26/10/20

Hola! A los que estan esperando una actualizacion de esta historia lamento decirles que se ha discontinuado.

Subi una version mejorada a mi perfil, con algunos cambios y escenas nuevas (aunque la trama no se desvia mucho de la original).

Les recomiendo echarle un vistazo y leer la nota que escribi en el primer capitulo, en donde explico mis razones para reescribir el fic.En fin, espero verlos alli :)


Capítulo 1

Fuera del nido


El público se había transformado en un coro, lo que presenciaban era irreal y solo habría sido capaz de tomar lugar en las fantasías de unos cuantos fanáticos…aunque ya no más.

— Clark, por el amor de Dios dime que estoy alucinando.

— Lamento decirle Coronel que…yo también lo veo.

Los mercenarios estaban boquiabiertos.

Whip ajustó sus ojos hasta que su mente asimilo lo que veía. No pudo controlar su voz.

— ¡¿Leona?!

La presentadora tomó el micrófono y habló, su rostro invandido por una sonrisa eufórica.

— Y para completar el cuadro, sin el uniforme pero con la fuerza de mil tanques de batalla, la brutalidad de la sangre Orochi corriendo por sus venas, y con un nuevo equipo, damas y caballeros, ¡Leona!

La ex militar se posicionó al lado de sus nuevos compañeros de grupo. Chizuru sonrío para las cámaras, Yagami mantuvo su expresión de piedra.

Desde la arena principal la anunciadora levantó su voz con un entusiasmo unísono al éxtasis del público.

— Señoras y señores ¡Team Kagura!


1 año atrás

El día en que Leona había dicho adiós a su hogar fue un día soleado…un día perfecto se podría decir, aunque la joven lo hubiese definido como uno de los días más tristes de su vida. "Que irónico" pensó, hasta donde recordaba todos sus cumpleaños habían sido días lluviosos. Eran pequeñas cosas como esas las que le recordaban que el destino nunca estuvo a su favor.

Leona abrió la ventana de su búnker, salió con cuidado y camino con sigilo a través del campo de entrenamiento. Había armado nada más que una mochila con sus mas preciadas posesiones (dinero, su bandana regalada por Ralf, y fotos de Heidern y sus amigos) y llevaba puesta una gorra verde para esconder su cabellera azul. En cuanto a la ropa se había encargado de comprarla dos días atrás, una campera de cuero rosa y unos pantalones con mas agujeros que tela, sabía que cuando el Comandante mandara a varios agentes en su búsqueda lo último en lo que fijarían sus ojos sería una joven con la pinta que llevaba Leona en ese momento. "Lo mejor es esconderse a plena vista" solía decir el coronel.

Eran la una de la madrugada cuando se escurrió por entre los guardias de turno hacia una vida de soledad, no la llamaban "Soldado Silencioso" en vano. A las una y media ya estaba abordando su vuelo bajo una nueva identidad y sin nunca haberse quitado la gorra.

Estando en el avión dio un suspiro profundo y un sentimiento de incertidumbre le revolvió el estomago ¿Era este el mejor camino? La joven ahuyento las dudas, sabiendo que si las dejaba germinar terminaría bajando del avión. Miró a su alrededor y luego fijó su vista en el boleto. Desde ahora en adelante estaba sola, y tendría que manejarse con cautela si quería que las cosas siguieran así. Luego de lo que había hecho una semana atrás no había forma alguna de volver a casa con la frente en alto...

