Aviso legal: Los personajes y derechos legales del universo de Naruto y Naruto Shippuden pertenecen tanto a Masashi Kishimoto, como a la editorial Shueisha y la cadena televisiva Tokyo TV (y cualesquiera que se me escapen).

Advertencias: Habrá mención de drogas y sexo, no escribiré lemmon explícito, no lo esperen… en lo personal, encuentro el lenguaje soez inofensivo, pero también sé que el filtro no los detendrá de leer si quieren hacerlo. Les aseguro que la promiscuidad, el alcoholismo, tabaquismo y drogadicción no son cosas geniales. Son muy perjudiciales y los arrepentimientos no tardan en destrozar vidas. No lo intenten.


Nocivo para la salud

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Capítulo 1

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Han visto las cajetillas de cigarrillos, ¿verdad?

Por si no: son pequeñas, rectangulares, y casi siempre vienen con un anuncio que reza: "cuidado, este producto es nocivo para la salud" o algo de ese estilo, acompañado de una imagen, que, por lo menos a mí, no me quita las ganas de llevarme un cigarrillo a la boca.

Suspiró, echando humo fuera de su organismo y presionando el cigarrillo contra el típico cenicero de cristal transparente. Miró el lugar, la iluminación había sido elegida cuidadosamente para darle a la estancia una sensación de penumbra a medias, tiñendo a las personas de un leve anaranjado; era reducido en espacio, pero las mesas habían sido acomodadas de tal modo que el espacio se aprovechaba bien, dejando, incluso, un área para los grupos que tocaban en vivo.

En ese momento estaba escuchando las canciones de un grupo de jóvenes que hacían llamar 'Alucinantes' pero no tenían nada de ello.

Bah…

Aburrido, tomó un cigarrillo de la cajetilla y parpadeó al ver una pequeña flama encendida, acariciando el final de su cigarrillo. Miró a quien le había hecho el favor y se topó con una muchacha de rojos cabellos y lentes que no le permitían verle los ojos. Sus labios estaban pintados, de un intenso color morado oscuro, y aunque sonreían levemente, su rostro tenía un incompleto gesto neutral.

—Gracias.

Lo único que obtuvo fue una extensión de aquella sonrisa impersonal y la muchacha se alejó, sosteniendo en una de sus manos una charola. Sin poder evitarlo, le miró las piernas, algo largas… y el trasero que se meneaba con cada paso; le dio una calada al cigarrillo y se recargó en la barra, mirando hacia la banda.

¿Qué hacía él, el muchacho más aburrido, en un bar, escuchando música de amateurs?

Era sencillo: intentaba escapar de algún modo. Habían sido días difíciles, semanas pesadas y meses tortuosos; por fin había terminado todo aquel sufrimiento unos días antes, cuanto su padre dejó escapar un último aliento y quedó inerte sobre la camilla de hospital, mirando hacia el frente. Se frotó el rostro y le dio una nueva calada al cigarrillo. Sí, estaba en ese lugar, porque buscaba olvidarse por un momento de lo miserable que se sentía, de la impotencia que lo asfixiaba, del extraño nudo en la garganta que no le permitía hablar mucho y de la mirada que su madre le dedicaba cada que lo veía al llegar.

Miró el cigarrillo en silencio, dejando que se consumiera lentamente por sí mismo… se había propuesto dejarlo al ver a su padre morir; pero era un pobre diablo, débil y sin fuerza de voluntad.

Una calada más y la nicotina entró en su organismo junto con el oxígeno y le dio una sensación de tranquilidad que en esos momentos no tenía.

Fumaba por tres razones: se le antojaba, estaba estresado, necesitaba sentirse tranquilo. Y bien, lo había dicho, estaba intranquilo.

—¿Otra cerveza?

Al mirar por el rabillo del ojo se encontró a la pelirroja de momentos antes, mirándolo sin emoción alguna en el rostro… recargada en la barra, parecía más bien aburrida. La botella de cristal, de la que había estado bebiendo, se mecía suavemente gracias a los movimientos lentos de la muñeca femenina.

—… por favor.

—En seguida.

Y sonríe por primera vez, coqueta, como la mayoría de las muchachas que atendían en esos bares.

Le dio una nueva calada al cigarrillo y suspiró, llevándose la nicotina a los pulmones y exhalándola lentamente, mientras miraba a la baterista, una muchacha de cabellos azules que llevaba un arete brillante bajo su labio inferior. Parecía ser seria, durante uno de los tantos monólogos del vocalista, la había visto permanecer en silencio, dándole unos cuantos sorbos a una cerveza y mirando a sus compañeros sin sonreír. Le agradó, por el simple hecho de que pudo hacer contacto visual con ella durante unos segundos, sin tener que comportarse educado, sin tener que borrar el gesto de aburrimiento y desinterés que portaba. Ella ni siquiera se indignó.

