Este compilado está destinado a albergar todos los one-shots DabiHawks que escriba para eventos del fandom. Por lo pronto, alberga a mis participaciones en la Dabi x Hawks Week.

Imagen de portada de Elentori.

Resumen: Cinco veces que Dabi, el vocalista de La Liga de Villanos le quita la respiración a Keigo Takami y una vez que lo hace Keigo Takami.

Día 2: Band AU.


It's Not a Fashion Statement It's a Fucking Deathwish

Promise me that when I'm gone you'll kill my enemies
The damage you've inflicted, temporary wounds
I'm coming back from the dead and I'll take you home with me
I'm taking back the life you stole

My Chemical Romance


Creaba porque quería romper algo. El micrófono. Las ventanas. A puño limpio. ¿Lo entiendes? [Pausa y una risa]. No, claro que no. [Otra risa] No toda la gente quiere deshacerse los nudillos golpeando algo. Yo sí, sin embargo. En ese tiempo odiaba todo. No teníamos dinero y viajábamos en una van de mierda tocando en los peores bares. A nadie le gustaba el proyecto. Quizá a cuatro gatos ariscos que iban a vernos. La fama llegó hasta después: las entrevistas, periodistas lamiéndome el trasero, la idea de hacer este documental de m— [pitido]. ¿Van a cortar mis groserías? Qué lástima. Son mi p— [pitido] personalidad. Sí, bueno, ¿qué querías saber?


I.

What will it take to show you that it's not the life it seems? (I'm not okay)
I told you time and time again you sing the words but don't know what it means
To be a joke and look
Another line without a hook
I held you close as we both shook for the last time
Take a good hard look

I'm Not Okay (I Promise), My Chemical Romance


Rumi tenía una novia que tocaba en una banda de rock toda ataviada con cuernos de dragón, una chamarra que simulaba ser escamas. Era la guitarrista principal. Tenían un vocalista que usaba una cantidad estúpida de gel para pararse en dos o tres picos el cabello que se pintaba de plateado, sin falta, cada semana, así no comiera el día que había que comprar el tinte. El rock por encima de todo, decía. A Keigo le parecía estúpido todo, pero no se quejaba: mientras la música le estallara en los oídos todo estaba bien.

Aunque decía que Rumi podría haber sido mejor vocalista que este pretencioso que decía «el rock por encima de todo». Se llamaba Shinya Kamihara o algo así. Rumi le había contado a Keigo que todavía a veces lo veía recibir cheques de sus padres, que le rogaban que volviera a su pueblo natal. Entonces Keigo había bufado. Recibiendo un cheque mensual se podía decir que «el rock por encima de todo», por encima del aire, de la comida, del no morirse de hambre.

Ojalá pudiera ver el mundo así.

En cambio se conformaba con acompañar a Rumi a aquellos conciertos de mierda porque no pagaba boleto, ni cover, ni nada y al día siguiente seguía siendo igual de pobre que la noche del concierto y no pasaba nada.

—¡Antes de Ryuko saldrán unos nuevos! —oyó a Rumi gritar por encima de las voces y los gritos—. ¡La liga de villanos!

—¡¿Qué?! —preguntó, a gritos. No había oído la última parte.

—¡La Liga de Villanos!

Y esa vez si lo oyó. No tuvo tiempo de contestarle ni de decir nada más, porque la banda «nueva» ocupó su lugar en el escenario. Keigo apenas tuvo tiempo de echarles un vistazo antes de que empezaran a tocar la primera canción. Fuerte, agresiva. Demasiado ruido que le golpeaba los tímpanos.

Eso le gustaba.

El ruido.

(Una vez no había comido en la escuela con tal de juntar suficiente para unos audífonos y un aparato para oír los discos que le prestaba Rumi).

El ruido lo hacía ser capaz de cerrar los ojos y no pensar en la mierda. La batería, la guitarra, el bajo, la agresividad de algunos de los grupos de rock. Rumi decía que era porque los catalogaban como la generación de la decepción. Se había ido todo a la mierda. El progreso. La vida. Habían crecido en colonias de mierda y habían cargado con pasados horribles hasta llegar a ese estado desilusión total que los embargaba y los arrastraba hasta esos bares de mierda, donde una cerveza podía estar diluida con agua si no te dabas cuenta a tiempo, a oír a unos cuantos grupos que habían conseguido instrumentos y equipos de sonido y estaban intentando hacerse famosas a toda costa. Todos los grupos le gritaban al mundo.

«No estamos bien».

Keigo cerró los ojos. No veía a los integrantes. Sólo oía la melodía del intro, antes de que el vocalista tomara el micrófono y le pusiera letra a la canción.

No estaba mal.

Era una canción de las que servían.

(Las canciones se dividían en dos categorías: las que servían y las que no. Todo dependía de su efectividad para dejar pasar los gritos cuando estaban puestas a todo volumen).

Y luego el vocalista empezó a cantar.

Carajo. Que voz.

Su voz medio rasposa hizo que Keigo abiera los ojos de golpe. Parecía como si el vocalista quisiera deshacerse la garganta allí. Había algo en la canción. Algo que dolía en lo más profundo del ser de Keigo. La letra le recordaba su propia desilusión y de repente en ese bar de mierda no existía nada más que la banda en el escenario y Keigo con los ojos bien abiertos y la ilusión de un niño de cinco años pintada en ellos. Hubo un apocalipsis y luego volvió a empezar el mundo entero. Todo explotó y luego la tierra volvió a crearse.

Era la única manera en la que podía explicar la música dentro de él.

