Bleeding love
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Comenzó con Lev —como siempre sucede con todas las cosas malas que le han sucedido en la vida —presentándose a la fiesta con un muchacho que no conocían. Al verlo llegar, Kenma sintió que se le desinflaba el ánimo, no porque le tuviese alguna animosidad, sino porque Lev tenía el terrible hábito de hacerse acompañar a los eventos sociales por a las personalidades más estrafalarias o insufribles que uno pueda imaginar. Kenma esperaba que, por esa ocasión, cuando Lev supuestamente se encontraba del otro lado del país, la velada transcurriera sin sobresaltos, pero, aparentemente, la vida no funciona así.
Resopló cansinamente cuando advirtió que quien lo acompañaba tenía una expresión antipática que le arruinaba el rostro bonito. La última persona con ese gesto le había roto la nariz a Kuroo. Alguien a su lado chasqueó la lengua.
Kuroo, sin embargo, no aprendía nunca. Lo observó acercarse a la pareja con su habitual sonrisa felina. Intercambiaron un par de comentarios. Kenma se encontraba a varios metros de la escena, por lo que no pudo escuchar lo que se decía, pero se lo imaginaba. Francamente, el interés era absurdo: nadie había vuelvo a ver a ninguno de los acompañantes de Lev. Sin embargo, y para desgracia de los tres, ese no fue el caso del blondo.
Se llamaba Kei.
Si no hubiere estado al lado del tipo que era mitad ruso, hubiese resaltado mucho más, pues su cabello poseía ese rubio natural y cristalino que Kenma no pudo conseguir cuando tuvo el arrebato de contravenir a sus padres. El tal Kei probablemente también tuviese la mitad de otro país en su sangre. Su vestimenta, muy a la gringa, y los audífonos Sony alrededor de su cuello, de varios miles de yenes, se lo decían también. Ugh, Kuroo era insoportable sólo por hablarle con tanta llaneza.
Kenma sabía que, irremediablemente, Kuroo terminaría presentándolos. Kei-san, como siguió llamándolo porque no escuchó su apellido, en realidad, no era tan antipático si no le hablabas, aparentemente. A él le había parecido cortés, pero tajante. Tora, por otro lado, dijo que su tono pedante le tocaba las bolas. Yaku asintió efusivamente ante el comentario. Quizás la impresión de ellos fuese correcta, porque nadie más, excepto Kuroo y Lev, lo acompañaron durante la velada.
La fiesta continuó sin incidentes. El chico rubio, al menos, sabía comportarse. No se había separado de Kuroo durante toda la noche y hubo un momento en que Lev, el que nunca advierte nada, se mostró desconcertado ante la sensación de exilio en la amistad recién formada. Kenma recuerda a Kuroo y a Kei bajo la luz escasa de las diminutas bombillas con la que habían decorado el apartamento para la fiesta. Kuroo apuntaba discretamente varias personas, probablemente poniendo a Kei-san en contexto, y éste asentía desinteresadamente. Recuerda que, tras un comentario del pelinegro, Kei-san esbozó una sonrisa mal disimulada.
—Creo que no debí invitarlo —concluyó Lev, a su lado. Tenía los hombros caídos, pues su compañía no había resultado tan divertida como las otras. A Kenma, no obstante, el comentario se le antojó presagio. Tuvo un acceso de tos que Lev remedió ofreciéndole la Coca-Cola que bebía.
La edad, a pesar de que todavía no llegaban a la tercera década, ya no era condescendiente con ellos, por lo que poco antes de la una, los invitados se redujeron a Kenma y Kuroo, los anfitriones, y a Lev y el chico rubio, quien, para su sorpresa, empezó a levantar la basura que había quedado. También fregó los platos que se habían utilizado para las botanas y reacomodó la alacena. Kuroo le dijo que no se molestara, pero Kei negó suavemente. Kenma no hizo comentarios al respecto y siguió aspirando.