Suspiró y el sonido del vidrio golpeando la barra lo hizo salir de sus cavilaciones. La cerveza yacía cerca de su codo, helada y recién descorchada. Agradeció con un asentimiento y la tomó, dando un largo sorbo, sintiendo como la frescura de aquella casi congelada bebida le enfriaba la garganta, bajando por su tráquea y llegando a su estómago, dejando una agradable sensación por unos segundos.

La música comenzó de nuevo, varios vitoreaban, otros aplaudían y unos cuantos aullaban; el simplemente rodó la mirada y los miró, porque era una de las cosas que le quedaban enfrente y porque pararse y salir a buscar otro bar, no estaba dentro de sus posibilidades.

Así era él, vago… y vicioso. Y su madre no lo toleraba.

—¿Se te ofrece algo más, amigo? —preguntó la pelirroja de nuevo, parada a su lado está vez.

La miró durante unos segundos, sin decir nada, esta vez sus lentes no reflejaron luz alguna y pudo ver sus rojas pupilas. Negó. Ella asintió y se alejó de él, para ir a atender a unos hombres en una mesa, quienes no dejaban de mirarla e intentar hacer que se sentara con ellos; la observó, negarse entre risas y prometer que lo haría al terminar su turno. Aquello había sido más falso que las uñas postizas del travesti que se regodeaba a lado de un muchacho, demasiado ebrio ya.

Encendió otro cigarrillo, aprovechando los últimos segundos que le quedaban al que estaba por terminar.

Las horas pasaron sin que él lo sintiera, mientras pensaba en lo extraña que podía ser la vida; lo absurdas que las personas podían ser; lo estúpido que era al gastar su dinero en alcohol y cigarrillos… que su madre estaría preocupada la noche entera y que por más que lo ignorara, su teléfono móvil recibía llamadas de aquella mujer, que fingía no notar la diferencia de la ausencia de su marido.

Pensó en su padre, en su rostro amable y sus fuertes carcajadas, sus sermones y lo serio que era siempre; recordó con melancolía su espalda, lo que veía siempre que se iba a trabajar por las mañanas, antes de que su madre lo llevara a la escuela. El nudo en su garganta se apretó un poco, pero supo deshacerlo con facilidad, llevaba días practicando. Se rascó la frente y pensó en todas las palabras de aliento que había recibido y en lo vacío que se sentía el patio de la casa, ahora que el viejo no andaba por ahí caminando, mientras pensaba en todos los secretos oscuros de la vida.

Asfixiándose, pidió la cuenta a una de las muchachas que estaba detrás de la barra, pagó y dejó una propina en nombre de la pelirroja que lo había atendido. Le dio un último sorbo a la cerveza y se levantó; caminó un poco mareado, topando hombro con hombro con algunas personas, hasta llegar a la puerta que daba al estacionamiento. Caminó hacia su auto y enarcó una ceja al encontrarse a la pelirroja, sentada en el suelo, recargada en su auto y mirando al cielo, mientras de sus labios escapaba humo.

Estaba lo suficientemente ebrio para que las ideas se le mezclaran unos segundos en la cabeza, pero era obvio que la había interrumpido en un momento personal, como el que él había tenido ahí en aquel bar, mientras se terminaba la cajetilla de cigarros.

La muchacha lo miró descaradamente, dando una calada al cigarrillo.

—Es tu auto —comprendió, sin dejar escapar el humo.

Sus ojos rojos lucían cansados y aburridos, hasta cierto punto, melancólicos; su gesto tranquilo y sereno contradecía un poco a lo tensos que estaban sus hombros. Emitió una nube de humo deforme al toser y se cubrió la mano para ocultar una risilla que escapó de sus labios sin que pudiera detenerla.

El olor, peculiar, de aquel cigarrillo hecho a mano logró revolverle el estómago.

—Estás demasiado ebrio, amigo —recalcó, fingiendo que no la habían invadido en un momento personal, mientras fumaba marihuana.

—No lo estoy.

Miró el cigarrillo y se mordió el labio inferior —… ajá.

Sonrió con ironía y acomodó sus gafas, deslizándolas hacia arriba por el puente de su nariz. Shikamaru no pudo evitar notar el movimiento, siempre le había parecido seductor, le evocaba a una mente brillante, llena de conversaciones largas, nada cotidianas… partidas de shogi decentes y miles de citas, comentarios brillantes, conocimiento, datos curiosos que no sirven de nada, pero que a él le encantaba escuchar… aunque todo aquello pudiera caer siempre en sus imaginaciones y no parecerse a la verdad.

—¿Ya te vas?

