Apenas entró a la habitación, Remus Lupin dejó su maleta en un rincón y se dejó caer sobre la cama con los ojos cerrados. Los hechos de la última noche lo habían dejado agotado, tanto física como mentalmente, aunque gracias a la atención de Madame Pomfrey (quien en la mañana había tratado sus heridas), lo que más le preocupaba era su estado emocional.
Abrió los ojos y se quedó pegado en la luz cálida de la tarde que en ese momento bañaba Hogsmeade y que entraba por su ventana. Miró hacia allá y notó que el estanque del grindylow que había traído desde el castillo descansaba ahora sobre una mesa junto a la pared. Suspiró, pensando que se vería mucho mejor en su escritorio en la oficina de Hogwarts. Rayos, echaría mucho de menos hacer clases. Ahora tendría que volver a buscar trabajo, pero en el mundo mágico era un tanto complejo debido a su condición. Desde que había salido del entorno protegido de Hogwarts y había querido estudiar, lo había notado. La gente no confiaba en los licántropos, por más "decentes" que fueran. Toda su vida adulta le había costado conseguir trabajo y mucho más mantenerlo. Ausentarse un par de días mensualmente sin una verdadera justificación era prueba constante para sus empleadores y terminaban prescindiendo de sus servicios. Afortunadamente era previsor y tenía ahorros guardados para poder vivir tranquilo unos meses, sin embargo...
Ahora tenía otros problemas en los que pensar.
Con un suspiro, trató de ordenar las ideas que se agolpaban rabiosas en su mente como consecuencia de los eventos de la última noche: Sirius era inocente, Sirius no había matado a Peter, Peter había traicionado a Lily y James, Peter era su Guardián Secreto, Sirius había intentado atrapar a Peter, Peter fingió su muerte doce, años, Sirius había ido a Azkaban por doce años, Sirius nunca le contó del plan a Remus porque creía que podía ser un espía. Nuevamente, por ser licántropo.
Pero Sirius era inocente. Ese pensamiento predominó en su cabeza por sobre todos los demás. Sirius era inocente. Y a Remus jamás se le pasó por la cabeza que fuese inocente. Nunca lo dudó. Con dolor casi físico, se pasó las manos por el cabello entrecano, sintiendo puntadas de dolor y culpa. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Tan mal amigo había sido?
Bueno, en realidad, ¿habían sido amigos? Sí. En Hogwarts. Al menos hasta el último año. En séptimo había cambiado todo. Y Remus, quien creía conocer a Sirius, quedó francamente sorprendido al saber que había escapado de Azkaban. Proeza. El primero que lo había hecho. Y sí, tenía que reconocer que lo había buscado, quería verlo y hablarle, preguntarle por qué… Pero Sirius no lo había buscado, solo había intentado acercarse a Peter para poder matarlo y así limpiar su nombre. ¿Y luego, qué? ¿Vivir con Harry? ¿Ser la figura paterna que siempre estuvo destinada a ser?
Figura paterna, pensó Remus, sonriendo. Sí, ya se podía imaginar a un ser humano criado por alguien como Sirius. Bostezó. Harry sería un adolescente insufrible si Sirius lo hubiese criado. Remus se giró en la cama y acomodó la cabeza en la almohada. Probablemente Harry sería tan arrogante y divertido como él. Y como James. Sintió que cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos. Pero Harry tiene los genes de Lily también, así que era probable que se pareciera a ella, mal genio, testaruda pero justa.
Con ese último pensamiento, se durmió pesadamente.
Un golpeteo en el vidrio de la ventana y un gorjeo lo despertó varias horas después: era una lechuza parda posada en el borde y que traía un rollo de papel diminuto en la pata. Remus se levantó pesadamente y se dirigió a ella, intrigado, ¿sería quizás un mensaje enojado por parte de algún padre furioso? Era cuestión de horas para que comenzaran a llegarle ese tipo de cartas, desde que Severus les había comentado a sus alumnos esa mañana sobre su licantropía. La lechuza extendió su pata y ululó suave mientras él le quitaba el mensaje. Apenas lo hizo, el ave partió haciéndole cosquillas en la frente con sus alas.
Remus desenrolló el mensaje y lo leyó de un tirón. Eran pocas palabras con una prolija caligrafía. Tuvo que leerlo dos veces más para convencerse que había entendido bien. Sonrió y sintió como sus ojos se llenaban de una incómoda humedad. No muchas personas lograban que él demostrara sus emociones tan fácilmente.
Arrugó el papel y lo dejó dentro del estanque, con el corazón latiéndole con fuerza. Fue hasta el baño y dejó correr el agua de la ducha mientras se quitaba la ropa y los zapatos. Antes de meterse se miró en el espejo y miró las cicatrices, las viejas y las recientes, que recorrían su cuerpo. Las de la noche anterior se las había hecho él para evitar dañar a otros seres vivos del bosque: tenía los brazos y los muslos mordidos y arañados. Se tocó uno sobre la muñeca que parecía profundo: seguramente se habría arrancado un poco de piel al hacerlo. Si bien Madam Pomfrey era una excelente sanadora, la mordida de los hombres lobo son malditas y las cicatrices no desaparecen así como así, lo que explicaba las muchas que cubrían su cuerpo.
