A la orilla del Nilo
Resumen: En el antiguo Egipto dos niños se conocieron en la orilla del Nilo, eran de mundo completamente diferentes, uno de ellos hijo de un comerciante y una hilandera de Kuru Eruna, el otro, el tercer hijo del Faraón.
Esta es su historia.
Advertencia: Este es mi primer fic decente, fue escrito por ahí en Febrero de 2004 y debo confesar que escribir con 17 años es muy diferente a escribir con 34 años encima. Dejé esta historia en pausa porque la vida consumió mi humanidad, el hospital se transformó en mi primera casa y dejé gran parte de mis creaciones de lado. En plena pandemia decidí continuar mis historias, pero 17 años cambian mucho a una persona y creo que esta historia merece que sea reescrita con los ojos que tengo ahora. No me arrepiento ni avergüenzo de mis intentos de esa época, solo quiero que tenga un hilo conductor coherente.
Tocaremos varias temáticas que pueden significar una situación incómoda para algunas personas. Por la guía de publicación de esta página hay capítulos que serán censurados aquí, pero publicados por completo en otras plataformas. Tendrán su advertencia correspondiente.
Este capítulo contiene la muerte de un personaje menor y menciones acerca de esclavitud y harem.
Capitulo 1: Atemu
Permite que te lleve en esta travesía,
Viajaremos muchos años,
Te contaré lo que he visto,
Quizás fue un sueño,
Quizás fue real.
Deja que te cuente,
Deja que te lleve al inicio de la historia,
Te contaré de tu nombre,
Te contaré de aquel quien es el origen de tu nombre.
Shenmu Pa en enet 7, año treinta y cinco de su majestad del Alto y Bajo Kemet, Señor de las Arenas y del amanecer, descendiente de Amun Ra y protegido de Horakthy, Faraón Akunamukanon I
Esa noche era diferente, quizás más fría, quizás más iluminada, las estrellas hablando entre sí, contando secretos de cuando el domo del cielo surgió desde las aguas del origen, desde antes que la barca del sol surcase el firmamento protegida por Seth. Era una noche fría para Shemu, aún en medio de festivales de cosecha a largo de la ribera del río que brindaba sus frutos de la tierra para Kemet.
Los guardias de la puerta de Menéferes se acercaron a las fogatas a calentar sus manos, extrañados del fenómeno a su alrededor. En sus casas, los habitantes de la ciudadela blanca cerraron ventanas y puertas con mayor fuerza y se refugiaron con sus familias, ya que hasta el más inocente y el sin Don de las sombras percibía que algo pasaría.
La verdad, si fueses portador del don de la magia, sabrías que todo en Kemet vibraba con la energía y ansia de Akunamukanon. Hacía horas había sido notificado del inicio del trabajo de parto de una de sus esposas, pero en el tiempo inmediato su imperio necesitaba a su Faraón pendiente de la corte.
Menéferes descansaba, pero no dormía, pronto se anunciaría la celebración del nacimiento de un nuevo príncipe o princesa para los suyos. Un nuevo niño que se alzaría como uno de los guías del pueblo y su gente alzaría adoraciones a Amun-Ra, Horakthy y Horus en honor de un nuevo descendiente. Serían días de festival, de cantos, bailes, alabanzas y oraciones, los templos rebozarían de vida mientras el nombre del nuevo integrante de la familia real sería susurrado y aclamado entre las calles de la ciudad blanca y luego en el resto del imperio.
Sulvi era una mujer mayor, sus cabellos eran blancos del paso de los años, manos robustas y seguras, manchadas por las bendiciones de Ra, pero seguras ante todo, en especial cuando sus servicios como partera eran necesarios. Y es que esta vez una de las integrantes del harem requería sus mano seguras y sus hierbas calientes para traer a otro pequeño al palacio.
