Antes de empezar esta lectura hago la advertencia de la edad, aquí Yuuji tienen 16 años y Satoru está por cumplir los 21, si tienes conflicto con esto es mejor que no leas.Bueno esto quizás no tenga mucho sentido por qué no es un Omegaverso, solo es mpreg y dónde también hay mujeres capaces de fecundar a mujeres y hombres que puedan hacerlo.


Yuuji aprendió a los 10 años que nació siendo especial, no solo por ser el primogénito del clan Itadori y el único en la línea de herederos, también por poder engendrar.

Itadori no lo entendió del todo, es más, ni siquiera le importaba mucho. Él solo quería salir a los jardines a jugar con sus primos e hijos de los sirvientes de la casa, pero su madre lo tenía sentado en zeisa en el pequeño balcón de su habitación.

Su madre era una mujer hermosa de largos cabellos de color rosa como pétalos de cerezo que caían en la primavera y tapizaban los caminos y los jardines, su rostro fino y sus enormes ojos grises posados en él, viéndolo con algo de exasperación y cariño. Sin embargo Yuuji tenía juegos que jugar y si no se daba prisa tendría menos tiempo de diversión.

—Yuuji cariño, es importante que entiendas lo que te estoy diciendo.

—Pero mamá puedes decírmelo esta noche en la cena y te prometo que pondré todo mi atención— Yuuji suplicaba mientras ponía los ojos de cachorro que siempre hicieron flaquear a su madre. Lastima que su madre en estos temas era inflexible, era imperioso que Yuuji empezará desde ya a entender sobre su condición y saber lo más importante.

—Jovencito no vas a irte hasta que me escuches y me digas que has entendido lo que te dije.

Yuuji quedó petrificado ente el tono y la mirada fija, pocas veces su madre se ponía en esta actitud tan seria, entonces Yuuji sabia que lo que tenía que decir era realmente importante.

—Si madre, te escucho.

—Yuuji, sabes que tú serás el heredero de la casa Itadori, con esto vienen responsabilidades que debes asumir. En especial por qué tú eres el primer heredero con una condición especial y que no se había visto desde hace cinco generaciones.— Yuuji asintió para que su madre supiera que estaba prestando total atención —Tu mi querido niño tienes el don de traer vida a este mundo, así como yo y tus tías.

Yuuji ladeó la cabeza dejando escapar un pequeño —¿eh?.

—Apartir de tus 14 años serás fértil amor—Su madre se acercó un poco y posando su mano en el estómago de Itadori continuo — y podrás tener bebés.

Itadori dirigió su mirada a la mano de su madre, recordando haber visto a sus tías con sus estómagos hincharse poco a poco durante nueve meses y de repente llegar con un pequeño bebé en brazos y ese abultado estómago desaparecer, ¿entonces a él también le pasaría eso?

—Pero ¿por qué eso es especial mamá?. Si tú y las tías pueden hacerlo.

—Por que tú eres hombre Yuuji, así como también hay mujeres que nacen con el don de embarazar a otras mujeres y hombres como tú.

—¿Como mamá?, ¿Cómo hacen eso?

Su madre llevo la mano que había descansado en su estómago a su boca ocultando su risa.

—Ese es un tema para después cariño. Antes también debo decirte que una de tus responsabilidades más grandes es que te cases y traigas desendientes a la familia. Tu futuro esposo ya a sido elegido y ten por seguro que todo estará bien.

—¿Mi...mi futuro esposo?. Y ¿Lo puedo ver?, ¿Está aquí?.

Su madre tomo ambas manos de Yuuji y lo jalo para que se parara, ella también se puso de pie y soltando sus manos le hizo la señal de que la siguiera. Salieron de la habitación y recorrieron un amplio y largo pasillo, esté daba hacia el balcón por dónde también se podía salir al amplio patio principal de la casona Itadori. Ya en el balcón su madre le señalo que viera hacia las enormes puerta de madera en tono azul marino.

Las puertas estaban abiertas de para en par y se podía ver un grupo de personas; eran cuatro adultos y uno más bajo. Yuuji noto que esté llevaba una yukata negra con un fajilla azul claro y su cara estaba tapada con un velo blanco. Tambien pudo ver a su padre. Todos platicaban y reían de vez en cuando.

