El tic-tac del reloj sobre la pizarra del salón, por alguna razón, parecía más claro que la voz del Profesor de Historia Contemporánea, a pesar de que no había nada en específico acerca de la voz de ese profesor que provocara eso. Tal vez simplemente se tratara del cansancio acumulado de la semana.

O simplemente se estaba imaginando cosas porque el profesor estaba repitiendo lo mismo que había dicho quince minutos antes… por alguna razón.

Finalmente, quizás notando el cansancio de sus alumnos, el profesor dio por terminada la clase luego de darles los títulos de los textos que deberían leer para la próxima clase. Algunos de los presentes se apresuraron a salir del aula, otros simplemente se tomaron su tiempo para entablar conversación con sus amigos o hablar con el profesor sobre cualquier tema.

Desde el lado izquierdo del salón, sentada aún en el asiento más cercano a la ventana más baja, una de las alumnas se ocupaba de guardar su cuaderno, asegurándose que las fotocopias de los textos de esa clase estuvieran dentro, antes de tomar su chaqueta y salir por la puerta directamente frente al asiento que había estado ocupando - una de las cuatro que había en el lugar, contando las salidas de emergencia-.

Mantuvo su mirada clavada en el suelo frente a ella, evitando hacer contacto visual con otras personas que ocupaban y atravesaban los pasillos. Algunas le daban una mirada de paso a causa de su color de cabello - un negro azulado en sus raíces, con un celeste hielo siguiéndole después de unos milímetros-, otros ni siquiera se percataban de su presencia. Más de una vez, a lo largo de su vida, le habían cuestionado sobre el color; una ocasión especialmente agravante había sido al inicio de la secundaría, cuando había tenido que buscar sus fotos de bebé para demostrarle al Director y a los Profesores que ella había nacido con ese color.

No le había ayudado mucho con respecto a sus compañeros o los rumores que se habían iniciado al respecto.

Ahora que se encontraba cursando la universidad se daba cuenta de que no era como si realmente le importara. "Cada uno a lo suyo y todos felices". Después de todo, a estas alturas de su vida lo único que quería era aprender y regresar a casa al final del día.

Su departamento se encontraba en un barrio a una hora de la Universidad, y constaba de dos pisos con cinco apartamentos en el superior y seis en el inferior. Ninguno de los apartamentos era muy grande, constando únicamente de tres habitaciones, contando el baño. Algo conveniente cuando se vivía sola.

Procurando cerrar bien la puerta detrás de ella, pasó de la entrada a la pequeña cocina, donde se aseguró de dejar el ramen instantáneo y el jugo de naranja que había comprando en la tienda que se encontraba de camino a la estación del metro antes de entrar a su habitación.

Colocó su mochila sobre la cama y comenzó a sacar todo lo que tenía que ver con sus estudios, reemplazándolos con un par de cuadernos de pocas hojas y tapas blandas que solía usar para anotar ideas que le surgían cuando estaba aburrida en el trabajo, junto a su laptop, el cargador de está, el cargador de sus audífonos, el USB de su celular y un libro que aún no podía terminar. Dejando todo ordenado al finalizar, pasó al sillón que se encontraba en lo que era la sala de estar y se dejó caer.

Sacó su celular del bolsillo de su chaqueta y reviso su email. Encontrándose únicamente con spam de algunos sitios a los que se había suscripto - todos iniciando con "Hola, Kukiko. Tal-y-tal-persona acaba de publicar tal-y-tal- contenido" - llenando su cuenta. Algún día se tomaría el tiempo para leer y borrar lo que no necesitaba. "Algún día… probablemente del próximo año".

Repentinamente un fuerte ruido rompió el silencio del momento, haciendo que la ventana cerrada de su balcón retumbara.