"Tranquila niña". Susurró la mujer mientras cubría el abdomen abultado de paños remojados en brebajes de color ámbar, los paños de algodón y lino mantendrían la temperatura de la piel y músculos de la joven parturienta y el aroma de las hierbas ayudaría a calmar a la joven madre en su primer viaje. "Deja que vengan y deja que vayan".
El trabajo de parto inició cuando el sol se ocultaba en el horizonte, los colores violetas y rojizos de la arenas de Kemet siempre serían un espectáculo memorable, sin embargo, para Isthil, esos colores marcaban el inicio de su travesía para recibir a ese pequeño que llevaba en su vientre. Ya lo había soñado.
"Uf, este pequeño es testarudo". Comentó Sulvi palpando el abdomen, sintiendo con sus manos sensibles la forma en que el bebé se acomodaba cada vez más. "Valor mi niña, Isis y Hathor nos protegen".
Isthil era parte de las esposas secundarias de Akunamukanon, Nimhemeth era la reina, la primera, la más importante, la que había llevado en su vientre al primer heredero, al siguiente faraón. Sin embargo, ella sabía que era querida, inclusive se atrevía a decir que era amada por el gobernante, había sido su regalo de cumpleaños hace dos Peret, escogida por Akunadín para agraciar la cama del Faraón y ahora llevaba a su primer hijo. Si, ella estaba segura de que era un niño, sin importar las palabras de Siamun ni las miradas de los otros sacerdotes de la corte, ella traería al tercer hijo de Akunamukanon.
"Respira".
Isthil asintió tomando una bocanada de aire y dejando salir suavemente en una exhalación. "Quiero moverme". Comentó la mujer acomodando sus caderas en el diván donde estaba reclinada.
"Caminemos, mi niña". Harther, la segunda partera se acercó para ayudar a que la mujer lograse sentarse al borde del diván y luego levantarse para caminar. El movimiento cadencioso parecía aliviar las contracciones y el dolor de traer a una criatura al mundo. "Piensa en tu bebé, permite que Isis te guíe".
Cuando Akunadín escogió a Isthil como regalo para su hermano fue por un capricho del momento. Sabía que no era necesario, su hermano tenía suficientes herederos, dos niños saludables, uno de ellos en edad de asumir como Faraón si Akunamukanon lo decidía, las niñas en edad de matrimonio ya estaban listas para ser desposadas y consolidar lazos con otros reinos y ciudades importantes de Kemet y en treinta y cinco años de reinado, la prosperidad de la Joya del Nilo era tal que ninguna de las niñas requería dote. Y sin embargo, aún recordaba el paseo en el delta y ver a la joven mujer. En un comienzo pensó que eran sus ansias de tener una segunda esposa, pero luego vio más allá de su belleza y en ella encontró el mejor regalo para el Faraón.
Quizás había escogido a una mujer extranjera para que los ojos azules de Seth no fueran una rareza tan notoria en el palacio. Y es que sabía que los ojos de su hijo eran llamativos, por lo que Isthil era una buena distracción de la atención que Hato recibía cuando Seth estaba en sus brazos.
"¿Hay noticias?". La voz rasposa de Siamun interrumpió a Akunadín, el viejo consejero del Faraón retiró el velo de su rostro para acercarse al Sacerdote e intentar mirar hacia las salas de las parteras, donde solo el Faraón podría ingresar a acompañar a su mujer. Los hombres estaban exiliados de esa zona de palacio por respeto a la nueva vida.
"Comenzó hace unas horas, aún falta". Respondió el sacerdote en tono aburrido. Su deber era ser testigo del momento en que Siamun Murain escribiera el nombre de la criatura bajo el título de descendiente del Faraón. "Una niña más en el harem".
El hombre a su lado sonrió. "Si es niña y es tan hermosa como su madre, será muy sencillo desposarla en un tratado".
Akunadín asintió. "No es de extrañar, yo mismo escogí a la madre para agraciar la cama del Faraón".
