Notas sobre esta versión:

Antes que nada, tengo que pedir una disculpa por cualquier inconveniente que la desaparición de esta historia de este sitio unos años atrás pueda haber ocasionado.

Quienes nunca leyeron esa versión, algo de contexto: Hace algunos años, creo que ocho años ya, había estado posteando una versión de esta historia en este sitio en otra cuenta. Por ciertos motivos desagradables, tuve que abandonar esa cuenta y borrar todas las historias en ella.

Esto cambió alrededor de un año atrás. A petición de una lectora, comencé a editar los capítulos que tenía (alrededor de trece) y a escribir nuevos capítulos. Esta es la versión corregida. La historia es en sí la misma, limitándose lo cambios a una revisión ortográfica y un poco de corrección de estilo —en la medida de mis capacidades en ese rubro—, así que en realidad no es necesario volver a leer todo para entender los nuevos capítulos que eventualmente se publicarán aquí.

De nuevo disculpas por la desaparición de esta historia en el pasado, y espero que disfruten de mis divagaciones.


Disclaimer: Yu-Gi-Oh! GX todavía no me pertenece. Si fuera así, nunca habría dejado que 4kids la tocara en primer lugar.


Capítulo 1

Orfandad y adopción


El oficial Kyo Marufuji, del departamento de policía de ciudad Domino, revisó el informe que se encontraba sobre su escritorio. El archivo constaba simplemente de tres hojas dentro de una carpeta roja, pero la historia que contaban era una de esas que hacían ensombrecer su mirada y que se formara un nudo en su garganta.

Esa mañana sucedió uno de los peores accidentes de tráfico de los que tenía memoria desde que estaba en ese trabajo. El coche compacto de la familia Yuki quedó completamente destrozado. El otro automóvil no estaba en mejores condiciones. Al leer el informe, sólo confirmó lo que había pensado en un primer momento —tres horas atrás—, cuando acudió al lugar del accidente: era una tragedia.

El carro que había impactado al de la familia Yuki pertenecía a un joven de la ciudad, uno de esos snobs hijos de familia acomodada. Por lo que sabían, la noche del sábado decidió salir con algunos de sus amigos a una fiesta en la casa de playa de sus padres. Por la mañana, después de una noche de bebidas alcohólicas y poco descanso, no se les ocurrió nada mejor que volver a la ciudad en el estado inadecuado en el que se encontraban.

La familia Yuki sólo deseaba pasar un día tranquilo en la playa —a juzgar por el contenido del maletero del coche—, cuando tuvieron la desdicha de toparse con el coche en que viajaban aquellos jóvenes; cuyo conductor había sido vencido por el sueño, claramente bajo la influencia del alcohol. Según los peritos, el impacto fue directo y letal. Y, para su mala suerte, los frenos le fallaron, por lo que incluso de haber tenido oportunidad era poco posible que se hubiera salvado.

El matrimonio murió. El señor Yuki al instante del impacto. La señora Yuki al poco tiempo de ingresar al hospital. Y el pequeño Judai, el hijo de la joven pareja, con sólo cinco años, se debatía entre la vida y la muerte en una cama de hospital. Si el muchacho se recuperaba, cosa que según los médicos sería un verdadero milagro, tendría que afrontar un largo periodo de recuperación física; además de psicológica. Se tendría que enfrentar al hecho de que estaría solo en el mundo, ya que además de sus padres no le quedaba familia alguna.

El oficial Marufuji no pudo reprimir un suspiro cansado.

Era muy duro cuando un niño tan pequeño quedaba solo. Tendría que ir a un orfanato y, debido a su edad, sería difícil que alguien lo adoptara. Las parejas generalmente buscaban bebés o niños menores de tres años. Según sabía, era muy raro que un niño de cinco o más años fuera adoptado.

Dejó los papeles sobre su escritorio, esperando que todo saliera bien, en lo que cabía, para el pequeño Judai. Recordó a su hijo, Sho, de la misma edad que el joven y se estremeció al imaginar la posibilidad de que sus hijos pasaran por lo mismo que Judai. Al menos, pensó, si algo así le sucediera a su familia, Sho tendría siempre el apoyo de su hermano mayor, Ryo, y ni hablar de la de sus abuelos y tío materno. El pequeño Judai, en cambio, no tenía a nadie más.

El mundo era realmente injusto.

En el área de terapia intensiva del Hospital General de Ciudad Domino, el pequeño Judai, de cinco años de edad, continuaba con su lucha desesperada contra la muerte.

Su cabellera castaña había sido cortada casi por completo, para poder tratar algunos cortes en su cabeza. Su mejilla izquierda tenía un corte muy feo, cubierto con gasas, y gran parte de su cuerpo estaba cubierto de vendajes y yesos. Acababa de salir de una cirugía de cinco horas, en la cual los médicos afortunadamente consiguieron tratar sus heridas internas, y la mayor parte de las externas; pero el peligro aún era alto.

Sobre una pequeña mesa, al lado derecho de la cama, descansaba una solitaria carta de Duelo de Monstruos. Aunque inconsciente, el pequeño podía escuchar claramente la voz de su único amigo: Yubel.

