Está es una historia muy querida para mí, espero les guste.
Espero sus comentarios para mi motivación.
Torment
Parte I
—Estoy en el parque —dijo en tono bajo y temeroso, pero mantuvo la compostura, era lo único que podía hacer siempre que la llamaba—. Adiós.
—Lo sé, no me digas nada —dijo antes que la otra comenzara a hablar, y vio como guardaba el aparato electrónico.
—Elsa, yo n-
—Anna. —La cortó—. Ve.
Elsa, llenó de aire sus pulmones, para sacarlo suavemente mientras ponía sus manos encima de sus muslos, intentando controlar su frustración.
Era el sexto mes que había conocido a esa mujer pelirroja, la había encontrado en el mismo lugar que estaban sentadas, en una banca frente a una gran laguna. Ella trotaba por ahí porque debía mantenerse en forma, su trabajo se lo exigía, por consecuencia de aquello, un día se topó con la muchacha.
Flash Back
—Disculpa, ¿estás bien? —carraspeó, odiaba estas situaciones, porque era horrible dando el primer paso para entablar una conversación.
La chica estaba tapando su rostro con sus manos, mientras recargaba su espalda en el borde de la plataforma de la banca, los constantes espasmos en su cuerpo, le indicaban a la mujer ojiazul que estaba llorando.
Cuando la muchacha, que yacía llorando levantó su rostro, el corazón de la otra se encogió angustiado, estaba rota, esos ojos se lo demostraban, marcados de dolor y desesperanza.
—E-Estoy bien —dijo sollozando, intentando limpiar rápidamente sus lágrimas con las mangas de su polera.
—¿Quién te golpeó? —indagó, mirando los hematomas en el rostro, que eran poco visibles por el maquillaje, pero éste se escurrió debido a las lágrimas, dejándolos a la vista.
—Me ca-
—Te caíste por las escaleras. —La interrumpió—. Ya me sé ese cuento. —Se sentó en la banca, mirando la laguna, y a veces de reojo a la muchacha sin querer hacerla sentir incomoda.
—¿Eres policía o algo así? —preguntó, mientras su mirada perdida daba a parar en la laguna cuando dejó de sollozar, solo lágrimas silenciosas rodaban por sus húmedas mejillas.
—Bombera —respondió—, o algo así. Disculpa que moleste, pero, ¿puedes sentarte aquí? —palmeó el lugar vació de la banca, no le agradaba que tuvieran ese desnivel.
La muchacha, cuán gatito o perrito asustado podría estar desconfiado, se levantó de una manera extraña, dificultosa, y se sentó al lado de esa mujer desconocida.
Ambas miraban la laguna, ninguna hablaba, y no era incomodo, al contrario, había un ambiente relajado y apacible, como si todo alrededor dejara de existir, sólo oyéndose de fondo la armoniosa laguna, junto a los cisnes y sus crías.
—¿Sabías que los cisnes son animales que permanecen toda su vida juntos? —sonrió mientras miraba a unos tortolos cisnes haciéndose cariño.
—¿Igual que los lobos y pingüinos? —preguntó, mirando a la mujer.
—Así es, siempre me he preguntado sobre aquellas personas que encuentran un amor a los 18 o 16 años, y permanecen juntos toda la vida, es increíble. —Se volvió a la chica, conectando sus ojos por breves segundos, regalándole una leve sonrisa para volver a mirar a los animales.
—Mis padres… —susurró con un dejo de tristeza.
—¿Se conocieron jóvenes? —espetó, dándose cuenta de la mirada de la chica.
—Sí, y a los 16, mamá se escapó con papá, sus padres tenían matrimonios arreglados, pero ellos se amaron desde el primer momento en que se conocieron, así que huyeron —sonrió, secando el resto de sus lágrimas con el dorso de su mano, aquella conversación había servido para desviar la atención de su miserable apariencia, y vida.
—Por favor. —Le tendió un pañuelo que sacó de su bolsillo—. Eso es increíble, a veces el amor puede darnos tantas cosas positivas, como la valentía de luchar por quien amas.
