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La historia de "El Exilio Guarda Oportunidades" ocurre en un universo alterno que, si bien no es el nuestro (los países, etc, no serán los mismos, si no que estarán basados en el universo de One Piece), si que se parece. En esencia se tratará de un mundo moderno y más realista que la serie de origen. Dicho esto, está claro que One Piece no me pertenece ni tampoco sus personajes. Estos son propiedad de Eichiro Oda.
Dicho esto, he decidido escribir a un Luffy un pelín más maduro que en su obra de origen. Pensándolo bien, decidí que en un mundo más parecido al nuestro Luffy, al adaptarse, tendría una actitud menos niña. Esto no quiere decir que en esencia sea diferente. Es tan alegre, inocente e idealista como en su versión de capitán pirata.
La pareja principal de esta historia es LawLu, por cierto, porque son amor y vida. Pero no se descarta la aparición de otras parejas a lo largo de la historia.
Y... ¡Espero que lo disfruten!
"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos."
Rayuela - Julio Cortazar
Había muchas cosas que la gente daba por sentado sobre Monkey D. Luffy y que no eran ciertas. Por ejemplo, todo el mundo asumía que era idiota. Y no, no lo era. No lo era teniendo en cuenta que las inteligencias son múltiples y que Luffy, por ejemplo, era increíblemente diestro en todo lo que atañía a la inteligencia emocional. Pero tampoco era estúpido en el sentido convencional. Sí, había sido un alumno desastre, pero no completamente desahuciado. Los profesores se dividían en dos bandos contrapuestos: los que lo amaban, y los que lo odiaban, y estos se correspondían precisamente con las asignaturas en las que brillaba y en las que era derechamente mediocre.
El resultado de aquello era que, cuando se había graduó del bachillerato, sus notas eran una colección de aprobados raspados en exámenes recuperatorios y sobresalientes que hizo a su abuelo pasarse las manos por la cara con cierta resignación. No parecía haber término medio con el muchacho. Lo más frustrante para Garp es que esos sobresalientes en, por ejemplo, lengua, filosofía o historia demostraban que el más pequeño de sus nietos hubiera sido perfectamente capaz de sacar notazas en matemáticas, física o química, pero no había querido. No le dijo nada, porque ya llevaba todos los años de su educación primaria y secundaria luchando con él por el mismo tema y a esas alturas no valía la pena todo, entre los dieces y nueves y los seises y cincos Luffy había tenido una media aceptable y había aprobado la selectividad, para sorpresa de muchos, sin despeinarse demasiado, entrando a la carrera de su elección: periodismo. Carrera que sin embargo había abandonado tras acabar el segundo semestre.
Otra cosa que la gente asumía de Luffy es que no le gustaba la soledad. Eso no era cierto. Luffy de hecho, apreciaba mucho poder estar solo. Si, era extrovertido y le encantaba, quizás más de lo debido, enredar con sus amigos, o simplemente con desconocidos a los que les sacaba conversación. Pero de vez en cuando le gustaba estar solo. Es más, lo necesitaba, como sucedía en ese momento.
Hay momentos que definen nuestras vidas de formas imposibles de imaginar. Que las marcan profundamente. Luffy caminaba sin rumbo en ese momento, y podría haber seguido cualquier camino para dirigirse a cualquier lugar del barrio. Era un barrio tranquilo, residencial, lleno de parques y cruzado por un plácido río. Literalmente cualquier banco de cualquier plaza era suficientemente bueno como para que el chico se sentara a reflexionar sobre su vida.
