"Mimados y condenados"
Por JulietaG.28
Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen. Todo es propiedad de Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, esta historia es sólo por entretener.
Capítulo 1
[Noviembre, 2013. Londres, Inglaterra]
La tarde había caído y el cielo nuboso parecía anunciar el comienzo de una tormenta, aunque nadie se extrañaría si un ocaso nublado transcurría sin que una sola gota cayera sobre la ciudad. Según el reloj en la pantalla, faltaba poco para que dieran las cuatro, lo que significaba que el vuelo proveniente de Nueva York estaba próximo a arribar.
Hacía mes y medio que esperara por aquel día, desde la tarde en que ella se hubiera comunicado para anunciar que pasaría las vacaciones de invierno en su tierra natal, así que incluso si exageraba, Albert Andley no estaba dispuesto a ocultar la emoción que le provocaba el saber que su amada hija estaba volviendo a casa tras varios meses de ausencia.
Decidirse a enviarla a estudiar lejos, no había sido algo sencillo para él y es que, siendo ella la única flor con que su pasado matrimonio hubiera sido bendecido, la sola idea de separarse parecía capaz de fracturar el débil corazón de un viejo hombre cuya felicidad, le había sido arrebatada poco después de ser premiado con la llegada de una hija.
La voz en el altoparlante anunciando el desembarque, consiguió distraerlo y dirigir su atención a la puerta frente a sí, por la que en pocos minutos comenzaron a advertirse las figuras de los pasajeros que acababan de arribar. Rodeado de personas que, como él, habían aguardado demasiado para reunirse con sus seres queridos, Albert se las ingenió para no perder de vista el portal y ser capaz de distinguir cuando su pequeña apareciera.
No pasó mucho antes de que su silueta, menuda y curvilínea, se hiciera notar. Hacía no tanto que se hubieran contactado a través de Skype y, sin embargo, parecía como si la chica hubiera cambiado de la noche a la mañana. Más alta de lo que había sido al marcharse meses atrás, el cabello rubio le caía en cascada sobre la espalda y las pecas de su rostro parecían haberse intensificado.
Era, pese a todo, la misma pequeña a la que él hubiera visto crecer. Candy Andley, la dulce y hermosa flor de papá.
— ¡Candy, mi niña, no sabes cuánto te he extrañado! — exclamó Albert, ni bien encontrarse, poco más allá de donde la multitud se arremolinaba — Por Dios, pero qué preciosa que estás —
— ¿No esperarías que me afeara estando en América, verdad? — bromeó Candy, separándose lo suficiente como para contemplarlo y llenarse de su imagen tan cálida y jovial, en la que los años no parecían pasar, como si el otoño de la vida de Albert se hubiera detenido al marcharse ella.
— Imposible que una estrella pierda su brillo.
La sensación que provocaba el ser elogiada por el hombre que la hubiera traído al mundo, no parecía compararse con nada que la chica conociera, así que Candy se sonrió y admitió para sí que no había estado ni un poco de cerca de cuantificar lo mucho que había extrañado a su familia.
Dejaron la sala de embarque poco después, recogieron el equipaje que antes debió documentar y una vez estuvieron en el auto de Albert, refugiados del frío viento londinense, pusieron marcha directa a su hogar. Tendrían que soportar un viaje largo debido al tránsito vespertino, así que el hombre pensó que no estaría mal si comenzaban a ponerse al día.
— ¿Cómo ha ido la escuela? — preguntó a la chica, sin despegar los ojos del camino frente a él.
— Ni siquiera he visto a tía Elroy, pero papá ya está interrogándome sobre los estudios — bufó la rubia, sin ocultar su molestia.
— Fuiste a América a estudiar y por si fuera poco, estás muy cerca de graduarte, ¿acaso no es normal que pregunte? — Albert cuestionó, divertido por el arrebato berrinchudo que desde siempre hubiera caracterizado a la menor. No podría haber sido diferente, suponía él, al haber crecido siendo tan consentida por su padre y tía — De acuerdo, no hablaremos del colegio. ¿Qué quieres hacer hoy? ¿Deberíamos comer algo delicioso para celebrar que nuestra princesa volvió?
La mención de una fiesta la hizo sonreír, al menos lo suficiente como para aparentar que el tema de los estudios no había hecho crispar sus nervios. Había supuesto que su padre se interesaría por conocer los detalles de su educación, después de todo, Albert hacía un gran esfuerzo como contador de una importante empresa para enviarla a estudiar al extranjero y como antes había dicho, era consciente de que su graduación estaba próxima a suceder.
