Disclaimer: Frozen y sus personajes son propiedad intelectual de sus respectivos autores. Nada de lo que puedan reconocer me pertenece.
• A veces la decisión más pequeña puede cambiar tu vida para siempre; la que sea, buena o mala se guía por un sentimiento. Cuenta la leyenda que existen hilos invisibles que conectan a quienes están destinados a encontrarse; sin importar el tiempo ni el lugar. No importan si los sucesos fueron buenos o malos, los hilos se puede estirar o enredarse, pero nunca se romperán •
» Extraños Sentimientos «
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»» Gratitud.
Es lo que siente Klaus Westergaard para con su esposa.
Con los ojos perlados en lágrimas, contempla al pequeño ser que acunan sus brazos. Delicado e inocente, frágil por un parto prematuro, así es su hijo, el décimo tercer Príncipe de las Islas del Sur.
La Reina sonríe a pesar del cansancio, los nervios y el temor de esta larga espera se han ido y todo su esfuerzo ha valido la pena, si puede vivir y gozar del momento en que un padre contempla a su hijo.
—¡Gracias Julie! —escuchar esas palabras salir de los labios de su esposo, es para ella el mayor reconocimiento; Klaus es un hombre recto que no expresa abiertamente sus sentimientos; pero ella, en el fondo de su corazón sabe que su gratitud es sincera.
Su hijo, recién nacido, como la mayoría de sus hermanos mayores, aspira a guardar un parecido asombroso a Su Majestad, probablemente heredará las flamas del cabello rojizo y también hermosos ojos de color verde.
—Su nombre será Hans —dicta contenta.
—príncipe Hans Westergaard de las Islas del Sur, suena maravilloso —con delicadeza, entrega al pequeño en los brazos de su madre, el menor abre sus diminutos ojos y boquea en repetidas ocasiones, ella lo acerca a su pecho y entre sus brazos se rinde a la voluntad del sueño.
Ambos le miran con orgullo.
—Mi príncipe —ella deposita un beso sobre la frente de su bebé, levanta el rostro y une sus labios a los del hombre que ama —. Gracias por todo Klaus.
El Rey le sonríe y se dispone a salir de la habitación, quiere dejarles descansar.
Al abrir la puerta se lleva una sorpresa al observar que doce pares de ojos le miran con extrema curiosidad. Verdes, azules y aguamarinas, incluso sus hijos mayores se han acercado en espera de noticias sobre su madre y el recién nacido.
—Sé que esperaban con ansias de que fuese una niña, pero es un varón y su nombre es Hans.
Los doce Príncipes no celebran con tanta alegría la llegada del último heredero.
•
No muy lejos de ahí, cruzando el ancho mar, en un reino llamado Arendelle; un joven y apuesto Príncipe celebra junto a su familia, amigos y todo su pueblo que se ha comprometido en matrimonio; Agnarr de Arendelle e Iduna de Corona se toman de las manos y se pierden en el color de sus miradas.
Pronto se convertirán en marido y mujer.
»» Alegría.
Es lo que quizá sienten sus padres al verle crecer sano y fuerte. Hans cumple dos años, el más pequeño de los Príncipes del Sur juega inocentemente junto al resto de sus hermanos mayores mientras a su alrededor un mundo de envidias y rencores crece. El Rey entristece, pues ya no podrá pasar tiempo a su lado, debe ocuparse de la educación de Caleb.
El Príncipe ha cumplido veintiún años y ha llegado el momento en que deba poner en práctica todo lo relacionado con el rol que por derecho de nacimiento le pertenece.
—¿Hans? —la voz de su madre le sorprende en una de sus actividades —¿Qué es lo que observas hoy?
Él apunta hacia el cielo, sentarse en el balcón a contemplar los colores del atardecer es algo que verdaderamente le fascina. Las Islas del Sur tienen uno de los más hermosos atardeceres; el cielo se baña en tonos azules y naranjas, mientras el sol se pone en el firmamento. La Reina abraza por detrás a su pequeño y le revuelve sus pelirrojos cabellos. Hans ríe al sentirse protegido y muy amado.
Mientras el Rey trabaja ocupándose de los asuntos del reino, la Reina puede pasar tiempo con sus hijos; enseña y corrige reglas de etiqueta a los mayores, ayuda a los adolescentes con sus tareas y cuenta historias para dormir a los menores; Rechtaid, Cormac y Hans comparten una habitación, cada uno ya se encuentra preparado para el cuento de la noche; a veces, desde el pasillo se cuelan a escuchar Rudi, Runo y Jurgen, aunque han crecido siempre les agrada escuchar los cuentos de su madre.
Esa noche, Julie les cuenta que existen personas con dones especiales, a veces regalos de la naturaleza y en otras ocasiones maldiciones que recibieron por sus actos malvados; el rey Midas, es un soberano poseedor de un don muy peculiar, aturdido por una extraña maldición, todo lo que sus manos toquen se convierte en oro puro.
—¿Hasta la comida, mamá? —pregunta inocentemente Cormac, el doceavo hijo.
—Si, cariño, hasta la comida.
Rudi y Runo, los gemelos, aburridos por la historia inician una guerra de almohadas; los pequeños ríen divertidos mientras huyen de los golpes, plumas vuelan por toda la habitación. Esos momentos se guardan en la mente de Hans y cuando la hora de dormir llega; Julie les besa en la frente y les desea un buen viaje al mundo de los sueños. Su pequeño pelirrojo cierra los ojos y duerme tranquilo.
•
Arendelle en medio del luto por la muerte de un Rey, celebra con alegría que el joven Agnarr ha tomado la corona y junto a su esposa, que se encuentra en cinta, velarán por el bienestar de su nación y la salud e integridad de su heredero o heredera.
Los dolores de parto inician al anochecer. Su hijo o hija no puede esperar pues ya desea conocerlos. Y después de catorce largas y agotadoras horas de labor, la mañana del veintiuno de diciembre todo el palacio se llena de alegría con los llantos de la recién nacida. Los Reyes se abrazan y contemplan con alegría a su pequeña bendición, una hermosa niña de cabello platinado y ojos grises que pronto mostrarán su hermoso color azul.
La princesa Elsa de Arendelle.
»» Emoción.
Hans despierta mucho antes de que los primeros rayos del sol toquen las tierras de la nación. Está muy emocionado, pues en su cumpleaños número cinco su padre y madre le han prometido un regalo especial.
—Llegó el momento que esperabas —la voz del Rey suena alegre —. Sígueme pequeño, esto te encantará.
Juntos caminan por los largos y complejos pasillos del palacio, bajan cuidadosamente los peldaños que llevan a las caballerizas y ahí le encuentra por primera vez. Un potrillo pura sangre le recibe con alegría; su crin negra y blanca contrasta perfectamente con su piel marrón. A un lado del corcel, le saludan su madre y un joven.
—¿Es para mí? —pregunta visiblemente asombrado.
—Así es hijo mío —el pelirrojo sin pensar en sus acciones se arroja a los brazos de su padre en un cálido abrazo, Klaus no sabe cómo reaccionar, extiende los brazos intentando estrechar el pequeño cuerpo de su hijo, pero se detiene en el proceso y Julie entra al rescate.
—¡Hans! —llama ella cariñosamente y el menor se separa de Su Majestad —. Quiero que conozcas a John, Él será tú tutor y te guiará en el arte de la equitación —el muchacho le saluda con una leve inclinación.
—¿Me enseñaras a montar en Él?
—Así es Alteza —John le sonríe, su mirada transmite confianza y mucha seguridad.
—Tienes la misma edad que mi hermano Jurgen, ¿verdad?
—En realidad, soy un año mayor a su Alteza, su hermano mayor es amigo mío—John acaricia el hocico del potrillo —. Eso me recuerda, su nuevo amigo necesitará un nombre.
Los ojos ambarinos del muchacho se encuentran con los esmeraldas del pequeño príncipe, Hans lleva su mano al mentón y medita un poco antes de acercar su mano derecha al hocico del animal.
—¡Sitrón!, ese será su nombre.
Los tres presentes sonríen ante la inocencia del menor.
•
Todo el personal que vive en el palacio está a la espera de buenas noticias. La pequeña Princesa está muy emocionada y sus poderes ocasionan pequeñas nevadas; su niñera Gerda, le ha dicho que pronto se convertirá en hermana mayor.
