Este fic contiene sexo lésbico explícito y carece de argumento. La que avisa no es traidora.

Actualizaciones los jueves. Serán cuatro capítulos en total.


Supongo que mi error ha sido querer estrangularla y no haberlo hecho.

Ninguang me agarra del pelo y me obliga a encarar mi reflejo en el inmenso espejo de su ostentoso cuarto de baño. Entre el vapor reconozco mi cara: la boca entreabierta, incapaz de silenciar todos los sonidos vulnerables que brotan de mi garganta (si no de mis entrañas), los ojos casi en blanco bajo unas cejas contraídas…

—¿Lo vas a seguir negando, Keching? —me pregunta en el oído.

Estoy arrodillada sobre la encimera de granito donde se encuentra el lavabo y ella está en pie a mi lado, casi detrás. Mi pelo escapa por su puño cerrado a la altura de mi nuca, y su otra mano sigue dentro de mis bragas.

—Que no ha… sido… por… ti —consigo jadear.

Juro que es cierto. Hace varios minutos, cuando he deseado acallar sus impertinencias estrangulándola, he recordado lo mal que me fue la última vez que discutimos y he optado por continuar mi «tarea»: se suponía que debía darle un masaje.

Sí… suena descabellado, pero tiene una explicación. A primera hora de esta mañana descubrí que Ninguang se había llevado todas las lunas de cerámica de la joyería Mingxing. ¡Y había pagado el doble de su precio! No me han vendido ninguna a pesar de que mi encargo llevaba confirmado tres meses.

Y he explotado.

Me ha fastidiado en demasiadas ocasiones ya. Suelo ser una persona serena, apacible. Se supone que, de hecho, soy el equilibrio terrenal, ¿no? Es igual, ha sido la gota que ha colmado el vaso y por eso me he presentado en su cámara de jade.

—No me convences, Keching.

—Es más que… evidente que tu presencia… no me afecta… en absoluto —le digo mostrándole los dientes.

Sus dedos se deslizan de arriba abajo por el interior de mis bragas. El tacto hace que me estremezca. Se me escapa un gritito.

—Estás chorreando —comenta recreándose en la última palabra con satisfacción.

Libera mi pelo para enfatizar un bostezo completamente falso.

¡Es insufrible!

Aprovecho la libertad que me ha concedido para volverme hacia ella. Tiro de su toalla hasta que cae.

—Eres tú la… la que… tiene los pezones tiesos —gruño.

Empiezo a recuperar el aliento. Le rodeo los pechos con mis manos y me aseguro de que tome consciencia del estado de su cuerpo.

—Es porque hace frío, llevo un rato largo desnuda —responde. No obstante, la chimenea está encendida. La apretujo entre mis manos, veo cómo trata de ocultar unos ronroneos de placer cerrando la boca.

… y sonrío porque su delicada máscara de impasividad se acaba de resquebrajar.

—¿Quieres otro masaje, Ninguang? —le sugiero en tono burlón—. Apuesto a que pasarás una laaarga temporada recordando el que te he dado antes.

Mis palabras consiguen que ella vuelva a enrojecer, pero no hay manera de que se rinda. Quiero que lo haga del mismo modo que tuve que hacerlo yo al perder la apuesta a la que me desafió durante la violenta discusión por las lunas de cerámica. Juro que Ninguang hizo trampas; sus secretarias, criadas y demás personas que estaban como testigos tuvieron que darse cuenta.

A pesar de todo, nadie ha hablado en su contra.

Por eso estoy bajo sus órdenes durante la próxima semana. Y tengo suerte de que solo me haya pedido que sea su criada, pues si yo hubiese ganado le habría obligado a dimitir de las siete estrellas. Una mujer como ella, que es poco más o menos que una matona, no merece gobernar en ningún lugar. Mucho menos en Liyue.

—Lubricas más desde que me has agarrado las tetas —me acusa con un suspiro.

Ah, sí. Aún está dentro de mi ropa interior.

—Te encantaría que te desease la mitad de lo que tú me deseas a mí, ¿eh, Ninguang?

La suelto y me giro hacia el lavabo que roza mis rodillas. El agua está fría. Me humedezco las manos y atrapo sus pezones entre mis dedos. Creo que ha intentado decir algo, pero acabo de acallarla. Retuerzo en un sentido, luego en el contrario. Después me limito a apoyar toda la mano alrededor y a restregar mis pulgares por encima.