El único problema, era que las notas de Candy durante el último semestre, no alcanzaban para acreditar y ser admitida en el curso siguiente, lo que probablemente significaría que no sería capaz de graduarse al llegar el verano.
— ¡Por un demonio, despierta ya, sinvergüenza! — exclamó Richard, completamente fuera de sí, haciendo un esfuerzo por contenerse y no golpear al bulto en la cama con el portafolios que cada mañana llevaba a la oficina.
No había esperado comenzar el día riñendo así al irresponsable que llamaba hijo, lo que no significaba que le causara sorpresa el escuchar sobre las más recientes tonterías que este hubiera cometido. Su mujer había insistido en acompañarlo al hotel donde el mocoso se alojaba, aunque nada había podido hacer para detenerle, al aparecer en la habitación y encontrar al muchacho todavía envuelto entre las sábanas.
Habiendo convertido una suite de lujo en el trastero personal de un heredero desvergonzado, la salita almacenaba los envoltorios de las chucherías que hubiera consumido, el bar estaba a punto de ver escaseado el líquido en todas sus botellas y al correr las puertas de la pieza, el aroma mezclado del sexo y la pereza, no permitía distinguir cuál de los dos había sido el último en añadirse a lista.
Tendido sobre la cama, gruñendo a diestra y siniestra después de que su padre hubiera ingresado y arrojado sobre sí, una de las prendas que minaban el piso, Terry, el segundo hijo del matrimonio Grandchester, casi parecía dispuesto a recibir el nuevo golpe que Richard lanzara en su dirección, con la actitud indiferente y por completo desenfadada con que les recibía.
— ¿Qué pasa que haces tanto escándalo? — preguntó, al cabo de unos segundos. La voz soñolienta raspaba su garganta, sus cuerdas vocales irritadas porque se les obligara a funcionar tan temprano por la mañana.
— Terry, ¿tienes idea de la hora que es? — lo cuestionó su madre, escandalizada. El joven negó con la cabeza, acomodándose sobre la cama como si no estuviera dispuesto a salir de ella durante un buen rato — Es la tarde del lunes.
— ¿Y qué? No es como que tenga algo importante que hacer, al menos, no hasta dentro de unas horas. Ahora, si no les molesta, quisiera dormir un poco más, digan lo que vivieron a decir o váyanse ya.
Richard, quien hasta ese momento había permanecido apartado, obligándose a sí mismo a contener el arrebato de cólera que le provocaban las actitudes de su hijo, se volvió hacia este con nada más que hielo en la mirada y una sombra oscura cerniéndose sobre su corazón.
— Estoy cansado, Terry. De tu actitud, de tu arrogancia e insolencia, me he hartado de tu forma tonta y más que irresponsable de ver la vida. ¡Sólo mírate! Yendo de mujer en mujer, bebiendo y fumando hasta perder el sentido, no quieres responsabilizarte de ti mismo y encontrar un trabajo, ni siquiera pudiste permanecer en la escuela —
— No es que importe, claro, pero yo no deserté. Ellos me echaron — refutó el chico, llevaba meses dejando crecer su cabello castaño, así que para esos momentos, este ya besaba dulcemente sus hombros.
— ¿Acaso escuchas lo que dices? — se indignó Richard, sin obtener una respuesta.
No tenía sentido permanecer ahí, reñir al chico como si se tratara de un infante, enfadarse sin que al otro le importara si gritaba o maldecía y terminar gastando energía que, de ninguna forma, parecía penetrar en la dura coraza de indiferencia que Terry erigía a su alrededor. Sin palabras, sólo mirando a su esposa para decir que esperaría por ella afuera, Richard se marchó.
— Supongo que piensas sermonearme — murmuró el castaño a su madre, una vez estuvieron solos.
— Como si fueras a escuchar — rezongó Eleanor — ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? Hablándole así, no va a dejarte volver a casa.
— ¿Y quién ha dicho que quiero regresar? — bufó Terry — No, señor, lo paso mejor aquí. Aunque agradecería que dejaras de prohibirles a las mucamas que hicieran la limpieza.
— Ya no eres un niño, cariño, aunque eso te guste pensar.
El menor la miró mal, pero se encogió de hombros y volvió a acomodarse para dormir, parecía decir que la visita había terminado, así que Eleanor guardó para sí todo lo que quería expresar. No comprendía en qué momento se había equivocado tanto al criarlo, pues si bien Terry nunca había sido un santo, su actitud rebelde y falta de sentido no habían hecho más que empeorar.