De repente, los llantos de un recién nacido se dejan escuchar por todo el lugar. El rey Agnarr sale de la habitación seguido de las mujeres que ayudaron en el parto y fija sus ojos en los de su hija mayor. Radiantes, ante la noticia que pronto le será dada.
—Elsa, cariño ¿Quieres conocer a tu hermanita? —pregunta emocionado.
—Sí, claro que sí. —Agnarr le toma de la mano y juntos entran a la habitación.
En la cama, con el rostro bañado en perlado sudor se encuentra la reina Iduna y en sus brazos lleva un pequeño bulto de mantas rosadas. Los pequeños y carismáticos ojos grises de la menor se encuentran con los celestes de la mayor.
—Su nombre es Anna —la voz de su madre suena tranquila debido al cansancio.
—¡Hola pequeña bebé! —Elsa toca la mejilla de su hermana menor y luego dirige los ojos a su padre —¿Ella también es una Princesa? —Agnarr acaricia los cabellos rubios de su heredera.
—Sí Elsa, ella también es Princesa de Arendelle.
—Anna, tú y yo siempre estaremos unidas —Elsa toma la mano de su hermana menor en un gesto completamente tierno. Un fuerte lazo fraterno ha surgido entre ellas.
»» Dolor.
Luto. Todos los habitantes de la nación del Sur se visten de color negro. Hans no puede creer que su madre ya no este. Una década de vida no es suficiente para entender que la muerte es también parte de la vida y que las personas son seres efímeros que se evaporan en el aire, como gotas de agua expuestas al calor.
Maldice a los ladrones que le han asesinado y se maldice a sí mismo por no haber sido más fuerte. Si tan solo hubiese sido un poco más valiente, su madre no hubiese muerto al protegerle. Pero el hubiera no existe y en su memoria quedará grabada la cruel imagen del cuerpo inerte y el río de sangre a sus pies.
Es hora de decir adiós, nunca más volverá a perderse en los ojos de color celeste ni se embriagara con el agradable aroma de su perfume. El Rey ya no le dirige la palabra, sus ojos esmeraldas han perdido el brillo paternal, Hans sabe que le culpa, le odia y desprecia, pero Él no es más que un niño asustado y confundido.
Un dolor indescriptible invade su pecho y siente que se congela su corazón. Es un hecho, la reina Julie Westergaard de las Islas del Sur ha muerto.
Sus hermanos mayores han vuelto a casa para asistir al funeral; Caleb está ausente, seguro acompañando a su padre en su furia y dolor; Friedrich y su esposa presiden la ceremonia en ausencia y disculpa del Rey y el hijo primogénito. Lars y su prometida, le miran con tristeza. Luciff le revuelve los cabellos y le palmea la espalda, es el único gesto que recibe de su hermano mayor.
Camina despacio hasta la cripta y deposita en ella una rosa blanca, llora en silencio y no escapa de la mirada de odio que le dirigen los trillizos, desde muy temprano en la mañana, Alberto, Helmut y Franz le han ignorado y entre ellos juegan a que no existe. Rudi, Runo, Jurgen, Rechtaid y Cormac; sus antiguos compañeros de historias, sus hermanos más cercanos en edad le piden que sea fuerte, al ser los hijos menores son los más afectados, pero saben que deben mantenerse firmes.
La gente comienza a retirarse, la lluvia cae lentamente. John llega a él y con la mirada le pide que le acompañe; en las caballerizas, Sitrón comprende el dolor por el que está pasando su amo. Hans abraza al caballo y llora desconsoladamente, sus rodillas fallan y cae al lodo; el equino flexiona las patas y se acomoda a su lado mientras Él expulsa con lágrimas todo el dolor que puede.
Se ha prometido a sí mismo no volver a llorar.
•
En Arendelle, dos pequeñas de ocho y cinco años se escabullen de la cama. En el gran salón de bailes hay montañas de nieve, escarcha subiendo por las paredes y se oyen las risas de dos inocentes hermanas que juegan con magia.
—¡Hola me dicen Olaf! Y adoro los abrazos —la fingida voz de Elsa en el muñeco de nieve divierte a su hermanita.
—Te adoro Olaf —dice ella al tiempo que lo abraza. Hay patinaje improvisado y saltos sobre los montículos de nieve.
—Elsa, atrápame —la pequeña pelirroja salta uno a uno los montículos cada vez más altos.
—Te tengo —con sus poderes, la heredera al trono crea la diversión.
—Otro mas —pide con la voz divertida.
—Anna espera, no tan rápido —la primogénita resbala en el hielo, Anna salta sin cuidado y de las manos de Elsa escapa un rayo de hielo que pega en la cabeza de la menor. Anna cae inconsciente y su cabello es adornado por un mechón platinado. Elsa respira entrecortadamente y las paredes se congelan por el miedo.
—Mamá, Papá —grita Elsa —. No. No, no… No te asustes Anna, yo te cuido.
Los Reyes han llegado tarde, un lazo entre hermanas está a punto de ser perdido.
»» Impotencia.
—Déjame en paz Anna.
Una vez más, la misma respuesta, no importa cuántas veces lo intente, Elsa no saldrá de su habitación.
La Princesa a sus diez años no entiende cuáles fueron sus acciones o que habrá hecho mal para que esa amistad tan grande que la unía a su hermana se extinguiera. Se detiene a meditar unos breves instantes ante la puerta, ¿Qué secretos se esconden detrás?
Hay ocasiones en las que, cuando la noche cae y todos duermen, Anna puede escuchar llorar a Elsa; se contiene de querer tirar la puerta abajo, abrazar a su hermana y decirle que ella siempre estará a su lado.
—Tengo miedo, siguen creciendo.
Elsa se señala las manos y sus ojos viajan a las paredes de su habitación llenas de escarcha, la Princesa se pasea de un lado a otro visiblemente nerviosa, no sabe qué hacer; ha considerado su enemigo el miedo a herir a los seres que más ama. A veces solo quisiera escapar de todo.
—Sabes que empeoran cuando te alteras, cálmate —la voz de su padre intenta infundir un poco de paz, Agnarr se acerca lentamente a ella pero es rechazado. Se siente impotente porque no puede ayudarla —. Elsa, por favor...
—No, ya déjame… vete… no quiero hacerte daño.
Iduna coloca una mano en el hombro de su Rey, sabe que Agnarr no puede ayudarla y también comparte el sentimiento. En los ojos de su hija mayor solo hay reflejo del miedo y la incomprensión, ya no queda rastro de la inocencia de su infancia. Ambos le miran con dolor.
•
—Tocado y hundido —una vez más cae al suelo derrotado —. Sí que eres un tonto Hans, así nunca podrás derrotarme.
—Quiero la revancha —se levanta del suelo y recoge su espada —. Adelante, esta vez no perderé.
—Lo siento, pero tengo asuntos mucho más importantes que atender —su hermano le da la espalda y entra al palacio.
A sus quince años debe entrenarse en el arte bélico. Es un buen jinete, pero sino sabe como utilizar un arma, no es nada. John observa a lo lejos, ese pequeño arrogante y soberbio es como su hermano menor. Hans se sacude el polvo de sus pantalones y deja escapar un bufido exasperado.
—Hans… por órdenes del Rey, mañana partiré a un viaje de exploración… le he solicitado que me acompañes en calidad de estudiante, puede ser la oportunidad que esperabas para convertirte en Almirante.
El pelirrojo sonríe, al fin algo ha surgido para probar su valor.
»» Abandono.
—Los veo en dos semanas —la pelirroja de quince años ha pasado de largo la puerta de su hermana mayor, sabe que es inútil insistirle en salir, se arroja a los brazos de sus padres y los estrecha contra su cuerpo, están a punto de embarcarse en un viaje, cuyas razones ella desconoce.
Elsa baja de su habitación mientras observa a Kai ordenar el equipaje. En sus ojos azules se refleja la confusión y el temor, no quiere hacerse responsable del reino mientras sus padres están fuera. No quiere que la abandonen.
—¿Tienen que viajar? —pregunta, esperando que la respuesta sea negativa.
—Confiamos en ti, Elsa.