Judai, resiste. Estoy aquí… Estarás bien, no dejare que te pase nada.

Si la enfermera encargada del pabellón de terapia intensiva hubiera estado prestando un poco de atención al rostro de Judai, habría notado una sonrisa formándose en sus labios. Judai confiaba en su amigo. Yubel nunca lo dejaría solo.


Contra todo pronóstico médico, dos meses después del accidente, Judai Yuki ya era capaz de caminar; aunque fuera ayudado por unas muletas. A pesar de que los exámenes médicos indicaban que era poco probable una recuperación total, los avances de Judai eran asombrosos. Un verdadero milagro, se podría decir.

Por otro lado, Judai era un niño reservado, que no hablaba con casi ningún otro de los niños del área de pediatría del hospital. Solía pasar el tiempo viendo el cielo distante a través de la ventana de su habitación. Aunque, cualquiera que lo encontrara en esa situación, notaría que su mirada estaba perdida, como si se centrara en algo que no estaba realmente en este mundo.

Esta actitud contrastaba con los informes llegados desde el preescolar del niño y de su pediatra. En estos se mostraba que era un niño extrovertido, alegre y con mucha energía. El psicólogo infantil del hospital aseguró que era un comportamiento natural para un niño que ha pasado por un evento traumático, como la perdida imprevista de ambos padres. En especial si no tenía otro familia o persona de confianza en las cuales apoyarse.

Lo único a lo que Judai se aferraba era a una carta de Duelo de Monstruos. La sostenía en sus manos a diario, mientras miraba por la ventana. Y algunas enfermeras y médicos, así como otros niños, notaron que en ocasiones hablaba con la carta. Algunos niños, posiblemente a causa de su gran imaginación infantil, aseguraron incluso que la carta le respondía.

Así trascurrieron seis meses desde el accidente, y pronto Judai sería dado de alta del hospital. Sería enviado a la Casa Hogar de Ciudad Domino, un orfanato local.

Durante su estancia en el hospital, Judai cumplió los seis años. Ese día algunas enfermeras, sintiendo pena por el niño que pasaría su cumpleaños rodeado de extraños en una habitación del área pediátrica, decidieron organizar una pequeña fiesta para él. Para Judai lo mejor fue cuando la amable jefa de enfermeras de pediatría, la señora Yaguchi, le obsequió una "Baraja de Principiantes Amanecer de los Héroes", que recién se había lanzado al mercado dos meses atrás.

—Estos héroes te cuidaran —dijo la mujer. La señora Yaguchi una enfermera ya mayor, quien estaba próxima a retirase, y para los niños de la zona de pediatría era especie de abuela—. A donde vayas, sabrás que podrás confiar en ellos, como confías en Yubel.

Y por primera vez en semanas, la señora Yaguchi vio con esperanza como una sonrisa genuina se dibujaba en el rostro de Judai, al tiempo que susurraba con suavidad:

—Gracias.

Así fue como la anciana enfermera supo que Judai estaría bien.


Pegasus J. Crawford se removió en su silla con aburrimiento, mientras presenciaba la final del campeonato infantil internacional —celebrado ese año en el domo de duelos de Kaiba Lande en Ciudad Domino—. Aunque ese año había muy buenos duelistas, el futuro de las ligas profesionales de su amada creación, no podía evitar estar un poco decepcionado. En las eliminatorias de Ciudad Domino, seis meses atrás, había visto a un niño increíblemente bueno. A sus cinco años ya era capaz de llevar a cabo estrategias complejas usando cartas que para muchos duelistas eran débiles. Sin embargo, a pesar de que había ganado un merecido paso a las regionales, donde enfrentaría a duelistas de entre cinco y diez años de toda la prefectura, Pareció esfumarse en el aire después de ese duelo.

Pegasus estaba preocupado. El joven Judai Yuki era un niño con gran energía y una pasión por el duelo como pocas veces había visto. Y era precisamente por eso que no encontraba una razón lógica para su ausencia en tal evento. Recordaba los saltitos de felicidad que dio el niño cuando consiguió vencer a su rival en la final local, luego de un arduo duelo que se extendió por casi cuarenta y cinco minutos.

Sólo esperaba que la razón de esa ausencia no fuera por algo muy grave. Aunque un presentimiento le indicaba que quizá no tuviera esa suerte.

Sacudiendo la cabeza levemente, trató de despejar esos pensamientos de su mente. Intento volver a concentrarse en el duelo final. El duelo no decepciono, un niño de seis años llamado Johan Andersen, de Noruega, fue capaz de derrotar al representante de Estados Unidos, un chico de nueve años llamado Jack Mulder.

Tras la ceremonia de condecoración, donde él, como presidente de Ilusiones Industriales, entregó un paquete de cartas raras al niño ganador, así como un sobre con cincuenta mil dólares a los tutores de Johan, abandonó el estadio todavía preguntándose qué podría haber pasado con el joven prodigio de Japón. Sin duda de estar allí la final habría sido mucho más interesante. Johan demostró ser un duelista prometedor, a diferencia de su rival. No que el Americano fuera malo, sino que le faltaba la chispa de un verdadero duelista. Una que había visto en pocas personas. Personas como Yugi Muto, Seto Kaiba, ese niño Johan y aquel niño desaparecido que rondaba sus pensamientos.