Pasada la sorpresa inicial, pudo fijarse por fin a lo lejos en el vocalista. Era una mata de cabello negro y tatuajes: en el cuello, en la cara, en los brazos. Su voz lo cautivaba y su presencia en el escenario lo atraía como la fuerza de gravedad lo tenía pegado a la tierra y como el sol mantenía a nueve planetas en órbita. Así que Keigo se acercó. No sintió en su hombro la mano de Rumi intentando mantenerlo a su lado, lejos de la locura de los que estaban pegados en el escenario. Caminó abriéndose paso entre cuerpos que bailaban, chillaban y saltaban con la música hasta que tuvo a milímetros el escenario.

Entonces lo vio de cerca y se fue el aliento.

Sus ojos clavaron en él como dagas. No estiro los brazos, como el resto de la gente a su alrededor. No luchó por tocarlo o alcanzarlo. Su voz era un hechizo que tenía a un montón de jóvenes en un bar cautivados.

De repente se puso en cuclillas y Keigo pudo verle la cara. Tatuada una parte, medio maquillado —aunque no alcanzaba a apreciar los detalles realmente—. Extendió una mano hacia su público cautivo y, entonces sí, en un impulso, Keigo estiró la suya propia. Vio sonreír al vocalista —de medio lado, esa sonrisa seductora y medio irónica que tenían la mayoría de los músicos como él— y sintió su tacto cuando la agarró.

Entonces sí. Se quedó sin aire.

El toque apenas duró unos segundos, pero para Keigo fue ir al paraíso y caer de repente al inframundo. Morir y seguir viviendo.

Fue todo. En aquel toque cupo el universo entero.


II.

Alright, give up, get down
It's just the hardest part of living
Alright, she wants it all to come down this time
Lost in the prescription
She's got something else in mind
Check into the hotel Bella Muerte

The Jetset Life is Gonna Kill You, My Chemical Romance


—¿No que no querías venir?

Rumi estaba sonriendo cuando cruzaron la valla del terreno de la fiesta. Solían hacer eso por esos rumbos. Juntarse con un montón de cervezas en uno de los baldíos sin construir. Total. Las inmobiliarias nunca volteaban para allá. ¿Quién quería construir en barrios de mierda?

Keigo resopló.

—Seguro que es porque te dije que irá Dabi. —Rumi pronunció «Dabi» alargando la «a», dándole un toque pícaro a la «i». Keigo sólo se puso rojo, rojo, como los tomates.

Su nombre era «Dabi». Bueno. Pseudónimo. Nombre elegido. No era del barrio, así que nadie tenía claro de dónde había salido. Tomura lo había acogido bajo su ala porque cantaba como los mismos dioses de los herejes a los que se les ofrecían sacrificios de sangre en la antigüedad. Nadie lo había cuestionado. Y a Keigo lo tenía hechizado desde el día que lo había visto desgarrarse la garganta en un micrófono para encarnar la desgracia que él mismo sentía dentro y darle un sentido, una forma, como si estuviera diciéndole «algún día todo este dolor será útil».

Rumi tenía razón.

Había aceptado ir a esa fiesta porque iba Dabi. Ryuko había dicho que toda La liga de villanos iría.

Nada más entrar, alguien intentó ponerle un vaso en las manos. Apestaba a alcohol. Todo el ambiente. Era como estar en casa.

—¿Crees que tengan refresco?

—Siempre —contestó Rumi—. Diluyen el whisky con otras cosas. —Ella sí había aceptado el vaso. Keigo hizo una cara, pero no dijo nada. Rumi podía beber si quería. Además nunca se ponía borracha—. Vamos a buscar. Ryuko no ha llegado.

Lo jaló hasta encontrar las botellas de refresco abandonadas entre la hierba y él agarró una y luego un vaso vacío al que le echó el refresco encima. Nada de alcohol. Nunca iba a esas fiestas porque el desenfreno le atraía y lo perturbaba a la vez. Sentía que allí eran como seres humanos cubiertos de gasolina demasiado cerca de un incendio. Podía pasar cualquier cosa, cualquier tragedia.

Total, Keigo sabía perfectamente lo que hacía el whisky barato o las botellas de cerveza. Se acumulaban, una tras otra, en el piso. A veces se rompían y los vidrios se quedaban allí hasta que el los barrio, harto de esperar que pasara algo o que cambiara algo.

Le dio un trago al refresco.

Mejor sobredosis de azúcar que coma etílico.

—Ven, vamos a buscar al amor de tu vida. —Rumi lo jaló y Keigo volvió a ponerse rojo otra vez.

Eso no era normal. Las mejillas le ardían tanto que hubiera podido cocinar un huevo en ellas. Era ridículo. ¿Por qué no era capaz de ocultarlo? Él era Keigo Takami, carajo, había sido alumno prodigio, había sido uno de los únicos imbéciles de aquel barrio con una oportunidad de ir a la universidad y la había dejado marchar porque no podía darse el lujo de no tener un trabajo de nueve a cinco que nunca era de nueve a cinco sino de nueve a ver a qué horas carajos salía. Lo había hecho todo con una sonrisa, como si no importara y todo estuviera bien. Podía hacerlo. La tenía ensayada a la perfección.

Podía permitirse esa obsesión con el vocalista de una banda nueva.

Y entonces, lo oyó.

Ni Rumi ni él tuvieron que buscar demasiado porque su voz sonó por encima de todas las demás en uno de los puntos apartados del terreno y entonces su amiga se precipitó hasta ellos y sonrió con esa sonrisa de loca psicópata que tenía.

—A mi amigo le gusta como cantas —le espetó a Dabi y Keigo, por primera vez, pudo verlo de cerca.

Lo primero que se notaba eran los tatuajes y el cabello negro desordenado. No alcanzaba a verlos todos ni a distinguir los dibujos por la oscuridad, pero sí distinguió el delineador negro de los ojos y la sombra morada medio difuminada en el párpado y por debajo de los ojos.

—¿En serio?

Dabi sonrió enseñando los dientes.

—Sí —dijo Keigo. Se sintió valiente y le valió madres sentirse las mejillas ardiendo.

Dabi lo examinó más de cerca.

