Preciosa


La diosa era bellísima y, su toque sobre el cuerpo de la mujer, celestial. La joven sirvienta alcanzó el mayor éxtasis de su vida bajo sus cuidados.

Mi señora… —masculló la humana intentando alcanzar el cuerpo de la deidad, mas las tibias manos de ésta la detuvieron.

No, hermosa. No necesitas hacer nada.

Pero usted ha hecho tanto por mí, mi señora.

Y gozo de simplemente saber que lo disfrutas, te juro que tu felicidad es suficiente para mí —en un instante, la expresión inundada de cariño de la divinidad cambió por una de hastío—. ¿Los has oído?

No he oído nada.

Los clamores de la guerra se acercan a la ciudad —la hermosa deidad guerrera se puso de pie—. Ayúdame a vestir, no hay tiempo que perder.

Aunque la sirvienta se mordió el labio inferior para evitar decir algo inapropiado, imitó a su diosa y se dispuso a buscar los santos ropajes limpios y ordenados en la fría habitación.

Enseguida, mi señora.


Como un primer gran hecho, se debía saber que Saori Kido no estaba muy contenta consigo misma.

Como segundo; Atenea era una de las diosas más respetadas del mundo. Se trataba de la deidad regente de la guerra justa, de la sabiduría, de la ciencia y de la pureza. Su figura había sido admirada por devotos a otras deidades desde la era de mito gracias a sus hazañas, su valía y su respeto hacia la raza de los hombres.

En esa generación, Saori Kido, su recipiente, era una empresaria, una mujer moderna, la joven más acaudalada del planeta, líder en funciones de la Corporación Kido… Ella no le temía a nada en el mundo porque sería un sinsentido tenerlo. Ella era un ídolo viviente para muchas y un ejemplo de humildad, una figura envidiada y respetada a partes iguales.

Oponiéndose a las verdades del cosmos, Saori a veces tenía miedo, miedo de no ser suficiente, miedo de no hacer suficiente. De vez en cuando se volvía hiperconsciente de que no le llegaba ni a la planta de los pies a la diosa que la acompañó toda su vida porque, a veces, los recuerdos de ambas se mezclaban y aquellas memorias sombrías y dolorosas que Atenea deseaba ocultar salían a la luz justo frente a la joven Kido. Cada vez que aquello ocurría, Atenea ocupaba el cuerpo con la boca llena de disculpas mientras Saori se recuperaba del intenso dolor que el pasado le propinaba cual puñalada directo al alma. Siempre que ocurría, Saori afirmaba que para la siguiente vez sería más fuerte, que lo soportaría, que Atenea también podía confiar en ella, que no debía pedir disculpas ante nadie ni por nada.

Una y otra vez, los juramentos de la joven japonesa se tornaron en palabras vacías.

Una y otra vez, la diosa aseguraba que no importaba, que la amaba de cualquier forma, que le estaba eternamente agradecida por permitirle vivir una vez más a través de sus ojos; que no debía preocuparse.

Saori, a cambio, se esforzaba por mantener aquello que las unía en la mejor forma posible, con un índice de masa corporal ideal y una musculatura sostenible; se empeñaba en superar a sus rivales en todo lo que se proponía hacer, fueren simples clases de natación o liderar las tablas en el mercado el próximo semestre (nuevamente). Atenea, entonces, siempre la felicitaba.

Aunque, por más que la joven insistiese en sentirse preparada para afrontar la responsabilidad, la diosa era quien se apersonaba cada vez que algo ocurría en el santuario. Era ella quien apaciguaba los humos de los santos y quien los inspiraba a continuar, quien se ganaba su confianza y su respeto. Según Kido, quien escuchaba todo desde un rincón apartado, tenía un don sin par para el discurso; uno que ella pobremente replicaba al frente de conferencias de prensa y mesas de junta.

Atenea siempre estuvo allí para ella cuando quiso aprender algo nuevo, cientos de cosas las aprendió gracias a su instrucción. De no ser por ella, quizás la chica hubiese crecido para ser una cabecilla déspota y llevar, más temprano que tarde, su conglomerado a la bancarrota.

Incluso así, Saori dudaba en considerarse devota a la deidad.

De vez en cuando Kido se volvía en extremo consciente de lo que era Atenea y de lo que podía hacer, pero, se veía incapaz de clasificar su confianza en ella como «fe». Antes que su diosa, la consideraba su amiga. Antes que admiración, sentía amor.

Atenea no se mordía la lengua al admitir que amaba a Saori, mas la muchacha fue realizando con el pasar de los años que aquél no era el mismo tipo de amor que su corazón albergaba; así que aunque solía agradecer los comentarios de cariño, comenzó a doler el imitarlos, hasta que en algún punto dejó incluso de intentarlo.

