.
—Angelica, no me agrada estar aquí con todos ellos tratándome bien bajo amenaza. —le replicó Harry bastante molesto.
—Ellos no saben lo que es tratar bien, Harry, y ya es muy tarde para que aprendan. Yo no los estoy amenazando, sólo les estoy advirtiendo. La protección que ahora existe en esta casa, aparte de las que puso el profesor Dumbledore, está puesta por mí. Y ellos bien saben que no sólo tú has sido el beneficiario.
—¿Qué quieres decir? —preguntaron a un mismo tiempo Harry, Tonks y Lupin.
—No, por favor. —suplicó Petunia.
—Tal vez otro día hablemos más largo de esto, por ahora debemos irnos. Tenemos muchas cosas por hacer y poco tiempo. Perdóname, Harry. No quise ser grosera con tu familia, pero hay algunas cosas que no puedo aceptar. Hablamos con más calma en dos días. Hasta pronto, señores Dursley.
Angela se dirigió a la puerta del #4 de Privet Drive y salió de allí. Fue seguida a los pocos minutos por unos desconcertados Tonks y Lupin, después de despedirse de los Dursley que apenas si hicieron leves movimientos de cabeza en su dirección.
Harry subió a su cuarto mientras sus tíos se miraban con expresión de tristeza y preocupación. Los dos adultos permanecieron sentados en la sala, sin decir nada, esperando la llegada de Dudley para hablar con él sobre la situación.