—Gracias… —Lo tomó y vio unas iniciales bordadas—. ¿ELS? Y sí, pero también cosas malas —dijo en tono apagado, secando con el pañuelo celeste su húmedo rostro.
—Oh, son las iniciales de mi nombre, Elsa —aclaró—. Sé que no es de mi incumbencia, agregando que soy bombera, pero esto quedaría extraoficialmente entre noso-
—Suena como un interrogatorio —sonrió levemente, devolviendo el pañuelo a la mujer, ésta le hizo una señal que se lo quedara.
—Lo siento, no soy muy buena en esto —suspiró frustrada, haciendo un mohín.
—¿Problemas en el trabajo? —inquirió, aquella mujer se veía con todas las intenciones de ayudar, incluso aunque no fuera buena hablando, y eso hizo que fuera tan tierno.
—Sí, soy horrible expresando mis emociones o sentimientos —declaró, cosa que le causó un poco de extrañeza, ya que jamás le había dicho a nadie aquello, quizás se debía a que siempre es más fácil hablar con un extraño.
—Comprendo, pero eres bombera, ¿no les enseñan algo así en la academia?
—No, no nos enseñan. Disculpa, ¿cuál es tu nombre?
—Anna, Anna Valois.
—Anna, necesito que me acompañes. —Se levantó, y estiró su mano para que la otra la tomara, ésta alcanzó la estabilidad por un breve momento, pero de igual forma cayó rápidamente al pasto—. ¡¿Estás bien?! —Se arrodilló a la altura de la muchacha, sintiéndose culpable al instante.
—E-Es mi tobillo.
—Mierda, lo siento, no sabí-
—No, no es tu culpa —dijo rápidamente, tomando su celular que se había caído de su bolsillo, y lo guardó en el mismo sitio.
—Espera aquí por favor, iré a traer mi auto y puedo llevarte al hos-
—¡No! —negó como si su vida corriera el mayor de los peligros, y por muy ridículo que sonara, así era.
—Anna, deb-
—Por favor, déjame aquí y vete, él me llamará, siempre lo hace —dijo desesperada, mirando suplicante a Elsa.
En ese momento, a Elsa le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, ¿qué debía hacer, si esos ojos desesperados y asustados le pedían aquello?, ¿cómo podía ignorar aquella suplica con esa voz tan rota, y esos ojos fríos y oscuros?, en ningún lugar de la academia o como bombero, les enseñaban qué decir o hacer en aquella situación.
Elsa se levantó, retrocedió, y se fue trotando por donde llegó, Anna solo pudo mirar como la silueta se perdía cada vez que la mujer se alejaba, odiaba sentirse vulnerable, pero tampoco hacía nada para romper aquel ciclo. Su cara estaba casi desfigurada por los golpes, su cuerpo dolía, y su tobillo había sido la víctima principal, si no fuera por él, todo estaría bien, ¿o ella era muy cobarde para enfrentarlo?
¿En qué momento ella se había perdido? ¿Cuándo había sido el primer golpe? ¿Se odiaba tanto así misma que merecía esto? No lo sabía, no comprendía qué hacía ahí, entrando en aquella casa, no sabiendo si saldría viva o muerta cada vez que algo le molestaba a él. Lo único que sabía, era que estaba rota, sola y muriendo por dentro.
Se acomodó en el pasto, dejando su pierna estirada para que no doliera tanto. Miró la pantalla de su celular, habiendo revisado y no encontrar ninguna notificación, guardó el aparato, y se propuso a mirar nuevamente a los cisnes, que tenían más libertad que ella, lo que le resultaba irónico.
—Levanta tu rostro por favor.
—¿Elsa?
Ambas miradas conectaron, una vacía y atormentada, otra confusa, pero queriendo ayudar, si bien, Elsa no comprendía muy bien la situación, su deber era ayudar, y no solo eso, su ética moral siempre era intentar hacerlo hasta las últimas circunstancias, contradiciéndose ella misma y a su ética, porque también sabía que no podía ayudar a quien no quería ayudarse.
Sacó su botiquín, arrodillándose, quedando a la altura de la otra. Limpió primero el rostro de Anna, descubriendo que éste estaba salpicado en pequitas. Limpió las heridas abiertas cuidadosamente, y usó un desinfectante, luego, subió el pantalón de Anna con cuidado, observó la inflamación del tobillo, palpándola con delicadeza, había un color morado cubriéndolo.