—Saori-san —la voz de Seiya arrancó a la muchacha de sus pensamientos.

La joven Kido parpadeó tres veces en lo que comprendía en dónde se hallaba; el jardín de su mansión, con los pensamientos alrededor de su falda y los ojos de poeta detrás, trepando por el muro. Respiró hondo y recostó su espalda ligeramente contra la pared. Miró sus manos un momento y luego dirigió la vista a Seiya con la mejor sonrisa que pudo dibujar en su rostro.

—¿Saori-san?

El caballero de Pegaso era, probablemente, el único santo que podía distinguir a Saori y Atenea. Era el único que podía distinguirlas y a pesar de proclamar su fe para con la deidad, luchar en su nombre y protegerla como ningún otro; realmente hacía todo éso porque Atenea escogió a Saori. Al mismo tiempo que afirmaba todo aquello respecto a la diosa, no tenía reparos en admitir que amaba a Kido.

—Seiya —Saori lo consideraba cruel en su honestidad, porque sabía que Atenea siempre tuvo un lugar especial en su corazón —o lo que fuera que albergase los sentires de los dioses—, para su santo de Pegaso. Era una emoción recurrente y muy fuerte en las memorias de la deidad, el intenso dolor que sentía cuando lo perdía a él.

El santo arrodillado a su lado le devolvió una sonrisa radiante.

—¿Cómo te sientes? Acabamos de regresar.

Saori asintió y observó el cielo cubierto de nubes blancas, el sol apenas resaltando la silueta de algunas como si el gran Helios estuviera haciendo el favor de brindarles privacidad en pleno día.

—Me siento de maravilla —en cambio, su hermano lucía extremadamente agotado.

Aunque Mitsumasa nunca los reconociera como tal, con el tiempo la heredera de los Kido llegó a considerar a aquellos chicos su familia; incluso si ellos no la veían como otra cosa que el recipiente de su diosa, incluso si ellos jamás la consideraban su familia de regreso.

—Ven —Saori palpó la falda sobre sus muslos—, tú no luces de maravilla, Seiya.

El santo rió a carcajadas ante el comentario y acató la invitación apenas demostrando una pizca de pena en el rubor de sus mejillas, se echó sobre la flora y descansó su cabeza en el regazo de la joven empresaria. Saori no tardó en acariciar su revoltoso cabello castaño.

—Los demás también han vuelto a sus hogares.

—… ¿Los demás?

—Ocurrieron cosas —Seiya rió bajito—, pero ya pasó, ¡todo está bien ahora! No existe nada porqué preocuparse.

Saori canturreó una afirmación y continuó peinando al muchacho. Si los demás —aquellos cuatro— debieron presentarse, entonces nada bueno debió haber ocurrido. Mas si él afirmaba que todo estaba bien y ella misma no había sentido perturbación alguna en el estado de Atenea, entonces confiaba en que nada malo terminó ocurriendo tampoco.

Si Atenea se hubiese asustado o hubiese dudado en lo más mínimo, Saori hubiese intervenido como aquella vez en que deseaban llegar al Hades. Aquella vez en que Atenea dudó sobre lastimar a Saori, aquella vez en que la humana fue valiente y se animó a presionar la daga contra su propio cuello confiando en que al final la deidad la salvaría de algún modo. Y sino, entonces daba igual, lo que más importó en aquél momento fue el saberse útil para ella.

Tan solo cinco minutos de caricias y arrullos fueron lo que necesitó el santo de Pegaso para tomar una gran bocanada de aire y bostezar.

—Te quiero —confesó en voz baja el muchacho mientras se acomodaba para dormir.

Saori, por supuesto, no correspondió. Apreciaba a Seiya lo suficiente como para no mentirle respecto a algo que consideraba tan importante como el amor.

Algo como el amor, aquél sentimiento que Atenea tanto celebraba y en base al cual decidió ponerse del lado de la raza humana. Un sentimiento que tal vez la diosa era incapaz de sentir en toda su extensión, pero, que Saori podía afirmar; logró comprender lo suficiente como para reproducir.

Aquella noche, Saori se encontró siendo incapaz de dormir. Dio vueltas sobre el colchón, hizo las almohadas a un lado, reorganizó todo para dormir con sus pies apuntando a la pared, se cubrió por completo con las mantas, meditó —lo intentó— durante media hora, bajó a tomar agua; nada funcionó. Un poco pasadas las tres de la madrugada, Atenea se presentó.

—¿Gustarías que tome el control por ésta noche?

