Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.

UNIVERSO ALTERNO, historia de criaturas sobrenaturales.

Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.

Introspección: Aquellos malditos e impuros, son los habitantes de las sombras. Quienes están condenados, a vagar de esa mísera forma por el mundo humano. Buscan solo una cosa… la redención a sus pecados.

Sumary: Muéstrame, el infinito placer de beber tu sangre.


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Schwarze Nacht

(Noche Negra)

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Por Ireth I. Nainieum

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Capítulo I

Luna llena

(Voller Mond)

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"Aún entre los demonios hay unos peores que otros,

y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno"

- Miguel de Cervantes Saavedra -

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Juventud eterna…

Inmortalidad…

Ideas absurdas con las cuales los mortales suelen fantasear y codician con desesperación, en sus más oscuras fantasías, inmundas e infantiles. Un regalo que el cielo no podría conceder de buena manera. Al menos, eso le habían dicho de pequeña; la ocasión en que se volvió uno de ellos. Un habitante de la sombra. Desde el día que podía recordar, siempre estuvo condenada a vivir en la oscuridad del mundo. A contemplar aquello que los humanos llamaban sol, a través pinturas en el pasado; y recientemente gracias a la tecnología actual, de otras mil formas.

Recorrió una a una las fotografías dispersadas por la fría y oscura habitación. Las imágenes le mostraban varias tomas del sol, desde distintos puntos de vista. Mañana, tarde o muy cercana la puesta del astro. Con mil colores reflejados en el cielo, nubes con tantas formas que le sería imposible el describirlas todas en ese momento. Cuanto daría por dejarse acariciar por los cálidos rayos expuestos. Eligió de entre todas su preferida. Era una toma panorámica de un magnifico atardecer con tonos rojizos y naranjas, tomada desde una colina, no lo quedaba la menor duda de ello. O cuando menos, de un sitió a gran altura; dada la perspectiva de la toma. Una imagen perfecta para su colección, de más de un millar de fotografías. Desprendió la imagen y la observó con mayor detenimiento.

—Creo que le debí de haber preguntado antes —gruñó lamentándose de la situación—, ¿no te parece?

Desvió su atención del muro, hacia la charca de sangre donde reposaba el cuerpo del hombre que hacía minutos paso a una mejor vida. El hombre murió mucho antes que ella degustase su sangre en su totalidad, en un inicio le había parecido buen mozo y agradable; al final se llevo una terrible decepción. Resultó ser un petulante y gañan de primera. El líquido carmín, ni siquiera lo había disfrutado; sintió tal repulsión que lo escupió. Terminó dejando que el varón se desangrase, mientras ella contempló sin emoción alguna su larga agonía. Pudo haberle dado una muerte más rápida. «Pudo…» pero no quiso… le gustaba ver la desesperación de unos ojos suplicantes que se apagaban. Al final, ella suspiro con pesar. Era más que obvio que esa noche, no habría cena. Con hastió consulto su reloj de mano, faltaba menos de una hora para el amanecer. Le era imperioso dirigirse hacia uno de los tantos refugios, para mantenerse a salvo del sol y ello solo incentivó su mal humor. Comenzó su lento andar hacia la puerta del estudio fotográfico hacia el cual Di Roy Linker la llevó, con la intención de algo más que una falsa promesa de modelaje. Ella cogió su celular y marcó un número bien conocido por ella, era hora de lo que llamarían «hora de limpieza.»

—¿Si, Rukia-chan?

—Momo —descendió por las escaleras del estudio del hombre finado—. Servició de limpieza —espetó de mal genio.

Palabras claves que usaban los de su especie, para deshacerse de cualquier evidencia que los delatase en el mundo humano. Actualmente, no podían darse el lujo de abandonar los cuerpos como en antaño. El pasó de los siglos hizo mella en su especie y duras reglas fueron impuestas por la Chūō Yonjūroku Shitsu (1), la sede de los antiguos y más sabios.