"¿Nadie te ha dicho que es de mala educación alardear?". Preguntó el Consejero, ambos brazos cruzados sobre su pecho, donde el símbolo del Ankh descansaba como único adorno de sus túnicas. "Aunque creo que su Majestad querrá que sea la esposa de tu hijo, Seth".
El sacerdote frunció el ceño. "Sabes que no estoy de acuerdo con matrimonios tan cercanos".
"Es para preservar la pureza de los Faraones".
Akunadín negó con la cabeza. "Siamun, la madre tiene cabellos de oro blanco y unos ojos que solo había visto cuando mi Seth nació, no puedes hablar de pureza de la sangre si estamos mezclando a una norteña con el Faraón".
Siamun concedió el punto a Akunadín con un movimiento suave de su cabeza. Isthil era la favorita de Akunamukanon por lo diferente que era respecto de las mujeres egipcias a su alrededor. Sus mujeres de cabellos negros como el cielo nocturno y ojos marrones como el lodo del Nilo eran una bendición para cada hogar, sin ellas Kemet perecería y pasaría al olvido al perder a sus hijos y el cuidados del fogón en el hogar, pero Isthil era la belleza de tierras lejanas, cabellos de oro blanco casi parecían iluminados por el mismo Ra, cada curva de su cuerpo delgado y delicado iba muy bien con sus facciones suaves y definidas, acompañadas de un par de ojos azules que parecían fundirse con el violeta de la túnica del faraón, y su piel crema como la arcilla de las vasijas al ser pintadas con suaves colores.
"Si la niña hereda los ojos de la madre, insistiré en que sea esposa de Seth". Rió Siamun.
El sacerdote suspiró, con una mano quitó de su rostro el mechón que cubría parte de su rostro. Siamun era un viejo de porquería que insistía con sus ideas, así que para evitar un debate acerca de los méritos de la pureza de sangre, preferiría callar en ese momento.
"Aunque no nos vendría mal un varón". Agregó el consejero. "Akunamukanon siempre ha deseado una gran familia, ama a sus hijas, lo sé porque veo la adoración en sus ojos cuando las sostiene en sus brazos, pero dos herederos es preocupante en caso de que la guerra sea una realidad pronta".
"Ya estas pensando en una guerra que aún no ocurre". Akunadín regañó al consejero. "La prosperidad de Kemet será eterna mientras tengamos la bendición de Ra, mis oraciones se encargarán de eso".
"Tan cierto como que su Majestad está en concilio a pesar de que su favorita pare, y de no ser porque tú y yo somos los escribas de los nombres sagrados, seríamos parte de ese concilio".
Akunadín guardó silencio. Sabía de las tensiones en las fronteras, pero no era una amenaza inmediata, sin embargo la aparición de más espíritus de las sombras en las arenas del desierto seguía siendo un problema para las rutas de comercio de Menéferes, Thebes y Buthan, las tres ciudades más grandes, sin contar con las pequeñas aldeas que conformaban los asentamientos alrededor de la ribera.
"¿Crees que al fin se decidan por capturar a los espíritus en las tabletas?".
"No lo sé".
Permanecieron en silencio un momento. Dos sirvientas ingresaron a la sala llevando tinajas de agua y luego leña, de seguro necesitarían agua caliente.
Ahora solo debían esperar.
En la sala de parteras, Harther sostenía las manos de Isthil mientras caminaba buscando que el peso del bebé permitiera que el canal se relajara más. "Vamos pequeña, deja a tu madre tranquila y ven a conocernos".
"Es un niño". Susurró Isthil, corrigiendo a la partera. "Sé que es un niño".
La mujer no prestó atención a las siguientes palabras de la partera y de Sulvi, ambas hablaban demasiado rápido para entenderles en la lengua de Kemet. Estaba segura de que era un niño, ya lo había visto en sus sueños, tendría los ojos del ocaso, el color rojo del momento cuando Ra se esconde por completo en las arenas, algunas veces con tonos oscuros como el vino o la sangre seca derramada en los altares de su tierra natal. Ella lo sabía.
