Ghosts that we knew

An ItaHina Fanfiction

N/A: Después de este capitulo las cosas comenzarán a ser más fluidas entre Itachi y Hinata, significando que habrá más encuentros, obviamente, pero más seguidos y un poco más orgánicos. Lo había estado "alargando" porque quería posicionar bien el cimiento de toda la historia, para que no pareciera muy sacado de la manga. Me ayudarían mucho si me pusieran en los reviews si les está gustando la historia. ¡Muchísimas gracias!

9. Colisión

Pudo haber sido ella misma la que sacudiera al reloj despertador que descansaba en su mesa de noche, brillando los números verdes amarillentos en la oscuridad, recordándole minuto a minuto que no había podido dormir; como si ser una cansada madre soltera que además trabajaba un empleo con horarios bastante inflexibles, le diera mucho espacio para desvelarse. Sus huesos estaban cansados y se habían creado protuberantes ojeras en su rostro, hendiduras un tanto amoratadas que día a día se esforzaba en ocultar con costosas cremas y corrector de maquillaje. Lo que sea para que no dijeran nada en el empleo, para que no se le confrontara.

Tanto ella como Stephanie eran lo que se consideraba "enfermeras de bajo rango"; eran las enfermeras que se habían graduado del community college, que lograban su plaza de trabajo mediante un programa gubernamental de becas; Hinata se sentía ansiosa de poder perder su trabajo por alguna imprudencia; y hacia lo que sea para poder estar completamente camuflajeada en el trabajo, invisible.

La llamada de Itachi sacudió todo su mundo y para colmo, tuvo que fingir que no sentía incansables ganas de llorar y esconderse, tal vez tomar a Tora y salir hacía un nuevo país, pero dentro de ella, Hinata sabía que estaba cansada de huir y que tal vez, debido a la parte romántica de ella que todavía creía en el destino y en el universo, Itachi era una forma de redimirse, de dejar de correr. Eso sucedía, pensaba, los caminos de la gente se bifurcaban en algún punto de su vida, como ella con Hanabi y Neji, ella y su padre, ella e Itachi, ella y sus amigas y amigos de Konoha; ella y Sasuke, de una manera más dolorosa.

Recordaba la llamada porque en sus oídos, todavía podía percibir el timbre de voz de Itachi; una voz calmada y llena de sabiduría que no correspondía a la calidad juvenil del chico. Escuchar su voz, su acento; aquello le recordó a casa, a Konoha, a la casa de Mikoto Uchiha. Dolía reconocer que no recordaba su voz, así como también había olvidado la voz de Ino y Sakura, la voz de Naruto y Shikamaru, la voz de casi todos a excepción de la de sus hermanos y sus amigos conocedores de su hijo. Era como si una parte de Hinata hubiera muerto en la memoria selectiva.

FLASHBACK

-Soy Itachi, Itachi Uchiha. – Se corrigió a sí mismo, como si temiera que Hinata olvidara por completo quien era. –Tenemos que hablar.

Hinata había desechado por completo la posibilidad de que fuera Stephanie una vez más en el teléfono. Era el pasado en el teléfono, era la vergüenza en el teléfono y el egoísmo de Hinata; aquel egoísmo que le hacía esconder la cara y rezar a los Dioses que estuviera haciendo lo correcto, siendo una buena madre. Stephanie la había cuidado en esos pequeños derrames de sentimientos, con ambos niños dormidos en la cama matrimonial mientras sus cansadas y jóvenes madres compartían una botella de vino en la sala, quejándose con el destino cruel sobre su inhabilidad para entregarles un manual de como criar un niño. Se tentó a sí misma a colgar.

-Itachi-kun…- murmuró Hinata, afianzándose con fuerza al teléfono de tal manera que sus nudillos habían comenzado a tornarse blancos por la falta de sangre y la sobra de presión. Por instinto, Hinata observó la figura durmiente de Tora entre las sabanas de su cama, como si en cualquier momento pudiera esfumarse. -¿Quién…quien le dijo? ¿Quién le dijo de Tora y de mí?