—Lo que queda de ella, dirás —comentó irónicamente la humana antes de negar con la cabeza, incapaz de entender al instante porqué reaccionó de ése modo. Al mediodía siguiente tenía una reunión importante a la cual no podía permitirse llegar medio dormida.

—Bueno, la falta de sueño suele poneros de mal humor… También a mi padre le solía ocurrir, incluso teniendo la cuna de oro más cómoda de todo el Olimpo solo para él, había noches en que no conseguía descansar su mente y enfurecía, luego, arremetía contra todos nosotros sin motivo aparente.

—Pero…

—Si llegaba a enfadar a Hypnos, tenía claro que no volvería a dormir en toda su existencia. Por supuesto, poseía un don para evitarlo precisamente a él —respondió la diosa antes de que la chica pudiese dar voz a sus dudas.

Cuando Saori cerró sus ojos, logró ver a Atenea como ella fue algún día. El rizado cabello oscuro cayendo justo sobre los anchos hombros, los ojos confiables, las manos grandes, los músculos que se percibían debajo de las finas telas que vestía; pues era una deidad guerrera. Con lo preciosa que era, por algún motivo, escogía a muchachas más similares en complexión a la japonesa en cada era; cabello castaño lacio, ojos claros, de rostros suaves.

—Ajá.

—Cuando eras pequeña, Saori, rompías en llanto al no poder dormir.

—Todos los bebés hacen eso.

—No eras una bebé entonces —la risa cristalina de la diosa se contagió hasta la humana, quien cubrió su sonrisa tras el dorso de su mano—. Como no has tenido madre, yo solía cantar para calmarte, aunque no soy tan buena como Deméter.

—¿Y funcionaba?

—… A veces.

Aquella respuesta logró que Kido liberase una carcajada jocosa. Cuando la muchacha se dejó caer sobre el colchón, supo que Atenea la imitó a su lado. Intentó tomar su mano sin saber en donde se hallaba exactamente y la diosa la atrapó; al estar en su cabeza, su tacto era simplemente calidez.

—No lloraré para que me cantes.

—¿Entonces?

—Solo… solo quédate a mi lado —pidió Saori, acercándose a la deidad, a aquél calor.

—Muy bien.

Antes de lograr conciliar el sueño, la joven empresaria sintió una cosquilleante calidez sobre la punta de su nariz y sus labios. Lo acató a una ensoñación por el cansancio y no lo recordó a la mañana siguiente. El canto de Atenea, en cambio, persistió como un murmullo divino en la parte trasera de su cabeza.

Reunión tras reunión, conferencias con periodistas, juntas con accionistas, juntas con colaboradores, viajes de negocios, charlas a diario con los economistas, atender las presentaciones de proyectos importantes y más, lograron que Saori olvidase incluso de que también debía tomarse un tiempo para sí misma. Hasta que se encontró bajo el arrebol en una fresca tarde de primavera, echada sobre el césped mientras entrecerraba los ojos para divisar a las tímidas estrellas que se presentaban antes de tiempo.

A lo lejos se encontraba pastando su yegua blanca, hija de aquella con la cual aprendió a cabalgar desde niña —incluso antes de aprender a atarse los zapatos—. A su lado se encontraba Seiya, descansando al igual que ella luego de la cabalgata. Era su cumpleaños número diecisiete, el de Saori, y decidió pasarlo en aquella finca en el exterior que casi nunca visitaba para forzarse a tomar un respiro del trabajo.

Seiya estaba a su lado, como siempre, y su hermana Seika también se encontraba en la casa de campo; la muchacha se convirtió en la asistente personal de la empresaria apenas le enseñaron a utilizar la computadora y el teléfono. El santo de Pegaso siempre se encontraba cerca de Seika y Seika siempre se encontraba cerca de Saori. Tal lógica justificaba, según Kido, el que Seiya se mantuviese a su lado.

Claro que era algo rebuscado. Claro que era su intención ignorar el hecho de que Seiya y ella misma no podían pasar mucho tiempo separados sin preocuparse por el otro.

Así que tomó su mano cuando reunió la fuerza para ello. El muchacho abrió los ojos y esperó alguna explicación.

—A mí… me gustaría aprender a amarte —confesó la joven entrelazando sus dedos—. Soy egoísta, pero, no puedo imaginar una vida sin ti a mi lado.

—Tal vez sea egoísta, pero, me alegra oír eso.

—Significa que me darás tiempo.

—Tenemos toda la vida.

Sonaba a mucho y realmente se sentía como poco, ambos se encontraron al filo de la muerte cientos de veces. Cualquier día a partir de aquél podía ser el final de la cuenta, mas de momento no importaba; lo que sí importaba, eran los rostros apenados, las sonrisas apenadas y el casto primer beso que compartieron bajo la bendición de Artemisa.