—Oh, te recuerdo —dijo Dabi. Le guiñó un ojo—. Les presentó a los demás. Tomura. Supongo que saben… —Rumi y Keigo asintieron. Tomura Shigaraki era famoso por meterse en problemas. Todo el mundo sabía que había tenido otro nombre, pero no cuál era ni de donde había salido, porque Shigaraki padre lo había encontrado abandonado a los cuatro años, famélico y a punto de morir—. Es la guitarra. Himiko, el bajo. —Una chica con un vestido plisado que parecía haber sido remendado cuarenta veces, un suéter viejo, rubia, con fleco y dos complicados chongos que parecía tardar horas en hacer pero estaban perfectamente fijos a su cabeza, ojos muy maquillados con delineador. Les sonrió enseñándoles unos dientes de vampiro que seguramente se había hecho con plástico—. Jin en la batería. —La única apreciación de Keigo fue que era un tipo que no había dormido en tres días—. Atsushiro debe de andar por ahí, él es los teclados…, pero al parecer somos demasiado salvajes y cabrones para él.

Volvió a sonreír y Keigo juró que podía ahogarse en aquella sonrisa. Era pecaminosa, de las que invitan al peligro con toda la intención. Quería lanzarse hacia ella.

—Entonces —siguió Dabi—. ¿Te gusta cómo canto?

—Sí —repitió Keigo. Lo hizo más seguro de sí mismo—. El mundo da vueltas —se atrevió a decir—. Cuando. Cuando lo haces.

Dabi sonrió.

—Me alegro.

En realidad era una simplificación de lo que su voz hacía, pero tampoco existían las palabras para explicarlo, así que no se molestó ni en intentarlo. Los ojos no dijeron nada.

—No todo el mundo dice eso —agregó la chica.

—La mayoría nos odia. —El hombre rubio parecía nervioso.

—Mal por ustedes que les importa la opinión del mundo —espetó Tomura. Luego miró a Keigo con atención—: Este me cae bien —dijo, señalándolo y luego le dio unas palmadas en la espalda a Dabi—. Voy a buscar a Kurogiri antes de que intente llamar a los padres de alguien. No me gusta que esté vigilando.

—Jin y yo vamos a…

—¿A qué?

—¡Kenji dijo que quería hablar de algo! —exclamó Himiko y pareció mentira, pero lo jaló hasta que todos se perdieron de vista y sólo quedó Keigo mirando a Dabi.

Y Rumi a un lado.

—Ya llegó Ryuko. Búscame cuando quieras irte —le dijo a Keigo.

Entonces sí, sólo quedó Keigo mirando a Dabi.

—Creen que eres un pinche groupie —le dijo. Entornó los ojos—. ¿Lo eres?

—¡No! ¡No!

Sólo quería decirle que su voz lo había dejado sin aliento y que había estado tan cerca de él que casi había sentido que lo conocía de toda la vida, pero nada más. No quería nada más. Su obsesión era ese enamoramiento estúpido que no pudo tener a los quince años porque siempre había cosas más importantes de las qué preocuparse.

—Bien —dijo Dabi, dando unos pasos para adelante—. Yo no tengo groupies. —Luego le puso una mano en el hombro y sus labios se acercaron al oído de Keigo. El vocalista era unos centímetros más alto—. Pero me caíste bien así que puedo cantarte al oído.

«Sí, por favor, sí».

No tuvo que contestar. La voz de Dabi le destrozó los tímpanos y luego le devolvió la capacidad de escuchar. Dabi cantaba el mundo. Su mundo.


III.

Sister, I'm not much a poet, but a criminal
And you never had a chance
Love it, or leave it, you can't understand
A pretty face, but you do so carry on

Thank You for the Venom, My Chemical Romance


—¿Vives aquí?

No estaba acostumbrado a que lo invitaran en alguna parte. Trabajaba demasiado, nunca bebía alcohol, hacía lo que se esperaba de él en turnos de nueve a cinco —donde cinco se traducía como cualquier hora después de las cinco—, llevaba dinero que desaparecía para convertirse en botellas que derivaban en peleas.

—Ajá. Con Himiko —agregó Dabi—. Pero no está. Llegará más tarde.

—Ah.

El departamento era apenas dos cuartos y una cocina miserable. Un cuarto parecía ser la estancia donde había un único sillón y unas tablas que formaban una mesa de centro. La puerta del otro estaba abierta y pudo ver dos sillones tirados en el piso, con las cobijas echas un desastre. No podía quejarse. Su propia casa no era mucho mejor. Siempre había estado tirada, llena de vidrios y de botellas, con una torre de platos sucios que nadie podía manejar. Eso no era lo peor. Eso podía soportarlo.

Los gritos era lo que lo sacaba de quicio.

Pero no hallaba la fuerza para marcharse tampoco.

—Puedes sentarte, idiota.

Se dio cuenta de que se había quedado parado, con las manos en las bolsas del pantalón, como salero a media mesa.

—Sí, claro.

—Te invité por qué me gustas.

Se estaba poniendo rojo. Lo directo de Dabi lo volvía su peor versión adolescente, esa que creía haber dejado atrás varios años antes. Pero se las arregló para sobreponerse y sonreír de medio lado, como si no pasara nada cuando pasaba todo. La historia entera de la tierra estaba dándose cita en sus entrañas. Todas las guerras, las traiciones, las conquistas y las revoluciones.

Lo agarró por el cuello cortado de la playera blanca que traía puesta, a medio fajar, y lo acercó hasta así.

—Tú también.

Dabi sonrió.

—Me alegro de que estemos en sincronía, entonces.

Tan cerca, Keigo podía ver a la perfección los tatuajes de su rostro. Alcanzaba a ver una flama azul que empezaba a la altura de la línea de su mandíbula. En su cuello, alcanzaba a distinguir un fénix renaciendo de sus cenizas.

Lo besó.