—Ellos vienen de la familia Gojo y han venido para discutir sobre los arreglos de la boda cariño, tu prometido se llama Satoru Gojo.

Itadori se quedó viendo al grupo de gente sin decir nada, su mirada era completamente curiosa. De repente volteo a ver a su madre.

—Quiero conocerlo mamá, ¿Es uno de los que está ahí?.

—No lo sé cariño, pero por ahora no puedes conocerlo si está aquí, antes hay protocolos que seguir, uno de ellos es que debes escribir una carta y enviársela para presentarte. Ven vamos hay que empezar a prepararla.

Itadori fue dirigido nuevamente hacia dentro de la casa con las manos cálidas de su madre en sus hombros, su mirada no dejo de ver hacia esas personas hasta que estuvieron fuera de su alcanse.

La primera carta que le envío Yuuji a Satoru fue muy simple. Sus kanjis escritos de forma pulcra y clara, pues era parte de su presentación, que notarán que él era cuidadoso y meticuloso, un representante digno de su clan. La carta decía su nombre, edad, que le gustaba jugar en los jardines con los perros de uno de sus primos y de cierta forma una mentira, pues su madre le había dicho que pusiera lo feliz que le hacía el saber del compromiso y que ansiosamente esperaba el día en que se conocieran. Si, estaba ansioso por conocer a esta persona, pero realmente Yuuji no tenía una clara idea de lo que un matrimonio conllevaba, ni el impacto que tendría en su vida.

La respuesta llegó solo dos días después, la caligrafía igual de pulcra y exacta, y dónde se confirmo el nombre de su prometido, le sorprendió un poco saber que Satoru era cinco años mayor que él, que le gustaban los dulces, en especial los que se hacían a base de leche de cabra y que era malo para bailar, que también estaba emocionado por conocerlo y feliz por su compromiso.

Apartir de ahí no había semana sin que se mandarán una carta, habían empezado contándose cosas banales, como cuantos tíos, primos y sobrinos tenían, como eran su casas, sus colores favoritos. Mientras a Satoru le gustaba el negro, el gris y púrpura a Yuuji le gustaba el amarillo, el naranja, el rojo y el azul.

"Mis ojos son azules como el cielo"

"Mi ojos son Cafés como la tierra"

"Me gusta jugar Shogi con Nanami, siempre le gano"

"Kusikagi-san dice que soy muy ruidoso"

"Los dulces de kioto no son tan sabrosos como los de Kobe"

"Mi mamá insiste en que use kimonos, me gustan más las yukatas"

"Empeze a entrenar con una katana de verdad"

"Ryomen-san dice que no tiene caso que aprenda a usar una katana"

"Yo te enseñaré a usar una, debes saber defenderte"

"Sendai está tapizado de nieve, me gusta más la primavera"

"Mi cabello es blanco como la nieve y mi cumpleaños es el 7 de este mes"

"Mi cabello es rosado como los pétalos de cerezo, pero corto se obscurese, ¿no es curioso?"

"Quiero llevarte a ver los cerezos en flor aquí en Tokio son muy bonitos. Gracias por el Haori, me gusto"

"El 20 de este mes es mi cumpleaños, ojalá pudieras venir"

Seis años pasaron tan rápido que Yuuji no podía creerlo, con dieciséis años recién cumplidos, un baúl lleno de cartas, sus maletas hechas y su lindo kimono de bodas, se dirigió a la finca Gojo en Tokio. La gran boda se celebrará ahí con el inicio de la primavera cerca y que por fin sellaría aquel trato hecho entre dos de las familias más importantes y acaudaladas de sus respectivos pueblos.

Yuuji ya había entendido la gran responsabilidad que caía en su hombros, lo que significaba casarse y darle hijos a su esposo.

Durante todos esos años esos detalles nunca se mencionaron en la cartas, ciertamente ninguna profundizaba sobre su compromiso o roles a desempeñar una vez estuviera casados, todo se mantenía en contarse su día día, como una especie de diario personal pero que podía leer otra persona.

Yuuji ya se sentía lo suficientemente cómodo para contarle cualquier cosa a Satoru pero con respecto a su condición le era casi impensable mencionarlo. Supuso que en cuanto se vieran tendrían que hablarlo y esperaba que al menos Satoru supiera a grandes rasgos.