Desde que se volvió un licántropo peligroso en sus transformaciones, se mordía a sí mismo para evitar atacar a otros seres vivos. Cuando llegó a Hogwarts, los Merodeadores, convertidos en animagos en quinto año, le ahorraron años de dolor al poder pasar con ellos esas fantásticas noches de luna llena. Pero ya hace doce años que eso se había acabado, por tanto, había vuelto a recurrir a morderse y atacarse a sí mismo, a excepción de las veces que contaba con la poción matalobos, como había ocurrido durante estos últimos meses que trabajó en Hogwarts.
Se metió bajo el agua pensando que tendría que enviarle una nota a Severus para agradecerle los meses en los que había preparado a poción. Sin pel, no hubiese sido capaz de trabajar ese año en el castillo. No le guardaba rencor por haberle contado a los estudiantes de tu condición; qué diablos, seguramente estaba furioso y frustrado porque Sirius había huido y necesitaba liberar su estrés de alguna manera, se dijo. No era como que le sorprendiera tampoco, Severus siempre había demostrado ser bastante… difícil de carácter. Remus no lo culpaba, Sirius y James le habían hecho la vida imposible cuando eran estudiantes, aunque Snape tampoco era una pobre víctima. Recordaba perfectamente cómo -siendo un prefecto- tuvo que quitarle puntos a Slytherin una vez por hechizar a James por los pasillos, ocasionándole una psoriasis tan intensa que tuvo que quedarse en la enfermería un par de días. O la vez en que le había echado una poción vomitiva tan fuerte en la avena del desayuno a Sirius que éste estuvo al menos 5 minutos expulsando todo su desayuno en la clase de Transformaciones y cubriendo de vómito a los erizos que debían transformar en alfileteros. McGonagall le gritó otros 10 minutos y lo echó de la sala, exclamando en el peor acento escocés que lo obligaría a trapear la sala como un muggle durante un mes si no volvía de la enfermería sano y salvo para limpiar el desastre que había provocado. Después de 45 minutos, Sirius había vuelto pálido y, con una determinación rara vez vista en público, se había dedicado a limpiar sin magia el salón, mientras James se reía y comía ranas de chocolate bajo la mesa. Ese recuerdo de Sirius siempre le reconfortaba el corazón.
Y es que Sirius era tan perfecto de tanta formas y, en consecuencia, tan indolente en su forma de actuar, que verlo humillado era algo completamente novedoso. Y conforme disfrutaba verlo como un ser humano normal y cercano, iba cayendo sin querer en ese sentimiento hacia Sirius que distaba bastante de una amistad fraternal. Pronto observó cambios en sí mismo y en su forma de tratar a su amigo. Conforme iban creciendo, fue consciente que cada vez le molestaban más las miradas lascivas hacia Sirius (pese a que él las ignoraba mayormente) o que cada vez se ponía más nervioso cuando él lo miraba o lo tocaba amistosamente. Era peor si tenía un gesto amable con él, como cuando le llevaba un desayuno contundente luego de las noches de luna llena para que se recuperara. En fin, cada vez que compartían momentos juntos, Remus podía sentir ebullir su interior en un sentimiento adolescente que lo atormentaba día y noche.
Pero jamás se lo dijo, porque si Remus era bueno en algo, era en ocultar lo que sentía. Se conformó con demostrar su cariño por goteras, preocupándose de Sirius un poco más que de James o Peter, pero con la suficiente delicadeza para que no se notara y levantar sospechas. Se preocupaba de guardarle las mejores tostadas del desayuno porque solía llegar tarde, de prestarle pluma cada vez que él olvidaba la suya (o simplemente no la llevaba porque detestaba tomar apuntes), de devolverle los libros prestados a biblioteca cuando lo olvidaba, de pasarle bocadillos cuando él alegaba que faltaba mucho para la hora de cenar y de pasarle catálogos de motos muggle que llegaban a su casa mensualmente, ya que se había suscrito a la revista. Sirius se ponía ansioso cada vez que Remus recibía correo de su casa los primeros días del mes y éste sacaba la revista del paquete y se la pasaba sin mirarlo, pero sabía que Sirius sonreía. Y esa sonrisa bastaba para hacerlo sonreír también como un estúpido, por lo que agachaba la mirada fingiendo leer la carta de sus padres.
Remus cerró la llave y salió de la ducha. Se envolvió en la toalla y volvió a mirarse en el espejo. Tenía una herida en el hombro derecho, cerca del cuello, la había notado mientras se duchaba, pero tuvo que ponerse de espalda para verla bien. Qué raro que Madame Pomfrey no la hubiese sanado ni cerrado ya que no parecía hecha por sí mismo. Oh, no. Se pasó los dedos por la herida y no pudo evitar reírse en silencio, porque supo que esa herida era una mordida de perro, uno grande como oso y que seguramente se la había hecho al intentar contenerlo la noche anterior, evitando que hiriera a Harry o a sus amigos.