—¿Envió el servició al último sitió donde estuviste? —corroboró Hinamori tecleando en el computador.

—Si —dijo echa una furia subiendo a su vehículo—. Te veré luego Momo —Rukia terminó en un tono grave.

Su familia poseía un sistema GPS (2) de última generación. Con el cual el servicio de limpieza podía guiarse, para dejar las áreas libres de cualquier posible evidencia de lo sucedido. Momo, solo necesitaba revisar la base de datos para tener acceso al último sitio donde estuvo detenida por más de diez minutos. Todo ello, para mandar una camioneta y limpiar su pequeño desastre.

—Vete con cuidado, debes ir a uno de los refugios —le dijo Hinamori luego de dar la instrucción a un grupo cercano a ella—. El sol esta por salir.

Rukia sonrió.

—Gracias, ya me voy a dormir —le dijo mucho más tranquila, ella no tenía la culpa de que hubiese perdido su cena. Encendió el motor y se marchó.

Los hombres y mujeres que se dedicaban al servicio de la limpieza, eran sujetos que estaban a prueba para que un momento dado, si eran merecedores se convirtiesen uno de ellos. Pobres ilusos, la mayoría de ellos moría antes siquiera de poder vislumbrar su anhelo de la vida eterna. Los de su raza eran demasiados selectivos, no les importaba el dinero o los contactos, eran meros caprichos los que dejaban de ser humanos.

Al cabo de varios minutos, llegó al estacionamiento de un casino muy popular en el centro de Tokio. Un aparca coches se le aproximó, para indicarle principalmente, que el servicio había concluido. Al llegar este sujeto a la ventanilla del Jaguar blanco de ella, la mujer evitó que el lacayo pronunciase alguna palabra. Rukia, simple y sencillamente le mostró su hombro izquierdo. Era un tatuaje no mayor a cinco centímetros, una imagen con dos garzas dándose la espalda mutuamente, con una estrella al centro. De inmediato el empleado le dio acceso en total silencio. No tuvo necesidad alguna de apagar el motor del vehículo, ya que el hombre se acercó diligente hacia ella. Rukia le arrojó las llaves y se marchó por una puerta trasera. A la cual, ningún humano tenía acceso. Al llegar al sótano del club, escuchó los gritos y despilfarros usuales de aquellos que ya se preparaban para dormir. La mujer ingresó con pereza. Miro ante ella a la sangre más joven de su raza, los últimos vampiros nacidos en el mundo. Ella misma pertenecía a esa peculiar generación. Seres inmortales condenados a vagar en la oscuridad de la noche eterna.

—¿Qué tal tu cena? —comentó curioso el hombre que seguramente para ella, era su mejor amigo.

Rukia caminó y se sentó en el sofá más grande de la sala.

—No he comido —exclamó con pesimismo.

El resto de los presentes dejo lo que hacían, para prestarle atención. Kuchiki Rukia, se había ganado la mala fama de jugar abiertamente con su comida y hasta donde todos recordaban, nunca dejaba pasar un día de cena. Mucho menos, en su única fecha en que se le permitía el beber sangre humana, directa desde el cuello de un humano vivo. Aquello acarreó una inusitada reacción por parte de los suyos.

—Tú, nunca regresas sin cenar —comento el bermejo con desparpajo, acercándose cauto hacia ella.

Abarai Renji, fue un vampiro convertido por su propio hermano —Kuchiki Byakuya—, con el único objetivo de fungir en el futuro como guardia personal de ella. Con el pasar de los años, lograron volverse acérrimos amigos. «Solo amigos» ella decía fieramente. Aunque nunca iba a negar que fuera apuesto, a ella no le interesaba de esa manera. Bueno… tal vez solo para pasar el rato. Rukia llevaba siglos comprometida, con un hombre mucho mayor que ella. Una alianza entre clanes, con un tal Kanō Ashido.