Un nuevo espasmo le hizo perder la firmeza de sus piernas, el dolor recorrió su columna, vientre y caderas, obligándola a doblar las rodillas para permanecer de pie. Las manos firmes de las dos mujeres a su lado la levantaron, mientras sentía líquido recorrer sus piernas.
"Bien mi niña, ahora comienza la parte más difícil". Comenzó Sulvi con un tono amable. "Volvamos a la silla". Ambas le guiaron a la silla de parto, donde pudo descansar un momento en el apoyo delantero, mientras su columna era masajeada por otra de las sanadoras presentes.
"Vamos Isthil, estamos contigo".
En el pasillo, Akunamukanon avanzó hacia su Sacerdote y Consejero, a su derecha Heishin el Alto Sacerdote y su Jefe de guardia Shada, flanqueaban su camino hacia la sala. Paso rápido y firme, ya que en su corazón quería correr como lo hiciera con todos y cada uno de sus hijos e hijas, sin embargo, las palabras del concilio y su preocupación por las condiciones de Kemet no era una carga que deseaba llevar al ingresar a acompañar a su Isthil. Debía dejar las preocupaciones del reino afuera, para así dedicar todo su espíritu para su mujer y su retoño.
"¿Cómo va?". Preguntó a Siamun, quien al verlo llegar se arrodilló en la venia de cortesía hacia el Faraón, la misma que Akunadín replicaba a su lado. "¿Hay noticias?".
"Solo sabemos que viene". Comentó Akunadín. "Ni un grito, ni un quejido, ni los cayos de la vieja Sulvi se han dignado a dejarnos una noticia".
"Ya deja de palabrerías Sacerdote". Comentó Sulvi, sus ojos terrosos clavando a Akunadín de una sola mirada antes de dirigirse hacia el Faraón. "Puede venir, pero como siempre, no puede interrumpir nuestro trabajo".
Y sin esperar más, Akunamukanon ingresó por entre las cortinas de tejido pesado que cubrían las puertas a la sala de las parteras. En el centro del salón cálidamente iluminado, estaba su Isthil, su pequeña flor de las tierras más allá del Norte, sus ojos azules como el Loto sagrado que dejó que Amun se incubara en su huevo primigenio. ¿Qué mejor color para la madre de uno de sus hijos?
Una sonrisa cansada, Isthil se retiró los cabellos mojados en sudor desde su propia frente para observar con detención al Faraón, un hombre al que había aprendido a amar. Los ojos color siena del descendiente de los dioses tenían pequeñas manchas de color dorado, lo había descubierto con las horas de observación del rostro de Akunamukanon.
"Ya estoy aquí". Susurró el egipcio, sus manos cálidas, pero inseguras y ansiosas ayudaron a sostener el cabello dorado de Isthil y luego de acomodarlo fuera de su rostro, tomó uno de los paños con hierbas que Harther llevaba en una bandeja y comenzó a deslizarlo por los hombros y espalda de su mujer, quien cerró los ojos disfrutando de los cuidados del padre de su bebé.
Ambas parteras permitieron que la pareja se encontrase en una caricia suave, conocían a Akunamukanon y sabían que siempre estuvo al lado de sus esposas frente al nacimiento de cada uno de sus hijos e hijas, inclusive cuando el pequeño Akenamon nació y el Faraón viajó una noche completa por el desierto para llevar a sostener la mano de la Reina Nimanehel en el momento en que el segundo heredero saludaba a Ra con un llanto poderoso en garganta.
Traer un hijo al mundo no es tarea fácil, pero cuando lo puedes hacer en los brazos de alguien que te ama, se vuelve un encuentro.
