XIII - HANGE

- ¿Y ahora? - preguntó Connie desmontando de su caballo.

Era una buena pregunta.

Connie, Armin y Hange habían emprendido el viaje a caballo desde los cuarteles hasta fuera de las murallas, para adentrarse en un bosque y llegar a un claro, ahora familiar.

Cuando había puesto al corriente, a los dos chicos, de sus angustiantes inquietudes, cada uno empezó a señalar, una a una, las formas de rectificar su descabellante teoría.

Connie sugirió, entre otras cosas, destapar la sección del muro que se había desprendido en el intento de fuga de Annie, hace un tiempo en Trost, y verificar de una vez, si seguían o no, los colosales ahí y reaccionando a la luz como lo hizo la vez pasada. Era una buena idea, pero requería demasiados permisos y explicaciones y estaba muy a la vista del público. No les convenía desatar la histeria entre la sensible comunidad.

¿Realmente las murallas estarían huecas? Los titanes que tenían bajo su custodia y estudio, como la madre de Connie, desaparecieron con el deseo de Eren. ¿Estarían esos muros huecos por dentro y siendo una amenaza de colapso en caso de fuertes movimientos sísmicos?... Aunque muchas cosas que se consideraban de naturaleza "titan" habían desaparecido, otras permanecieron inalteradas. Como los depósitos de las piedras explosivas de hielo, las estructuras y farolas que había creado a base de la cristalización endurecida; y, aunque no tenía pruebas de primera mano debido a la falta de acción, creía que Mikasa y Levi seguían gozando de esas extraordinarias habilidades que vienen ligadas a los Ackerman.

Fue Armin el que propuso una teoría más accesible. Según él, aquel claro, fue donde Eren desapareció, para conceder un mundo ausente de titanes y, donde posteriormente, reapareció cuando todos se reunieron allí, amnésicos y confundidos. El lugar debía ser especial. Y a falta de más proposiciones, se embarcaron hacia allí con la esperanza de encontrar respuestas.

Hange estiró las piernas que venían acalambradas de la exhaustiva cabalgata. Recortaron el tiempo lo más que pudieron, sin descansos y sobre exigiéndoles a sus pobres monturas. Hange no quería ausentarse mucho tiempo de los cuarteles, más aún con la situación en la que estaban: con un grupo faccionario de militares queriendo derrocarlos. O eso, al menos decían los chicos y los informes de Levi.

- ¿Algo que decir al respecto? - inquirió ella en voz alta, pero la primera anomalía era evidente frente a ella.

- ¡Eso sí es un anciano! - señaló Connie al roble frente a sí, alzando sus brazos tras la nuca.

- Llámenme loca, pero no recuerdo que eso hubiera sido de ese grosor y esa altura.

En efecto, el claro que Hange recordaba, tenía la característica de ser llano, a excepción de un roble común, que no se diferenciaba de los otros y que, solamente destacaba por su soledad en el centro del claro. Podría estar confundiéndolo, pero el roble a su vista era completamente diferente al de su recuerdo. Como dijo Connie, este era anciano y en términos naturales, eso supondría que debería tener, al menos, uno o dos siglos de vida más de los que ella suponía.

- Está muerto - señaló Armin tocando el seco tronco, sus ramas desnudas se extendían al cielo como garras quebradizas - ¿Un hongo? No, los hongos comunes se propagan entre árboles, por sus raíces - se contestó a sí mismo Armin observando la entereza de los árboles que rodeaban el claro.

Hange meditó alrededor del tronco, pensativa. Una vez, había escuchado de una teoría que implicaba agujeros que aparecen en lugares al azar y que presentaban cierta disociación del espacio y el tiempo real. ¿Podría tratarse de eso? Si era así, necesitaba instruirse debidamente al respecto porque estaba muy corta en el área.

Identificó una oquedad en el tronco lo bastante grande para caber una persona. Asomó la cabeza a su interior, pero no pudo ver nada. La oscuridad era densa y anormal, considerando que estaban a plena luz del día.