Pero Luffy vio a Sengoku, el amigo de su abuelo, caminando por la misma acera en dirección contraria a él mientras paseaba a su perro. Podría haber continuado su camino y saludarlo casualmente. Preguntarle cómo estaba, qué tal la jubilación… Pero, como precisamente, quería estar solo, la idea le producía una profunda pereza y desazón. No, no quería hablar con Sengoku. No quería que le preguntara sobre la carrera, sobre si tenía pensado qué hacer de ahora en adelante, si había encontrado un trabajo… No quería por nada del mundo tener ese tipo de conversación. Así que Luffy tomó la decisión crucial que cambiaría más de una vida para siempre. En vez de seguir recto, giró hacia el río mientras se ponía los cascos en las orejas para refugiarse en la música. Acto seguido, ya que iba por allí, cruzó el puente, y vio a tres patos nadar contracorriente con esfuerzo. Al verlos se acordó a de sus hermanos, que no estaban en casa ya, y de él mismo. Esto lo llenó de nostalgia, y cuando Luffy tenía nostalgia, le daban ganas de columpiarse. Y si quería columpiarse, solo había un sitio en que hacerlo a gusto.
Así que cruzó el río, y después del río, la avenida que constituía la columna vertebral del barrio. Justo enfrente estaba su colegio, el Going Merry, y nuevamente sintió una punzada de nostalgia. Esta vez pensó en sus amigos. Cada uno de ellos estaba afanado en sus vidas, haciendo cosas relevantes, y a Luffy esto le alegraba mucho. Lo que más quería era verlos a todos y cada uno de ellos triunfar en los caminos que habían elegido… Pero eso no evitaba que sintiera un peso frío en la boca del estómago.
Al lado del colegio estaba el parque, y Luffy se adentró en él. Caminó entre las zonas arboladas hasta llegar a las vías del tren que partían la zona verde en dos. Las cruzó también para finalmente llegar a una zona de juegos algo más desvencijada y solitaria que las otras. La tarde ya comenzaba a anaranjarse, y una suave brisa que anunciaba el final del verano se coló por debajo de su camiseta y acarició su frente, dándole cierta sensación de paz. Sin embargo un pensamiento ensombreció su mente, "Ya es septiembre" se dijo, con cierta nota angustiada. Se quitó los casos para disfrutar de los sonidos del parque, y, tras sentarse en uno de los columpios, se balanceó suavemente, para finalmente incrementar la velocidad.
Lo de Luffy con los columpios eran palabras mayores. Sentía pasión por columpiarse desde pequeño. Le gustaba el viento contra su cuerpo, y sobre todo, la sensación de salto, de que si se atrevía a despegarse del columpio, su cuerpo podría salir volando, en vez de caer de vuelta al suelo. Luffy amaba esa breve pero intensa emoción, el ligero cosquilleo en la barriga y el roce de sus zapatillas contra el suelo de grava.
Pero entonces algo quebró el suave ambiente. Luffy agudizó el oído, inquieto. Parecía un leve quejido, el llanto, en voz muy baja, de un niño. ¿Sería un gato? Los gatos a veces suenan como niños. Luffy sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era físicamente incapaz de dejar a su merced a un animal abandonado, pero como llevara otro gato a casa igual lo echaban. En este momento, el joven estaba a punto de tomar la segunda gran decisión. Si lo hubiera dejado estar, su vida y la de muchas otras personas hubiera seguido un curso absolutamente distinto.
Pero era Luffy. Y Luffy era demasiado sensible al dolor ajeno como para simplemente hacerse a un lado. Así que saltó del columpio, interrumpiendo la magia de este, y aterrizó de forma elástica en el suelo. El columpio aún se balanceó un poco más, víctima de la inercia, hasta que poco a poco fue perdiendo impulso. El chico miró a su alrededor, buscando el origen del sollozo. No, no era un gato, era humano. Había un tobogán, una red para trepar a la que seguramente no era buena idea subirse y… Si, de ahí venía el llanto. Era una estructura con forma de tren, con diferentes "habitáculos" en cada uno de los vagones. Luffy se acercó con cuidado.
Era una niña, de unos 10 años, morena. Vestía una chándal sucio que era varias tallas más grandes de lo que correspondía. En una de sus rodillas el pantalón estaba roto, y, a través del agujero, se veía una herida sangrante.
