Autora POV
Goteo… goteo… goteo…
El repiqueteo constante de las gotas de agua que se filtraban desde el techo de la cueva e impactaban contra el suelo hacían eco en todo el lugar, martillando su cabeza y provocándole un fuerte dolor de cabeza ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se había encerrado en aquel lugar? ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que había huido de todo?
Era difícil saberlo con certeza cuando la entrada de la cueva había sido bloqueada impidiendo la entrada de la luz solar. Podrían haber pasado días, semanas… incluso años desde que se había confinado en aquel sitio. Realmente se sentía desagradable, débil, tan fuera de sí misma. Había esperado que con el tiempo la privación de comida y sueño, y la exposición a un lugar con bajas condiciones sanitarias, acabaran con su vida. Pero la muerte no parecía alcanzarla.
Tal vez era lo mejor, pensó. Si no podía morir entonces podría sufrir por toda la eternidad arrepintiéndose por sus terribles actos. Era lo que se merecía después de todo. Pero al mismo tiempo, no quería sufrir, quería que la agonizante sensación que la carcomía se acabara de una vez por todas. Quería ser libre…
Por momentos sus memorias se sentían difusas. Le costaba recordar cosas, o las imágenes se veían mezcladas en su mente. Poco a poco sus memorias se deterioraban, pero lo único que permanecía era el sentimiento de autodesprecio y el dolor. Se odiaba tanto… Odiaba a la persona que le había hecho esto… ¿O tal vez no la odiaba? Su mente era realmente un desastre.
— Maldición… han vuelto a crecer… —murmuró con una voz ronca al notar que sus afiladas uñas, similares a las garras de un animal, habían crecido. Al deslizar su lengua por sus dientes, pudo percatarse de que algo similar pasaba con sus colmillos. — ¿No pueden simplemente quedarse como antes? —gruñó mientras agarraba una roca y comenzaba a masticarla en un intento de limar sus caninos. A la par que hacía eso, comenzó a arrancarse las uñas una por una.
La sangre brotaba de la carne expuesta, deslizándose por el resto de sus manos y cayendo en forma de gotas al suelo, pero no había reacción alguna en el rostro de la pelirrosa. Al principio, cuando empezó a adoptar aquel hábito, el dolor había sido simplemente insoportable, pero mientras más lo hacía, pronto había dejado de sentir algo. A penas podía percibir un simple ardor del cual podía distraerse fácilmente, de todas formas, su cuerpo se regeneraría lentamente hasta curarse y hacer crecer nuevamente sus garras.
Cuando terminó de arrancarse todas las uñas, recargó su espalda contra la pared más cercana y cerró los ojos mientras continuaba masticando la roca.
Goteo… goteo… goteo…
Realmente odiaba ese sonido. La hacía querer demoler la cueva de un solo puñetazo, aunque probablemente se encontraba muy débil como para siquiera lograrlo.
Un sonido completamente ajeno a la cotidianeidad de su cueva captó su atención. Sus ojos se abrieron lentamente y volteó la cabeza hacia la entrada de la cueva. Alguien estaba retirando los escombros que bloqueaban el paso, y la luz comenzaba a filtrarse por pequeñas ranuras. Pronto todos los escombros cayeron, y Sakura tuvo que entrecerrar los ojos ante la cantidad de luz que entró a la cueva. Habiendo estado en la oscuridad por tanto tiempo, sus ojos se habían desacostumbrado a la luz.
— Ahí estás, mi querida… —la voz aterciopelada de un hombre resonó en sus oídos.
Al levantar la mirada pudo verlo, la silueta de la persona enmarcada por la luz de la luna, y un par de ojos intensos de color carmesí que parecían ver más allá de su propia alma ¿Quién era? Algo en el fondo de su ser le susurraba que debía odiar a ese hombre, pero su mente estaba tan distorsionada que no podía pensar con claridad.
— ¿Q-Quién…? ¿Quién eres…? —apenas se las pudo arreglar para preguntar.
El rostro del hombre se mantuvo imperturbable mientras comenzaba a caminar hacia ella. La pelirrosa sintió el impulso de retroceder, pero se mantuvo quieta observándolo acercarse.
– Realmente estás hecha un desastre… –murmuró el contrario mientras se colocaba en cuclillas para poder verla frente a frente. – Has estado sufriendo… ¿Verdad? –preguntó mientras extendía una de sus manos para posarla sobre la mejilla de la fémina. La pelirrosa se estremeció ligeramente al sentir sus dedos rozando su piel.
La voz en su interior seguía susurrando que no debía confiar en él, que debía descargar todo su odio en su contra. Pero la suavidad con la que el hombre de cabellos castaños hablaba, hacia que el estómago de la pelirrosa se removiera como si tuviese un montón de mariposas revoloteando en él. Era como si la estuviera encantando, quería continuar escuchando más y más de su voz.
