Es cosa de hermanos
Cuando Jane o Alec tenían un problema acudían al otro, siempre era así. Era su cariño especial mutuo, la confianza que se tenían en todo momento, donde demostraban sus sentimientos más profundos. Cuando esa inhumanidad de desvanecía para dar camino a su hermandad perpetua.
Una noche tormentosa Jane había discutido fuertemente con Demetri; el vampiro había estado en desacuerdo con una decisión y lo manifestó sin respeto frente a la mitad de la guardia. Fue una humillación tan grave que ella, evitando asesinarlo con su don, decidió marcharse del salón de entrenamiento mascullando maldiciones y, para qué negarlo, reprimiendo el llanto desgarrador. Porque sí, pese a ser una sádica marioneta de los vampiros, tenía sentimientos que podían ser escandalizados la mayoría del tiempo.
Sintiéndose molesta y traicionada por uno de sus más leales amigos decidió acudir a su hermano gemelo. Estaba cien por ciento segura de que Alec la escucharía sin quejarse; la escucharía y luego la consolaría. Ellos eran un equipo. A mitad de la noche caminó a la alcoba de su hermano, tocó la puerta y esperó el siseo ajeno.
– No tienes necesidad de tocar. –respondió con la voz clara.
Jane lo hizo esperar y entró. Estaba más pálida de lo común. Cerró con fuerza y lo miró a los ojos. Alec le regaló una de sus confortables sonrisas, se incorporó y la abrazó con fuerza. No había demasiada necesidad de palabras.
– Todo está bien. –le susurró dulcemente al oído. Jane no dudó en derramar las lágrimas en el pecho de su hermano–. Tranquila, Jeanie, todo va bien.
– ¡Lo odio! –exclamó contra él, contra su pecho–. !Le odio como no tienes idea¡
– ¿Qué pasó exactamente?
– Yo... –seguía llorando.
– Jeanie, está bien –la consoló.
– Simplemente me gritó frente a la mitad de la guardia. Félix intentó calmarlo, pero Demetri se negó rotundamente y... me dio un amargo beso. –aquello lo soltó en un tono de voz muy endeble.
– ¿Qué cosa?
El tono de Alec cambió de cariñoso a furioso. ¿En serio Demetri había besado contra su voluntad a Jane? ¿A su hermana? Las pagaría muy caro.
– ¿Qué hizo Félix?
– Absolutamente nada. –respondió tratando de calmar su llanto.
Pronto correría mucha sangre en el vestíbulo.
– Tranquila, Jeanie. Demetri es un completo imbécil. –aseguró–. Te prometo que si vuelve a tocarte lo verás arrastrándose por el suelo sin dirección. ¿Va bien?
– Gracias, Al. – Jean y su hermano continuaron abrazados mirando la luna por mucho tiempo, demostrando su unión de hermanos, que juntos eran felices–. Te quiero Al.
-Te quiero, Jeanie. –contestó sin pensarlo.
Al día siguiente, Alec llevaba consigo esa expresión cínica de costumbre, siendo flaqueado por su hermana gemela quien, de manera bastante disimulada, se estremecía por los posibles ataques que ocurrirían. Jane sospechaba que el muchacho no se quedaría de brazos cruzados después de haber escuchado el relato.
– Finalmente están aquí. –saludó Félix a los gemelos al verlos entrar a la sala de entrenamiento. Demetri se hallaba leyendo un libro cuando subió la mirada–. Creí que se demorarían un poco más.
– No es de tu incumbencia. –respondió Jean, fría como siempre.
Alec por su parte no saludó y caminó hacia el vampiro junto a él.
– ¡Que sorpresa, Alec! Creí que vendrías más tarde. –saludó el guardia.
Todo fue demasiado rápido. Cayó con tremendo estruendo al suelo cuando Alec le tiró un puñetazo en el estómago frente a los guardias que entrenaban, quienes voltearon al ver la escena rápidamente. Jane se sobresaltó muy impactada por semejante movimiento de su hermano.
– ¿A QUÉ DEMONIOS VA ESO? –exigió saber el furioso Vulturi.
Los ojos rojos de Alec resplandecieron.
– Va a que si vuelves a tocar a mi hermana, la pagarás muy caro, Demetri Vulturi. Nunca vuelvas a caminar a su alrededor o voy a arrancarte la cabeza. –amenazó el pelinegro con la voz tan gélida que era capaz de cortar el mismísimo metal–. ¿Te quedó claro, maldita basura?
Jean se mantenía seria, pero estaba totalmente sorprendida de que Alec hubiera humillado así al rubio, con una ira excepcional. Nunca antes había perdido el control de sus acciones; deslumbraba con su ferocidad.
– Y para que nunca lo olvides, Demetri, sufrirás sobre tus pecados. –con su extraño don, Alec privó del habla a su antiguo amigo. El susodicho lo miró con rencor–. Te quedarás así hasta que me plazca. ¡Vámonos, Jean!
Mientras Demetri luchaba por hablar Alec, cogió a su gemela de la mano y la llevó consigo a la habitación de la muchacha, haciendo caso omiso a las miradas curiosas que se encontraban en el camino.
– ¿Qué ha sido eso? –inquirió la rubia completamente sorprendida.
– ¿Eso? –le sonrió–. Pues es cosa de hermanos, Jeanie.
Ella lo abrazó.
– Gracias, Al. No sé cómo podría vivir sin ti.
– No tienes nada que agradecer, princesa de la noche. –su abrazo duró mucho más que uno común.
Siempre estarían juntos, dependían del otro, se protegían y se querían como hermanos únicamente.
Un cariño especial que nadie entendería jamás, una conexión tan espeluznante que podría confundir a la mismísima guardia, y un sentimiento de honor incorrompible. Nadie podría entenderlos jamás. ¿Por qué?. Porque eran cosas de hermanos, era cosas de Jean y Alec Vulturi.
