XV - MIKASA
Mikasa se aupó en el caballo sin mirar atrás. Sin considerar que estaba dejando a medias una conversación que estaba esperando desde hace meses, ni que con su estrepitosa marcha confirmaba que Eren era un punto débil para ella, ó, de que había atacado a un superior por dejarse llevar por su temperamento. Justo la clase de cosas por las que le estaba reclamando en primer lugar.
Pero se lo merece.
Golpeó los costados de su montura con sus talones en señal de avance. Estaba parpadeando seguidamente a propósito, no quería ponerse a llorar en medio del camino. Apretó las riendas entre sus manos.
Estaba cansada de lo mismo. Todos haciendo sus propias asunciones sobre ella. Como si ella no pudiera distinguir el negro del blanco. Como si sus propias decisiones fueran en regla caprichosas o egoístas si Eren estaba de por medio. Siempre era lo mismo.
Es cierto. Ella quería a Eren, lo quiere de verdad. Siente un profundo amor por él. Para ella, él significa muchas cosas: hogar, paz, refugio, su solaz, familia, su primer amor… Pero no era ninguna ciega o tonta para hacer caso omiso a lo que pasaba con él. Eren siempre había sido impulsivo y lanzado al peligro, siempre tomando las decisiones más controversiales, siempre metiéndose en las situaciones más inquietantes. Su naturaleza era ser problemático. Lo supo desde pequeña. Y el desconocido rumbo al que se estaban dirigiendo sus acciones ahora lo demostraba.
Pero aún así, ni las más atroces acciones, ni las más crueles palabras harían que ella pudiera sentirse cómoda con la idea de que Eren ahora era considerado el enemigo. Lo quería tanto que le dolía todo lo que pasaba. ¿Eso era difícil de entender?
Al parecer sí. No solo era la opinión del público en general, sino que sus mismos amigos pensaban de la misma manera. Incluso Eren. Incluso Levi.
Mikasa no sabía porque se sentía tan afectada por algo de lo que en sí ya se había resignado: nadie la entendería realmente.
Si en un pasado la vida dejó de importarle, fue porque había presenciado como unos tipos asesinaban a sus padres a sangre fría. No era más que una niña y no entendía nada de lo que quería esa gente con ella. Solo se había dejado consumir por el sordo y templado dolor que la refugió en la oscuridad. Eso, hasta que sintió el llamado de Eren que la sacudió internamente y la volvió a la vida.
Si en un pasado, estuvo a punto de resignarse a la vida al no poder cargar con la noticia que le dio Armin de la muerte de Eren, a último minuto había aferrado sus cuchillas para defenderla, porque se había dado cuenta que sus recuerdos de Eren y sus seres queridos eran demasiado invaluables para desperdiciar.
Si en un pasado, se había resignado a la muerte al verse rodeada de titanes, y el dolor de sus costillas rotas punzando a cada movimiento era demasiado para siquiera pensar en dar pelea, solo el consuelo de haberse abierto con sinceridad por primera vez con Eren, hizo que la fatalidad del momento fuera menos horripilante.
¿Cómo no podía ser como era, teniendo en cuenta que Eren, había sido clave en sus más determinantes momentos? Y no quería pensar de una insana dependencia emocional como todos catalogan su amor por él. Simplemente, Eren es importante por todo lo que ha hecho consciente, e inconscientemente, por ella. Por ser la soga que le roza la mano cuando está a punto de caer en el abismo de la perdición.
Por eso se sentía tan mal al haber rechazado la propuesta de marcharse de Eren. Le dolía el pecho solo de recordar la fragilidad de él en ese momento, se le apretaba la garganta al recordar la desesperación de su mirada… Inicialmente, la vida que Eren planteó para ambos se le hizo atractiva, sin importarle los costos. Pero la invadieron pensamientos de sus compañeros de escuadrón, de Hange, de Levi, y principalmente, de Sasha.