Que fuertes palabras son las que le dedica su padre; a pesar de sus poderes, Él confía en ella. Sube a su habitación y desde la ventana los ve abordar el barco mientras los colores del atardecer le acompañan en la incertidumbre. Se prepara para dormir mientras escucha a su hermana despedirse de Kai y Gerda. Su sueño se vuelve intranquilo, se mueve con violencia entre las sábanas y congela los bordes de su cama.
Justo cuando la noche se vuelve tormentosa, escucha que llaman a su puerta; el rostro de su mayordomo le recibe temeroso y deprimido. Las noticias no son nada agradables... Una tormenta ha sorprendido el barco de sus majestades en altamar.
Los ojos de la heredera se abren con sorpresa. El palacio de Arendelle se viste de negro, Elsa se niega a salir de su habitación y la puerta yace congelada. La ceremonia fúnebre solo es presidida por el Obispo y la Princesa Anna. La pobre pelirroja se desplaza lentamente por el palacio, como una sombra errante y sin rumbo fijo; observa con inseguridad la puerta blanca y decide tocar.
—¿Elsa?... sé que estás adentro... Me han preguntado ¿A dónde fue?... Que sea valiente, y de mi trate… te vengo a buscar, déjame entrar… —no hay respuesta del otro lado —. Tú eres lo que tengo, solo escúchame, ya no sé qué hacer...
La Princesa cierra los ojos y se deja caer de espaldas contra la puerta. Espalda contra espalda, separadas solo por un trozo de madera… Elsa ha escuchado la canción de su hermana, también quiere salir y abrazarla, llorar y desahogarse juntas, pero sus poderes se lo han impedido.
Solo queda llorar y dejar salir el dolor en absoluta soledad.
—Lo siento Anna.
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Por sus hazañas en el mar, Hans ha regresado a las Islas del Sur convertido en Almirante, pero se ha encontrado con la noticia de que su padre ha muerto. Confundido y en estado de shock se aleja del puerto, puede que en sus últimos años le ignorara pero aún seguía siendo su padre, corre por la ciudad real y llega al cementerio donde las criptas de la Reina Julie y el Rey Klaus le reciben.
Ya ninguno de los dos está con él. Y entonces recuerda las palabras de su hermano mayor, "Los seres humanos, son efímeros recuerdos de la vida, como gotas de agua que son expuestas al calor" algún día también morirá, pero antes quiere probar que puede hacer grandes cosas.
Lo ha decidido, quiere gobernar, quiere convertirse en un gran Rey como lo fue su padre y tener a su lado una gran Reina como lo fue su madre.
»» Envidia.
A sus oídos y de la mano de Lars, le ha llegado la noticia de que la princesa Elsa de Arendelle ya tiene edad suficiente para ser Reina. El día de la coronación ha llegado. Desde el puerto, Hans observa a los niños correr con sus banderas, las calles de la ciudad lucen magníficamente decoradas. No existe mejor palabra para describir lo que los aldeanos sienten, que no sea felicidad.
Pero en el fondo de su alma, lo único que siente es envidia. Envidia de una muchacha con mucha suerte; suerte de haber nacido primogénita, al igual que su hermano Caleb. Piensa que ella, poco o nada debe saber de cómo llevar un reino tan magnífico como Arendelle. Jamás en su vida ha visto a la Princesa, ha escuchado rumores, que dicen que es muy reservada, extremadamente hermosa y muy inteligente, pero Hans tiene sus métodos y encantos para romper con todas y cada una de las barreras que decida poner su víctima.
—Vamos amigo, al palacio —toma las riendas de Sitrón y baja de su galeón.
—Hans, no cometas una locura.
—Ya basta de sermones John.
El castaño niega ante las absurdas ideas de su amigo. Han viajado juntos por varios reinos en busca de una heredera al trono, el deseo que siente Hans de convertirse en Rey se ha convertido en una obsesión enfermiza. Y John cree que hasta que no toque fondo, no recapacitará en sus acciones.
El príncipe Hans de las Islas del Sur, con veintitrés años se cree digno de poseer una corona sobre la cabeza; ha ensayado su plan un sinfín de veces; es simple, acercarse cordialmente a la Reina, descubrir sus secretos, intentar enamorarla, ganarse su confianza y pedirle que se case con Él para llegar al trono. No puede fallar.
Distraído en su andar, repasando su plan en la mente, choca contra algo o más bien alguien, una mujer… es bella… algo menor y es el pequeño desperfecto a su plan, esa mujer se llama Anna de Arendelle.
•
El gran día llegó, se siente nerviosa y se pregunta a sí misma si será capaz de cumplir con el derecho que le pertenece por nacimiento. ¿Podrá ser capaz de controlar sus poderes ante tantos desconocidos?
Escucha a través de la puerta la emoción de su hermana y siente un poco de envidia. Si, envidia de Anna, ella no tiene que gobernar porque es la menor. No tiene que guardar las apariencias, porque es completamente normal. Camina hacia la ventana y observa a toda la gente que entra en la explanada del palacio. Todos esperan grandes cosas de ella. Esperan que gobierne con sabiduría y amor, al igual que su padre.
—Lo que hay en ti… no dejes ver… —camina lentamente hacia el cuadro del Rey, la misma pose valiente de su coronación intenta imitar —. Buena chica, tu siempre debes ser… No has, de abrir… tu corazón.
Toma los objetos de la mesa a manera de ensayo pero los congela.
—Un movimiento en falso y lo sabrán…
Y si, siente envidia de Anna porque ella puede salir y ser libre, gozarse de la alegría de vivir, mientras ella seguirá viviendo con el temor de congelar a alguien.
»» Miedo.
¿Quién rayos se supone es ese Hans de las Islas del Sur? Su querida hermana le ha presentado a su ¿prometido? Debe ser una broma de muy mal gusto, es completamente ridículo, ¡Se acaban de conocer!
El Príncipe esconde algo, esa mirada esmeralda y ese porte varonil le atraen mucho y al mismo tiempo le dan un mal presentimiento. No hay otra opción, aunque le rompa el corazón a Anna deberá negarse a bendecir el matrimonio, su hermana es muy inocente ¿Qué sabe ella del amor de verdad?
—Deseas mi bendición pero la respuesta es No —esa frase inició todo, una discusión entre hermanas, un reclamo por el abandono y la ignorancia de años, un desliz accidental y sus poderes han quedado al descubierto.
—¡Hechicería! —El duque de Weselton le acusa irracionalmente —. Yo sabía que algo extraño se escondía aquí —Elsa mira a todos los presentes con temor, lleva su mano al pecho mientras los rumores en la sala aumentan; abre abruptamente la puerta y huye del palacio, corre entre la gente de su pueblo y se pierde a las orillas del fiordo.
—Elsa espera...
No quiere hacerle daño a nadie… se aleja de Anna y de Hans, dejando al pueblo de Arendelle en un invierno fuera de tiempo.
•
Ver huir de esa manera a la Reina Elsa, le recordó enormemente a cuando era un niño y huía de sus hermanos trillizos. Esa mirada en el rostro de Elsa, era la misma que Él solía llevar cuando el miedo era un compañero constante, recuerda que cuando los tres estaban en casa, sin la protección de su madre, siempre era fácil convertirlo en víctima de sus agresiones.
Sus planes han dado un giro inesperado, la Reina ha huido y la princesa Anna ha ido tras ella. Se ha quedado a cargo de Arendelle y muy en el fondo desea que ambas mueran para quedarse con el Reino.
—Demonios.
Ahora deberá ir a la montaña y traer a Anna de regreso.
»» Libertad.
Ha huido tan lejos que ignora donde se encuentra, todo lo que aconteció en el palacio no será fácil de olvidar, pero Elsa sabe que nada puede solucionar. Se aleja montaña arriba caminando entre la nieve y el hielo, sus elementos naturales. La luz de la noche hace que la nieve brille y que cualquier huella se pierda en el manto que cae y se acumula.
Ella, es la Reina de las Nieves... Y el viento a su alrededor, es una tormenta, nace de su interior y no lo puede contener.
—No los dejes entrar... no les permitas ver —se repite una y otra vez —. Sé la chica buena que siempre has debido ser...
Se quita el guante restante y lo arroja a varios metros lejos de ella, de sus manos escapa nieve y hielo. Juega con sus movimientos y crea al pequeño Olaf. Deja escapar de sus labios una sonrisa sincera... Ya no le importa lo que dirán ni lo que harán, solo hay que dejar que la tormenta cobre fuerza.
