Capítulo 1. Bandidos en la cañada.

Faltaba poco para el atardecer cuando una figura menuda y furiosa entró en la oficina del alcalde.

"Me han robado por el camino. Se han llevado casi todas las provisiones que traía para la taberna." dijo Victoria golpeando las manos sobre la mesa del alcalde.

"Mis soldados llevan cuatro días patrullando la zona, ha habido otros dos robos en la última semana. Quizá en la patrulla de mañana los atrapen." dijo de Soto con indiferencia.

"Sus soldados no encontrarían un granero a cien pasos de distancia."

"Quizá su idolatrado Zorro pueda hacerlo."

"El Zorro no está aquí para hacer su trabajo. Pagamos impuestos para que los soldados nos protejan."

"Y eso haremos, señorita. Tarde o temprano los cogeremos."

Victoria se volvió furiosa. "Pues espero que sea temprano, porque sin provisiones no tengo suficiente para dar de comer a todos mis clientes, y los soldados no serán bien recibidos hasta que pueda comprar más."

La cara del sargento Mendoza, que hasta entonces había observado el intercambio sin decir palabra, se ensombreció al oír esto.

Victoria salió de la oficina con paso presuroso, y de Soto se quedó pensativo.

"Es curioso que el Zorro aún no haya intervenido." reflexionó. "Sargento. Mañana saldremos al amanecer, en tres grupos. Usted dirigirá una de las patrullas, Sepúlveda la otra, y yo iré con Delgado y Zarza, que son los mejores tiradores que tenemos. Nosotros tres llevaremos los mejores caballos."

"¿Vamos a salir a buscar a esos bandidos?" preguntó Mendoza.

"No exactamente, ahora que la señorita ha sufrido un robo estoy seguro de que el Zorro se esforzará por recuperar lo que le han robado. Estoy convencido de que mañana por la mañana lo encontraremos de camino hacia aquí."

De Soto se levantó de la silla y se dirigió hacia la pared del fondo, donde un mapa mostraba el pueblo y parte del Camino Real. "Lo más probable es que los bandidos se escondan en esta zona." dijo señalando un punto al Noreste. "Su patrulla saldrá la primera, media hora antes del amanecer. Los quiero en este lado del camino cuanto antes. Esperarán allí a mi señal." dijo señalando una zona cercana a un puente. "Sepúlveda y sus hombres patrullarán el camino entre este punto y este otro." dijo señalando una zona cercana al punto elegido. "Yo me esconderé con los dos tiradores justo aquí." indicó señalando una pequeña loma.

"Es muy probable que el Zorro venza a los bandidos y los traiga a los Angeles. Cuando lo haga las patrullas cerrarán los dos lados del camino. Tendrá que salir por aquí." dijo señalando un punto del camino justo a los pies de la loma. "Entonces estará a tiro y por fin acabaremos con él."

"Sí, mi alcalde."

"Quiero a todos los hombres que no estén de guardia en la cama a las nueve. Mañana tendremos que madrugar."

"Sí señor."

- Z -

Diego acababa de llegar de su viaje a San Juan Capistrano. Nada más bajarse del caballo había oído que unos bandidos habían estado asaltando el camino del norte. Decidió pasar por la taberna para asegurarse de que Victoria estaba bien.

Le sorprendió ver la taberna tan vacía, a pesar de que se aproximaba la hora de la cena. Pilar se acercó a él. "Lo siento, don Diego, pero no tenemos casi nada de cena esta noche."

"¿Qué ha pasado?"

"Unos ladrones asaltaron a Victoria por el camino, y se llevaron casi todo lo que traía. No le han dejado nada más que los sacos de legumbres, que pesaban demasiado, y no da tiempo de prepararlas para la cena."

"Pero ella está bien."

"Sí, se encuentra bien. Está en la cocina, pero no sé si es buena idea que pase a verla ahora, porque está muy enfadada."

Diego entró en la cocina y se encontró con Victoria que estaba cortando pan duro. Tenía un cuchillo en la mano y golpeaba el pan con más fuerza de la necesaria.

"Hola Victoria."

Ella se sobresaltó, golpeó la tabla y parte del pan salió despedido. Diego cogió el trozo al vuelo. Ella lo miró furiosa.

"Me has asustado."

"Lo siento. Pilar me ha dicho que te has encontrado con ladrones por el camino y quería asegurarme de que estás bien." dijo él en tono conciliador.

"Tienes razón, Diego. Lo siento. Es que he tenido un mal día. Se han llevado casi todo, solo me queda un poco de chorizo para hacer una sopa de ajo. Y el alcalde no parece dispuesto a hacer nada. Dice que mañana saldrán a buscar a los ladrones, pero no creo que los encuentren. Menos mal que mañana es sábado y hay mercado."

"¿En qué parte del camino te los has encontrado?"

"Cerca de la granja de los Velasco."

Diego pensó durante un momento. "He oído que también robaron la diligencia cerca de allí la semana pasada."

"Sí, puede ser. Oye, tengo que seguir trabajando con lo poco que tengo. ¿Me acercas dos cabezas de ajos?" dijo ella señalando la ristra de ajos colgada de la pared.