—Tienes un esguince, puede ser fractura, pero no sabría con exactitud hasta que te hiciéramos una radiografía —dijo mientras echaba un spray para que la zona se desinflamara, y comenzó a vendarlo.
—No es necesario, estaré bien —sonrió con timidez—. Muchas gracias Elsa, perdón por todas las molestias.
—¿Puedo acercarte a-
—No es necesari-
—Anna, quiero llevarte a tu casa, no al hospital —aclaró, ayudando a la otra a levantarse y sentarse nuevamente en la banca.
—¿Puedo volver a verte mañana? —preguntó sin pensar.
End flash back
¿Cómo puedes ayudar a alguien que no se quiere ayudar?, no puedes, simplemente no puedes, y Elsa recordó aquella frase tan especial para ella, de un famoso filósofo griego: "Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron", aquella frase la había golpeado tan fuerte hace unos años atrás, y la había adoptado a su estilo de vida.
—¡Elsa! —gritó.
—Lo siento, me perdí por un momento —refregó sus ojos con su dedo índice y pulgar de su mano derecha.
—Gracias por estar ahí —tomó la mano de la otra, estrechándola suavemente y con calidez, su sonrisa era sincera.
—De nada, es mi deb-
—Por favor, no —agachó su cabeza, apretando más la mano de la mujer—. Es como si solo lo hicieras por lástima, para no dejarme sola.
Nuevamente la mirada de Anna, se tornó perdida, y con dolor, en ese momento, es donde Elsa se arrepintió de todas las veces que había dicho aquello. Quería remediarlo, pero había una barrera, una barrera que ella misma se había impuesto para mantener sus emociones alejadas del trabajo, pero, ¿veía a Anna como su trabajo?, ¿cómo era posible?, ella ni si quiera era psicóloga, policía o trabajadora social, simplemente era una bombera paramédica, ¿qué le estaba sucediendo?
La ojiazul, tomó la mano de Anna cuando ésta la soltó, queriendo, en aquel gesto borrar lo que dijo, y hacer sentir más cerca a la pelirroja, pero la chica rechazó aquel contacto, y se levantó de la banca, aquella banca que había sido la tercera mejor amiga de su complicada relación, solo eran amigas, o quizás, solo extrañas que se reunían.
Elsa siempre se repetía mentalmente, que cuidaba de las heridas de Anna, y la oía hablar sobre sus padres, de su pasado, de la secundaria, le gustaba escucharla, porque por momentos ambas se olvidaban de todo, pero cuando la pelirroja le daba la palabra y sus ojos brillaban por conocerla más, su compostura volvía a la realidad, ella era bombera, limitaba sus emociones, jamás quebraría aquella barrera.
—Debo irme —dijo Anna, derrumbando por completo el silencio que se había formado.
El cuerpo de la más baja se perdió entre los árboles y los arbustos que rodeaban aquella banca y laguna, dejando a Elsa nuevamente con la vista perdida, y justificando sus acciones con lo ejemplar que debía ser, y volvió a recordar los ojos heridos de Anna, volvió también aquel encogimiento de pecho, y una puñalada en su corazón hizo que se levantara y se fuera, intentando, aunque inútilmente, sacar aquello de su cabeza.
Anna caminaba a paso rápido, se había demorado mucho desde que había recibido la llamada, y eso hasta a ella misma la desconcertaba, jamás lo había desobedecido, jamás había buscado una paliza, pero en estos meses que conoció a Elsa, no le importaba llegar más tarde, no contestar llamadas, y su excusa siempre era: "De todas maneras me golpeará", ¿era tonta?, ¿le gustaba ser golpeada?
Antes sentía temor de que su cara quedara irreconocible, pero el maquillaje, la ropa y su sonrisa falsa, eran su trilogía de camuflaje perfecta.
Recordó aquel día, en donde había huido por primera vez, en que pudo huir y correr hacia alguien además de la soledad.
Flash back
—¿Qué celebraremos? —preguntó.
