Bueeenaaaasss... Sí, ya sé que no tengo perdón, pero este año horribilis ha sido eso, horrible, y no me ha dejado tiempo para nada. Pero, ahora que ya no trabajo, puedo dedicarme a terminar de repasar la traducción, publicarla y ponerme con el próximo capítulo (uno de los más difíciles de traducir, por cierto).
Nos quedamos por que Megumi había vuelto con Kanryu sin decirle nada a Sano y, tras desaparecer Kenshin, Kaoru lo había encontrado en el mismo lugar en el que se había ocultado aquella primera vez. Salvo que ahora ha empezado a «despertar». Así que, sin más dilación, aquí lo tenéis. Espero que os guste y que tengáis mucho cuidado donde quiera que estéis.
Notas de Ayezur: De nuevo, advertencia por abusos en la sección desde el punto de vista de Megumi, aunque las descripciones no son tan fuertes como en el capítulo anterior. Id con precaución.
Además, ¡hay un nuevo fanart en mi perfil de "Vaster Than Empires"! Es súper bonito; id y echadle un vistazo.
Nota de la traductora: advertencia por el uso de lenguaje malsonante.
Esta historia se publica sin ánimo de lucro, sólo por el placer de compartir con mis compañeros/as de habla hispana este maravilloso fic, creado por Ayezur y con el mismo título. La historia original y sus personajes pertenecen al mangaka Nobuhiro Watsuki.
CAPÍTULO 12: Pertenezco al Huracán (I belong to the hurricane - Hurricane Drunk)
El largo camino de vuelta a casa fue un escalofriante reflejo de su primer encuentro: Kenshin apoyado casi por completo contra el costado de Kaoru, herido —esta vez no en su cuerpo, pero sí en su corazón y en su mente—, y el propio corazón de la joven latiendo a mil por hora contra sus costillas. Los pocos vecinos con los que se cruzaron por el camino los miraron de forma inquisitiva y ella se preguntó lo que debieron ver al presenciar a Kenshin esconder el rostro en ella. Bueno, que mirasen. A estas alturas todos sabían que se había hecho cargo de un esclavo problemático, todos sabían que su tierno corazón había hecho que acabara con otro inútil al que alimentar. Que sacasen sus propias conclusiones.
El señor Hiko estaba esperando fuera del portón y Yahiko estaba recostado demasiado lejos como para transmitir cordialidad, con ojos oscuros y taciturnos. Ambos se enderezaron cuando Kaoru y Kenshin se acercaron y la joven creyó ver a los ojos del señor Hiko agrandarse de alivio antes de cubrir la distancia que restaba entre ellos en dos rápidas zancadas.
—¿Dónde estaba?
Kenshin se sobresaltó ante el sonido de la voz de su antiguo maestro.
—Junto al río. —Entonces elevó la voz—: Yahiko, ve a la clínica y trae a Megumi; puede que esté en shock...
—No servirá de nada, señorita.
Kaoru giró la cabeza para ver a Sano acercándose a ellos. No corría como a veces hacía, ni paseaba con paso tranquilo como era habitual... Sólo caminaba, con deliberación y calma. Sus ojos eran muy fríos.
—¿Sano? —Ella se desplazó de forma instintiva hasta colocarse entre él y Kenshin—. ¿Por qué dices eso?
—Se ha ido. —Entonces se detuvo justo frente a ella y no pareció ver a Kenshin o al señor Hiko. O a Yahiko. Ni siquiera a ella, no de verdad: sus ojos la atravesaron como si ella sólo fuese semi real, o como si él se hubiese vuelto demasiado real, demasiado nítido y potente para que el mundo pudiese soportarlo. Como una tormenta justo antes de desencadenarse—. Megumi se ha ido.
—¿Ido? ¿Ido a dónde? —La joven sintió al señor Hiko moverse tras ella, sutil y suave como la brisa, acercándose a uno de sus costados para flanquear a Sano y defender a Kenshin—. ¿De qué estás hablando?
—Ha vuelto con ese mierda— escupió Sano—. Con ese hijo de puta de Kanryu.
—¿Qué? —A Kaoru se le encogió la garganta a mitad de la palabra, elevando su voz en espiral hasta que se quebró—. ¿Cómo...?
—¿Cómo coño crees que lo ha hecho? —espetó Sano, el primer chasquido del trueno en la creciente tormenta—. ¡Por su propio pie! Porque tiene la jodida y equivocada impresión...
—Aquí no. —La voz del señor Hiko siguió como el trueno—. Dentro, idiota, a menos que quieras que todo el vecindario se entere.
Sano enroscó su ki1, pareciendo por un momento como si fuera a golpear al señor Hiko, porque sí. Entonces metió las manos en los bolsillos y sacudió la cabeza una vez, con fuerza, como si estuviese intentando sacar algo de ella.
—Bien. —Caminó hacia la reja echándose hacia atrás al andar, pero de forma demasiado rígida y definida como para que fuese el paseo casual que quería que fuese—. Dentro. Entonces hablaremos del tema.
Sólo en ese momento, con la ira de Sano aplacada, se atrevió Kaoru a desviar la mirada hacia Yahiko. Estaba de pie con demasiada quietud, con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo mientras observaba la interacción entre su maestra, su ídolo y el intruso. Abrió la boca para decir algo cuando Kaoru llegó hasta él, pero ella negó con la cabeza, con la pena resonando con fuerza en su interior.
—No, Yahiko. Entra en casa.
—Pero...
Y una parte de ella quería que se quedase. Este tema le atañía, después de todo —trataba de su hogar y de la seguridad de su maestra—. Pero le quedaba muy poca gente a la que pudiera proteger.
—Haz esto por mí. ¿Por favor?
Yahiko apartó la mirada, frunciendo el ceño.
La kendoka2 cogió con suavidad a Kenshin de la mano, liberándose muy despacio de su fuerte agarre. Estaba tan tenso como un cable a punto de romperse, con cada músculo sobresaliéndole con fuerza bajo la piel, respirando como alguien herido.
—Kenshin, ¿puedes...? —La pregunta murió en sus labios cuando el pelirrojo levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Su rostro se veía confuso y su mirada, desorbitada y afligida: había un grito rasgando el espacio que se extendía tras sus dos orbes, excesivamente brillantes, y ella no fue capaz de pedirle que se marchase. No cuando él parecía estar a punto de desmoronarse.
—¿Así que él consigue quedarse y yo no? —Yahiko cruzó los brazos sobre el pecho.
—Da igual. —Sano escupió las palabras como si fuesen una maldición—. En un día o dos todo habrá acabado, señorita. Deja que el chico se quede.
—¿Qué quieres decir con «acabado»? —espetó Kaoru, poniéndose frente a las dos personas de las que estaba a cargo—. ¿Qué está pasando?
—Megumi se ha ido con Kanryu. —Sano sonreía, pero no había alegría en ello, sólo una negra furia que no se le terminaba de asentar en el rostro. Cuando habló (con frases simples y fáciles, como si estuviese hablándole a un niño), su lengua rezumaba veneno—. Va a colocar explosivos. Cuando exploten, atacaremos. Todos —él alzó los brazos al cielo, sonriendo como si estuviera loco—, todo el jodido movimiento. ¡Hurra por nosotros! Será una fiesta. ¿Te apuntas?
—No... no lo entiendo. —Salvo que Kaoru sí lo entendía, porque Sano había estado esperando a que llegase este día tanto como cualquier otro, por lo que sólo una cosa podía haber transformado todo esto en algo tan amargo para él—. No te refieres a que ella va a...
—A eso mismo. —Sano dejó caer los brazos, la expresión de su rostro quedando de nuevo reducida a una oscura mirada asesina—. No era parte del plan, pero Shinomori dice que debe hacerse, así que supongo que eso significa que tenemos que hacerlo, ¿no? Quiero decir, yo sólo soy el imbécil que hace todas las mierdas peligrosas. ¿Qué coño voy a saber yo? Supongo que el capitán en realidad no me dejó a cargo; debí de haberlo entendido mal. Como el tonto del culo que soy. ¡Que es por lo que la gente consigue largarse a misiones suicidas a mis jodidas espaldas! —Esas últimas palabras abandonaron su garganta como un grito de guerra, con la angustia y la ira solapándose de forma tan estrecha que se convirtieron en una.
La mano de Kaoru se le fue a la boca de la impresión. Sintió la presión de sus propios dedos contra los labios como si ella fuese otra persona, como si su cuerpo estuviera separado de su ser por una hoja de papel demasiado tensa.
—Pero ¿por qué? —logró decir, convencida de que se le había pasado algo. Porque Megumi no... No sin motivo. ¡No podía! Tenía más por lo que vivir que cualquiera de ellos: por venganza y redención, y por el lejano día en el que acabasen con Kanryu y pudiera vivir finalmente libre...
Sano apartó la mirada.
