NA: Mi musa para esta historia y su título es la canción de Pink y Fun porque es tan bella que no me pude resistir.

Así que, por favor lean, dejen un review y disfruten de la historia.

NT: Buenas, espero que la historia sea de su agrado, si ya la leyeron espero que disfruten de la versión en español. Pedí permiso para traducir la historia a la autora desde enero de 2018 y recién ahora puedo comprometerme a subirla. Disfruten la lectura y dejen reviews hasta la fecha tengo traducidos 11 capítulos de 22. La idea es que reciban una tradución de calidad y que puedan leer un capítulo por semana o antes dependiedo la demanda.

Una cosita más, hay muchos saltos temporales deben prestar atención para no perderse en la historia. Es mi favorita, por eso decidí traducirla.


Capítulo I

Primavera: Tokio, 2004

Ichigo esperó hasta que la mayoría de sus compañeros salieran del edificio antes de tomar sus pertenencias y hacer lo mismo. Detestaba salir por la puerta a paso lento, codo a codo con otras personas. Además, cualquier cosa que tuviese que hacer no era tan importante como para tener la necesidad de salir corriendo como si el edificio estuviese envuelto en llamas. Más tarde tenía que ir a trabajar y, desde luego, no tenía apuro en llegar.

Caminó con indiferencia hasta su auto ubicado en el estacionamiento estudiantil y arrojó sus pertenencias en el asiento trasero; entre tanto, su teléfono comenzó a sonar.

—Hey—, saludó como lo hacía habitualmente.

—¿Todavía estás en el campus?— Le preguntó su mejor amigo Keigo, casi sin aliento.

—Sí, ¿necesitas que te lleve de nuevo?

—Necesito más bien que me ayudes a huir.

Ichigo gruñó frotándose la sien. —¿Qué hiciste esta vez?—

—¿Sabías que solo los Alfa Omega pueden salir con las chicas Pi Mui? ¡Porque definitivamente yo no lo sabía!— Gritó por teléfono.

Ichigo se burló en silencio negando con su cabeza las estúpidas excentricidades de su amigo. —¿En dónde estás? Pasaré a recogerte... o lo que quede de tí.

—¡No seas cruel, Ichigo-kun! ¡Estoy asustado, puedo morir en este lugar!

—Bueno, no deberías desperdiciar tu aliento quejándote; mejor dime ya en dónde estas.

—En la librería... ¡DATE PRISA!

¿Que te parece?

Aún riendo, Ichigó arrancó su auto en reversa y abandonó el estacionamiento. Por fortuna para Keigo, su amigo se encontraba en el lote C, el más cercano a la librería. Por lo tanto, solo tardó 5 minutos en llegar y al instante hizo sonar el claxon para que Keigo saliera.

Un momento después, Keigo apareció corriendo completamente aterrorizado; y acontinuación, diez jovenes salieron de la librería dando gritos llenos de ira.

Keigo entró por la ventana del auto de Ichigo y gritó para que conduzca a toda prisa.

—¡VAMOS, VAMOS, VAMOS, VAMOS, VAMOS! DATE PRISA Y CONDUCE, ICHIGO-KUN!— Ichigo sonreía con una expresión burlona, pisó el acelerador dejando atrás la escuela con la habilidad de un piloto de NASCAR experto.

Keigo se acomodó en el asiento hasta que quedó en posición vertical y pudo ponerse el cinturón de seguridad. Dio un considerable suspiro y sonrió porque una vez más había logrado escapar de una gran golpiza.

—¡Cielos! ¿Viste eso? Eran como veinte tipos y todos estaban dispestos a golpearme ¡solo porque le hablé a una chica!— Exclamó exaltado, Ichigo pensó que su amigo se parecía a una ardilla por como se expresaba. Negó moviendo su cabeza en forma reprovatoria mientras su amigo seguía contándole sobre la "chica increíblemente sexy" con quién solo estaba siendo amigable. Ichigo no tenía dudas de que en su historia había mucho más de lo que Keigo le decía.

—Entonces,— interrumpió el balbuceo de Keigo. —¿A dónde vamos?— Ichigo se abría paso sin problemas en el tráfico y, como Keigo estaba con él, era obvio que ya no iría a trabajar ese día.