Le gusta. Se muerde los labios.

Ha sido una buena elección: el frío de mis dedos contrasta con el calor de la chimenea, pues este baño es lujoso hasta extremos ridículos con sus teselas de barro cocido intercaladas con otras de oro, los numerosos frascos de aceites perfumados, la inmensa bañera incrustada en el suelo, la camilla de masajes…

Saca la mano de mis bragas para agarrarse urgentemente al borde de la encimera. La balanza se desequilibra a mi favor, y ella intenta soportar las oleadas de placer que le envío.

Es similar a lo que ha pasado en la camilla de masajes.

Ninguang lleva todo el día humillándome con esos insultos velados, con esos pequeños golpes a mi dignidad que parecen invisibles cuando los analizas de forma individual, pero que, en conjunto, desquiciarían a cualquiera. Así que llevo todo el día ignorándola para evitar nuevos estallidos de ira. Cuando me ha dicho que debía prepararle la bañera, he obedecido. No dejaba de repetirme a mí misma que serán solo unos días. No he abierto la boca mientras ella se restregaba cada curva de su cuerpo con el jabón enumerando todos los logros que me ha frustrado este mes, ni tampoco he dicho nada cuando me ha ordenado ayudarla a salir y masajearle la espalda para quitarle el estrés. No ha dejado de provocarme con sus malas palabras en ningún momento, buscando que yo entrase en la discusión.

Ahí es cuando he querido estrangularla.

No lo he hecho.

Me he limitado a presionar más fuerte su musculatura, sus cervicales… Y ella, milagrosamente, se ha callado. Poco a poco ha vuelto a abrir la boca, pero ha sido para ronronear. Me ha hecho gracia verla como una gatita mansa y silenciosa, untada en aceites relajantes con aroma a lavanda y almendras, y me he esmerado en deshacer los nudos de su estrés, en ablandar las partes rígidas.

Solo quería que estuviera callada.

Ha llegado un momento en que mis manos erizaban su piel y ella gemía sin poder disimularlo. Sí, igual que hace ahora. Se me ocurrió burlarme de lo vulnerable que parecía ayudándola a girarse y llevando mis manos hasta sus pechos cubiertos por la toalla. Le he preguntado si quería que siguiera masajeando ahí, y ella ha levantado la cabeza, muerta de placer, y ha comenzado a asentir… Ha debido de ver algo en mi cara que le ha recordado nuestra enemistad y se ha negado en el último instante. Ha jurado que no estaba disfrutando de mis manos y ha insistido en demostrar que, de hecho, era yo la quien la estaba tocando de un modo obsceno.

¡Afirma que la deseo! ¡Nunca me había sentido tan insultada!

—Usar el frío para que parezca que tengo los pezones erectos… Qué truco tan sucio —me dice logrando sobreponerse a mis caricias. Me aparta. Me obliga a agachar la cabeza hasta que apoyo la cara sobre el mármol del lavabo y me agarra las caderas. La falda de mi vestido ya estaba levantada hasta la cintura, así que echa a un lado la tela de mis bragas y cuela sus dedos dentro de mí. Con la otra mano vuelve a trazar círculos en torno a mi clítoris—. ¿Esto tampoco te hace sentir nada, eh?

No… no puedo pensar.

Sus dedos presionan esa zona esponjosa que hay al poco de entrar. Esa que es especialmente sensible y que se endurece con el estímulo. Noto que mi interior se congestiona, que la sangre de todo mi cuerpo se agolpa en ese punto concreto de mi vagina para asegurarse de que percibo cada movimiento de los dedos de Ninguang como si se tratase de un tsunami. Entra, restriega, aprieta… es imposible ignorar lo que hace porque su efecto es inmenso. Es demasiado bueno…

Cruzo una línea, o más bien lo hace mi cuerpo empujado por ella. Y necesita más. Mis caderas se mecen contra ella, buscando la forma de multiplicar las sensaciones que me produce.

—Ohhhh, mírate… Te encanta, ¿verdad? —me dice en tono despectivo—. Admítelo.

Mis brazos tiemblan cuando intento levantarme sobre ellos.