Su corazón dió un vuelco ante la perspectiva de que por fin podría verse cara cara con quién se sentía tan cerca y a la vez tan lejos, que por fin podría ponerle un rostro real y exacto a quien había idealizado por tanto tiempo

La finca Gojo quedaba a las afueras de Tokio, rodeado de un gran y frondoso bosque, se oía a los pájaros cantar y el ambiente aún que cálido no se sentía bochornoso como Sendai. Durante todo el camino Yuuji se mantuvo tranquilo platicando de vez en cuando con su madre y con Fushiguro quien había aceptado acompañarlos y no llegar al día siguiente como todos los demás invitados.

Aun que no queria decirlo, su querido primo también lo hacía para conocer al susodicho Satoru, debía asegurarse que fuera un buen hombre, pues Yuuji no se podría merecer menos.

Frente a la gran casona de paredes blancas y techos inclinados con tejas café obscuro ya los esperaba una comitiva para su bienvenida, Yuuji sintió su estómago revolverse por la emocion, los nervios empezaron a paralizarle las piernas y una especie de entumecimiento general amenazaba con no dejarlo bajar del carruaje.

Fushiguro bajo primero dando su mano a su tía para apoyarse y bajar, Yuuji escucho saludos y buenos deseos ante su llegada y que el viaje haya sido agradable, pero él no podía moverse, su mente de repente la sintió embotada y en su oídos solo podía escuchar el latido desenfrenado de su pulso.

su pecho sentía que se le iba a romper en mil pedazos por la fuersa de los latidos de su corazón, pero tenía que bajar, estaba siendo grosero al quedarse ahí y si no se obligaba a moverse dejaría en vergüenza a su familia, a su adorada madre y a su querido primo.

Una suave mano lechosa apareció en su campo de vición y sostuvo una de su manos, no se parecía a la de Fushiguro, está era más grande y podía verse la manga de una yukata de color negra y Megumi llevaba una de color verde aceituna, tampoco era su madre. Yuuji levanto la mirada para ver ojos azules claros rodeados de pestañas tupidas blancas, una nariz respingada, labios carnosos que le ofrecía una suave sonrisa y el cabello blanco armonizando a la perfección con ese bello rostro.

—Yuuji-kun~ ¿no vas a bajar?.

Aquel hombre que no necesito subir al carruaje y que solo basto su torso para llegar a él lo miraba espectante, Yuuji pensó que quizás estaba soñando por qué alguien así solo podía existir en historias de fantasía que solia contarle su mamá de pequeño para dormir, o poemas de amor. Rimas que se le componen a los dioses.

—Por cierto soy Satoru.

Yuuji jadeo de forma indigna y fue como si el mundo volviera a ponerse en marcha pero a gran velocidad tratando de recuperar esos segundo perdidos. Las mejillas se Yuuji las sintió arder y su mano humedeserse. Estaba siendo realmente lamentable ante su prometido.

—Tus ojos no son del color de la tierra, se parecen más al azúcar fundido de mis caramelos favoritos que hacen aquí en el pueblo.

Satoru llevo la cálida mano de Yuuji a su boca y en sus nudillos planto un sencillo beso.

Agenos completamente a su entorno no se percataron que fuera del carruaje Nanami el encargado de la seguridad de Satoru lo estaba regañando por su osadía y la madre de Yuuji pedía disculpas por los nervios de su hijo. Fushiguro ponía los ojos en blanco y el resto de la comitiva no sabía que hacer, pues el protocolo marcaba que Satoru permanecería con la cara tapada y recibiría a su prometido; se saludarían cortésmente y se dirigirían al salón principal para saludar a los padres y jefes importantes de la casona Gojo, después los invitados sería llevados a sus habitaciones para descansar y verse hasta la cena. Satoru solo podría descubrir su cara al día siguiente en la ceremonia de la boda.

Nadie sabía que hacer ante la acción del peliblanco pero tampoco estaba muy sorprendidos, así era Satoru.

Yuuji como pudo y sin soltar la mano de Satoru que ofreció, se bajo del carruaje, saludo con una suave y fluida reverencia y antes de poder decir algo, Satoru lo jalo hacia él, noto que se había puesto un velo en la cara y sin esperar a nadie se puso en marcha hacia adentro de la casa.