En el pasillo, lentamente los sacerdotes llegaban a presentar sus saludos a la madre y el padre. Akunadín recordaba el nacimiento de su primogénito Seth, las alabanzas en la voz profunda de su hermano mayor cuando se anunció el nombre del pequeño en honor al Dios que protege la barca de Ra en el cielo, y es que su niño había nacido en el momento en que Ra comienza a descender desde el cielo, era el mejor nombre que podía entregarle a su legado.
"La última vez que nos reunimos aquí fue para el nacimiento de Seth". Comentó Shada, el Jefe de la guardia, un hechicero descendiente de la familia del legendario Hassan, antiguo protector de las Faraones de la dinastía Akunam. Su hijo Shadi ya estudiaba entre los escribas y consejeros de Thebes, de seguro buscando traerlo a Menéferes para formar parte de la corte de Akunamekenan cuando sucediera el trono de su padre.
"Si, pero mi Hato estaba molesta conmigo". Comenzó el Sacerdote con una sonrisa melancólica. "Ya tres años de eso".
En ese momento, un pequeño egipcio de quizás doce o trece cosechas llegó al lado de Shada, sus brazos llenos de rollos mal equilibrados, claramente trayendo algún material que el hechicero le solicitase. "Maestro Shada, Alto Sacerdote Akunadín". Saludó a ambos con la mejor reverencia que logró hacer sin que los rollos cayeran al piso.
"Mahaad, ven acá". Sonrió Shada a su joven aprendiz. "Akunadín, quiero que conozcas a Mahaad, mi aprendiz directo, será compañero de entrenamiento de artes de invocación cuando Seth tenga la edad suficiente". Anunció con orgullo el egipcio antes de tomar los rollos de las manos del niño, cuidando que se mantuviesen ordenados y sin riesgo de caer. "Puedes retirarte Mahaad, mañana comenzaremos más tarde, será día de celebración, así que prepara tu apetito"
Con paso veloz y animado, Mahaad se retiró del lugar, a medio camino del pasillo recordó sus modales y se volteó a realizar la reverencia de despedida antes de continuar, no podía esperar a contar a sus compañeros que mañana podrían dormir un poco más y comerían por la celebración. Era primera vez que estaba presente en palacio para el nacimiento de un príncipe o princesa. Y vamos, que si su llegada significaba más comida deliciosa, ya se había ganado su cariño incondicional.
Se acercaba el amanecer, el momento en que la noche y la serpiente de Apophis se retiraba del firmamento siendo cazada por Ra en su viaje incansable por el domo del cielo. Seth a su alrededor protegiendo a su progenitor y permitiendo que las tierras de Kemet despertasen una vez más. Los primeros tonos violeta y anaranjados en las arenas se reflejaron en la pared protectora de Menéferes, los suaves tonos nacarados de los minerales que sostenían lo sigilos y sellos de magia y protección alrededor de la ciudad blanca devolvieron el saludo al sol.
Isthil estaba agotada, su respiración agitada, su cabeza apoyada en el hombro de Akunamukanon, mientras la manos amorosas del Faraón acariciaban sus hombros, sus brazos y manos, buscando consolarle y entregar fuerza para continuar.
"Un poco más flor del delta". Susurró Akunamukanon contra la sien izquierda de Isthil, sus labios dejando un beso suave contra su piel, permitiendo que la mujer se acomodara en sus brazos antes de pujar una vez más.
"Vamos, ya se ve la cabeza". Anunció Sulvi desde su posición a los pies de la mujer. "Un poco más".
Isthil asintió. Solo uno más, estaba segura que solo uno más. Solo necesitaba un último esfuerzo para que su niño llegara…
Y lo sintió, su hijo se deslizó por su canal hacia las manos seguras de Sulvi, quien de inmediato lo levantó.
"Es un niño".
Si, un niño, lo sabía, era su niño, si primer niño. Isis la había bendecido con un niño.