Para cuando terminaron, Lev ya se había dormido en un sillón. Kei llamó a un taxi. Los anfitriones se ofrecieron a acompañarlos.
—¿" Acompañarnos" ?, ¿así, en plural? —preguntó Kei, calzando sus zapatillas deportivas.
—¿No llevas a Lev contigo? —dudó Kuroo.
—Por supuesto que no. Ese es su problema —sonrió. Hizo una breve reverencia y cerró la puerta.
Lev durmió en el sofá ese día.
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—La verdad es que es muy difícil de tratar, pero, si es cierto lo que dice, tiene colección impresionante de discos. Quizás algún día podamos invitarlo para que le enseñe la mía.
Kenma llevaba un par de días escuchando sobre Kei. No es que Kuroo hablara sobre él durante horas, pero durante los últimos días, lo sacaba a colación durante la cena. Kenma asentía brevemente mientras expurgaba la ensalada que Tetsurou había hecho esa noche.
—Me pareció agradable que decidiese limpiar —comentó, no porque realmente le interesara el tema, sino porque, tras varias discusiones, Kenma había aprendido que tenía que contribuir a la conversación con, al menos, un par de acotaciones.
Tetsurou sonrió ante el comentario. Kenma suspiró, recordando la ocasión en que alguien le preguntó si era feliz al lado del pelinegro. Sí que lo era, pero, aparentemente, permanecer callado mientras Kuro hablaba y hablaba provocaba suspicacias. Las personas no comprendían que simplemente su naturaleza reservada disfrutaba escuchar a Kuroo. Siempre le había gustado y sentía que su intervención rompía el hechizo. Así se lo explicó a Tetsurou cuando volvieron a discutir por su parquedad. Tetsuro se mostró enternecido, pero replicó que a veces sentía que hablaba solo. Estaba bien cuando sólo éramos amigos, pero ahora soy egoísta y quiero que salgas de tu zona de confort por mí, dijo. Desde entonces, Kenma hacía el esfuerzo por empezar conversaciones o continuarlas.
—Ugh, detesto las ensaladas.
—Lo sé —dijo Kuroo con una risotada.
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Tetsurou prefería melodías exasperantes para las alertas de LINE. A Kenma le parecían elecciones terribles, pero su novio alegaba que sólo así contestaba a tiempo los mensajes importantes de sus compañeros de trabajo, por lo que Kenma toleraba con paciencia de santo los tintineos repetitivos. Sin embargo, una noche en particular, la música chillona le arruinó el temple y lo obligó a tomar cartas en el asunto.
—¿Puedes silenciar eso, por favor? Lo oigo desde la habitación —dijo, en tono hosco, asomándose a la sala de estar donde se encontraba Kuroo.
—Ah, perdona —respondió él, desparramado sobre el sofá —. ¿Todavía trabajas? Es un poco tarde.
—Sí, no sé por qué el estúpido programa sigue tronando —gruñó. Bajó la mirada hacia el teléfono de Kurop, donde parpadeaban los colores brillantes e inequívocos de LINE —. ¿Son tus compañeros de trabajo?
—No, es Tsukishima.
—¿Quién es ese?
—El rubio de la fiesta.
—Ah, Kei-san.
—¿Te molesta que hable con él?
—Me molesta el sonido de tu teléfono —replicó Kenma, cruzándose de brazos.
Kuroo esbozó una sonrisa. Dejó caer el teléfono en el sofá y se levantó. Al verlo acercarse, Kozume huyó enseguida. Tetsuro, sin embargo, logró pescarlo por la cintura, justo a medio pasillo.
—N-no, espera, Tetsu, t-tengo que dejar el código listo —jadeó, resistiéndose a los besos en el lóbulo de su oreja.
—Necesitas despabilarte para encontrar el error en el código.
Kozume no se opuso más.
