Jade
Es difícil entender el porqué no estamos juntas en este momento, más que difícil, complejo.
Las personas que me conocen suelen decir que estoy sola porque soy una eterna amargada o porque mi personalidad no es lo suficientemente sociable, que prefiero recluirme, hacer mi vida sin estorbos. Al menos esa fue la excusa que Beck me dio después de la última vez que terminamos, una noche en la cual no encontramos mejor actividad que emborracharnos y soltar al aire todo lo que pensábamos del otro. Según él, yo era una mujer que no nació para estar acompañada, que debía encontrar mi propio camino, que cuando estaba sola estaba más enfocada, era más atrevida, más productiva, simplemente era la mejor versión de mí misma.
No me molestó en ese instante, hasta fue un consuelo. La realidad es que siempre me ha gustado disfrutar de mi soledad. No voy a mentir, me encanta.
Pero ahora…
Las paredes de esta habitación son demasiado blancas para mi gusto, los murmullos de las personas y pitidos de las máquinas, además del olor a medicación, todo es horrible. Hoy, precisamente este día, desearía tener a alguien a mi lado, no estar sola.
«Doctor Willis, se le necesita en la habitación 305, gracias».
No creo que sea necesario aclarar que odio este lugar. Los hospitales, los doctores y, más aún, a las enfermeras, los odio a todos. Detesto el sonido de las ruedas sin lubricar de las mesas para comer o que el respaldar de la camilla se levante con ese control que cuelga a un lado. Aborrezco pasar horas viendo televisión nacional, porque los pocos canales de la televisión por cable incluyen al canal católico y al de novelas mexicanas.
—Señorita Jade, Julia ya terminó el tratamiento, está por bajar en unos veinte minutos —me dice una de las enfermeras que la atiende. Después de agradecerle con una media sonrisa, se va.
«Señorita», ja.
Tengo cuarenta y dos años, pero sigo siendo señorita. Qué patético. Preferiría que me digan señora, aunque no tenga marido que cargar.
En fin, ¿en qué nos quedamos?
Ah, sí. La razón por la que no estamos juntas. Quizá podría comenzar por Julz.
Ella y yo hemos sido amigas por más de veinte años. Nos conocimos en la universidad y trabajamos juntas en esa disquera del diablo que nos explotó como si fuésemos niños chinos. Llegábamos a las ocho de la mañana y salíamos no antes de las diez de la noche. Teníamos una hora de almuerzo, cuatro recesos de cigarrillos y un par para ir al baño, nada más. No sé como aguantamos casi un año bajo esa dictadura, más aún cuando el sueldo que ganábamos llegaba con las justas al básico. Se llama ser joven supongo. De algún lado tenía que salir la experiencia laboral y nadie iba a contratar a chicos a punto de graduarse de la universidad para realizar trabajos que requerían más habilidad.
En todo caso, después de alrededor de diez meses, nos hartamos y renunciamos. Fuimos cinco personas en total, dos asistentes —entre ellas yo—, dos pasantes de marketing, una de negocios y Julz, la mano derecha del jefe. Y me refiero a la mano derecha porque, además de su posición en el departamento de sonido, se acostaba con ese cerdo, ¡puaj!
Julz es una de esas amistades que no se parecen a ninguna otra. Desde el minuto que nos conocimos supimos que algo existía, una conexión inexplicable, una complicidad como ninguna otra y, de no ser porque cuando la conocí ella juraba ser heterosexual, quizá hasta me permitía enamorarme. Pero no habría funcionado, ella me conoce lo suficiente y me lo ha dicho.
—No te habría aguantado una semana, Jade.
Un día me comentó que le parecía extraño que ninguno de mis amigos la conociera, le conté que en realidad no consideraba a ninguno de mis conocidos como un amigo, aunque ellos aún hacían el esfuerzo de inmiscuirse en mi vida. Recuerdo que varios de ellos le pidieron amistad en alguna red social de esa época cuando se dieron cuenta de que nos comentábamos mutuamente. Julz los bloqueó por no saber quienes eran. Fue gracioso, pero siendo honestos, nunca me interesó que mis mal llamados amigos de adolescencia la conocieran. Me sentía bien con tener a Julz como mi amiga especial. Esa con la que podía hablar por horas de horas una noche, dejar de hablar por tres meses y retomar la charla como si nada.