—No… estoy ebrio —contestó con simpleza, recargándose en el cofre del auto. Ella lo miraba, entre aburrida y perdida, no sabría decirlo.

Asintió —… haces bien.

Permanecieron en silencio unos momentos. El viento meció los árboles y la pelirroja no pareció incomodarse por la repentina briza fresca a pesar de lo ligera que iba en ropa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, sin mirarlo. —No disfrutas de los grupos novatos que vienen a tocar, fumas cigarrillos caros con una desesperación anormal y no buscas una noche con una mujer de esas…

Sus ojos permanecieron clavados al frente y su rostro no cambió un ápice, mostrándose tan serio como lo había sido la mayor parte de la noche dentro de aquel bar nocturno, sombrío y con anaranjados matices. Aquel cigarrillo hecho a mano viajaba a sus labios a intervalos distintos, el humo salía lentamente, casi podía pasar desapercibido, ella parecía retenerlo en sus pulmones, muy adentro de su cuerpo.

—Nara Shikamaru.

Ella miró el churro unos momentos, girándolo con la punta de sus dedos y exhaló una ridícula cantidad de humo casi transparente —. Nara… como la prefectura, la de los templos.

Inclinó un poco el rostro al frente, mirando mejor el cigarrillo de marihuana. Shikamaru sonrió de lado, solo tres personas habían hecho esa referencia en sus cortos veintiséis años de vida.

—Soy Karin, a secas —murmuró, antes de darle la última calada a su preciada marihuana. —Yo no soy patrimonio de la humanidad.

Se mordió el labio y volteó a verlo, dedicándole su atención completa, mirándolo fijamente.

—Así que… ¿qué hace un muchacho como tú, con su camisa negra, pantalones de vestir, zapatos lustrados que rayan la histeria y ojos que te dicen que saben más de lo que aparenta tu patético ser, en un bar como este?

Enarcó una ceja inquisitivamente, seductoramente, y sonrió un poco antes de negar y mirar al frente de nuevo, como si de pronto estuviera aburrida de él. Shikamaru se llevó las manos a los bolsillos y cruzó las piernas, aun recargado en el auto y mirando hacia el firmamento.

—Me gusta el ambiente —mintió sin más.

—Te lo creería si fuera noche retro.

—Conozco al dueño.

—¿A esa bestia? —preguntó, con una voz tan apática como él podía serlo. —No me lo tomes a mal… pero tú te ves más del tipo de amigos que no salen de detrás del periódico o reuniones tranquilas en casa, hablando sobre política y la economía y la inflación y si los candidatos son unos incompetentes…

Predecible. Nada que no hubiera escuchado antes, incluso su mejor amiga, esa rubia escandalosa que la vida le había achacado desde que era un crío, le había dicho algo similar años atrás. La miró en silencio durante unos momentos y luego sacó un cigarrillo, el último de esa noche, por no traer más encima; pero ella lo tomó de sus manos y lo sostuvo en sus dedos, con una extraña maestría y elegancia que no concordaba en nada con la muchacha de ropas gastadas, cabello revuelto y gesto de indiferencia, que rallaba en el cinismo y la burla. De haber llevado otro tipo de ropa a Shikamaru le hubiera parecido que lucía elegante; porque incluso en ese momento lucía un tanto así.

—¿Qué hace una chica como tú, sola en el estacionamiento?

—Esperando que un muchacho lánguido como tú me viole.

Carcajeó y se llevó una mano al rostro, la marihuana comenzaba a surtir efecto. Negó un poco y recargó la cabeza en el auto, cerrando los ojos, con el fantasma de una sonrisa en su rostro.

—Lo que todas las chicas como yo hacen… fumar marihuana y pensar en la inmortalidad del cangrejo y lo apetecible que una hamburguesa puede llegar a ser cuando llevas todo el día matándote de hambre, mientras el vago recuerdo de tu familia te martiriza, haciendo que el peso de tus obligaciones caiga sobre tus hombros, pero resbale pronto gracias a que escuchas en el fondo de tu atormentada mente a Janis Joplin cantar.

Hablaba demasiado, casi tanto como lo hacía Ino… casi. —Dejando de lado la marihuana, pude decirte lo mismo.

Lo miró unos momentos, sonriendo; movió su cabeza y sus cabellos rojos se agitaron, cayendo despeinados sobre sus hombros. —No te creería, no te ves del tipo de Janis Joplin… Los Beattles, quizá, pero ¿a quién no le gustan los Beattles? ¿Cuál es tu grupo favorito, Shikamaru? ¿Puedo llamarte así o quieres que vaya con las formalidades?

—Shikamaru basta.

—… en todo caso, no tengo problema con decirte Nara, es un apellido aceptable. ¿Sabes? Detesto las formalidades —dijo, ignorándolo por completo —… todos lo asocian al respeto, yo llamo a mi jefe Jiraiya-sama, porque así le gusta y es señal de respeto, según él… pero yo siento de todo menos respeto o admiración hacia él, es absurdo.