Jamás había tenido el valor para hablar sobre ello a su regreso, pero la dama juraba que aquel drástico cambio había sido el resultado de enviar a Terry a España luego de… Sacudió la cabeza, negándose a centrarse únicamente en lo malo. ¿Qué clase de madre sería si se rindiera tan fácil a ver a su pequeño ir directo a la perdición? Carraspeando, para llamar su atención, Eleonor dijo:
— La señora Grey ha concertado una nueva cita. Te esperan mañana para tomar el té y sólo para que quede claro, pienso enviar por ti y llevarte a rastras si es necesario. Han remolcado tu auto, así que considera el tiempo que le llevará al taxi llevarte hasta allá, no quiero que seas impuntual.
Y sin más que decir, Eleanor se marchó.
En su sitio, todavía procesando lo que su madre acababa de decir, Terry refunfuñó, se sacudió como pudo enredando los pies en el extremo de la sábana y en un momento, buscó ahogar un grito frustrado contra la almohada bajo su cabeza. Una vez más, su madre había encontrado el modo perfecto de engatusarlo y hacerlo ceder a su voluntad, no esperaría a ganar, pero estaría contenta por hacerle enfadar.
Meter las narices donde nadie le había pedido que lo hiciera, era una de esas cosas por las que las vecinas solían rechazar el codearse con Elroy al acudir a las reuniones mensuales o unirse a las noches de bingo que las mujeres más viejas del barrio solían celebrar en el café-bar que una de ellas poseía. Y aunque la dama no era, ni por asomo, la persona que muchos desearían conocer, era parte de su familia, le había criado como a su hija y por eso, Candy la quería.
Lo que no significaba que adorara ser el conejillo de indias y que muchas de las decisiones que Elroy tomaba en su nombre, le molestaran hasta casi hacerla perder la cabeza.
— Por última vez, tía Elroy, no voy a ir a esa tonta cita a ciegas — refunfuñó la rubia, al tiempo que cogía la revista entre sus manos y se disponía a seguir leyendo en la quietud de su habitación. Elroy, sin embargo, no se detuvo ante su respuesta y optó por ir tras ella.
— Pero, Candy, hija, esta es una oportunidad que sólo se presenta una vez en la vida. ¿Acaso no has escuchado lo que dije? Esa mujer, la casamentera Grey, no orquesta citas para cualquiera.
Candy rodó los ojos, hastiada de escuchar sobre los laboriosos esfuerzos que la otra había tenido que realizar, sólo para conseguir que una de las mejores casamenteras de la ciudad accediera a recibirla y considerara la idea de unir a su sobrina con un hombre atractivo, pero sobre todo, rico. La idea de casarla había comenzado algún tiempo atrás, aunque nunca antes de esa ocasión, Elroy había parecido estar verdaderamente decidida a conseguirle una pareja.
Según decía, conseguir un hombre de alta categoría, le permitiría a Candy disfrutar de su vida, dedicar los días al diseño de prendas hermosas y gozar de ser parte de la industria de la moda, yendo por los grandes desfiles y codeándose con los mejores diseñadores que hubiera en el mundo, personalidades como McQueen, Tom Ford o Lagerfeld, que le harían sentir parte de un universo al que pocos conseguían acceder.
— ¿Acaso quieres pasar la vida trabajando como una mula? ¿Deseas realmente atravesar el duro camino al éxito y desperdiciar el tiempo intentando triunfar cuándo podrías, simplemente, disfrutar del glamour y la vida de una princesa? — le preguntó Elroy, la cuarta vez que Candy se negó a asistir a la cita que habían concertado para ella.
— ¿Tan poca fe tienes en tu sobrina, tía? — devolvió la rubia, haciendo a un lado la revista.
Elroy acababa de conseguir que su sobrina le brindara el ciento por ciento de su atención, así que no dispuesta a ser amedrentada y perder la grandiosa oportunidad que había conseguido para ella, la mujer se aclaró la garganta y decidió jugar la última carta que quedaba bajo su manga.
— Sólo quiero aligerar la carga, nuestro Albert… ya no es un joven, ¿sabes? Cada día hay más canas en su cabello y las arrugas entorno a sus ojos están comenzando a preocuparme, los últimos meses, le he visto cansado y angustiado. Mi hermano ha trabajado toda su vida para consentir a su princesa y yo… No quiero seguir viéndolo preocuparse por si su hija será capaz de sobrevivir a esta dura vida.