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Kenma sufría. Desde que se había integrado al proyecto hijo-de-no-sé-quién, sufría. Hijo-de-no-sé-quién era un imbécil que había obtenido el puesto en el equipo a través de favores y meritocracia, y su incompetencia les complicaba la vida. Sus constantes errores se traducían en horas perdidas arreglando los desperfectos, por lo que la fecha de entrega los tomó desprevenidos. Kenma, que detesta entregar aplicaciones mediocres, consagró meses enteros en componer el código mal hecho de Hijo-de-no-sé-quién, lo que supuso jornadas laborales de hasta doce horas al día.
Tras doce horas programando, Kenma regresaba exhausto y dormía ininterrumpidamente, hasta que despertaba, comía algo y volvía a la oficina. Cuando programaba en casa durante las noches, Kuroo le traía bocadillos y lo animaba fervientemente. A veces, también lograba distraerlo por una o dos horas, cuando lo arrastraba desde su cómoda silla hasta la cama.
Al terminar el proyecto, tres meses después, lo celebraron en grande. Kenma entonces decidió ocupar su tiempo libre en ponerse al día con los videojuegos que quedaron detenidos durante su peregrinación. Esas misiones extra no se completaría solas.
—¿Estás seguro de que no quieres venir? No te he visto el pelo desteñido últimamente —se burló Tetsurou mientras iba de un lado a otro buscando su bufanda.
—Estoy bien, gracias.
Tetsuro se detuvo y se acercó a él. Giró la silla donde se encontraba Kenma, de modo que ambos quedaron frente a frente. Kenma lo observó desconcertado.
—Al menos dedícame la noche de mañana. Te extraño un poco y vivimos juntos.
Kozume se ruborizó. Asintió casi imperceptiblemente, lo que hizo que Kuroo dejase la habitación silbando. La noche del día siguiente, sin embargo, no llegó, porque Kenma se topó con un jefe de mazmorra imposible y no hubo poder humano que fuese capaz de separarlo del monitor durante el resto de la semana.
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—¿Qué haces? —le preguntó Kenma, extrañado.
—Estoy arreglado el cabezal de la ducha.
—El cabezal está roto desde que nos mudamos aquí.
—Si el casero no va a arreglarlo, lo haré yo —respondió Kuro, quien mantenía un precario equilibrio sobre un banco puesto dentro de la bañera.
—¿También arreglaste la gotera de la entrada?
—Así es.
—¿La puerta que no cierra de la alacena?
—Sip.
—¿La madera rota del cuarto de invitados?
—Yup.
—¿La luz fundida del refrigerador?
—Y pienso cambiar de una vez las persianas rotas de la habitación.
—No entiendo, ¿viene tu madre al departamento?
—No, sabes que está en su retiro espiritual—dijo él, forcejeando con lo que sea que estuviese dentro del cabezal de la ducha.
—¿Vas a celebrar otra fiesta o por qué de repente estás arreglando todo? —preguntó Kenma con recelo. Aquella fiesta en su departamento había sucedido porque no reparó a tiempo en los artificios de Kuroo. Esta vez no sucedería de nuevo.
Kuroo soltó una carcajada.
—¿Qué sospechas, kitty?
—No hagas el tonto —refunfuñó Kenma —. Has postergado la reparación de los desperfectos durante años.
—Bueno, resulta que hoy tuve ganas de arreglar todo. Estoy de buen humor.
—¿Me prometes que no estás planeando otra fiesta?
Tetsurou, todavía encaramado sobre el banco y con una herramienta en la boca, hizo una cruz sobre su pecho, en señal de que no tenía intenciones ulteriores. Kenma resopló, mas no dijo más sobre el asunto.
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Tetsurou comenzó a poner la radio durante las mañanas. Entonaba alguna estación que transmitiese música en inglés y cocinaba el desayuno tarareando. A Kenma le pareció divertido verlo ir de un lugar a otro confundiendo inglés y japonés. Le elogió las nuevas recetas que aprendió para decorar las cenas que preparaba, así como su decisión de finalmente cambiar la melodía de su móvil por una más discreta.