—Al fin, que el frió es parte también de mi
Es gracioso como la distancia parece hacer todo un poco más pequeño. Esos miedos que la controlaban ya no están más. Es hora de divertirse, hora de ver que tan fuerte es, de probar sus límites y romperlos todos. Ya no hay reglas, ni aciertos, ni errores... Ella es libre. Es una con el viento y el cielo, ya nunca más la verán llorar.
Su alma forma espirales de color y se funde en fractales a su alrededor. Su pensamiento se cristaliza como una ventisca helada... Ya no mirará atrás, el pasado es parte del pasado. Sus vestidos solemnes se transforman en un hermoso vestido celeste, la niña perfecta se ha ido, se pone de pie frente al nuevo amanecer, su rostro madura y cierra las puertas de su palacio.
Elsa es libre.
»» Admiración.
Se encuentra a los pies de las escalinatas del palacio de hielo. Es una construcción magnífica e imponente, no imaginaba que el poder de la reina Elsa fuese tan impresionante.
—Buscaremos a la Princesa, si se encuentran con la Reina, no deben hacerle daño —los soldados de Arendelle le obedecen ciegamente, pero ve un poco de maldad en los secuaces de Weselton.
Un gran montículo de nieve se transforma en el fiel guardaespaldas de Elsa, Marshmallow. Con gran agilidad esquiva los ataques, sus ojos se dirigen a la puerta de hielo y ve el asustado rostro de la Reina, en verdad ella no quiere hacer daño a nadie, solo quiere estar sola. Gira sobre sí mismo para evitar ser aplastado. Los hombres de Weselton se le han adelantado y entrado al palacio, portan con ellos armas de largo alcance, por ningún motivo piensa quedarse atrás, con su espada corta la pierna del gigantesco hombre de nieve y corre hacia el palacio. Marshmallow lo derriba y queda colgado de las escalinatas. Con ayuda de los soldados sube para dirigirse a la inmensa creación de hielo.
El interior del edificio es aún más hermoso de lo que imaginó, extrañamente se siente atraído por el misterioso poder que posee la Reina de Arendelle.
—Aléjense de mí.
Esa frase llega a sus oídos, con espada en mano, corre escaleras arriba en busca de la soberana. El salón está repleto de hielo que brilla de un color dorado ¿Qué significa? Y ahí ella; de pie, al centro e imponente, haciendo gala de sus poderes sobrenaturales. Esa mirada en su bello rostro, no es la de una chiquilla asustada. Es una mirada digna de una poderosa Reina.
La Reina de las Nieves.
—Reina Elsa... No se convierta en el monstruo que todos creen que es.
No sabe de dónde le han salido esas palabras, incluso él mismo se ha asombrado al decirlas. Elsa detiene su ataque y mira con preocupación lo que ha hecho. Los ojos esmeraldas de Hans se dirigen a ella, extiende la mano para alcanzarla pero despierta de su ensimismamiento y corre a desviar la flecha.
Silencio...
»» Contemplación.
Envuelta por una cálida manta, el cuerpo de la Reina descansa en los brazos del Príncipe del Sur. Hans cabalga sobre Sitrón meditando y con trote lento rumbo directo al palacio de Arendelle. Sus planes han cambiado con respecto a los iniciales, si Anna ha muerto en la montaña aún puede obligar a Elsa a casarse con él y descongelar el reino.
—¿Qué hace esa hechicera aquí? —la ardillosa voz del duque de Weselton le irrita, ¿Cómo se atreve esa mísera rata, llamar a Elsa de esa manera? —. Si despierta, nos destruirá a todos.
—Ella es la Reina de Arendelle.
—¡Es una bruja! —dice haciendo énfasis en sus palabras.
Hans enfurecido, deja en brazos de un soldado, el menudo cuerpo de la rubia. Toma al anciano por la solapa de su traje y sus ojos le fulminan. Su mano se cierra en un puño que no dudaría en estampar en el vejete frente a él, pero hacerlo solo le creará problemas.
—No permitiré que desprestigie a la Reina de esa manera... No en mi presencia.
Recoge a Elsa de los brazos de su guardia y baja con ella al calabozo, suavemente la recuesta en el peltre humedecido y le mira con ternura. En sus manos coloca gruesos grilletes, solo por precaución.
—Es una pena que alguien tan hermosa como tú, tenga que morir. Todo hubiese sido más fácil sino te hubieses negado a bendecir mi boda con Anna.
Se quita el guante de la mano y acaricia su mejilla, su tacto cálido hace contraste inmediatamente con la piel fría de Elsa. Su dedo índice se desliza hasta la comisura de sus labios, sus ojos esmeraldas se nublan y sin pensarlo se inclina hacia su rostro, puede respirar el mismo aire que ella. Se encuentra deseando que la distancia se acorté pero se detiene a centímetros de sus labios rojos. Sacude la cabeza y se incorpora.
—Lo siento... Tengo una nación que gobernar.
Cierra con llave el calabozo y se detiene a contemplar a la figura que descansa en él. Guarda las llaves y sube a reunirse con los ministros.
»» Enojo.
Y todos sus planes se vinieron abajo en el preciso momento en que ese candelabro de cristal no mató a la Reina; cuando Él, en su buena acción decidió salvarla de la muerte por parte de los secuaces de Weselton y llevarla de regreso al palacio, cuando quedó prendado de su magnífica belleza en los calabozos y cuando ese tonto y ridículo "acto de amor verdadero" surtió efecto.
Con dolor aún recuerda las palabras de Anna "Aquí el único corazón de hielo, es el tuyo" y después ese terrible puñetazo en la nariz. Y aunque no quiera admitirlo, es verdad, su corazón se congeló desde el momento en que el brillo de los ojos de su madre se apagó.
Sí, está enojado; enojado consigo mismo porque dejó que una tonta y ridícula ambición lo hundiera. Está sentado en su celda del barco Francés y más coraje nace en Él al escuchar decir al Ministro que reportará su conducta a sus hermanos mayores.
No hay rastro de John, eso quiere decir que le ha abandonado, su único y verdadero amigo Sitrón se ha quedado en Arendelle y lo único que espera es que le traten con bien. Sin ánimo, levanta los ojos del suelo y se encuentra con unos orbes azules, son los mismos que le han cautivado, pues la dueña de esos maravillosos ojos es una Diosa comparada con cualquier otra mujer que haya conocido.
—Su Majestad… —la Reina ha decidido visitarlo antes de partir rumbo a las Islas del Sur.
—príncipe Hans —y no escucha nada de lo que le dice, pues en su mente se crea una sola imagen —. Estoy consciente de que sus acciones y algunas de sus decisiones no fueron las mejores en cuanto a mi persona —quiere tomar ese delgado cuello entre sus manos y cerrar el paso al aire hasta que la vida escape de su cuerpo —. Pero le agradezco de todo corazón lo que hizo por mi pueblo.
Abre los ojos sorprendido, ¿Ella le está dando las gracias por ese acto tan insignificante?
—No fue nada… Majestad
—¿Nada?, claro que lo fue. Todo el problema ocasionado por mis poderes, dejaba pocas opciones a su favor; pero gracias a su pronta respuesta el pueblo de Arendelle no murió. Sus actos hablan bien de alguien que solo desea gobernar, espero su hermano tenga piedad de usted... no sé qué más decirle, supongo que "buen viaje", será suficiente Alteza. —y dándole la espalda se retira, el aire le revuelve sus rubios cabellos y llega el dulce aroma de su perfume, debe ser una locura pero es un fresco y nostálgico aroma a lavanda.
No sabe cuál será su destino al llegar a casa, ¿Acaso Caleb tendrá piedad de él? Lo que pase de ahora en adelante no le importa.
»» Vergüenza.
Todos a su alrededor ríen divertidos, que conveniente ha sido para el Rey Caleb reunir a sus hermanos menores. De pie frente al trono, vestido con su traje más sencillo de la guardia marina y después de perder sus condecoraciones militares, el décimo tercer príncipe de las Islas del Sur, Hans Westergaard está listo para recibir su castigo.