"Claro, ahora mismo." Le acercó lo que había pedido.

"Tengo que irme. Nos vemos mañana."

"Claro, Diego. Hasta mañana." dijo ella cogiendo los ajos y con un golpe seco los aplastó contra la mesa para empezar a pelarlos.

- Z -

El sargento Mendoza bostezó mientras uno de los soldados le ensillaba el caballo. Hacia el este se veían las primeras luces del amanecer.

"Seguro que el alcalde aún duerme." dijo el soldado.

"Tenemos órdenes de salir en cuanto haya algo de luz. Los demás saldrán en una hora." dijo bostezando otra vez.

El Zorro también se había levantado antes del amanecer. Ensilló a Tornado y salió con las primeras luces del alba, dirigiéndose hacia el norte. Al llegar cerca del puente comenzó a escudriñar los lados del camino en busca de huellas sospechosas. Al poco rato descubrió que al menos cuatro caballos había salido por el lado oriental del camino. Alguien había disimulado las huellas, pero no lo suficiente. El Zorro tomó el sendero que se insinuaba entre la maleza y cabalgó despacio alejándose del camino.

Siguió una trayectoria descendente hacia el arroyo, pero unos cincuenta metros antes de alcanzarlo vio que el rastro se desviaba hacia un valle cuya entrada quedaba oculta tras una pequeña loma. Decidió bajar del caballo y trepar a lo alto de la loma para estudiar el terreno. Desde allí pudo ver que había un campamento nada más entrar en el valle. Pudo ver tres hombres dormidos alrededor de una fogata de la que solo quedaban unas brasas mortecinas.

Esto parece demasiado fácil. Pensó. A pesar de la incompetencia habitual de las tropas, no le parecía probable que unos hombres tan descuidados hubieran estado tanto tiempo asaltando a los viajeros sin que los sorprendieran, así que antes de intervenir decidió dar una vuelta de reconocimiento.

Tratando de hacer el menor ruido posible rodeó el campamento, sin embargo no fue capaz de evitar un pequeño crujido. Inmediatamente se oyó un disparo y una bala silbó a escasos centímetros de él.

"Lorenzo. ¿Qué ha pasado?" dijo uno de los bandidos.

"He oído algo, estoy seguro de que hay alguien por allí." se oyó una segunda voz, aunque el Zorro no pudo ver al hombre que hablaba desde su escondite detrás de un árbol.

El primer hombre en despertarse pateó a los otros dos, que aún estaban mirando adormilados. "Vosotros dos, en pie. Id en aquella dirección y mirad a ver si hay alguien. No se os ocurra disparar a menos que estéis seguros. Nos queda poca pólvora." luego se volvió hacia el hombre que había disparado. "Como me hayas despertado por un zorro o un coyote te vas a arrepentir de haber nacido."

"Estoy seguro de que había alguien."

El Zorro se deslizó hacia el suelo sin dejarse ver desde el otro lado y se arrastró hacia unos arbustos. Dejó el látigo en el suelo haciendo un lazo alrededor del único trozo de suelo despejado que había junto al arbusto y sujetó ambos extremos. Cuando vio que uno de los hombres se acercaba quebró una rama alertándolo. A través de los pequeños huecos que quedaban entre las ramas vio que el hombre cambiaba su trayectoria hacia él, y cuando puso el pie en el hueco alrededor de su lazo tiró con fuerza haciéndolo caer. El hombre gritó, pero en cuanto tocó el suelo el Zorro lo dejó inconsciente y lo arrastró dentro del arbusto, donde lo ató con rapidez.

"Ha sonado por ahí." dijo otro hombre que no se dio cuenta de que pasaba junto al árbol detrás del que se ocultaba el Zorro. El hombre enmascarado solo tuvo que cogerle del hombro para desequilibrarlo, y según giraba darle un puñetazo que lo dejó inconsciente. En pocos segundos estaba atado junto a su compañero. Buscó armas sobre ellos y las tiró dentro de otro arbusto cercano. Si las buscaban con cuidado seguro que las encontrarían, pero no les resultaría fácil.

Decidió subir a una roca y tumbándose sobre su parte superior escudriñó la posición de los dos hombres. Ambos se encontraban de espaldas a él, cerca de la base de esa misma roca, así que solo tuvo que saltar sobre ellos. La pistola de uno de ellos se disparó hacia un árbol cercano, y el Zorro golpeó la mano del otro hombre para que su pistola cayera al suelo. Luego la envió cuesta abajo de una patada.

"Bueno, ahora estamos más igualados." dijo con una sonrisa.

Ambos hombres sacaron sus espadas, pero no eran grandes espadachines y sus esfuerzos por coordinarse no resultaban efectivos. Tras golpear a uno con la guarda del sable y poner la punta de su espada en la garganta del otro la pelea finalizó.

El Zorro registró el pequeño campamento y encontró la parte de las provisiones de Victoria que no habían consumido en sacos cerca de una mula de carga. Para encontrar el dinero y los objetos de valor que había robado tuvo que registrar a los hombres. Uno de ellos tenía un anillo y unos pendientes escondidos en una bolsita dentro de su bota, y el Zorro pensó que si le decía a la propietaria dónde los había encontrado, igual no los querría de vuelta.