- Connie, trae las linternas, por favor.

- Armin llegó a su lado mientras Connie se alejaba a donde estaban pastando los caballos.

- ¿Encontró algo, comandante?

. ¿Ves algo ahí? - señaló Hange la oquedad.

Armin se asomó, pero retrajo la cabeza al instante, negando. Hange percibió como se estremecía ligeramente. Connie llegó rápidamente con las linternas y le paso una a cada uno. Hange alumbró dentro del tronco, pero a parte de unas cuantas telarañas, la luz no alcanzaba a atravesar completamente la oscuridad. Pidió que le pasaran una roca y la lanzó dentro, para determinar el tamaño de la oquedad, pero no hubo sonido seco ni amortiguado de la roca al caer. Lanzó otra, poniendo especial concentración y le pareció percibir el chocar de esta muy lejos, muy hondo.

- Hm - Hange empezó a encaramarse al interior del tronco.

- ¡Comandante, de pronto esto es el nido de una víbora! - advirtió con alarma Connie cuando una de las piernas de ella ya había entrado - O algún bicho, igual de feo y ponzoñoso.

- Quizás. Aunque las rocas que he lanzado no parecen haber alterado nada aquí dentro. - Hange vaciló un momento, sentía el vacío bajo sus pies y aire frío en las piernas. Disparó un gancho de sus cables por si acaso, anclándolo en la entrada - Quisiera que vengan conmigo - la idea de caer en algo desconocido y surreal la inquietaba.

- Por supuesto, comandante - aseguró Armin al instante. Hange les sonrió a ambos y se zambulló en el interior del roble.

Descendió entre las raíces del roble que parecían greñas a su alrededor. A su paso se quebraban y sacudían, haciendo aparecer a algunos bichos pequeños que se movían por estas. Se subió la capucha de la capa a la cabeza.

Estaba bajo tierra para ese punto, pero no se topó con tierra compacta como esperó, sino con espacio abierto, como si una caverna estuviera bajo el roble. El aire estaba frío y un poco viciado. Finalmente, sus pies dieron pie con piedra y Hange se sintió aliviada de no estar bajando hasta el centro mismo de la tierra.

No se podía mover de su sitio ya que el cable no daba para más, y se rehusaba a retraerlo. Le aterraba la idea de quedarse atrapada. Alumbró con su linterna alrededor y se dio cuenta que se encontraba en una pequeña isla de roca, rodeada de agua. Empuño una de sus cuchillas por precaución, la advertencia de víboras anidando allí, dada por Connie, resonó en su cabeza.

Los segundos se le hicieron interminables mientras Connie descendía con gesto asustado a su encuentro.

- Bienvenido - le murmuró Hange para romper un poco la tensión.

- ¡Cielos! Esto es horrible - Connie se paró a su lado, llevaba una soga atada a la cintura que conectaba con la salida. Hange se alivio de que al menos ellos hubieran tomado las precauciones debidas - Esto es como entrar en una catacumba.

- ¿Has estado en una?

- No, pero me imagino que así se habrá de sentir. Un lugar nada acogedor - se sacudió los nervios Connie mirando a su alrededor con mirada atenta. Al verla a ella, con cuchilla en mano, él desenfundó la suya propia.

Finalmente, Armin descendió hasta ellos. Su gesto de incomodidad hacía juego con el de ellos.

- ¿Y ahora? - inquirió Connie al verse los tres allí plantados sin la intención de moverse.

Hange observó a su alrededor sin saber qué hacer. Aparte de la sensación desasosegante, no había algo que llamara escandalosamente la atención. La inundación podía ser agua que se había estancado debido a las lluvias, además, no había que olvidar que el invierno no hace mucho había mudado. Ya sea que, se haya filtrado o entrado por el mismo agujero del tronco, el depósito de agua tenía explicación.

