«Izuku Midoriya conoce a un sujeto absolutamente desinteresado por vivir. Es su hábito tratar de componer un rostro alicaído, pero la actitud estoica del muchacho es diferente a todo cuanto acostumbra tratar»


4 de abril.


Izuku ya no estaba seguro de lo que sentía.

Cuando estaba con Katsuki, se sentía triste. Nunca se le pudo acercar como él quería. No eran amigos estrictamente, tampoco conocidos, y ahora ya tampoco eran rivales. Si bien formaban una buena dupla, cuando no se requería trabajar juntos eran como desconocidos. Dolía. Toda esa admiración y deseos frustrados que lo hicieron crecer, dolían.

Estar con Todoroki, en cambio, resultaba alentador. Tener un amigo incondicional era indescriptible, sin embargo, si bien ayudó a Shôto a sobrellevar sus problemas familiares, no pudo salvarlo de sus demonios. Todoroki sufrió mucho, y Midoriya aun sentía una puñalada en el pecho al recordar los ojos bicolor vacíos.

Sucedió lo mismo con Iida, Uraraka y su madre: todos le hicieron sentir dolor de alguna forma, pero Izuku no podía culparlos. Necesitaba sacar su frustración sin tornarse hiriente. Toshinori le dio un hálito de paz, no obstante, vivir tranquilo no era lo único que él quería.

Él quería poder sentirse triste y alegre como una persona normal. No reírse cuando tuviere ganas de llorar, ni reprimirse cuando deseara sonreír; sencillamente, dar apoyo, extender su mano a quien lo necesitase y expresar: "Todo estará bien, estoy aquí contigo".

Izuku de verdad quería gritarle eso a Tenko Shimura. Estaba convencido de que con él las palabras dulces no funcionarían, las sonrisas tensas no lograrían consolarlo, ni la rigidez de lo correcto lo calmaría. Entonces, sólo quedaba ser sincero.

Izuku sólo debía dejar de lado su optimismo que, aunque real, amable y bondadoso, siempre dolía. Cuando estaba con Tenko, la única opción era reconocer su propia angustia, cerrar los ojos y dejarse ir.

Extrañamente, aferrarse a ese dolor no dolía.