—¡Al infierno si no bajas la velocidad!— Gritó mientras Ichigo pasaba por un escaso márgen a un tráiler enorme. Ichigo entrecerró los ojos de manera sarcástica y su risa socarrona se acentuó al acelerar su andar. —¿No tienes que trabajar hoy?

—¿No tengo que hacerlo siempre? En realidad no importa. Mientras que cumpla con todo y me gradúe, voy ser el director; después de todo es una empresa familiar y no es como si fueran a darle el puesto a alguien más. Todo lo que le importa a mi padre es la imágen de la compañía y desheredar a su hijo, dársela a alguien más sería malo para la imagen de la empresa.

—Sí, entiendo, pero ¿no deberías al menos tratar de poner un poco de esfuerzo de tu parte para eso?

—Naaaa—, Ichigo se giró y miró a Keigo a los ojos. —Es mucho más divertido hacer lo que me venga en gana.

—¡Mira por donde vas!— Keigo dio un alarido.

DeStRoZaDo

Primavera - Tokio, 2013

Orihime mordió su carnoso labio con fuerza, cerró los ojos con vigor y esperó a que el test concluyera con los resultados.

Era el número veintitrés que se había hecho en la última hora; había muchos trozos de plástico de diferentes colores; blancos, rosas, amarillos y celestes, todos esparcidos en el espacioso baño y desperdigados por el piso, el labavo y la tina.

Era desagradable, lo sabía.

Había orinado en cada uno de esos trozos de plástico solo para deshecharlos y arrojarlos descuidadamente lejos de ella, pero cada trozo la hacía enojar.

La ponían furiosa.

Hasta ahora, todos habían dado resultados positivos; pequeños signos positivos, tres rostros sonrientes de bebés, un guión rosado. Todos anunciaban que estaba embarazada y ella no podía aceptarlo. Sonó el temporizador y, al instante, tomó el pequeño palillo de plástico.

Era tan amenazante como todos los anteriores.

—¡No!— Lloró, al mismo tiempo que lanzaba el inofensivo palillo lejos de ella; sin embargo, no era inofensivo.

Era una sentencia de muerte.

Se apoyó contra la encimera de mármol del baño y tomó una profunda bocanada de aire para poder calmar sus nervios y el súbito mareo. Lentamente, fue desplomándose sobre suelo, las lágrimas no dejaban de caer de sus grandes ojos grises entumeciendo su rostro; su boca se encontraba apenas entreabierta a causa del horror y la desesperación.

Los bordes superiores de su vestido estaban mojados a causa de sus lágrimas. Su máscara y su delineador arruinaban su rostro.

De nuevo.

Estaba sucediento otra vez.

Así como un pobre pecador, había rogado fervientemente que esto no volviera a pasarle. Rogaba que, en lugar de eso, le pasara lo mismo que a un gato callejero que quedaba atrapado y moría bajo las implacables ruedas de un auto. Prefería eso a que volver a pasar por la misma situación una vez más. No obstante, como siempre, había sido ignorada. No podía creer que había sucedido, de hecho, no estaba segura de como había pasado.

Oh, cierto.

Esa noche en la cual él había bebido en exceso, se había emborrachado increíblemente, tanto que no estaba seguro de quién estaba en la cama con él. Efectivamente, no lo sabía, pues cuando egoístamente terminó dentro de ella, no fue su nombre el que escapó de sus labios en un suspiro entrecortado.

Sino el nombre de su verdadero amor, porque a ella, su esposa, ya había dejado de amarla desde hacía muchos años, eso...

Si de verdad la amó alguna vez.

Oirihime escuchó un fuerte golpe en la puerta del baño, era el sonido que hacía la piel al golpear el roble solido y resonaba profundamente en el amplio cuarto de baño. Sus ojos se agrandaron completamente al mirar a su alrededor y eso la sacó de sus pensamientos.

—Kurosaki-san, ha estado ahí por bastante tiempo ¿Se siente mal?— Era la voz de su empleada doméstica, Hana, había olvidado que todavía se encontraba en la casa.