—Kanryu se trae algo entre manos —dijo tras una pausa bastante larga—. Algo sobre... Bueno, envió a un hatajo de tipos por los países esclavistas que hay en Europa hace un tiempo y aparentemente volvieron con un montón de ideas sobre cómo hacer el...eso que él hace —realizó un breve movimiento de cabeza en dirección a Kenshin—, de forma más sencilla. De modo que pueda crear una especie de fábrica o algo así. Para hacer esclavos. Y todos serían como... como Kenshin.
A Kenshin se le cortó la respiración, emitiendo casi un sollozo, y ese solo gesto le dijo a Kaoru que no había soñado esas palabras; apenas era capaz de procesarlas, o lo que implicaban. El señor Hiko aspiró una brusca bocanada de aire.
—Eso es imposible —gruñó—. Tus fuentes deben de estar equivocadas.
—Yo no estoy equivocado. —El portón se cerró de un golpe detrás de Aoshi. Parecía desaliñado, como si se hubiese caído en algún sitio y no hubiese tenido tiempo de adecentarse—. Si es necesario, puedo hacer copias de los documentos internos pertinentes.
—¿La información procede de ti? —El rostro del señor Hiko estaba pálido.
Aoshi asintió con la cabeza. Las manos del señor Hiko se cerraron con fuerza en un puño a ambos lados de su cuerpo durante un mero instante. Después se abrieron de golpe, tensas, con los dedos curvados como garras.
—Entiendo. —Su pecho se expandió al inspirar profundamente y miró a Sano con cautela—. Entonces los temores de tu señorita Takani no son exagerados.
—¿Y qué coño importa? —explotó Sano, avanzando con los ojos fijos en Aoshi—. ¡Tenemos que ir tras ella antes de que consiga que la maten!
—No.
Por un momento, Kaoru se preguntó por qué todo el mundo se había girado para mirarla y por qué los ojos de Sano reflejaban tanta traición. Entonces se dio cuenta de que ella había sido quien había hablado, como si tuviera el derecho a hacerlo... Ella había sido la que había dicho «no», y ellos la habían oído y escuchado.
—No —dijo de nuevo, con todo su ser palpitando junto con su frenético corazón. Y no supo de dónde procedían esas palabras, salvo que resonaban a verdad, que la llenaban como los ecos de la campana de un templo—. Tenemos que esperar.
—¿Pero qué coño? —Sano se volvió contra ella hecho una furia y Kaoru se mantuvo firme, extrañamente impávida. Era la misma sensación que había tenido antes, cuando los hermanos Hiruma habían intentado despedazar su mundo: como una fría lluvia cayendo sobre ella, una certeza silenciosa y lenta. En ese momento el mundo pareció sumamente simple, y no supo decir por qué. Sólo sabía que lo era.
—Señor Shinomori —dijo ella, dando un paso hacia delante—. El ataque... ¿está planeado para que lo lleve a cabo toda la organización? ¿Por todo el país?
Él asintió con la cabeza.
—Si nos adelantamos, eso descolocará al resto... —Sus ojos se cerraron un instante, con el corazón rompiéndosele por Sano, por Megumi... La valiente Megumi, que había caminado por propia voluntad hacia el interior de las fauces del monstruo de piedra, igual que una heroína sacada de una leyenda—. Y Megumi... ¿lo que ella va a hacer allí, ayudará al ataque aquí en Edo3? ¿Y parará eso, el proyecto?
—Sí —dijo simplemente Aoshi—. La señorita Takani también está falsificando sus notas, de forma que las instrucciones que se envíen a los otros centros de Kanryu serán erróneas. El proyecto fracasará.
—Tenemos que esperar —dijo volviéndose para mirar de frente a Sano y sintiéndose de algún modo más alta—. Lo está arriesgando todo por esto, para darnos esta oportunidad. ¡Puede que no volvamos a tener una igual! Y ella ha escogido, ha escogido hacer esto. Lo siento, Sano. —Dolía más de lo que jamás hubiese pensado que lo fuera a hacer, verse convertida en una traidora en los ojos del luchador—. Lo siento. Tenemos que esperar.
Edo era la piedra angular. Kaoru lo sabía. Sano lo sabía, a pesar de haberlo olvidado en las profundidades de su furia. Si Edo caía, si se derrocaba al Shogun4, si la finca de Kanryu era destruida y se deshacían del hombre mismo, y este proyecto se paraba antes de poder ver la luz...
—Ella era tu amiga —susurró Sano, con la voz rota por la impresión—. ¡Tu jodida amiga!
—Ella es mi amiga. —Kaoru no alzó la voz. Hacerlo habría parecido una blasfemia—. Así que no permitiré que su sacrificio no sirva de nada. Ella ha escogido hacer esto, Sano —y la voz le falló en ese momento, aunque las palabras sonaban con claridad en su mente: y yo he visto de formas que nunca hubiese imaginado posibles lo importante que es eso, ese poder para escoger, y el horror que sigue cuando te lo arrebatan—. Ella ha escogido.
Sano la observó con detenimiento. La garganta se le movió, con la nuez de Adán subiendo y bajando con rapidez, como si el luchador estuviese intentado tragar algo que se hubiese atascado allí, asfixiándolo. Como si apenas pudiese respirar. Y la cólera, la terrible, oscura y ardiente cólera todavía le brillaba en los ojos, aunque no iba destinada hacia la joven. Y tras esa cólera, creciendo cada vez más, había un dolor mucho más profundo que su furia.
—Sí —dijo finalmente—. Sí. —Él se pasó el pulgar por la punta de la nariz, tratando de hacer una burla sin conseguirlo—. Supongo que lo ha hecho.
Sano se dio la vuelta y comenzó a alejarse, las manos dentro de los bolsillos y su peluda cabeza inclinada bajo un peso invisible.
—¿A dónde vas? —preguntó Kaoru, demasiado vacía para llorar.
—A casa de Katsu —dijo él sin mirar atrás—. Esperaré allí. Como tú has dicho. —Una pausa—. Jefa.
Había cierta acidez en su tono. Aoshi permaneció muy quieto mientras Sano pasaba a su lado, entonces inclinó la cabeza en dirección a Kaoru. Quizá fuese respeto lo que sus fríos ojos verdes reflejaron.
—Regresaré mañana con las instrucciones para el asalto —dijo con total tranquilidad—. Por favor, emplea este tiempo para prepararte.
—Lo... lo haré. —Ella le devolvió el gesto de reconocimiento, aún conmocionada—. Gracias.
El hombre se despidió con una reverencia y se marchó. Kaoru observó cómo se iba.
Fue Yahiko quien rompió el silencio.
—¿Así que eso es todo lo que estabais escondiendo? —Sus ojos negros destilaban ferocidad—. ¡Me lo podías haber dicho!
—Yo... —Kaoru tragó— quería protegerte.
—Bueno, bien —dijo el joven cruzando los brazos—. ¡Pero eso no significa que tuvieses que dejarme al margen! Quiero decir... —Yahiko se detuvo en ese momento, frunciendo el ceño, y algo de mucha más edad para sus años revoloteó por su rostro cuando se fijó en el de la kendoka—. Olvídalo.
El aprendiz se frotó la nuca y miró hacia otro lado.
—Señorita Kaoru. —Era la voz de Kenshin, aún débil y rota por el llanto, pero portando más urgencia de lo que jamás la había escuchado poseer—. Señorita Kaoru, por favor.
—¿Qué es, Kenshin? —La joven vio que estaba temblando: vio que tenía las manos apretadas con fuerza a los lados de su cuerpo y cómo sus ojos se escondían tras su flequillo—. ¿Qué pasa?
—Por favor —repitió, con algo irregular desgarrando los matices de su voz. Se le cortó la respiración—. Ir... a… mañana...
Intentó seguir hablando, formar las palabras que o no estaban ahí o se negaban a salir: consonantes estranguladas y vocales a medio construir, y ella estiró el brazo para rodearlo con él mientras se acercaba a su costado.
—No pasa nada —empezó a decir la joven. Kenshin se apartó de ella, extendiendo las manos frente a él para repelerla.
—¡No! —Salió de la garganta del pelirrojo de igual forma que si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Kaoru se quedó paralizada, con la mano aún extendida, mientras él alzaba la cabeza y ella veía el frenesí que había en sus ojos—. No —repitió, negando con la cabeza sin control—. No, no pued... tener que... mañana. Ir. Tener que...
—¿Ir? —Era difícil pensar más allá del zumbido que resonaba en sus oídos y de la corriente de sangre que bullía a través de sus estrechas venas. Después de todo, ella había querido que ocurriese esto, había querido que dejase de depender de ella, que se valiese por sí mismo. Y aun así dolía, dolía como haberse despertado esa primera mañana sabiendo que su padre nunca volvería a estar allí. Vacío e irreal.
Y a pesar de lo mucho que lo había deseado, había una parte de ella que lloraba de forma agónica por su rechazo, insistiendo en que había perdido algo que nunca había tenido derecho a tener en primer lugar. Kaoru la acalló sin compasión.