—Celebraremos que…, ¡tuviste un ascenso! —exclamó feliz, sacando de una caja grande con pequeños y múltiples agujeros, un cachorro con cinta roja alrededor de su cuello.
—Oh Hans, ¡es precioso!, oh cosita bella —tomó al perro y lo acunó en sus brazos—. Te llamaré Bruni, ¿quién es una cosita linda?, sí, tú.
La sonrisa de Anna no podía ser más brillante, junto a sus ojos iluminados que destellaban la felicidad misma, y a Hans le encantaba, tan viva, tan brillante y vibrante, y todo eso, era solo del.
—Ven Bruni, te enseñaré donde debes ir al baño.
Anna delicadamente dejó al perrito en el suelo, que comenzó a caminar por todos lados olfateando y moviendo la cola animadamente. Con anterioridad, Anna y Hans estaban tomando vino, en unas copas muy bonitas, habían sido regalo del padre de Hans, el señor Westergaard, traídas de unas Islas muy lejanas, estaban valoradas en una suma de dinero ridícula para Anna, pero a Hans le gustaban, o eso recordaba haber escuchado la pelirroja, cuando de un momento a otro derramó el vino, quebrando una de las copas.
—L-Lo siento —tartamudeó, sus ojos se oscurecieron de un momento a otro, la desesperación y la ansiedad la tomaron presa.
—Oh Anna, los accidentes pasan —dijo con tono suave, tomando la copa que quedaba, y alejándola—. Pero Anna, tú jamás eres cuidadosa.
La jaló del cabello, acercándola bruscamente a él, Anna miró esos ojos, y la ira los dominaba. Y a él, a él le encantaba ver aquel miedo, sentir aquel control y poder que tenía en aquella mujer, él siempre sería más poderoso, él siempre la tendría, porque era de su propiedad.
—¡¿Por qué no puedes hacer nada bien?! ¡Eres una tonta! —empuñó su mano.
Cuando la temblorosa mujer, vio aquel puño viajando hacia su rostro, todo fue tan rápido, sintió uno, dos, quizás más de cinco golpes encajar en su cara. Cayó al piso de rodillas, sentía la cara caliente, y solo podía ver con un ojo con el que divisaba al pequeño cachorro escondido bajo una silla.
El martirio siguió.
—Si me dejas, ¿quién podría amar a una persona tan estúpida como tú?, no vales, ni eres nada, más que una simple arquitecta buena para nada. —La tomó del pelo levantándola para comenzar a arrastrarla al baño.
¿Debería gritar? No, eso solo sería peor, los vecinos escucharían, vendría la policía, y cuando se fuera, él la culparía y volvería a golpear hasta que se mantuviera callada, no era la primera, ni la tercera, eran incontables.
—Además, ¿quién era esa zorra del parque?, espero no estés buscando alguna clase de ayuda estúpida. —La abofeteó, tirando nuevamente al suelo a la muchacha—. Levántate —exigió furioso.
La mujer se afirmó de la bañera, sus piernas estaban con raspones, sus rodillas dolían, pudo ponerse de pie y mirar a su maltratador, odiaba esos ojos coléricos, como si ella los provocara a mirarla de aquella manera, ¿cómo era posible que de amor hayan pasado a la ira en tan poco tiempo?, se sentía mal, humillada, quería morir.
—¿Quién era esa mujer?
—E-Elsa… —susurró, recordando a esa ojiazul tan amable, esa mujer que por meses había curado sus heridas.
—Oh, ¿te gusta Elsa?, ¿quieres que te coja?, ¡déjame decirte que eres incogible, y frígida! —gritó enojado, jalándola del cabello hasta hacerla caer de rodillas—. Eres una zorra Anna —dijo mientras la arrastraba nuevamente, pero esta vez por el baño, y le metía la cabeza en la taza del inodoro, ahogándola.
Inútilmente Anna intentó salir de ahí, de algún modo, ella quería morir, sí, pero desde el momento en que dijo el nombre de la mujer que la ayudaba, quiso volver a verla, ella era la única que sabía lo que estaba viviendo, debía huir.