—Eto... No, Hana-san, estoy bien. Por favor, tómese el resto del día—. No quería que la señora entrara y viera todo el desastre que había hecho en el piso; el desastre que ella misma había hecho y que, rápidamente, se estaba volviendo parte de ella.

—¿Está segura Kurosaki-san? Todavía tengo que preparar la cena para usted y Kurosaki-sama.

—No... él... él me va a llevar a cenar. Lo siento, me olvidé de mencionarlo más temprano—. Era una mentira, una mentira muy mala.

Ichigo no la había llevado a cenar desde hacía ya mucho tiempo, no al menos que la necesitara y desde hacía mucho que no lo hacía.

El silencio reinaba del otro lado de la puerta, Hana sabía cómo el matrimonio de sus empleadores estaba en declive. Sabía que desde hacía mucho tiempo habían perdido su amor. Sucedió al mismo tiempo que los bebés que no se habían formado adecuadamente terminaron en el cementerio familiar, abandonados y descomponiéndose bajo tierra.

—De acuerdo, Kurosaki-san. Por favor, llámeme si necesita algo, hay sopa en el refrigerador si tiene hambre antes de su cena—. Le dijo con suavidad.

—Arigatou, Hana-san, la veré mañana—. La voz de Orihime tembló.

Escuchó como los leves pasos de Hana se alejaban al cruzar el umbral hacia la calle y pronto se encontró sola.

Odiaba decirle a Hana que se fuera porque era su única compañía cuando estaba en casa, pero no podía arriesgarse a que viera el sinfín de tests de embarazo desperdigados por el piso y los estantes. Además, no quería que viera el piso mojado con orina. No podía arriesgar que otra persona supiera de sus múltiples fracasos; había tenido muchos embarazos y todos ellos habían terminado en abortos.

Todos, excepto uno.

Tenía veintiocho años y había sufrido ocho abortos y un bebé nonato; sin embargo, nadie sabía de los úlltimos tres porque no le había dicho a nadie que estaba embarazada. Ella misma enterró a los bebés en pequeños joyeros de madera en algún lugar del espacioso jardín trasero.

Los primeros tres habían tenido nombres.

Kumiko.

Natsumi.

Yoshiro.

El bebé nonato llegó en cuarto lugar, había sido un niño y lo nombraron Akihiko.

Después de él, dejaron de ponerles nombres y, después de él, Ichigo dejó de amarla. Había dejado de venir a casa y cuando lo hacía, podía oler el perfume de esa mujer; además, comenzó a hablarle cada vez menos y cuando la miraba, no la veía.

Sus ojos siempre tenían una emoción muy lejana al amor y que se parecía mucho a una mirada de lástima.

Ya casi ni la tocaba, era afortunada si lo veía dos veces a la semana. Se encontraba muy ocupado con su trabajo, algo que nunca le había importado y ahora se enfocaba en ello. Se enfocaba en sus amigos... en su amante.

No sabía que era lo que más le dolía, el hecho de que en verdad estaba enamorado de alguien más o el hecho de que ella lo sabía y que era incapaz y renuente de hacer algo con ese conocimiento.

Sabía que no la abandonaría porque ella era la imagen de su compañía y, si lo hacía, la empresa caería en desgracia y lo desgraciaría a él; aunque así, al fin lo dejaría ser libre. Sería libre para estar públicamente con la persona que realmente amaba, con la que iba a casa todas las noches y la cual había sido capaz de darle un bebé.

Sí, tenían una hija juntos… una niña de dos años.

Cuando Orihime descubrió que ella estaba embarazada casi murió por dentro y lloró por semanas enteras. Había sucedido después de su octavo aborto y cuando él todavía se acostaba con ella de vez en cuando sin la necesidad de estar completamente borracho para hacerlo.

Estuvo muy enferma por semanas después de enterarse de las noticias. Había sido demasiado pronto luego de su pérdida y se sentía como un ave con las alas rotas porque ya no podía abandonar su nido. Estaba limitada a estar en su cama, sin siquiera ser capaz de caminar sola hasta el baño.