Su primer destino fue Canadá. Leona bajo del avión y se abrazo a si misma para amortiguar el frio, dio un respiro hondo y se dispuso al plan que había ideado antes de huir. Bastante simple, hacer las preguntas necesarias sin llamar la atención, pretender ser nativa del país y buscar un lugar poco ostentoso donde dormir. En el aeropuerto tomó un taxi y se dirigió a la parte mas pobre de la ciudad de Nova Scotia, preguntó por los moteles de la zona y se decidió por el que estaba mas cerca de caerse a pedazos. La joven dedujo que solo la escoria podía alojarse allí, y la escoria nunca se metía en los asuntos que no eran de su concierne. Supo que era un lugar en donde nadie la notaría, lo cual se había vuelto su ambición número uno. Pasar desapercibida. Pero esto conllevaba otras dificultades. Leona era consiente de que no podría mantener un empleo normal sin llamar la atención de Heidern, así que hizo lo que cualquiera en su situación hubiese hecho. En la primera semana en Nova Scotia comenzó a robar billeteras en las abarrotadas calles de la ciudad para sobrevivir, ya que cuando uno tiene hambre no hay lugar para la moralidad. Eso se repitió por los siguientes tres meses, un ciclo constante y monótono en el cual no había tiempo para deprimirse, y si la tristeza asomaba la cabeza Leona siempre podía ahuyentarla bebiendo. Era algo que había aprendido de Ralf.

Y así continúo su vida. Con el dinero que recolectaba por semana en los parques de diversiones y las calles turísticas rentaba habitaciones en hoteles de mala muerte. Cada diez días tomaba sus cosas y rotaba hacia otro hotel barato.

A través de esto se aseguró de cambiar su apariencia drásticamente aunque sea cada tres semanas y se mudaba a un estado diferente cada mes. La cantidad de colores por las que había pasado su cabello eran innumerables, pero era un esfuerzo que estaba dispuesta a hacer para perderle la pista a sus amigos.

El tiempo que permanecía en un país podía variar, pero jamás pasaba los cuatro meses. Cambiando de identidad cada vez que volaba hacia un nuevo territorio, se aseguró de falsificar suficientes pasaportes en el trayecto de un año con anterioridad al accidente que la hizo dejar su hogar. Algunos lo hubiesen llamado destino, pero ella creyó que debía de ser una bruja porque nunca tuvo una razón concreta para hacerlo, o mantenerlos escondidos.

Simplemente un presentimiento en su estómago le decía que eventualmente llegaría el momento en el cual toda su vida terminaría por derrumbarse, y cuando pasara lo mejor sería estar preparada. Definitivamente le salvo un tiempo.

"Siempre puedo conseguir unos nuevos" pensó, solo era cuestión de hallar unos criminales discretos en las calles bajas que frecuentaba que fuesen confiables. Después de años de interrogación podía darse cuenta cuales eran los "duros de quebrar".

Para cuando ya había pasado un año desde su escape Leona había estado desde Brasil hasta Rusia, pero el día de su cumpleaños decidió que su siguiente destino seria su estadía por al menos 5 meses. El constante esfuerzo de tratar de conseguir dinero al mismo tiempo de intentar mantener un perfil bajo estaba pasándole factura.

Noto que había perdido nueve kilos, y podía sentir sus costillas de una manera en la que no lo había hecho desde que era una niña pequeña. Aunque sea nadie parecía pisarle los talones, Heidern la había entrenado bien.

Decidió asentarse en Japón, ya no más hotelitos o buses baratos de ciudad a ciudad. Se teñiría una última vez y comenzaría una ordinaria vida doméstica. Leona jamás cuestionaría porque eligió Japón de todos los países posibles, pero la verdadera razón (la cual era ajena a la joven) era que ese país era lo más cerca que podía sentirse de casa. A pesar de que odiaba participar en KOF y las misiones de infiltrada, las grandes ciudades en donde se llevaban a cabo las peleas le traían añoranza de su vieja vida.

Y ahora que estaba allí por fin el constante correr estaba en pausa, ya no era Nadia, la chica seria que espiaba dueños adinerados y asaltaba sus casas en busca de ahorros en Rusia, o Sharia, la mujer silenciosa que revolvía tiendas de dos dólares de India en busca de una computadora defectuosa para adaptar y hackear cuentas árabes. Esta vez era Joanna, una turista en Japón sin una manera aparente de conseguir dinero… pero encontraría una.

Con los dólares que había ahorrado de los "trabajos" durante su estadía en Estados Unidos rentó un pequeño departamento en las calles bajas de Yokohama. Las paredes eran finas, la pintura se estaba descascarando, y goteaba cada vez que llovía…pero era de ella, aunque sea por un tiempo.

