DISCLAIMER: Final Fantasy VIII no me pertenece. Este fan fic está escrito sin ánimo de lucro con el simple fin de pasarlo bien.
NOTA DE LA AUTORA: El personaje principal del juego, Squall, siempre me ha gustado mucho. A nivel de evolución personal creo es de los protagonistas de Final Fantasy que tienen más recorrido: empieza siendo un capullo antisocial y, aunque al terminar sigue siendo un tipo bastante peculiar, acaba aceptando el hecho que es mejor tener un entorno social en el que apoyarse.
Lo que quiero con este fic no es explicar una historia independiente, sino reflejar esos cambios en la actitud de nuestro protagonista y la evolución de las relaciones que le unen a los demás personajes. La idea es hacerlo escribiendo capítulos cortos sobre escenas que aparecen en el juego y algunas otras escenas originales ampliando lo que ya se ve en el mismo.
Este primer capítulo relata el viaje de vuelta de Squall, Zell y Selphie al terminar el examen de Seed en Dollet.
EVOLUCIÓN
Por: Galkimasera
1.- Extraños compañeros
No se dio cuenta de lo agotado que estaba hasta que vio el coche del Jardín desaparecer calle arriba y se dio cuenta que tendrían que llegar al Jardín andando. Selphie también parecía agotada, pues se quedó en un poco característico silencio viendo virar el coche por la curva delante del hotel. El único que parecía conservar algo de energía era Zell, que gritaba enfadado -y en vano- hacia el cada vez más lejano Seifer y el maldito vehículo que se estaba llevando. A cada palabra que el rubio pronunciaba el cráneo de Squall parecía martillearle el cerebro y se llevó las manos en la sien en un fútil intento de disipar el dolor de cabeza masajeando la zona brevemente. El viaje en barco desde Dollet solo había servido para que los efectos de la adrenalina pasaran y su mente y su cuerpo notaran los estragos del esfuerzo físico y la tensión que había sufrido durante el examen. A pesar no haber comentado nada al respecto, los tres eran conscientes que el suyo no había sido un examen normal y sus acciones podían tener más consecuencias que un mero suspenso.
Zell, al ver que sus intentos de parar el coche con gritos eran inútiles, algo que según el criterio de Squall ya debería haber supuesto, dejó de vociferar y dio una patada a un poste cercano.
-Tendremos que ir andando. - anunció Squall acompañado de un movimiento de hombros que indicaba una indiferencia que en realidad no sentía.
Selphie suspiró, resignada y cansada, ante el anuncio. Si sus dos compañeros la hubieran conocido mejor se hubieran dado cuenta de cuanto cansancio hacía falta para apagar así la inagotable energía de la joven.
Zell se giró de repente hacia sus compañeros con una extraña sonrisa en los labios.
-¡Podemos parar en mi casa! - anunció - A mi madre no le importará darnos algo para comer y dejarnos descansar allí un rato antes de volver.
Selphie le miró, con sus ojos verdes muy abiertos y el rostro iluminado.
- ¡¿De verdad?!
Zell asintió convencido y sonrió orgulloso por la cálida bienvenida a su propuesta.
Aunque a Squall no le hacía ninguna gracia ir con esos dos casi desconocidos a la casa de uno de ellos, por alguna razón no se atrevió a negarse. Quizá fuera por la mirada cansada y suplicante de la chica, quizá por la expectación orgullosa de Zell o quizá porque sus propios músculos entumecidos le pedían a gritos descansar. El trayecto hasta el Jardín duraba menos de 10 minutos con un vehículo decente, pero Seifer se había llevado el único coche del que disponían y a pie el trayecto se alargaba a unos 45 minutos. La caminata sería mucho más llevadera, sobre todo si tenían que toparse con algunos monstruos por el camino, tras un merecido descanso y el estómago lleno así que, mucho a su pesar, Squall acabó asintiendo ante la idea del rubio.
La sonrisa del rubio se expandió aún más al ver su silenciosa aceptación y con las manos en las caderas y el pecho hinchado de orgullo señaló con la cabeza calle arriba.
- Está cerca, al final de la calle. ¡Vamos!
Tardaron poco más de cinco minutos en llegar a una casa unifamiliar no muy grande en una calle céntrica de la ciudad. Había una mujer corpulenta en la puerta hablando con otra un poco más joven y más delgada con un niño correteando alrededor. Al verles, la mujer corpulenta sonrió abiertamente e interrumpió la conversación para saludar a Zell con cariño e invitarles a entrar.
Se sentaron en una mesa redonda en un comedor abarrotado de fotografías, figuritas decorativas y recuerdos. Mientras madre e hijo intercambiaban unas palabras y esperaban a que se calentara comida, Squall observó las fotos repartidas por los muebles. La mayoría eran de escenas familiares dónde se veían personas sonriendo y posando para la cámara, intentando capturar la felicidad de una excursión o un momento importante.