Ay, Sirius.
Recordaba perfectamente la primera vez que Sirius lo había mordido y había sido en el mismo lugar, hacía muchos años atrás. Estaban en séptimo año y era una de las últimas lunas llenas del año escolar. Fue en esa ocasión en que Remus se reconoció a sí mismo que su sentimiento adolescente había madurado en algo más profundo y adulto, porque fue aquella ocasión en que fue por primera vez consciente de su cuerpo y del otro. Había dejado atrás ese amor infantil y había despertado en él ese instinto primitivo y sexual que no sabía que tenía por su amigo, ya que creía que era un amor más bien asexual que nacía de la admiración por Sirius y no en su aspecto físico.
Preguntándose por qué rayos Poppy no le había curado esa herida, Remus tomó su varita y detuvo el sangrado, pero no quiso cerrar la herida y dejar la piel como si nada hubiera pasado. En lugar de eso, salió del baño, se puso ropa limpia y zapatos y salió de la habitación con aire resuelto, pasándose los dedos por el cabello veteado de gris para peinarlo hacia atrás.
Al llegar al primer piso, se encontró con la taberna llena de gente. Madame Rosmerta atendía a una mesa de brujos ancianos que parecían bastante ebrios. Para evitar preguntas incómodas, Remus pasó a la cocina y salió por la puerta trasera sin ser visto. Una vez en el callejón, sacó su varita y en un giro de esta, desapareció.
Apareció en terreno arenoso y corría una brisa cálida y marina de verano. A su derecha estaba el pequeño lago y frente a él, a unos 50 metros había una vieja cabaña de muros de piedra, un tanto maltrecha, pero aún de pie. Caminó en esa dirección, respirando el aire que venía del este, donde estaba el mar que bañaba las playas del pueblo, varios kilómetros más allá. Trató de calmar el latido desbocado de su corazón cuando llegó a la entrada de la casa, pero no había nadie. Dirigió su mirada hacia el sendero de piedra que llevaba hasta el pequeño muelle de madera que se adentraba en el lago, unos 100 metros más allá. Vio una figura a los lejos sentada. Estaba atardeciendo. El corazón le latió más fuerte, más fuerte incluso que la noche anterior cuando había leído "Sirius Black" en el Mapa del Merodeador después de muchos años.
Bajó los peldaños de la cabaña y caminó hacia el muelle, con el corazón desbocado y un fuerte dolor en el vientre. Apenas puso un pie en la madera, sintió que se iba a desmayar, pero recordó que no tenía 17 años, sino 34 y que había visto a ese hombre la noche anterior y que casi todo había quedado resuelto entre ellos.
La madera crujía bajos sus botines viejos y desgastados y conforme se iba acercando al hombre que esperaba sentado en el borde del muelle, más fue consciente de todo el tiempo que había pasado desde la última vez que estuvieron ahí. La espalda de Sirius estaba oculta por un larga y enredada cabellera negra que alguna vez fue uno de sus mayores atractivos. Aún sentado, Remus podía notar que estaba muy delgado y cuando estuvo a unos tres metros de él, por instinto, se detuvo.
Pasaron unos minutos y ninguno de los dos dijo nada. Solo se sentía la brisa y el ruido del agua al golpear los pilares del pequeño muelle. El lago tenía pequeñas olas que llegaban casi mudas a la orilla pedregosa, unos 6 metros atrás. Unas garzas pasaron volando cerca de ellos, pero los hombres siguieron en silencio, sin mirarse siquiera. Remus fijó su vista en la superficie del lago, esperando… ¿esperando qué? ¿No había esperado ya lo suficiente?
-Sirius…- murmuró Remus, sin acercarse.
El hombre alzó la cabeza, mirando el cielo y resopló.
-Remus…
Remus asumió que era una señal para acercarse y lo hizo de una zancada, pero Sirius levantó un brazo con la mano extendida. Remus frenó en seco.
-No te acerques-pidió Sirius, con voz ronca, pero no cortante
-Me quedaré aquí, pero no retrocederé- replicó Remus con voz firme.
-Lo sé.
Otro momento de silencio. Segundos que se hicieron minutos para Remus, quien sentía que en un momento a otro la tensión lo haría tirarse al lago de cabeza. Pero, en lugar de eso, se puso en cuclillas, se tocó el hombro herido y en el tono más casual que pudo, comentó:
-Tengo una herida en mi hombro izquierdo
Sirius giró la cabeza y por fin Remus pudo ver su perfil. Demacrado, pensó.
-¿Ah sí? ¿De qué tipo?
- Mordida-respondió Remus-. De perro, para ser exacto
Sirius se giró un poco más, mostrando su rostro, esta vez medio sonriendo medio serio.
-Me pregunto cómo te la habrás hecho
Remus sonrió también. El cielo tenía todas las tonalidades del atardecer.