Y de nuevo lo miraba, como si fuera lo único a lo que pudiera ponerle atención y su mente no estuviese divagando por cualquier estupidez. Aun así decidió llevar las cosas por su caudal, estaba demasiado ebrio como para conducir y había olvidado renovar el seguro de su auto, así que unos cuantos minutos hablando con una pacífica drogadicta no dañaban a nadie, más cuando esa persona lo que estaba buscando era dejar de escuchar sus pensamientos y de ver una y otra vez sus recuerdos dentro de su cabeza.

—¡Te ves exhausto! ¡Vamos, siéntate, mi piso es tu piso! —exclamó de pronto.

Shikamaru miró a los alrededores y luego de pensarla dos veces, se tuvo que sentar, ya que ella lo tomó del brazo y tiró de él. El cigarrillo no tardó en volver a sus manos y no dudó en encenderlo. Karin seguía mirando hacia el frente, como si no quisiera verlo, y luego de unos segundos los ojos se movieron lentamente, mirándolo de soslayo.

—El tabaco es malo, causa cáncer.

—La marihuana mata neuronas.

Enarcó ambas cejas. —Eso explica muchas cosas.

La miró, dándole una larga calada al cigarro y exhalando despacio, casi disfrutando la manera en que ella miraba el humo, completamente absorta en los pensamientos que se habían desencadenado gracias a ello. Permanecieron en silencio de nuevo, Karin pareció entrar en un extraño estado de trance, Shikamaru lo atribuyó a la marihuana. El sonido de los neumáticos contra el pavimento y la luz de los faros lo obligaron a levantar una mano para proteger sus ojos y mirar hacia su izquierda, luego miró a Karin, quien había cerrado los ojos y dejó escapar un pesado suspiro. La bocina sonó, haciendo saltar a la muchacha, que rio bajo unos cortos segundos; Shikamaru pensó que esa era la risa más fea que había escuchado en su vida.

—Bueno, fue entretenido hablar contigo —gruñó al levantarse, dejándolo a él en el suelo, y buscó algo dentro de su bolso —. De vez en cuando es bueno salir de la rutina… conocer gente nueva, hacer nuevos amigos, qué se yo, soy una simple muchacha de veintitrés a la que le gusta drogarse.

Y sonrió. Shikamaru miró el gesto, escéptico.

—Sí, fue agradable conocerte.

Una botella de vodka cayó sobre su abdomen y él apenas pudo reaccionar para tomarla y evitar que golpeara el suelo.

—Nos vemos luego, Nara Shikamaru —rio. —Me gusta tu nombre. Au revoir.

—Good-bye.

Ella sonrió ampliamente, más de lo que Shikamaru catalogaría como normal y encogió un poco sus hombros. —¡Oye! Me caes bien… no eres como el pesado de Suigetsu, ah, ese estúpido dientón, espero nunca tengas la poca fortuna de conocerlo, es un asco… como jodes maldita perra, ¡ahí voy!

Su monólogo se descarriló entonces, hacía la persona que abordaba el automóvil y ya había vuelto a llamar con la bocina. Lo último que vio fue la espalda de la muchacha y su trasero moviéndose gracias al vaivén de sus caderas; las botas tipo militar que llevaba puestas desaparecieron luego de unos segundos y el sonido de una portezuela cerrándose anunció la llegada de alivio que sentirían sus ojos al dejar de ser lastimados por la luz.

Miró la botella de vodka en completo silencio, pronto fue capaz de ver la etiqueta, era el típico vodka barato y de calidad aceptable que toma uno cuando anda demasiado borracho como para importarte.


Jeló

Definitivamente vengo por última vez, luego de varios intentos y repetidas ediciones, con la promesa de darles la continuación y el final que les debo. Supongo que podemos agradecer a esta pandemia y las subsecuentes cuarentenas que me dieron tiempo para dedicarme al fin a las historias.

Espero les guste este último intento.

En todos estos años de ausencias intermitentes acepté que mis ideas están rancias y la creatividad ausente, así que prácticamente estoy anunciando que me retiro de fanfiction y que solo vendré a traer las historias que no he concluido y las que eliminé para poder editar y mejorar.

Apreciaré bastante sus comentarios, no porque necesite subirme el ego, pero porque me gustaría tener un poco más de criticismo constructivo hacia mi estilo, el ritmo y desarrollo, manejo de personajes y diálogos, además quiero conocer sus dudas, etc., así que por favor siéntanse libres de comentar.

Publicación original: Martes, 13 de mayo de 2014

Edición publicada: Viernes, 02 de octubre de 2020