Nanami solo lo vio y negó con la cabeza, resignado al regaño cuando se supiera del fracaso de los protocolos y dejar a Satoru actuar como un verdadero maleducado.

Apartir de ahí todo se hizo de acuerdo a lo dictado, aún que Yuuji no había podido decir una sola palabra pues aún estaba impresionado por al fin ver a su prometido. Quería pasar más tiempo con él, poder hablar como era debido antes de la ceremonia. Aun que se sabían la vida de ambos al derecho y al revés, no podía evitar sentir que estaba igual de alejado, era como saberse las instrucciones a la perfección pero en la práctica no saber que hacer.

La cena fue tranquila, Satoru no trato de volverse a acercar y no se quitó el velo por nada del mundo, Yuji imagino que la mirada con dagas del tipo rubio que vio a su llegada tenía algo que ver. Y también quizás la presencia de ambos jefes de familia, tanto su padre como el de Satoru se encontraban platicando, sus madres por igual, pero a ellos se les prohibia hablar.

Las reglas dictaban que como pareja solo se les permitía dirigirse la palabra ante los Kamis el día de su boda, para ser bendecidos en su matrimonio, prosperara, traer bendiciones y buenas suerte en su futura vida como esposos.

Yuuji no dejo de pensar que era como tener un muro de cristal frente a Satoru, poder verse por fin pero no tocarse, hablarse ni comunicarse. Tenerlo tan cerca y a la vez sentir que tenía todo un universo separandolos.

La mañana se sentía tranquila, aún que Yuuji pensó que no podrá dormir por los nervios de la boda, termino callendo profundamente dormidoen cuanto su cabeza tocó el futon. Pequeños recuerdos de haber soñado con nieve caer y ojos azul claro mirándolo siempre, en cada movimiento.

Desayunaron en un salón más pequeño, ahora acompañados también por Sakuna, quien había sido el encargado de traer a su padre en otro carruaje y como jefe de la guardia personal de la familia Itadori debía asegurar el bienestar de los suyos, siempre paranoico de que aún que estuvieran en un lugar seguro no podía bajar la guardia, a Itadori siempre se le hizo mortalmente intimidante pero muy confiable.

—Cariño, ¿como te sientes?— Su madre tomo su mano, notando que Yuuji llevaba rato picando su comida y con la mirada distante.

—Bien madre, algo nervioso pero nada que no pueda manejar—Yuuji esboso una de sus grandes sonrisas llenas de dientes y luz.

El baño y los preparativos previos a la ceremonia lo habían calmado los suficiente para que Fushiguro no se preocupara por las uñas de Yuuji, tendencia que tenía cuando los nervios lo sobrepasaban y empezaba a morder, también por qué su madre le había dicho que presentar sus manos en buen estado al momento de tomar de las copas con sake eran parte del ritual, Yuuji dudo que realmente fuera eso, pero su madre estaba en un estado de manía con los detalles y provocar su ira no sería buena idea.

Su Shiromuku yace colgado en un perchero de madera en el medio de su alcoba, el blanco pristino parecía brillar con la luz que entraba de las ventanas abiertas y que daban una hermosa vista a uno de los jardines laterales de la finca.

En ese momento Yuuji supo que no había vuelta atrás, que por fin estaba pasando ese evento tan importante que marcaría un antes y un después en su vida, que por fin se estaba materializando todo aquello de lo que se habló y preparo durante tantos años.

La suave seda se sentía fría sobre su piel y apenas fue conciente de las manos de su madre y la musa que les ayudaba a prepararlo. Cuando el tsunokakushi fue puesto sobre su cabeza supo que ya estaba listo. Su madre puso su abanico en su mano dándole un fuerte apretón, Yuuji volteo a verla; sus ojos grises se humedecian y una sonrisa orgullosa salía de sus labios.

—Te ves hermoso Yuuji.

Dentro del templo y que pertenece a la finca Gojo ya se encontraban los familiares más cercanos a ellos, el monje solemne esperando que ambos entrarán y Yuuji por fin puede ver a Satoru sin el velo; su cabello albino le caia ordenadamente en un flequillo y su Haori hakama lo hace ver imponente, de alguna forma sus ojos azules resaltan más que la primera vez que los vio, asiendo sentir a Yuuji envelezado. Aun no podian hablarse, pero ambos se sonrieron sinceros.