Sulvi lo dejó sobre su vientre, el calor de cuerpo permitiría que su niño buscara el pecho y…
Silencio.
No, un nacimiento jamás debía ser en silencio.
¿Dónde estaba el primer llanto?, ¿El soplo de vida de su hijo?
Y por un momento el mundo apreció parpadear lentamente, quedando en oscuridad.
Isthil ignoró las manos de Akunamukanon sobre ella, las manos de Sulvi tratando de acercarse al cuerpo del bebé, porque su hijo no respiraba. Mientras el mundo a su alrededor se sumergía en la oscuridad más profunda, porque en el firmamento, Ra desaparecía por un momento y dejaba la vida suspendida en el tiempo.
Levantó a su hijo con ambas manos, llevando al bebé a su pecho, sosteniendo con fuerza el pequeño cuerpo que no se movía. "No…". Quería gritar, quería llorar, negar a los Dioses que había aprendido a amar porque en ese momento Isis se burlaba de ella mientras Anubis exigía el corazón de su bebé.
"No ha sido Isis".
Isthil levantó la mirada, sus ojos azules resplandecían de lágrimas y furia. Frente a ella se encontraba un mujer, una figura que había visto en las paredes del salón del trono de Akunamukanon, sus alas doradas, sus múltiples brazos, sus ojos color oro que parecían convertirse en la cabeza del halcón y volver a su forma humana entre cada respiración.
Horakthy.
"Mi hijo". Sollozó Isthil, sus brazos aferrados al cuerpo del bebé, ocultando la pequeña figura contra sus pechos, su cuerpo temblaba de terror y furia frente a la Diosa del amanecer, la figura dorada de Horakthy era la única luz entre toda la oscuridad a su alrededor. "¿Por qué me lo quitas?".
"Porque sería un acto piadoso de mi parte". Respondió al Diosa, su voz tan suave como al brisa de media mañana y tan profunda como las aguas oscuras del Nilo en plena Inundación. "Impedir su entrada a esta realidad sería mi regalo para él".
Isthil temblaba de pies a cabeza, pero su instinto de madre era más fuerte que su miedo como mortal ante la figura de la Diosa más importante de los Faraones. "¿Por qué?, ¡¿Por qué me lo quitas?!".
"Niña, tu hijo será mi campeón". Sentenció la Diosa, sus manos extendidas frente a ella, mientras la mujer mantenía su cuerpo defendiendo al bebé sin vida en sus brazos, sus ojos desafiantes, sus dientes apretados, sus brazos firmes a pesar de estar recién parida. En otra ocasión su actitud sería una falta de respeto, pero Horakthy no era cruel, sabía que sus acciones serían una gran herida para esa madre y una condena para ese niño. "Escogí a tu hijo de entre todos los niños que nacerían hoy, de entre todas las almas es la más perseverante, su fuerza y determinación serán su mejor cualidad y la razón para ser mi guerrero en la tierra de los mortales".
Isthil negó con fuerza. "¡Escoge a otro!"
Horakthy cerró sus ojos durante un momento. Lo lamentaba, pero no era posible. "No hay tiempo". Comenzó, sus manos comenzaron a brillar, hasta que una esfera se formó entre ellas. "Su espíritu está listo y debo entregarlo a su recipiente…".
La mujer intentó levantarse, no recordaba el instante en que había caído sobre sus rodillas en el piso negro que entregaba firmeza a ese mundo oscuro. Pero debía huir, correr hasta esconder a su hijo de esta diosa cruel. Dio dos pasos y volvió a caer sobre sus rodillas, en sus brazos aún sostenía a su bebé.
"Isthil del otro lado del mar, tu único hijo será la última luz en pie en este mundo".
La esfera de luz tomó la forma de un niño, quizás cinco o seis cosechas. Pero Isthil reconocería los ojos de su hijo en donde fuese, ese color atardecer, carmín como el granate en las piezas de joyería de sus prendedores y la corona de Akunamukanon. Tomó aire, perdida en una sonrisa y un sollozo al ver a su criatura viva, con una sonrisa traviesa e inocente, sus ojos ligeramente angulares que de seguro derretirían a Siamun con esas largas pestañas.