—Pero tengo que ir —dijo a través de adormecidos labios—. Al menos para ayudar a los heridos. No puedo echarme atrás ahora...
Otra violenta negación con la cabeza.
—No... Uno... Ir. Mañana. Con... por favor. —Su voz era aguda y tensa. A Kaoru se le paró el corazón.
—¿Tú... quieres...? —Sus ojos estaban abiertos de par en par, sin parpadear; los sintió secarse en los extremos mientras continuaba mirándolo fijamente, y fue incapaz de obligarse a restregárselos para humedecerlos de nuevo. Kenshin asintió, abriendo y cerrando los puños en su ropa cubierta de lodo.
—Sí —dijo, con un huracán de emociones volcado en esa sola palabra.
—¡No puedes! —gritó, ajena a lo que le rodeaba. No importaba que el señor Hiko estuviese todavía merodeando por allí o que Yahiko estuviese observándolos con ojos demasiado oscuros y una mano paralizada en el cuello—. No puedes. —Tenía la garganta seca, seca y dolorida—. Es demasiado peligroso... No puedo permitirte...
—Por favor. —Kenshin cayó de rodillas y ella quiso vomitar. Le estaba suplicando, con más pasión y emoción en su voz rota de la que jamás le había oído antes—. Por favor, señorita Kaoru, por favor...
—No. —Kaoru estaba negando con la cabeza ahora, con tanto frenesí como él, echándose hacia atrás con los brazos en alto y a la defensiva, como si pudiera detener el horror de que él estuviese de rodillas ante ella—. No, no puedo...
Y supo que estaba mal después de todo lo que él acababa de hacer, de lo que estaba haciendo —buscar sus recuerdos, discutir con ella—, que negarse ahora era un insulto a su coraje y a su fuerza. Que ella había estado esperando por que ocurriese esto, por que él desease de nuevo, que escogiese por propia voluntad. Pero todo lo que era capaz de ver era su esbelto cuerpo yaciendo roto en algún sangriento campo de batalla, con sus ojos nublados y ciegos. En todo lo que podía pensar era en «y si». —¿Y si Kanryu lo encontraba en el tumulto, lo encontraba e imponía su voluntad sobre él? ¿Y si su espíritu desfallecía y volvía a caer en la oscuridad...?
—¡No puedo! —Su voz se rompió—. Kenshin, no puedo...
El rostro de Kenshin estaba pálido y cansado por el esfuerzo de hablar, de discutir con ella, independientemente de lo incoherente que lo hiciera. Estaba realizando esos extraños, fútiles ruidos de nuevo, intentando pronunciar palabras que no conocía o no podía formar.
—Señor. —Él miró más allá de la joven, hacia donde el señor Hiko se alzaba como el pico de una montaña—. Señor... diga... por favor. —Sus hombros se hundieron al esforzarse en respirar, cada línea de su cara resaltando con absoluta claridad alrededor de sus frenéticos y brillantes ojos—. Por favor.
Su antiguo profesor dio un paso hacia delante y entonces —inesperadamente— apoyó una rodilla en el suelo, haciendo contacto visual con su descarriado estudiante.
—¿Decirle qué, Kenshin?
La voz del señor Hiko era tan amable que la aterrorizó. Kenshin se humedeció los labios, tomando una temblorosa bocanada de aire, sin perder nunca el contacto visual con el señor Hiko, observándolo con determinación y una terrible esperanza.
—T...Tomoe. Diga. Por favor. No puedo...
El hombre de más edad se quedó muy quieto. El mundo pareció hacer lo mismo. Sólo la fuerte respiración de Kenshin rompía el silencio; eso y los amortiguados sollozos ahogados de Kaoru.
—Muy bien —dijo al fin. Kaoru creyó que la voz se le había entrecortado, por sólo un momento.
—Kamiya, dijo el hombre, poniéndose en pie—. Ve adentro. Tú también, Kenshin. Es una larga historia; será mejor que nos sentemos. Y tú, chico... —Se giró hacia Yahiko, quien lo fulminó con la mirada y adoptó una postura más firme. El señor Hiko dejó escapar un suspiro—. ¿Vamos a tener que volver a pasar por esto?
—Nadie me va a dejar fuera otra vez. —Yahiko alzó la barbilla—. De todas formas, Kenshin es familia.
El señor Hiko rio por la nariz.
—De todas formas, no tengo tiempo para discutir contigo. Todos adentro entonces. —El hombre pareció suspirar—. No quiero tener que repetirlo.
La historia fue tal que así:
En ese tiempo, Hiko había vivido en una pequeña cabaña en lo alto de una montaña que no interesaba a nadie. Un pueblo había anidado a sus pies, lo bastante grande como para atraer a una cantidad decente de mercadería. Después de todo, había cosas que la naturaleza no era capaz de proporcionar —como una jarra decente de sake—. Así que Hiko vendía su cerámica a través de la familia Kiyosato, la cual había dirigido el pueblo desde el alzamiento de los Tokugawa5. Era un acuerdo decente, siempre que nadie señalase que los Kiyosato estaba actuando como mercaderes —El orgullo samurái demandaba que se viesen a sí mismos como los mecenas del maestro de Kenshin.
Hiko lo había comprendido; él mismo había sido samurái, una vez, antes de haber perdido su nombre.
Después de haber adoptado a Kenshin había empezado a llevarse al chico con él en los viajes que hacía mensualmente cuando bajaba de la montaña. Al principio fue porque aún estaba demasiado nervioso y cohibido como para dejarlo solo y después porque simplemente se había convertido en costumbre. Así que cuando la hija mayor de la familia Yukishiro, una chica llamada Tomoe, vino a quedarse con la por entonces familia de su prometido antes de la boda —alguna sandez imperiosa de su futura suegra, preocupada porque la chica no tenía una madre que le enseñase las «artes femeninas»—, Kenshin la había conocido y...
El señor Hiko se detuvo ahí, echando un vistazo hacia donde se encontraba Kenshin, arrodillado en ángulo recto con respecto a Kaoru y él mismo. Kaoru estaba frente al señor Hiko y la joven siguió la mirada del hombre hacia las manos de Kenshin, las cuales se cerraban con tanta fuerza en la tela que le cubría los muslos que sus nudillos estaban tan blancos como la nieve.
—Lo siento —susurró, con voz parecida a la del niño que había sido—. Lo siento. Yo lo siento...
—No pasa nada —dijo Kaoru con el corazón desgarrándosele en el pecho, y no se atrevió a estirar el brazo para tocarlo. No después de su reacción anterior—. No hiciste nada malo. No lo hiciste.
Kenshin sólo bajó la cabeza, sin decir nada.
Yahiko —situado entre Kenshin y ella— parecía como si ya tuviese una idea de cómo iba a acabar la historia.
—¿Continúo? —preguntó el señor Hiko. No había sarcasmo en su voz. Kenshin asintió a duras penas y el señor Hiko retomó el hilo de la historia de nuevo, un poco más despacio esta vez.
El hijo de Kiyosato, Akira, el prometido de Tomoe, había caído enfermo. Con una enfermedad extraña, posiblemente occidental, que el doctor no sabía cómo tratar y que lo hacía sentir tanto dolor que casi le impedía pensar, aunque no presentaba ninguna herida externa. Sus padres habían estado buscando una cura para su doliente hijo y encontraron la promesa de una en Kanryu.
—Medicina occidental —dijo el señor Hiko—. Más avanzada que la nuestra. Prometió pagar por el tratamiento de su hijo si... —Él miró a Kenshin otra vez.
—No sabía —afirmó Kenshin con dificultad—. Mintieron. —Estaba temblando como una hoja, con tanta fuerza como para que Kaoru pensase que podría caerse a pedazos.
—Sí —concedió el señor Hiko—. No se lo dijeron a la chica. Sólo le dijeron que la ayuda de Kenshin podría servir para curar a su hijo, su prometido, y le pidieron que lo convenciese para que se la prestara. Se lo rogaron como su futura nuera. Ella lo hizo. Discutimos por ello, él y yo... —El señor Hiko se detuvo de nuevo, cerrando los ojos durante un breve instante.
»No fue culpa de la chica —dijo, como si doliese admitirlo—. El chico era su prometido. Los padres de él le mintieron. Les mintieron a ambos.
Kenshin había abandonado a su maestro y el señor Hiko lo había dejado irse. Había bajado la montaña, se había reunido con los padres de Akira. Ellos le habían dado las gracias por su amabilidad. Por estar dispuesto a prestar sus servicios a su amiga, a pagar la deuda del tratamiento de su hijo.
Mentiras. Todas ellas. Kenshin había ido a encontrarse con quien pensaba que era el hombre al que le iba a hacer un favor, alguien que saldaría las cuentas de los Kiyosato. Se había encontrado con una emboscada. Y Tomoe había estado allí, aunque se suponía que no debía estar allí. Por casualidad, había escuchado a los Kiyosato hablar poco después de que Kenshin se hubiese marchado, dándose cuenta de lo que ocurría, y había ido corriendo a avisarlo...