Quizás, Sasha hubiera sido de las primeras que la hubiera empujado a esa vida idílica con Eren, pero la cruda realidad era que, ella ya no estaba y no podría saberlo ahora con certeza nunca. Lo que sí sabía era que no podía dejar a su escuadrón más quebrado de lo que ya estaba, desapareciendo. No podía abandonar a Armin, ellos eran la única familia del pasado que conservaba. Si lo hacía, nunca podría volver a ver con la cara en alto a Hange, a Levi, ni a ese desconocido de la costa que le reclamó por haber asesinado a su compañero y no dejarse matar por él.
No podía dejar que la sangre que manchaba sus manos fuera en vano, se había comprometido a una causa y aunque le doliera, la traumatizara y despedazara poco a poco su humanidad, y, al mismo tiempo, su decisión supusiera un gran daño a la persona que más quiere, él no estaba por encima a la promesa que se había hecho a sí misma, a Sasha en el momento que tomó su mano moribunda, y a todos esos rostros sin nombre que habían perecido bajo su mano. Su propósito en el mundo era destruir para liberar. Incluso cuando eran las esperanzas de Eren o su propia felicidad.
Si la vida le había dado a Eren y tantas oportunidades para seguir con vida y cuerda, era porque, paradójicamente, tenía una misión en el mundo. Si había nacido con fuerza, poder y agilidad superior a la media, si había terminado entrando a la legión, si había terminado conociendo a las personas que conocía, todo, todo, todo, debía ser por algo.
Con gran poder viene gran responsabilidad. Si ella no poseyera ningún poder, ella sería sólo otra mujer sin responsabilidad, sin que su ausencia afectase el devenir de los acontecimientos, pero el hecho que ella tenga gran cantidad de poder significa que ella carga una inmensa cantidad de responsabilidad.
Creía que Levi lo iba a comprender. Después de todo, comparten casi la misma carga. Qué tonta.
Mikasa mordió su labio inferior al sentir un par de lágrimas rodar por sus mejillas. Eran lagrimas de rabia. Estaba harta de ser incomprendida por Eren. De ser prejuzgada por Levi.
- ¡Al diablo con ambos!
Mikasa escupió en el lavamanos y aprovechó el agua para enjuagar el cepillo de dientes y los restos de pasta de la boca. Apenas había llegado y llevado su caballo a los establos, se había dirigido a las duchas. Sentía la cabeza embotada por las horas acumuladas de sueño y solo estaba contemplando en ese momento la idea de irse directa para la cama, a pesar de que no había comido nada desde el mediodía del día anterior.
Estaba distraída limpiándose la comisura de la boca con la toalla cuando advirtió a alguien escudriñándola en silencio por el reflejo del espejo.
- ¿Qué pasa, Louise? - La hubiera ignorado, pero no estaba con ganas de mantener la serenidad ante las miradas inquisidoras de los demás.
- Estuviste fuera. Con Jean - mencionó ella acercándose al lavado - ¿Se reunieron con el capitán Levi?
- Sí - admitió Mikasa. Era mejor evitar caer en trampas. No se sabía si era una prueba de ella.
- ¿Dónde está?
- Nos encontramos en un viejo cuartel de la legión en Rose. No se está quedando allí, si es lo que quieres saber - Mikasa empezó a reunir sus cosas.
- Oh ¿y dónde está? ¿regresará pronto? - volvió a inquirir Louise simulando indiferencia.
- Mira, Louise. No lo sé, realmente - soltó un suspiro ella masajeándose la temple con una mano.
- Pero, ¿para qué los convocó? ¿Sabes si está siguiéndole la pista a Eren y los demás?
- ¡No! Por lo que no te puedo revelar de qué se trata. - Mikasa la miró con severidad - No me gustan estos interrogatorios.
Louise le dio una pequeña sonrisa de disculpa mientras se recogía el corto cabello tras la oreja.
- Es que anda fuera del radar de nosotros. Necesitamos mantenerle un ojo encima para nuestra seguridad.
- ¿Para qué? Para que cuando llegue a suponer ser un inconveniente, ¿lo eliminen? ¿Lo eliminen como Darius? - le espetó Mikasa con reprobación.
- Bueno, solo si llegase el caso… - Louise extendió sus manos y encogió sus hombros con indiferencia.