Tal como esperaba, el rostro de Candy se descompuso, la sombra de la alarma y el fantasma de la culpa acababan de descender sobre ella, haciéndola recordar el aviso de la universidad que mantenía guardado al fondo de su cajón, esperando el momento en que la rubia se armara de valor y acudiera a su padre para hablar sobre el retraso de la graduación, el año perdido que había conseguido al perder el tiempo y todo el esfuerzo de Albert que la pecosa había echado por el caño en un par de meses.
— Comida en tu mesa y un techo en tu cabeza, es lo único que quiero que tengas, lo único que tu padre desea que jamás te llegue a faltar. Si así fuera, si sólo debieras preocuparte por diseñar un nuevo vestido, ¿no crees que la vida sería más sencilla? ¿Qué Albert y yo, viviríamos más tranquilos sabiendo que nada nunca te faltará? — volvió Elroy, deseando aprovechar la debilidad de la menor para conseguir que cediera a sus deseos.
Y lo hizo.
El estilo clásico del salón de té donde Madame Grey les había citado, parecía transportar a los comensales directamente a los camarotes de algún famoso barco inglés, con sus tapices en tonos suaves y la iluminación tenue, que cada tanto permitía vislumbrar el vaho tibio de las bebidas sobre la mesa. Inclinando la tetera sobre la taza de Candy, la anfitriona de aquel día parecía estar haciendo un gran esfuerzo para ocultar el retraso con que su cliente estaba llegando.
— ¿Hace cuánto que no participa en un certamen de belleza? Con su rostro y esa piel tan cuidada, no dudo que dejaría en ridículo a muchas de las participantes más jóvenes — comentó Grey a la tía Elroy, haciendo alusión a la maravillosa historia que esta le había compartido durante su primer encuentro.
Según la dama, los Andley eran una familia sobresaliente de Southfield, algo que era más o menos cierto pues su residencia se encontraba en aquel barrio, aunque no por los motivos que Elroy hubiera mencionado. «Nuestra difunda Rosemary White, hija de un empresario de Chicago, heredó la propiedad de su abuelo y al conocer a mi hermano, amigo íntimo de los Brown, decidieron vivir ahí para criar a nuestra Candy» había contado su tía, muy emotivamente.
En realidad, la casa que habitaban había costado a sus padres mucho de sus ahorros y un préstamo con el banco. Su madre era extranjera, aunque su familia nunca había poseído riquezas y en realidad, Rosemary debía su estancia en Londres a la beca en Literatura que hubiera obtenido mientras estudiaba la universidad. Además de todo, Albert no era más que el contador en la empresa de George Brown y Elroy no había estado ni cerca de ser nombrada Srita. Londres.
¿Cómo, siendo Grey una casamentera dedicada a unir parejas entre familias importantes, era que su tía había conseguido hacer que creyera todas esas mentiras? Candy podría felicitar a Elroy por ser tan buena haciendo pasar la ilusión por realidad o retarla y acusarla con su padre por ir por ahí regando un montón de falsedades, todavía no lo sabía.
— Hace mucho que me retire de eso — sonrió Elroy, avergonzada— Y, honestamente, es una pena que mi Candy no haya continuado mi legado. ¿No cree usted que mi sobrina sería capaz de representar a Inglaterra en el certamen mundial?
— Sería un honor verle como Srita. Inglaterra, sin duda arrasaría con las otras bellezas participantes — siguió adulándolas Grey, saboreando en el paladar el regusto amargo de estar ofreciendo halagos, cuando lo único que deseaba era tener en frente al hijo de la Sra. Grandchester y regañarlo como si fuera un niño por ser la peor clase de caballero para la que hubiera trabajado.
La conversación, por fortuna, no alcanzó a prolongarse mucho más y es que, haciendo alarde de las entradas dramáticas que tanto le caracterizaban, Terry finalmente se hizo notar, desfilando por el pasillo igual que se si se tratara de un modelo. En la mesa, Grey oró en silencio porque el mocoso no fuera a seguir haciendo de las suyas, Elroy abrió los ojos impactada por el jovencito que se dirigía a ellas y Candy…
Una sola mirada al caballero, la hizo preguntarse si realmente ese era el heredero de una familia de médicos que en otro tiempo, quizás hubieran pertenecido a la realeza. De ser así… bueno, no era para nada lo que ella esperaba.
Continuará...
Publicación: Enero, 2017 / Edición y corrección: Julio, 2021