Y a eso me refiero. Yo puedo entender a Julz así no compartamos un día a día. La veo o la llamo y todo sigue igual. Es extraño, pero yo no necesito estar siempre en contacto para saber qué piensa, qué siente o qué quiere y conmigo es igual. Julz me conoce a un nivel extrasensorial, es algo así como mi alma gemela, mi mejor amiga, ¿qué se yo?, mi media mitad.
—No quiero ni saber quién es —me dijo cuando le conté de mi desastrosa vida amorosa y la chica que me había dejado tan emocionalmente dañada—. No quisiera tener que escupirle en la cara si la llego a ver por ahí.
Lo único que sabía era su nombre y, Victorias, hay muchas en el mundo.
El tiempo siguió pasando. Julz se mudó a otra ciudad, a otro país, luego a otra ciudad y a otro país, y así continuó por mucho tiempo, saltando de lado a lado hasta que un día me llamó y me dijo que había descubierto algo, ya no era más una mujer heterosexual.
—¿Por qué nunca me dijiste que esto de ser bisexual se siente tan bien? —me preguntó dejándome muda.
—No me digas que conociste a alguien en Hawái y le aflojaste la tortilla.
—Si quieres no te cuento nada —respondió.
—¡Habla, idiota!
Se rio al escuchar mi reacción y luego prosiguió a pasar media tarde contándome el qué, cómo y cuándo sucedió. Una chica delgada de cabello castaño, con unos dulces y hermosos ojos color café le había hablado en medio viaje a las islas. Dichosas vacaciones.
Curiosamente les había tocado en asientos contiguos en el vuelo y aprovechando que estaban casi solas en primera clase, se pusieron a conversar.
Ajá, a mí no me engañaba. Esta flaca desconocida —lesbiana de seguro—, vio a Julz tan linda como es y se le acercó con toda la intención de conocerla más a fondo. Pero bueno, resulta que se gustaron, Julz realmente le aflojó la tortilla y pasaron las vacaciones juntas. Juntas del tipo: me olvidé que yo también reservé alcoba en un hotel de la ciudad. Juntas de: también me olvidé que en esa alcoba había una ducha. Creo que ni la playa vieron por andar probando si la cama resistía el peso de ambas.
—¿Entonces te gustó la papaya hawaiana? —pregunté cuando terminó de contarme con lujo de detalles todo su encuentro.
—No es hawaiana, es de California y nos veremos en un par de días.
La verdad pensé que no duraría mucho. Julz era siempre muy desaprendida de sus novios. Le duraban un par de meses y terminaban. Odiaba el compromiso o establecerse en algún lugar. Ella era nómada de nacimiento o eso creíamos las dos hasta que un día, después de meses, me dijo:
—Me compré un departamento hermoso en Nueva York y voy a tomar cargo de Evanto Music.
—¿La disquera alternativa de Sony? Pensé que querías la gerencia de la principal, no la de su hermano menor.
—Sí, lo sé, pero ya llegaré ahí. Por el momento voy a quedarme en Nueva York y me mudaré con…
—No me digas que sigues con esa papaya hawaiana —la interrumpí recordando que me había comentado que la chica de las vacaciones vivía allí.
—Tiene un nombre, ¿sabes?
—Sí, Papaya y se apellida Hawaiana —protesté recordando cuánto aborrecía su verdadero nombre.
Así paso un tiempo. Años de hecho. Julz y yo hablábamos por aquí y por allá. Cuando viajaba a Los Ángeles por negocios nos veíamos y salíamos a tomar un café o íbamos a algún festival de cine. Después se iba nuevamente a su cárcel y era, aparentemente, feliz.
