VIII - EREN - HACE CINCO MESES

Eren caminó y caminó alejándose de Mikasa, los cuarteles y cualquier persona a la vista, internándose en lo más hondo y recóndito del bosque. Eventualmente, se detuvo completamente y no se movió por un largo minuto, su expresión era inmutable mientras captaba el sonido aullante del viento entre los árboles, los chillidos naturales de la vida silvestre, y, lo más importante de todo, la ausencia de sonidos relacionados o producidos por cualquier persona. Eren estaba solo. Cuando aquello asentó finalmente en él, su compostura se resquebrajó.

Llevó sus manos a su rostro tratando de ocultar las lágrimas que empezaron a salir, tratando de sofocar los sollozos que empezaron a sacudirlo aún cuando sabía que no había nadie allí para que lo observara. Se desplomó como una muñeca de trapo al perder las fuerzas para permanecer siquiera de pie. Su congoja a ese punto era inconmensurable. Tenía muchas cosas que habían ido acumulándose y que por su propio peso ya lo aplastaban.

Estaba su frustración por lo de sentirse aún prisionero en un mundo que supuestamente había liberado de todos los demonios que lo oprimían. Milagrosamente regresó, para que inmediatamente le dijeran que la idea de tomar un bote para irse por su cuenta a explorar estaba fuera de toda cuestión. ¡Era un timo! No podía dar un paso sin los otros y los otros estaban demasiado temerosos de lo que les deparará más allá del mar.

Posteriormente, el miedo lo golpeó después de tener ese episodio con el toque de Historia. Eren recordaba muy bien como los portadores del titán de ataque reaccionaban al contacto de alguien de sangre real. Más que la visión que invadió su cabeza lo que lo asustó fue la activación del poder. El poder de los portadores era historia, entonces no entendía la razón para tal efecto. Por esa razón, su reacción fue negarlo, hacer caso omiso de lo que se le había revelado. Aún cuando la ansiedad y las dudas lo aquejaron constantemente desde entonces.

Ahora sentía un cargo de consciencia por lo de Sasha. Casi como si él mismo la hubiera condenado al callar lo que se había profetizado en su mente, lo que de alguna forma le quiso advertir. El desvanecimiento del hechizo que mantenía las memorias retenidas de las personas tampoco fue un suceso inadvertido para Eren. Solo horas antes había visto el extraño estado del roble, aquel que sabía que tenía algo místico y que se relacionaba con Ymir y él. Incluso había tenido la trepidante sensación que advertía de cosas peligrosas… pero lo había ignorado. Las señales se presentaron. Eren huyó de ellas. Por lo tanto, Sasha murió.

El desengaño era un trago que tenía atragantado en la garganta, impidiéndole respirar correctamente y llenando su boca de un sabor amargo y repugnante que no se quitaba: una realidad libre de titanes estaba muy lejos de ser una realidad libre de peligros e injusticias.

La infructuosidad de todos sus esfuerzos y sacrificios, de todo su sufrimiento era realmente desesperante. Y para ese momento, Eren había perdido todas las fuerzas para seguir. Solo quería abortar todo y aferrarse al último hilo que sabía que lo guiaría fuera de la tormenta que ahora era su corazón. Pero Mikasa, quien profesaba amarlo, quien velaba por su bienestar y seguridad, y que había traspasado murallas y encantamientos para encontrarlo; en contra de toda probabilidad, le había denegado ello. Eren ya no era lo más importante para ella.

Y el despecho por ello, era aún peor que todo lo anterior. Algo había atravesado su pecho y no le permitía respirar debidamente. El dolor no tenía comparación, ni siquiera cuando, literalmente, había tenido la experiencia de haber sido atravesado en el pecho en su antigua vida.

Como un niño desconsolado, Eren se acurruco en el suelo, y lloró y lloró como no lo había hecho desde hace tiempo, esperando que así la pena saliera de él.