—Renji –espetó entrecerrando los ojos, no le interesaba para nada ver su pecho desnudo—. No estoy de humor —sintió como él recargaba parte de su peso en el sillón donde ella reposaba. Muy cerca de ella, invadiendo su espacio intimo—. Tengo hambre y…

—¿Quieres que te alimente? —la interrumpió este, con una mirada lasciva.

Por el rumbo que tomaba la conversación, el resto retornó una vez más a sus ocupaciones. Rukia abrió sus ojos con mucha calma, y le sonrió con desprecio. Siempre se había preguntado «¿hasta donde se sobajaría por tenerla?» Ladeo su cara y lo miro por algunos segundos más, para finalmente levantarse del sofá.

—Eso quisieras… Renji —farfulló al pasar a su lado, mientras iba hacia su habitación.

Renji sonrió divertido, ante la forma de actuar de ella. Terminó por desparramarse en el sofá donde ella estuvo antes. Mirando el lento y coqueto vaivén de sus pequeñas caderas, hasta que la perdió de vista.

—Eso fue peligroso, Abarai kun —le dijo un joven rubio que se le acercó con una copa de vino en sus manos—. Muy peligroso —repitió mientras el bermejo aceptaba gustoso.

—Tenía que intentarlo Kira —le dijo—. Me intriga el hecho de que no comiese este día, no volverá a probar sangre hasta dentro de un mes... —tomo un sorbo del vino rojo—. Rukia no es de las que suelen saltarse este tipo de cenas. ¿Y viste su mirada…? Había fuego en ella.

Izuru permaneció mudo solo un momento. —Tienes razón —respondió.

Rukia no estaba de humor, como para soportar las insinuaciones sexuales de Renji. Aunque para divertirse, nunca le negó al pelirrojo el estar en su cama. Sin embargo, alimentarse de su sangre, ¿acaso el bermejo era un estúpido? Probar la sangre de otro vampiro estaba prohibido. A menos que estos estuviesen enlazados por el matrimonio. Ya que al instante de degustar el líquido carmín estos se fusionaban en espíritu, al punto de volverse uno solo. Pensamientos, sueños y anhelos… Rukia no estaba dispuesta a permitir nunca más, que algún hombre intentase controlarla. Prefería mil veces el quedarse con hambre. Aunque en un futuro sus deseos no estarían en consideración, una vez que se matrimoniase.

En cuanto ingresó a su habitación se dejo caer al suelo, recargada contra la puerta.

No volvería a probarla, la sangre humana hasta dentro de un mes. Llevó sus manos a su rostro. ¡Un maldito mes!, en el cual tendría que abstenerse del placer que le representaba. Y todo por que la Chūō Yonjūroku Shitsu se los había prohibido, hacia poco más de doscientos años. Debido a que los humanos comenzaban a percatarse de la desaparición constante de sus congéneres. Que luego eran encontrados en extrañas situaciones inexplicables, exponiéndose a ser descubiertos en el proceso. Y no podían permitirse el perder el control que mantenían desde las sombras. Cada vampiro poseía un día, en el cual se le estaba permitido el beber sangre humana, ellos elegían la forma de alimentarse. Aquellos que rompiesen la regla, eran asesinados irremediablemente. Ella y varios más, ya habían sido testigos de ello. Por ello obedecían sin replica alguna. Intentó relajarse en vano, tendría que hacerle muchos favores a Kurotsuchi Mayuri para que le diese algún inhibidor por su deseo del carmín humano. De lo contrario no estaba segura de poder logarlo. Ya que beber de la sangre donada y fría no le apetecía mucho.

Escuchó como las puertas contiguas se abrían y se cerraban de par en par, diciéndole que el amanecer, finalmente había llegado. Arrojó su bolso al sofá de su habitación, no obstante lo aventó con tanta fuerza que este objeto fue a dar al suelo. Sin muchos animos se tuvo que levantar, de lo contrario el costoso regalo de su hermano pasaría horas en la suciedad. Sus parpados le pesaban, tenía mucho sueño. De pronto, recordó la fotografía que le tomó a Di Roy, la sacó de su bolso y la miro una vez más. Al contemplarla con mayor atención y bajo una mejor luz, pudo identificar con claridad el sitio de donde había sido tomada esa impresión gráfica.