Creo que siempre supe que había algo raro en su relación, algo que no terminaba de entender por qué me molestaba tanto. Quizá porque Julz —la mujer tan abierta que por años había sido tan libre y despreocupada—, nunca publicaba siquiera una foto de la dichosa papaya, ni una. De repente decidió establecerse, cambiar radicalmente de costumbres y ser monógama. Yo estaba segura de que la habían metido a una secta religiosa y tendría que ir a buscarla para que regrese a su vida normal. Pero fue inútil. No fue mucho después que recibí la invitación a su boda. Mi mejor amiga se casaba y yo nunca había conocido a su novia.
—No quiero drama cuando se vean —me dijo por teléfono cuando llamé a preguntarle si no necesitaba que envíe al escuadrón antisecuestros—. Jade, prométemelo.
Lo hice, le dije que no iba a cuestionar sus gustos y que estaba segura de que algo debía tener esa papaya como para que quiera comerla por el resto de su vida. Pero nada me cuadraba, ninguna de sus decisiones me convencía y le advertí que si llegaba a descubrir que esta mujer solo quería verle la cara y aprovecharse de ella, no me quedaría callada, se lo diría y ella debía confiar en mí.
—Está bien, pero voy a casarme, Jade. Y quiero que vengas, quiero que tú seas mi…
—¡No! —la interrumpí de inmediato. No me prestaría para ser testigo o madrina de un matrimonio en el que ni conocía a la contraparte.
—Jade…
—No, Julz. Eres mi mejor amiga y te apoyo en todo lo que decidas, pero nunca me pidas que sea parte de tu suicidio.
Ella aceptó. Entendió mi posición, aunque me dijo que le hubiese gustado verme parada a su lado. Al menos me convenció de estar allí.
Cuando la dichosa fecha llegó, tomé mis maletas y salí al aeropuerto dispuesta a encontrarle los peros suficientes a su prometida y terminar con esa ridiculez de alguna forma. El viaje fue largo. Casi diez horas de Sao Paulo a Nueva York. Bajé del vuelo agotada, lo único que quería era llegar al hotel y meterme en la cama con una botella de champán o al menos un par de cervezas, pero el día todavía no terminaba. Debía asistir al ensayo de la cena del matrimonio, lo que significaba vestirme, maquillarme y mantenerme en pie al menos seis horas más…, le daría cuatro y me excusaría con cualquier justificación. Mi cansancio no sonaba tan descabellado.
—Hola, amor de mi vida —me saludó mi amiga en la puerta de salida del aeropuerto.
La abracé muy fuerte y le susurré al oído si no quería dar media vuelta y huir conmigo a Brasil. El clima no era tan malo y podríamos beber caipiriñas desde el jacuzzi de mi departamento.
—Estoy bien, Jade —me sonrió y me quitó una de mis maletas de las manos—. Vámonos, que aún debes verla y ya quiero que termine este nerviosismo.
—¿Estás nerviosa? Pues si fuese una buena papaya no lo estarías.
—Lo es —dijo, sin más.
—Ajá, ¿y por qué no vino contigo a recogerme? —le pregunté. No respondió absolutamente nada.
Debí haber comenzado a sospechar algo, pero no. Juro que podía ver cómo crecía su miedo durante todo el camino al hotel. Sus respuestas a mis comentarios eran mínimas, me dejó hablar y hablar sin protestar demasiado, lo cual era bastante raro. Julz siempre tiene una opinión para todo.
—¿Qué tal si vamos a comer o a tomar algo por ahí y nos ponemos al día? —me sugirió de la nada.
—Tenemos una cena en tu honor en un poco más de dos horas y todavía tengo que bañarme y disfrazarme de humano —le recordé.
—No importa si llegamos tarde. Es mi boda después de todo.
Ahí, ahí supe que algo no andaba bien. Por más de tres meses pasó súper emocionada con cada detalle de su boda, tanto que me envió fotos hasta de la selección de servilletas que usarían en su décimo aniversario.
—¿Qué pasó?