—Oh, ¿te estas ahogando? —dijo con ironía, sacándole la cabeza para que tomara aire, y sonriendo de forma maquiavélica.
Usualmente, Anna Valois, hubiera aceptado aquel cruel destino, hubiera aceptado los golpes, las malas palabras y luego, le pediría disculpas, y todo estaría bien, volverían a ser el matrimonio ejemplar y perfecto que todos desearían tener, pero esta vez no, cuando Hans levantó su cabeza para dejarla respirar, ésta lo empujó con todas sus fuerzas, y también las tomó para levantarse y correr, corrió lo más rápido que pudo a la puerta de la casa, pero no logró llegar, nuevamente la jalaron del cabello, y la tiraron hacia atrás.
—¡Déjame! —rugió, por fin había podido sacar la voz cuando la maltrataban, después de tanto tiempo pudo reaccionar.
—¡¿Te irás con esa puta?! ¡¿Correrás hacia ella y me dejarás?! ¡Si no eres mía, no serás de nadie! —gritó furioso.
La pelea se llevaba a cabo en la sala, Anna había caído cerca de la chimenea, cuando de pronto Hans se abalanzó sobre ella, para así aprisionar su cuerpo e inmovilizarla, pero la pelirroja, estiró su brazo, sus dedos rosaban la herramienta que se utiliza para mover la leña, la cual alcanzó a duras penas tomar, y lo golpeó en la cabeza, cuando el cuerpo del hombre cayó a su lado agarrándose la cabeza con ambas manos, y blasfemando, Anna se levantó y nuevamente comenzó su carrera hacia la salida, la cual, esta vez, si logró, junto al pequeño Bruni en sus brazos.
Era un mal día para salir, la lluvia caía como si jamás fuera a terminar, pero eso a Valois no le importaba, estaba corriendo, sentía la lluvia impactar en su cuerpo, le hacía sentir libre, pero su sonrisa triunfante se esfumó, cuando se dio cuenta que Elsa no estaría en aquella banca, aunque eso no la hizo detener su ritmo, ¿por qué estaba buscando a Elsa?, no lo comprendía, pero de igual manera sacó fuerzas y corrió hasta ahí.
No sabía cuánto tiempo había pasado, ni tampoco cuánto había corrido, pero faltaba poco para llegar a aquel lugar, ese lugar que se había vuelto seguro –inconscientemente- para Anna, quería olvidar todo lo que sucedió, y sentir aquella paz que le daba.
Antes de llegar a la banca, su cuerpo completo se paralizó mirando la laguna y como ésta era mojada por la lluvia, los cisnes se escondían bajo del puente, junto a sus respectivas parejas y crías, y sonrió, sonrió simplemente porque sí, porque estaba feliz, en paz, pero no se sentía segura, y ahí comprendió, que la seguridad se la daba…
—¿Elsa?
—¿Anna?, ¿qué haces aquí? —frunció el ceño—. ¿Estás estropeando mi trabajo? —bromeó, intentando así, que la pelirroja saliera de su ensimismamiento.
Anna, al inició no comprendió, mucho menos era consciente de que Elsa estaba frente a ella, su mente se había paralizado, lo único en que podía centrar su atención, era en aquellos orbes azules.
La pelinivea, carraspeó, y se relamió los labios, pero no había respuesta por parte de la otra.
—Han tenido problemas con los animales las veterinarias del sector, dicen que hay traficantes de animales, y en un intento de robar se escaparon todos.
La ojiverde olvidó todo, aquella imagen que la cautivó, estaba frente a ella, una mujer grande, madura, con aquel uniforme de bombero, o quizás, simplemente el motivo de que se cautivasen sus ojos, tenía nombre: Elsa, no lo sabía con exactitud.
—¿Anna?
—Es mío, se llama Bruni… —susurró, abriendo y cerrando los ojos para intentar comprender que sucedía en aquel momento.
—Bruni —repitió, embozando una gran sonrisa cuando el animal saltó a sus brazos, y la olfateo completamente, mientras se revolcaba una y otra vez.
El animal intercambiaba miradas entre la pelirroja y la ojiazul, intentando comprender, pero, ignorante de todo, solo se dejaba acariciar.