—Karakura —leyó en un edificio. Sonrió con gusto, esa ciudad sería su siguiente parada táctica. En la siguiente luna llena, comería.

Schwarze Nacht

No era una gran ciudad, mucho menos podría llamarlo un pequeño pueblo. Sin embargo, tenía justo el tamaño apropiado para ser considerado un sitio para pasar un par días de diversión. Avanzaba gustosa por las diminutas calles, robándose de inmediato la atención de los habitantes. Ya que no era usual el observar vehículos tan lujosos, en la ciudad de Karakura. Ahora llevaba un Corvette clásico del 58, de color rojo. El cual avanzaba a vuelta de rueda por el centro de la ciudad. Por lo visto debía de haber algún evento, que generase ese terrible tráfico en Karakura. Aparcó su automóvil un par de calles más adelante. Gracias al bendito horario de invierno, contaba con una hora extra de noche. Mientras caminaba miro un poste, el cual tenía un papel pegado.

—«Bienvenida de los alumnos Universidad de Karakura» —ella leyó.

Una torcida sonrisa se enmarcó en su bello rostro. Al parecer, Karakura era lo suficientemente grande como para contar con su propia Universidad. Y que mejor sitio que ese, para ir por su cena. Las alocadas hormonas masculinas cumplirían muy bien su tarea.

Rukia, era la princesa del Clan Kuchiki. La familia de vampiros más antigua y poderosa de todo Japón. Había nacido cuando menos un milenio atrás, y formaba parte de la última estirpe que su raza dio. Los que actualmente se hacían llamar vampiros, eran solamente meros conversos. Una subcategoría, considerada por la sangre pura como «meras bestias sedientas de sangre». Que habían degradado su verdadera reputación hasta convertirla en algo casi como un circo. Fue por ellos que la Chūō Yonjūroku Shitsu, instauró esa nueva ley en su mundo. Como un intento para mantenerlos a raya, y porque mentir, una forma de eliminarlos lentamente. Desde hacia un millarada que ella estaba obligada a vivir en las sombras. Principalmente por las supersticiones humanas. Gracias a la apertura de Japón en el mundo, los vampiros de sangre pura podían darse el lujo de viajar y aventurarse a vivir fuera por años. Antes de retornar con una falsa identidad, ante su incapacidad por envejecer.

El Clan Kuchiki administraba en las sombras, un sinfín de empresas a su alrededor. No solo en el sol naciente, sino por el mundo entero. El contrabando de armas, era su principal sustento. Su hermano mayor, vendía al mejor postor sus últimas innovaciones que su empresa generaba. Sin contar, con que poseía una extensa cantidad de mercenarios vampiros y humanos a su entera disipación. Habían sido los responsables de varias guerras internas en algunos países africanos.

—«Los humanos no son más que seres patéticos —susurro con la frialdad que tanto lo caracterizaba—, cuya mísera existencia se basa en la gloria de ver sus nombres escritos en sus libros de historia…» —le había dicho su hermano la última vez que lo había visto.

Se detuvo, ante el pensamiento de su pariente en sus memorias. Si no contaba mal, y de eso estaba completamente segura de no errar, habían pasado cuando menos cuatrocientos años desde la última vez que se habían visto y conversado frente a frente. Ya que luego de haberle pronunciado esas palabras, fue llevada con el Clan Ukitake, para su futura preparación como miembro de la Chūō Yonjūroku Shitsu. Sacudió su cabeza, para quitarse ese recuerdo amargo. Vivir con el Clan Ukitake, le resultó placentero. Por primera vez tenía más libertades de las que alguna vez tuvo bajo la estricta educación de su hermano. Para empezar, se le permitió el vestir como hombre; era necesario para entrenarla apropiadamente en el uso de la espada. Como futuro miembro de la Chūō Yonjūroku Shitsu, debía se preparada en el arte de la guerra. Fue una muy buena estudiante. Disfrutaba el tener una vida agonizante en sus manos, para decidir si ese hombre o mujer merecían vivir. ¿Cuántos gritos, suplicas, lloriqueos y más, no escuchó?