- ¿Estás bien? - preguntó Luffy.
La niña levantó la vista. - No te importa – contestó huraña, de pronto enfada.
- Si que me importa. Por eso pregunto. - contestó seriamente. Miró a la niña con más detenimiento. Tenía su mochila a su lado, y estaba mojada, igual que sus zapatos y pantalones, y tenía la cabeza llena de arena. Luffy conocía esa imagen. Era la imagen del bulling.
No es que él lo hubiera sufrido nunca. No así al menos. Tenía dos hermanos mayores que imponían lo suficiente como para que nadie en todo el patio de recreo soñara si quiera con tocarle un pelo. Si que le habían hecho algo de vacío más de una vez, nunca algo muy grave porque, por otro lado, había sabido ir recolectando buenos amigos… Y era ahí precisamente donde lo había presenciado ese tipo de imagen más de una vez. Ussuff con todo su pelo rizado lleno de arena, Nami encorvada para esconder el tamaño de su pecho o borrando entre lágrimas frases malintencionadas escritas en su pupitre, Coby, con el ojo morado llorando a moco tendido… Había pocas cosas en el mundo capaces de enervarlo como aquello.
La niña desvió la mirada, como con vergüenza – Se ríen de mi acento. - dijo con sencillez. Luffy parpadeó, la forma en que la pronunciaba las palabras, siseante, se le hacía muy cálida – Y de que mi ropa es vieja y me queda grande.
Luffy intentó no mostrar lo enfadado que estaba. Sabía que eso podía asustar a la niña. Ace siempre decía que él era como un niño, y por eso se le daba bien entenderse con ellos. Luffy opinaba que no era eso, que el secreto simplemente estaba en ser consciente de que los niños son personas. Con esfuerzo de introdujo en el vagón donde estaba la niña, encorvándose para que su cabeza no chocara con el techo.
- Oh – dijo Luffy – Pues a mi la ropa grande me parece cómoda. - Se hizo un instante de silencio - ¿Cómo te llamas? Yo soy Luffy.
- Lamie – respondió la niña, mirándolo directamente por primera vez, sin poder ocultar su curiosidad - ¿ Por qué llevas eso? - preguntó señalando el sombrero de paja que su interlocutor tenía a su espalda.
- Ah, esto – dijo Luffy tendiéndoselo para que pudiera observarlo. La niña lo tomó entre sus manos curiosa – me lo regaló un profesor que tuve cuando era algo más pequeño que tu. - le contó con una sonrisa.
- Mis profes son todos tontos – dijo la niña devolviéndole el sombrero.
- Shishishi suele pasar – rió Luffy – Pero este profe era especial.
- ¿Shishishi? ¿En serio te ríes diciendo shishishi? - la niña rió – Que raro eres señor.
- ¿Señor? Auch, eso duele – le contestó Luffy falsamente ofendido. - ¿Qué haces aquí Lamie?
- Me escondo – respondió la niña con sencillez. Luffy la miró con tristeza y Lamie se revolvió inquieta.
- ¿Y tú? - le preguntó de vuelta.
Luffy pensó en Sengoku viniendo hacia el y en como lo había rehuido cruzando el puente.
- Pues ...- dudó un poco, pero al final le dedicó a la pequeña una sonrisa abierta y afable – creo que también me estoy escondiendo.
Lamie compuso una expresión de tanta angustia que Luffy se estremeció por dentro. - Así que los adultos también os escondéis a veces.
Luffy pensó un poco – Bueno – le respondió divertido ante la idea de que alguien lo considerara "adulto" – Creo que todos a veces lo necesitamos. Si las cosas van mal, y cuesta enfrentarse a las cosas difíciles, está bien esconderse para coger fuerzas. Luego siempre puedes volver. - terminó de explicarse.