Durante semanas, el buen humor de Kuro contagió a Kenma y por primera vez, desde que la vida se llenó de responsabilidades y fechas de entrega, lo hicieron religiosamente todas las noches.
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Kenma escuchó el pitido de la puerta de entrada, que anunciaba la llegada de Tetsurou. Volvió la mirada hacia el reloj de su monitor, que indicaba la una en punto. Advirtió el golpe sordo de sus pasos inestables al descalzarse y supo que venía borracho. Le salió al encuentro, sinceramente molesto. Desde hacía un par de semanas que Kuroo no lo prevenía de su llegada a deshoras. Nunca le había molestado que se fuese se copas con sus amigos; más bien, no podía molestarse porque Kuroo disfrutaba genuinamente de la vida social. Y este gusto había surgido, precisamente, por la camaradería que el equipo de Nekoma le profesó después del accidente de auto que le impidió volver a jugar voleibol.
En resumen, Kenma nunca se molestaba. Hasta ese momento. Kuroo lo observó, con una sonrisa boba.
—¿Me esperabas? —le dijo, arrastrando ligeramente las palabras.
—Al menos podrías avisarme que llegarás tarde —respondió Kozume, ceñudo.
—Bah, esta es mi hora de llegada cuando salgo con el equipo.
Kenma giró sobre sus talones. No tenía caso discutir un con un borracho. Tetsuro lo siguió a la habitación.
—¿Estás molesto? —inquirió, mientras se desnudaba para tomar una ducha.
—No.
—A mí me suena que sí.
—No estoy molesto, Kuroo.
—¡Ajá! Me llamaste por mi apellido: estás molesto.
Mierda, pensó Kozume. No podía molestar y, sin embargo, estaba molesto. No tenía idea del procedimiento a seguir en esas situaciones, si acaso había uno. Su relación con Kuro era un velero que navegaba pacíficamente en un mar sin oleaje. La antesala que supuso su amistad fue suficiente para que, cuando llegaran al romance, no fuese necesario hacer movimientos bruscos en el timón, de modo que ahora que Kuro había tirado a un lado hacia el cual Kenma no quería ir, no estaba seguro de cómo reaccionar. No estaba seguro de si quería desestabilizar el curso que habían fijado.
—Ya no me dices nada —atrevió Kenma, sujetando el timón.
—¿Sobre qué?
—Sobre tus planes para salir a beber.
—Porque no te interesan.
—Bueno, sí —reconoció Kenma, incómodo —. Pero desde hace un par de salidas que decides no decir nada.
El otro se rascó la nuca.
—No me has aceptado ni una cita desde la fiesta de aquella vez.
—¿Qué tiene que ver eso con…? —se detuvo a media frase y reformuló lo que tenía que decir —. Eso es distinto. No me has propuesto ninguna cita.
—Lo hice hace algunos meses y estuviste toda la semana jugando hasta las tres de la mañana.
—P-podrías invitarme de nuevo.
—¿Y por qué no me invitas tú, Kenma? Tú también podrías invitarme de vez en cuando y hacerme sentir como que me quieres.
Kenma sintió la primera ola violenta. Tembló de pies a cabeza ante el embate directo, aterrorizado por el movimiento sísmico que embargó a su pequeño navío, desprovisto de recursos para afrontar la tormenta. Kuroo lo miró con interés, esperando una respuesta que Kenma no pudo dar. Luego, el pelinegro negó suavemente con una sonrisa triste.
—Olvida lo que dije. Fue una tontería. Iré a darme una ducha.
Tetsuro cogió su pijama y salió de la habitación. Kozume sintió picazón en la garganta.
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Tetsurou se quedó en casa durante un par de semanas. Decidieron comenzar a ver The Mandalorian juntos y todas las noches se acurrucaban en el sillón, envueltos en una frazada porque, a pesar de que el otoño apenas empezaba, la calefacción era lo único que Kuroo no recordó que tenía que arreglar. No volvieron a hablar del asunto de las citas. Kenma agradeció que Kuroo no lo mencionase de nuevo, puesto que no tenía idea de cómo abordaría la cuestión. Si era difícil continuar las conversaciones, no creía que pudiese salir vivo de una discusión.