Kenshin emitió un lamento, bajo y lleno de dolor.
—No sé exactamente lo que pasó —dijo el señor Hiko en voz queda. La luz del sol que se filtraba procedente del jardín era demasiado brillante; hacía que la escena pareciese irreal, con los ángulos y los contornos de la habitación demasiado definidos en contraposición con las profundas sombras—. Yo no estuve allí...
—Mi culpa—. Kenshin estaba susurrando otra vez—. No pude detener... no pude proteger...
—¡No, Kenshin! —Kaoru estuvo a punto de ir hasta él en ese momento, conteniéndose a duras penas—. No es... Es culpa de Kanryu, no tuya; no podías haber hecho nada...
—Mi culpa —insistió, aferrándose a ello como un hombre que se está ahogando—. Mía. Tengo que... arreglar... tengo que...
Había algo allí, luchando bajo la superficie. Ella casi fue capaz de ver su forma, de casi darle un nombre. Pero sin llegar a conseguirlo: o quizá tan sólo era que lo que vio perfilado ahí era demasiado horrible para poder soportarlo.
Yahiko interrumpió, frunciendo el ceño.
—Pero ¿por qué quería Kanryu a Kenshin?
—Estaba buscando sujetos de pruebas —dijo el señor Hiko, parco y preciso, y clavó su vista con dureza en el espacio que había justo sobre la cabeza de Kaoru—. La descripción de Kiyosato lo llevó a pensar que Kenshin sería... mejor sujeto de pruebas que los anteriores.
Yahiko tragó.
—Así que lo vendieron —dijo con la voz llena de ira—. Bastardos.
La kendoka tuvo la impresión de que siguieron hablando, pero sus voces se fueron difuminando y perdiendo mientras Kaoru miraba a Kenshin: sentado encorvado sobre sí mismo, temblando y doblado bajo un peso que apenas era capaz de transportar. «Mi culpa». Su ronco susurro se repetía, desesperado y lleno de sufrimiento. «Mi culpa».
—Kenshin...
Él alzó la vista hacia ella y sus brillantes ojos no estaban anegados de lágrimas, pero la joven pudo verlas igualmente, escondiéndose en sus oscuros bordes. Megumi lo había hecho también, hacía semanas. Llorar sin derramar una sola lágrima.
—Está bien —le dijo—, lo entiendo. Yo...
Su garganta se le cerró cuando pensó en él, en el chiquillo que había sido. Apenas mayor que Yahiko. En la chica a la que había amado y en la lealtad de ella hacia su futura familia. La lealtad de la que se habían aprovechado, que habían traicionado. Para salvar la vida de su hijo. Pensó en la chica cuyo rostro no conocía corriendo, dando la voz de alarma, y el chasquido de un arma de fuego o el tajo de una hoja (¿cuál había sido?, se preguntó) y Kenshin gritando mientras la sangre escapaba sin nada que la detuviese y teñía la tierra.
—Iré contigo —dijo ella en el silencio que se había producido mientras había estado observando a través de los años—. Iremos. Juntos. Si quieres. Tú no... no tienes que hacer esto solo.
Él inhaló una larga y temblorosa bocanada de aire y lo dejó salir en un gran jadeo, como lo haría un hombre exhausto.
Entonces Kenshin inclinó la cabeza. Era una reverencia torpe y nerviosa, sin la suave elegancia a la que estaba acostumbrada y pensó, sin ninguna razón aparente, que era la primera vez que él le había hecho una reverencia.
Porque le pareció lo apropiado, ella se la devolvió.
—Gracias —dijo él, y Kaoru no deshonró su coraje con sus lágrimas.
Kenshin se calmó un poco después de eso, aunque cuando Kaoru lo miraba con atención aún podía ver un leve temblor en sus manos. Supuso que debía sentirse como ella, inquieto e impaciente, sabiendo que no había nada más que pudieran hacer por el momento, pero sintiendo la necesidad de hacer algo a pesar de todo. Al menos él tenía su jardín; volvió a pensar en ofrecerle su ayuda, pero después decidió no hacerlo. El jardín era de Kenshin y él no la había invitado a compartirlo. Lo que importaba, de alguna oscura forma.
Yahiko se había marchado poco después, con la determinación y la intención escritas en cada línea de su rostro. Ella lo había detenido cuando estaba a punto de salir por el portón, con un miedo repentino trepándole por la garganta.
—Yahiko, ¿a dónde vas?
—Afuera —contestó él, inclinándose hacia atrás con las manos en los bolsillos y pareciéndose por un momento tanto a Sano que el corazón se le oprimió en el pecho—. Tengo que terminar una cosa para mañana.
—Yahiko —comenzó a decir ella—, sé lo mucho que quieres ayudar, pero...
Él negó con la cabeza.
—No. No es nada de eso. Es otra cosa. Ya lo verás. —Entonces inclinó la cabeza a un lado, como si algo se le acabase de ocurrir de repente, aunque por el reflexivo brillo que había en sus ojos Kaoru imaginó que no era una idea tan repentina—. Oye, aunque ¿puedo ir a la clínica y preguntar al doctor Oguni si me deja ayudar? Probablemente se va a encargar de los primeros auxilios y cosas así. Será un lugar lo bastante seguro, ¿no?
Ella no pudo negar la lógica de su exposición. El doctor Oguni no iba a participar en la guerra en sí con lo mayor que era, pero estaría a cargo de las labores de apoyo. Y era inútil decirle a Yahiko que no se implicase, como si eso fuese alguna forma de garantizar su seguridad en la inminente batalla. La cual bien podría devorar a todo Edo antes de acabar.
Era la mejor solución. Ciertamente más práctica que maniatar a su estudiante y enviarlo a Sapporo6, la cual era la única opción en la que podía pensar.
—Está bien —concedió Kaoru—. Aunque sólo si el doctor Oguni también cree que es buena idea.
—Pues claro. —Él alzó el rostro sonriéndole de forma tranquilizadora—. Aprendo rápido, ¿recuerdas?
—Entonces ve. ¡Y regresa antes de que se haga de noche! —le gritó mientras su alumno salía disparado. Él se despidió con la mano, desapareciendo en el camino.
El señor Hiko estaba de pie al lado del porche frontal, poniéndose las sandalias. El día todavía estaba claro y con una luminosidad demasiado extraña para lo que estaba por venir. El sol se alzaba en su punto más alto, cayendo a plomo como un cálido abrazo.
—¿Se marcha? —Hacía dos días Kaoru no habría querido otra cosa que verlo marcharse. Ahora, en cambio... sus ojos habían tenido un aspecto extraño mientras contaba la historia de Kenshin. Mayores que su rostro: casi atormentados. Había continuado mirando a Kenshin de forma furtiva, buscando confirmación y callándose si parecía que Kenshin iba a decir algo, lo que fuese, aunque sólo fuese uno de esos terribles y sordos sonidos como si hubiese olvidado cómo hablar.
—Dudo mucho que mi presencia aquí sirva para nada —dijo, ajustándose la espada en el cinturón—. Y yo también tengo algo que debería hacer en el tiempo que queda. Regresaré mañana por la tarde, si es oportuno.
—No es como si pudiera detenerle —puntualizó ella, incapaz de no darle un tinte de irónico divertimento a su voz. Él alzó la vista, de repente serio.
—Vamos a no probar esa teoría, ¿hm? —La comisura de sus labios se curvó brevemente hacia arriba—. Profesora.
Ella se quedó mirándolo, perpleja. De algún modo, la palabra sonaba extraña, aunque no estaba siendo maleducado. Pero la joven nunca habría esperado escucharla de él, de este hombre extraño y duro que había tratado el dolor de Kenshin como un fallo personal.
—¿O prefieres «maestra auxiliar»? —continuó él, caminando en dirección al portón.
—Profesora está bien —dijo la joven de forma automática y se contuvo de preguntar por qué en el último momento. Él pareció escucharla de todos modos.
—La espada que protege... —Entonces él se detuvo, junto al dintel—. No puedo decir que crea en la filosofía de tu escuela, pero tengo que admitir que la defiendes bien. ¿Mañana por la tarde entonces?
Kaoru asintió con la cabeza, incapaz de decir nada. Con una reverencia cortés, el hombre se marchó.
Habiéndose marchado todo el mundo excepto Kenshin y con éste trabajando duro en su jardín, arrancando las malas hierbas que quedaban con una intensidad frenética, Kaoru no tenía nada que hacer. Así que se encaminó al dojo7: al final hacía un día lo bastante cálido para entrenar con las puertas abiertas y la sala de entrenamiento estaba lo bastante cerca del plantío como para poder vigilar a Kenshin. Él no pareció darse cuenta, absorto como estaba en su trabajo.
Escuchó regresar a Yahiko a primeras horas de la tarde y fue a recibirlo. Kenshin sólo alzó la cabeza durante un breve instante antes de tirar con más fuerza de una planta especialmente obstinada, moviéndola de un lado a otro hasta arrancarla de raíz.