Lamie negó con la cabeza – A veces no puedes volver – dijo encogiéndose sobre si misma. Luffy decidió no replicar. No sabía por qué lo estaba diciendo, y no veía bien contradecirla. Los niños eran personas para él, y eso implicaba que tuvieran sus propias opiniones. No era quien para desmentir su experiencia. Por eso, mejor, decidió enderezar la conversación hacia derroteros más constructivos.
- Y… ¿de qué te escondes exactamente? - la observó de reojo. La niña pareció dudar unos segundos, batallando entre sus ganas de decirle y su orgullo. - ¡Te lo digo si me dices tú primero!
- Shishishi – rió Luffy. Se rascó la cabeza pensando como explicarle a una niña las razones por las que había escapado de Sengoku. - Bueno, veamos… Yo el año pasado estaba estudiando, en la uni, ¿sabes? - la niña asintió – Pero… No me sentía muy bien. Supongo que lo que estaba estudiando me ¿decepcionó? Así que lo dejé. Pensé que iba a haber un gran lío en mi casa por eso, pero todos lo tomaron muy bien y eso … - sin querer Luffy se encogió un poco sobre si mismo – me hizo sentir peor. Así que me puse a trabajar todo el verano. Pero ahora ya terminó ese trabajo, y mis hermanos, todos mis amigos...Están haciendo sus vidas, pero yo sigo igual que cuando salí del cole como si hubiera vuelto al mismo punto. Y… Eso es todo. - explicó. Lamie lo miraba como si fuera un extraterrestre, así que el joven suspiró – Supongo que lo que pasa es que me siento un poco inútil, pero tampoco se qué hacer para dejar de sentirme así. Y el hecho de que la gente a mi alrededor en vez de enfadarse lo acepte lo empeora- sintetizó. Lamie cambió su expresión a una bastante más triste y asintió. Luffy carraspeó incómodo.
- Te toca – le dijo al final, sonriendo invitadoramente para que la niña hablase.
- Yo … - Lamie empezó a hablar y de pronto su voz se quebró y las lágrimas, a borbotones, comenzaron a fluir de sus ojos. Luffy, precupado, puso una mano en su hombro y la niña, no pudiendo aguantar más de lanzó a abrazarlo escondiendo su rostro en la camiseta del chico (que pronto acabaría llena de mocos y lágrimas). - Es que… Es que ¡Han estropeado los libros que me compró mi hermano! - siguió llorando la niña desconsolada – Y la mochila, y mi pantalón … - Luffy se quedó callado, dejando que la pequeña se desahogara mientras daba palmaditas en su espalda. Por dentro estaba mucho más que enfadado de lo que parecía por fuera, y se juró a si mismo que si algún día tenía hijos y se enteraba de que le hacían bulling a alguien, sabrían lo que eran los "puños de amor" de la familia Monkey. Lamie poco a poco se fue calmando, pero siguió abrazada al chico – El… El nunca me regaña. Nunca. Pero le va a molestar. Soy una molestia, lo se. Siempre está trabajando para que yo pueda tener mis cosas. Casi no duerme, ni come. En casa siempre está cansado… - la niña hablaba si pausas, como si de pronto se hubiera abierto una represa en su garganta y las palabras no hicieran más que salir atropelladamente por su boca – Intento no molestar, pero ahora…
- Oye – dijo de pronto Luffy - ¿Sois solo tu hermano y tú?
Lamie asintió limpiándose las lágrimas con la manga y sorbiéndose los mocos. Luffy le revolvió el pelo amistoso, y pudo notar toda la arena que tenía enredada.
- Eh, eres super valiente, ¿lo sabías? - Lamie negó con la cabeza - ¡Claro que si! - la contradijo Luffy – Eres una guerrera. Y tu hermano también.
Lamie sonrió timidamente – Law es el más fuerte del mundo – aseguró, y Luffy asintió sonriente.
