Capítulo 1: Epona
Son las 9 de la mañana, y la vereda de Hyrule empieza a tener un ligero movimiento. Los ruidos de la naturaleza hacen su presencia; el sonar de las aguas del río, y la brisa del viento golpeando las hojas de los árboles. Todo coexistiendo en el mismo orden de siempre.
Sin embargo, para un pequeño rancho aledaño a la ciudadela, las cosas darían un rumbo diferente a lo usual. Y todo esto empezaría, con un ligero bostezo.
Una niña, habitante de ese rancho llamado Lon Lon, despierta con los ligeros ruidos de unos cucos que se encuentran debajo de su casa, acompañado de pisadas provenientes de las escaleras que daban a su habitación. Malon, la hija del dueño del rancho, despertaba para otro día más.
Su padre Talon, entra a su habitación, con un tazón de cereal, un vaso de leche y media rebanada de pan.
–Buenos días hija. Que bien que ya despertaste, te tengo el desayuno. –Le menciona su padre, batallando un poco con el desayuno en las manos, colocándolo en la mesa.
Malon se rasca los ojos y calma su bostezo, tratando de levantarse, sin mucho esfuerzo, ya que vuelve a postrarse en la cama.
–Oh no, mi amor. Las nueve en punto es hora de levantarse, y lo sabes bien. – Talon se sienta en la cama y toma a su hija por los hombros. –Tienes que alimentar a los caballos después, ¿recuerdas? Y no creo que quieras dejar a Epona sin desayunar.
Malon mira a su padre, aun con un rostro de sueño, para después darle una sonrisa a su padre por todo lo dicho.
–Está bien papá, me levantaré.
–¡Esa es mi niña! Tu desayuno está en la mesa. Come tranquila, yo iré a ver si Ingo está recogiendo el estiércol.
–Sí papá, gracias.
Talon sale de la habitación, mientras Malon va a la mesa a desayunar. Tropieza un poco por el sueño, pero finalmente se sienta y su energía empieza a brotar, especialmente por la leche que le ha dado fama a su rancho.
Continúa su desayuno partiendo algo de pan remojado en leche.
Ya dando al medio día, los caballos se encuentran corriendo en el campo grande, lejos de los graneros. Malon se encuentra siempre en aquel pequeño espacio de sombra del campo de caballos, mientras entona la canción que le enseñó su madre. A lo lejos, Talon e Ingo le escuchan.
–Nunca se cansa de esa canción, ¿verdad? –Ingo dice, haciendo trabajo pesado.
–Qué puedo decirte? –Talon responde. –Ama esa canción tanto como a Epona, y le recuerda mucho a su madre. Siempre estaban juntas ahí, ¿recuerdas? Epona daba sus primeros trotes cuando salió esa melodía de la nada.
Talon decía inspirado, pero hablándole al aire, pues Ingo se concentró en su trabajo, que era verter la leche fresca en los jarrones grandes.
–Dime Ingo, ¿no crees que trabajas demasiado?
–¡¿Tú crees?! –Contestó Ingo, algo indignado por la pregunta.
Su plática fue interrumpida tras el trote de caballos que sonaba detrás suyo, provenientes de la entrada. Sumado al sonido de una carroza y metal chocando, era claro de quien se trataba: escoltas de la familia real de Hyrule. Ante esto, Talon quedó sorprendido y se acercó a la carroza con una duda enorme.
–Buen día. Ehhh, ¿qué los trae por aquí al rancho? Si mal no recuerdo, la próxima entrega de leche es en tres días, y por ahora no tenemos…
–Usted calme, señor Talon. –El guardia quien manejaba la carroza dijo, para después bajar. –Venimos en orden de la princesa de Hyrule, con un comunicado para usted.
El guardia le entrega una carta de la familia real. Talon la abre y empieza a leerla inmediatamente. Ingo curioso, se acerca cauteloso para tratar leer también, pero el guardia lo detiene con su lanza al cuello.
–Es una nota exclusiva para el dueño del rancho.
Ingo gruñó, y prefirió volver al trabajo.
–¿Quieren llevarse a Epona? –Pregunta Talon sorprendido.
Ingo voltea y reacciona igual. Ambos se miran las caras, e inmediatamente ven al campo, enfocándose en Malon, quien se ve feliz como siempre cantándole a los caballos.