¿Había otros conocedores de Tora? ¿Quiénes y por qué? Itachi cerró los ojos al oír su rejuvenecida voz por el auricular; y comparó esa sensación con volver a probar los pasteles de arroz de su fallecida tía; hacía tanto tiempo que no escuchaba su nombre con ese timbre de voz, con la calmada voz de Hinata Hyuuga. Se quedaron en silencio por unos segundos, escuchando la respiración el uno del otro románticamente; Itachi comenzó a calmarse, Hinata comenzó a perder la cabeza un poco.

-Hinata-sama, escuche…- dijo Itachi. –No hay traidores en Konoha. Lo crea o no, he llegado aquí por mi propio pie.

Esa oración la hizo sentir culpable y mal por pensar que alguna de las personas en las que había depositado esta cantidad de confianza podría hacerle esto y entregarla al verdugo. Hinata se levantó, caminando hacia la ventana abierta del departamento, de la manera en la que uno lo hace cuando está al teléfono y parece no poder quedarse quietos y observando el pequeño patio común de vecinos; notó que ni los columpios se movían y las margaritas habían comenzado a morir. Hinata se sintió fúnebre.

-Escuche…- repitió Itachi y por unos segundos pareció que no volvería a hablar, hasta que lo hizo. – Tora podrá tener los ojos de los Hyuuga pero sé de quién es hijo. No me atrevería a decirlo con riesgo de pena de muerte, no aún, pero...las piezas de su desaparición tras la muerte de mi hermano están comenzando a embonar, las fechas coinciden. La respuesta es por qué.

-¿Por qué?- repitió Hinata.

-¿Por qué ocultar al niño?

La línea pareció muerta debido al silencio en ambos lados. Hinata contenía el llanto e Itachi la respiración. No era una conversación que pudiera ser tomada en serio cercana a la media noche y no tenía formalidad siendo mediante el teléfono. Tenían que verse cara a cara, tenían que comerse su ansiedad y verse a los ojos.

Fue Itachi quien volvió a hablar, anunciando sus palabras con el sonido de su garganta aclarándose.

-Ha sido un día terrible, Hinata. – dijo a secas, suspirando en el teléfono. A Hinata le pareció que estaba enojado y aquella posibilidad la hacía sentirse asustada por alguna razón. –Pero debemos vernos. Es algo que ha pospuesto demasiado tiempo.

-…de acuerdo.

Habían quedado entonces para verse el día siguiente, en Central Park. Stephanie descansaba, entonces podría llevar a Tora con ella y con Mercy después de su turno de la tarde para poder tomar la línea del metro y encontrarse en el amplio y muy publico Central Park. El día ni siquiera había comenzado, ni había sonado la alarma todavía pero Hinata no podía esperar a que el día terminara, a que esta etapa confusa que tanto amenazaba su estilo de vida terminara.

Quería volver a su propio mundo, con Tora, envueltos ambos en la gran cama viendo videos de cajas sorpresas para niños en la computadora, con invitados causales como Mercy y Stephanie, las llamadas de Kiba y Shino, las sonrisas calladas de un Neji que no quería enamorarse de los ojos de su sobrino que estaba tan lejos; y a veces también, quería dejarlos a todos ellos fuera del pequeño mundo que había construido para su hijo.

Se levantó, el cardigán rosado alrededor de su cuerpo y caminó hacia la ventana, abriéndola de par en par. Aún faltaban unos buenos veinte minutos para que la alarma despertara, pero Nueva York se le había adelantado porque nunca se había ido a dormir. Las estaciones del metro incansables, la gente trabajadora que caminaba entre ratas y basuras para cumplir su sueño, para poder ganar la oportunidad de hacer lo mismo al día siguiente; Hinata era una extranjera todavía, al menos se sentía como una, pero poco a poco iba descubriendo todos los colores de Nueva York; los recovecos en los que se sentía ella misma, su propio país, el lugar que se convirtió en su nuevo hogar, en el cual había tanta gente que fácilmente podía perderse. Hinata sentía que le debía tanto a Nueva York como a Konoha. Nueva York le había abierto los brazsos. La ciudad los había protegido a ella y a Tora.

