El extraño elixir de Jekil sensei

No pude evitar torcer el gesto al pasar junto al grupo de jóvenes que se encontraban haraganeando, sentados en la roca frente a mi casa. Uno de ellos, que tenía la voz más aguda que el resto, les decía entre risas lo feliz que se sentía de los cambios que se estaban produciendo.

—¡El emperador Meiji es el mejor! Un hombre moderno, que nos está metiendo de lleno en el mundo.

—¡Tienes razón! —contestó otro, levantando la mano—. Sus políticas aperturistas dejarán atrás toda esta cultura retrógrada, que nos tiene anclados en los milenios… ¡Ya era hora de que llegara el progreso!

—¡Y que haya trasladado la capital a Kyoto es lo mejor! Es una ciudad tan hermosa… —Me detuve en seco. La voz que acababa de escuchar era de muchacha, lo cual me pareció del todo impropio; ¿una chica reunida con un montón de hombres jóvenes? ¡¿Hasta dónde pensaba llegar el emperador Meiji?! Pero, lo que más me preocupó fue que la voz femenina me resultaba familiar. Demasiado familiar… Me giré sobre mis talones y mis peores temores se confirmaron.

—¡Kanako chan! ¡¿Qué haces ahí, te has vuelto loca?!

—¡Onii chan! —contestó, con una mezcla de alegría e inquietud en su voz—. Ya iba para casa…

—¡Y tanto, ahora mismo! ¡Ven aquí!

Mi hermana se alejó del grupo de muchachos, a los que habló en tono de disculpa.

—¡Mañana nos vemos… Lo siento!

—¡Nada de eso! —les grité— ¡No se os ocurra esperarla; es más, si os veo por aquí, llamaré a los agentes del orden!

Giré sin más, mientras Kanako me alcanzaba y caminaba a mi lado. Le hablé, con voz queda.

—¿Cómo se te ocurre juntarte con esos gandules? ¿Es que quieres que todo Nagoya hable mal de ti?

—Hermano, ¡no seas antiguo! Ya has oído, el emperador…

—¡No me nombres más al emperador! —atajé, entrando en casa de una revolada—. Prepara algo de comer, por favor. Yo tengo que terminar una cosa, no tardaré en subir.

Bajé los escalones hasta el sótano, donde tenía mis experimentos y tubos de ensayo. No eran fáciles de conseguir, con lo que tuve que acudir a un soplador de vidrio y encargarle expresamente lo que necesitaba para mis mezclas y compuestos. A lo mejor, Kanako tenía razón: el mundo en que vivíamos era demasiado antiguo, aunque estuviéramos ya en pleno siglo XIX y todo estuviera cambiando a nuestro alrededor: La revolución que había tenido lugar en Francia y sobre la que mi tía Matsuda me había contado tantas cosas que leyó de niña en los periódicos; la que acababa de tener lugar en Norteamérica, dando como resultado que los estados del norte se impusieran a los del sur, mucho más tradicionales y anticuados. Yo había pasado los últimos cuatro años preocupado por mi hermano Tomoe, que se había ido a vivir a ese país con un compañero de trabajo para desarrollar una fábrica de calzado, justo cuando comenzó la guerra. Por fortuna, ambos se libraron de acudir al frente, puesto que su negocio fue considerado como trascendente, ya que lo adaptaron para hacer botas militares. Aún así, no podía parar de pensar en la posibilidad de que una escaramuza o una bala de cañón perdida les pudiese herir; el armisticio fue todo un alivio para mí.

Ciertamente, el mundo cambiaba de cara y el emperador Meiji cambiaba a su vez la faz de nuestro país, a veces demasiado tradicional. Eso era bueno para mí como científico, claro: ponía a mi alcance nuevos avances y materiales. Pero era malísimo para mí como hermano, porque mi hermanita parecía demasiado moderna, para mi gusto. Y tampoco me parecía que el cambio fuera muy positivo para mi kohai, al que estaba enseñando el oficio y parecía, a todas luces, demasiado excéntrico y un poco loco.

Terminé de bajar la escalera y ahí estaba, delante de mis nuevos tubos de ensayo, observando alguna reacción que debía acabar de probar. Al oírme llegar, me miró y se sonrojó absurdamente.

—¡Senpai! ¿Lo has conseguido?

—¿Acaso lo dudabas? —dije, sin poder evitar que se me dibujara una sonrisa, lo que le hizo brillar los ojos a mi extraño aprendiz. Me acerqué a la mesa con el zurrón y saqué las raíces que acababa de comprar en el mercado negro.

—¡Waaaa! Mandrágora… ¡Esto sí que será útil, senpai!