—Nada, solo quiero ponerme al día con mi amiga. ¿Tiene algo de malo?
—Que tú eres la persona más cumplida y puntual que conozco aparte de mí, más que yo de hecho, y esta es tu boda, evento más importante que la segunda llegada de Jesús. ¿Qué te hizo la papaya hawaiana y dónde la encuentro para hacerla puré?
Suspiró queriendo sonreír, pero sabía que al confesarme la verdad no me parecería gracioso.
—Okey —dijo dándose por vencida y aparcó enfrente del hotel, pidiéndome paciencia—. No lo sabía —inició, tomándose unos segundos para continuar—. Me enteré hace tan poco que, seguramente, el café que tomaba en ese momento todavía sigue caliente.
No la quise interrumpir. Ella lucía preocupada y tampoco quise comenzar a imaginarme que su prometida la había engañado a las vísperas de su boda o que en realidad no era quién decía ser o qué se yo, huía de la policía por ser una asesina en serie. Cualquier cosa habría sido mejor que la verdad.
—Vicky…, Vicky es Tori, Jade.
No lo entendí la primera vez que lo dijo, ni tampoco las mil veces que me lo repetí en mi cabeza. Vicky, su novia, la mujer con la que se casaría en menos de veinticuatro horas era Tori, mi ex-compañera de escuela y la chica que me destrozó y me cambió totalmente en lo que al amor respecta.
—Yo… sus invitados comenzaron a llegar ayer y preguntaron varias veces si había invitado a Jade —me comentó aún nerviosa, yo no le respondía nada—. Me pareció curioso el escuchar tu nombre, pero no imaginé… No eres la única Jade que conozco —continuó—. Vicky no quiso ahondar en su respuesta y simplemente dijo que no te había invitado. Pero hoy en la mañana, Cat no podía dejar de mencionar tu nombre y finalmente me venció la curiosidad.
—¿Nunca hablaron de mí o le enseñaste una foto mía? —pregunté con algo de indignación. Acaso no valía la pena hablar de mí.
—¡Por supuesto que le hablé de ti, por Dios, eres mi mejor amiga! Pero tú y yo no solemos tomarnos fotos juntas y «Jades» hay muchas.
—¡Yo, soy-única! —le aclaré. Me viro los ojos y siguió.
—Pues, como tú, ella nunca quiso o le interesó saber tu nombre. Para Vicky tú eras la intrusa amargada y ella para ti la papaya hawaiana.
—¿Intrusa? ¡¿Yo?!
—Piensa que eres demasiado sobre protectora conmigo y que te metes demasiado en nuestra relación.
—¡Wow! —exclamé porque mi sobrenombre no contenía ningún insulto, pero el suyo era por demás exagerado y, bueno, daba igual—. Ojalá me hubiese metido lo suficiente como para saber con quién estabas. —Me miró, al mismo tiempo molesta y apenada—. ¡Tú sabes lo que me hizo, Julz, sabes el tipo de persona que es!
—La persona que fue, Jade, en ese instante de su vida. Hoy, Vicky es…
—¡Tori, okey! Dejémoslo así.
No voy a negarlo, estaba enojada, más que eso, dolida, confundida y con todas las ganas de salir de su auto y volver al aeropuerto en un maldito camello si no había otra forma, pero no lo hice.
—Tú… eres mi mejor amiga —continuó. Ya no ocultaba su miedo por mi reacción y lo mucho que le estaba afectando haberse enterado de ese hecho a tan poco tiempo de su boda—. Yo jamás te haría algo así a propósito, jamás.
Eso lo sabía y se lo dije. Me podría de la ira por dentro por la noticia, porque mi instinto me gritaba que algo estaba mal, que debí estar más pendiente, pero confié en ella, en su forma de ser, en que no se dejaría ver la cara tan fácil y entendí. Quizá Tori no era con ella como había sido conmigo, quizá las cosas no eran tan malas, quizá Julz era mi amiga y yo debía apoyarla por sobre todas las cosas, sin importar cuánto me moleste o me duela a mí. Ella era más importante que mi ego o que cualquier otra persona.