—Espérame aquí, y ten —dijo con ternura, pasándole al perro, rápidamente se sacó su impermeable y cubrió a la muchacha, escondía cualquier sentimiento que pudiera sentir, porque estaba horrorizada, el rostro de Anna era irreconocible, lo menos que podía hacer, era, cubrirla de la lluvia.
—Elsa, no es necesa-
La ojiazul mantuvo la compostura, se tragó el nudo en la garganta, y tomó aire, llenando sus pulmones y manteniéndolo por un momento cuando el llanto desgarrador de la ojiverde se hizo presente, saliendo de lo más profundo de sus entrañas, por fin se había enfrentado a su agresor, a su maltratador, pero sentía miedo, aún sentía los golpes, y las palabras seguían reproduciéndose en su cabeza, odiándolo, odiándose.
—P-Perdón, sé que estás o-ocupada —dijo sollozando, aferrándose al animal que juguetón lamía su rostro, sacándole a momentos algunas sonrisas a ambas.
—Por favor, no pidas perdón por algo así —aclaró, sonriendo de forma triste, odiaba ver aquello, lo odiaba terriblemente, pero debía mantenerse fuerte, no por ella, sino, por esa frágil mujer—. Vamos, acompáñame por favor.
Con cuidado, Anna extendió al perrito hacia Elsa, quien lo tomó entre sus brazos, y caminaron juntas hacia donde se encontraba el camión de bomberos, había un chico rubio fornido, entrando a los distintos perros a un camión de veterinaria, en el cual metían a todos los animales a sus respectivas jaulas.
—¿Tuviste problemas con el gato montés? —preguntó, tomando a la muchacha del brazo, y acercándola hacia ella, ya que tímidamente ésta se quedó atrás.
—Oh diablos si, tuve que usar la escalera para subir a un árbol, y me gané unos arañazos antes que le dispararan los dardos tranquilizantes, sino el gatito se caería del árbol —dijo mostrando el vendaje de su antebrazo, orgulloso de aquel acto.
—Eres un idiota —negó repetidamente mientras sonreía—. Kristoff, ella es Anna. Anna, él es Kristoff —dijo Elsa presentándolos.
—Hola Anna, así que tú eres la nueva conquista de mi compañera —subió y bajó sus cejas insinuadoramente, mientras cerraba el camión, y golpeaba para hacer saber al chofer que podía partir, lo cual así hizo.
—Kristoff, no es el momento —carraspeó, y le dio una mirada furiosa.
El chico rubio iba a seguir bromeando, pero cuando pudo ver la cara de Anna de mejor forma, enmudeció abruptamente, y solo sonrió.
—Es un placer Kristoff —dijo Anna devolviendo la sonrisa, escondiéndose detrás de la rubia con vergüenza.
Elsa terminó el turno ahí, Kristoff la cubriría y anunciaría de forma formal a su capitán lo sucedido, así que el chico las fue a dejar a la casa de la ojiazul. Cuando ambas estuvieron solas, ya dentro de la casa, ninguna dijo nada, ¿qué podían decir?, Anna diría que se había caído por las escaleras, y Elsa mantendría su compostura.
Cuando la más alta le mostró el baño, y le pasó ropa limpia, Anna no dijo más que un "Gracias", y se sometió a la ducha, el agua caliente siempre se sentía reconfortante para ella, como si todo lo que había pasado se esfumaba, y las gotas de agua se llevaran todos aquellos malos ratos, limpiándola por completo, pero cuando llegó el momento de que Elsa curara sus heridas, volvieron aquellos recuerdos, perturbándola por completo.
—Siento esto —susurró cuando estuvo sentada en aquel sillón rojo.
—Tranquila —dijo mientras limpiaba la herida, y al ver que ardía, movió su mano para echar aire sobre ésta—, lo siento, sé que duele.
Anna solo sonrió avergonzada, como una pequeña niña, y agradecía internamente a esa mujer que no conocía más que su nombre y profesión.
—¿A dónde irías si no nos hubiéramos topado? —preguntó, por fin terminando de curar las heridas, y poniendo la compresa de hielo con cuidado en el ojo morado de la pelirroja.