—Eso espero. Necesitamos dinero como sea. Mi hermana no quiere casarse, ¿puedes creerlo? Eso me ahorra su dote, pero me priva de los ingresos de su marido, que serían útiles para tirar adelante con mis investigaciones. ¡Ay, Morinaga, cuántos disgustos! —Me miró con una sonrisa franca y hermosa. De cierto, tenía un bello rostro, simétrico y luminoso, que contrastaba con su cabello negro; tanto, que parecía azul. Sacudí la cabeza por lo inadecuado de mis pensamientos, justo cuando comenzaba a contestarme.

—Senpai, tienes mucha suerte de tener una hermana inteligente e independiente. ¡Ella no te dará disgustos, estoy seguro! Si no se casa, no se va a limitar a las tareas domésticas; ayer me contó que quiere estudiar y ser científica, como tú…

—¡Estupendo! Así, seremos dos a morirnos de hambre —añadí, con infinito cansancio. Morinaga soltó una carcajada.

—¡Vamos, hombre, que no será tanto! Estoy seguro de que, con la mandrágora, conseguiremos que el caballo reaccione.

Kuroshin, nuestro hermoso caballo negro de pelaje brillante, era la última esperanza para salir de la ruina. Era bellísimo, con una elegante estampa. Además, era nuestro medio de locomoción, del todo necesario para acudir al centro de la ciudad, pues la casa estaba bastante apartada. La yegua era también muy hermosa, pero ya no tenía las mismas fuerzas ni el nervio del joven caballo. Por eso, no me podía permitir venderlo y dejar a la familia sin forma de ir a hacer compras ni recados, hasta que, un mes atrás, el buhonero Isogai había venido a verme con sus telas y abalorios y le había echado la vista encima a Kuroshin.

—¡Qué precioso es! ¡Te lo compro!

—Imposible, lo necesito.

—¡Te lo pago muy bien!

—Ni lo sueñes.

—Mmmm… —se quedó pensativo, frotándose la barbilla— Oye, ¿no se te ha ocurrido hacerle criar con esa yegua?

Claro que se me había ocurrido. Más de una vez; incluso, pensé en ayudarle si era necesario. Pero Kuroshin no parecía interesado en la hembra, en absoluto, así que dejé de insistir. No quería contarle nada de eso al idiota de Isogai.

—No lo había pensado —mentí.

—Pues consíguelo. Si lo haces, te compro el potro. Te pagaré por él suficiente dinero para que puedas vivir un par de meses. Y, si vienen más, te aseguro que les encontraré comprador. ¿Tenemos un trato? —preguntó, tendiéndome la mano. Sin saber por qué, la tomé en la mía.

—De acuerdo. Ven en unos meses.

No era un mal negocio, o no lo habría sido de tener visos de funcionar. Por desgracia, no era el caso.

Los primeros días, lo intentamos todo. Froté el pelaje de Hime, la hembra, con hierbas aromáticas que mezclé con sus feromonas, para atraer el olfato de Kuroshin. Se acercaba, la olía y se volvía a ir. Busqué cuanto pude sobre el celo de las yeguas y de los machos equinos, pero nada parecía servir para que Kuroshin se animase a montar a la hembra, quien a su vez no retrocedía jamás ante él. Finalmente, se me ocurrió buscar mandrágora; una infusión de esa raíz podría excitar al caballo lo bastante como para que se animase. Ahora, faltaba probarlo. Yo no las tenía todas conmigo.

—Tengo preparada el agua caliente —dijo Morinaga, tomando la raíz y cortando algunas rebanadas, todas del mismo grosor, con su precisión habitual. Mientras lo hacía, se me ocurrió pensar que Kuroshin se parecía un poco a mí. Jamás me había acercado demasiado a ninguna mujer y nunca me casé. Siempre me había dicho a mí mismo que tenía que encargarme de la casa y de Kanako desde que Tomoe se fue, tras el fallecimiento de mi madre y el abandono de mi padre. Después, mi trabajo me tenía demasiado ocupado. Pero ahora, viendo a Morinaga cortar la mandrágora con sus precisos dedos y su gesto concentrado, sintiendo como otras veces aquella extraña zozobra en la boca del estómago y el rubor que me subía a las mejillas de pronto, se me ocurrió pensar que, quizás, a Kuroshin le gustaría más acercarse a otro macho en lugar de a mi yegua. Sacudí la cabeza para quitar ese pensamiento: no importaba lo que el caballo quisiera, yo necesitaba un potro para Isogai. Tenía que lograrlo.

Hicimos la infusión, fuimos al establo y se la dimos a beber a Kuroshin, que la chupó con gusto. Esperamos un poco; no tardó en parecer inquieto y algo nervioso. Observamos su conducta y se acercó un poco a Hime, acariciándola con el morro. De pronto, Morinaga me golpeó suavemente las costillas con su codo y me señaló los flancos traseros del caballo: la verga del animal había cobrado algo de forma. Esperanzado, seguí sus movimientos, pero no tardó en cansarse y sus genitales regresaron a su estado normal. Desencantados, Morinaga y yo nos miramos.