—Si me lo pides… —siguió ante mi silencio—. Si me lo pides yo lo cancelo todo.
—Basta —la interrumpí. ¿Y ven el porqué somos almas gemelas?, ¿porque somos las mejores amigas?, ¿por qué ella es lo más importante que tengo?—. Lo que pasó con Tori, pasó y se terminó, ya está. Tú y ella son… ya no importa. Tú la amas y si ella te ama a ti…, supongo que estoy bien.
—Jade…
—¡Y ya! Maneja hasta la puerta del hotel, déjame en la recepción que quiero dormir un poco antes de tener que ir a amenazar a la papaya hawaiana con hacerla jugo si no te trata como la maldita reina del mundo.
Julz lloró por, al menos, diez minutos sujetando mi mano hasta tranquilizarse. Luego hizo justo lo que le pedí, pero se quedó conmigo hasta que antes de salir a la cena. No quería hablar con Tori aún, no quería iniciar la noche con reclamos porque, de todas formas, le sacaría en cara lo que me hizo hace tantos años.
Al entrar al restaurante, Cat fue la primera en acercarse. Julz me dejó una hora antes para ir a arreglarse y tener la dichosa conversación con su novia. Nunca supe de qué hablaron, no pregunté. No importaba.
—Tori dijo que no te había invitado —me mencionó Cat después de soltarme de su abrazo—. No viniste de colada a arruinarle la boda, ¿no?
—No Cat —le respondí recordando el porqué ella y yo nos alejamos—, soy invitada de Julz.
—Espera, ¿la Juli de Tori es amiga tuya? —me preguntó. Aún no sé si ofenderme por la referencia de pertenencia, de todas formas, me fastidió escucharlo de ella.
La que una vez fue mi mejor amiga en la adolescencia me cambió por Tori. Siempre se puso de su lado. Yo era la mala, la que hacía daño. Hasta cuando me vio en mil pedazos, yo todavía me merecía todo lo que me pasaba.
—Bueno, imagino que por eso no te invitó ella. Tori te habría invitado, lo sé.
Claro. No la contradije. ¿De qué serviría volver a la misma discusión? Tori es perfecta.
El resto de los chicos mantuvo el perfil bajo sin hacer muchas preguntas o asombrarse por tenerme allí. Supongo que ver a Tori indispuesta durante la cena era suficiente para tornar el ambiente un tanto pesado. Insisto, no tengo idea de qué hablaron Tori y Julz antes de llegar el restaurante, pero después de años de relación, asumo que la discusión en buenos términos.
—¡Quiero ver a mi esposa! —demanda una voz muy conocida desde el corredor. Tori acaba de llegar.
Doy un fuerte respiro y salgo de la habitación. Creo que nunca estaré lista para afrontar lo que viene. Traicionar a tu mejor amiga no es fácil, pero debía hacerlo.
—Tori —le digo con calma acercándome. Su apariencia deja mucho que desear, se nota cansada y desesperada. Su cabello desarreglado y su cara hinchada por llorar. Bueno, qué más iba a hacer en un vuelo de veintidós horas.
—¡Jade! ¿Dónde está? Quiero ver a Juli.
—No puedes aún. Debiste pasar por tu casa como te sugerí, tomar un baño y…
—¡Quiero ver a mi esposa! —me grita.
—¡Cálmate y baja la voz! —le respondo enérgica—. Julz no es la única paciente en este hospital.
En un cambio de 180 grados, Tori se abalanza a mi cuello y suelta toda su frustración en mi hombro. Es comprensible. No la voy a empujar, no le voy a gritar, porque ya no soy una niña. Puede llorar conmigo si así lo necesita.
—No puedo perderla, la amo. No puedo perder a Juli.
Su voz está quebrada, completamente agotada y dolida. Tori la ama, no puede vivir sin ella y con esas pocas palabras me rompe el corazón en muchos más pedazos que cuando éramos chicas.