—Me suplicaste que te dejará marchar en representación de nuestro Reino. En cambio, movido por tus inseguridades, decides atentar contra la vida de dos princesas herederas. Por eso, debido a esas aberrantes acciones en Arendelle, este consejo te ha encontrado culpable… —y ahí viene el veredicto —. Y te sentencia a… —pronto podrá reunirse con sus progenitores —. Dos años de servicio en la corte de Su Majestad, la reina Elsa de Arendelle.
—¿Qué? —sus ojos se abren con sorpresa. Debe ser una broma de muy mal gusto de su hermano mayor. Tener cuarenta y dos años le ha fundido el cerebro —¿Es una broma Caleb? En ese lugar todos me odian.
—Calla de una buena vez Hans. Desde este preciso momento dejas de ser un Príncipe del Sur, ya no eres ni merecedor de llamarte hijo de mi padre, eres una vergüenza, y qué mejor manera de castigarte que obligarte a vivir con el odio que tanto temes. Agradece que Lars te apoyará, pues otra opción habría sido colgarte en la plaza principal.
Ante la mención de morir colgado, a la vista de pueblo y cubierto de vergüenza, el pelirrojo solo baja la mirada y cierra sus puños en clara señal de impotencia.
—Hasta que hayas cumplido con los deberes que ahí te impongan y la Reina así lo considere, quizá puedas regresar a casa por tu honor — Friedrich, el segundo en la linea de sucesión, se cree Rey pero solo es el príncipe consorte de un reino en Europa.
Sale del salón real y camina lentamente hacia su habitación, tiene que preparar todo para su regreso a Arendelle. Al menos ahora si podrá realizar sus planes como quiere, no más errores. Solo necesita un pequeño descuido de su Real Majestad y su mano podría deslizarse lentamente hasta su copa de vino, unas gotas de extracto de rosa negra y adiós Reina Elsa. Una risa psicópata escapa de sus labios. Mira hacia el atardecer antes de caer inconsciente.
Los trillizos han decidido jugarle una broma antes de su partida.
•
Los nervios por recibir nuevamente a su casi asesino regresan a ella. Pequeños copos de nieve danzan a su alrededor, se siente un poco avergonzada pues aun no controla ese detalle. Camina de un lado a otro en su estudio, vaya idea la del Rey Caleb. Pero claro, sino la aceptaba terminaría perdiendo relaciones con el Sur. Un lujo que no puede darse desde su corte de relaciones con Weselton.
—Deja de dar tantas vueltas, me mareas.
—Lo siento, solo que no puedo controlarlo… Hans regresará a Arendelle.
—Y no en calidad de Príncipe. Por lo que el Rey explica en su carta es que tú dispones de su persona, puedes nombrarlo sirviente o esclavo —Anna sacude la carta frente a su rostro como si se tratase de un animal muerto.
—No importa… lo único que quiero es que se mantenga lejos de ti. Ya mucho daño te ha hecho.
—Oh Elsa, no te preocupes por mí, siempre puedo volver a romperle la nariz —ambas hermanas ríen divertidas.
—Anna, por favor, nada de violencia.
»» Arrepentimiento.
Cuatrocientos cincuenta y dos días han transcurrido.
¿Y a qué conclusión ha llegado?
Bueno, pues que odia casi todo. Odia el clima fresco de Arendelle; no tan cálido como en las Islas ni tan frío como cuando llegó el Invierno eterno. Odia la alegría de sus habitantes, ¿Es que acaso no paran de reír?
Odia a la Princesa, durante sus primeros meses de estadía, Anna no perdía la oportunidad de restregarle en cara que nunca sería Rey, que sus planes habían fallado y que nunca encontraría la felicidad, menos mal que por el embarazo ahora se mantenía quieta y sus burlas habían disminuido considerablemente, aún le hacía la vida imposible pero al menos era considerada.
Odia que el resto del personal le trate como igual y no como lo que realmente es, un Príncipe; y sobretodo pero no menos importante odia a la Reina. Esa rubia de veintidós casi veintitrés años ha cambiado mucho y para bien, ya no hay rastro de la muchacha miedosa de la coronación, ahora posee un dominio completo sobre sus poderes, gala misma que ha presenciado el primer día, cuando le congeló de los pies hasta el cuello para advertirle de su estancia en el Reino.
El día que ella le pidió de la manera más tranquila que se arrepintiera verdaderamente de sus actos.
—Hans… Su Majestad espera el té —Kai es la persona de más confianza para Elsa.
—Sí… —responde sin ánimo.
Elsa siempre disfruta del té con dos cucharadas de azúcar y acompañado de galletas de chocolate. Suspira con resignación, pronto terminará su castigo y regresará a casa, y aunque tampoco le hace ilusión volver a las Islas sabe que es la única manera de tomar su navío y hacerse a la mar.
Con la bandeja del servicio en una mano, llama a la puerta del estudio privado. No hay respuesta. Abre lentamente la puerta y la escena que se encuentra es muy diferente a la que esperaba. Sobre el escritorio de roble lleno de papeles y tratados se encuentra la reina Elsa, su cabeza descansa sobre el brazo derecho al compás de su respiración lenta y pausada. El trabajo acumulado de semanas anteriores la tiene completamente agotada. Piensa si lo prudente sería despertarla para su té de la tarde o dejarla descansar.
—Majestad… —llama levemente —. reina Elsa —un suave y constante movimiento sobre su hombro le hace abrir lentamente los ojos —. He traído su té —Elsa se asusta por la presencia del ex-Príncipe en su estudio y le congela las manos en un acto reflejo.
—¿Pero qué…? —Hans cae de espaldas por el susto y todo el contenido caliente se derrama sobre él —¡Auch! ¡Auch! ¿Por qué hizo eso?
—Lo siento tanto, fue un reflejo —Elsa se arrodilla a un lado para quitarle el hielo de las manos y aplicarle algo de escarcha a la quemadura sobre la ropa —¿Qué hace usted en mi estudio?
—Le traigo el té de la tarde, ¿recuerda? —en un movimiento repentino, ambas manos chocan en el aire, una descarga eléctrica los une y de un momento a otro se encuentran sumergidos en un silencio incómodo. Hans toma la mano de Elsa, siente el frió apagarse mientras sus ojos se pierden en la mirada de la Reina.
Su corazón late con fuerza y despierta del aturdimiento.
—Iré por otra taza.
—Está bien, déjelo así Hans, iré a descansar… supongo que le veré en la cena —y tan rápido como puede, la Reina abandona el estudio.
Elsa no se detiene a preguntarse que fue lo que pasó ahí dentro, su corazón se encuentra desbocado y late con fuerza, apoya la espalda en la pared y lleva su mano al pecho, regula su respiración y se esconde en la privacidad de su habitación.
El pelirrojo se acerca a recoger los restos de la vajilla y sin querer sus ojos dan con un documento. Algo en su interior se remueve de manera posesiva. Algo desconocido le invade al leer esa propuesta matrimonial.
»» Celos.
¿Un almuerzo de bienvenida?
Hans deja escapar un bufido mientras carga en su mano la bandeja del servicio. La Reina organizó una pequeña celebración por la llegada del Príncipe heredero de las tierras de Oeste, Jules a Arendelle.
El joven es castaño, posee ojos de un enigmático color ambar, tiene un porte elegante, es caballeroso, sincero, apuesto e... idiota (a criterio de Hans) ha llegado dispuesto a cortejar a la joven soberana. A ella no parece molestarle y mucho menos incomodar, al fin que como Reina, el deber que le ha puesto su consejo es buscar a un joven para hacerle su Rey y posteriormente darle al pueblo un heredero.
Sacude su cabeza al imaginarse a esos dos tomados de la mano, haciéndose cariños indiscretos y compartiendo el lecho de la cama en un acto impuro.
—Sí las miradas matarán, el príncipe Jules estaría muerto.
El pelirrojo deja escapar un respingo nervioso, Anna sabe ser muy sigilosa cuando se lo propone. Ambos miran a la futura pareja disfrutar de un bocadillo en el patio central del palacio; la presencia del pelirrojo puede ser solicitada en cualquier momento, pues no hace mucho fue nombrado mayordomo personal de Elsa, solo por ese insignificante detalle se encuentra asqueado de tanta melosidad.
—¿No deberías estar descansando? —pregunta al fijar sus ojos en el abultado vientre de la Princesa.
—Estoy harta de permanecer en cama. Además el día es hermoso, ¿no lo crees así?