Lentamente, había podido sanar con la ayuda de Hana y había logrado reunir fuerzas para poder caminar y estar lo suficientemente fuerte para trabajar una vez más.

Pero entonces vio a la niña.

Y toda esperanza que le quedaba de que no fuera hija de Ichigo se desvaneció.

¡Ohayou,Kuchiki-san! Orihime saludó a la mujer cuando entró a la habitación del hospital; en una mano, llevaba un gran ramo de flores rosas y globos blancos y, en la otra, una gran cantidad de muñequitos de peluche y bolsas llenas de artículos para bebé.

Trastabilló un poco cuando vio a Ichigo que ya se encontraba en la habitación. No lo esperaba; había decidido ir durante la mañana para evitar verlo.

Sostenía a la bebé en sus brazos y la contemplaba con ternura. Ni si quiera se había volteado para saludarla, pues estaba embelezado con la pequeña criatura en sus brazos.

Rukia, que les sonreía a ambos con amor, llevó su atención a Orihime. Por lo menos, tuvo la decencia de aparentar estar avergonzada por un momento antes de ocultar sus emociones para recibirla con una sonrisa radiante.

¡Ohayou, Orihime-san! ¡Qué agradable sorpresa que hayas venido! ¡Oh! ¡Has traido muchas cosas!

Orihime apartó la vista de Ichigo, que todavía no se había percatado de su presencia, y dirigió su mirada a Rukia. Se veía cansada, pero increíblemente feliz y todavía se podía percibir un resplandor a su alrededor. Entonces vaciló. —Oh, sí... No estaba segura qué tenías... tienes los tickets de cambio si quieres devolver algo...—. Era mucho más difícil de lo que pensó que sería.

Su corazón se estrujó dolorosamente en su pecho, sentía como si la habitación estuviera cubierta de una espesa capa de humo negro, por la forma en la que le estaba costando respirar y por como sus ojos ardían a causa de las lágrimas que se rehusaba a dejar caer.

Con algo de incomodidad, se acercó a Rukia y dejó los artículos en el suelo, los globos habían quedado flotando en la habitación y eso fue lo que llamó la atención de Ichigo.

Levantó su mirada y con sorpresa sus ojos se encontraron con los de ella, cuyo aliento quedó atrapado en su garganta y tuvo que hacer uso de cada fibra de su ser para no desmoronarse.

Para ocultar su dolor.

Para protejer su corazón.

Los ojos de él, por su parte, no denotaban nada y ni siquiera vaciló.

¿Qué haces aquí?— Preguntó. Su voz no denotaba rastros de malicia, desprecio o culpa, era más bien neutral como si estuviese hablando del clima y no de su visita sorpresa al hospitan en donde su amante había dado a luz a su hija bastarda.

Yo... Quería conocer al bebé de Kuchiki-san y saber si estaban bien...Si no es un buen momento... me puedo ir...— Se obligó con todas sus fuerzas a que las lágrimas no cayeran y forzó a los músculos de su rostro a permanecer como estaban.

Trató de hacer que su voz sonara fuerte y neutral como la de él, pero cada segundo que pasaba hablándole... era una nueva daga que se clavaba en su corazón. Otro golpe contra su alma que la pulverizaba por completo; su crudeza, la habilidad que él tenía para no importarle como ella se sentía era lo que la mataba. Era como si no sintiera nada por ella.

Como si fuera una medusa, no poseía cerebro... no tenía corazón... solo existía para provocarle dolor y sufrimiento que reservaba especialmente para ella.

Orihime-san, ¿quieres cargarla?Le preguntó Rukia, para intentar que la tensión tan densa se disipara. Orihime e Ichigo la miraron sorprendida.

Oh no, no podría…

Por favor, insisto. Ichigo-kun, dale la bebé a Orihime—, persistió.

Él la observó, su mirada buscaba identificar si ella quería hacerle algún daño a la niña. Eso la hirió... en lo más profundo de su ser y se sintió insultada.

Con cautela, se acercó a Ichigo.

El color celeste de su suéter resaltaba con las luces fluorescentes de la habitación, mientras que estiraba sus brazos para recibirla. Con delicadeza y algo renuente, Ichigo le entregó a la pequeña y frágil bebé en sus brazos.