"Tu hijo será un niño brillante, amado por muchos, preciado para su padre y por sobre todo para los Dioses". Explicó la Diosa, permitiendo que el niño fuera creciendo lentamente, las facciones redondeadas por la niñez tomando la forma delicada de la adolescencia.
Oh, tenía su cabello. Isthil suspiró, su pequeño heredaría su cabello dorado suave.
"En unos meses, se despertará la oscuridad, una traición traerá algo que jamás debió ser liberado, por eso necesito a mi guerrero". Relató Horakthy, permitiendo que la visión frente a Isthil continuara mostrando como las sonrisas traviesas lentamente se transformaban en una expresión seria. "El equilibrio será quebrado y mis tres dioses combatientes se liberarán en las arenas del desierto, mis tres cobrarán la vida del Faraón actual y subirá su primer hijo en su lugar".
Esa revelación dejó a Isthil sin respiración. Pero la Diosa continuo."Mis tres asolaran las tierras malditas de Kemet, porque el Oscuro rompió el equilibrio y el Faraón tomó el camino equivocado, mis tres serán quienes buscarán la forma en que la barca de la vida siga su curso y tu hijo será la pieza principal para ello". Diciendo eso la imagen del joven de ojos rojizos comenzó a cambiar una vez más, esta vez recibiendo tres colores sobre él. "Obelisco dejará que el azul oscuro de la noche corone a este Faraón, luego Osiris derramará la sangre del amanecer y el atardecer sobre él". Frente a sus ojos, el cabello de su hijo cambiaba desde el pálido dorado que ella le heredaría a un azul oscuro cubierto por puntas rojizas, siguiendo la forma elevada de la dinastía Akunam. "Y por último Ra lo coronará con el poder del mismo sol". Y ante eso aparecieron ocho mechones de color dorado, imitando la corona que Akunamukanon llevaba en su cabeza.
"Y así, el hijo que no llevaba los colores de Akunam los obtendrá porque será elegido por los dioses". Horakthy dejó que la figura de su campeón mirase a su madre. "El único Akunam que será Faraón porque los dioses lo exigen".
Isthil tembló de miedo por un momento, sus ojos buscaron el rostro de su bebé, aún inmóvil en sus brazos. Su pequeño niño…
"Vivirá para sellar la oscuridad, por su propia mano tomará la decisión de sostener a Kemet y al domo del cielo y la tierra y el mar". Continuó Horakthy, quien por un momento pareció transformarse en una anciana, su voz rasposa por el paso de los años y las desdichas del desierto. "Sellará las sombras a cambio de su vida, su felicidad, su amor, sus memorias, su nombre y continuará combatiendo en la oscuridad hasta que las estrellas no sean las mismas que observamos en el firmamento".
Los ojos del joven comenzaron a perder brillo.
"Se perderá en el laberinto de oscuridad manteniendo al mal y al caos lejos de esta vida… hasta que la luz lo despierte una vez más".
"Mi… niño…".
"Tu niño será Faraón en quince inundaciones, morirá antes de alcanzar las diecisiete".
"No".
"Entonces el mundo se sumergirá en oscuridad".
Isthil sollozó con fuerza. ¿Por qué su pequeño?, ¿por qué no otro hijo?
"Podría dejar que vivieras y el niño no, puedo llevarme su espíritu de regreso al Aaru y veremos al mundo caer". Ofreció Horakthy a la madre. "La única oportunidad del mundo, es que tomes el lugar de tu hijo en el Aaru y le permitas cumplir su misión".
"¿Mi vida por la de él?". Preguntó Isthil, sin levantar la mirada del rostro sereno del niño, hasta que una mano suave tocó su hombro y se encontró con los ojos carmín de la visión de su hijo.