Hans niega y rueda los ojos ante la poca responsabilidad de Anna, pese a que pronto se convertirá en madre sigue siendo una chiquilla. Gira de media vuelta para preparar más té y un leve quejido lo alerta, su mirada da con el pequeño charco de líquido viscoso que empapa la falda del vestido de la Princesa.
—¿Anna?
—El bebé... creo que ya viene... duele —ella se aferra con fuerza al brazo de su ex-prometido —. Hans, por favor...
Después de un momento de aturdimiento, deja caer la bandeja del servicio y toma a la pelirroja entre sus brazos; Elsa y Jules escuchan el ruido y se atemorizan por la escena frente a sus ojos. El rostro de Anna muestra sufrimiento y el de Hans desesperación. Entendiendo la situación, Elsa deja al Príncipe de Oeste en medio del jardín y corre en auxilio de su hermana. Sin pensar en sus acciones, Hans abre la puerta del palacio de una patada y corre en busca de una habitación. Anna deja escapar un alarido de dolor y se aferra a su cuello.
—Resiste Anna. Pronto podrás tenerlo entre tus brazos.
Él no es el padre del bebé pero se siente lleno de felicidad al escuchar su llanto. Kristoff sale de la habitación y le extiende la mano, se puede decir que le ha perdonado por sus errores y le agradece con una sonrisa y sin palabras que haya ayudado a su esposa. Jules le mira con sospecha. Elsa sale de la habitación y se arroja a sus brazos en un cálido abrazo, Hans le recibe confundido pero la estrecha contra sí.
—Gracias Hans... Es una hermosa niña, tengo una sobrina.
Ella también le ha perdonado... Pero Jules de Oeste no está feliz y le mira con celos, él también quiere tener a la rubia entre sus brazos, aunque sus intenciones no sean tan puras.
»» Determinación.
Sospechaba que el Príncipe de Oeste tramaba algo, alguna vez Él mismo planeo hacer lo mismo. Después de lo que descubrió en el estudio y alertando a Anna, corre agitado a los establos y de un salto monta en Sitrón, se dirige con prontitud al castillo de la montaña norte. Elsa ha sido secuestrada, en su taza de té ha encontrado pétalos de rosa negra, afortunadamente en ese estado solo sirven de potente somnífero pero procesadas y puras son un poderoso y letal veneno.
—Rápido amigo... debemos llegar. Resiste Elsa, ya voy.
Una vez más se encuentra frente al palacio de hielo, abre las puertas del castillo de par en par y se encuentra de frente al Príncipe Jules. Debe permanecer alerta.
—Donde quiera que la tengas, déjala ir.
—Acaso eres el Príncipe redimido en busca de amor... Es una pena que ella no corresponda tus estúpidos sentimientos.
¿De que habla? Él no busca el amor ni la comprensión de Elsa.
Escucha el chasquido de unos dedos y dos fuertes soldados de Oeste le toman por sorpresa, con prontitud desenfunda su espada y se defiende de los ataques. Hacía tanto que no estaba en un combate que resbala en el hielo, cae y recibe un corte profundo en su abdomen.
—¡Hans! —esa voz es de Elsa. Jules se acerca a él con espada en mano, le patea fuertemente para darle vuelta y contemplar su rostro de dolor —. Jules no le hagas daño.
—Tranquila querida, todo terminará pronto. Príncipe Hans, salude a sus padres de mi parte.
El castaño alza su arma para dar la estocada final, pero el pelirrojo haciendo amago de todas sus fuerzas, con la visión borrosa por la perdida de sangre, le atraviesa con su propia espada... El traidor a Arendelle cae muerto junto a Él. Siente frío mientras observa su cuerpo congelarse, una fuerte tormenta se desata y congela a los dos soldados de Oeste. Los sentimientos a flor de piel de la Reina hacen que sus poderes se salgan de control. Débil y adolorido contempla el fuerte remolino que se aproxima hacia su cuerpo, dentro de esa nube de nieve y hielo se encuentra Elsa de Arendelle.
—Elsa no... no te... conviertas... —respira entrecortadamente —. En el... monstruo... que todos creen... que eres.
—Descansa Hans.
Y cierra sus ojos adentrándose en la inconsciencia.
»» Amor.
¿Realmente importa cómo sucedió?
Ni a Ella ni a Él se les hace mucho problema.
Se cumple el día quinientos noventa y nueve de un Hans Westergaard en Arendelle y poco a poco su corazón se descongela. Que gran ironía, que una persona con poderes de hielo le haga sentirse más cálido. Después del incidente con Jules de Oeste y varias semanas en recuperación, la relación que mantenía con Su Majestad se volvió más amena. Esa noche tras largo tiempo de reposo el ex-príncipe se da una escapada a la biblioteca, necesita distraer su mente de algo que viene torturándolo. Toma el primer libro que encuentra y antes de perderse en sus páginas, algo le alerta.
—Solo iré por un libro para leerle a Annie —nervioso busca escondite, pero es demasiado tarde —. Hans… ¿Qué haces aquí?
Al escuchar su voz, el pelirrojo se pasma y un sentimiento de serenidad le invade, siente escalofríos acompañados de un sentimiento de vulnerabilidad, palpitaciones y estomago revuelto, sus manos sudan y son la prueba de que su pasado ha sido cancelado. En la víspera del día seiscientos Hans se da cuenta de que está enamorado y no puede o más bien no quiere aceptarlo.
•
Elsa ha dejado el estudio y se encuentra dando un paseo por los jardines de su palacio en compañía de Hans, es el día setecientos. Solo quedan treinta días antes de que el pelirrojo regrese a casa. Sus acciones para con Arendelle y ella misma han sido fructíferas. Le había salvado de un matrimonio arriesgando su propia vida, se había vuelto un gran asesor de estrategias y negocios internacionales y era el consentido de su sobrina Annalise, cosa que disgustaba enormemente a su hermana.
Para Hans, ese tiempo en Arendelle, le había servido para enderezar su camino. Llevarlo al bien.
—Hans —llama ella y le mira ligeramente cohibida —¿Deseas regresar al Sur?
Esa pregunta le extraña por completo. Claro que no desea regresar al Sur, no quiere saber nada de sus hermanos y de ser posible solo quiere tomar un navío y hacerse a la mar —. Sí así lo desea su Majestad, así será.
—Lo que yo desee no importa. —Elsa apoya la espalda en uno de los árboles —¿Quieres quedarte aquí en Arendelle... conmigo?
Sin pensarlo se acerca a ella para cerrarle el paso entre el árbol y su cuerpo. Eso no parece incomodar a la soberana, es más, parece desear ese acercamiento. Con su mano izquierda acaricia su mejilla y pasa el índice por la comisura de sus labios.
—¿Tus labios, nunca han sido besados? —pregunta con la voz algo ronca.
—No —responde ella, cerrando los ojos. Él sonríe de lado.
—Imagine eso, ya que no soportas a nadie cerca de ti
—Parece que lo voy superando —sus rostros están tan cerca uno de otro que prácticamente respiran el mismo aire.
—Para que un beso sea efectivo... tienes que desearlo, ¿realmente lo deseas? —el pelirrojo mueve la cara y sin esperar la respuesta, sus labios acarician suavemente la mejilla de la rubia, ya nadie piensa nada, quizá solo en la mínima distancia física que los separa y así termina con la tortura, besa con devoción sus labios y ella corresponde con la misma flama. Sus labios se abren camino por los ajenos, sus lenguas danzan en sincronía mientras las manos de ambos se apoyan en el cuerpo del otro. Se separan por la falta de aire en sus pulmones. Ambos perdidos en el azul y verde de sus miradas.
—Te amo Elsa de Arendelle —confiesa.
—Y yo a ti, Hans de las Islas del Sur —lo estrecha en un abrazo escondiendo el rostro en su pecho, luego se pone de puntillas y comparten otro beso, uno que se mueve lentamente dejándoles disfrutar a cada uno su esencia.
Desde la ventana, Anna y Olaf celebran dicho encuentro. Al fin se dan cuenta de sus sentimientos.
»» Placer.
—Sí, acepto —y con esas palabras su compromiso matrimonial ha concluido. Desde ese preciso momento Hans ha dejado de ser un marginado y un príncipe exiliado para convertirse en amigo, compañero, esposo, amante y en menos importancia Rey consorte.