Ambos entraron sincronizados al templo y una vez frente al monje escucharon atentos la oraciones cantadas, se respiraba una ambiente solemne e incienso. Después de presentar sus respetos, ambos se sentaron uno frente al otro en zeisa, una mesita negra de madera lacada entre ellos y dónde se encontraban las tres copas de sake que sellarían su matrimonio.

Ambos levantan la primera copa y Yuuji da los tres tragos mesurados primero, le da la copa a Satoru e igual da los tres tragos, hacen lo mismo con la siguiente copa y la siguiente, ahora están unidos en Santo matrimonio ante los dioses. Unidos en cuerpo, mente y espíritu.

Dos alianzas de oro son intercambiados entre ambos y por fin Satoru puede dirigirse frente a todos a su esposo.

—Esta alianza es el símbolo de que soy tuyo— Satoru coloca el anillo en el dedo anular de Yuuji y se siente irreal, se siente como un sueño, uno del que no quiere despertar por qué es perfecto.

—Esta alianza es el simbolo de que soy tuyo por siempre—Yuuji hace lo mismo y al terminar no puede avitar sonreír a Satoru y que lo toma con la guardia baja por qué aún que el tsunokakushi tapa los ojos de Itadori no evita su belleza, su calidez y su bondad.

Satori no sería él mismo si no hiciera alguna cosa intrépida incluso en su propia boda. En contra de los protocolos se inclina hacia Yuuji para darle su primer beso, uno dulce y tierno, al separarse los ojos caramelo de Yuuji están abiertos en conmoción y sus mejillas tintadas de carmín, no deja que se recupere y toma su mano la entrelaza a su brazo y se presentan ante sus invitados como un nuevo matrimonio. Sus madres los miran con cariño y sus padres aplauden con orgullo.

Satori decide ignorar la mirada molesta de Nanami y Yuuji sonríe a su primo que resopla con exasperado cariño.

Tienen que separarse por el momento para que Yuuji se cambien a su irouchikake. Esté junto a su otro kimono ya están también colgados en sus percheros en la habitación cerca a dónde será la recepción. Yuuji puede oír desde ahí la algarabía de los demás invitados. Los nervios poco a poco dejan su sistema y de repente se siente cansado, pero rápidamente su madre le pone el kimono rojo, este es un poco más pesado que el blanco, pero no menos hermoso, hecho de la mejor seda de su pueblo.

Al reunirse con Satoru, ve que ya está sentado liderando la mesa, dónde hay una gran variedad de platillos y sus invitados lo ven y saludan afectuosamente, deseándole felicidad infinita y prosperidad. Cuando se sienta aun lado de Satoru, por debajo de la mesa se toman de las manos. Satoru se olvida por el momento de los demás y pone total atención es su ahora esposo.

—Te ves hermoso.

Yuuji le dirige una sonrisa tímida y se pregunta si su cuerpo, en especial su cara dejarán de sentirse tan calientes cada que le habla Satoru.

—Tu también te ves muy guapo Gojo-san.

El carraspeo del padre de Satoru llama a todos a guardar silencio; su discurso es principalmente para agradecer la asistencia de todos y por la buena fortuna de ambas familias y la nueva que se formo. Yuuji está medio entendiendo lo que dicen y medio perdido en los ojos de Satoru que lo ven de reojo de ves en cuando. Yuuji nota que Satoru está un poco tenso y que su sonrisa es algo forzada cuando la dirige a alguien que se acerca a saludarlo, sus manos tamborilean en la mesa y juraría que lleva cinco vasos de agua en quizás quince minutos. Nanami lo ronda de cerca y constantemente pone su mano en su hombro para decirle algo al oído y Satoru solo niega con la cabeza.

Dos horas después de haber iniciado el banquete Yuuji se ausenta nuevamente para poder cambiarse al último kimono del día. Su Hikifurisude es de color azul cielo con su obi de color blanco, decide no usar peineta ni ningún accesorio en el cabello dejando su cortos mechones rosas sencillos, también había decidido no usar maquillaje, al fin de cuentas le habia dicho a su madre que cuál sería el chiste de hacerlo ver cómo mujer si el era un hombre, uno especial.

Cuando Satoru lo vio se quedó sin aliento, supo el significado al instante de que vio a Yuuji con esos colores, con sus colores. ¿Era posible amar a una persona así de rápido?