Después de terminar de ver el capítulo, Kuroo le daba un beso casto de buenas noches y se iba a la habitación a dormir, a sabiendas de que Kenma prefería dormir mucho después que él. Y ese acto nimio dejaba a Kenma con una sensación terrible en la boca del estómago. Inmediatamente después de que su figura alta desaparecía en la oscuridad, sentía ganas de llorar. Ni una vez, sin embargo, lo siguió a la habitación para recuperar el calor que acababa de perder. Permaneció en el sofá, esperando, en vano, que a Kuroo algún día le diera por regresar para hacerle el amor ahí mismo.
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El buen humor de Kuro ya no contagiaba a Kenma. Por alguna razón inexplicable, a Kenma le molestaba ver a Testsurou poniendo el café al ritmo de Don't stop me now. Se antojaba traición sus movimientos animados al batir los huevos. No soportaba que él siguiese dándole los buenos días con una sonrisa despampanante en el rostro cuando la noche anterior lo dejaba sintiéndose miserable.
Sin saber muy bien de dónde surgía exactamente su frustración, Kozume empezó a rechazar los desayunos en casa, arguyendo que necesitaba llegar más temprano a la oficina. No era del todo mentira, pues Hijo-de-no-sé-quién hacía de las suyas de nuevo, pero tampoco era del todo verdad. Tras catorce días ininterrumpidos de rechazar el bentou preparado, Testsurou dejó de empacarle el almuerzo.
Kenma se sentía increíblemente solo, pero sintió que era egoísta decírselo a Kuroo, puesto que el que huía era él. Además, no podía sujetar el timón desviado. Kuroo debía saberlo. Kuroo sabía mejor que nadie lo mucho que batallaba para encontrar las palabras, sabía perfectamente que él no tenía experiencia en las relaciones humanas, sabía que él era su primer novio. Kuroo debía recordar lo mucho que dudó al principio de su noviazgo, las noches insomnes que tuvo porque su cabeza simplemente no dejaba de imaginar las posibles catástrofes que podían suceder. Kuroo había tenido unas dos o tres novias antes de él, por lo que debería ser el que lo guiase durante su primera pelea.
Kuroo era el responsable por el curso desviado.
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Escuchó entre sueños el pitido de la puerta de entrada. Kuro estaba regresando o estaba saliendo. Buscó su teléfono a tientas. Se revolvió entre las sábanas, desperezándose. Echó un vistazo a la pantalla de su móvil: era mediodía, por lo que decidió levantarse y asomarse al pasillo, donde escuchaba a Kuroo manipular distintas cosas.
Al salir de la habitación, se topó a Tetsurou, sudoroso, reorganizando el zapatero de la entrada, pues, al golpearlo accidentalmente con su mochila deportiva, lo había volcado.
—¡Buenos días, kitty! ¿Te desperté? Disculpa, es que…
—¿Qué es eso? —interrumpió Kenma, empalideciendo. Su respiración pedregosa alarmó a Kuroo.
—¿Estás bien? ¡Kenma!, ¿te sucedió algo? —Kuroo se incorporó de golpe.
—¿Qué demonios significa esa ropa y esa maleta?
—¿De qué hablas? —dijo Kuroo, frunciendo el ceño.
—¿Fuiste a jugar voleibol?
El semblante de Tetsurou adoptó un gesto de culpabilidad. Desvió la mirada hacia los zapatos que todavía permanecían en el suelo. Hubo un silencio incómodo en el que Kenma hubiese llorado si su corazón no hubiese latido tan irascible.
—Me dijiste que nunca volverías a jugar. Dijiste que te hacía sentir fatal. Dijiste que aún sentías dolor al saltar.
—Eso fue hace muchos años.