La cavidad en sí, debajo de un tronco que debía pesar toneladas, era extraña, pero debía ser cosa de la naturaleza. A lo mejor un desplazamiento de placas había hecho asentar la tierra dejando a las raíces al vacío, sin poder absorber los nutrientes necesarios para la subsistencia del árbol, ocasionando que muriera…

Hange suspiró, sentía muy floja su propia explicación. Estaba alumbrando con su lámpara a las raíces colgantes con poco entusiasmo, cuando escuchó algo pesado caer al charco a su espalda. Se giró alarmada y solo vio a Connie con ella en la isla.

- ¿Qué pasó? ¿Y Armin?

- ¡No lo sé! Se habrá resbalado. - exclamó con pánico Connie, pues tampoco se había dado cuenta de lo que había pasado.

Hange esperó a que Armin resurgiera chapaleando y jadeando, mientras se disculpaba por su torpeza, pero no lo hizo. Por el contrario, la soga que conectaba a Armin, se sacudía por el peso de él, hundiéndose.

¿Se habrá desmayado?, pensó Hange al recordar la mala cara de Armin al bajar. El aire allí no era precisamente fresco.

Agarró la soga con ambas manos para detenerla, pero se vio impulsada hacia delante por la fuerza de ésta. Logró plantar los pies en el suelo antes de que se deslizara dentro del agua.

- ¡¿Qué demonios?! - exclamó sorprendido Connie llegando a su lado de un salto. De un momento a otro, resultaron estar en un tira y afloja sin preverlo - ¡Se lo dije! - masculló Connie tirando con esfuerzo - ¡El nido de una víbora! ¡Una boa!... ¡Una anaconda!

- ¡Cállate, Connie! - Hange estaba asustándose.

La fuerza del animal que estuviera arrastrando a Armin era considerable. Una capa de sudor se formó en la temple de Hange. En su mente, estaban empezando a formarse imágenes de un brazo o una pierna de Armin, siendo la soga de la que tiraba el animal, dislocando su extremidad del resto de su cuerpo; su columna doblándose en ángulos innaturales por la fuerza ejercida en direcciones contrarias, ó, peor aún, la soga reventándose por la tensión y perdiendo toda conexión con Armin.

Hange sacudió la cabeza espantando los temores que la querían embargar. La fuerza ejercida por su oponente estaba cediendo e iban recuperando cuerda con más rapidez. Aun así, cada segundo empleado era preocupante, ya que Armin seguramente terminaría por quedarse sin aire.

- ¡Sal de una maldita vez! - vociferó Connie, su tono teñido de angustia.

Una forma irregular fue acercándose a la superficie hasta que, poco a poco, Armin emergió con gesto constreñido. Sus manos estaban aferradas a la cuerda. El impacto, de ver lo que agarraba a Armin, los distrajo a ambos un breve momento, momento en el que Armin volvió a hundirse. Retomaron el control sobre sí mismos, mientras jalaban, ahora, por una razón más inquietante.

¡Tentáculos blancos! Tentáculos blancos eran lo que tenían agarrado y tirando de Armin de su torso, piernas y cuello. No veían al dueño de esas extremidades, pero eran lo bastante largas y gruesas para desear no hacerlo.

- ¡Agarra fuerte, Connie! - advirtió Hange antes de soltar la soga y de un tajo cercenar esos asquerosos tentáculos.

Connie cayó sentado con fuerza, pero se levantó rápidamente, desenvainando y poniéndose en guardia a sus alrededores, mientras Hange se acercaba con el cuerpo desmadejado de Armin en sus brazos.

- ¡Ey, Armin! ¿Estás bien? - lo sentó ella en el suelo.

Armin no reaccionó. Tenía los ojos fuertemente cerrados, los puños apretados y temblando, todo su cuerpo en tensión. Hange no comprendía qué le sucedía hasta que se percató que no estaba respirando. Alarmada le dio una fuerte palmada en la espalda. El impacto del golpe le hizo abrir la boca aspirando aire de golpe. Un ataque de toses lo invadió en consecuencia.

- Armin, ¿estás bien?