No, ya se conocían de mucho antes, ahora simplemente ya se podían ver, tocar y hablar, el amor ya estaba ahí desde mucho antes, en cada carta, en cada palabra.

Conforme el día avanzaba y los invitados empezaban a partir con el estómago lleno, algo borrachos y entre buenos deseos, Yuuji y Satoru pudieron pláticar por fin. Aún tenían tantas cosas que decirse; Satoru no dejaba de alabar lo bien que se veía y lo afortunados que era, robarle uno que otro beso cuando pensaban que nadie los veía. Yuuji contándoles sobre el hermoso paisaje en su camino hacia la finca, y que mañana darían un tour por todo el lugar y después irían al pueblo por qué el quería ver todo, quería rodearse y aprender de los lugares donde su esposo creció.

A las ocho de la noche los últimos invitados fueron despedidos y ellos llevados al cuerto de Satoru.

Yuuji vio que está habitación era la más alejada de la finca y que daba al jardín tracero. No fue hasta que entraron en la habitación que el corazón de Yuuji volvió a latir con fuerza y velocidad pues la realidad volvía a golpearlo en la cara.

El futón para dos personas ya estaba acomodado en el medio de forma perfecta. Aun lado había una canasta de madera con frutos rojos frescos, una jarra con agua y dos vasos. La realidad de que su matrimonio debía ser consumado y el debía entregarse en cuerpo a Satoru.

Cuando volteo a ver al peliblanco quien tampoco había dicho nada al entrar, Yuuji noto que estaba viendo hacia el futón con la mirada perdida.

—Yuuji, está noche no puedo estar aquí.

Satoru no dejaba de ver el futón y Yuuji de repente entro en pánico.

—¿Po-por que?, ¿Hice algo mal?

Satoru volteo a ver la cara de angustia de Yuuji sintiéndose un imbécil por ser quien la provocará. Tomo con sus grandes manos el rostro compungido y beso su frente, bajo a su nariz depositando otro beso y al llegar a su boca el beso fue más atrevido; invitando a Yuuji a abrir la boca lamiendo su labio inferior y Yuuji lo hizo como si eso fuera natural y lo hubieran hecho ya muchas veces. El corazón les martilleaba y por un segundo olvidaron todo.

De repente sintió su espalda contra la puerta corrediza, las manos de satoru en un agarre firme aún en su cara y el con sus manos rodeo la cintura ajena, el beso subía de intensidad y si ya se sentía desfallecer por la calidez, ese beso lo estába deshaciendo.

Satoru se aparto respirando con dificultad, apretando sus labios en una línea y tenzando su quijada. Yuuji al abrir los ojos vio a los azules y estos eran intensos, dejandolo petrificado en su lugar, sintiendo de repente que lo iban a devorar. Trato de apartarse pero el agarre de Satoru se lo impidió, empezó a sentirse incómodo.

—Gojo-san, ¿estas- está bien?

Satoru salió del trance y se aparto de Yuuji como si esté le quemara las manos. De repente su cara mostró preocupación y se dirigió a las ventanas corredizas abriendolas de par en par, dejando que la brisa fresca de la noche entrara a sus pulmones. Recompuso su semblante y volteando a ver a un Yuuji confundido, le dió una sonrisa brillante.

—No has hecho nada malo Yuuji, has sido perfecto, pero hay algo de lo que debo ocuparme. Te prometo que mañana no te dejare salir de esta habitación.

Yuuji volvió a sonrojarse por lo que implicaban esas palabras. Esquivo la mirada brillante azul y empezó a retorser sus manos. Satoru se hacerco, levanto su cara por el mentón con dos de sus dedos obligándole a verlo nuevamente a los ojos.

—Antes de irme quiero que me prometas que no saldrás de nuestras habitación, regresaré a primera hora de la mañana, lo prometo Yuuji— Satoru le dió otro casto beso y antes de darle oportunidad a Yuuji de afirma una respuesta, Satoru salió por el balcón.

A Yuuji le tomo un segundo reaccionar y salir detrás de él, no sabía exactamente qué lo estaba llevando a desobedecer las palabras de su esposo pero una imperiosa necesidad de seguirlo le hicieron hacerlo.