El café caliente comenzó a verterse en una de las tazas de porcelana del departamento y todavía era oscuro afuera cuando inició el noticiero al cual trataba de seguirle la pista. Neji le había dicho en una ocasión que el hecho de que fuera tímida no significaba que tenía que ser torpe; ver el noticiero de vez en cuando le daría temas de conversación, cosas de las que hablar, cosas de las que estaría informada. Desde que Sasuke había fallecido y Hinata había dejado Konoha, no hablaba mucho, no con adultos, al menos, no ajenos al trabajo; dentro de sí misma sabía que tenía miedo al rechazo, al abandono, a la negación. A doler de la manera en la que solía doler.

Comenzó a ver los colores claros en el cielo mientras el agua para el café que tomaría en el camino comenzaba a hervir, el día había iniciado y ahora podía sentirlo, podía literalmente verlo cambiar de colores frente a sus narices; aquel simple hecho acongojó su pecho de forma interior. No hubo tiempo de pensarlo más porque Hinata escuchó las plantas de los pies de Tora tocar el suelo de madera. Su cabello estaba sumamente enredado, pues Tora era un ser durmiente un tanto ansioso; se movía varias veces durante toda la noche y alrededor de ese mismo tiempo cambiaba al menos cinco veces de posición. El cabello siempre se veía enredado, sobre todo en las las puntas, y a veces era tan complicado de tratar y de hacer lucir respetable antes de llegar a la escuela, tanto que Hinata consideraba seriamente cortarlo.

El niño caminó somnoliento hacia la ventana, dejando que la luz del sol lo mirara de frente. Hinata lo observó en silencio, notando los pequeños detalles sobre su hijo, que no dejaban de asombrarla. Habían hecho un excelente trabajo, Hinata pensó, mientras se agachaba sin despegar los talones del piso y abría los brazos, recibiendo a un Tora que se adhirió a su cuerpo con toda la naturalidad del mundo; de forma suave, cayendo en los brazos de su madre sin preocupación alguna. Su madre lo protegería, lo alimentaría y sobre todo, lo amaría. Era sencillo, y a Tora le gustaba.

-Hola, pequeño…- dijo Hinata en ese tono de voz suave que solo las madres saben tener y ninguna otra mujer, por más dulce o linda que pudiera llegar a ser, pudiera igualar. El niño recargaba su mejilla tibia en el hombro de su madre y Hinata los levantaba a ambos, caminando hacia la cocineta del departamento y hacia su calor. -¿Quieres desayunar algo ahora?

Tora asintió, jugando distraídamente con uno de los mechones del cabello de Hinata y por primera vez en aquella mañana, la chica se sintió en paz. Por supuesto que tenía miedos y malos presentimientos, era humana y su vida no había sido sencilla; mientras revolvía un par de huevos con algo de sal y pimienta para hacerle un desayuno a Tora, la chica decidió que pasara lo que pasara aquel día, ella siempre tendría a Tora y Tora siempre la tendría a ella. Si se mantenían juntos, entonces no todo podía ser tan terrible.


Itachi miraba a todos sus tratando de solamente observar la parte de arriba de sus cabezas, intentando que todos parecieran solamente un niño, sin rostro. Imaginaba que si hubiera ejercido en Japón, se encontraría con cabellos lacios y oscuros, pero en América, en Nueva York, el contraste de piel, de cabellos y texturas era disfrutable. Sin embargo, mientras se sentaba en escritorio y observaba como sus alumnos contestaban un test estandarizado a mando de la escuela. Quería mezclar todos los rostros para no ver el de Uchiha Tora, para no pensar en él, sino en su madre, la adulta dentro de todo esto.