La mirada de horror que le devolvió la hizo inquietarse. Antes de que pudiera decir algo más, Connie se movió con velocidad alrededor suyo para cercenar nuevos tentáculos que salieron para sorprenderlos.

- ¡Al diablo, ¿Qué es esta cosa?! - se notaba la tensión en la voz de Connie mientras pateaba al agua una de las cercenadas extremidades.

Una de ellas, estaba al alcance de Hange. En su curiosidad y necesidad de darle una explicación a lo que pasaba, estiró su brazo para recogerla y examinarla, pero fue detenida por la mano de Armin.

- No lo toque, comandante - la voz de Armin temblaba - Debemos salir de aquí.

- ¡Apoyo la idea! - secundó Connie con ojo avizor sobre las aguas.

Hange apretó los labios. Odiaba irse sin respuestas, pero la situación le sobrepasaba. Y estaba asustada. Ni siquiera la perspectiva de enfrentarse a un titán la puso tan de los nervios como lo estaba ahora. Apretó los puños con impotencia.


- … Desde que ingresé, sentí la cabeza embotada, como si me estuviera moviendo en brea, cada textura me dejaba una imagen residual al girarme. Entonces, vi ondulaciones en el agua. Me acerqué un poco y esos tentáculos saltaron sobre mi - Armin tenía una taza con agua caliente entre las manos, y una manta sobre los hombros. Hange había montado una pequeña fogata y observaba a Armin desde el otro lado. Connie estaba un poco más lejos, montando guardia, pero con un oído atento al relato de Armin - A la vez que fui consciente de estar hundiéndome más y más en la oscuridad, sentí una conexión con… esa cosa.

- ¿Qué es esa cosa?

- No lo sé. Una especie nematoda, pero a la vez chilopoda - Armin se estremeció con repulsión - Pero no lo es. No lo creo. No es posible. Ha estado anidando ahí desde que fue abandonada, diría yo que, lo que lleva en vida ese roble - miró de refilón hacia el árbol - Su existencia está ligada a él.

- ¿Es así? - cuestiono Hange mirando el deterioro del árbol.

- Sí, lo que quiero decir es que está moribunda. Algo le pasó, no sé qué, exactamente. Pero creo que intentó integrarse conmigo.

- ¿Por qué?

Armin se sobo ausentemente la barbilla. Una capa de terror cayó sobre sus ojos.

- Me reconoce. Antes estuve ligado a eso. Conectado.

- ¿Antes?

- Cuando era un titán cambiante.

- ¿Tenías un ciempiés en tu interior? - exclamó Connie desde su lugar con asco.

- No yo. O sea, había una vinculación, pero era intangible. Creo que el que tenía ese "ciempiés" dentro, fue Eren... O eso es lo que me transmitió - Armin soltó la taza para agarrarse el cabello húmedo en frustración.

- ¡Genial! Eren tenía hospedado un bicho en su cuerpo. - bufó Connie con sarcasmo - Ahora podemos echarle la culpa de sus desvaríos, a la cosa que hay allá dentro. - señaló el roble con la punta de su cuchilla.

Hange movió su pie con nerviosismo. ¿Desde cuando la ficción y los cuentos de pesadilla habían traspasado la realidad? ¿por qué, por una vez, no podían las cosas funcionar con simple lógica? Pero los titanes gozaban de cero lógica. Eran seres que no necesitaban alimentarse para subsistir, y si le hacías un tajo en la nuca se desintegraban como si se les hubiera puesto sobre un asador. ¿Había lógica entonces? No.

Su mente se había adaptado a las inconsecuencias del mundo de antes, pero con el mundo de ahora, la imaginación de Hange no había tenido más alternativa que replegarse y ajustarse a los patrones repetitivos de su trabajo y, en sí, en cómo era su mundo actual: normal, racional, y lo más importante de todo, en balance. El destino lo marcaban ellos, y solo ellos con sus propias acciones.