—«Cientos» —se dijo a sí misma. Hacia años que perdió la cuenta de la cantidad de vidas que había tomado.

Divisó la Universidad a lo lejos. Los jóvenes se apretujaban para ingresar, antes que el alcohol se acabase y con esto, la fiesta de la noche. Los hombres a su alrededor la dejaron pasar, todo esto tan solo para poder admirar la minifalda negra que usaba y que mostraba lujuriosamente sus largas y finas piernas.

—Su identificación, señorita —pidió el vigilante.

Ella se la entregó.

—«Kuchiki Rukia, Tokio» —leyó el hombre, y frunció el ceño al mirarla llenó de asombro—. Viene desde lejos, señorita —se la devolvió.

—Me dijeron que valía la pena el viaje —respondió cándida, usando su mejor voz.

—Veo —le sonrió solo por inercia y le permitió pasar—. Qué se divierta.

Rukia no le respondió, ya que una larga fila de hombre quería caminar detrás de ella. Agradeció que el vigilante no los dejase pasar, eran muy obvias sus intenciones. Aunque, ninguno de ellos ciertamente le llamó la atención. Esa noche sería en extremó quisquillosa con su cena. Se relamió con gusto sus labios, ya saboreando el rojo néctar prohibido en sus pequeños belfos. Y una ola de éxtasis la inundó.

Él se acercó Ukitake con un hombre a su lado, te enseñará todo lo que necesitas saber sobre lo que serás algún día le sonrió con amabilidad. Además miro al varón a su lado, será en encargado de instruirte en todo lo relacionado con nuestra naturaleza, así como el ayudarte a descubrir tu propio poder.

Rukia saludo con respeto al hombre que acompañaba al viejo amigo Ukitake. Un individuo que en su tiempo, fue su primer amante.

El lugar estaba abarrotado. Le costo bastante el llegar hacia la barra improvisada del auditorio, lugar donde se llevaba la bienvenida de la Universidad de Karakura.

—«Solo cerveza» —se dijo abatida.

¿Qué esperaba? La mayor parte de esos jóvenes no estaban acostumbrados a las bebidas finas, eso escapaba a su escaso presupuesto. Después de todo, esa era una Universidad pública. Con gran dificultad y golpeando a unos cuantos, se pudo acercar a la barra, en donde pagó por una bebida —sola para ponerse en ambiente, o mejor dicho, generar esa impresión—. Luego se perdió entre el mar de gente, que bailaban, mascullaban, gritaban y unos más impúdicos casi fajaban en el medio de todos ya bastante borrachos. Con tantas personas a su alrededor, le sería difícil el ubicar una presa potencial, tendría que resignarse con algo un poco inferior a su escala habitual. Buscaba a cualquiera que estuviese aburrido, ya que de esta manera le sería mucho más fácil el embaucarlo y llevárselo lejos de ahí. Eso sí, tendría que ser buen mozo.

—¿Estás perdida? —una voz ronca y varonil la hablo a su espalda.

Rukia estaba impresionada de que un humano se le hubiese acercado tanto, como para que la tomase desprevenida por completo. De haber tenido un corazón que le latiese, estaba segura que le habría dado un para cardiaco. Un hombre alto de cabellera naranja la miraba de forma entretenida. No fue su presencia cercana a ella, ni mucho menos su aroma varonil lo que la dejaron sin habla. Sino, ese terrible parecido que tenía con un hombre de su pasado.

—«Kaien dono…» —se dijo ella.