El admitir la necesidad que Saori poseía por mantener a Seiya consigo no la ayudó a desplazar lo que sentía por Atenea. Lo que la ataba a ella era algo distinto, algo divino, algo que estuvo allí desde el día en que nació en aquél mundo; tal vez desde antes. Su amor por Seiya, en comparación, era un suceso más humano, atractivo, pasajero. Interno y externo. Una diosa contra un humano.

No ayudó a olvidarla. Sí ayudó a hacerlo más tolerable.

Pasó un largo, largo tiempo hasta que el santuario volvió a llamar y Atenea se presentó ante la dificultad. A Seiya no parecía molestarle el cambio, siempre acostumbrado a cuándo debía actuar como un sirviente y cuándo como una pareja. De cualquier forma, Atenea lo sabía. Ellas se acostaron para hablar al respecto la tarde en que regresaron a casa.

—¿Cómo?

—No lo sé. Has de entender que el amor, por fascinante que me resulte, es un sentir que escapa a mi comprensión. Mas he aprendido a detectar sus señales luego de tanto tiempo.

—¿Señales de qué tipo?

—Tu cuerpo reacciona de manera anormal cuando interactuamos. Es difícil ignorarlo, sobretodo cuando estamos solos.

Una exclamación ahogada por parte de Saori se escurrió de su garganta antes de cubrirse el rostro con una almohada.

—Dioses… —murmuró bajo el suave algodón.

—En verdad te gusta, no te acongojes por ello. Siéntete feliz —Atenea se colocó sobre ella y apartó la almohada de su rostro, pese al intento de mantener su mirada, la joven humana la apartó—. Eres hermosa, Saori. Y aún actúas como una virgen.

—¿Es malo que todavía lo sea?

—Por supuesto que no, pero, si es por mí, entonces no tienes de qué preocuparte. Mi voto de castidad no lo rompes con tus acciones.

Saori observó directamente a la aparición de la deidad, su piel brillante en oro, sus rizos perfectos, sus ojos claros como el cielo. Fue consciente de que su rostro se encendió tras solo una mirada y su respiración se entrecortó. Era tan amable, tan bella, tan ideal. La expresión de la diosa cambió apenas con una sonrisa sutil y su mano derecha ocupó la mejilla de la humana.

—Siempre lo he dicho y espero que sepas que no miento, te amo, Saori. Tal vez no de la manera en que los humanos amáis, mas de la manera en que soy capaz de hacerlo.

—Nos amas a todos de igual forma —Atenea negó con su cabeza.

—Más a ti.

El instante en que la diosa de la sabiduría besó tiernamente a su recipiente, éste último creyó estar en el paraíso y recordó que no era la primera vez que aquello ocurría. Entendió porqué en los recuerdos de la deidad siempre había un reflejo cuasi idéntico al de ella misma, con ligeras diferencias, pero siempre reconocible, semejante. Porque Atenea siempre la eligió a ella y no a alguien que fuese su viva imagen.

Se debía a que ella amó a Atenea desde la era del mito y la diosa aceptó sus sentimientos. La divinidad buscó salvarla de la guerra rompiendo las reglas del juego entre los dioses como habría hecho su padre por cualquiera de sus amantes, la entregó a su leal Pegaso indicando al corcel alado que la mantuviese a salvo. Cada vez, en cada vida, algo similar transcurrió.

Saori se sintió mareada.

—Entonces ya lo sabías —susurró la joven mirando por la ventana al firmamento que mostraba el triunfo de la noche sobre el día.

—… Solo quiero que entiendas que tu sentir hacia mi persona es apreciado y correspondido en la medida de lo posible. No debes creerte impropia por él, pues eres preciosa para mí. Pero tu vida como humana mereces vivirla en el presente y disfrutarla junto a otros de tu clase, no atada a un fantasma del pasado.

—Lo sé.

Cuando la joven humana alzó los brazos para enmarcar con sus manos el radiante rostro de su diosa, volvieron a ser una. Estaban bien, ambas se hallaban a salvo en el presente y éso era lo que más relevancia tenía para la otra.

Solo entonces, tras aceptar aquello, Saori Kido comenzó a sentirse mejor consigo misma.


N/A: Primero, sí, escribí a saltos y no me molesté en repasar para cuidar los errores, agradezco si me avisan, jaja. Segundo, quise escribir algo de Yugioh (el anime clásico) y no pude, en cambio, el canon de allá me inspiró para hacer ésto, sea lo que sea. Tercero, cuídense mucho a ustedes mismos antes que a nadie más.