Hola (se escucha el eco) me pregunto si estoy hablando sola.
Tal vez si, en caso de que hayas leído esta historia antes debo decir que me he dado a la tarea de terminarla (por fin), después de mucho tiempo en que estuvo abandonada.
Dado que mi forma de escribir a cambiado un poco con el tiempo, pues he tenido que editarla para que la diferencia, entre los capítulos que escribí tiempo atrás y los más recientes, no fuera tan notoria.
Entonces voy a estar subiendo los capítulos de nuevo, la historia es la misma, solo con algunas correcciones.
Disclamer.- Todo esto pertenece a la Warner, a JK Rowling y no sé a quien más, la estrofa del principio pertenece a la canción Quiero del grupo Warcry. mío solo es la historia y escribo sin ánimo de lucro.
Hablamos más al final.
PENUMBRA
por
Adrel Black
1. ODIANDO
Las fuerzas, me ayudan a continuar
pero algún día, sé que se acabarán
cuando eso pase, no tendré a donde ir
lejos del principio, como tan lejos del fin.
(Quiero, Warcry)
Es obvio a qué debe su nombre el whisky de fuego, cuando se desliza por la garganta es como intentar tragar un hierro al rojo vivo, incluso para la suya que lo ha bebido durante muchos años.
La habitación está en penumbra, solo iluminada por los rescoldos que arden tenues en la chimenea. El frío es terrible en las mazmorras y es prueba de lo duro del invierno, incluso puede verse el vaho que provoca su respiración, pero está tan sumido en sus pensamientos que no se da cuenta que el fuego casi se ha extinguido.
Sobre la chimenea un viejo y pequeño reloj avanza hacia la media noche, otra noche en blanco, atormentado, en ocasiones el tic tac lo vuelve loco, se pregunta si esa noche Voldemort lo llamará a reunión. Los mortífagos están extrañamente tranquilos, no puede ser un buen augurio su inactividad; quizás tramen algo y lo pone nervioso no estar enterado.
Saca un paquete de cigarrillos muggles del bolsillo de su levita y lo enciende, sobre la mesilla hay un cenicero repleto de colillas. El viejo sillón de cuero en el que descansa lo ha albergado por muchas noches. El lugar en el que se sienta está más hundido que el resto, pero no importa, nadie más entra en aquellos aposentos, —salvo Dumbledore, en contadas ocasiones, —son suyos, su territorio dentro de Hogwarts.
Escucha un leve crujido detrás de él, sus sentidos despiertan en alerta, pero de inmediato sabe de qué se trata, nada de que preocuparse, ¿o tal vez si?
—Profesor Snape, el Director Dumbledore desea hablarle. —Phineas Nigellus el último Director que Slytherin aportó a Hogwarts lo mira con cara de aburrimiento desde un pequeño cuadro que Dumbledore ha hecho instalar ahí para "estar en contacto" con Severus.
—Dígale al Director que puede pasar, —dice sin voltear a ver el cuadro y con un perezoso movimiento de su varita hace desaparecer las protecciones que bloquean su chimenea a la red flu.
Odia aquel cuadro, considera que es una violación a su intimidad, una forma para tenerlo vigilado por parte de Dumbledore, pero no puede negársele al Director del colegio distribuir los retratos dentro del castillo como mejor le parezca. Así que, hace cerca de tres meses que aquel nefasto cuadro ocupa un lugar en las paredes desnudas de su despacho, un horrible cuadro que contiene a Phineas Nigellus mostrando orgullosamente su orden de Merlín de tercera clase.
Muchas veces Severus se pregunta si Dumbledore habrá pensado que tener a un Black como huésped permanente no es lo que él más desea; otras veces piensa, que lo ha hecho a propósito, hubiera podido elegir a cualquier otro Director. Ahora luego de noventa días en realidad no le importa. Le preocupan más los constantes asedios del Director en su afán de "estar mejor informado" –así lo llama Dumbledore –pero para Snape solo significa una cosa, "saber más para así poder manejar las piezas a su antojo y conveniencia".
Y ahí está Albus Dumbledore, el más grande hechicero de la actualidad dando vueltas dentro de un remolino de llamas verdes. Al fin sale con cara de mareo, las gafas torcidas y un estrafalario atuendo para dormir de color cereza y con pequeñas estrellas doradas, sin olvidar el gorro a juego, todo coronado por un montón de cenizas.