La verdad cuando se decidió a llamar a Hinata, lo hizo sabiendo que no tendría un verdadero descanso hasta que supiera todo lo que había pasado en todo el tiempo que no habían tenido contacto. Itachi observaba su reloj de muñeca cada cierto tiempo, esperando que avanzara más rápido o más lento, no podía decidirse. Central Park, a las 5:30pm; los oficinistas estarían por salir, habría atletas en las calles, niños jugando y aquellos serian solamente un par de personas que intercambiarían palabras por unos minutos. Nada maquiavélico, nada turbio, solamente un par de amigos que se reencontraban después de tanto tiempo.

Excepto que no eran amigos; no eran nada. De manera retorcida tal vez eran familia, pero para Itachi tenía un mal sabor de boca todo aquello. El hombre se sentó en su escritorio, caminando los dedos entre los pendientes del día, entre las cedulas de sus alumnos, teniendo cuidado de no durar más en algunas hojas que en otras. Levantó la vista con velada timidez, mirando entre sus pestañas solo para encontrarse con Mercy hablando de manera suelta, al lado de Tora, de su sobrino, quien obedientemente contestaba su examen pero al mismo tiempo tenía aquella indescriptible mirada que tienen los Hyuuga, de compromiso pero de aburrimiento, de elegancia y ensoñación. Itachi pensó entonces que aquella mirada de excelencia le recordaba a Hyuuga Neji, el tío del muchacho. Era la mirada de alguien que se sabe superior a los hombres, como un ángel.

No era un secreto que Hyuuga Neji e Itachi habían sido rivales académicos cuando eran pequeños y durante casi toda la universidad; su madre se reía y recalcaba que su destino estaba ligado al de los Hyuuga, por los motivos de la firma, de la ciudad y de la alcurnia y aunque nunca habían recibido una grosería el uno del otro, algo en su personalidad los había hecho alejarse, de manera que apenas y cruzaban algunas palabras formales en aquellos eventos donde se encontraban. Su madre habría tenido razón de todas formas, Itachi y Hinata, Itachi y los Hyuuga estaban conectados y el hilo rojo que lo hacía levantaba la mano para indicar que había terminado el examen.

Itachi hizo demasiado ruido con su silla al arrastrarla para levantarse. No había otras manos levantadas por lo que sabía que Tora era el primero en terminar su examen de caligrafía. No quería empezar a alabarlo, porque Itachi sabía perfectamente que era un test estandarizado, que era fácil de concretar, pero tal vez era el hecho de que todo lo que hacía Tora a partir de ahora le parecería maravilloso.

Caminó hacia el escritorio del niño, que había levantado la mano y luego la había bajado, mirando soñadoramente por la ventana. Itachi se paró a su lado y tomó con delicadeza la hoja. Si Tora sabía lo que significaba tener el mismo apellido y venir del mismo lugar, no lo demostraba e Itachi se sentía aliviado con eso. Suficiente tenía con su propia confusión como para lidiar con la de Tora y a decir verdad, eso era en gran parte, trabajo de su madre.

No había decidido si realmente estaba molesto con Hinata o solamente era el shock de saber que tras una vida entera conociéndose y tras cinco años de que su vínculo (si es que había existido un vínculo) se había trozado, la chica todavía tenía cierto misticismo para él. Todavía pensaba en ella de una forma que le hacía esconder el rostro con vergüenza. Tal vez todavía seguía tomando agua salada. Volvió a sentarse en su escrito y lentamente observó como otros niños levantaban la mano para que recogieran su examen; quiso sonreír. Quiso sonreír porque de nuevo había un pequeño Uchiha engreído que tenía excelencia académica.


