Prólogo

La Ruptura de los Cielos

[Maestro del Gremio]

Sonreí. El espectáculo que se estaba desarrollando ante mí era, sin lugar a duda, algo más que digno de ser visto.

—¿Es el hombre solo un fallo de Dios? —resonó por toda la ciudad la melodiosa voz de la Sumo Arzobispo Eljared—, ¿o Dios solo un fallo del hombre? Vosotros, que como niños pequeños habéis vagado en las tinieblas de vuestra propia historia, abrid los ojos. Está a punto de empezar. Presenciad cómo damos este paso adelante. Al final, ¡negar a Dios será la única forma de salvar el mundo!

Me reí a carcajada limpia. "Oh, El, lo has conseguido. Seguro que tu padre está orgullosísimo de ti", pensé. "Lo has hecho bastante bien".

Sin embargo, lo que estaba captando gran parte de mi atención era la contienda que tenía lugar frente a mis ojos.

Desde mi posición privilegiada, en lo alto de la torre más alta de Arkángel, el domo en el que Éxodo van Horseman se enfrentaba a su hermano adoptivo podía verse fácilmente desde arriba. Más que una batalla, aquello podía considerarse una masacre unilateral. Aunque en la dirección en la que nadie, salvo quizá yo mismo y pocos más, podría haberse imaginado.

En un parpadeo, Donoban van Horseman había desaparecido, y donde antes se encontraba el taciturno hijo menor del Señor de la Guerra del Este, ahora ocupaba su lugar una leyenda viva, oscura, terrorífica y siniestra: Lazarus, el Ángel de la Sangre y el Silencio.

El desarrollo de la contienda fue más que interesante. Éxodo fue vapuleado en el tiempo que dura un pestañeo, y el resto de la Nueva Cofradía no tardó en llegar.

Ni la Niña Demonio, ni el Último Nigromante, ni el Wyrm Oscuro de Noah fueron suficiente para vengar la derrota de Éxodo. Y cuando solo la hija de Eljared quedó en pie, y Lazarus la tomó del cuello para terminar definitivamente con su vida, fue cuando tuve una revelación.

Observé el batir de sus alas, hechas de sangre negra y ojos escarlatas, que se ralentizaba solemnemente conforme la vida iba abandonando a su víctima. Sonreí ampliamente. Esa era la clave.

Me puse en pie y sacudí el polvo de mi recién estrenado traje. Caminé hacia adelante, pisando sobre nada más que puro aire inmóvil y, dirigiendo una última mirada cargada de lástima a los deshechos miembros de la Nueva Cofradía, me esfumé en casi perfecta sincronía con el ángel negro.

"Ya que ellos ya no mueven los hilos de este mundo", pensé, "ahora es mi turno de hacerlo. Y todo gracias a ti, Elhazzared."