Pegasus usualmente no dedicaría tanto tiempo a un detalle como ese, era sólo que en esta ocasión un presentimiento revolvía sus entrañas dejándolo intranquilo, como si algo más grande estuviera pasando y se relacionara con el joven Judai Yuki. Como le había confesado a Kaiba años atrás, tal vez había perdido su Ojo del Milenio, pero todavía era capaz de presentir cuando algo turbio relacionado con su juego estaba sucediendo. Y eso era precisamente lo que pasaba ahora.

Con todo eso en mente, una vez en el hotel, ordenó a Crocketts, su empleado de más confianza, el investigar que había pasado con el joven Yuki.

Dos días más tarde, durante el desayuno, Crocketts apareció con una carpeta bajo el brazo.

—Señor Pegasus —dijo—, he encontrado la información que solicitó.

El hombre dudo un poco antes de continuar, haciendo que Pegasus se preocupara aún más. Sin poder seguir hablando, le tendió los papeles a su jefe.

El rostro de Pegasus se ensombreció al ver los recortes de periódicos donde se hablaba del accidente, y de cómo un niño con un gran futuro en los duelos había quedado desamparado. Su semblante no mejoró al ver las copias de los informes policiacos que su empleado había conseguido para él.

Desde que lo conoció en las regionales, había quedado maravillado por el entusiasmo, la energía y el amor que el niño demostraba al juego. Y el presentimiento anterior, de que estaba ante algo grande relacionado con el mundo oculto detrás del Duelo de Monstruos, se volvó mucho más tangible. Aquí había algo más en movimiento. Y si él podía hacer algo para ayudar, lo haría sin dudar un segundo.

—Un gran duelista, cuyo destino parecen desear truncar —pensó en voz alta—. No si puedo evitarlo.

En pocos minutos, la limusina alquilada de Pegasus J. Crawford se dirigía a la Casa Hogar de Ciudad Domino.


Judai Yuki contempló con ojos apagados como Pegasus firmaba los papeles de adopción.

Kira Kinomoto, directora de la Casa Hogar de Ciudad Domino, nunca antes —en sus veinte años de hacerse cargo de dicha institución— había visto a un niño ser adoptado casi doce horas después de que ingresara a su orfanato. Ella estaba feliz, el pequeño Judai podría tener un tratamiento psicológico adecuado. Uno que ellos, con su escaso presupuesto, dependiente de las ayudas del gobierno para ropa y comida, y algunos donativos privados, no eran capaces de dar al niño.

Al principio había pensado que la situación de Judai sería un impedimento para que la adopción se llevara a cabo; pero el Sr. Crawford parecía estar convencido de que el chico lo superaría y que podrían llegar a tener una buena relación padre e hijo en un futuro.

Judai subió a la limusina, la carta Yubel, como siempre, fuertemente aferrada en su mano.

—Judai —le habló Pegasus, mientras se dirigían al hotel—. Aun cuando tus padres murieron intestados, mis abogados han conseguido recuperar el edificio de departamentos del que tus padres eran dueños.

—¿Podré conservarlo? —pregunto el niño de manera tímida.

—Por supuesto —respondió él mientras sonreía.

Pegasus había decidido que sería decisión del chico lo que se haría con el lugar que había sido su hogar. Ahora que sabía que Judai quería conservarlo, se encargaría de contratar un administrador que cuidara la propiedad. Estaba seguro que los arrendatarios de sus padres también lo agradecerían, ya que con lo sucedido había quedado en duda si podrían seguir viviendo allí o no.

El resto del camino transcurrió en silencio.

A la mañana siguiente, después de pasar por el cementerio a dejar flores en la tumba de sus padres, Judai, acompañado de Pegasus y Crocketts, fue al edificio donde había vivido casi seis años como una familia feliz con sus padres. Tomó algunas de sus cosas que quería conservar, y algunos álbumes fotográficos de la familia. En unos días más, algunos empleados de su padre adoptivo irían allí para trasladar los muebles y demás objetos a una bodega. Así el lugar podría ser usado por el nuevo administrador que se contrataría para el edificio.

Antes de dejar atrás su vieja casa, Judai no pudo contener más el dolor que había estado guardando por meses. Rompió en un llanto lastimero y dolido en los brazos de su nuevo padre. Pegasus se limitó a tratar de confortar al chico, sin saber que más hacer o decir a un niño de sólo seis años al que, de pronto, sin ninguna muestra de clemencia, la vida había dejado sin padres y en un momento había arrasado con todo lo que conocía.

Pero Pegasus J. Crawford sabía que el pequeño lo superaría. Ya no estaba solo, lo tenía a él, un "padre" que, a pesar de no compartir lazos de sangre, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que sea feliz. Después de todo, Judai era ahora su heredero y, aún más importante para él, era su hijo.