"Todo estará bien mamá, es lo que debo hacer".
Siempre pensó que su hijo sería el más brillante, el más valiente de todos. El campeón de Horakthy.
Con un suspiro lleno de tristeza, Isthil se atrevió a tocar la mejilla de su hijo, casi sentía la calidez de su sonrisa. "¿Serás feliz?".
El joven egipcio bajó los ojos un momento antes de sonreír con cierto pesar. "Seré feliz, en especial cuando regrese a casa". Comenzó mirando a los ojos a su madre. "Seré muy feliz cuando conozca a mis amigos, a mi familia y a mi gran amor, y lo seré aún más sabiendo que todos a quienes amo vivirán en un mundo sin oscuridad".
La mujer sollozó mientras deslizaba su mano por la espalda de su hijo y lo abrazaba junto al bebé que aún sostenía en su pecho. "Mi niño…". Entonces levantó la mirada hacia la Diosa, sus ojos azules suplicantes una última vez. "Dale un nombre digno de ser tu campeón".
Horakthy ya tenía un nombre para su guerrero.
"Atemu".
Siamun se asomó al balcón para observar a Ra iniciar su viaje, las primeras alabanzas del día se escuchaban desde el templo a un costado del palacio y la ciudad blanca ya comenzaba a mover las arenas con suavidad. El viento llevaba el cambio desde la brisa fría de la noche hasta la tibieza de una mañana. Un nuevo día.
Y durante un momento el silencio reinó en la tierra y la oscuridad cubrió a Ra en el firmamento, como si un parpadeo lento de los ojos de los dioses impidiera que la noche se retirase, pero así como vino, se fue.
Un último suspiro abandonó los labios de Isthil mientras rodeaba a su bebé con ambos brazos, y entonces el llanto del niño pareció despertar al mundo y Ra continuó su viaje en el domo del cielo. La expresión plácida de la madre era lo contrario al llanto desesperado del bebé que rompía ese segundo de oscuridad, y al mismo tiempo el corazón de Akunamukanon al sentir a su Isthil dejar de vivir y partir al Aaru.
Rápidamente Harther tomó al niño en sus brazos para comenzar a limpiarlo. Sus susurros de consuelo llenando el lugar durante un momento. "Tu madre fue valiente, tu madre te permitió vivir".
Durante un momento, el Faraón se permitió cuestionar a sus dioses. Su flor del delta, su valiente Isthil, pero ahora tenía a su hijo, el recuerdo de su Isthil viviría en él. Quizás tenía sus ojos, su sonrisa, solo quizás algo en ese niño le permitiría recordar la viva imagen de su amada Isthil cada vez que lo viera reír en los pasillos de palacio.
¿Por qué?, Horakthy. ¿Por qué?
Porque así debía ser. Y la respuesta era tan abrumadoramente verdadera que en su corazón sabía que el niño era necesario, y que cuando no lloró por su cuenta, Isthil tomó su lugar en el Aaru y trajo de regreso el espíritu del niño para un propósito necesario.
Akunadín y Siamun ingresaron a la sala de parto cuando fueron llamados por Sulvi. "Es un niño". Pero en vez de una sonrisa de felicidad, su mirada de pesar les indicó que algo había pasado, pero el ver al Faraón abrazado al cuerpo sin vida de Isthil fue la respuesta que no querían obtener.
Siamun frunció el ceño. Que un niño nazca y la madre muera no era un buen signo, mucho menos después de ese episodio de oscuridad que todos habían visto y sentido a su alrededor.
Fue Harther quien interrumpió los oscuros pensamientos y la tristeza que llenaban el lugar. "¿Cómo habrá de llamarse?".
Por un momento, Akunamukanon creyó ver a su amada Isthil sonreír.
"Se llamará Atemu".
Notas:
La misma esencia.
Gracias por leer.
