El día era como cualquier otro de ese mes; lluvioso, frío y gris, el viento era muy fuerte, así como la tormenta. Nuestro conocido vocalista peliazul llegó a una cafetería, había entrado rápidamente antes de que el aguacero se pusiera feo y de paso nivelar su temperatura comprando un café caliente.

Algunas personas, por no decir todas, se precipitaban en mirarlo sin disimular, reconociéndolo al instante de que se bajó el gorro de su suéter. Se sentía nervioso teniendo las miradas de casi todos encima, pero luego de un rato dejaron de hacerlo.

Miró la ventana observando la tremenda tormenta, pensando en pobre de aquel que aún estuviese afuera. Luego miró por un momento al rincón, y ahí la vio...

Casi se ahogaba con el café en ese instante, su primera vista de alguna forma le impactó. Volvió a mirarla, esta vez con más detalle, sin embargo, su cabello negro le impidió poder observarla de perfil, pero le bastó ese milisegundo para asegurar la belleza e inteligencia de su semblante. Entonces pasó...: ella giró su cabeza para mirar un poco al frente en la ventana, y pudo apreciarla. La observó con impresión. Para él era ciertamente una bella chica, triste, joven, tal vez desgraciada, que la contemplaba curioso, sin darse cuenta de porqué súbitamente su corazón latía con violencia. Como las antiguas británicas, era sorprendentemente blanca y pálida, sus cortos cabellos en capas, negros como la noche más oscura y aún humedecidos, sustentaban con altivez una cabeza llena de juventud, y el talle esbelto, aunque no muy femenino, al igual que su rostro, pero fino. Sin embargo, lo que más le cautivó fueron sus inusuales ojos: sus retinas tenían una extraña coloración roja muy intensa; se sintió identificado en ellos, aunque no eran exactamente como los de él.

Él quedó embelesado, pero no era como imaginó... sino mucho mejor. Se sintió perdido y consumido por esos inusuales y penetrantes rubíes. Sentía una emoción extraña e inquietante, una adrenalina seguida de un estremecimiento, un calor abrasador que pasó a un frío riguroso. Sintió tantas cosas en unos cuantos segundos, su mente quedó en blanco y ni siquiera se dio cuenta del todo lo que le había pasado, no supo cómo reaccionar después de eso.

Pero algo que sí sabía, era que no tenía las agallas suficientes para acercarse y decirle... un simple hola...