–No entiendo. –Talon dice. –¿Por qué Epona en especial? Si tan solo es una yegua de casi un año.
–Ordenes de la princesa. Ella insiste que un guerrero la quiere y, tenemos ya una suma de dinero por ello. 400 rupias por el animal.
–¿400 rupias? –Dice Ingo sorprendido. –Talon, no desperdicies esta oportunidad, ese dinero para la granja sería de gran ayuda.
Talon no le responde. Vuelve a mirar la carta y observa de nuevo a su hija.
–Denme un momento, por favor.
El guardia se mantiene firme, mientras Ingo lo ve confundido, y vuelve a gruñir.
Mientras Malon, se encuentra contenta, entonando esa canción sin cansancio y con un tono fantástico. Sin embargo, al ver a su padre, descansa la voz para hablar con él.
–Hola papá, ¿qué pasó? –Mira a su padre, para después ver detrás de él la carroza de la realeza. –¿Nos están pidiendo más leche? Todavía no tenemos los botes llenos.
–No hija, no es eso. –Responde Talon, con un tono serio.
La actitud de su padre la desconcierta un poco.
–Entonces, ¿qué pasa? –Malon curiosa, nota la carta que tiene su padre y se la quita para leerla.
–Hija, no. No hagas eso. –Talon se queja del arrebato, pero no la detiene de leer.
Malon al leer la carta, su ligero desconcierto pasa a una gran confusión.
–¿Por qué quieren llevarse a Epona? –Dice, con un ligero pero notorio nudo en la garganta.
–No lo sé, hija. Pero si esa carta viene de la familia real, será difícil decirles que no.
Talon intenta acercarse a su hija para intentar tranquilizarla, pero no reacciona a tiempo. Malon ya empieza a brotar lágrimas y hacer pucheros.
–No se la llevarán. –Dice ella seria, sin mirar a su padre.
–Malon…
–¡No se la llevarán! ¡Es una yegua pequeña, no les sirve a ellos!
Dice esto último confrontando a su padre, con notables lágrimas en los ojos. Talon no sabe cómo actuar ante esto, e insiste con abrazarla de nuevo, esta vez dando resultado.
–Tendrán sus razones, hija. Y si está en el castillo, será muy bien cuidada. ¿No has pensado eso?
Malon llora en la panza de su padre mientras él le da palmadas en la espalda. Se encuentran así durante un rato, hasta que, decidida, va directo con el guardia a enfrentarlo.
–No, Malon, ¿qué vas a hacer?
Ella sigue corriendo con lágrimas, pero alzando la voz.
–¡¿Por qué quieren llevarse a Epona?! ¡Es pequeña todavía! ¡No dejaré que se la lleven! ¡La princesa Zelda no necesita montar a caballo! ¡¿Para qué la quieren?! ¡¿Quién la quiere?!
Malon grita esto último, a tan solo unos centímetros de la carroza y del guardia. Ingo en medio, hace un ligero esfuerzo en detenerla, sin mucho éxito. El guardia inmutado, le responde a la pequeña.
–Esa es información que no puedo concederte. –El guardia mira a Malon roja de llanto y con más lágrimas brotando. Ante esto, decide romper con su actitud ruda y se agacha para mirar a la niña cara a cara.
–Dígame, por favor. –Malon dice, entre cortada.
–Mira pequeña, algo ocurrió dentro del castillo que, según la princesa Zelda, cambió el destino de Hyrule. Tiene un amigo que, en sus palabras, le ayudó. Ella le ofreció un obsequio y dice que lo primero que pidió fue a la yegua. Yo estoy para cumplir órdenes, pero…
De la carroza se escucha un chirrido de la madera. El guardia voltea e inmediatamente se levanta para abrir la puerta de la carroza. Talon ya estaba cerca de ahí, junto a Ingo, detrás de Malon.
Y ella, presta atención a una silueta que sale de ahí. Un niño con túnica verde, rubio de ojos azules, que cargaba una espada y un escudo que le cubría toda la espalda. Baja de la carroza y se acerca con Malon.
Son del mismo tamaño, así que el contacto visual no es complicado.
–Yo te conozco. –Malon susurra.
–Sí…. Yo también te conozco. –El niño de ropaje verde le contesta.
–Niño hada.
–Emmm, preferiría que me llamaras por mi nombre. Es Link.
Continuará...