Observó el solitario y cadavérico roble en el claro, y a su mente afloró algo que le había dicho Willy, cuando ambos estaban exponiendo y declarando sus justificaciones para ser como eran. Extrañaba esa lucha de convicciones.

"La nación de Marley hizo creer a los eldianos que hace más de 1820 años, Ymir Fritz hizo un pacto con el Demonio de la Tierra, mientras que otros académicos opinan que ella entró en contacto con "el origen de toda la materia orgánica"; y, por otra parte, un grupo de resistencia de eldianos en Marley, cree que ella recibió su poder del Dios que creó al mundo y a la humanidad... Independientemente, de cómo haya sucedido, tras obtener sus poderes, Ymir se convirtió en la progenitora de todos los titanes…"

Un demonio, el origen de todo o un dios… O un organismo desconocido

Hange sentía como las piezas estaban encajando de una manera inquietante. Lo que sea que fuera ese bicho anidando allí, no era normal, no era de ese mundo, o al menos, no del mundo que conocía. Las revelaciones que tuvo Armin, el paralelismo con lo mencionado con Willy y como ese lugar había sido donde, paradójicamente, Eren había desvinculado a todo titan andante en la tierra... las respuestas estaban revelándose en tropel dentro de su cabeza.

Si esa cosa era lo que estaba dentro de Eren cuando era un titán cambiante y había estado residiendo allí, afectando la naturaleza del roble…

"Creo que intentó integrarse conmigo" "Está moribunda" "Su existencia está ligada a él"

Las palabras de Armin resonaron en su cabeza una y otra y otra y otra vez, hasta que lo comprendió. La conclusión asentándose en ella después de haber dado vueltas esquivas dentro de su cabeza.

- ¡Un huésped! - exclamó Hange de repente, alertando a los otros dos - La criatura busca huéspedes. Debe haber alguna clase de relación simbiótica entre ella y el huésped. Si está moribunda y el roble también, lo natural sería buscar otro.

Ninguno de los dos dijo nada, tratando de comprender, entender y asimilar con lo que se habían encontrado.

- …¿Es por eso que ellos solo vivían trece años? - inquirió Connie con lentitud, señalando a Armin con un movimiento de la cabeza - Al igual que a este árbol, le dio fuerza y vigor, pero el resultado es consumir su vida rápidamente.

Armin y Hange quedaron perplejos. No por la sagaz conclusión, fuera de carácter, que había sacado Connie, sino porque todo parecía hacerse más claro.

- Tal vez - le respondió Armin aclarándose la garganta.

- Posiblemente - concordó Hange a su vez.

Los tres se quedaron mirándose entre sí. Cuestionándose internamente qué hacer a partir de sus conclusiones.

- ¿Y ahora? - dijo Connie. Hange no sabía cuántas veces había escuchado esa pregunta ese día.


El fulgor anaranjado se reflejaba en las lentes de Hange. Armin, Connie y ella estaban rodeando el claro, con sus cuchillas empuñadas, sus miradas alertas a la menor señal.

Habían reunido toda la pólvora y la munición de piedra explosivas de hielo que cargaban en sus armas. Connie había hecho un viaje rápido para traer barriles de licor y pólvora, y habían juntado todo ello con la soga que bajaron por la abertura del tronco hasta que tocó fondo en la pequeña isla. Hange había disparado a la carga y ésta, explotó. Rociaron el árbol de licor para su rápida consumición. El suelo presentó una depresión por la explosión y, poco a poco, el árbol fue hundiéndose y la tierra a su alrededor, derrumbándose. Sepultando la cavidad de abajo. Sepultando, a la cosa moribunda de abajo.

Hange esperó y esperó, hasta que las llamas se consumieron y el lugar solo humeaba. Siguió esperando, tomó turnos con los otros, comió ansiosamente con su ojo alerta, hizo pequeñas siestas inquietas, pero la cosa no salió, ni escapó. Al parecer la habían vencido.

Después de todo, estaba moribunda en su interior. Hange pudo relajarse después de mucho tiempo.