Trato de controlarme para dejar de responder ante sus dedos, pero no soy capaz de resistirme al combo de ambas manos masturbándome. Me agarro al mueble con desesperación, intento alejarme. Me retuerzo. Tiro el jabón, las sales y no sé cuántas cosas más al suelo. Logro quedar boca arriba y el giro hace que ella me suelte momentáneamente.

Respiro hondo.

Pienso en el modo en que antes, furiosa por haber revelado su lujuria, me ha levantado la falda y me la ha dejado sobre las caderas. Yo no dejaba de burlarme de ella, le estaba devolviendo todos los insultos recibidos a lo largo del día.

… el problema ha sido que mi ropa interior sí que estaba húmeda. Los fluidos llevaban un rato escurriendo por mis labios y acumulándose en el pequeño recoveco sobre el clítoris, de forma que se ha formado un diminuto círculo perfectamente visible sobre la tela de color rosa. Al descubrirlo, Ninguang ha sonreído de un modo insoportable. Le he asegurado que no ha sido por sus gemidos, que su mueca de placer no me ha producido el menor cosquilleo. Se ha reído mucho, asegurando que no me creía. Hemos seguido discutiendo y he intentado demostrarle que era ella quien se había puesto cachonda. La he desafiado a meter la mano en mis bragas y comprobar por sí misma que no tiene ningún poder sobre mí y ha aceptado.

Así hemos llegado al momento en que ha querido que viese mi propia expresión en el espejo.

—Keching, estás en el límite de lo que tu pequeño y aburrido cuerpecillo puede soportar. Pero seré benévola —añade, y lo hace como si creyera que no se nota que tiene la cara encendida por la excitación. Como si solo fuese yo quien jadea con el coño palpitando de anhelo—. Voy a permitir que te corras si admites lo mucho que deseas que yo te folle.

Me abre los muslos con las manos y quedo expuesta para ella. Aparta la tela, cuyo elástico está dando de sí con tanto tirón, y vuelve a penetrarme con los dedos, pero ahora de forma lenta y delicada para no precipitar las cosas.

—Tú no puedes hacer que yo me corra —siseo tras coger una gran bocanada de aire—. Inténtalo cuanto quieras.

No se detiene. Sus dedos me trabajan con parsimonia, su vista está clavada en mi rostro. Me muerdo la lengua para mantener la boca cerrada y para silenciarme. Mi mandíbula tiembla.

—¿Quieres decirme algo? —se burla.

Niego con la cabeza. Cierro los ojos y los oculto bajo la sangradura del brazo. Sus dedos se mueven algo más lentos porque estoy apretando más y más y le dificulto el movimiento. Los de fuera, en cambio, aceleran. Mi boca se abre, me he mordido demasiado y noto sabor a hierro, pero me da igual. Se me escapa un chillido. Mi espalda se arquea. Cierro las manos en torno a lo primero que pillo, que resulta ser la toalla que le he arrebatado a Ninguang hace rato. Estiro las piernas, noto ese suave tirón tras las corvas y en los dedos de los pies.

… y ella para.

Como en un trance, mi cuerpo conmocionado persigue su mano.

—Reconócelo —ruge.

Mi cabeza está nublada. Me restriego contra ella, que me esquiva con agilidad sin llegar a abandonarme del todo. Siento la huella de su calor. Me empeño más y más en darle alcance a sus dedos, hasta que ella me agarra por la barbilla.

—Admite que me deseas y haré que tengas el mejor orgasmo de tu vida —me asegura con vehemencia.

—¡No!

Ella usa su mano libre para acercar un mechón de su larga melena a mi entrepierna. Cosquillea mi clítoris con su cabello, que es tan suave que apenas lo percibo… y, sin embargo, basta para hacer que mi cuerpo recuerde el momento exacto en que se ha quedado y no pueda avanzar ni retroceder.

—Me estás enfadando, Keching. —Rozo el delirio. Apenas entiendo sus palabras. Mis ojos no la enfocan, solo pueden girar hacia arriba, donde permanecen mientras jadeo. Casi toda mi movilidad está anulada.

Y no puedo más.

Cedo.

—Por… por favor… —Me agarro a su brazo, y ella me obliga a volver a tumbarme sobre el mueble de granito—. ¡Por favor, déjame terminar! ¡Sí que me estás excitando!

—Tarde. Ahora no basta con eso —dice con crueldad—. Arrástrate. Humíllate, Keching. Confiesa que te gusta ser mi criada y reconoce que te enloquecería ser mi puta privada.