—No te preocupes, senpai. Te prometo que encontraré la forma, ¡confía en mí!

Sus ánimos no me sirvieron de mucho y subimos al comedor, donde Kanako nos había preparado pescado con verduras.

—¿Ha habido suerte? —preguntó sin demasiado convencimiento, al ver nuestro gesto.

—Todavía no —contestó Morinaga—, ¡pero te aseguro que daremos con el modo!

Yo no dije nada. Me limité a comer un poco y a retirarme a mi habitación a descansar, pensando en la incipiente erección de Kuroshin y en los dedos de Morinaga.

Me desperté de un sobresalto, sin poder recordar qué estaba soñando. Me vi sentado en la cama, en medio de la oscuridad; la tarde ya se había puesto. Salí a la sala.

—¿Dónde está Morinaga? —pregunté a Kanako, que se encontraba leyendo.

—Me ha dicho que tenía que hacer un recado, pero vendrá a cenar.

En efecto, no tardó en regresar, envuelto por un halo de misterio y sujetando con fuerza algo bajo su abrigo. Fue a su cuarto y salió, alegre como siempre.

—¿Cenamos?

No quise decir nada, esperé por prudencia. Al terminar, le dije a Kanako que se acostara, que nosotros recogeríamos. Cuando nos quedamos solos, encaré a mi kohai.

—¿Dónde diablos has ido? ¿Qué has traído? —Sus ojos brillaron al contestarme.

—He ido a ver a Hiroto, el tabernero. Ya sabes que es mi amigo. Hace tiempo, me habló de un bebedizo del amor. Me dijo que, quien lo bebe, no puede evitar sentir una enorme excitación. He pensado que podría servir para Kuroshin.

—¿Estás loco? ¡Es un caballo! ¡Las dosis deberían ser mucho mayores para que le hiciera efecto! Además, ¿y si le hace daño?

Morinaga me miró con tristeza.

—Lo siento, senpai, solo quería ayudar.

—Ya, claro… Anda, ve a dormir, mañana vemos.

Fue a su cuarto y salió al instante, con una botella en la mano.

—Toma, guárdalo tú —Al tomarlo de su mano, la rocé y un extraño calambre me recorrió el espinazo. Retiré mi mano con incomodidad.

—Está bien. Buenas noches.

Cuando estuve solo, me senté a la mesa y miré la botella con atención. ¿De qué estaría hecho ese bebedizo? Tenía que saberlo, no podía esperar a mañana. Además, se me había subido la adrenalina, así que tampoco iba a poder dormir. Abrí la puerta del sótano y bajé al laboratorio.

Vertí un poco del líquido en una redoma y con una varilla de cristal, lo miré a contraluz. Era de un verde esmeralda brillante, olía a clorofila y tenía toques azules, con lo que imaginé que había remolacha en su composición. Por lo que sabía, la remolacha era, como todas las raíces, un afrodisíaco, pero ni de lejos tan potente como la mandrágora, que apenas le había hecho algún efecto a Kuroshin.

Pude ver unos pequeños granitos dorados. Logré separar unos cuantos y, por su olor y textura, deduje que se trataba de canela. Supuse que todos aquellos excitantes juntos, quizás pudiesen hacer efecto en un ser humano, pero en ningún caso servirían para un caballo.

Entonces, tuve una idea. ¿Y si los juntaba?

La ocurrencia me hizo abrir mucho los ojos y encendí el pequeño fuego, tomando una de mis probetas. Hice una infusión de mandrágora muy concentrada, la dejé reposar y la colé con un paño de lino. Entonces, añadí el mejunje de Hiroto y lo cocí junto, dejándolo enfriar y destilándolo. El elixir resultante adquirió un brillante tono púrpura, hermoso y con un olor que me hizo salivar.

«No puedo darle esto a Kuroshin sin saber si puede hacerle daño», pensé. Lo justo era que un humano lo probase primero. En todo caso, lo peor que podía pasarme era morirme y, teniendo en cuenta nuestra precaria situación económica, no se perdería gran cosa. Pero si moría el caballo, Kanako y Morinaga se quedarían sin nada que vender para alimentarse. Así que, me armé de valor y me bebí el elixir de un trago.

Pronto comencé a notar toda una revolución en mi bajo vientre, mientras la piel se me ponía chinita y la respiración se me aceleraba. Tomando grandes bocanadas de oxígeno, con un gran mareo, me sujeté de la mesa, mientras el corazón trotaba dentro de mi pecho. Y entonces, lo noté. Sentí que mi pene, de un tamaño regular, se había multiplicado por cuatro. No solo eso, sino que, además, estaba tan duro que casi dolía.