El Zorro ató a los caballos entre sí y puso en marcha la curiosa comitiva de cuatro hombres tumbados sobre las sillas de montar como si fueran sacos de patatas, una mula de carga, y un hombre enmascarado sobre un caballo negro.

Salieron al Camino Real y le extrañó que hubiera tanto silencio. Era normal no oír el murmullo del arroyo, porque llevaría poca agua hasta el deshielo, pero tampoco podía oír ningún pájaro. Se adelantó un poco a los caballos de los bandidos y observó el suelo al borde del camino. Un resoplido lo alertó, y pudo ver claramente las huellas frescas de cinco caballos. Disimuladamente metió la mano en el saco que colgaba de su silla y sacó un pequeño artefacto pirotécnico.

Una patrulla les salió al paso.

"Buenos días cabo." dijo el Zorro alegremente. "Me alegro de que hayan decidido madrugar. Les traigo un regalo para alegrarles la mañana."

"¡Ríndete, Zorro!" exclamó el cabo Sepúlveda.

El Zorro hizo girar su caballo y partió al galope. La patrulla escondida tras los árboles le cortó el paso, pero sin aminorar la velocidad él lanzó el dispositivo pirotécnico al suelo, entre los caballos, que al oír la explosión y oler la pólvora se asustaron. Dos de los hombres acabaron en el suelo cuando perdieron el control, mientras otros los otros tres caballos se apartaban del camino con sus jinetes sosteniéndose a duras penas. Tornado no aminoró la velocidad, y atravesó la nube de humo como una exhalación.

Desde la loma cercana el alcalde gritó a sus hombres que dispararan, pero la nube de humo impidió que pudieran apuntar, y el Zorro se perdió en la distancia.

Cuando se disipó el humo y la nube de polvo que habían creado los caballos vieron que uno de ellos había caído hacia un lado, dañándose una pata, mientras que su jinete tenía el hombro dislocado.

De Soto estaba furioso, y culpó a Mendoza del desastre.

"Dado que no es usted capaz de controlar a sus hombres o a su propio caballo se ocupará del animal lesionado. Volverá a los Ángeles a pie, llevando al animal de las riendas. Dele su caballo al soldado Rivas."

"Es Lozano, mi alcalde." contestó Mendoza.

"Lo que sea." se giró hacia dos soldados que sostenían sus caballos de las riendas. "Ustedes dos, ayuden a Lozano a subir al caballo del sargento."

Los soldados obedecieron al momento. En cuanto todos menos Mendoza estuvieron en sus sillas, de Soto dio la orden de volver al pueblo, llevándose a los bandidos con ellos.

- Z -

Hora y media después Mendoza había recorrido poco más de la mitad del camino. Oyó ruido de cascos tras él, y guió el caballo a un lado del camino para dejar pasar al viajero. De pronto vio algo junto a su cabeza y se giró. Era una bota de agua sostenida por una mano cubierta por un guante negro.

"Creo que necesita un trago, sargento." dijo el Zorro.

El sargento cogió la bota y bebió agradecido.

"Gracias, Zorro. Es usted muy amable."

El Zorro vio que el caballo que llevaba Mendoza por la rienda cojeaba. Se bajó de Tornado y se acercó al animal, dándole unas palmadas para calmarlo.

"Me gustaría echarle un vistazo a su pata."

"Adelante, a ver su puede hacer algo." respondió Mendoza.

Examinó la pata flexionando y extendiéndola. El caballo se quejó al hacer uno de los movimientos, pero no parecía rota.

"Creo que se pondrá bien si lo dejan descansar unos días, pero le vendría bien un poco de frío." El Zorro sacó un trapo de la bolsa de su silla, lo mojó y se lo ató al caballo.

"Bueno, será mejor que vuelva a ponerme en marcha." dijo Mendoza.

El Zorro se subió a su caballo y le ofreció la mano a Mendoza. "Puedo llevarle una parte del camino, aunque tendremos que ir despacio para no cansar al otro caballo."

Mendoza sonrió y subió con el Zorro a Tornado, admirando la altura del caballo. Un rato después una carreta se incorporó desde un camino lateral.

"Buenos días." dijo el Zorro al conductor, un muchacho de unos trece años.

"¡Es el Zorro!" dijo el chico asombrado.

"¿Va usted a los Ángeles?"

"Sí, llevo verduras de nuestro huerto."

"¿Sería tan amable de llevar al sargento? Tengo otro asunto que atender."

"Claro, señor Zorro." dijo el chico con entusiasmo. Mendoza se bajó de Tornado y ató el caballo a la parte de atrás de la carreta.

"Siento que el caballo se haya hecho daño. ¿Alguien resultó herido?" dijo el Zorro.

"El soldado Lozano, creo que se dislocó el hombro."

"Espero que el doctor pueda ayudarlo." dijo el Zorro. "Dígale que lo siento."

"No fue culpa suya, señor."

El Zorro asintió, pero no parecía muy convencido. "Quizá. Buenos días." dijo a modo de despedida.