— ¿Quién eres…? —repitió su pregunta anterior.
— Alguien que se preocupa mucho por ti, Sakura… —fue la respuesta obtenida.
— Sakura… —repitió la pelirrosa. — Ese es mi nombre… ¿Verdad? Lo siento, mi mente es un desastre en estos momentos… —dijo para luego dejar escapar una risa amarga que pronto se convirtió en una tos seca que se sentía como si su garganta estuviese en llamas.
— No te preocupes, mi amor… Todo este sufrimiento puede terminar si vienes conmigo. —murmuró el contrario. — Puedo hacer que el hambre, la sed y la fatiga desaparezcan. Puedo hacer que te sientas mejor…
La voz seguía gritando para que desconfíe de él, pero sus palabras eran tan tentadoras. Realmente quería ser libre y dejar de sufrir ¿Sería posible si iba con ese hombre?
— ¿Realmente puedes hacerlo…? —preguntó la pelirrosa con esperanzas.
— Por supuesto…
Y aquella fue toda la respuesta que se necesitó para que Sakura se rindiera a la oscuridad y cayera en los brazos de Muzan…
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El rey demonio dejó escapar un suspiro mientras observaba a la mujer inconsciente en sus brazos. Realmente era un fastidio tener que lidiar con un espécimen tan deteriorado, pero había sido necesario para ganarse la confianza de la pelirrosa. Si hubiese ido detrás de ella justo después de haberla convertido en demonio, ella hubiese estado tan enfadada que se hubiese negado a cooperar con él. Las emociones humanas eran tan simples y predecibles…
Pero al haberla dejado probar la desesperación y que su mente se oscureciera, Sakura se había convertido en una masa maleable, lista para que el mismo la moldee. Curaría sus heridas, se ganaría su confianza al punto de depender de él completamente, la volvería uno de sus demonios más capaces.
— Tengo altas expectativas hacia ti… Querida… —murmuró.
Llevó a la demonio a su guarida, y se dispuso a cuidar de ella. Una tarea laboriosa teniendo en cuentas su demacrada figura. Sus labios estaban resecos y agrietados, profundas y oscuras ojeras eran visibles debajo de sus ojos, estaba demasiado delgada, su cabello rosado era una maraña de nudos y suciedad, su piel también estaba manchada con mugre y rastros de sangre seca.
No era usual para un demonio, un ser que no podía enfermarse o morir por causas naturales, mostrar tales signos de deterioro. Aquello solo demostraba aún más lo débil que la pelirrosa se encontraba.
La bañó y le colocó ropa limpia, y luego finalmente la recostó en una cama. En cuanto se despertara la alimentaría, necesitaba ingerir carne humana para nutrirse y fortalecerse, solo así su cuerpo sanaría. En esos momentos, solo le quedaba ser paciente.
No fue hasta el tercer día que ella finalmente despertó. Muzan había estado concentrándose en su propia investigación que casi ni la notó.
— Vaya, comenzaba a creer que no vivirías… —comentó el castaño mientras se limpiaba las manos con un paño a la par que caminaba hacia donde ella estaba. — ¿Cómo te sientes?
— Como si una montaña hubiese caído sobre mí… —murmuró Sakura con la voz aún ronca. — Uhmm… No recuerdo tu nombre…
— Puedes llamarme Muzan, querida. —respondió el castaño. — Ven, levántate, tienes que comer algo si quieres sentirte mejor.
Sakura no se quejó al respecto, su estómago rugía intensamente ante la necesidad de comida, y si alguien le ofrecía tan amablemente alimento, lo aceptaría. Así que, con algo de dificultad, se puso de pie para seguir al hombre de cabellos castaños oscuros. Sus piernas se sentían como gelatina mientras caminaba, y varias veces sus pies amenazaron con dejarla caer. Fue alrededor de la décima vez que tropezó cuando sintió que uno de los brazos de Muzan se envolvía alrededor de su cintura para ayudarla a caminar.
— Lo siento… —murmuró apenada la pelirrosa sintiendo sus mejillas arder ante la cercanía del hombre. El rey demonio solo negó con la cabeza restándole importancia al asunto. Pronto se vieron sumidos en el silencio. — ¿Muzan-san…? —llamó al hombre luego de varios segundos de no decir nada.
— ¿Hmm…? —tarareó el castaño dando a entender que la estaba escuchando.
— Sé que dijo que usted es alguien que se preocupa por mi… Pero, me gustaría saber ¿Qué clase de relación tenemos exactamente? —indagó Sakura.
— Soy tu esposo. —la mentira se escapó fácilmente de los labios del demonio sin ninguna clase de arrepentimiento al respecto. El rubor en las mejillas de la pelirrosa se intensificó al oír la respuesta.