Su estudiante portaba un paquete largo y estrecho junto con un montón de comida para llevar procedente del Akabeko8. El primero se lo quedó; el segundo se lo ofreció con un tímido encogimiento de hombros.
—Me pareció que sería más fácil, ¿sabes?
—Tienes razón —dijo Kaoru, secándose una gota de sudor antes de que se le pudiese meter en los ojos—. ¿Puedes llevarlo adentro? Debería darme un baño rápido y cambiarme—. No pudo evitar fijarse en el paquete, confusa y un poco preocupada: era lo bastante largo como para poder ser un montón de cosas, pero su forma se asemejaba sobre todo a una espada.
La joven pensó en preguntarle, en hacer un drama, pero estaba muy cansada y, en todo caso, él era demasiado listo como para hacer eso.
—Claro —dijo Yahiko, marchando con dificultad hacia la cocina.
Ella se detuvo junto al jardín de camino a la sala de baño.
—¿Kenshin?
El hombre alzó la vista; se sentó sobre sus talones sin dejar de mirarla. Tenía los dedos ennegrecidos de la tierra. El sudor le había pegado algunos mechones de pelo a la piel y sus ojos portaban una mirada pasmada y atormentada, como un hombre luchando por mantenerse a flote.
—Es hora de la cena —comenzó la joven, sin estar muy segura de en qué punto se encontraban las cosas entre ellos—. Yahiko nos trajo comida del Akabeko, así que no tienes que hacer nada, aunque de verdad que deberías comer algo. ¿Vale?
Kenshin la observó durante un buen rato, como si se hubiese olvidado de algo. Tragó.
—Sí, señorita Kaoru —dijo al final, y se puso en pie con extremada y cuidada gracia.
El paquete misterioso de Yahiko había desaparecido para cuando Kaoru entró en la casa, temblando un poco debido al agua fría del pozo. Kenshin estaba comiendo en la cocina, como siempre hacía, salvo que Yahiko había llevado la mesa hasta el mismo borde del suelo elevado del comedor, de modo que casi estaba sentado con ellos. Y fue Yahiko quien mantuvo la conversación, hablando de cosas que no eran muy importantes —sobre cotilleos del vecindario, su trabajo y el festival a final del mes—. Era reconfortante. Casi normal.
Aunque no del todo.
Yahiko se ofreció a lavar los platos y a cerrar por la noche.
—Últimamente pareces un poco cansada —dijo él de forma queda, recogiendo los platos—. Deberías de descansar algo más antes de mañana y todo eso.
Fue la única referencia que hizo en toda la tarde a lo que estaba por venir.
—En cuanto a eso… —comenzó a decir ella. Entonces se detuvo—. En cuanto a eso, ¿has hablado con el doctor Oguni?
—Sí. Dice que no debería haber ningún problema. Trabajaré en la clínica y todo ese rollo. Así que no te preocupes, ¿vale?
La mirada que le echó era tan seria que la garganta de la joven se llenó repentinamente de cosas que la experiencia le había enseñado a guardarse: él ya las sabía. Kaoru percibió un eco de hombría y madurez en la forma en la que su aprendiz mantuvo la espalda recta mientras se llevaba los platos.
—Muy bien, entonces —dijo Kaoru, sintiéndose con mayores ganas de sonreír que en los últimos días—. Me iré a la cama.
—Te veré mañana por la mañana —profirió él desde la cocina. Kaoru se levantó y se encaminó hacia su dormitorio.
Tras un momento de duda —lo sintió, pero no se atrevió a mirar hacia atrás por si él se confundía pensando que debía obedecer cuando no quería hacerlo—, Kenshin la siguió.
El pelirrojo esperó pacientemente en el pasillo hasta que ella le dijo que entrase y se quedó allí de pie durante un momento con los talones un poco alzados del suelo, como si estuviese aguardando algo. Por norma general, él se dirigía a su pequeño espacio tras el biombo de forma inmediata. El momento fue tan breve que ella no se percató de lo que había pasado hasta que hubo acabado y, en cuanto Kenshin no logró lo que fuese que estuviese esperando conseguir, ya se había marchado y se estaba acomodando tras su biombo, silencioso como un fantasma. Todavía había luz afuera, aunque estaba oscureciendo; suficiente luz como para que Kaoru no se molestase en encender un farol. En vez de eso, se tapó la cabeza con las sábanas y cerró los ojos.
Kaoru no durmió. Ni tampoco permaneció despierta. Sino que vagó a la deriva en un extraño crepúsculo en el que su cuerpo no parecía el mismo, su mente no paraba quieta mientras su exhausto cadáver se hundía en el futón, sobrecargado por su propio gran peso. Sus pensamientos fueron erráticos y dispersos, yendo desde afiladas rocas que parecían dedos queriendo agarrarla al sabor a sangre en la lengua, al olor a rosas y a los extraños jadeos que había proferido Kenshin intentando hallar las palabras que durante tanto tiempo no le habían permitido usar. Los músculos le dolían; su cuerpo suplicaba descansar, pero los enlodados hombres y mujeres de ojos sin vida enterrados bajo el rosal no la iban a dejar dormir…
Sus manos ensangrentadas le tiraron de la manga.
Los ojos de Kaoru se abrieron de par en par.
Se incorporó jadeando. Kenshin se apartó asustado.
—¡Kenshin!
Él se encogió, cayendo hacia atrás sobre sus manos. Kaoru apretó la mano contra la boca, respirando con dificultad: su corazón latía con fiereza, pum-pum-pum, como puñetazos lentos y fuertes contra las costillas.
—Me… me has asustado —exhaló, intentando dejar de temblar—. ¿Qué es? ¿Qué pasa?
Kenshin se quedó mirándola, parpadeando. La luz de la luna le caía sobre el rostro, surcada con sombras en donde la celosía de madera se cruzaba con el papel de arroz. Parecía medio-salvaje, más raro que nunca, con los ojos reflejando casi humanidad.
—No pasa nada —dijo ella y contuvo las ganas de pasarse los dedos frenéticamente por la trenza. En vez de eso, entrelazó las manos con cuidado sobre el regazo—. Sólo estaba teniendo una pesadilla.
Él se inclinó hacia ella, con el rostro tenso por alguna innombrable necesidad. Kaoru se mantuvo muy quieta mientras los dedos del pelirrojo le rozaban la manga. Una, dos veces… Y entonces agarró el tejido con fuerza, suspirando como lo haría una antigua tumba al abrirse.
—¿Kenshin?
Él agachó la cabeza, pero no la soltó.
—Oh…
La calidez que la recorrió debería haberla aturdido otra vez, inundándola de sentimientos de culpa —¿qué derecho tenía a alegrarse de que él buscase consuelo en ella, cuando no tenía verdadera elección para ello? —, salvo que antes había dolido, verlo apartarse de ella.
Él la había rechazado, por primera vez: si ahora se acercaba a ella, ¿estaba mal creer que quizá era, sólo un poco, porque él escogía hacerlo?
Estaba tan, tan cansada de sentir dolor…
Kaoru colocó la mano con cuidado sobre la de Kenshin.
—De acuerdo —dijo la joven, apretándosela ligeramente—. Pero necesitamos dormir… Mira, vamos a coger tu futón, ¿vale?
Él permaneció a su lado como una sombra aturdida y obediente mientras ella disponía su cama junto a la de ella, sin que llegasen a tocarse. Tuvo que instarlo para que se acostase; él parecía no saber cómo hacerlo. Sin embargo, finalmente estuvieron tumbados el uno al lado del otro en sus propios futones. Kenshin estiró el brazo para agarrarle la manga y ella le capturó la mano con la suya propia. Sus dedos se entrelazaron. La mano del pelirrojo era cálida y rugosa por sus callosidades, con la tierra aún alojada entre sus uñas.
—Todo va a salir bien, Kenshin —dijo con suavidad la joven, y casi se lo creyó ella misma.
Al final, la kendoka se durmió. Y durante el resto de la noche sólo fue consciente de la respiración rítmica y regular de su compañero de habitación.
Y llegó mañana.
Llegó reptando por los tejados como un gato receloso, deslizándose a través de los callejones e introduciéndose en casuchas, casas y grandes mansiones resplandecientes. Llegó para todos, sin hacer favoritismos, y no fue ni amable ni cruel. Llegó sin alboroto alguno, porque eso era lo que el mañana hacía.
Yahiko se despertó esa mañana con el corazón en la boca, sabiendo que hoy era diferente, aunque sin recordar por qué. El regalo yacía apostado en una esquina de su habitación, esperando a ser entregado. No sabía con exactitud cuándo lo iba a hacer. Sólo que tenía que ser hoy.
Kaoru y Kenshin ya estaban despiertos cuando entró en el comedor con paso lento, siguiendo el aroma del desayuno. El rostro de Kaoru estaba tan tenso como un tambor viejo y su sonrisa comenzaba a flaquear.
—Buenos días Yahiko.