- Pero, los hermanos guerreros tienen que confiar el uno en el otro – añadió con seriedad – Tienen que decirse la verdad. Los hermanos no pueden mentirse. A parte, tu no hiciste nada malo. Esto no es tu culpa de ninguna manera. Tu hermano tiene suerte de que te preocupes tanto por él. Así que ve a casa y habláis, ¿sí?
Lamie asintió. Luffy salió del tren seguido de la niña, pero esta en vez de irse se quedó de pie a su lado, mirándose los pies. A Luffy le daba pena dejarla sola, con su rodilla lastimada y toda mojada. Otra cosa que la gente daba por sentado sobre él es que era poco despistado y no se daba cuenta de las cosas. No era verdad, no del todo al menos. Con una mano tomó la mochila de la niña. Pesaba, y más con su contenido empapado como estaba. Sin decir nada se la echó al hombro.
- Usted indica el camino, capitana – dijo a la pequeña, poniéndole su sombrero. La niña se agarró de su camiseta y sonrió agradecida antes de echar a caminar.
- El que pisa las rallas pierdeee– dijo de pronto Luffy al llegar a una acera con baldosas y mirando que la niña (como toda niña que se precie) evitaba pisarlas. Era especialmente divertido en algunas zonas de la acera en que los baldosines se hacían especialmente pequeños.
Pronto la zona arbolada del barrio donde vivía Luffy dejó paso a una bastante más sucia y gris. En algunos portales se podían ver indigentes pidiendo y la acera estaba rota en más de un lugar. Luffy ya se esperaba ese cambio de paisaje, pero no dejó de entristecerle. En realidad le entristecía que en una misma ciudad pudiera haber realidades tan diferentes.
- Lamie – llamó. La niña hizo un puchero.
- Es Capitana Lamie para tí – puntualizó. Luffy rio.
- Perdón, mi Capitana
- ¿Decías? - concedió Lamie con fingida altivez.
- ¿Vuelves del cole tu sola todos los días?
- Sí – respondió. Luffy frunció el ceño, no le hacía ninguna gracia que una niña caminara sola por aquel barrio - Mi hermano no llega hasta las seis
El chico miró la hora en su teléfono. Eran las siete. El hermano de Lamie debía estar preocupado… Lamie tiró de su camiseta indicándole que doblaran por una calle. - Por aquí – le dijo.
Doblaron la esquina y más adelante vieron un hombre joven, moreno, hablaba nervioso por el móvil mientras caminaba en círculos delante del portal. Fuera lo que fuere de lo que hablaba estaba muy alterado. El hombre cortó y se giró en un gesto ofuscado, quedando de cara a ellos. Luffy nunca olvidó, por más años que pasaron, la expresión de aquel chico al ver a Lamie. Fue como si el alma le volviera al cuerpo y todas las arrugas que contracturaban su rostro de preocupación se despejaran - ¡Lamie! - la llamó con una voz de alivio tal que a Luffy se le partió el corazón. Pero la alegría en el rostro del joven desconocido duró poco, y frunció el ceño en cuanto vió a Luffy - ¿Qui….? - empezó a preguntar, dirigiéndose hacia ellos.
Lamie corrió hacia el y Luffy, detrás, apretó el paso. - ¡Law! - gritó la niña, sin dejar al chico terminar de formular su pregunta - ¡Este es Luffy! No te enojes con él por favor, me ayudó. - las lágrimas de la niña comenzaron a brotar de nuevo - ¡Lo..Lo siento! Los libros se mojaron y… - No pudo seguir hablando porque su hermano mayor hincó la rodilla en el suelo y la estrechó en un abrazo. - Ah, Lamie. Estaba tan preocupado… Cuando no te vi en casa temí lo peor. - La apartó un poco de sí y entonces se fijó en la rodilla lastimada y el pelo enmarañado lleno de arena. Frunció el ceño otra vez, y al sumar dos más dos, lo frunció aún más. - ¿Qué ha pasado?
Lamie se mordió el labio y miró hacia atrás, buscando a Luffy. - Los hermanos no se mienten – musitó.