—¿Y por qué yo no supe que ya no te sentaba fatal?
—Es que yo tampoco lo sabía. ¿Recuerdas a Tsukishima, a Kei? Él también jugaba, pero lo dejó en la prepa. Jugamos un uno a uno hace tiempo y resultó que ya no se sentía tan mal, así que me invitó a jugar hoy con sus ex compañeros de equipo. No te dije nada porque era las nueve y tú detestas madrugar los fines de semana…
Kenma no cabía en su sorpresa. Le brotaron lágrimas de rabia porque él Kozume Kenma, había iniciado en el vóley por Kuroo sin disfrutarlo. Y cuando finalmente pensó que podía disfrutarlo, decidió abandonarlo cuando Kuroo, a principios de su tercer año, tuvo un accidente de auto que le impidió jugar de nuevo. Era lo correcto. No podía disfrutarlo y restregárselo en la cara. No podía ser feliz colocando balones que no fueran para él. No podía contarle sobre todos los partidos que él ya no jugaría, sobre el equipo que ya no pudo capitanear. Tetsu intentó que regresara al Nekoma, pero la única explicación que Kenma ofreció fue un desapasionado "odio entrenar".
—No entiendo por qué estás tan molesto, Kenma.
Sólo entonces Kenma comprendió que Tetsuro había creído durante todos esos años que él realmente abandonó el vóley porque lo detestaba.
—Dejé de jugar por ti. El vóley empezó a gustarme antes del accidente y temí que fuese injusto que lo disfrutara.
A Kuroo no le dio tiempo de soltar una exclamación de sorpresa, ya que Kenma se dirigía a toda velocidad a la habitación. Logró asirle el antebrazo.
—¿De qué hablas?, ¿por qué nunca me habías dicho esto?
—¿Y por qué decidiste jugar por primera vez en muchos años con alguien que conociste en una fiesta de hace como diez meses?
—Ya te dije, fue una casualidad…
Hervía en celos. La intensidad de la emoción lo abrumó. Con un movimiento violento que tomó desprevenido a Kuroo, se deshizo de su agarre y se encerró en la habitación.
—Espera, Kenma, tenemos que hablar. Abre, por favor —suplicó Kuroo desde el otro lado.
Kenma no respondió. Se abrazó las piernas y ocultó el rostro entre ellas, mientras escuchaba a Kuroo pedirle con la voz astillada que por favor abriese la puerta. No quería hablar, o, más bien, no podía hablar. La descarga de adrenalina había sido tal que la mente le había hecho cortocircuito.
Muy entrada la noche, Kenma decidió abrir la puerta. Tenía la esperanza de que Kuro siguiese ahí, esperando por él. No estaba, hacía un par de horas que se había ido. Su sollozo fue tímido al principio, pero fue adquiriendo potencia conforme los pensamientos, suspendidos ante la descarga de emociones, comenzaban nuevamente a transitar en su mente, saturándolo con sus escenarios catastróficos e improbables. Esa fue la noche más solitaria de su vida.
Al día siguiente, al reparar en que Kuro había regresado en algún momento de la madrugada y se había llevado el uniforme de su oficina, notó los primeros indicios de un resfriado.
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Para su sorpresa, el resfriado llegó a medias. Lo único que delataba su presencia era una tos constante que a Kenma le avergonzaba. Durante las horas de oficina debía salir cada hora a la pequeña terraza, para evitar molestar a los demás compañeros que trabajan en su piso.
En el apartamento, aún no resolvían sus pendientes. Cuando Kuroo regresó, Kenma se echó a llorar amargamente en su regazo, sin que lograse encontrar la manera de explicar todo lo que lo embargaba desde hacía un par de meses. Tetsurou no lo presionó. Le acarició el cabello y dejó que brotaran las lágrimas necesarias. Le hizo prometer a Kenma que le diría qué le molestaba una vez que se sintiera listo. Pero habían pasado los días sin que Kenma se sintiese listo. No sabía si alguna vez estaría listo, por lo que las noches en el apartamento eran una convivencia incómoda, un pendiente que necesitaba solución y que se seguía aplazando.