Stephanie fue lo suficientemente amable y compasiva como para esperar hasta aquella noche para que Hinata le platicara de que se trataba todo este desastre. La enfermera americana había recogido a los niños usando ropa deportiva y todavía sudando de su entrenamiento. Mercy y Tora pasaron de las manos de Hinata a las manos de Stephanie y esta misma prometió ir al parque enfrente de su edificio si los niños tenían una buena conducta por el resto de la noche y aquello fue suficiente como para distraer a los niños. Stephanie y Hinata los observaron caminar hacia un pequeño puesto de periódicos, dándoles un poco de tiempo para hablar.

Stephanie rompió el silencio mientras se acomodaba su coleta de caballo. -¿Es EL Itachi Uchiha…?

Hinata asintió. –Me temo mucho que sí. Todavía no tengo idea de que le voy a decir.

-¿Sabes? No le debes a nadie la experiencia de Tora. Lo hablamos antes…

Hinata seguía algunas de las conductas de Stephanie y otras las observaba de lejos. Habían hablado prácticamente de todo lo que rodeaba la experiencia humana y en una de esas sesiones terapéuticas de charla, Hinata y Stephanie habían hablado de que pasaría si Mikoto se enteraba de Tora. Con Mikoto era diferente, era una abuela, estaba seguro de que si la situación fuera menos trágica, Mikoto sería una abuela excelente; a veces Hinata le hablaba de ella a Tora, pero la llamaba "La princesa de ojos de noche" y la involucraba en cuentos, demostrando el cariño de Mikoto y todas sus habilidades, sin tener que decir su nombre necesariamente.

El problema era que no hablaban de Mikoto, sino de Itachi y ahí era donde todo cambiaba. Hinata suspiró pesadamente y asintió.

-Lo sé. Pero creo que debo de oír l-lo que sea que tenga que decir. –La chica encogió los hombros aclarándose la garganta.- Una hora, dos máximos. Quiero terminar con e-esto antes de que s-se salga de control.

-Puedes escribirme si necesitas algo.

Hinata sonrió por lo que parecía ser la primera vez en mucho tiempo. Tener a Stephanie cerca de ella la hacía sentir tibia y contenta de lo bien que había resultado su vida, aun y cuando había iniciado de manera tan caótica.

-L-lo sé, Steph.- Stephanie también sonrió y junto con Hinata observaron como Mercy y Tora se habían sentado en uno delos parques cercanos a la estación donde los caminos de Stephanie y Hinata se bifurcaban. -¡Tora-chan!- gritó Hinata, observando como el niño levantaba la mirada y caminaba sin prisa hacia su madre; al mismo tiempo que Stephanie se reunía con su hija.

El niño llegó observando a su madre hacia arriba, Hinata se agachó hasta quedar a su altura y comenzó a arreglarle el anorak que traía encima; Tora se remolinaba y su madre reía con candor al recordar cómo era el mismo niño el que la había buscado por la mañana a tientas para que le abrazara. Los niños eran graciosos, se avergonzaban por el amor que sentían; justo como Sasuke.

-¡Okaa-san! – gimió Tora remolinándose en sus brazos, sintiendo un adorable sonrojo en sus mejillas. Hinata se rió por lo bajo y finalizó sus caricias pasando las manos por el cabello de su hijo. -¿A dónde vas, de nuevo?

-Central Park. Me veré con un amigo.

Tora parpadeó. – ¿Tío Kiba?

Era tierno como Tora recordaba que Kiba era el amigo de su madre, al igual que Shino y TenTen; era maravilloso como iba reconociendo a las personas de su vida. La chica negó con la cabeza y sonrió.

-Otro amigo; ya te contaré. ¿Por qué no vas con Stephanie y Mercy? Te veré en un par de horas.

-¿Podemos ver Caballeros del Zodiaco en casa?