—Solo me quedaría ahí, no tengo a nadie más que a ti —declaró, sosteniendo ahora ella la compresa, dirigiendo su vista a como Elsa entraba y salía de la cocina con dos tazas, que puso en la pequeña mesa central rodeada de sillones.
—Sé que estas lejos de tu familia, pero pensé que al menos tendrías a una amiga —dijo con sinceridad, botando los insumos ocupados en un pequeño basurero que tenía cerca, y ordenando su kit de primeros auxilios.
—No puedo —susurró, encogiéndose en su lugar.
—Lo siento —carraspeó, dejando su kit en aquella mesa, y ofreciéndole la taza a la muchacha—. Es té con hierbabuena, te calmará —dijo con una pequeña sonrisa.
—Gracias, por todo.
Como una pequeña niña, extendió sus manos para recibir la taza, rodeándola con ambas manos, y sorbiendo el líquido caliente, encontrándolo agradable a su paladar, cosa que no pasó desapercibido por Elsa, que notó como el rostro de la pelirroja se iluminó, hasta sus pequitas, o ella lo percibía de esa manera, así que sonrió abiertamente.
—¿Tengo algo en la cara? —preguntó tímida.
—Oh no, lo siento —relamió sus labios, tomando de su té con cuidado—. Sabes, yo también tuve una relación tóxica, así que puedo comprender un poco —aclaró, acomodándose frente a la mujer.
—¿Qué sucedió?, si se puede saber.
La tensión había disminuido considerablemente, y quería saber más de aquella mujer ojiazul. Ambas estaban sentadas en cómodos sillones rojos, mientras solo escuchaban el reloj avanzar y la madera crujir en la chimenea, mientras Bruni descansaba cerca de ésta, luego del gran banquete que Elsa le había preparado.
La mirada de Anna era expectante, quería analizar y absorber todo lo que Elsa le diría.
—Fue hace dos o tres años, no recuerdo bien. Estuvimos juntas un año y 10 o 9 meses, pero jamás me sentí segura con ella, jamás pude confiar en ella con plenitud. No me gustaba que estuviera con su mejor amiga, por ciertas circunstancias —suspiró, cruzando sus piernas, para dejar la taza en la mesa.
—¿Te mentía mucho? —inquirió.
—Mucho es poco, infinidades de veces, pero, yo quería creer en ella, quería hacer lo mejor, quería ser mejor persona para ella. Anna, hice tantas cosas por ella, cosas que jamás valoró, y comprendí que, cuando me alejé de ella, yo no había perdido nada, había ganado —sonrió, porque lo sentía así, y sentía el triunfo de haber dado lo mejor de ella siempre.
—¿Por qué la dejaste ir? ¿Qué te impulsó?
—Ella —rio levemente—, yo la terminé por una estupidez, y ella no me buscó, ahí supe que todo se había terminado. No pasó un día, y ella había vuelto a drogarse, fumar y beber, cosa que cuando estábamos juntas no hacía —relamió sus labios, y cogió la taza.
—Entonces, si ella te hubiera vuelto a buscar, y no hubiera cometido ese error…
—Exacto, estaríamos juntas.
—¿Volverías con ella ahora?
—Jamás.
—¿Por qué?
—Fui a momentos feliz, pero como te decía, jamás pude sentirme segura con ella, o confiar. Llegará algo mejor —sonrió, y bebió de su té.
—No es fácil dejar a algui-
—Claro que no lo es. —La interrumpió—. Debes armarte de valor, coraje y huir de aquello, debes amarte, respetarte y saber qué es lo que te conviene. El amor, no es mágico Anna, no busques o estés con una persona que te haga sentir en el cielo o estés completamente enamorada, busca una persona con las mismas ganas tuyas de construir un hermoso amor.
Y aquella frase e historia le dieron fuerzas a Anna Valois, porque si Elsa amó a esa mujer tanto como ella en algún momento amó a Hans, y pudo seguir con su vida, entonces ella también podía.