Cerró los ojos y se dejó llevar. El apocalipsis eran los labios de Dabi. La manzana del árbol en el jardín del Edén. Eran deliciosos. Nunca llegaron a sentarse, no realmente. Empujó a Dabi hasta la pared más cercana. Sintió las manos de Dabi en su cintura, apretándola, levantándole la playera negra buscando piel.

Se separaron.

—Voraz —lo acusó Dabi, con una media sonrisa. Una de sus manos dejó la cintura de Keigo y acabó en su barbilla—. Ni siquiera me dejaste invitarse una cerveza, cabrón.

—No bebo.

—Un agua —corrigió entonces.

La mano que todavía descansaba sobre la cintura alza su camiseta, buscando piel. Aguantó las ganas de volver a ponerse rojo, aguantó todo lo que sentía dentro. Se le olvidó respirar y en algún punto sólo alcanzó a alzar los brazos para que la playera cayera al suelo.

—También tengo tatuajes, ¿sabes? —musitó, sin saber que decir, sintiéndose desnudo ante Dabi. Este sonrió de medio lado—. Es un poco cliché pero… —Se dio la vuelta—. Son alas.

Las había visto sólo en el espejo. Salían de sus omóplatos, unas alas rojas, llenas de plumas. De niño solía hacer sus dibujos con ellas a la espalda, deseando que fueran reales para salir volando, lejos, hacia arriba, hacia las estrellas, buscar marte y pararse en él a ver al sol de frente. Eran el sueño de la libertad, la esperanza.

—Son hermosas. —Los dedos de Dabi recorrieron los bordes negros de las plumas.

«Son mi alma».

—Siempre desee que fueran de verdad.

—Hubiera deseado pensar en tener unas —contestó Dabi y luego se rio. Era una risa amarga y Keigo no se atrevió a preguntar para que era—. Date la vuelta —pidió—. Quiero ver tus ojos. Son cabrones… No sé. Miran. La primera vez que te vi entre la multitud…

Se dio la vuelta y volvieron a besarse. Se besaron hasta que los besos no fueron suficientes y acabaron entre el piso y un colchón y el nombre de Keigo dejó los labios de Dabi en medio de gemidos. No pensó nada. Acabó abrazado a su pecho, sintiendo su respiración. La voz de Dabi empezó a tararear una canción que no había oído hasta entonces.

—¿Es nueva?

—Es para ti —respondió Dabi—. Sólo si la quieres —aclaró después.

Keigo cerró los ojos.

—Sí.

Era la primera vez que veía a Dabi lejos de las fiestas clandestinas y las veces que iba a los conciertos en los bares. La primera vez que no tenía a Rumi cerca, que no estaba el resto de La liga de villanos cerca. La primera vez que estaban los dos solos, enteros, completos.

Buscó su cuello para llenarlo de besos.

—¿Qué significa el fénix? —preguntó.

Dabi cerró los ojos.

—Que todo puede renacer —respondió—. Es una historia larga. —Hizo una pausa. Larga. Keigo se quedó sin saber qué decir—. Algún día. Quizá.

«Después», quería decir.

Keigo, cuya historia también era larga, complicada y encerrada demasiados episodios que no quería que nadie oyera, lo entendió. No dijo nada. Su vida siempre había sido una larga guerra civil en casa. Los dos bandos se odiaban a muerte a pesar de que alguna vez se habían amado y estaban dispuestos a destrozarse y a destrozar a Keigo en el camino. Recordaba que una vez habían intentado llevárselo. Había sido culpa de sus maestros, porque había demostrado ser listo. «Beca», «gobierno» y «escuela de élite» habían sido las palabras que había oído.

No había querido ir.

Temía la guerra, pero amaba a los combatientes tanto como los odiaba a media batalla.

Podía sobrevivir con audífonos, había decretado antes de quedarse. La música siempre lo había salvado. Un día podría contárselo a Dabi. En ese momento no. En ese momento sólo se quedó oyendo la canción que tarareaba lentamente en su oído, todavía sin la letra entera. Tampoco se atrevió a decirle que tenía que recordarse de respirar, porque era demasiado patético.

Pero Dabi lo dejaba sin respiración, ese era un hecho.

No podía huir de él.

—Me gustas —oyó la voz de Dabi, en su oído.

«Yo te quiero».

Era tan pronto y él ya lo sabía. Tan claro.


IV.

Stay out of the light
Or the photograph that I gave you
You can say a prayer if you need to
Or just get in line and I'll grieve you
Can I meet you, alone
Another night and I'll see you

I Never Told You What I Did for a Living, My Chemical Romance


—¡Hay demasiada gente! ¡Tuvieron que controlar el acceso! —Tomura Shigaraki estaba sonriendo—. ¡Y dicen que vino a vernos un productor…!

Dabi estaba sentado frente al espejo, maquillándose. Keigo no podía quitarle los ojos de encima. El delineador negro tan dramático, aunque sólo por encima de los ojos (al contrario de la bajista, Himiko, que enmarcaba sus ojos en una ventana de delineador bien cargado).

—Tendremos suerte si a alguien le gusta nuestra mierda —espetó Jin, el baterista. Negado a usar la cantidad de maquillaje que usaba el resto, sus ojeras naturales ya eran suficiente look. Aunque solía pintarse una línea simulando una costura sobre una cicatriz de un golpe que tenía en la frente.

—Oh, vamos, estamos de moda —musitó Dabi—. Cantar sobre lo desgraciada que es nuestra vida está de moda.

—No es sólo eso —interrumpió Keigo—. Sobre lo desgraciados que son… No es sólo eso. Todos lo hacen. Los demás grupos. Pero. —Carraspeó después de dejar la idea a la mitad—. Bueno, ustedes lo hacen diferente. Son más teatrales. Las letras son buenas. Te hacen sentir cosas.