—Buenos días. ¿Ha venido ese tipo ya? —«Señor Shinomori», lo había llamado Kaoru. Era el hombre más frío que Yahiko había visto en toda su vida.
Ella asintió con la cabeza.
—Ya sé cuál es mi puesto. —Su voz era queda.
—De acuerdo. El doctor Oguni quiere que me pase por allí esta tarde —dijo él, acordándose de pronto de ello, y eso resolvió el problema: se lo daría antes de marcharse y esperaba que fuese suficiente—. ¿Te parece bien?
—Sí, si es lo que quiere. —Las manos de la joven estaban plegadas con cuidado en su regazo. Él quiso, un poco, enfadarse con ella. Por haberlo mantenido al margen, por tratarlo como a un niño. Salvo que había visto la hueca luz en sus ojos cuando había defendido la decisión de Megumi, cuando Sano se había largado (y eso lo había hecho sentirse incómodo, como si se hubiese comido algo ligeramente podrido, porque Sano era fuerte y los fuertes no se largaban, ¿verdad?).
Quizá más tarde, mucho más tarde, después de que todo esto hubiese acabado, podrían hablar de ello. Pero no servía de nada sacar el tema ahora.
—¿Qué hay de desayuno?
—Nada especial —contestó ella—. Lo de siempre.
—¿Vamos a dar clase hoy?
Kaoru titubeó.
—Yo… no estaba segura…
—Porque lo que quiero decir es que no debes bajar el ritmo. ¿No es lo que dices siempre? —Yahiko habló por encima de ella, sin estar seguro de de dónde venían las palabras, pero sabiendo que exponían algo que necesitaba decirse—. No puedes saltarte un día sin ningún motivo justificado. En todo caso, creo que por fin estoy cogiendo eso que me enseñaste. —Él lo realizó, casi golpeando los platos y tirándolos al suelo—. Un par de días más y lo tendré.
Cuando volvió la vista hacia ella, la joven tenía la mano en la boca y no supo si era para ocultar una sonrisa o un repentino sollozo.
—Muy bien —dijo ella al fin con cierta tensión en la voz—. Entrenaremos después del desayuno.
La voz de Kaoru era fina y estaba a punto de romperse, pero sus ojos reflejaban una sonrisa.
El laboratorio de Megumi estaba justo como lo había dejado. La primera habitación —la clínica— sin duda había cambiado en el tiempo que había estado fuera. Alguien había tenido que seguir atendiendo a los esclavos cuando éstos representaban una inversión demasiado grande como para permitirles morir de causas que pudieran evitarse. Kanryu había redecorado las zonas de trabajo de forma espléndida, sin reparar en gastos. Pero las habitaciones interiores, la oficina privada de la doctora, esa parte no se había tocado, y Megumi se preguntó por qué.
Entonces su mente se detuvo. Sabía por qué: estaba escrito en los pétalos de rosa azulados y negros de su piel y en el intenso dolor entre sus piernas. En la autocomplaciente sonrisa que había engalanado el rostro de Kanryu esa mañana y en su animado canturreo mientras se anudaba la corbata.
Una noche más. Tenía que soportar una noche más y entonces todo habría acabado. Una noche más en la que separar el ser de la carne y no pensar —ni una sola vez— en leales ojos marrones y una áspera risa. Una noche más. Podía sobrevivir una noche más.
El desayuno le caía demasiado pesado en el estómago. No había tenido hambre, pero había comido de todos modos, luchando por mantener la calma mientras la bilis había tratado de abrirse camino hasta su garganta. Kanryu había tenido mucho apetito, así que ella había necesitado tenerlo también. Era así de simple.
Hoy debía revisar el progreso de los meses anteriores y empezar a descomponer tanto su fórmula como el proceso en partes pequeñas y reproducibles. El objetivo era hacerlo lo bastante simple como para que pudiese producirse en masa, pero de tal forma que mantuviese en secreto los componentes esenciales. Sin problemas; en realidad no era algo tan difícil de hacer. No si no te importaba conseguirlo o no.
No; sí que le importaba. Ella estaba obligada a no conseguirlo: tenía que darle a Kanryu algo que le hiciese pensar que era lo que él había pedido. Aunque en realidad tenía que ser inservible. Porque la fórmula debía enviarse a las nuevas plantas de producción hoy y Megumi no podía llevar a cabo su misión hasta esta noche. No había tiempo. Así que no podía permitirse no cumplir su cometido en el tiempo que le habían asignado. Todo tenía que ser perfecto. Ella tenía que ser perfecta.
Megumi cogió el pincel, lo sumergió con cuidado en la tinta y comenzó a escribir.
Había cierta paz aquí, envuelta en sus fórmulas. Siempre que no pensase demasiado —siempre que no se permitiese recordar las almas rotas al otro lado de su puerta—, podía perderse en el complejo puzle del cuerpo humano y casi dejar de sufrir. Era la única cosa que Kanryu no podía quitarle: podía contaminarlo, retorcerlo, usarlo para sus propios fines, pero no podía robárselo. Él apenas era capaz de comprenderlo; su genialidad residía en otro lugar, en los números, en la eficiencia y en explotar las grietas del alma humana. Era la razón por la que había necesitado que ella lo aconsejara. Era la razón por la que la necesitaba.
Al menos ésa era una de las razones.
Alguien llamó a la puerta y dejó el pincel a un lado.
—Adelante.
El hombre que asomó la cabeza por su puerta era bajito y fuerte, con una cara de bulldog y brillantes ojos negros. Sonrió al verla.
—Señor Yamanashi.
—Buenas tardes, señora —dijo él, tocándose la frente con dos dedos mientras hacía una reverencia—. He oído que había vuelto. Me alegro de volver a verla.
El señor Yamanashi era uno de los capataces de Kanryu que trabajaba en los pozos en los que rompían a la gente: él revisaba la administración de la droga y la tortura que hacía añicos sus espíritus y los dejaba como conchas vacías que volver a moldear. Megumi lo había visto golpear a una mujer de su misma edad hasta que había vomitado sangre, lo había visto levantar a un hombre moribundo sobre los hombros sin inmutarse y tirarlo sobre la pila de basura con el resto de los desechos, había sido incapaz de apartar la vista cuando había arrancado a un bebé del pecho de su madre y le había roto la mandíbula a la pobre mujer cuando ella había intentado impedírselo.
Además, el señor Yamanashi a veces le había traído té cuando ella se había quedado trabajando hasta tarde. La había reconfortado, en sus primeros días allí, cuando había llorado por su familia y su inocencia. Ese hombre tenía una esposa a la que amaba más que a nadie en el mundo, y dos niñas pequeñas a las que adoraba. Megumi las había conocido, en alguna que otra ceremonia, y visto el eco del calor de su propia familia en ellos.
La mayoría de los hombres que trabajaban aquí eran como él: hombres que amaban a sus familias, que pensaban en ella con cariño y trataban a sus mujeres e hijos con amabilidad. Quienes hablaban de educar a sus hijos varones para que siguiesen el negocio familiar y de encontrar buenos partidos para sus hijas. Buenos hombres, quienes simplemente venían a trabajar cada día y tenían un trabajo que llevar a cabo.
Algunos de esos hombres estarían trabajando en el turno de noche mañana por la mañana, cuando las bombas estallasen.
—Me alegro de haber vuelto —mintió—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Sólo pensé en pasar a saludarla. —Él le sonrió, feliz de ver a una vieja amiga—. Si necesita algo, háganoslo saber a mí y a los chicos, ¿vale? Sólo hay que subir esas escaleras.
—Lo haré. Gracias.
El señor Yamanashi inclinó la cabeza una vez más y desapareció.
El señor Yamanashi no trabajaba en el turno de noche. No estaría en el trabajo mañana, no tan temprano en la mañana; estaría a salvo en su hogar, con su mujer y sus hijos.
Megumi hizo una reverencia y volvió al trabajo.
Yahiko y Kaoru entrenaron, limpiaron la casa; encontraron cosas que hacer, formas de mantenerse ocupados —mientras Kenshin fue al jardín y se quedó allí, arrancando las últimas malas hierbas con tembloroso fervor, como si el mundo dependiese de ello— hasta que finalmente las sombras reptaron alargándose a través del suelo y Yahiko no pudo fingir que no era el momento de irse. Así que desapareció en su habitación para salir poco después con su regalo, aferrándolo con manos repentinamente temblorosas.
—Hum. ¿Kaoru?
Ella alzó la vista de lo que estaba cosiendo.
—¿Sí?
—Ahora me tengo que ir, pero… hum… Esto es para ti.
Él se lo pasó a ella. La joven lo cogió, desconcertada. Deshizo la cuerda y deslizó el papel que lo envolvía hacia abajo.