Cuando el anciano sale de las llamas, esparciendo las cenizas en el pulcro suelo de piedra del despacho, Severus se pone de pie en señal de cortesía. Aunque su expresión es de total desagrado.
— ¿A qué debo el honor de su visita a estas horas de la noche, Director? —murmura Snape con amabilidad, pero indicando a Dumbledore que no son horas para socializar.
—Veo que no estás de humor, hijo. —Severus hace una mueca. —También puedo ver que has estado bebiendo… de nuevo, —dice el Director viendo fijamente la botella de whisky casi vacía que descansa a los pies del sofá.
—Por favor tome asiento Dumbledore, —Severus le señala el sofá al director, —disculpe que no le ofrezca algo de beber, pero tengo como regla solo ofrecer bebidas a mis visitas hasta las siete de la tarde.
—Bueno, es obvio que no soy bien recibido, —Dumbledore le sonríe, como si todo aquello fuera un juego, —y no creo que se trate de la hora, creo más bien, Severus, que sabes tan bien como yo que el momento se acerca. —Dumbledore hace una pausa y continúa como si no supiera muy bien como seguir, —me preguntaba si tal vez habrías cambiado de opinión y quisieras contarme, algo más.
Dumbledore dirige su varita hacia la chimenea haciendo que los rescoldos se conviertan de nuevo en un fuego acogedor e iluminando así, un poco la oscuridad de la habitación. Mira a Snape por encima de sus anteojos esperando encontrarse con la mirada fría del Profesor, pero eso no ocurre. Severus mira las llamas rojas y azules que pueblan la chimenea. Todo rastro de su enfado ha desaparecido y solo queda una expresión de fría vacuidad. Y aunque parece perdido dentro de sí mismo responde:
—El futuro no puede alterarse Dumbledore, usted lo sabe tanto como yo, —no voltea a verlo, tiene miedo de que Dumbledore sea capaz de leer la verdad en sus ojos. —Ni usted, ni yo, debemos intervenir, él vendrá y se irá y no tiene importancia lo que yo le diga o no, todo será como debe de ser, contrario a lo que los ilusos creen el destino si está escrito en piedra.
—No quiero intervenir, solo quiero comprender qué es lo que ocurrió —Dumbledore sigue mirándolo, pero mientras pueda, evitará a toda costa el contacto visual. No sería propio de Dumbledore utilizar legeremancia pero sabe que la curiosidad está matando al viejo. —Si sigues atormentándote por la muerte Lily, no es sano, creí que con el paso de los años lo superarías, pero con cada año que pasa te hundes más, no lo entiendo Severus. He visto gente que ha perdido a su familia, amigos, conocidos y continúan adelante, lo superan.
—No le diré nada, Dumbledore, —lo corta Snape, entonces retira la vista del fuego y le mira, —solo lo mismo que le dije hace casi veinte años, debe encontrarme en el Ministerio de Magia, en la Sala del Tiempo, dentro de dos días.
— ¿Estás seguro de las fechas?
—Completamente, –intenta que en su voz no suene ningún matiz.
— ¿A qué hora llegarás?
—Cerca del anochecer, —murmura secamente el Profesor de Pociones.
—¿A dónde debo llevarte? —pregunta preocupado el anciano.
—¡Albus! –Siempre hace eso, siempre intentando que Severus diga más de la cuenta, luego, acariciándose el puente de la nariz con el índice y el pulgar responde: —haz lo que creas conveniente, eso será lo correcto.
—No puedes seguir culpándote por la muerte de Lily, Severus, no es sano dejar que el pasado nos consuma.
—Yo a veces he pensado que usted es omnisapiente Albus, parece saber todo lo que ocurre, pero créalo o no, algunas veces existen cosas que pueden escapársele.
Dumbledore lo observa en silencio, Severus cree distinguir tristeza, decepción, curiosidad, incluso misericordia en su mirada, pero sabe que no debe confiar en lo que Albus aparenta.
Porque para el mundo es un sabio, un mago extraordinario, alguien en quien se pueden poner todas las esperanzas, pero él sabe muchas cosas más, Albus puede ser sabio, puede ser un mago poderoso, puede ser alguien digno de confianza, pero también puede ser maquiavélico y manipulador.
—Y ahora Albus, si no le molesta, me siento agotado y desearía poder descansar, –y mientras dice esto se pone de pie en una clara invitación a que el Director se marche.
—Buenas noches, Severus, —se despide con amabilidad Dumbledore, toma algo de polvos flu de la chimenea y desaparece en una marejada de llamas esmeraldas.