Himiko estaba sonriendo. Fue la primera que se acercó, que ya había acabado de arreglarse. Había cambiado su suéter raído por un abrigo y una falda plisada después del primer pago que habían conseguido. Le dio un beso en la mejilla.

—¡Me encanta cuando hablas de nuestra música! —dijo—. Nadie nos dedica tantos halagos. Aunque cuidado, si sigues, creeré que es sólo para meterte en los pantalones de Dabi.

Keigo sonrió apaciblemente, dirigiendo su sonrisa hasta Dabi.

—Estaré en primera fila. —Era una promesa.

Dabi le guiñó un ojo y luego se dio la vuelta para seguirse maquillando. Toga se quedó sentada junto a él, tamborileando sus dedos sobre la falda, gasta que sacó el delineador de su bolsa y le picó el hombro.

—¿Quieres que te ponga? —preguntó—. Tienes ojos bonitos, puedo hacer que resalten.

—Pero yo no estaré en el escenario, nadie va a verme…

—¡Para cuando Dabi te vea! —exclamó Himiko, abriendo la sonrisa. Se había pegado dos dientes falsos que ella misma había hecho en los colmillos que la hacían parecer un vampiro—. Siempre te busca entre la multitud.

A Keigo no le quedó más remedio que aceptar después de varios ruegos. Himiko Toga era una de las personas más insistentes que conocía. La dejó hacer hasta que pudo mirarse al espejo. Le había dibujado un pico que apuntaba hacia abajo sobre el lagrimal y un línea gruesa en el párpado, que también terminaba en un pico. No se veía mal. No estaba acostumbrado a que ese Keigo Tamaki le devolviera la mirada.

Dabi volteó y le guiñó un ojo. Ya tenía la sombra morada puesta debajo de los ojos.

—Te ves bien —le dijo.

Siguieron hablando un rato, en lo que tocaba otra banda. La mayor parte de la gente estaba esperando el acto principal: La liga de villanos sobre el escenario.

Shigaraki estaba de mejor humor que de costumbre. Todo parecía estar saliendo bien. Y lo estuvo hasta cinco minutos antes de que salieran al escenario, cuando alguien abrió la puerta del cuarto donde se estaban arreglando a empujones y Enji Todoroki apareció ante ellos.

Todo el mundo conocía a Enji Todoroki. Músico famoso —y rico, sobre todo— que proclamaba en sus entrevistas que había logrado él sólo toda su fama y fortuna. Pianista prodigio. Tenía cuatro hijos —uno de los cuales se encontraba en paradero desconocido y dos que no eran mencionados en ninguna parte— y otro que estudiaba violín clásico —el menor— al mismo tiempo que subía covers de rock con una guitarra a internet. Cuando no oía rock que le destrozaba los tímpanos, Keigo ponía el piano de Enji Todoroki. Siempre cuando estaba solo.

—¡Touya!

Keigo no comprendió a quien se refería, porque allí no había nadie llamado Touya. Y estaba a punto de decirlo, sólo por decir algo, cuando Dabi se puso en pie, palideció y Keigo lo comprendió todo.

Dabi era Touya Todoroki.

El hijo perdido.

—¡Vete! —espetó.

Los demás no parecieron sorprendidos en lo más absoluto.

—¡Tengo que venir a enterarme por chismes que estás tocando en bares de mala muerte música del demonio!

—¡No es música del demonio! ¡Te dije que no quería saber de ti!

Shigaraki intenta ponerse entre Enji y Dabi, pero el primero sólo lo aparta de un empujón y sólo agarra a Dabi de una muñeca para jalarlo fuera de aquel cuarto y conducirlo al pasillo. La complexión débil de Dabi no tiene mucho que hacer contra Enji Todoroki. La puerta se cierra y el resto de la Liga de Villanos se queda sin saber qué hacer. Atsushiro se miró las manos, Himiko se las agarró —temblaban—, Shigaraki le dio un puñetazo al brazo de la silla que estaba usando.

—¡Prefieres vivir en la mierda antes que volver a casa! ¡Dejarme en vergüenza!

—¡NADIE SABE QUIEN SOY! ¡Nadie va asociar tu apellido de mierda a mí! ¡Sólo déjame en paz!

Los gritos llenaban todo el cuarto y probablemente el pasillo. A Keigo le recordaban a su propia casa y a sus propios padres.

—¿Lo sabían? —preguntó.

Shigaraki asiente, sin más.

—No quiere que se sepa —intervino Jin—. Supongo que te lo iba a decir en el momento en el que creyera…

—No me molesta que no me lo dijera —cortó Keigo. Cada quien sus secretos. Y el de Dabi era uno muy grande. Touya Todoroki era mucho nombre para cualquier persona.

—¡Vine para llevarte a casa!

—¡Perdiste esa oportunidad el día que cumplí veintiuno! ¡Y eso pasó hace mucho tiempo!

—¡Todavía eres un Todoroki y debes honrar el…!

—¡Honrar una chingada! ¡Vete al…!

Luego, el golpe.

Keigo reconoció el sonido que hace la palma de una mano al impactar contra la mejilla de otra persona. Había aprendido a reconocer el sonido el día que su madre encontró el labial de otra mujer en los cuellos de las camisas de sus padres. Se puso en pie y, antes de que alguien pudiera detenerlo abrió la puerta y salió al pasillo.

No tenía un plan concreto.

Pero reconocía el sonido y sabía que lo que seguía después era una espiral de mierda de la que nadie se salvaba.

Dabi estaba contra la pared, con una mano en la mejilla. Enji Todoroki se había inclinado sobre él, impidiéndole la huida por cualquier frente.

—No insultes a…

—Creo que será mejor que se marche —interrumpe Keigo. Enji Todoroki volteó en su dirección. Le costaba creer que aquel rostro fuera el mismo del pianista que solía oír en los momentos calmados. Tragó saliva—. Podemos llamar a la policía. Supongo que no quiere la mala publicidad.