En su primer día allí decidió ir a la terraza, era una hermosa noche de verano. Podría estar sola con sus pensamientos por primera vez de que se había escapado de casa. Se había acabado el trajín constante de preocuparse sobre cómo iba a sobrevivir, y sobre como mantenerse escondida de sus amigos. Ya nada de esto estaba en sus prioridades, ahora solo quería…ser.

Y de repente de la misma forma en la que en verano sorprende una lluvia ajena, las lágrimas se escaparon de sus ojos azules como un torrente. Fue entonces que los años de soledad reprimida, las barreras emocionales, los recuerdos de su infancia y su máscara de estabilidad se derrumbaron en un milisegundo, y sentada allí en una terraza desolada de Japón con la brisa de la medianoche acariciando su rostro se sentía al margen del resto del mundo. De repente saltar ya no parecía una idea descabellada, y Leona dudaba que el golpe final fuese doloroso. De todas formas ya conocía el dolor de una culpa irremediable y el de un buen puñetazo en el estómago.

La joven sollozó en silencio, como una plegaria. Era consciente de que podía gritar a todo pulmón si quisiera, ya no estaba en la base, ya no había nadie que pudiera oírla…pero los viejos hábitos no mueren fácilmente. Así que Leona lloró con la gracia de una dama y la expresión estoica de un sargento. Observó la luces brillantes de la ciudad e inconscientemente llevo una mano a su cabello, el largo le llegaba hasta los hombros y al verse al espejo esa mañana había notado las raíces azules asomando entre la tintura marrón. Sabía que ya era hora de teñirse nuevamente. Una cabellera azul era como la bengala de un náufrago para los sabuesos de Heidern que seguían su rastro a través del globo.

Leona enjugó su cara empapada y bajo las escaleras hacia el apartamento que había alquilado. Tomó un paquete de tintura y un par de tijeras y se dirigió al baño.

La ex militar se vio al espejo, reprimiendo nuevamente las lágrimas sabiendo que si dejaba caer una las demás no tardarían en llegar. Tomo un puñado de cabello y comenzó a cortar, uno por uno sintió caer los mechones de castaño falso mientras hacían cosquillas en sus pies desnudos. Cuando termino observó el resultado, su cabeza se sentía ligera y ya no había mechones que acariciaran su cuello. Pensó en cuanto extrañaba su flequillo pero ignoró los pensamientos nostálgicos y tomo la tintura que había comprado ese mañana apenas bajo del avión, esta vez no era castaña sino negra, ya que era la única que la tienda tenia disponible.


Chizuru despertó violentamente de su sueño empapada en sudor frio, su corazón a punto de reventar. Se paro con piernas temblorosas mientras sentía como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Con respiración agitada y el pánico sembrándose en ella se tiró frente a su espejo, necesitaba saber con urgencia cuanta verdad había en su premonición... si es que había alguna. En su mente los engranajes trabajaban con fervor, no podía ser verdad, había visto el futuro cientos de veces con la esperanza de que algo pudiese cambiar, con la esperanza de hallar una manera. Pero nunca la había, aunque...ahora algo parecía haberse volteado, los sueños de Chizuru jamás fallaban, eso solía decir su hermana. Esa noche la heredera del clan Kagura soño con algo completamente diferente a lo que usualmente veía, esta vez ya no había oscuridad sino que había una vasta…nada.

"¿Cómo puede ser?" dijo para si misma. En ese extraño sueño la sacerdotisa pudo ver que, por primera vez, el futuro no estaba echado. "Tal vez haya una chance" se dijo. Rezo con todo su corazón que su espejo le diera una respuesta, o aunque sea un hilo por donde comenzar. Sus ojos calcularon con shock la imagen de la chica que lentamente se formo en el cristal. Luego de unos silenciosos minutos (u horas tal vez) se levantó del suelo y respiro bien hondo. No se había sentido tan viva desde los días en los que Maki estaba con ella, por primera vez tenia algo que la motivara a seguir allí.

Tomó su celular, busco entre sus contactos y vio la foto de Iori iluminarse junto a su nombre…pero se decidió por no llamarlo.

— Aún no —dijo para si.

Comenzó a moverse con emoción a través de la casa, había mucho de lo que debía encargarse...mucho que planear.