—Sé que debería estar mejor envuelto —dijo él, con los nervios instándolo a parlotear sobre la única cosa que no importaba, no ahora mismo—. Pero…mm… no hay mucho tiempo y, en todo caso, sólo es simbólico, una simple minucia, pero me he perdido la mayor parte del año pasado, así que…
Ella ya lo había desenvuelto, la cosa para la que él había estado trabajando desde la noche en la que aparecieron los hermanos Hiruma, la noche en la que ella casi había muerto. Yahiko había visto los moratones en su cuello, rodeándolo como una cadena. A veces creía que aún podía verlos.
También había visto las astillas en la espada de madera de su maestra y pensado ojalá…
Kaoru parpadeó, levantándolo hacia la luz. La madera pulida relució, con una veta marrón en la que se enroscaban imágenes abstractas de color negro.
—¿Una espada de madera?
—Es especial —espetó él—. Está hecha de madera de palo fierro9 y está reforzada. Por lo que no se romperá. Quiero decir, puedes romperla, salvo que no… no tan fácilmente. Debería ser tan fuerte como una espada de acero. Pensé… Pensé que te gustaría.
Kaoru tomó una profunda bocanada de aire. El joven pudo escuchar un sonido estrangulado desde la profundidad de su garganta.
—Gracias, Yahiko. —Entonces lo abrazó sin previo aviso. Él la dejó. Incluso le devolvió el abrazo, ya que, aunque estaba haciendo todo lo posible para no pensar en ello, le fue imposible ignorar que ésta podría ser su última oportunidad para hacerlo.
»Gracias —dijo ella de nuevo, con voz ronca—. Deberías ponerte en marcha.
—Sí. —Él mismo sintió un ligero nudo en la garganta—. Lo haré.
Entonces se marchó. Pero según atravesaba la puerta principal, deslizó la mano por los dinteles, sintiendo el grano cálido y suave, y giró la cabeza para mirar al tejado alicatado que se alzaba sobre los encalados muros. Y se convenció así mismo, del mismo modo en el que se había convencido de su propia valía cuando dormía en alcantarillas y vivía de montones de basura, de que todo iba a salir bien: que la noche acabaría en una victoria y que todos regresarían a casa.
«Volveremos a casa», pensó y asintió con firmeza.
Mentir a Kanryu fue más fácil de lo que Megumi había pensado que sería. Él la creyó; o si no lo hizo, entonces creyó que su engaño era uno pequeño, algo que podía forzarla a confesar cuando quisiese y tomarse su tiempo echándoselo en cara. Pero ella pensó que, quizá, él sí la había creído cuando le dijo que iba a tomarse la tarde para trabajar en un proyecto propio. Algo experimental, le había dicho, de lo que aún no podía hablar porque no estaba completamente segura de a dónde la iba a llevar. Algo que podría ser de utilidad en un futuro. Que sólo estaba persiguiendo una sombra, había parloteado (sin tener que fingir nerviosismo), pero tras la que podría haber algo de luz.
Kanryu había sonreído y asentido, mirándola con ferviente anhelo. Entonces la había besado en la mejilla y recordado que no trabajase con demasiado ahínco.
El proyecto de la fábrica tenía que estar yendo bien. Él se solía comportar así cuando las cosas iban como la seda: generoso, abierto y amable. Pero nunca duraba. Eso había sido lo más difícil de comprender, que nunca duraría. Aquí no había verdadera seguridad, no había ningún modo de garantizar su amabilidad.
Había una notable convergencia entre la química medicinal y los explosivos. Muchos de los materiales que necesitaba eran cosas que ya tenía a mano y el resto no eran difíciles de encontrar. Bajo otras circunstancias se habría preocupado de que Kanryu se hubiese enterado, de que hubiese tenido algo que preguntar, pero Shinomori estaba gastando el poder que le quedaba para frenar esas preguntas. Así que envió a varios esclavos para que fuesen corriendo a traerle los instrumentos de su propia destrucción.
Los esclavos de Kanryu dormían donde trabajaban. Muchos de ellos morirían en las explosiones o en la inminente batalla. Por la mejor de las razones, tal vez. Pero nadie les había preguntado si querían hacerlo.
Al menos no morirían solos.
Le llevó muy poco tiempo armar las bombas. Aunque lo que sí le llevó tiempo fue colocarlas. El personal estaba acostumbrado a sus largos paseos de un lado a otro a través de la propiedad para poner en orden sus pensamientos, pero tuvo que esperar un poco entre cada vuelta. Sólo podía poner unas cuantas cada vez.
Shinomori se aseguraría de que la puerta principal estuviese abierta. Ella estaba a cargo de la trasera por así decirlo: los explosivos que había fabricado harían pedazos el lugar en el que se unían los muros que rodeaban la mansión y el muro entre la propiedad y las jaulas, creando una segunda entrada e impidiendo que las fuerzas de Kanryu usasen las jaulas como un lugar seguro en el que refugiarse. Había dos ubicaciones: una en lo alto de las jaulas y otra bajo el muro que había entre las jaulas y los pozos en los que rompían a esos infelices. La primera de ellas era la más importante.
Las bombas ya estaban colocadas antes de que la llamaran para la cena. Megumi pasó el tiempo restante arrodillada en su oficina —su santuario, su prisión— escuchando los gritos y llantos de afuera, el chasquido de los golpes sobre la carne y los débiles y monótonos cánticos mientras los esclavos rotos practicaban su etiqueta. Intentó recordar las lecciones de sus hermanos, escuchadas por casualidad hacía tanto, sobre cómo un samurái se prepara para la muerte. Recordó a su madre y a su padre, su orgullo y su amor, y a sus hermanos mayores, sus primos, sus tíos y tías y cuyas voces casi fue capaz de oír ahora, tan próximas desde el otro lado.
Y no pensó en Sano.
Hiko permanecía de pie frente a las puertas del dojo Kamiya de nuevo, aunque con otro funesto objeto quemándole como el hierro candente a su lado. La última vez había sido un vial de perfume. Esta vez… Bueno.
A Hiko le había llevado la mayor parte de un día lograr su cometido. Sus estándares siempre habían sido altos y no iba a aceptar menos que lo mejor que hubiese disponible, no en esto. Si se usaba o no, a pesar de la elección que Kenshin hiciese … De forma extraña, era como si el chico estuviese intentando lograr su maestrazgo. El destino no toleraba ninguna interferencia, no aquí, en el mismo punto de inflexión.
Todo lo que podía hacer era darle a su estudiante perdido lo mejor que tenía y ver lo que hacía con ello.
Llamó a la puerta. Kamiya la abrió, vestida para la batalla.
—Ahí está —dijo ella, intentando enmascarar su miedo y resultando bastante convincente—. Se supone que tenemos que irnos pronto. Ellos están escalonando las llegadas al punto de encuentro.
—¿Y Kenshin?
—Yo estaba esperándole. —Tras esa declaración tan críptica, la joven se dio la vuelta y se dirigió hacia más allá de la casa. A falta de más pistas, el hombre la siguió.
Había un pequeño trozo de jardín alrededor del lateral de la casa. Kenshin estaba arrodillado allí, trabajando en la tierra desnuda con un propósito fiero: tenía las mangas atadas a sus codos y las manos hasta las muñecas húmedas y negras de la suciedad que se le había adherido a la piel. Sus ojos estaban ausentes y centrados, completamente fijos en algo que sólo él podía ver.
—Kenshin —le dijo Kamiya con voz suave. Kenshin alzó la vista hacia su voz, enfocándose en ella como un marinero perdido que avista tierra, y se levantó en un simple movimiento fluido—. Es la hora.
Miró más allá de la joven, encontrándose con los ojos de Hiko. Por primera vez desde que había vuelto a encontrar al chico, Hiko vio al joven que recordaba. Sólo un eco, apenas un fantasma, y él era demasiado viejo… Ah, pero ahora se había unido a los soñadores, así que se le permitía tener esperanzas.
Aun si era demasiado viejo y estaba demasiado cubierto de sangre para hacerlo bien.
—Antes de irnos —dijo Hiko, tendiendo el paquete que había llevado a su lado—. Aquí tienes. Si la usas o no, depende de ti; pero pensé que deberías poder elegir cuando llegase la hora.
Kenshin no miró a la chica mientras lo cogía, aunque se sorprendió un poco ante el peso. No estaba muy bien envuelto; cuando pasó de las manos de Hiko a las del pelirrojo, el áspero lino se deslizó y la vaina lacada resplandeció en la luz moribunda. Kamiya aspiró una brusca bocanada de aire, alarmada.
—¿Está seguro…? —comenzó a decir para después quedarse callada mientras la mano de Kenshin se cerraba en torno a donde la había agarrado, justo debajo de la empuñadura. Él hizo una reverencia, con el flequillo cayéndole hacia delante para resguardar sus ojos.
—Es tu elección —volvió a hablar Hiko, con cautela—. Haz lo que creas que es correcto.
Kenshin asintió, una vez. Tragó con fuerza cuando introdujo la espada en su cinturón, junto a la espada de prácticas con la que Kamiya lo había armado. Ella tenía su propia espada de madera lista en el costado —una extraña, con manchas negras y marrones y que brillaba como el acero.
—¿Listo? —le preguntó la joven a Kenshin.