No supo de donde le salió la valentía.

—No insultes a la familia —terminó Enji, volviendo su mirada a Dabi de nuevo. Luego se dio la vuelta y se marchó.

Dabi se le quedó viendo a Keigo fijamente, sin levantar la mano de su mejilla, hasta que Keigo se acercó y aproximó sus dedos hasta su rostro. Sólo entonces retiró un poco su mano y dejó que el otro tocara la piel enrojecida por el golpe. El impacto iba a dejar un moretón.

—¿Estás bien?

—Furioso —respondió.

—No me importa —dijo Keigo—. Quién eres, quiero decir.

Dabi desvió la mirada.

—Pude haberlo tenido todo —dijo—. Pero no quería pagar el precio.

Keigo no entendió a la primera.

—¿El precio?

—Su cinturón en mi espalda. Sus manos en mis mejilas. En mis brazos. —Keigo lo abraza entonces—. Huí a los dieciséis. Vagué hasta que conocí a Shigaraki. Los tatuajes empezaron después. Como una manera de olvidar que allí antes había habido morenotes.

—No tienes que contarme.

—Da igual —dice Dabi, casi en su oído—. Ya lo sabes. Por eso canto. Quiero destrozarlo todo. Pero contigo es diferente. Contigo quiero destruirlo todo para reconstruirlo después.

Keigo apretó el abrazo. Era su manera de decir «yo también».


V.

They say, come with your arms raised high
Well, they're never gonna get me,
And like a bullet through a flock of doves
To wage this war against your faith in me
Your life, will never be the same

You Know What The Do to Guys Like Us in Prision, My Chemical Romance


—Ven conmigo.

«No».

Tenía una responsabilidad. ¿Quién iba a llevar el dinero que se gastaba en botellas a su casa? ¿Quién iba a vigilar que sus padres no se mataran el uno al otro? No podía echar a volar las alas sólo por que sí. No lo había hecho nunca, atado con un grillete invisible que lo mantenía pegado a una madre que le había comprado un disco de un concierto de Enji Todoroki de segunda mano el día que le había sobrado dinero. Estaba seguro que ese día lo había pegado a él para siempre. «Tú vas a cuidarme, ¿verdad, Keigo?». Una sonrisa abierta, confiada. «sí».

—Estás dudando, carajo.

Dabi lo agarra por la barbilla.

—Serán meses. Y quizá tengamos suerte y lo que cantamos le guste a la gente y nos volvamos famosos o algo. Pero serán un chingo de meses. Ven conmigo. —Dabi no sabía suplicar, pero si hubiera sabido, hubiera estado de rodillas en ese momento—. Shigaraki padre va a poner el dinero que nos falte.

—Tendré que renunciar.

«Tendré que dejar a mis padres atrás».

¿Por qué se aferraba tanto a ellos?

—Odias tu trabajo.

—Es lo único que tengo, Dabi.

Odiaba sentir que se estaba resintiendo de saber que el otro había crecido en una casa rica en la que nunca había pasado hambre y siempre había habido tres comidas al día. Lo odiaba porque sabía que otras cosas sí habían ocurrido, las mismas que lo habían lanzado sin piedad a la calle.

—Me estás pidiendo que abandone mi vida por ti —dijo Keigo. Tomó la mano de Dabi por la muñeca y la hizo hacia abajo—. Eso es mucho.

«¿Qué tal si un día decides que no soy más que un groupie?».

«No, cállate, ese es el pesimismo hablando».

No lo sacaba mucho a pasear, pero siempre que aparecía estaba viendo a Dabi a la cara, sin poder creer todavía todas las noches en su apartamento y lo suave que era su piel, sin creer que efectivamente hubiera una canción que hablara de sus alas. «Creételo», oyó la voz de Rumi en cabeza. «Ese imbécil no te puede quitar nunca los ojos de encima cuando canta tu canción».

—¿Qué vida estás abandonado? —preguntó Dabi, frunciendo el ceño—. Odias tu trabajo y la vida que…

Keigo se apartó un poco.

—¡No te atrevas a calificarle de miserable! —espetó. El problema de conocerlo tanto era que le adivinaba las palabras—. ¡No puedo dejar a mis padres a su suerte!

—¡¿Y crees que te lo van a agradecer?!

«Esto está mal, esto está mal». Nunca habían peleado realmente. Entre ellos siempre había habido música y en ese momento, entre los gritos, sólo había silencio. Keigo fue el que se puso en pie, intentando poner distancia. Pero el departamento en el que vivía Dabi seguía siendo demasiado pequeño para los dos.

—¡Y tú qué sabes si fuiste capaz de irte y dejar…!

No terminó cuando ya tenía a Dabi encima, agarrándolo del cuello de la camiseta que llevaba puesta. Los ojos azules eran una mezcla de furia y tristeza.

—¡¿Crees que lo hice porque no me importaba el resto?! —Keigo se quedó callado. Incapaz de interrumpir aquel enojo, incapaz de abrir la boca y soltar cualquier palabra—. ¡¿Crees que nunca pienso en lo que dejé atrás?!

Se le quedó viendo de manera estúpida. Con un empujón hizo que lo soltara, pero no se atrevió a nada más.

—Yo no puedo dejarlo atrás —espetó—. No tan fácil.

—¡Sí puedes! ¡No será para siempre! —La desesperación en la voz de Dabi se parece mucho al enojo más puro—. ¡Tienes derecho a vivir!

Keigo desvía la mirada.

—¡Pero es egoísta!

Y luego, ya no sabe que decir.

No quería dejar a sus padres a su suerte, temeroso de que un día finalmente se mataran el uno al otro. Nunca había dejado el nido aunque llevaba mucho tiempo sabiendo que estaba listo. Pero no era capaz, era egoísta.