Apenas le pudo seguir el paso cuando vio que al fondo de aquel jardín lleno de árboles y arbustos altos fue por dónde Satoru se fue.

Al acercarse se mantuvo escondido tras uno de los arbustos y vio que Nanami estaba esperando a Satoru, de tras de él había un pequeño cuarto de adoquines con una pesada puerta de metal. Ambos hombres entraron en ella dejando la puerta abierta. Yuuji sin pensarlo los siguió.

Dentro del cuarto no había más que unas escaleras que iban hacia abajo en espiral, el pasamanos era de metal y un tramo de los escalones también, pero más abajo empezaban escalones hechos de la misma tierra de la cueva. Varias antorchas prendidas iluminando por dónde iba.

Al llegar asta el fondo vio que había varias celdas en hilera tanto ala izquierda como a la derecha con barrotes gruesos, no había nadie puesto que todas las puertas estaba abiertas, y al final del pasillo había otra pesada puerta de metal como la primera y dentro la luz de una antorcha brillaba, el sonido de lo que pensaba eran cadenas se oía con el eco del lugar solitario.

No alcanzaba a escuchar lo que su esposo y su guardian decían, apenas se escuchaban murmullos. Yuuji corrio a esconderse en una de las celdas cuando escucho pasos salir de aquel cuarto, oyó que la puerta fue cerrada con un gran golpe y rechinidos. Las sombras que se proyectaron en las paredes cuando Nanami paso con la antorcha en su mano se veían tetricas y Yuuji pensó que el lugar era realmente sombrío y no entendía que era lo realmente importante en el lugar para que Satoru no estuviera con él en su noche de bodas.

Vio que Nanami salió solo.

Las pisadas dejaron de oírse y cuando escucho la puerta de arriba cerrarse con otro golpe y rechinidos, salió de la celda.

Su curiosidad era demasiada y sabía que no debía de estar ahí, que debía haber confiado en su esposo y haberlo obedecido, pero había llegado lo suficientemente lejos para quedarse con la duda.

Un gruñido alto y gutural le hicieron pegar un brinco del susto. Preguntándose de dónde había venido, volvió a escucharlo y se percató de que venía de detrás de la puerta y en dónde Satoru estaba. Sus piernas le temblaban pero la maldita curiosidad las hizo moverse, conforme más avanzaba a la puerta, los gruñidos y el ruido de las cadenas moverse se intensificaron y cuando estuvo su nariz a centímetros del frío metal, un silencio inquietante se instalo.

Su mano se dirigió a la viga que sellaba la puerta y con fuerza la alzó, era pesada pero nada con lo que no pudiera lidiar.

Dudo un instante si era buena idea entrar pues si Satoru descubría su falta, ¿que le diría para no decepcionarlo?.

Yuuji empujo la puerta con dificultad, dentro no se veía más que obscuridad, ni la poca luz de las antorchas a su espalda alcanzaban a iluminar un poco. Un sonido de un siseo lo hizo dar un paso a tras, pues enseguida también vio algo brillar dentro de esa obscuridad.

Su instinto de supervivencia rogándole salir de ahí lo antes posible o iba a morir, pero en vez de eso dió nuevamente un paso al frente pues lo que brillaba eran los ojos azules a los que rápidamente se familiarizó, que aún que le inquietaban eran los de su esposo.

Cuando estuvo con dos paso dentro de la habitación se arrepintió totalmente de haberlo hecho pues enseguida otros dos pares de ojos azules lo estaban viendo fijamente y el gruñido que había escuchado antes se volvió a oír, haciéndole reberberar hasta la médula. Yuuji no tuvo tiempo de reaccionar cuando el rostro de Satoru estuvo a milímetros del suyo y puedo ver en todo su esplendor los seis ojos azules viéndolo con furia, la boca de Satoru estaba abierta enseñando sus mortales colmillos, las venas de su sien y su cuello hinchadas y si piel ya no era lechosa, ahora era de un blanco sólido. Si esto no era lo suficientemente aterrador, Yuuji noto que de su cabeza a la altura de sus orejas salian dos grandes cuernos negros semejantes a los de las cabras.

Yuuji trato de gritar, de corre, de hacer algo, pero el ser frente a él empezó a moverse desesperado y no fue hasta que oyó dos chasquidos que se dió cuenta que se había liberado de las cadenas que lo ataban.