—Sí, señorita Kaoru —dijo él, y levantó la cabeza.
Sus ojos eran brillantes y claros.
La mansión de Kanryu se cernía contra un cielo cada vez más oscuro. El sol se estaba poniendo tras el monte Fuji10, dejando la enrejada puerta en la más profunda oscuridad. Kaoru la observó desde la ventana superior de la casa en la que el equipo de asalto esperaba, con Kenshin tenso a su lado. El señor Hiko estaba sentado en silencio no muy lejos de allí. Sano se encontraba en algún lugar del piso de abajo, con el resto de la fuerza. Aparte de un brusco saludo, no había hablado con ella.
Aún les quedaban unas horas para ponerse en marcha.
—La explosión es la señal —repitió la kendoka—. Shinomori abrirá las puertas. Por ahí es donde nosotros vamos a entrar. El otro grupo entrará en manada a través del hueco que haga Megumi…
Era difícil hablar. Ella bebió un pequeño trago de su pellejo, lo justo para humedecerse la boca.
—Si podemos asegurar la mansión, entonces los grandes señores que estén resentidos con los Tokugawa se nos unirán; si no, fingirán no haber prometido nada. Hay otros ataques dispuestos a la misma hora… Así que, aunque no venzamos aquí…
—Lo haréis —dijo el señor Hiko. Él la estudió, no exento de amabilidad—. ¿Has combatido antes, Kamiya?
—No… —Refriegas con atracadores y hombres a los que les costaba comprender la palabra no probablemente no contaban—. No de esta forma.
El hombre realizó un sonido contemplativo.
—No te separes de mí —le dijo—. Contendré la peor parte. Tú ayúdalo a encontrar a Kanryu.
Ella ojeó a Kenshin. Tenía el rostro pálido, las líneas de su cara, duras y tensas.
—¿Es eso lo que quieres?
Una larga pausa. Demasiado larga. Entonces asintió con la cabeza.
—Él… huirá. Yo… Uno sabe hacia dónde, hacia dónde huirá. Los caminos secretos. —Hasta decir eso pareció suponerle más de lo que era capaz de realizar, y el pelirrojo volvió a caer en un tembloroso silencio.
Kaoru asintió.
—Entonces es lo que haremos.
La joven se volvió hacia la ventana, observando a la luz disiparse en el horizonte.
La noche de Kanryu fue perfecta. Megumi se aseguró de ello. Ella fue todo lo que él siempre había soñado: obediente y complaciente, con la resistencia justa para darle el gusto de arrancársela sin tener que esforzarse mucho. Ella lo hizo a la perfección, de forma que, cuando le echó un vaso de agua tras sus sobreesfuerzos y se lo sirvió arrodillada y cubierta sólo por su largo pelo, él estaba tan distraído por su placer que no notó el sabor ligeramente amargo. El incremento de su frecuencia cardiaca introduciría la droga en su sistema a mayor velocidad, se dijo a sí misma, e hizo todas las cosas que más le gustaban a Kanryu hasta que éste cayó impasible a su lado, con una mano enredada de forma posesiva en su pelo.
Megumi esperó unos minutos para asegurarse de que la droga había hecho efecto en su totalidad. No duraría mucho: Kanryu les tenía algún tipo de resistencia innata, tal y como había aprendido cuando había intentado este truco antes. Sólo una vez. Algo más fuerte y corría el riesgo de matarlo…
Y ése no era su objetivo. El cambio vendría de forma lenta y dura, como hacía siempre. Era mejor que viviese y fuese a juicio, no que muriese y se convirtiese en un mártir del viejo régimen.
Así que se escabulló mientras él murmuraba para sí mismo y se giraba sobre la calidez del cuerpo de la doctora que aún permanecía en las sábanas, vistiéndose de forma rápida y silenciosa en la oscuridad de su apartada habitación. La luz de la luna proyectaba pálidos rayos sobre su carne, cortándola como las rejas de una prisión.
Era la hora del tigre11, justo antes del amanecer. Ella caminó lentamente a través de los pasillos de Kanryu con pasos tan silenciosos como los de un gato, con los ojos brillantes y resplandecientes en la oscuridad. Ninguno de los esclavos de la casa notó su paso.
Los campos estaban cubiertos de plata. Una rana croó desde el estanque ornamental, desencadenando un coro, y las hojas susurraron con suavidad a la brisa que danzaba entre ellas. Ella se detuvo un instante —sólo uno— para sentirla en su rostro y saborear una última vez el hedor de las rosas en su lengua.
Entonces se apresuró.
No había habido forma de dejar una mecha larga sin que se diesen cuenta. Encendería la mecha principal y correría, rezando para ser capaz de alejarse lo suficiente. Había un segundo juego de bombas que tenía que encender antes de realizar su cometido en su totalidad y poder dejar de preocuparse. El pedernal y el acero se sentían fríos y afilados contra sus dedos, apretados con fuerza en la palma de su mano.
Aquí estaba: el extremo de la mecha sobresaliendo desde donde ella había escondido el cúmulo de explosivos. Cinco segundos, como mucho.
Las manos le temblaron cuando golpeó el pedernal contra el acero.
Una vez. Dos veces. Tres veces. Entonces prendió, con un chisporroteo y un pop, y corrió, corrió más rápido de lo que había corrido en toda su vida…
Todos vieron las bombas explotar.
GLOSARIO:
1. Ki: el ki es un principio activo que forma parte de todo ser vivo y que se podría traducir como «flujo vital de energía». Los practicantes de ciertas disciplinas afirman que el ser humano puede controlar y utilizar esta energía, a través de diversas técnicas, acrecentándola, acumulándola y distribuyéndola por todo el cuerpo o usarla en forma concentrada. Algunos maestros proclaman que pueden detectar y manipular de forma directa el ki e incluso operar con el mismo a distancia. Ningún estudio ha demostrado la existencia de esta energía.
2. Kendoka: persona que practica el kendo, esgrima japonesa.
3. Edo: antigua ciudad de Japón, que tras la Guerra de Restauración Meiji pasó a ser su capital y a llamarse Tokio. Aunque en este fic estamos en la era Meiji, la Restauración y el Bakumatsu nunca ocurrieron.
4. Shogun: originariamente, designaba literalmente al «comandante en jefe para la destrucción de los bárbaros», título concedido directamente por el emperador. Durante el siglo XII y hasta 1868 []el shōgun se constituyó como el gobernante de facto de todo el país, aunque teóricamente el emperador era el legítimo gobernante y éste se veía obligado a depositar la autoridad en el shōgun para gobernar en su nombre. Fueron los dictadores militares del Japón medieval.
5. Tokugawa: nombre del clan que ostentó el poder de los últimos shogunatos (regímenes de orden dictatorial militar) y época feudal en Japón. Sus shogunatos comprendieron desde el año 1603 al 1868, finalizando tras el Bakumatsu y dando paso entonces a la nueva época Meiji. Aunque en este fic estamos en la era Meiji, la Restauración y el Bakumatsu nunca ocurrieron.
6. Sapporo: la ciudad más grande y capital de la isla Hokkaido, en Japón. Su nombre proviene de los indígenas ainu, que poblaban Hokkaido antes de que la isla se anexionase a Japón en 1868, y significa «gran río seco». Posee un clima frío. Para las obras de construcción se pidió ayuda a Estados Unidos, por lo que su estructura no es la típica japonesa y sí una más occidental. Su colonización animó a muchos japoneses a mudarse allí, atraídos por las nuevas oportunidades laborales.
7. Dojo: significa literalmente «lugar donde se practica la Vía» o «lugar del despertar» y se refiere a la búsqueda de la perfección física, moral, mental y espiritual. Espacio destinado a la práctica y enseñanza de la meditación y/o las artes marciales tradicionales modernas. Tradicionalmente supervisado por el sensei o maestro.
8. Akabeko: Restaurante de Tae al que suelen ir todos cuando comen fuera. Tsubame trabaja allí y Yahiko también, aunque a media jornada.
9. Palo fierro: árbol de hoja perenne que crece lentamente y puede llegar a vivir hasta mil años. La madera de este árbol se distingue por su dureza y con ella se fabrican preciosas esculturas. Suele ser de color café tabaco, aunque puede variar de un amarillo anaranjado a un rojo o marrón más oscuro, con rayas violetas o negras más oscuras. Algunas piezas pueden llegar a ser casi completamente negras. Es una variedad en peligro de extinción.
10. Monte Fuji: volcán símbolo de Japón. Es el pico más alto de la isla de Honshu y de todo Japón. Se encuentra entre las prefecturas de Shizuoka y Yamanashi en el Japón central y justo al oeste de Tokio.
11. Hora del tigre: en el antiguo Japón, uno de los doce periodos en los que se dividía el día dependiendo de qué animal se encontraba más activo a dicha hora, y que correspondían a los 12 animales que simbolizan el zodíaco asiático. La hora en la que creían que los tigres se presentaban más malvados era d de la madrugada.