— Oh… —murmuró bajando la mirada apenada. En sus memorias distorsionadas, podía recordar la presencia de un cónyuge, pero su apariencia se escapaba totalmente de ella. Si Muzan le decía que él era dicha persona, tal vez era verdad. — Perdóname por no poder recordarlo…
— Deja de disculparte por todo, es fastidioso. —bufó el castaño. Realmente tomaría un tiempo adiestrar a la pelirrosa para que esta fuese la herramienta que él deseaba que fuera. — Has atravesado una experiencia traumática, no te culpes por el hecho de que tu mente sea un desastre en estos momentos. —alegó. Sakura enmudeció al escucharlo, no acotó más palabras hasta que finalmente llegaron a su destino.
La habitación en la que se encontraban parecía ser una especie de comedor bastante simple, la mujer ni siquiera tuvo tiempo de apreciar el lugar por completo cuando un embriagador aroma se coló por sus fosas nasales haciéndola salivar en grandes cantidades. Allí, situado sobre la mesa de madera, yacía elegantemente un cuenco de porcelana, rellenado con una sustancia carmesí que lucía simplemente apetitosa.
Sakura quería simplemente correr hacia el cuenco y engullir su contenido por completo, pero la presencia de Muzan la hizo dudar ¿Sería correcto comportarse de aquel modo? El castaño debió de haber notado su conflicto interno, pues le hizo un gesto para que comiera con gusto.
Al recibir aquella señal, la pelirrosa no tardó en acercarse a la mesa y tomar el cuenco entre sus manos para poder beber aquel líquido. Un gemido extasiado surgió desde lo más profundo de su ser al sentir como aquella sustancia carmesí bajaba por su garganta. Era tan deliciosa y adictiva, quería probar más de ella que ni siquiera le importaba que un poco de aquel líquido se estuviese derramando por las comisuras de sus labios. Comió plato tras plato hasta que finalmente sus instintos por alimentarse comenzaron a calmarse sintiéndose satisfecha por primera vez en mucho tiempo.
Muzan observaba toda la escena desde una esquina de la habitación, sintiéndose complacido por el hecho de que, en ningún momento, Sakura se había cuestionado qué era el líquido rojizo que estaba consumiendo.
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Varios días habían transcurrido desde que Sakura había despertado, y poco a poco parecía estar recuperándose. Su apariencia era notablemente más sana, y ya podía caminar por la casa sin temor a que sus piernas la traicionaran.
Ocasionalmente, la pelirrosa sentiría el impulso de arrancarse las garras o intentar limar sus afilados colmillos, los viejos hábitos tardaban en morir. Sin embargo, cuando aquello ocurría, Muzan se encargaría de detenerla, y Sakura simplemente se derretiría ante la paciencia y amabilidad que el castaño parecía mostrar hacia ella.
Aquel día era uno de aquellos en los que el rey demonio estaría ensimismado en su propia investigación mientras dejaba a la pelirrosa vagar por su cuenta en la habitación. Sakura se encontraba de pie frente a un espejo observando su propia apariencia. Su ceño se frunció al notar los ojos carmesíes que le devolvían la mirada, y aquellos pequeños cuernos que sobresalían de su frente.
— Si no te gusta cómo te ves, siempre puedes modificar tu apariencia. —la suave voz del castaño la hizo sobresaltarse levemente.
— ¿Puedo? —inquirió sorprendida volteándose a ver al hombre.
Muzan dejó a un lado el libro que se encontraba leyendo y se puso de pie acercándose a ella. Se detuvo cuando se encontró de pie junto a ella y colocó sus manos sobre sus hombros para obligarla a mirar una vez más al espejo. El aliento de Sakura quedó enganchado en su garganta, y la piel se le erizó al sentir la cercanía del castaño. Su esposo… Se recordó mentalmente. De alguna forma se sentía tan surreal para ella la idea de estar casada con un hombre tan apuesto como lo era el rey demonio ¿Cómo había sucedido? Por más que se esforzaba, le era imposible recordar con claridad cualquier suceso que fuese anterior al incidente que la llevó a aislarse en la cueva.
— Descubrirás que como demonio puedes hacer uso de muchas habilidades… —la voz del demonio adquirió un tono más profundo, y su cálido aliento hacía cosquillas en el oído de la pelirrosa. — Una de ellas es modificar tu apariencia a voluntad. —una de las manos del castaño se deslizó desde su hombro hasta su cintura, mientras que la otra mano tomaba con suavidad su mentón. El corazón de Sakura latía rápidamente. — Visualiza en tu mente cómo quieres verte, se consciente de tu propio cuerpo, y haz el cambio… —instruyó.