—Sé que no es fácil, pero debes calmarte. A Julz no le va a hacer bien verte así.
—Ni siquiera quería verme —me responde con un lamento que le duele. No termina de entender por qué su esposa le ocultó su enfermedad.
—No quería que la vieras así.
—Da igual.
—No —le reitero—, Julz no quería que dejaras la gira por ella. Sabía lo importante que es para tu carrera en este momento.
—¡Nada, nunca, es más importante que ella! ¡Nada!
Y sí, tiene razón. Si yo estuviese en sus zapatos ya habría prendido fuego a la ciudad entera.
—Y por eso es mejor que vayas a arreglarte a casa, que descanses un poco —le repito—. No puedes darle el trabajo de preocuparse o de cuidarte.
Tori suspira ampliamente, sus dudas plasmadas en su mirada, en su voz.
—No podría. No puedo moverme de aquí hasta no verla —me responde y finalmente se hace a un lado—. Dime, ¿qué tan delicada está?
—Señorita Jade —me dice la enfermera interrumpiéndonos—. Julia está por bajar en unos minutos. ¿Va usted a quedarse esta noche? Es para prepararle su cama.
Tori me mira confundida. Tal vez porque nunca le dije que Julz está internada permanentemente aquí. Le comenté que estaba en tratamiento para su cáncer, pero no le di detalles.
—Esta noche se quedará su esposa —le comunico y ella, reconociéndola, le hace una venia y se va.
—¿Qué tan grave está, Jade? —Más que una pregunta, es una exigencia.
—Bastante.
—¿Qué tanto? —repite muy molesta.
—Su condición es… Será mejor que hablemos con el doctor.
Me acerco a la enfermería y les pido que llamen al especialista, quien no tarda ni dos minutos en bajar. Tori no escatima con sus reclamos. Alguien debió notificarle que su esposa estaba internada, tenían una obligación legal.
—Señora Vega…
—¡Victoria!
—Victoria —se corrige el pobre hombre—, Julia acudió a un examen general hace poco menos de un mes —le comenta. Ella no se asombra, sabía de esos exámenes, eran de rutina—. Encontramos cáncer ovárico epitelial invasivo, en una etapa avanzada.
Eso sí es noticia para Tori. Julz me contó que nunca le dijo el diagnóstico que le dieron. Ella salía de gira en unos días y no quería que la cancelara, estaba segura de que, para cuando regresara, lo peor habría pasado.
—¿Cuál es su tratamiento? —pregunta Tori, claramente afectada.
—Se realizó la extirpación del útero, las trompas de falopio y los ovarios.
Dato que le causa gran impresión. Es una decisión de la cual seguramente quería ser parte.
—Sin embargo —continúa el doctor—, como dije, la etapa del cáncer es avanzada y encontramos tejidos cancerígenos en su hígado e intestino.
—Así que se expandió —Tori concluye, entendiendo el porqué decidí faltar a mi promesa con su esposa y la llamé. Su ánimo decae aun más, si es que eso es posible. Su mirada baja al suelo pensando qué más debería preguntar, además de lo obvio—. ¿Cuánto tiempo? —Regresa a verlo buscando sinceridad.
El doctor carraspea sabiendo a qué se refiere. No está preguntando cuanto más dura el tratamiento, se anticipa a lo peor.
—La quimioterapia no ha dado buenos resultados. La exploración quirúrgica de hoy nos… —Calla entendiendo que no queremos oír más detalles—, de seis a nueve meses. Quizá mucho menos.
¿Nueves meses como máximo? ¡¿Nueve meses?!
Es un diagnóstico que ni yo esperaba. ¡Se supone que se ha expuesto a todos estos tratamientos, exageradamente violentos, para tener más de nueve malditos meses!
—Solo confírmeme —Tori le pide llena de dolor—, ¿hay algo más que se pueda hacer?
El hombre se incomoda ante la pregunta, lo cual realmente me asusta.