Hinata culpaba a Kiba por los gustos de Tora y a la vez, le agradecía. Hinata asintió, sacrificándose un poco al aceptar ver ese anime ruidoso y cursi, acariciando de nuevo el rostro de su hijo. Tora sonrió, diciendo adiós con la mano y caminando hacia Stephanie, quien ya le extendía la mano para entrar a la estación de metro. Mercy dijo adiós de la misma manera y Stephanie le regresó una mirada llena de confianza y una sonrisa temblorosa que quiere creer.

Hinata entró en su propia estación de metro, nuevamente deslizándose entre la gente que salía y entraba a los vagones, los grupos de adolescentes, las otras madres como ella. Entró en su vagón con tiempo de sombra y se deleitó al ver que había mucho menos gente de las que había por lo general lo cual le permitió relajarse un poco y observarse en el pequeño espejo de mano que traía.

Con la rutina que había desarrollado, debía de reconocer que había dejado de lado su aspecto personal durante los últimos años; pero no su higiene. Sus uñas siempre estaban cortas y limpias pero nunca con una manicura estética, sino funcional; su cabello siempre olía bien pero tenía las puntas abiertas y su piel era nívea pero tenía los labios resecos. Suspiró, pellizcando sus mejillas para sentirse y verse un poco más viva, más presentable. Arregló su fleco con sus dedos y aplicó un poco de bálsamo labial; le hubiera gustado verse mejor, pero en realidad sabía que se veía cansada porque estaba cansada y que no había vergüenza en su trabajo; después de todo, todavía usaba su vestimenta de trabajo.

Las paredes del subterráneo detrás de las ventanas se habían convertido en manchas y el pequeño mapa interactivo del vagón le hacía ver que se acercaba poco a poco a Central Mark. Miró el reloj en su muñeca, pequeño y discreto y este marcaba las 4:37pm; iba con tiempo, iba en forma y aun así dentro de su estómago se habían comenzado a disparar fuegos artificiales de aquellos que hacían temblar las manos, pero honestamente no era una anticipación buena. Cuando bajó del vagón, Hinata cerró los ojos un par de segundos pensando en lo mucho que le gustaría estar en cualquier otro lugar que no fuera ahí mismo.

Mientras ella salía de la estación, decenas de neoyorquinos entraban para seguir con sus caminos, y tras unos minutos intensos de caminar por las atascadas calles de la ciudad, pudo distinguir la mezcla de puestos de comidas y cafeterías que rodeaban el inmenso Central Park; el punto que Itachi había señalado quedaba por la misma acera, en un punto privado pero abierto al público al mismo tiempo. Cada paso que daba a partir de la salida de la estación la acercaba un poco más a aquella experiencia de la cual había literalmente huido desde que supo que Tora y ella no podían quedarse en Konoha, no sin Sasuke. Para ser tan relativamente temprano, había mucha gente en el parquea aquella hora y Hinata caminaba siendo llevaba elegantemente por la corriente, perdiéndose un poco entre el mar de gente de Nueva York.


Fue Itachi quien la vio primero, por supuesto, porque Hinata iba caminando mirando al piso, y era la única persona entre muchas que no usaba una gabardina y traía un maletín que cargaba su mal humor; Hinata usaba blanco, por supuesto. Ahora estaba seguro de que la reconocería en cualquier situación, caminando elegantemente entre la gente, etérea e inalcanzable como si fuera una alienígena entre nosotros, entre los mortales. La ira que había comenzado a burbujear en su estómago cada vez que pensaba en la posibilidad de que todas sus teorías fueran ciertas se disipó por completo cuando Hinata levantó la cabeza e Itachi notó que todavía se sonrojaba en una fina franja rosada a través de su nariz; fue entonces ahí que supo que estaba irremediablemente perdido y que podría sentir todo por Hinata Uchiha, nombre de soltera Hinata Hyuuga, podía sentir todo menos rabia.