Kenma decidió ir al doctor. La tos no cedió con los remedios caseros que Kuroo le había preparado ni con las medicinas de venta libre. El doctor, un hombre joven desgarbado, lo examinó durante un largo rato, intrigado. La garganta estaba limpia y no había más sintomatología.
—Es posible que la contaminación le esté haciendo pasar un mal rato. La calidad del aire no ha sido nada buena estos días. Dígame, ¿acostumbra a caminar al trabajo o hacer deporte al aire libre?
—No, sensei. Tomo el tren al trabajo y no practico deporte.
—Entonces le recomendaría hacer un poco de ejercicio en casa. Voy a recetarle un par de vitaminas y un jarabe. Si la tos no aminora, le recomendaría buscar una segunda opinión.
La tos no aminoró, al contrario, a Kenma le pareció que empeoraba. Sin embargo, poco antes de que decidiese hacer una cita en otro hospital público, el padecimiento mutó. Accesos violentos que sucedían una o dos veces al día sustituyeron a la tos periódica; y, dado que Kenma podía trabajar sin molestar a nadie, olvidó pedir una segunda opinión médica.
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Era viernes por la tarde. Por primera vez en mucho tiempo, Kenma terminó su trabajo mucho antes de su hora de salida. Se desperezó sobre su silla y bostezó. Ah, finalmente podría llegar a casa a una hora decente que le permitiera hacer su rutina nocturna con tranquilidad.
Justo en el instante en que comenzaba a recoger sus cosas para dirigirse a casa, una de sus compañeras, que se sentaba frente a él en la mesa que compartían, asomó la cabeza sobre el monitor.
—¡Ah, Kenma-san! ¿Hoy te vas temprano? —él asintió con una sonrisa amable, deseando que Yayoi-san no estuviese a punto de pedirle un favor. Ella sonrió y continuó: —¡Me alegra! Has estado trabajando mucho por el equipo. Hace un rato me dijeron que estaban planeando ir a un karaoke y me pidieron que te invitara, pero tengo la impresión de que tienes planes.
Kenma sintió que tenía que sujetar la oportunidad.
—Sí, hoy cenaré con mi pareja.
—Tengo envidia, Kenma-san —volvió a sonreír ella —. De acuerdo, te cubriré al rato.
Kenma suspiró y se apresuró a apretujar sus pertenencias en su pequeña mochila. Se despidió y salió discretamente, antes de que alguien más lo pillara. No serían tan amables como Yayoi-san.
Mientras caminaba hacia la estación, Kenma reparó en que no podía seguir postergando la conversación con Kuroo. Lo extrañaba. Reunió el suficiente coraje para enviarle un mensaje por LINE.
[Yo, 19:21]: He salido antes del trabajo. ¿Te apetece tomar algo o tienes la noche ocupada?
[Tetsu, 19:21]: Wow, esto no me lo esperaba [emoji sonriente]
[Tetsu, 19:22]: Estoy en el café cerca de la estación. Aquí te espero
Kenma se ajustó la bufanda, temblando de alegría o de frío. La nieve comenzaba a caer tímidamente.
Al apearse del tren, caminó con tranquilidad hacia el café donde les gustaba pasar el rato. El establecimiento pasaba desapercibido por su decoración escueta y su mala ubicación entre dos enormes edificios. Tetsurou, sin embargo, consideraba que era el único lugar en Tokio que ofrecía un buen café a precio razonable.
El café tenía una enorme ventana que permitía ver todo el interior. Kenma decidió asomarse desde la calle para identificar a Kuro antes de entrar, pues le disgustaba quedarse en la entrada, a la vista de todos, durante los segundos que le costaba identificar a su novio. Al barrer el lugar con la mirada, Kenma sintió desmoronarse.