—Podemos intentar extender su tiempo de vida y tratarla con más quimioterapia, esperando que las células cancerígenas frenen considerablemente su ataque y…
—No.
¡¿Qué?!
—Los tratamientos terminan hoy —continúa Tori ante el asombro de ambos. ¿Está loca? Nos están dando una esperanza, ¿qué dice?
—¿Cuándo pueden darle el alta?
—¡Deja de decir tonterías, Vega! Julz decidirá qué hacer.
—Tú conoces a Juli —me responde con un tono bajo, vencida, cansada—, solo hace esto por… —Calla y me mira con detenimiento—, por mí —dice esto último bajando completamente su mirada, evitándome a toda costa.
Quizá Tori se siente culpable de su sufrimiento, pero debería ponerse a pensar que tal vez Julz quiere vivir. Y si algo se puede hacer para prolongar su vida, ¿por qué no intentarlo?
—No puedes sacarla de aquí. Esta es su decisión, no la tuya —le recuerdo.
—Como sea —dice Tori resignada, haciendo a un lado mi opinión—. Gracias doctor, ¿ya puedo verla?
—Ahora mismo baja.
El especialista se retira asintiendo levemente la cabeza y Tori camina hacia las bancas de afuera de la habitación. Se sienta con pesadez, está cansada, pero yo necesito asegurarme de que no va a llenar a Julz de ideas absurdas.
—Tori, escúchame…
—Ahora no, Jade, por favor.
—Deja a Julz decidir. Es su vida…
—¡Ahora no!
¡Aj, es terca como una mula! ¿Acaso no entiende?
—Por favor —me susurra—, ahora no.
Me siento mal de solo oírla. Esta situación la lastima, lo sé. Tiene miedo. Yo también. Pero… no puedo perder a Julz.
El sonido del elevador nos alerta y vemos las puertas abrirse. Es ella llegando de su tratamiento. Una enfermera empuja su camilla, de la cual cuelga un suero que la ayuda a reponerse.
Tori se levanta y corre a su lado.
—Amor —le dice tomándola de su mano libre.
—¿Vicky? ¿Pero qué…?
—Mátame si quieres —le digo acercándome. No hace falta mayor explicación.
—Jade, te dije que no quería…
—Lo sé —le respondo.
—Debiste decírmelo tú —le reclama Tori con el tono más dulce y suave que puede encontrar. Aún así se nota su enojo.
—Por favor, dejen a la paciente descansar. El tratamiento es agotador y necesita recuperar sus energías —nos advierte la enfermera, aunque yo conozco bien el procedimiento.
Julz baja, duerme un par de horas, se despierta con un poco más de ánimo, pero en no más de diez minutos está descompuesta por completo. Le cambian el suero, le inyectan medicinas, vuelve a dormir y así se repite el ciclo hasta que debe ir de nuevo por su siguiente quimio. En simples palabras, es un ciclo que no se termina nunca.
—Yo me haré cargo hoy —nos notifica Tori. Eso quiere decir que quiere que me vaya y, para ser honestos, no esperaba nada menos. Yo soy su amiga, pero ella es su esposa, ese es su lugar, no el mío.
—Estaré en el hotel —le digo dejándole una tarjeta con mi número de habitación—. Si necesitas algo, cualquier cosa…
—Estaremos bien —me interrumpe y se para firme en el marco de la puerta, claramente dejándome afuera.
—Lo sé, de todas formas, las enfermeras tienen mi número.
No digo más porque no hace falta. Veo adentro buscando un corto contacto con mi amiga quien intenta sonreírme. Le levanto mi mano como despedida y una disculpa y doy media vuelta. No hay nada más que pueda hacer aquí.
Nota:
Iniciamos el 2020 con una nueva historia. Este año quiero escribir más, así que esperemos que el tiempo y la voluntad me de para publicar seguido.
Esta historia lleva ya 4 capítulos, pero no serán más d como máximo. Después de esta espero iniciar otra historia diaria o bisemanal.
Feliz año nuevo a todos, les deseo lo mejor y que siempre tengan sueños y salud.