Snape sigue mirando la chimenea por donde Dumbledore ha desaparecido, luego mira el cuadro de Nigellus, el mago yace recargado sobre el marco, dormitando, con expresión de tranquilidad, tal vez demasiada tranquilidad como para que sea real. Severus enfadado deja el vaso vacío sobre la chimenea y se marcha hacia sus habitaciones. Odia que lo vigilen como si fuera un chiquillo.
Se deja caer sobre su cama adoselada, muchas veces ha sentido el temor de que Dumbledore se dé cuenta de lo que realmente pasó. Teme que si se entera lo echará. Otras tantas veces ha pensado que sería lo mejor, irse de Hogwarts, alejarse por fin de tantos recuerdos, del escrutinio de Dumbledore, de los recuerdos de Lily, de Potter; pero no, no puede estar alejado de ella.
Ha estado con ella desde antes de su nacimiento, había visto a la Señora Granger embarazada, se había colado al hospital, hasta el área de cuneros para ver a aquella bebé de la que se enamoraría como un demente.
Recuerda ese día, se abrió paso entre enfermeras y doctores a base de mentiras y confundus, hasta llegar a aquella ventana desde la que se veían los cuneros, había solo un niño y ella. Imposible no reconocer su rostro angelical, en el que ya se descifraban los rasgos de la increíble mujer en que se convertiría.
Recuerda haber pegado la frente al frío vidrio y haber sentido ganas de llorar, confusión y una tristeza como ninguna otra. Incluso el dolor de la muerte de Lily quedó opacado ante aquel dolor. Lily, al final, estaba muerta, pero Hermione, ella estaba viva, viva y era una bebé, cuando él era un joven de diecinueve años.
Una mujer, de rostro rubicundo y cabello rubio, se había acercado al bebé que estaba al lado de Hermione en los cuneros.
— ¿Es su hija? —preguntó sonriente. En ese momento quiso derrumbarse, dejarse caer en el piso del pasillo de aquel hospital y llorar hasta morir.
—Es mi sobrina, —le contestó con voz imperturbable.
— ¡Qué coincidencia! —Apuntando al bebé dijo: —él también es mi sobrino, muchas felicidades, es una niña preciosa.
—Lo sé, —fue la respuesta y sin despedirse dio media vuelta y salió de aquel lugar.
Abre los ojos para encontrarse con el techo de su habitación en Hogwarts, los recuerdos son tan vívidos que es difícil pensar que han pasado diecisiete años desde entonces. Y él sigue en Hogwarts incapaz de acercarse o de alejarse de ella.
Había estado ahí cuando ingresó a la escuela muggle, era apenas una sombra al lado de un árbol cuando su madre la dejó en su primer día de clases. Se había asegurado que le tocara a él llevarle la carta en la que se le informaba que era una bruja, el día en que llegó a Hogwarts había estado tentado a hechizar al sombrero seleccionador para que la enviara a Slytherin, pero no, ella es una Gryffindor, él lo sabe, de cualquier manera, no se puede cambiar el futuro, éste es su destino.
Continúa dando vueltas en la cama carcomido por los recuerdos de años pasados, presentes y futuros. Sintiéndose un miserable y odiándose por su destino, odiando haber permitido la muerte de Lily, odiando a Dumbledore y al maldito cuadro de Nigellus por intentar manipularlo, odiando a Voldemort por haber convertido su vida en una pesadilla, una en la que sigue viviendo aun después de tantos años, odiando a James por haberle robado a Lily, pues si ella hubiera estado con él, nada de esto habría pasado, odiando a Harry por el simple hecho de ser igual a James, odiando a Weasley, por estar siempre babeando por Hermione, odiando al mundo porque sigue su curso a pesar de que él se desangra un poco más cada momento, pero por sobre todo, odiando a Hermione Granger, odiándola con toda el alma, odiando tener que amarla un día tras otro, por todo lo que le queda de vida, odiando vivir siempre en la soledad y en la penumbra.
Y bueno, si hay alguien aquí, repito, estoy con esta historia en proceso de edición, tratando de corregir algunos errores de ortografía y cosas así, pero la historia es la misma que estuvo arriba, hasta el capítulo 26 que fue el último que publiqué.
La historia, por fin, está terminada, serán treinta y seis capítulos y estaré actualizando todos los sábados y quizás también los miércoles, dependerá de como va el trabajo.
Odio esta sensación de estar hablando sola.
¿Hay alguien aquí?
Adrel Black