- Louise, yo no quiero que el capitán Levi muera. Y sé que Eren tampoco lo querría. - esa conversación no le estaba agradando a Mikasa.
Louise volvió a sonreír, cálidamente. Y extendió su brazo para apretar el suyo.
- Tampoco lo queremos...
- Pero… - instó a Louise a seguir.
- Pero si se interpone entre los planes de Eren debemos tomar medidas. - Louise se dio media vuelta y abrió el grifo para lavarse las manos - Lo comprendes, ¿no? Si tu capitán amenazara los planes de Eren, hay que encontrar una forma de frenarlo.
Mikasa era consciente de que sus movimientos estaban siendo monitoreados por el reflejo del espejo. Se enderezó como mejor pudo.
- Si llegase el caso, yo misma me encargaré de ello. Soy la única que lo equipara en fuerza - señaló Mikasa con hechos reales. Tenía que asegurarse que, en el dado caso de que pusieran una diana sobre la espalda de Levi, sería ella a la que designaran para su supresión. Solo ella podría garantizar su seguridad. Ves, como a pesar de todo, hago esto por ti, desconsiderado enano - Me encargaré de él sin llegar a asesinarlo. - No había falsedad en sus palabras que la incriminen.
Louise no se movió por varios segundos observándola cuidadosamente a través del reflejo del espejo. Su mirada reflejó suspicacia, pena, y finalmente respeto hacia su decisión.
- Eso sería genial - terminó de decir ella cerrando el grifo.
Aunque los planes de Mikasa eran irse a la cama, después del breve encuentro con Louise no pudo evitar sentirse inquieta. Actualmente, su único contacto directo con los Jaegeristas se limitaban a Louise y algunos soldados dentro de los cuarteles. Pero en sí, era Louise el único canal de información entre los que lideraban el grupo y ellos. Después de todo, la aprobación para acercarlos y vincularlos al grupo había sido delegada a ella.
Más allá de Louise, no conocía quién tendría más poder en esa cadena de mando. Quizás Eren como muchos señalaban.
O Floch.
Según el informe de Annie que les reveló hace unas horas. Mientras que Eren era el líder simbólico del grupo, Floch Forster era considerado el líder de facto, ya que a través de él se había organizado y estructurado la facción. Tenía sentido, ya que la cercanía entre esos dos se había venido haciendo evidente de un tiempo para acá.
El caso es que Annie y su padre, siendo dos ex enemigos de la nación que gozaban del indulto, que no tenían nexos con alguna rama del ejército y no tenían más recursos que su propia astucia, habían recabado más información sobre los Jaegeristas de lo que habían hecho Jean y Mikasa. Y era algo que inevitablemente la molestaba.
No solo por los insignificantes que se comparan sus resultados con los de Annie, sino que Levi, su dichoso capitán, prefirió buscar ayuda con la que antes debió de odiar por hace tiempo eliminar a sangre fría a todo su antiguo escuadrón, que recurrir a ellos en primera instancia.
No era que quisiera ganarse los halagos de Levi, sino que lo que Armin había dicho del recelo que tenían sus superiores respecto a ellos cobraba más fuerza. La confianza se había deteriorado, y solo por ser amigos de Eren.
Las últimas duras palabras de Levi quisieron resonar en su cabeza, pero las descartó con un chasqueo de lengua.
Mikasa había agarrado un abrigo largo de su cuarto y se escabulló entre los corredores hasta salir del cuartel y aguardar entre los matorrales a poca distancia. Casi media hora después salió Louise por los portones de los cuarteles a pie. Llevaba su morral terciado y según lo que le había comentado a Mikasa, previamente en el baño, esa tarde salía a su hogar en Trost para visitar a su madre.
Hizo el meticuloso y sigiloso seguimiento valiéndose de cada estructura, transeúnte y punto ciego del camino para mantenerse inadvertida del radar de Louise. Además del abrigo, había agarrado un sombrero marrón con cinta negra que le había pertenecido en su tiempo a Sasha, pero que había terminado entre sus cosas, y se lo caló en la cabeza para ayudarse en la tapadera.