A pesar de la cercanía del contrario, la demonio de cabellos rosados intentó concentrarse en las indicaciones dadas. Visualizó la imagen de si misma que quería mostrar, y se esforzó en alcanzarla. Poco a poco, su reflejo en el espejo comenzó a cambiar: El carmesí de sus ojos se transformó en un exótico jade, mientras que los cuernos se iban reduciendo hasta desaparecer por completo sin dejar recuerdo alguno de su existencia. Pero el cambio no se detuvo allí.
El tono de su piel se volvió más radiante, sus labios se rellenaron levemente, mientras que la forma de sus ojos se estilizó dándole un aire más maduro y sensual, el resto de sus rasgos faciales se agudizaron para acompañar armónicamente aquellos cambios; Su cabello creció unos cuantos centímetros hasta sobrepasar la altura de sus caderas, y lucía más grueso y sedoso que antes; Su figura corporal también se volvió más curvilínea, sin llegar a lucir demasiado extravagante.
Una sonrisa se formó en los labios de la pelirrosa, sintiéndose feliz por los resultados obtenidos. Sin perder tiempo, se dio la vuelta para encarar a Muzan, colocando ambas manos sobre el pecho del castaño. El hombre frente a ella era algunos centímetros más alto, por lo que tenía que inclinar la cabeza para poder observarlo correctamente a los ojos.
— ¿Cómo me veo? —preguntó Sakura de manera ansiosa. Esperaba recibir alguna clase de elogio de su esposo.
Los labios del rey demonio se contrajeron en una sonrisa ladina. La pelirrosa avanzaba a un ritmo impresionante, no tenía dudas de que se volvería una herramienta bastante servicial si la mantenía feliz e ignorante de la verdad. Con esos pensamientos en mente, acercó su rostro al de la contraria, uniendo sus labios en un beso.
Un jadeo de sorpresa de parte de Sakura fue ahogado en aquel beso. No esperaba que Muzan la besara, era la primera vez que lo hacía desde que había despertado. Sabía que siento pareja esa clase de intimidad era algo esperado, pero saberlo era algo completamente distinto a llevarlo a cabo.
Los labios del castaño eran suaves, y su forma de besar era bastante dominante y posesiva, como si de alguna forma estuviera diciendo con aquel beso que ella era de su propiedad. Y Sakura debía admitirlo, le gustaba la idea de aquello.
El beso terminó y las miradas de ambos se encontraron. Los ojos de la pelirrosa estaban cargados de deseo, mientras que la expresión de Muzan se mantenía imperturbable.
— Te ves encantadora… —fue todo lo que dijo el castaño antes de apartarse planeando volver a su lectura. La ojijade tuvo que convencerse a si misma de alejar aquel sentimiento de decepción que surgió en su pecho ¿Tal vez había malinterpretado la situación?
— ¿Muzan…? —lo llamó antes de que el contrario tuviese la oportunidad de sentarse a leer.
— ¿Si, Sakura? ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?
— Yo… —empezó a hablar la pelirrosa, deteniéndose unos segundos para considerar adecuadamente qué palabras decir. — He estado tratando de recordar las cosas antes del incidente, pero mi mente sigue siendo una bruma confusa… Pero hay algo que pude recordar… —el castaño enderezó su postura y la observó con cautela al escucharla pronunciar aquellas palabras. Su mente corría rápidamente con varias probabilidades y cursos de acción, incluso cuando la ojijade aún no había terminado de hablar. — Yo… Quiero decir, nosotros… Teníamos una hija… ¿Qué pasó con ella? ¿Dónde está? ¿Cómo es que llegué a esa cueva donde me encontraste?
Hija… La palabra confundió al rey demonio en un principio, pero al hurgar en sus memorias pudo comprender a qué se refería la pelirrosa: Uchiha Sarada, la única hija biológica de Sakura. La niña que se había convertido en el primer alimento de la mujer poco después de su transformación.
— Estabas viajando por la noche con ella cuando cazadores te emboscaron. —Muzan comenzó a recitar la mentira que había ideado varias semanas atrás pensando en el momento que la pelirrosa se atreviera a hacer tal pregunta. — Luchaste valientemente, pero te tenían acorralada, y tuviste que encerrarte a ti misma para salvarte. Nuestra hija no lo logró… —el corazón de Sakura se estrujó al escucharlo. — El dolor de la perdida te hizo enloquecer en aquella cueva…
— M-Mi niña… —susurró la mujer. Su labio inferior temblaba ligeramente, y sus ojos se veían cristalinos por las lágrimas que amenazaban con desbordarse en cualquier momento.
— Pero no te preocupes, mi amor. Tus atacantes no se quedarán impunes por lo que hicieron… —dijo Muzan. — Solo confía en mí, y haré que todos los humanos en este patético mundo paguen…