Sin pensarlo, subí las escaleras, completamente fuera de mí. Era como un animal salvaje; notaba los olores del pescado y las verduras de la cena invadir mi nariz, podía distinguir el olor de los caballos en el establo, el del jabón perfumado de Kanako. Y, por supuesto, el olor corporal de mi kohai.

Con la mano contenida para no dar golpes ni gritos, abrí la puerta de su habitación y entré, cerrándola detrás de mí. Podía verle en la oscuridad con total claridad; sus ojos cerrados, su cara dormida, su respiración pausada. Pero su olor… ¡Su olor me enloquecía!

De un tirón, eché atrás toda su ropa de cama, para descubrir que dormía completamente desnudo. A partir de ese momento, un velo de locura invadió mi mente. Me arrojé sobre él, que se despertó con un gran sobresalto.

—¡Senpai! ¿Qué te pasa? —me preguntó, asustado. Traté de contestarle, pero no pude. Solo me arranqué la ropa y vi, entre la niebla de mi confundida mente, sus ojos mirando desorbitados hacia mi pene—. ¡Dios mío…!

Incapaz de articular palabras, agarré su cabeza y la arrastré hacia mi miembro, tirando de su pelo con furia. Obediente, mi kohai abrió la boca y se aplicó con esmero a lamer mi pene, sorbiendo con cuidado de no dejar un solo pedazo de piel sin mojar cuidadosamente, enroscando su lengua alrededor de mi erecto aparato. Sujeté su cabeza y penetré su boca, moviendo mis caderas, sin poder creerme lo que estaba haciendo. ¿Qué me estaba pasando, era de veras yo el que hacía esas cosas horribles?

No pude ni quise avisarle cuando una enorme marea de esperma comenzó a salir de la punta; sentí la necesidad de que todo aquel líquido tibio fuera a parar dentro de su boca; habría sido capaz de matarle si derramaba una gota. No protestó; lo lamió y tragó con deleite como un niño bueno. Dios, ¿qué me sucedía? ¿Qué barbaridades estaba pensando y haciendo?

A pesar del abundante orgasmo, mi verga siguió igual de derecha. Morinaga la miró con asombro, todavía sin creerse mi actitud.

—¿Qué te pasa, senpai? ¿Te bebiste toda la botella? Mira lo que has hecho… ¿cómo voy a arreglar esto? —Entonces me di cuenta de que no parecía en absoluto contrariado con la situación, sino más bien al contrario. Estaba complacido y dispuesto a permitirme usarle para mi placer. Eso era justo lo que necesitaba. Tomaría de él lo que quisiera, con o sin su consentimiento. Pero era bueno saber que disfrutaba con ello.

Yo seguía sin poder hilar dos palabras, así que desistí de hablar. Me sentía igual de excitado, pero la actitud de Morinaga me subyugó, sobre todo cuando me empujó para tenderme boca abajo en la cama, él sobre mí. Y entonces, sentí su aliento cálido susurrando en mi oído.

—Creo que he tenido una idea…

Tomó el cojín y lo colocó bajo mis caderas, alzándolas un poco. Me metió los dedos en la boca y me habló, su voz sonó como una orden. Eso me excitó aún más, si es que era posible.

—Chupa.

Así lo hice, lamiendo sus dedos como si me fuera la vida en ello, como el animal en que me había convertido con el maldito elixir. Los sacó de pronto de mi boca y me humedeció la entrada con una suavidad enloquecedora. Y me habló de nuevo al oído.

—Vaya, senpai… Parece que tu cuerpo tiene ganas de tragarse cualquier cosa que le acerque… Probaremos entonces, ¿sí?

Y algo muy, muy grande, se metió dentro de mí, casi de un golpe. Sentí que me desmayaba, pero seguía tan febril que solo podía desear más y más. Alcé mis caderas para facilitarle las cosas; tenía razón, me lo habría podido tragar entero. Así, sentí como mi kohai me cabalgaba, embistiéndome, entrando y saliendo de mí, sus gemidos ahogados invadiendo la habitación y mi oído, que se excitaba cada vez más escuchándole hasta que se detuvo y, en un último embate, se corrió con fuerza dentro de mí, mientras yo me venía de nuevo sobre su almohada.

Cayó rendido a mi lado, respirando como si le faltase el aire y sin dejar de susurrar «Dios mío, Dios mío…». Pude tirar al suelo la almohada manchada y, casi sin aliento, me abracé a su cintura, sentí que él tapaba el cuerpo de ambos con su manta y, sin más, caí en un sueño tan profundo como un abismo agradable y suave, tan suave como su piel.