El trayecto terminó hasta los barrios residenciales en Trost, en donde Louise tocó a la puerta de una modesta casa y una mujer mayor le abrió segundos después. Louise entró y la puerta se cerró tras ella.
Mikasa suspiró con cansancio, estaba a unas cuantas casas observando un puesto con flores. No sabía que esperaba encontrar con todo eso. Si Louise fuera a encontrarse con alguien sospechoso, tomaría medidas preventivas. Como una hora menos intempestiva, un lugar menos concurrido, un disfraz más adecuado, al menos más del que se había inventado Mikasa en sus afán; y cosas así. No podía esperar que, precisamente en esa visita ordinaria a la casa de su madre, se encontrara con el cabecilla de un grupo clandestino.
Las esperanzas de Mikasa decayeron a medida que los minutos pasaban. ¿Debería acercarse y espiar? ¿Esperar a que Louise saliera para ver si se dirigía a otro lado? O ¿debería dar su intento de conseguir información por perdido e irse?
Mikasa cruzó los brazos sobre el pecho sin saber qué hacer, le dio un vistazo a la persona del puesto de flores y por el gesto de ésta, supo que se había dado cuenta del poco interés que tenía por las flores exhibidas. Sin mediar palabra, empezó a alejarse del puesto y caminar por la acera con lentitud. Su propósito por el momento, era acercarse y tratar de espiar por las ventanas a Louise, pero se frenó al ver a un par de soldados de la policía militar pasar por su lado apresurados y llegar antes que ella al portón de la casa. Se detuvo e hizo como si se estuviera arreglando su cabello valiéndose del reflejo de una ventana.
Los toques en la madera del portón, dados por uno de los soldados, fueron seguros y sonoros, como si no tuvieran dudas que la persona que buscaban, se encontraba en ese lugar. Momentos después, Louise atendió a la puerta.
- ¿Qué sucede?
- Nuevas órdenes. Se llevará a cabo el plan hoy.
- ¿Hoy? La comandante aún no ha vuelto del exterior…
- Por eso es el momento oportuno. Debes estar al pendiente de su regreso. Ningún informe, ni sobre, ni carta que no esté monitoreada debe llegarle. Si no todo se complicaría...
- Lo tengo claro - cortó Louise antes de que el otro revelara algo más de la cuenta y miró con suspicacia a su alrededor.
Mikasa, que se había olvidado de mantener el disimulo, se había quedado completamente quieta tratando de comprender y descifrar lo que acababa de escuchar que casi se ve sorprendida por la mirada de Louise. Dio media vuelta y empezó a alejarse, pero ya era demasiado tarde. Sentía la mirada de Louise pegada a la nuca. Esperaba que su vestuario disimulara bien su figura.
Cuando volvió a pasar por el puesto de flores supo que alguien la seguía. Louise o alguno de los otros dos soldados, no estaba segura. Pero era solamente una persona.
A pesar de que aún era temprano, la confluencia de gente no era mucha para perder a su perseguidor entre la multitud. Y si había un método más factible para perderle el paso sin levantar sospechas, Mikasa no estaba enterada. Así que se dirigió al primer callejón que detectó y se adentró en su interior. Redujo el paso a propósito, simulando verse desconcertada por entrar a un callejón sin salida y cuando una mano agarró su hombro, giró de un solo movimiento agarrando la muñeca del perseguidor y lo estampó contra la pared solo con su antebrazo. El soldado soltó un quejido de sorpresa y dolor.
- ¿Por qué me sigues? - preguntó Mikasa en el tono más monótono que pudo emplear. Se aseguró de hacerse en el punto ciego del tipo.
- ¡Estabas muy cerca para tu propio bien, escuchando lo que no debías! ¿Quién eres…? - masculló él intentando romper el agarre. Mikasa solo apretó su agarre firme en su muñeca tras la espalda de él.
- Fue solo una casualidad. Pero ya que lo traes a colación, ¿de qué plan hablaban? ¿Qué es lo que pretenden llevar a cabo el día de hoy? - era su oportunidad para sacar algo más de información.