- Exacto. Nunca – asintió Luffy seriamente.
Antes de que Lamie dijera nada pasó una moto acelerando por la calle y ensordeciéndolos con el rugir del motor. Law la miró irse con mala cara, para luego volver los ojos otra vez al rostro de su hermana, intentando componer una sonrisa – Pero me lo cuentas arriba ¿vale? Tenemos que desinfectar esa herida y habrá que cambiarte de ropa.
- Quiero que Luffy suba conmigo – dijo Lamie en un tono que no daba lugar a réplicas. Luffy balanceó su peso de un pie a otro, algo incómodo. Law se pasó la mano por la cara visiblemente frustrado.
- Lamie, probablemente este chico tiene cosas que hacer. Ya le hemos quitado mucho tiempo – le dijo a la niña y mirando de reojo a Luffy, que parecía nervioso. Lamie simplemente se arrimó a Luffy y le cogió del borde de la camiseta, dejando claro que no iba a ceder. - Hay que agradecerle – dijo con seriedad – Y quiero enseñarle mi colección de caracolas – agregó algo sonrojada y en voz más baja.
Luffy sonrió al verla. Al principio le había parecido huraña, pero realmente era una niña muy adorable, más si llevaba todavía su sombrero. Observó luego al hermano mayor. Saltaba a la vista que tenían una gran diferencia de edad, probablemente el tal Law era incluso mayor que él. Vestía ropa limpia pero vieja y raída, unos vaqueros desgastados y una camiseta negra, en la mano llevaba una boina moteada que se había quitado para mirar bien a su hermana. Tenía el rostro delgado (quizás demasiado) y unas marcadas ojeras. Luffy decidió (intuitivamente, como siempre que decidía estas cosas) que era una buena persona.
- En realidad – dijo el menor de los dos poniendo una mano en el hombro de la niña – No tengo nada que hacer. Y… me encantaría ver tu colección caracolas. Pero, ¿te parece otro día? Quizás es mejor que hables con tu hermano sola...- Lamie negó con la cabeza y miró sus propios pies con el ceño fruncido. Law se puso de pie y lanzó un suspiro, mirando al chico de frente.
- Lo siento – dijo el mayor mientras se calaba la gorra resignado. - ¿Te apetece un café? - agregó mientras estiraba la mano para recoger la mochila de su hermana pequeña.
Luffy le sonrió abiertamente – No es ninguna molestia, de verdad. - aseguró mientras seguía al mayor de los tres adentrándose en el portal, con Lamie aún aferrada a su camiseta.
- Hay muchas escaleras. Lo siento – se disculpó Law agachando la cabeza. Luffy negó con la cabeza mientras seguía a la pequeña familia por el oscuro descansillo del edificio. Comenzaron a subir las escaleras en silencio. Era un quinto sin ascensor. Llegaron finalmente hasta la puerta del apartamento – Adelante – dijo el mayor – abriendo la puerta. Luffy entró en el lugar encontrando lo que esperaba. Un departamento pequeño y oscuro, con una ventana insuficiente para iluminar el interior y cubierto de una moqueta que pedía a gritos ser cambiada. En las paredes podían apreciarse clarar manchas de humedad y los muebles estaban viejos y desvencijados. Los típicos muebles que el dueño del departamento dejó allí sin más, o que se recogen de la basura por encontrarse aún "usables", que no en buen estado. Un sofá viejo, una mesa de comedor redonda, y vieja y unas sillas viejas. Era todo lo que había en el pequeño salón. No obstante, estaba sumamente limpio y ordenado.
- Lamie – dijo el joven – Ve a ducharte ahora y te pones el pijama ¿vale? Y echa todo en la ropa sucia. Luffy, ¿verdad? Ponte cómodo.