Es tan delicada…—Orihime comentó con la voz entrecortada. La bebé se sentía muy frágil y pequeña en sus brazos.

Dormía plácidamente como si no le importara nada en el mundo, Orihime supuso que en verdad no le preocupaba nada.

Cuando miró detenidamente a la niña, quiso ahogar un gemido y mirar hacia otro lado. La niña era una réplica exacta de Karin, la hermana pequeña de Ichigo.

Eso era como un cuchillo escarpado entrando en sus entrañas, tan cruel que cortaba su interior pasando por su estómago, intestinos y pulmones en busca de su corazón para poder asestar el golpe.

¿Co…Cómo se llama?...— Orihime preguntó como si algo estuviese obstruyendo su garganta, su voz sonaba extraña, pero no podía hacer nada para evitarlo porque por dentro estaba muriendo.

Kumiko.

¡Oh, Kami-sama, cómo dolía!

Ese fue el golpe mortal.

Ese es…Ese es un nombre muy hermoso…— No podía hacerlo. No podía hacerlo. —Gomen—, le devolvió de prisa la niña a Ichigo. —Yo.. Necesito un baño... Necesito... Necesito usar el baño—. Huyó con rapidez de esa habitación, pues ya no podía contener las lágrimas que caían de sus ojos en grandes cantidades.

Logró llegar hasta el final del pasillo antes de que pudiese prepararse para la caída; sin embargo, cubrió su boca con sus manos al momento que un gran sollozo salía de ella. Cayó al suelo porque sus rodillas estaban muy débiles, su cabello caía por su hombro y se arremolinaba en el piso mientras que se arrodillaba y lloraba con fuerza.

Qué cruel, que cosa más cruel habían hecho.

¿Acaso había hecho que sostuviera a la niña a propósito como una cruel advertencia de que ella nunca podría lograr algo así? Era una nueva oportunidad para resfregarle en el rostro, una nueva oportunidad para ostentarle su amor.

Y que la llamaran Kumiko.

Si bien era cierto que había pasado mucho tiempo... Kumiko... ese era el nombre que había quedado en su corazón grabado por siempre, aquel que nunca la había abandonado y que ella nunca había olvidado.

El cuarto del bebé que habían preparado para su hija todavía se encontraba intacto, aunque existieron otros bebés después de ella, Orihime no había podido deshacerse de ningun objeto.

Y ellos habían bautizado a su hija Kumiko.

La vida era un tanto cruel porque daba y quitaba.

Toda la vida de Orihime había sido como una montaña rusa con muchas subidas y bajadas. Había partes de su vida en dónde había sido feliz. Como cuando estaba con su hermano al momento que la habían descubierto para convertirse en modelo a los catorce años o cuando Ichigo apareció en su vida...

Luego, sufría el impacto contra el suelo en una dolorosa caída, como la muerte de su hermano, sus abortos, su matrimonio sin amor… Kumiko.

¡Ella debía haber estado en esa habitación!

¡Esa debía haber sido su hija!

¡Ella debía haber gozado de ese resplandor!

¡Ichigo tendría que haberla mirdado a ella con toda esa dulzura y amor!

Pero no.

Quería llorar por siempre en ese pasillo; sin embargo, tenía trabajo que hacer y no estaba segura de en qué momento Ichigo se iría de allí. Entonces dejó el lugar en el que estaba y, también, dejó un pedazo de su corazón para pisotearlo, destrozarlo, descartarlo y, luego, poder desecharlo…

Tal cual Ichigo había hecho con ella.

Orihime había sido testigo de como Kumiko creció hasta convertirse en una niñita hermosa, lucía tan igual a su padre que era sorprendente. Ichigo llenaba a la niña de regalos y atención; ella, por su parte, lo llamaba "Papi-Ichi."

Parecía que a nadie le importaba el sufrimiento eterno de Orihime. Ichigo, en verdad, no se preocupaba por ella, pero él era Ichigo Kurosaki y, como tal, hacía todo lo que le venía en gana.


NA: Entonces...¿Alguna pregunta, comentario o inquietud? Subiré el próximo capítulo pronto.