—¡Sé egoísta! —espetó Dabi—. Por una vez en tu vida. Enséñale el dedo medio al mundo y haz lo que se te dé la chingada gana, por una vez.

Es una súplica.

—No es tan fácil.

—Ya lo sé.

Entonces, al verlo a los ojos, comprendió que Dabi cargaba con todo un pasado perdido que nunca iba a volver. Cargaba con las consecuencias de lo que había hecho. A veces se pintaba las cosas en la piel. Había matado a Touya Todoroki con una dedicación envidiable, pero con eso había matado cualquier relación con los hermanos que había dejado atrás, atrapados en el mismo infierno del que él había huído.

Comprendía que no había sido tan fácil.

—Lo pensaré —dijo. Y después de una pausa—: Pero necesitaré un trabajo. Algo que hacer, algo que no me deje en la calle. No voy a seguirte sólo para morirme de hambre. —Carraspeó—. Lo siento, por lo que dije. No sé…

—Quizá debería contártelo —dijo Dabi.

—Son tus demonios, tú sabes. —Keigo entornó los ojos. En aquellos gestos y aquellas palabras que se dedicaron todavía a pasos de distancia, comprendió que no era la primera vez que se iban a interponer entre ellos y que aquella discusión realmente no estaba terminada. Touya Todoroki todavía existía, aunque fuera sólo en la memoria o se materializara sólo como un espectro entre ellos y no iba a desaparecer lo suficientemente rápido. Keigo todavía estaba pegado a los que cree que son sus deberes.

(A veces desearía salir corriendo. Quizá por eso admiraba a Dabi).

El otro le extendió la mano.

—Me gustas —dijo—. Te quiero o algo así. —Keigo lo vió inhalar y luego exhalar—. Ven conmigo. Faltará mundo si no lo haces.

Keigo lo besó.

No era un sí y tampoco se parecía. Era la promesa de ser el mundo entero si hacía falta. Total, el universo completo cabía en uno de sus besos, entre dos labios que se acercaban con desesperación y besaban queriéndolo conquistar todo. Todo cabía en la manera en que sus labios atrapaban los de Dabi. Todo lo existente y lo conocido y también cabían lo mayores misterios del mundo.

—Odio… —musitó en su oído, mientras lo abrazaba—. Odio que me dejes sin respiración toda la vida. —Un suspiro, tan impropio de él—. Pero también me gusta.

—Ven conmigo —insistió Dabi—. No será para siempre.

Ojalá fuera tan fácil.

¿Qué diría Rumi? Ella siempre tenía los mejores consejos. Se concentró, intentando encontrar la respuesta que le daría ella, hasta que su voz fuerte y segura resonó dentro de su ser.

«Vive».


El último disco es diferente, por supuesto que el último disco es diferente… ¡Yo lo escribí, ca— [pitido]! Todo el mundo pregunta por qué. Me vuelve loco. Es la pregunta más pen— [pitido] del planeta. ¿Acaso quieren los mismos p— [pitido] gritos del principio? [Una risa ronca]. La desesperación sigue allí. Toda la mierda que nos subió al primer lugar y nos hizo ricos cuando éramos unos pen— [pidito] después de haber crecido o vivido no más en barrios de m— [pidito]. Es sólo el segundo disco. Es diferente. No es que tenga más esperanza. Es que quizá ahora queremos reconstruir lo que rompemos. Eliminar todo lo que existe, porque todo merece perecer. Nada será eterno. [Una risa, más agradable que la primera]. Pero queremos reconstruirlo. Ponerle nuestros cimientos de m— [pidito] y vivir. ¿Cómo se va a oír esto cuando le quiten todas mis groserías?


VI.

I am not afraid to keep on living
I am not afraid to walk this world alone
Honey, if you stay
I'll be forgiven
Nothing you can say can stop me going home

Famous Last Word, My Chemical Romance


Apenas si habían dormido la noche anterior. Dabi tenía ganas de todo, menos de estar despierto. Quería quedarse tirado en cualquier parte, no importaba. El pasto de cualquier baldío estaba bien. Pero estaban de vuelta de su segundo tour y se suponía que tenía que ir a ver a su insoportable hermano menor (dos años atrás nunca se le hubiera ocurrido sentarse cara a cara con él y pedirle perdón por haberse largado y a haberlo dejado, pero los año corrían y el resentimiento no duraba). Fuyumi todavía se peleaba con él («¡tuve que aguantar todo con tal de que Natsuo y Shouto tuvieran la vida más normal posible!, ¡era una adolescente cuando me convertí en la segunda madre de Shouto y nunca te paraste a ver eso antes de largarte, sólo me culpaste!»), pero no importaba porque nunca había sido su favorita. Con Natsuo se mandaba mensajes que generalmente eran burlas de su padre, todo el tiempo. A toda hora.

—Ey, despierta.

Un pie lo picó en las costillas.

—Te caíste al suelo a medianoche y parecías tan cómodo que no te levanté.

—Culero —respondió, todavía con la voz adormilada. Se llevó las manos a la cara para desperezarse e incorporarse a medias—. ¿A qué hora llegamos anoche?

—A las tres. —Keigo le extiende una taza de té caliente—. ¿Estás crudo? —preguntó.

—No. —Era cierto, no le dolía la cabeza y apenas había tomado una cerveza. Había aprendido a hacerlo en el primer tour. Cantar crudo era una pesadilla y subir borracho al escenario nunca acababa bien. Aunque siempre había podido confiar en que Keigo se encargara de que el desastre no fuera demasiado grande; nunca lo había visto tocar una sola gota de alcohol—. Estoy desvelado. —Tomó la taza de té y le dio un sorbo.

—Se te nota —apuntó Keigo—. En las pinches ojeras que traes. —Se sentó a su lado, en el piso.