Toma a Elsa de la cintura, la levanta en el aire y da una vuelta con ella antes de acercarla a su rostro y robarle un beso lento y cálido, acaricia de forma delicada sus labios con los suyos y se encuentra deseando que el tiempo nunca termine.
—Por el poder que se me confiere, yo los declaro marido y mujer —las palabras del sacerdote se han perdido entre gritos de alegría, vítores, fuegos artificiales y su inmensa felicidad. Y por primera vez, a Elsa ese beso le sabe a esperanza, es un sentimiento puro y correcto, sabe a un nuevo comienzo, uno que ambos han elegido.
•
Y ella, con veinticuatro años no puede imaginarse de otra forma que no fuese aquella. Amada y deseada por el hombre que se ha convertido en su vida entera; después de la recepción, cerca de media noche y en la oscuridad de su habitación, Elsa se deja llevar por la pasión sin medir consecuencias, está nerviosa pero no se arrepiente de nada; cabello suelto, maquillaje sencillo, perfume de lavanda y una capa de escarcha sobre su cuerpo que no deja nada a la imaginación.
—Mi Rey —ella camina lentamente hacia el pelirrojo y deja que la escarcha sobre su cuerpo se derrita al tacto de Hans.
—Mi Reina —responde con la voz ronca y la mirada nublada de lujuria.
Hans la atrae hacia su cuerpo y sus manos suben por sus caderas y cintura, ella entrelaza los brazos a su cuello y le besa la frente, el pelirrojo la levanta del suelo y gira con ella hasta caer sobre la cama, ambos ríen. Sobre la cama de su habitación; besa, acaricia y venera el cuerpo de quien ama. Bajo las sábanas se crea una danza de amor, cuyo único testigo es la luz de la luna. Las prendas desaparecen para dar paso a dos cuerpos sudados, extasiados y desnudos. Hans besa la piel nívea de Elsa desde los hombros hasta el hueco de su cuello, sube por la mandíbula y reclama sus labios con pasión.
Ella le acaricia la espalda mientras deja escapar un ronco suspiro. El pelirrojo desciende y besa su plano vientre, sus ojos le miran con malicia mientras su boca se ocupa de la femineidad de la Reina. Elsa nunca imaginó sentir tanto placer como el que Hans le regalaba en ese momento, la rubia arquea la espalda y cierra sus manos en puños sobre las sábanas, congelando el borde de las mismas, con sus movimientos le ordena silenciosamente continuar hasta que el primer orgasmo rodea a la soberana.
—Soy tuya... Hans. Por siempre y para siempre.
—Yo también soy eternamente tuyo.
Ambos se miran a los ojos y se adentran a un mundo de silencio, un silencio que solo es roto por los suspiros de placer de la rubia y la agitación del pelirrojo, ninguno quiere que ese contacto íntimo termine, se siente tan bien estar entre los brazos de quien aman. Ella es hielo y él fuego... se complementan a la perfección.
Ambos comparten un demandante beso y sienten la calidez de la boca del otro… Elsa enlaza sus manos al cuello y siente bajo la yema de sus dedos la suavidad de su cabello rojizo, gime y libera un poco de su poder cuando Hans le hace rodear su cadera con las piernas. Ella toca la piel del torso y Hans deja escapar un gemido que la Reina atrapa en un beso.
—Si te duele, detenme, no importa yo lo haré.
Hans se coloca en una posición que le permite comodidad a ella, gruñe involuntariamente cuando la Reina se frota contra él; presionándole, provocándole a seguir inconscientemente su vaivén…
—Te amo —dice él con la voz cargada de pasión antes de invadir su cuerpo y reclamar como suyo su preciada virginidad.
—Yo… también… te… amo… —y así, ambos se pierden en un mundo nuevo, un mundo de jadeos, besos, caricias y embestidas… un mundo donde solo ellos y nadie más existe.
»» Angustia.
Se sienta, se levanta, camina un poco y vuelve a sentarse. Lleva su mano a sus cabellos y suspira nervioso. Su cuerpo entero está lleno de angustia y temor. Sus ojos viajan hasta la puerta blanca y la encuentran cerrada.
—Demonios, ya han tardado —dice visiblemente exasperado.
—Es normal, es el primero —sus ojos esmeraldas observan al rubio que se encuentra apoyado en la pared, acunando felizmente a su hija —. Yo también estaba muy nervioso, ¿recuerdas?
Vuelve a bufar y sigue caminando en círculos frente a la habitación que comparte con su esposa. Susurra palabras que solo Él logra escuchar, Elsa está por dar a luz al primogénito de Arendelle, al heredero de la corona, a su hijo.
Su primer hijo con la mujer que ama.
La puerta de la habitación se llena de escarcha al tiempo que los gritos de Elsa comienzan, Hans intenta entrar a la habitación pero es detenido por la mano de Kristoff, sabe que no debe entrar, pero su corazón sufre con cada grito que escucha de ella, quisiera estar a su lado, tomar su mano y susurrarle al oído que todo saldrá bien.
Después de horas, amaneciendo un primer día de Otoño, los gritos se apagan y la escarcha desaparece. El palacio se inunda con el llanto de un bebé. Las puertas se abren. Anna sale de la habitación y le sonríe a Kristoff, en sus manos lleva un pequeño bulto de mantas azules. Hans abre los ojos y una lágrima escapa de ellos. Su pequeño es idéntico a su madre, de cabello platinado y piel lechosa; tiene su dedito dentro de la boca y mantiene los ojos cerrados.
—Felicidades Hans —Anna le entrega a su bebé con sumo cuidado y señala a su hermana que se encuentra profundamente dormida sobre la cama —. Fue un parto muy difícil, esta cansada; cuando despierte conocerá a su bebé.
—Gracias Anna —Hans entra y se acomoda a su lado —. Gracias por todo Elsa —besa la frente de su esposa y la de su hijo. Ella despierta unos momentos para ver a los dos hombres más importantes de su vida —. Príncipe Agnarr Westergaard de Arendelle —le dice con cariño. Ella sonríe y toda la angustia desaparece en el Rey.
»» Paz.
Es eso que siente su corazón; su cabello y barba han sido pinceladas de blanco con la edad. Pequeñas arrugas comienzan a aparecer en su rostro pero sus ojos esmeraldas aún conservan ese brillo paternal. Se mira al espejo y un rostro diferente le devuelve la mirada, sino se conociera diría que ve a su padre reflejado.
Han pasado treinta años desde su matrimonio con Elsa. Tiene cincuenta y seis años. Tuvo tres hijos, dos varones y una pequeña. Los tiempos modernos les exigen un cambio y por decisión propia ambos han decidido renunciar a gobernar, es su deseo disfrutar lo que les queda de vida en la tranquilidad de su palacio. Es momento de que la nueva generación se haga cargo.
Elsa también es víctima de la edad. A sus cincuenta y cuatro años, su cabello rubio platinado tiene unas cuantas hebras blancas casi invisibles por el color mismo.
Su vida, es como el cuento del hilo rojo; cuando dos almas están destinadas a estar juntas, el hilo puede estirarse, enredarse, separarse pero jamás romperse. Desde su regreso a Arendelle, pasando por su primera noche como marido y mujer hasta el nacimiento de su último hijo algo es seguro, jamas dejará de amarla. Sus terribles acciones del pasado le indicaron el camino hacia su felicidad. Arendelle le vio partir marginado, regresar como esclavo, redimir sus pecados y poseer el cuerpo de su Reina.
—Cariño, es hora —y ahí esta la dueña de sus pensamientos.
—Sigo enojado —dice mientras se acomoda las medallas.
—Tienen sangre Westergaard, era obvio que algo así iba a suceder —dice mientras ríe.
—Los hemos educado para poseer la corona y de repente ¿ninguno la quiere?, esos dos jovencitos se parecen más a ti que a mi.
—No intentes culparme, educarlos no ha sido nada fácil amor. Sabes, Agnarr me tiene un poco preocupada, dijo que hablaría conmigo de algo importante al finalizar la ceremonia.
—Agnarr es una caja de sorpresas, me dolió que renunciará, así sin más y sin explicación; y Patrick por decir que no le interesaba asumir el lugar de su hermano, no los entiendo.
—Deja de quejarte Hans, Julie será una excelente Reina, la he educado para ello.