Había un par de fotografías muy similares que parecían del mismo día dónde aparecía un niño de unos 8 años en lo que parecía ser el muelle de pesca, sonreía abiertamente a la cámara con su pelo rubio revuelto por la brisa marítima de las costas de Balamb mientras sujetaba un enorme pez que casi le superaba en estatura. En una de las fotografías había un hombre a su lado con mirada alegre y un brazo pasando por encima de los hombros del muchacho. En otra fotografía se veía un Zell adolescente, permitiendo que un hombre mucho mayor se sujetara en su brazo, al otro lado del hombre la señora Dincht lucía más joven y más delgada; los tres sonreían frente la entrada de uno de los restaurantes de marisco que había cerca del puerto. En las fotos que parecían más recientes estaba Zell solo o junto a su madre, en distintos emplazamientos de la isla.
Familia, un concepto que conocía pero que se le antojaba totalmente ajeno. Esas fotografías, las personas que aparecían en ellas, abrazando a Zell, sonriéndole y queriéndole, le provocaron una punzada de emoción en el pecho. No era una emoción buena, ¿celos, quizá? ¿envidia? ¿tristeza? o quizá una mezcla de todas ellas, un sentimiento más profundo y más complejo que ni siquiera sabría nombrar. Squall optó por apartar la mirada de las fotos e ignorar esas emociones hasta que pasaron, como ignoraba y enterraba siempre todas esas emociones que a veces le sacudían de forma inesperada. Era mejor así, no le iba a servir de nada pensar en esos temas y adentrarse en ese terreno pantanoso.
El olor a comida que les empezó a llegar desde la cocina hizo que sus tripas rugieran y, a pesar de ser aún pronto para cenar, la señora Dincht no tardó en aparecer con una cazuela a rebosar de estofado humeante y denso y una barra de pan caliente bajo el brazo.
Squall estaba acostumbrado a la comida mediocre de la cafetería del Jardín y las veces que había tenido oportunidad de comer fuera se podrían contar con los dedos de una mano, por lo que la deliciosa comida casera que le habían servido le entró con gusto. La conversación empezó a fluir a su alrededor, cada vez con más alegría a medida que sus compañeros se estaban relajando y se iban llenando el estómago. La Señora Dincht no se había servido comida- quizá por ser demasiado temprano para cenar- pero se había sentado con ellos en la mesa y mantenía la conversación activa preguntando por sus vidas en el Jardín de Balamb y curioseando con Selphie sobre el lejano y frío país del que provenía. En algún momento se dirigió a él directamente, a lo que procuró responder de forma educada pero con la mayor brevedad posible. A pesar de la innegable hospitalidad de la familia y la deliciosa comida que les había proporcionado prefería mantenerse apartado de la conversación.
El joven castaño fue el primero en terminar de comer y esperó a que sus compañeros hicieran lo propio. Se fijó en que en algún momento Zell se había rellenado el plato hasta arriba de nuevo y se comía la segunda ración mientras le explicaba a su madre entre gruñidos y aspavientos como Seifer les había dejado tirados en el puerto. También se percató que, a pesar de tener fama de ser un bocazas, omitió cualquier detalle sobre el examen. Se preguntó si era porqué realmente había interiorizado las enseñanzas del Jardín -les repetían hasta la saciedad que tenían prohibido revelar información relativa al Jardín y sus misiones- o si sus motivaciones eran más personales, quizá para no preocupar a su a su madre, que parecía totalmente ajena a los peligros del examen del que acababan de volver.
Mientras esperaba en silencio se tomó un momento para apreciar lo extraño de la situación y la peculiar sucesión de acontecimientos que le habían conducido a él, taciturno y solitario como era, a compartir la mesa en casa de Dincht con él, su madre y una recién llegada a la isla que ni siquiera era miembro de su equipo durante el examen. Vaya equipo, pensó para sus adentros. Con el pesado de Zell ni siquiera habría querido formar equipo si le hubieran dejado escoger y de la extravagante chica de Trabia sabía poco más que su nombre y apellido.
-Coge un poco más, Squall. - ofreció la señora Dincht, señalando la olla y sacándole de su ensimismamiento. - No quedes por vergüenza, hay comida de sobra.
-No, gracias. Estoy bien. - Se planteó si sería demasiado ofensivo que se disculpara y se adelantara hacia el Jardín antes que Zell y Selphie. Estaba cansado y viendo al ritmo que sus compañeros recuperaban energías temía que una caminata de 45 minutos hacia el Jardín se convirtiera en un sin fin de palabrería y conversaciones triviales que no le apetecía intentar mantener.
Por suerte o por desgracia, el artista marcial se le avanzó.
-Deberíamos ir tirando hacia el Jardín, Ma. Pronto darán las notas del examen, te ayudamos a recoger y nos vamos.
Squall tendría que aplazar su tan anhelada tranquilidad unos minutos más y resignarse a hacer el trayecto de retorno acompañado. Agradecía la oportunidad de descansar y comer pero, acostumbrado como estaba a pasar los días en soledad, ese día se le estaba haciendo eterno.