Él picoteó de forma juguetona la frente de ella, para sacarla de sus divagaciones. Molesta, ante lo cual él acababa de hacerle, le retiro su mano con un fuerte manotazo. Torciendo la sonrisa de sus labios.

—¿Qué te has creído? —Bramó iracunda—. ¡Tú…! —no continúo hablando, puesto que desconocía su nombre.

—Kurosaki Ichigo —se presentó atento ante la joven—. Ichigo, para los amigos.

Era su imaginación, o él coqueteaba con ella descaradamente. Sonrió complacida, tal vez si tendría su cena habitual. El tipo, intentaba hacerse el galán con ella. ¡Oh, pobre desdichado! Ya le mostraría lo que le pasaría.

—Kuchiki Rukia —se presentó y se miraron a los ojos.

Cayeron sobre la paja del establo. Shiba Kaien le había enseñado muchas cosas, más tal vez de lo que debería. Fue instruida eficazmente en el arte de la espada, las habilidades propias de la sangre pura; así como a la elocuencia y facilidad de palabra. Y porque no, también fue su maestro al enseñarle el placer de ser mujer. Su previo entrenamiento había sido intenso, él la llevo hasta el límite con cada ataque y estocada que le propinaba. A la propia sorpresa del hombre, Rukia fue capaz de responder acertadamente a cada arremetida. No se dejaría vencer por él, después de todo, el le había prometido un premio.

Su maestro era sumamente apasionado, y hacia años que Rukia le había entregado su pureza a este hombre. Por tal razón, lo que hacían en los establos al término de cada entrenamiento, era puramente rutina. Kaien, tanteo seductoramente su cuello. Rukia gimió gustosa, y espero a que esta la mordiese y la hiciese completamente suya. En ese momento, las reglas no le importaban y estaba dispuesta a romperlas.

A partir de mañana susurró contra su nuca, no me verás nunca más. Rukia abrió sus ojos con mesura, lo tomó del rostro y lo miro fijamente. Aquello debía de ser una más de sus estúpidas bromas. Después de todo, él siempre solía hacerlo—. He sido obligado a comprometerme con una mujer le explicó.

Pero yo… —ella tartamudeó.

Kaien la silencio con uno de sus dedos.

Sabias desde un inicio, que esto no pasaría a nada más que encuentros íntimos se levantó y sentó a su lado. Yo no puedo beber de tu sangre –sonrió con tristeza, mirando fijamente la desnuda pared, ni tu de la mía —volteó hacia ella, dándole una triste sonrisa que a penas se dibujo en sus labios—. Debo viajar hacia el norte, para encontrarme con mi futura esposa.

No vayas —Rukia suplicó enterrando sus uñas en su espalda—. ¡Quédate conmigo!

Ninguno dijo nada durante un largo tiempo, como si esperasen que la soledad apaciguara a sus corazones.

Claro... sonrió de forma misteriosa Haré algo... y nunca más nadie podrá separarnos.

Comenzó a llover ese día de abril. La estación no era la apropiada, el día no era el indicado, o tal vez no era la noche correcta. Luego de un flirteo de cuando menos una hora más, Rukia accedió a abandonar el auditorio en compañía de su nuevo amigo. Mejor dicho, futura ingesta. Al parecer él iba con la idea de tener un rato loco con ella, y pues Rukia, solo quería su sangre. No pudiendo resistirse más, a sus primitivos deseos. Término por arrinconarla en un desolado callejón. En el medio de una recia lluvia, esa oscura noche. La tomo de su cintura y la levantó un poco, justo a la altura que necesitaba y comenzó a recorrer sinuosamente sus piernas, mientras se besaban con pasión casi animal. Devorando enteramente los labios del otro. Ella cruzó sus piernas para ayudar a detenerse en el aire. Y por primera vez en cientos de años ella volvía a disfrutar el besar a un hombre. Abrumada por esto, separó sus labios de él, al tiempo que desviaba su mirada. ¿Qué le estaba sucediendo?