—¡No pienso decir eso!

Necesito correrme. Voy a reventar si no lo hago. Podría llorar de desesperación ahora mismo… Cada articulación de mi cuerpo está tensa, cada músculo se estira y mis piernas están temblando descontroladas, intentando alcanzar de algún modo el alivio que no me llega.

—Es tu última oportunidad, Keching. Sé creativa, di algo que me impresione.

Su pelo… ¡joder, su pelo es demasiado leve! ¡No dejo de notarlo!

—Te odio, eres… eres… insoportable… —le digo—. No hay nadie a quien quiera tener más lejos que a ti…, pero… joder… mueves los dedos demasiado bien y yo estoy demasiado cachonda… ¡Haz que me corra, por lo que más quieras, Ninguang! —No sé si chillo o si suplico, solo sé que ella se da por satisfecha y vuelve a meterme los dedos. Se le han enfriado fuera de mí. Pasan unos segundos hasta que vuelven a estar calientes, y es entonces cuando su otra mano se apoya sobre mi monte de venus y su índice masajea por fin mi clítoris y me procura un orgasmo que me atraviesa de pies a cabeza y me devasta hasta tal punto que apenas puedo respirar.

Pocas veces me he corrido con tanta intensidad.

Desplomada y mirando al techo, intento recuperar el aliento.

—Me alegra que por fin te hayas dignado a zanjar nuestra pequeña discusión, Keching —me dice. La miro: está libando sus dedos con el mismo placer que si los hubiese introducido en un tarro de miel—. Bonitas palabras.

Oh… Mierda, ¿qué he hecho? ¿¡Qué he dicho!?

¡Me las va a pagar!

—Has sido muy rastrera, Ninguang —le digo con la voz ronca tras los gemidos. Me incorporo y noto los fluidos del orgasmo escapando de mi interior.

—Solo te he sabido interrogar. —Deja de relamerse—. Pero si dudas de tus propias palabras, puedo hacer que las pronuncies otra vez. No me costará mucho.

—Lo estás deseando porque te encanta tocarme —respondo.

Bajo del mueble. Me acerco hasta ella, que está completamente desnuda.

—Por supuesto que no. Compruébalo tú misma —replica. Yo me agacho frente a ella y hago que aparte una pierna.

Un par de regueros de fluidos descienden por la cara interna de sus muslos.

—Parece que sí te ha gustado tocarme —observo—.Seguro que no te pasa a menudo, ¿verdad? Lo de tener a alguien que te gusta entre tus brazos…

—No lo romantices, no te he tenido entre los brazos, Keching —asegura—. Me he limitado a hacerte un dedo con el que tu coñito casi se parte en dos, eso es todo.

Su voz se quiebra cuando apoyo mi mejilla contra su cadera. Mis labios recorren su vientre desde la zona bajo el ombligo donde le nace el vello hasta su entrepierna. Mi roce le eriza la piel.

A pesar de sus palabras rebosantes de confianza, se estremece.

—No sabes mucho de coños si crees que te has lucido con en el mío. —Mi cara sigue contra su piel, mis dedos juguetean por sus caderas—. Ni siquiera has sido capaz de hacer que eyacule…

—¿Q-qué? ¿De qué hablas?

—Huy, pobrecita… —Le lanzo un lengüetazo en el coño y me incorporo. Le junto las tetas con las manos y se las manoseo—. ¿Nunca te lo han hecho tan bien que has soltado un chorro al correrte? Digo que si te lo han hecho porque es obvio que tú no sabrías.

Aprovecho que tiene los pezones relajados para centrarme en masajeárselos. A mí es cuando me resulta más placentero. Y a Ganyu igual, ahora que lo pienso.

—No puedes conseguir eso —me reta.

Se muerde los labios. Está deseando que le dé placer y en algún momento lograré que lo reconozca. Aunque en su caso será una confesión real, ¡no como en el mío!

… quiero decir, es obvio que estaba en una situación en la que habría dicho cualquier cosa.

Ugh, mejor alejo esa idea.

Aún amasando sus inmensos pechos, la guío hasta el mueble donde antes estuve subida. Sus piernas dan contra la encimera de granito sin que sé dé cuenta, pues está demasiado ocupada dejándose acariciar. Le encanta ser tocada, lo he notado antes en la camilla. Es obvio que es una mimada egocéntrica. Me inclino para volver a quedar entre sus piernas, y su cuerpo se estremece. Presiono las palmas de mis manos contra sus muslos, y ella termina sentada en el mueble, separando las piernas para facilitarme el acceso.