El tipo solo soltó una risa amarga al escucharla.
- Eres muy tonta si crees que te voy a decir algo bajo estas circunstancias.
Mikasa frunció el ceño. La renuencia a cooperar del tipo era un problema. ¿Debía acaso ponerse en el papel de la mala para que él cooperara? No lo sabia. Los interrogatorios no eran para nada su fuerte. Mikasa, sencillamente, solo era una soldado adiestrada para el combate. Nunca se había visto en esa clase de situación antes.
- Es mejor que sueltes la lengua - intentó sonar amenazante por el bien de ambos. Pero como se esperaba, el tipo no cedió. Mikasa flectó el brazo de él tras la espalda del sujeto y empezó a empujar la mano apresada hacia su cuello, forzando la articulación del hombro. - Habla - el tipo solo jadeo de dolor en respuesta.
- Eres una mujer… - siseo él con dientes apretados. No con burla, sino como si estuviera enumerando hechos en medio del dolor al que estaba siendo sometido - Que tiene la suficiente fuerza para inmovilizar a un hombre. Que sabe como inmovilizar dolorosamente a una persona… - él jadeo, Mikasa no había liberado la llave de martillo esperando que él se rindiera - Eres soldado, estoy seguro. Joven, pero no tanto para ser una recluta - Mikasa sintió un estremecimiento recorrerle la columna - Y solo son pocas las que se destaquen por su habilidad… que hable con un tono tan sombrío como el tuyo… Y solo hay una de la que debemos estar advertidos... ¿Acaso eres la famosa Mika…? ¡Mierda! - maldijo él soltando un aullido de dolor cuando algo dentro de su hombro chasqueo con brusquedad.
Mikasa no se había dado cuenta de que se había olvidado de mesurar su fuerza al verse poco a poco acorralada. Soltó el brazo del tipo y este cayó laxo a su lado. Él empezó a temblar de dolor. De dolor y de coraje. Pues, estaba intentando despegarse de la pared para enfrentarla. Mikasa se percató de la presencia de personas curiosas en la entrada del callejón, atraídas por los aullidos agonizantes del tipo.
Mikasa cayó en cuenta de la situación en que se encontraba y la razón la condujo a una medida desesperada: tenia que deshacerse del tipo. Los interrogatorios, en definitiva, no eran lo suyo. Había errado al pasar por alto que, en contra de su voluntad, ella era famosa en las filas del ejército. La que vale cien hombres. Y, además: "Y solo hay una de la que debemos estar advertidos". Sabían de ella, pero eso significaba que, ¿también estarían al corriente de sus verdaderas intenciones dentro del grupo?
Más personas empezaron a reunirse temerosas en la entrada del callejón. Tenia que actuar rápido antes de que se convirtieran en un contingente de personas suficiente, para coger valor por su superioridad numérica, y atacarla. Porque la realidad era que, desde la distancia, solo veían a una persona, inidentificable, torturando a un miembro de la fuerza publica.
Mikasa deslizo su brazo por el cuello del tipo y apretó, cortándole la respiración, la circulación. Él se revolvió desesperado entre sus brazos. La gente empezó a gritar alarmada al fondo del pasillo. Y, por un momento, Mikasa solo tuvo que hacer un apretón más fuerte para romper la tráquea del sujeto y así asegurarse que ese incidente no trajera repercusiones para ella con los Jaegeristas.
Pero, a último minuto se abstuvo de asesinar a sangre fría. Aunque, hipócritamente, sus manos ya estuvieran manchadas de múltiples asesinatos, no debía matar sino era por suma necesidad. Se limitó a asfixiarlo hasta la inconsciencia y lo dejó caer al suelo, desmadejado. El rostro del soldado estaba perlado de sudor y una mueca de dolor transfiguraba su gesto casi apacible. Mikasa no perdió más tiempo y corrió hacia el muro que tapaba el otro lado del callejón. Lo trepó sin dificultad, alejándose y perdiéndose de la vista de la furiosa multitud que empezó a acercarse a auxiliar al hombre caído.
Las consecuencias de sus acciones seria algo con lo que lidiaría después.