Ese día, cuando se suponía que sería la despedida de Kaien recibieron una alerta por parte de uno de los espías del Clan. Al parecer uno de los conversos, estaba asesinado a más humanos de los necesarios; dejando toda la evidencia de sus acciones en el proceso. Ukitake supo que eso no debía de continuar. El converso, debía de ser cazado y asesinado. En pos de la comunidad. El hombre de blanquecina cabellera le ordenó a Kaien y Rukia, como su última misión —«juntos »— el liquidar a ese individuo. En ese momento, ella agradeció el gesto del senescal de su hermano. El rastrear a la presa les tomaría un par de días, semanas a lo mucho. Un poco más de tiempo para estar juntos. Los amantes no se dedicaban a tiempo completo en seguir la pista del sujeto, pasaban muchas más horas enredando sus cuerpos bajo las sábanas. Sus pendientes personales, eran los primeros que debían de arreglar.

Un día de abril, el clima parecía estar sumamente inquieto. Nubes de la temporada de lluvia cubrieron el cielo, justo dentro su área de búsqueda. Y de la nada la llovizna comenzó de inmediato. Trayendo como consecuencia, la pérdida del rastro del converso. Rukia maldijo. Si ese individuo se escapaba, los haría quedar terriblemente mal y su lugar dentro de la Chūō Yonjūroku Shitsu le podría ser arrebatado. Kaien se detuvo en un paraje extraño. En el único sitio del bosque en el cual no caía agua alguna. Eso era completamente imposible, eso lo sabía. No había nada que impidiese la caída de la lluvia, todo sobre ese sitio estaba descubierto. Rukia le dio alcance, teniendo un mal presentimiento. hacía días que lo notaba fuera de sí.

Kaien dono…

No pudo continuar hablando, al parecer el converso se había rendido, o al menos eso creyó ella. Este sujeto se detuvo a unos cinco metros de ellos. Rukia lo miro asqueada. A pesar de tener una capucha que le cubría parte de su cuerpo, pudo vislumbrar que en sus manos ese hombre tenía unas terribles deformaciones; se pregunto si eso sería el resultado de alguna misteriosa enfermedad. Ella desenvaino su zanpakutō, pero Kaien la detuvo antes de que le atacase.

Obtendrás lo que deseas, si haces el pacto con nosotros habló el converso con voz dura e inflexible. Eso fue lo que se te dijo lo señalo, como si lo retase a que lo negase. ¿Qué decides?

Rukia dio un paso hacia atrás asustada.

Kaien-dono… susurro nerviosa de las palabras del converso ¡Kaien-dono! gritó al llamarlo. Él volteó hacia ella y le regalo esa sonrisa que siempre la tranquilizaba.

No pasa nada acarició con ternura su cabello. No pasa nada reitero. ¿Cuál es tu nombre? volteó hacia él.

Metastasia (3) —respondió.

Kaien tiro su zanpakutō al suelo.

Ven le dijo él.

¡Kaien-dono!

Rukia gritó a todo pulmón, mientras corría hacia él. No obstante, Kaien la arrojó hacia atrás varios metros lejos de él; con una mirada llena de suplica y pena. Casi como si estuviese implorando anticipadamente por su perdón. Lo siguiente que ella vio, fue como la persona que creía que era el converso comenzaba a devorar el cuerpo del hombre que una vez fue su amante. Todo esto, ella lo contempló con horror. Cuando Metastasia, lo término de ingerir, se quitó la capucha que lo cubría y comenzó a tomar una apariencia que le helo la sangre. Su piel tenía un tono verduzco, y al parecer unos extraños tentáculos en esa forma humanoide salían de unos agujeros en su cuerpo. Los ojos, no los veían. Sus cuencas estaban vacías. Pero… ese era el cuerpo de Shiba Kaien, convertido en un ¿demonio?

Ahora te devoraré a ti, pequeña.