Itachi la esperaba en el lugar indicado desde hace veinte minutos y en la eterna espera había consumido una sobrevalorada taza de expreso y tres cigarrillos Marlboro rojo; iba por el cuarto cuando decidió levantar la cabeza y casi dejó caer la maldita cosa de sus labios cuando se dio cuenta de la forma tan cruel que el tiempo pasaba sobre todas las cosas que conocía. Para cuando pudo identificar a Hinata se dio cuenta de que la chica había subido de peso, este mismo acomodándose en sus caderas, llenándolas de manera estética, tenía una pequeña barriga y mucho más busto del que recordaba; había comenzado a cortar su cabello de nuevo y eso la hacía ver simultáneamente mayor e irremediablemente menor. Era incómoda verla tan crecida, inquietante incluso, tras su entrada triunfal de regreso en su vida, bañada con las dulces y peligrosas mieles de la nostalgia.

Podría señalar puntualmente con el dedo el momento exacto en el que Hinata levantó la mirada para quitarse el cabello que estorbaba de la frente, y sus pies dudaron si detenerse o seguir caminando cuando hizo contacto visual con él; Itachi incluso lo temió, pero Hinata lamió sus labios con nerviosismo y siguió caminando hasta que estuvieron frente a frente y apartados del paso general del público.

Hinata miró hacia arriba, como siempre sucedía cuando hablaba con Itachi y pudo comprobar que aunque ella había terminado de crecer un par de centímetros más desde la última vez que se vieron, el chico todavía era y lucía significativamente más alto que ella; fuera de eso, los cambios que notaba en Itachi eran ligeros. Su rostro se había endurecido, marcando su quijada y acentuándose sus ya características ojeras; el chico usaba pantalones de oficina y una camisa sencilla, ajustada y fajada en el resto de la ropa; tenía una chaqueta de mezclilla y zapatillas de deporte negras. Su cuerpo estaba más fornido, lo podía ver incluso debajo de la chaqueta pero fuera de eso, parecía seguir siendo el Itachi de siempre.

Se quedaron en silencio, arrinconados entre el montón de gente a quien no le querían estorbar y la verja del parque que resguardaba la vida verde del mismo. Itachi apretó los puños ligeramente dentro de los bolsillos de su pantalón y sintió secársele la garganta, Hinata había comenzado a jugar con los dedos, haciendo una regresión clara a su infancia. Sin embargo fue la heredera Hyuuga quien levantó la mirada con determinación, haciendo ahora un contacto visual fuerte que calmó incluso los nervios de Itachi.

Sorpresivamente, también fue la primera que habló, haciendo una reverencia casi ensayada que no levantó ninguna ceja en el intercultural Nueva York. –Uchiha-san…- dijo sin tartamudear, sin titubear siquiera un segundo. Miró a Itachi a través de sus pestañas largas e infantiles, con sus ojos de cervatillo, e Itachi supo entonces que todo lo que conocía antes sobre Hinata Hyuuga había cambiado y si quería saber qué demonios había sucedido más le valía a Itachi hacer algo al respecto.

Así que correspondió la reverencia y lo que imaginó que sería un choque de desastrosos trastes y chispas metálicas se convirtió en el tranquilo beso de dos canoas que el aire había arrastrado por un tranquilo río. No hubo sangre ni trauma, solo dos pares de ojos que se miraban y se reconocían de un pasado en el que ambos habían sido más felices y al que no podían regresar.

–Uchiha-sama…- murmuró Itachi, para sorpresa de Hinata que tenía años sin que alguien la llamase así. El sabor de la culpa, parecido al del jabón, había dejado la boca de Itachi por primera vez en mucho tiempo, porque se dio cuenta de que la mujer de su hermano, que salía de trabajar, que había sacrificado su vida por la descendencia de su familia, que había viajado a otro mundo. No sabía sus razones y no las adivinaba, pero sabía que no podían quedarse mirando a las heridas del otro de aquella manera por siempre, así que chupó su cigarrillo, inhalando todo el humo posible y lo pisó lentamente, mirando a Hinata entre el humo que se disipaba lentamente. -¿Café?