Yuuji sintió un fuerte golpe en su espalda y sus manos sintieron la tierra rasparlas al ser levantadas sobre su cabeza, al no poderlas mover lavanto la vista y esa cara segia tan cerca, viendolo fijamente sin dejarle escapatoria. Una punzada de dolor lacerante recorrió su muñeca izquierda y al ver sobre su cabeza vio que la gran mano de Satoru las estaba sujetando con demasiada fuerza, sus uñas se habían convertido en garras que amenazaban también con romper su piel y enterrarse sin piedad.

Yuuji supo que iba a morir sin entender nada.

—¡Sa-Satoru, soy-soy yo, Yu-Yuu-ji, por favor reacciona!— La voz de Yuuji se oía rota y aterrada. Su cara en una clara mueca de miedo y las lágrimas ya fluían callendo a cada lado de su rostro. Tenía que hacer algo y hacer que Satoru reaccionara, regresará en si.

—¡Por favor, re-recuerda que hoy nos casamos, soy tu-tu espo-so!. ¡Te lo suplico Satoru no me mates, yo te-te amo, por favor no lo hagas!.

Satoru no parpadeo con ninguno de sus ojos y llevo su nariz hacia el cuello de Yuuji, inhalo profundo el aroma natural de Yuuji con un toque afrutado. Para Yuuji eso fue suficiente para volver a rogar por su vida, para que el hombre del que se enamoro no se la arrebatará.

—Yu-Yuuji te dije que no salieras de la habitación— la voz de Satoru era áspera y gutural, nada que ver con la amable de antes.

El agarre mortal en los brazos de Itadori se solto y Satoru nuevamente se aparto del pelirosa comí si lo quemara, volviendo a meterse a la habitación obscura.

Yuuji se levantó poco a poco, sintiendo el cuerpo temblar pero preocupado por qué si, él era Satoru, su esposo y había retrocedido. Antes de registrar lo que hacía, Yuuji se adentro al cuarto también y con ambas manos busco a tientas a Satoru, encontrandolo agazapado en una de las esquinas.

—Vete, tienes que irte.

Satori abrió los ojos. Regresar a la normalidad después de una transformación era agotador y le dejaba un dolor de cabeza espantoso, el cuerpo agarrotado y sudoroso, sin contar que las cadenas siempre le dejaban marcas violaseas en sus muñecas y que tardaban en desaparecer.

Sintió algo suave y cálido contra su oreja y mejilla a diferencia del frío piso, noto que dos piernas sin sandalias y algo magulladas estaban en su campo de vición, el peso que se instalo en su pecho y estómago amenazaban con hacerlo vomitar pues la tela de la ropa en esas piernas le recordo al bonito kimono azul que se puso Yuuji para él. Esas piernas eran de él, de Yuuji.

Satoru se acostó en su espalda y volteo hacia arriba, se encontró con un rostro sereno y suaves cabellos rosados desordenados callendo en la frente dónde depósito un beso la noche anterior, las manos de Yuuji acunaban su cabeza y noto los ojos hinchados y el rastro de lágrimas secas en las mejillas redondas de su esposo.

Lágrimas empezaron a salir de sus ojos resbalando por los costados y humedeciendo la yukata de Yuuji, su mano la levanto para acariciar su mejilla y aprovechar los pocos segundo de paz antes de la tormenta ,por qué algo era seguro y es que después de esto, Yuuji se iría para siempre.

Su más grande secreto había sido revelado y a la persona que le robó el corazón y había hecho el honor de unirse a él en matrimonio. ¿Quien podría amar a alguien como él después de haber visto el mounstro que era?.

Suaves ojos color caramelo lo veían un poco sorprendidos. La mano de Yuuiji ahora en su mejilla limpiando su lágrimas lo sacaron de sus pensamientos fatalistas y no pudo creer que Yuuji, después de haber sido testigo de lo repulsivo ser que era en realidad, pudiera regalarle una sonrisa tan brillante y sincera, y con suaves y tiernas palabras le diera la bienvenida.

—Buenos días Gojo-san, bienvenido.

Algo en el pecho de Satoru floreció aquel día en medio de un calabozo polvoriento, en medio del miedo y fue la esperanza de que alguien como él podía ser amado a pesar de todo.