Frunció el entrecejo cuando reconoció que se trataba de la "música" que el hijo de uno de los vecinos, un chico de 14 años en su etapa de rebeldía, solía poner para hacerle la vida imposible a los vecinos y, por proxy, a sus padres. Juntando su energía, se levantó del sofá y caminó hasta el mueble que se encontraba al frente - el cual normalmente estaría ocupado por el televisor- y encendió su computadora. Mientras esperaba a que apareciera el escritorio, se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el sofá, para luego buscar por el gabinete del mueble por sus audífonos y un pendrive.

"Es como la música Dye o Trash Metal. Si fuera Disturbed o Evanescence no me molestaría tanto".

Si tenía que lidiar con un niño malcriado por varias horas, lo haría con algo que disfrutaba. Animes. Y hoy se sentía con ganas de volver a DRAMAtical Murder, aún cuando la serie era una versión algo superficial de la historia y era dolorosamente obvio los puntos en que el presupuesto para la animación había sido recortado.

Aprovechando el hecho de que sus audífonos eran inalámbricos, se pasó la tarde reviviendo viejos amores y viejos rencores hacia los personajes, considerando más de una vez en revisitar los juegos solo para ver contenido algo más explícito aunque aún continuaba debatida si debería continuar gustándole las escenas por cuan tóxicas la mayoría de las relaciones comenzaban. Extrañamente, durante el tercer episodio creyó escuchar a alguien hablando cerca de ella y, aunque se sabía completamente sola, se levantó a revisar el apartamento, asegurándose en el camino de que todo estuviera cerrado antes de regresar al sofá.

«Uno de los contras de vivir sola: paranoia» pensó resignada, recordando todas las veces que había creído oír algo en el lugar solo para que resultará siendo su imaginación.

Únicamente cuando su estómago comenzó a molestarle, por falta de comida, fue que detuvo la reproducción del capítulo y se dispuso a cenar viendo vídeos en Youtube. Encontrándose con múltiples youtubers hablando sobre donaciones para cierta causa de la que nunca antes había oído -a la cual recordaría donar luego de pagar las cuentas de ese mes en unos días-.

Tras una corta ducha y un cambio en ropa más cómoda, (una suéter corto de color rosa por encima de una camiseta blanca y un par de pantalones negros con sus calcetines de rayas negras y blancas) con la cual sería aceptable atender la puerta aún recién levantada, reanudó la serie.

Apenas eran las 10 de la noche decidió irse a dormir porque debía levantarse temprano en la mañana para ir a trabajar. Como no tenía ánimos de moverse de donde estaba para pasar a su cama, que estaría dura y fría por falta de uso en todo el día, decidió quedarse en la sala. Por lo que procuró buscar una manta en su cuarto, acercar sus zapatillas al sofá para cambiarse a la mañana siguiente y apagar la computadora tras desconectar los audífonos y el Pendrive (el cual guardo distraídamente en el bolsillo de su pantalón al ir a lavar sus dientes).

Con todos sus preparativos listos, se acomodó mejor en el sofá, abrazando una de las almohadas en el mueble, y colocó sus gafas en el suelo directamente al lado de su cabeza. Agradeció a los cielos que la música se hubiera detenido unos minutos antes (aunque los gritos del vecino no habían sido mejor).

"La vida de una joven adulto… aunque ni siquiera me siento de 22 años".

Aún estando tan cansada, se encontró a sí misma dando vueltas contra los almohadones por varios minutos. Decidiendo en contra de la idea de navegar por el sitio de fics que más frecuentaba, tomó sus audífonos del piso - justo al lado de su celular y sus gafas- y encendió la pantalla de su celular. La reproducción dejaría su batería al borde del apago, pero siempre tenía en su mochila un cargador portátil y el cable del aparato, por lo que no le preocupaba.

A su jefe no le molestaba que usará la electricidad del local siempre y cuando no usará el teléfono durante las horas de trabajo.

Con la voz gruesa de cierto cantante francés en sus oídos, se dejó llevar hasta que el sueño le reclamó por esa noche.


¿Sueñas?

¿Te gustaría despertar?

¿Los sueños te son suficientes?

Es hora de despertar, Bella Durmiente.

¿Quién eres?