- ¡Vale! - dijo la niña metiéndose en el único dormitorio que había en el piso. Luffy, incómodo se sentó en el sofá. Law se descolgó la mochila de la niña y la vació sobre la mesa. Los libros estaban empapados y en un estado lamentable. Hizo una mueca de preocupación. Todo ese material escolar había costado un dineral que ahora mismo no tenía, y no sabía como podría reponerlo. ¿Tendrían los libros de texto en la biblioteca del colegio? Esperaba que sí. Quizás Lamie podría usar esos mientras Law los iba reponiendo poco a poco. Con un gesto cansado colgó la mochila en el respaldo de una silla, que luego apartó para sentarse en ella. Esperaba que la mochila estuviera seca para la mañana siguiente, aunque estaba tan empapada que lo dudaba… Pero no podía enviar a Lamie al colegio con una bolsa otra vez.
- Yo tengo una mochila de sobra – dijo Luffy de pronto – No se si a Lamie le gustará. Pero si quieres puedo pasar a dejártela luego. No vivo taaaan lejos de aquí. - Law alzó la vista como si acabara de recordar que el muchacho sonriente estaba allí.
- No – dijo Law, cansado – No puedo pedirte que encima hagas eso. Ya es bastante que trajeras a Lamie hasta aquí.
- No es nada- replicó Luffy, pero entendía como se sentía el hombre. - ¿Lamie va al Going Merry verdad? - Law asintió – Entonces, si quieres, podemos encontrarnos a medio camino, en el puente que cruza las vías, mañana antes de que entre a clases. Eso no va a estar seco – le propuso señalando la mochila. Law iba a replicar pero Luffy se adelantó – De verdad, no me supone nada. Vivo a 10 minutos de ahí. Puedo ir mientras paseo al perro.
Law se rindió. No quería pero se rindió. Estaba demasiado cansado para batallar con una ayuda que era evidente que necesitaba – Gracias – dijo al final, con simpleza – Y gracias por traerla hasta aquí. Me estaba volviendo loco para encontrarla.
En ese instante sonó un móvil y Law se apresuró a contestar.
- ¿Sí? Sí, no te preocupes. Apareció, y está bien – Luffy pensó que debía estar hablando con la persona con la que conversaba cuando había llegado con Lamie – No, no. No te preocupes Kid, no necesitamos nada. De verdad. Si, está bien. Nos vemos – colgó y luego miró a Luffy. - Disculpa, era un amigo al que le avisé por si había visto a Lamie. Estaba preocupado.
Luffy asintió sin decir mucho. Por alguna razón se sentía apagado. Había muchas cosas que estaban mal ahí. Como que Law luciera tan asustado por el estado de una mochila de los chinos o que evidentemente los dos hermanos compartieran la misma habitación (a menos que alguno durmiera en el sofá, que era igual de triste). Luffy no era ajeno a esas situaciones, de hecho, había pasado su primera infancia en un barrio muy parecido a ese, y quizás por eso mismo es que le dolía encontrarse con gente en tal situación.
Lamie salió del cuarto con una toalla y ropa cogida entre los brazos. Antes de dirigirse al baño se acercó a Luffy y le devolvió el sombrero .
- ¡Gracias!- le dijo intentando imprimir entusiasmo en su voz. No quería que la niña lo notara triste.
- No te vayas antes de que salga – le pidió Lamie. Luffy se sorprendió un segundo.
- Claro que no – le aseguró, y se llevó una mano a la frente, en forma de saludo militar – Como ordene mi capitana.
Lamie sonrió y se dirigió al baño más tranquila. Al poco rato se empezó a oir el correr del agua.
- Lamie nunca pide cosas egoístas – comentó entonces Law. Luffy lo miró sin entender. - Quiero decir que nunca pide nada ni se queja. - al menor de los dos no pasó por alto la ternura que el de las ojeras imprimía en su voz – Me sorprende mucho que me haya insistido para dejarte pasar, porque nunca hace berrinches por nada. No se que hiciste, pero gracias.