Eren lanzó una mirada de terror por encima de un hombro mientras corría. No veía nada, pero eso carecía de importancia porque sentía que se le acercaba. Huía a través del desierto. Ascendía a traspiés las dunas formadas por el viento y se lanzaba por la pendiente opuesta; se le doblaban las piernas y el viento lo abofeteaba. La arena le quemaba las plantas de los pies. Corría. Caía. Se obligaba a levantarse y volvía a correr. Tropezaba. Caía. Lo seguía. Estaba allí; por muy lejos que huyera, por muy rápidamente que corriera, siempre estaba allí. Era implacable. Dio un último vistazo sobre el hombro antes de concentrarse en el camino pero cayó de rodillas al verla frente a él. Ymir.

Eren se despertó abriendo los ojos con pánico y sentándose cual resorte. Su corazón latía desbocado como si realmente hubiera estado corriendo y su respiración estaba agitada. Miró con sobresalto a su alrededor temiendo encontrarla, pero se fijó que estaba rodeado de hierba y árboles, no arena sin fin. Había sol y nubes en el cielo, no una oscuridad sin límites.

Se había quedado dormido, a la intemperie, e Ymir quiso hacer contacto con él. O tal vez solo había sido una pesadilla. Eren estaba dudando mucho de su estabilidad mental últimamente.

- No te quiero ver, Ymir – exclamó con voz ronca al aire.

Recuperó el aliento poco a poco y el pánico cedió. Solo entonces se dio cuenta de lo pesada que sentía la cabeza, la molestia en la garganta que sentía al tragar y lo débil que se sentía. Al parecer, la mala noche a la intemperie y llorando como un chiquillo le estaban pasando factura. Era raro, Eren no se enfermaba. O al menos no lo hacía desde que era niño. Tenía sus recaídas por la extenuación al usar sus poderes, pero nunca algo tan común como un resfriado. Un recordatorio de que ya era como todos. Simple, débil y vulnerable. Incluso a las gripes.

Con paso cansado hizo el retorno a los cuarteles. Suponía, por la posición aún baja del sol, que solo eran unas horas más de la madrugada. Tal vez, todos estuvieran levantándose y dirigiéndose a las regaderas; ó, tal vez, ya estuvieran haciendo fila para el desayuno. Como fuera, a Eren no le interesaba desentrañarlo. Solo quería llegar a su dormitorio, sin ser advertido. Estaba empezando a sentir un ligero dolor de cabeza.

Afortunadamente, llegó hasta su dormitorio sin toparse con alguien que viera su lamentable estado. Eren no quería pensar en el estado en cómo lucirían sus ojos después de haber llorado hasta caer dormido. Sin embargo, su suerte no era tan duradera,

- Eren, ¿Dónde estuviste? – fue lo primero en inquirir Armin una vez Eren entró a su dormitorio. Ambos compartían habitación.

- Afuera – esquivó Eren la pregunta y la mirada mientras se dirigía a su cama.

- Claramente. ¿Estuviste con Mikasa? Anoche no la vi en el comedor y hoy tampoco ha bajado...

- No estuve con ella – cortó Eren la frase de Armin con frialdad. Lo que menos quería en ese momento era que le hablaran de Mikasa.

- Ah – Armin lo observó descalzarse - ¿Estás bien? ¿Dónde pasaste la noche?

- ¡No te interesa! – contestó con exasperación Eren. Ambas preguntas eran imposibles de contestar para él – Voy a dormir. – Se metió rápidamente entre las sábanas después de desnudarse del torso.

- …Vale – respondió Armin lentamente. Eren no quería pensar en las conclusiones que estaría sacando solo con ver su aspecto y su comportamiento. – Saldré por unos días. El capitán Levi me encomendó de echarle un ojo a Connie mientras escoltamos a los niños marleyanos a la casa de los padres de Sasha. Quiere que ellos decidan qué hacer con ellos. Connie está de acuerdo, pero le es difícil teniendo en cuenta el resentimiento que tiene… - Eren se cubrió hasta las orejas intentando hacer oídos sordos a la información no requerida que le estaba ofreciendo Armin. Lo que menos necesitaba en ese momento, era pensar en el hecho de que Sasha había muerto, asesinada, por una maldita mocosa marleyana de no más de doce años.

En algún momento, Armin se cansó de hablar sin recibir respuesta suya y se marchó del cuarto. Eren no se dio cuenta ya que estaba concentrado en alejar su mente de turbias emociones. Ya había sido suficiente de llorar.