—Es mi pequeña, no esta lista para esto.
Sus hijos y sobrinos llenaron de alegría Arendelle mientras eran pequeños; Agnarr tan parecido a su madre pero con los ojos de color esmeralda; Patrick, una copia de Él mismo pero que heredó los ojos azules de Elsa, y su pequeña Julie, la heredera de los poderes de su madre.
De parte de Anna y Kristoff; la princesa Annalise, su sobrina era una copia exacta de su abuela Iduna; los gemelos Cliff y Eiren, y el más pequeño, Dante.
Paz es lo que siente su alma al ver coronada a su hija. Y escuchar al pueblo repetir a viva voz.
—¡Viva la Reina Julie! ¡Que viva la Reina de Arendelle!
»» Orgullo.
Ante la amenaza inminente en la que se encuentra Arendelle, la Reina Julie Westergaard debe tomar una decisión urgente. Aún no puede creer que su propio primo, el Rey de las Islas del Sur, le declarará la guerra a su nación.
—George está llevando este asunto a otro nivel.
—Estoy preparado para proteger Arendelle, tendré todo listo en el puerto, solo sí tú me das la autorización Julie.
La pelirroja lleva sus manos al mentón y deja escapar un suspiro, mira a sus dos hermanos y a sus primos frente a ella. No ha pasado ni un año desde que tomo el trono y ahora siente la presión de proteger al pueblo de la guerra. Siente una mano sobre su hombro y gira el rostro para encontrarse con la mirada determinada de su padre.
—¿Qué debo hacer? —pregunta con inseguridad.
—Sepan que estoy orgulloso de todos ustedes... Y sí George Westergaard quiere guerra, guerra tendrá. Le enseñaremos a no meterse con la familia real de Arendelle.
Julie sonríe ante las palabras de su padre y da la autorización a Patrick para preparar el puerto. Agnarr llevará a los habitantes del pueblo al castillo del norte y a los territorios de los trolls, son el mejor refugio para su gente. Eiren y Cliff le ayudarán a organizar un plan de ataque. Mientras Dante protegerá al resto de la familia real, por ningún motivo los expondrá al sufrimiento.
Elsa mira con asombro la inteligencia de su hija, es una estratega por naturaleza, heredó las mejores cualidades de Hans. Ella se acerca a su pequeña y le mira con determinación. Ambas asienten y caminan con seguridad fuera del palacio. La gente les ve pasar y se inclinan en su presencia, algunos sonríen por la determinación de su actual Reina.
Elsa y Julie no necesitan palabras para comunicar la loca idea que se les ha ocurrido, madre e hija son tan similares. A lo lejos se vislumbra la flota naval de las Islas del Sur. Las banderas rojas con el grabado del león dorado le traen recuerdos nostálgicos a Hans, y sin embargo sacude la cabeza para dejar de pensar en eso, el pasado es parte del pasado, su presente es Arendelle y su futuro siempre será Arendelle.
Mira a las dos mujeres más importantes en su vida que se plantan con determinación y orgullo a las orillas del fiordo, mueven sus manos con maestría y congelan la entrada al Reino.
Julie ríe y abraza a su madre, George no se imagina la sorpresa que le espera.
»» Vacío.
La reina Elsa de Arendelle enfermó de un extraño virus y días atrás el médico real visitó a la familia Westergaard, pero el diagnóstico no es nada favorable.
Sobre la cama de su habitación, descansa el agotado y menudo cuerpo de Elsa. Su rostro pálido y demacrado por la edad y la enfermedad no le resta belleza a sus ojos cerúleos. Junto a ella; su esposo Hans, su hermana Anna, su cuñado Kristoff, Olaf y sus tres hijos.
El terrible día de decir adiós ha llegado. Y para el Rey es un golpe directo al corazón.
—¿Ya no recuerdas cual era el plan? —le pregunta mientras cierra sus manos en torno a la suya —. Yo debía irme primero.
Ella abre lentamente los ojos para perderse en la mirada esmeralda de su Rey. Alza la mano y le acuna la mejilla con cariño.
—Entonces... creo que he arruinado... nuestros planes —Julie, en avanzado estado de gestación, se oculta entre los brazos de su hermano mayor. Patrick cierra los puños por la impotencia y de sus ojos azules escapan gruesas lágrimas —Ya sabes que sigue amor... cuida de ellos, son todos unos irresponsables.
—Lo haré, mi pequeño copo de nieve.
Olaf comienza a derretirse poco a poco. —Lo siento amiguito, ya no puedo sostenerte en pie.
El pequeño hombrecito de nieve, su amigo de la infancia, el incansable aventurero del verano y compañero fiel de sus hijos, se acerca a ella con lentitud.
—Oh Elsa, vale la pena derretirse por amor.
Hans se acerca lentamente a sus labios y los sella en un corto beso.
—No tardes en venir por mi, amor. —Elsa se despide de todos y su cuerpo se sumerge en la calma y tranquilidad; el sollozo de Julie y su tía Anna se escucha por la puerta y el resto de la familia real sufre con ellos —. Siempre te amaré Elsa, gracias por todo amor, ahora ya puedes descansar.
—Yo... también.. te... amo... Ha...ns
La mano pierde fuerza y cae con un golpe seco sobre la cama, Elsa cierra sus orbes celestes para no abrirlos nunca más, Hans se aferra a su cuerpo y rompe su promesa de juventud, suelta sus lágrimas sobre el cuerpo de quién supo ver en él, todo lo bueno. Decir adiós... nunca nadie dijo que fuese fácil.
•
¿Qué sigue después de la pérdida?
Camina lentamente apoyado en su bastón por los pasillos del castillo de Arendelle. Tiene ochenta y seis años y los últimos tres años han sido difíciles de vivir sin Elsa a su lado. Hay un vacío en su alma que difícilmente puede llenarse, ni siquiera el amor de sus hijos y nietos puede llenarlo.
—Abuelito —una pequeña de tres casi cuatro años se acerca a él, tiene el cabello platinado recogido en una trenza y los ojos esmeraldas, iguales a los de él —. ¿Quién es ella?
—Ella es tu abuela, mi pequeña Elizabeth.
—Es muy hermosa, ¿Algún día seré tan bella como ella?
—Ya lo creo, mi pequeño copo de nieve —toma la mano de su nieta, la segunda hija de Julie y la heredera al trono de Arendelle por poseer los asombrosos poderes de hielo — ¿Vamos por unas galletas de limón?
—Si vamos —y a paso lento se alejan del cuadro pintado a mano. En ese majestuoso retrato se vislumbra una joven Reina sin temor a sus poderes, sublime y poderosa; a su lado, un pequeño hombrecito de nieve. Olaf de Arendelle.
•
Ha llegado el momento de acostarse a dormir. Se quita los zapatos, se coloca el pijama y cierra los ojos. Su cuerpo está cansado, él sabe que podría ser su última noche y por eso en la cena se ha despedido de todos y cada uno de los miembros de la familia. Una pequeña brisa helada le hace abrir los ojos, es casi medianoche y sigue siendo un verdadero tonto descuidado, ha dejado la ventana abierta.
—Hans —una suave y dulce voz le llama a sus espaldas.
—¿E…Elsa? ¿Realmente eres tú? —siente poco a poco como a su cuerpo regresan las fuerzas; ella luce verdaderamente hermosa, zapatillas de hielo que adornan sus pies, un vestido blanco como la escarcha se ciñe perfectamente a su figura, hombros descubiertos, una capa de hielo fino que adorna el vestido, cabello suelto y elegante, como una chiquilla de veinticuatro años, la misma que se entregó por primera vez a él —¿Qué haces… digo tú?
—He venido por ti, te prometí que lo haría —Hans camina hacia ella, voltea el rostro y se mira al espejo, su aspecto es el de un joven de veintiséis años, mira hacia atrás y con sorpresa observa un cuerpo anciano sobre la cama, su cuerpo anciano sonríe tranquilo.
—Eres única amor, tardaste mucho en venir —toma sus manos y sella sus labios con los de ella. Le sonríe y ambas almas desaparecen de ahí.
Al amanecer, el Reino de Arendelle se viste de negro. Su Majestad, el rey Hans Westergaard de Arendelle ha muerto, tranquilo como alguna vez lo fue su sueño.
Sigue
Agnarr & Iduna