Rukia tomó su zanpakutō, y comenzó a huir de esa abominación en el medio de la noche. A pesar de ser inmortal, de tener la juventud eterna, de ser una vampiresa de sangra pura… Su raza, si podía morir. Y eso era algo que ella no deseaba por el momento. Él le dio alcance, y la golpeó con tal fuerza que la arrojó contra un árbol. De haber sido humana, habría muerto en ese instante. Lentamente esa criatura se acercaba a ella. Metastasia se detuvo, cuando escuchó el ruido a su alrededor. Alzó la vista, y se vio rodeado por cientos de varios vampiros de élite, de sangre pura.

No puedo creer que hayas hecho eso Kaien Ukitake se lamentó. Un pacto con el averno. (4)

Metastasia se rió descaradamente

¿Averno…? —bajo la mirada y contempló fijamente a Rukia—. ¡Lo único que me ordenaron hacer fue comérmela! Gritó a todo pulmón, y ella enterró su zanpakutō en el pecho del hombre.

—Descuida —acarició él su mejilla—, voy a ser gentil —susurro fornido contra su oreja—. Lo prometo —restregó duramente su dureza contra su pelvis.

—No debiste haber dicho eso… —chilló ella con furia.

Rukia lo sujetó de su cuello con tanta fuerza, que terminaron cayendo ambos al suelo; ella quedando sobre él. Intentó quitársela de encima pero no pudo, a él no le gustaba estar dominado y mucho menos por ella. La vampiresa se acerco aún más, retiró solo un instante sus manos del cuello de él; y furiosa lo mordió. Arrancó un grito de dolor del hombre bajo ella. ¡Maldita sea la hora en que había nacido Kurosaki Ichigo, y también su parecido con Shiba Kaien!

Ningún hombre nunca más la humillaría.

La lluvia comenzó a detenerse.

Poco a poco sintió como él dejaba de forcejear. Ella bebía la sangre más rápido de lo normal, su agonía y sufrimiento no durarían mucho más. Rukia colocó una de sus manos en el pecho del hombre, a la altura de su corazón. Sintió, como este dejo de latir al cabo de un minuto más. No obstante, ella no dejo de beber hasta que sintió que había tomado toda su sangre. Cuando ella se irguió, observo la mirada perdida del hombre al que acababa de matar. Se maldijo a sí misma, hacía años que no memoraba ese día. El día de su humillación total… Se levantó y caminó hacia su bolso para tomar el celular. Se marcharía cuanto antes, o terminaría asesinado a alguien más.

—Las tres treinta y tres —consultó la hora, después le marco a Momo—. Necesito un…

Alguien la arrojó brutalmente al suelo. Le habían tomado el brazo que sujetaba el celular y se lo doblaron hacia atrás, colocándolo dolorosamente tras su espalda. Imposibilitándole el moverse. ¿En que momento alguien se le había acercado tanto? ¡No lo comprendía, no lo entendía!

—¡Rukia, Rukia! —Repitió con desesperación la persona tras la línea—. ¡Rukia! —gritó antes de que el aparato fuese destruído.

—Creo que ahora es mi turno —masculló febrilmente en su oído.

A Rukia se le helo la sangre, reconoció el timbre de voz ¡Pero era imposible! Giro lo más que pudo su cabeza, solo para ver al sujeto que acababa de asesinar aproximándose hacia ella. Solo oscuridad y nada más.


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Capitulo II

"El señor de las noches"

(Der Meister der Nächte)

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Notas de la autora:

+ Los títulos de esta historia estarán en Alemán.

+ Se que la relación de Kaien y Rukia no es de la índole que describo, no obstante la necesito de esa forma para el desarrollo de la historia.


Glosario:

+ (1) Chūō Yonjūroku Shitsu, Cámara de los 46.

+ (2) GPS, sistema de posicionamiento global.

+ (3) Metastasia, nombre del hueco que asesino a Shiba Kaien.

+ (4) Averno, es el lugar donde, después de la muerte, son torturadas eternamente las almas de los pecadores.


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Nos vemos

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