Adentro, Tetsurou se encontraba acompañado por Kei-san. Ambos compartían una mesa en la que estaban sentados frente a frente. Sólo conversaban, pero lo transgresor de la situación no era el acto en sí, sino la mirada atenta y dulce con la Tetsurou escuchaba lo que sea que el chico rubio decía, quien, a su vez, tenía un arrebol sutil en el puente de la nariz. Durante un instante, Kenma pensó que era alguien que no conocía. Pero era Kei, con un gesto embelesado que nadie le había visto en sus años de vida.
De pronto, a Kozume le pareció ver que en las manos que reposaban junto a las respectivas tazas hubo caricias que no atrevieron; de pronto, Kenma fue el extraño, el ajeno, el otro.
La nieve crujió detrás de él. Los copos cayeron benevolentes sobre su cabeza. La vida siguió y siguió, pero el único que no pudo continuar fue Kenma.
Kei-san volvió el rostro hacia la ventana, quizás sintiéndose observado, y ambos se encontraron en la mirada de alguien que no es correspondido. Kuroo siguió la mirada de Kei-san y al ver a Kenma ahí, con el cabello negro cubierto por nieve, le hizo señas animadas para que ingresase al lugar. Kenma no podía entrar y perturbar el momento que no le pertenecía y que no sabía desde cuándo ya no era suyo.
Intentó hacer memoria, pero Kenma no pudo determinar el instante puntual en que a Kuroo se le acabó el amor.
Sin decir ni hacer gesto alguno, se volvió sobre sus pasos. Unos minutos después, Tetsurou lo sujetó por el brazo.
—¡Kenma! —exclamó, sin aliento —. ¿A dónde vas?
Kozume lo observó con los ojos cristalinos.
—Recibí un mensaje del trabajo. Necesito regresar —dijo, en piloto automático.
—No me mientas. ¿Por qué te has quedado ahí parado?
—Es verdad.
—¿Te incomodó ver a Tsukki conmigo o…?
—¿Quién es Tsukki? —interrumpió él, súbitamente molesto.
—Kei. Larga historia, pero no es que lo haya invitado a salir con nosotros. Resulta que está esperando a su hermano en la estación, así que le dije que me hiciese compañía en lo que llegabas. No estará con nosotros…
—Testu, es cierto que tengo que regresar. Suéltame, por favor.
—Kenma…
—¿Necesitas que te enseñe el mensaje de mi jefe?
Kuro lo soltó y a Kenma le pareció que también soltaba el timón. Zozobraban y él no tenía idea de cómo evitar que se hundieran. Si acaso valía la pena evitarlo.
—De acuerdo. Podemos hablar de esto después.
No lo hablaron después. Esa noche, Kenma decidió quedarse en casa de sus padres, con la excusa de que Tetsurou tenía un resfriado y él una junta importante el lunes a primera hora.
Tetsurou le envió un par de mensajes, los cuales cesaron a eso de las diez. Kenma no pudo evitar preguntarse si acaso Kei-san le había hecho compañía el resto de la noche.
Al filo de la madrugada, una tos violenta que le obligó a salir al jardín, para no alertar a ninguno de los ocupantes de la casa.
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continuará..
Bonnie is typing...
No tengo idea de cómo terminé aquí, se los juro. ¿Saben cuál era el inicio de este documento? Una historia Kurotsuki para salir del bloqueo creativo de otra historia que tengo pendiente. Todo pasó muy rápido, jeje, pero después de escribir las primeras escenas, decidí continuar con esta breve historia, a la que le calculo dos o tres capítulos más. Espero que les agrade y me acompañen las siguientes semanas. Por el momento, no tengo más comentarios (excepto que tengo la teoría tonta de que si Kuroo no jugó en el Nekoma, entonces nunca convenció a Tsuki de quedarse en el vóley, por lo que lo terminó abandonado) pero me encantaría leer los suyos.
Besitos.
P.D. Japiera, si algún día llegases a leer esto, gracias por escribir "Antes del alba", una de las musas de esta historia.