—Qué forma de darme la bienvenida, Ninguang —me burlo.

—¡Solo quiero demostrar que eres incapaz de hacer eso que dices! —se apresura a asegurar. Tendría credibilidad si no estuviese tan sonrojada—. Es más, cuando no lo logres, quedarás otra semana más bajo mis órdenes.

—Acepto.

—Eres una ilusa —asegura.

Yo no respondo: le muestro la lengua de forma obscena para que sepa exactamente lo que le voy a hacer. Ella emite un quejido, como si no quisiera verme, y presiona mi nuca para que empiece a lamerla.

—Estás impaciente, ¿eh?

—Deja de dar vueltas y confiesa que no eres cap… ¡ah!

Mientras habla, tiro de la piel alrededor de su coño con los pulgares (tengo las palmas aún apoyadas al completo) y sus labios se separan. Chupo su clítoris y succiono. Ella gime de inmediato. No logra frenarse. No puede disimular. Dobla las rodillas y sus piernas rodean mi cabeza para que no tenga ocasión de soltarla.

Así que hago exactamente eso: la suelto. Que no se le ocurra soñar con tener el control sobre esto.

—Tenemos una segunda apuesta, Keching, date prisa en perderla.

Me río y agarro su cara. Presiono sus mejillas de forma que no puede terminar de abrir ni de cerrar la boca, pero sí compone una perfecta mirada de desprecio.

Tal y como estoy, bajo la otra mano hasta su entrepierna y le introduzco los dedos. Soy cuidadosa y no me dejo engañar por la lubricación: sé que aún no puedo ser tan agresiva como me gustaría. Veo cómo cambia la expresión en su cara. Se ablanda. Le encanta, por supuesto. Me concentro en comprender la forma de su vagina hasta que tengo perfectamente localizado el punto G. Es ahí cuando empiezo a hacer círculos, a ir y a venir de atrás adelante… Descubro que está bastante más preparada de lo que pensaba. Me hundo en ella asegurándome de que mis uñas no la hieren y me deleito con la expresión en su cara: vuelve a ser vulnerable, a ronronear…

—Dime lo mucho que disfrutas —le ordeno.

No me consigue replicar porque aún no he soltado su cara. La miro a los ojos y apoyo mis pechos contra los suyos. Los míos están a salvo bajo la ropa, pero los suyos se llevan un roce tras otro.

Se esfuerza por no gemir, aunque tiene los ojos cerrados y noto el calor que desprende todo su cuerpo. Comienza a desmadejarse, se escurre. Patalea un poco intentando encontrar algún apoyo, pero sigue sentada sobre el mueble y no puede cambiar de postura porque aún retengo su cara.

Se revuelve. Logra apartar mi pulgar de su mandíbula.

—Keching… tengo que hacer pis… —medio vocaliza.

—No, te aseguro que no es eso. —No le he advertido lo que sentiría, y ha sido a propósito. Ella me agarra las muñecas intentando sobreponerse, pero se le va la fuerza por el coño.

Yo se la arrebato.

Lamo su cara. Su mejilla, su boca. Luego la suelto. Necesito cambiar de mano. Ella aprovecha para apoyar la espalda contra la pared. Está machacadísima, jadea sin dejar de sudar. No puede hacerme frente.

Me gusta verla así.

—¿Dónde está ahora esa matona a la que le gusta hacerme la vida imposible, Ninguang? —le pregunto.

—Se me va a escapar… —gime.

—No tienes ni idea.

Y ocurre: mi duro trabajo se ve recompensado con un chorro transparente que me salpica la falda del vestido y parte de la ropa interior que aún tengo al descubierto. Ella se agarra con todas sus fuerzas a lo que pilla con las manos. Se estremece, tiembla, su piel está erizada. Ha seguido tratando de cerrar la boca, pero no ha podido porque mi pulgar ha vuelto a incordiarla. Por su barbilla cae un reguero de saliva.

—Esta… esta vez… has ganado —admite.

—Igual que en la apuesta de esta mañana, solo que ahora tengo pruebas de tu culpabilidad por toda la ropa.