Cuando hubo por fin silencio en la habitación, el cansancio empezó a embargarlo a pesar de que había estado durmiendo hace menos de una hora. Eren rogó, en serio rogó internamente dormir sin pesadillas. Sin encuentros indeseados. Sin embargo, antes de que hubiera tenido la oportunidad de relajarse alguien tocó a la puerta.

Eren miró con el ceño fruncido hacia esta incorporándose en un codo.

Armin no era, él simplemente ingresaría sin necesidad de tocar en su propio cuarto. Jean y Connie también eran improbables, ambos mostraron señas de estar enojados e incómodos con él por una estúpida reacción suya en el momento indebido. Levi nunca pasaba por su cuarto. Y Hange estaba demasiado ocupada para eso. Por lo que solo quedaba Mikasa.

Eren se sintió ansioso ante la posibilidad. Quizás, Mikasa estuviera al otro lado con un hatillo al hombro y una promesa en la boca. Quizás, solo quisiera hacer las paces con él. Lo que sea. Fue suficiente para hacer que los latidos de su corazón empezaran a acelerarse.

Si es Mikasa… yo…

Volvieron a tocar a su puerta antes de siquiera determinar cuál iba a ser su reacción o sus palabras hacia ella. Eren llegó a la puerta en pocos pasos y la abrió sin dudarlo.

- … ¿Qué quieres? – no oculto la decepción en su tono. No era Mikasa.

- Quiero agradecerte por todo lo que has hecho por nosotros…

Más de lo mismo. Desde que todos dejaron de ser ignorantes y se aclaró la situación y los hechos a las murallas, Eren había dejado de pasar desapercibido. Ahora las personas no pasaban de Eren, sino que se paraban de sopetón para observarlo con gratitud, ira o miedo. O una mezcla de los tres. Y los que tenían el coraje para acercarse, le decían frases sentidas de respeto y admiración, ó, algunas veces recibía reclamos por jugar con sus mentes y creerse dios. No faltaba el día que recibiera esas atenciones. Ver a Floch Forster en su puerta no era una sorpresa, pero su comentario si generaba incredulidad sabiendo que en un pasado ambos habían chocado por diferentes pareceres.

- … Cualquier cosa que necesites, cualquiera, no dudes en pedírmela.

- Bien – contestó toscamente Eren mientras volvía a cerrar la puerta. Sus ilusiones se habían marchitado tan pronto nacieron.

- ¡Espera! – Floch impidió que le cerrara la puerta atravesando su pie.

- ¿Qué quieres? – Eren se estaba exasperando.

- Aún lo tienes, ¿verdad?

- ¿Tener qué? – las ganas de patearte, tal vez.

- El Poder – dijo casi en tono reverente – Lo conservas.

- No seas idiota. Eso ya es historia. – era estúpido lo que insinuaba.

- Claro. Es natural que lo niegues – murmuró Floch para sí, convencido – Se supone que ya no debe existir.

- ¿Estás estúpido?

- Eren, sé que esto está aún lejos de terminar. – Floch ignoró su pregunta y lo miró con una inesperada fiereza – ¡Cuenta con mi ayuda! Para lo que sea.

Eren se pasó una mano por la cara en fastidio. ¿Por qué si quiera ese pelele suponía tal cosa? Eren no era más que un simple humano, como todos. ¿Era tan difícil creerlo? Podría mostrarle sus heridas sangrar, morder su pulgar hasta arrancarlo, pero ni eso generaría una chispa de poder.

Eren observó la actitud de cachorro dócil de Floch. Al parecer alguien está desesperado por un poco de protagonismo.

- Está bien. Primero, quítate de en medio – Eren señaló el pie que le impedía cerrar la puerta. Floch obedeció reacio – Segundo, quiero mudarme. Búscame una casa para mí solo. Hasta entonces, no te quiero ver.

Con eso, Eren cerró de un portazo la puerta. Poco le importó si lo que había hecho estaba bien o mal. Si Floch se tomaba a pecho sus palabras o no, menos le interesaba. En ese momento, solo quería acostarse y tratar de olvidar la sensación de decepción que no quería dejar su pecho últimamente. Sin soñar.