Luffy se revolvió – Bueno, no mucho. Solo hablé con ella – le expresó algo conmovido. Law se levantó y se dirigió a la minúscula cocina haciendo un gento a Luffy para que continuara. Este lo siguió pero se quedó en el umbral de la puerta. No había espacio para dos personas en esa cocina, incluso si Luffy no era muy grande ni alto. - Uhm… No se mucho de la situación pero se nota que está aguantando muchas cosas. - agregó. Law asintió mientras empezó a calentar agua en una tetera, que como casi todo en aquella casa, tenía de pinta de necesitar ser reemplazada pronto. Luego se volteó y se dirigió a la puertecita de la despensa de donde sacó sacó café instantáneo y chocolate en polvo.
- ¿Cómo te gusta el café? - preguntó. - ¿Solo, con leche…?
- Pues la verdad … - Luffy dudó un momento – En realidad prefiero el chocolate – admitió al fin. El mayor lo miró un instante y sonrío de lado, algo divertido. Luffy se puso colorado hasta las orejas, hecho que no pasó desapercibido para el mayor y que, involuntariamente, ensanchó su sonrisa. No hambía sido con maldad, sencillamente le había hecho gracia que el joven tuviera un gusto tan infantil. Le había parecido ¿tierno? Si, esa era la palabra. Y encajaba con la impresión que tenía de él. En ese momento se dio cuenta de que no sabía su edad y lo observó más detenidamente. Era difícil de descifrar, un cuerpo pequeño y delgado y un rostro vivaz e imberbe. Lo mismo podía tener 15 que 18.
- Dos leches con chocolate entonces – dijo mientras se aproximaba a la nevera para sacar el cartón. Al levantarlo se congeló por un segundo. Casi no quedaba. Daba para dos vasos más pero luego de eso se acabaría. Eso significaba que Lamie no tendría con qué desayunar. Se fijó de nuevo en la nevera y constató, aliviado, que al menos quedaban aún un par de yogures. Su mente no paraba de hacer cuentas. También se estaban acabado el aceite y el papel higiénico, y ahora tenía que comprar al menos un cuaderno y lápices para que Lamie tuviera con qué hacer los deberes. Podía racionar el aceite si comían cosas hervidas y solo lo usaban para aliñar. Estaría soso a morir, pero así podían prescindir de gastar ese dinero… Cuentas y más cuentas. La cabeza de Law siempre estaba haciendo cuentas, como si fuera un malabarista cerebral constante. Luffy se dió cuenta de que algo le preocupaba y decidió llamar su atención para distraerlo.
- Entonceees – preguntó con aire distraído - ¿Cómo era que te llamabas tu? Lamie me lo dijo pero soy un desastre con los nombres.
- Trafalgar D. Water Law – respondió el mayor desviando la vista hacia él y regresando a la realidad.
- Tr...Tra… Torao. Te voy a llamar Torao – respondió entonces Luffy antes de sonreír muy abiertamente al hombre que tenía delante.
- ¿To… Torao?- replicó este con cara de absoluta incredulidad. De pronto la risa se escapó de su boca – Oh, dios. Que nombre tan ridículo – dijo. Pero estaba muy lejos de sentirse disgustado. Luffy se rió a su vez satisfecho, y pensó que en realidad, el recién bautizado Torao era una persona bastante atractiva cuando reía.
- ¡Luffy!- se oyó la voz de Lamie saliento del baño - ¡Ven! Te quiero mostrar mi colección.
- Creo que te reclaman – dijo entonces Law, aún divertido, mientras señalaba con la barbilla a su hermana pequeña, que tiraba de la camiseta de su nuevo amigo.
- Shishishi – rió el chico, para luego darse vuelta y seguir a la niña hacia su habitación. - ¡A ver, a ver! Buaaaah, Lamie, esto de aquí es un tesoro. ¡Cuantas hay! - se escuchó su voz entusiasmada desde el cuarto.
"Shishishi" pensó Law, volviendo a reír para sus adentros "¿Quién se ríe diciendo shishishi?"