Después de dos años se habían instalado en una clase de domesticidad que no le molestaba. La clase de vida que existía en los autobuses de los tours, donde no existía la privacidad ni se podía ir al baño en paz, en hoteles de paso y en un departamento que rentaban desde hacía un año en el mismo barrio que Keigo había crecido y donde pasaban temporadas entre tours.

Les gustaba estar ahí.

Keigo solía desaparecer a ver a sus padres y a asegurarse que no se habían matado (o al menos, que nadie se había quedado sordo) en cuanto estaban de vuelta. Luego se dedicaba a contestarle a otros los medios que querían hablar con Dabi o con cualquiera de los otros miembros de La Liga de Villanos para informarle a todo el mundo que estaban de descanso y que no iban a contestar ni media pregunta. Dabi siempre lo había agradecido. Domesticidad, le decían.

Estaban aprendiendo a vivir con sus pasados y con sus problemas. Keigo se había convertido en una especie de barrera que protegía a La Liga de Villanos de los medios indeseados y los ayudaba a prepararse para las entrevistas. No hacía más, pero recibía dinero por eso. Ya no tenía un trabajo de nueve a «a ver a qué horas» que odiaba y al final del día, era uno más en la banda.

—¿Gracias? —Le dio otro sorbo al té.

—Tengo algo importante que decirte. Y quedé de desayunar con mi madre así que tiene que ser ahora —soltó Keigo.

—¿Qué?

Keigo sonrió.

Dabi sospechaba que después de dos años seguía sin ser en absoluto consciente del efecto de su sonrisa. Tenía la sonrisa más inocente del mundo. Keigo sonreía como un niño de cinco años que nunca había roto un plato, le llegaba la sonrisa a los ojos, le brillaba en ellos. Reflejaba todo el brillo del mundo en ese gesto, toda la esperanza, todo el amor. Era la luz. Dabi sabía que, en el fondo, había roto la vajilla entera, pero no importaba.

—No te burles —advirtió Keigo.

—Me voy a burlar si es una estupidez —espetó Dabi.

—¡No es una estupidez! ¡Es algo importante! ¡Concéntrate!

Ya no los rodeaba el misticismo que los había envuelto las primeras veces que se habían visto. Keigo ya no era ese joven nervioso diciéndole que le gustaba su voz, ni esos labios que besaban siempre como si fuera la última vez, ni esas manos que no sabían dónde tocar.

Dabi alzó una ceja.

«Habla, pues», dijo con la mirada.

—Pensé que todos tus documentos todavía dicen tu nombre… No Dabi, el otro nombre.

«Touya Todoroki».

—Bueno, el apellido. Touya no tiene nada de malo, en realidad —terminó Keigo. Dabi hizo una mueca. Su nombre de pila real no le gustaba porque siempre recordaba a su padre pronunciándolo. Al menos no era su apellido. «Todoroki». Ese lo odiaba—. Así que pensé algo. Podrías llamarte de otro modo, si quisieras. —Dabi enarcó una ceja, de nuevo—. ¡No cualquier nombre! —Keigo enrojeció. Era tan adorable cuando le ocurría eso—. Me refiero a Takami.

—Tu apellido.

—Sí.

—Me estás pidiendo que…

—Sí. —Hubo una pausa—. Si tú quieres.

Dabi abrió mucho los ojos. Había comprendido por donde iba todo el asunto y tuvo que recordarse como inhalar y exhalar con normalidad. Olvidó respirar un momento.

—¡Podría ponerme un velo y todo! —Keigo sonrió, ya parecía menos nervioso—. Siempre quise ponerme uno. Mamá dice que no se veía demasiado bien en mí, pero… —Sacude la cabeza—. Y podrías ponerte ese nuevo abrigo nuevo que usas para los conciertos y…

—Sí.

—…

—Dije que sí, Keigo, no tengas un ataque de nervios en…

—¡Pero ni siquiera te compré un anillo!

—¡¿Me veo como alguien que necesita un anillo?! —Se rió y dejó la taza a un lado, lo suficientemente alejada de él como para no derramarla por accidente. Y luego se lanzó sobre Keigo y le clavó las uñas en los hombros antes de besarlo y le dejó la espalda llena de rasguños.

Cada beso era vivir el apocalipsis y el génesis de nuevo. Cada caricia, cada toque. Cada sorpresa.

Por supuesto que iba a ser Touya Takami. Quizá así podría, de una vez por todas, reconciliarse con su nombre de pila. Y un anillo iba a ser bien adorno para su tatuaje más reciente: una pluma roja, como las de las alas que Keigo tenía tatuadas en la espalda.

Aunque muy en el fondo, siempre sería Dabi.

—¿Te sorprendí? —preguntó Keigo, entre los besos.

Dabi le mordió el cuello antes de responder y escuchó la respiración cortada de Keigo. Sonrió para sí al separar sus dientes de su cuello y luego se acercó a su oreja.

—Entendí tu euforia cada que me oyes cantar.


Notas de este fic:

1) Para empezar, está un poco inspirado en un fanart de princeorca en Instagram. (Si van a su perfil, lo va a reconocer inmediatamente, la primera imagen es Dabi con un micrófono). Para seguir, también está un poco inspirado en el concepto de rosemagpie (cosplayer) de un Band AU Dabi (en vez de tener las cicatrices, tiene tatuajes como el mío, aunque yo cambié varios de los tatuajes). Eso de inspiración…

2) Tampoco es casual que todas las epígrafes sean de My Chemical Romance. Es mi banda favorita de todos los tiempos y esto también está lejana (muy lejanamente) inspirado en Life on the Murder Scene (MUY LEJANAMENTE). No es casual que las primeras cinco canciones serán de Three Cheers for Sweet Revenge y la última sea de The Black Parade (crecimiento, esas cosas, no sé, simbolismos que yo veo por la vida).

3) Finalmente, siempre había querido escribir una de esas tonterías de 5+1 y me quedó bien y me gustó la estructura. Nada más eso.

Andrea Poulain