—Jamás debes prohibir a nadie nada, sea quien sea, pero la persona que, te ama, dejará cualquier vicio, cualquier mala actitud, cualquier cosa que les haga daño como pareja, porque de eso se trata, de cambiar para mejorar tú, y aportar en la relación —sonrió, bebiendo un poco de té—, quien puede olvidar sus vicios, orgullo, peleas tontas, y decirte: "Sí, me equivoqué, pero arreglémoslo", ahí es. Recuerda, construir y avanzar, no destruir y quedar en escombros.
End Flash Back
Después de aquel incidente entre Elsa y Anna, los sentimientos que tenían, comenzaron a comprenderlos, a entenderlos, y eso molestaba de sobremanera a la rubia, que estaba un poco arisca a la idea de confundir sus emociones y dejar caer aquella barrera que había construido, ¿debía simplemente aceptar que estaba pasando y sintiendo en aquel momento?, ¿sería lo más adecuado y sano?, tenía tantas preguntas, pero ninguna respuesta.
—Me van a transferir…
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿A dónde? —preguntó desesperada.
—En tres días, —contestó, mirando como la desesperación crecía y crecía en aquellos ojos—. Anna —posó su mano en la rodilla de la otra—, por favor, sabes que hacer.
—Me he mudado de Estado cinco veces seguidas. Cambiado de número, he intentado borrarme de su radar, lo he intentado todo, ¿qué más quieres que haga? —dijo cansada, aceptando el destino, aceptando aquel ciclo que jamás se rompería.
Anna solo miraba la mano blanca de Elsa en su muslo, sintiendo la calidez de aquella mano, y queriendo perderse en ella, queriendo cerrar sus ojos y sentir como el estar al lado de esa mujer le daba seguridad y paz, la que jamás había tenido, o quizás tuvo, pero que perdió, y perdería si Elsa se iba de su lado, era quien la contenía de todo aquello, era quien le había dado esperanzas para seguir con su vida.
Por otro lado, Elsa estaba pasmada con lo que había escuchado, estaba intentado ayudar, y cometía un grave error, lo sabía, ya que iba en contra de su propia ética moral, ayudar a quien no quería ayudarse. Sentía rabia, impotencia, tristeza, pero debía dejar de mezclar aquellas cosas de manera emocional, debía ser la bombero ejemplar, mostrar control de sus emociones.
—Anna, sab-
—¡No! ¡No lo sé Elsa! No sé qué diablos hacer, ¡¿por qué tiene que ser así?! —gritó desesperada, tapando su rostro con ambas manos.
—¡Vente conmigo! ¡Huye conmigo! —La tomó por los hombros, destapando el rostro sorprendido de la muchacha, mirándola a los ojos, intentado transmitir su sinceridad, y lo preocupada que estaba.
Elsa había roto aquella barrera.
—Nos iremos, conseguirás otro trabajo, puedes quedarte conmigo, o no lo sé, te estoy dando opciones —dijo con voz temblorosa—. Te estoy dando opciones —repitió acongojada, soltando a la muchacha, cuando vio que ésta se asustó un poco.
—¿Y después qué? ¿Qué pasa si nos sigue y te mata?, ¿qué pasaría si por mi culpa te pasa algo? Eres a la única persona que tengo Elsa —dijo sollozando, sintiendo aquel nudo en su garganta desvanecerse.
—Irás a terapia, harás lo que sea para sentirte mejor. A mí no me sucederá nada —explicó, tomando las manos de la pelirroja entre las suyas, mientras las apretaba despacio.
Anna se levantó, rechazando cualquier contacto, y corrió, ignorando por completo a la otra mujer, está vez Elsa sólo la dejó irse, y se quedó ahí sentada, en aquella banca.
Los 3 días de Elsa pasaron, fue cada día a la banca, pero Anna jamás llegó, se preguntaba si había sido buena idea abrir sus sentimientos, quizás eso lo sabría más adelante, nuevamente había dado lo mejor de ella, y se quedaba con eso.
Mentiría si dijera que no esperaba una llamada, algún mensaje, alguna señal, pero jamás nada llegó, solo el silencio sepulcral que la abrazó por 3 largos días.
—Buenos días oficial Leonhardt, un gusto —saludó el capitán con una sonrisa.
—Buenos días capitán, el gusto es mío.
—Bienvenida.
