XX - EREN - HACE TRES MESES
No supo cuánto tiempo había pasado desde que había salido como una exhalación de la vivienda, lo único que había hecho era correr y correr, casi sin detenerse, casi sin tomarse un descanso, casi sin pensar en lo absurdo de salvar tanto terreno con solo sus piernas. Solo supo que para el momento en el que el claro estuvo a su vista, estaba empapado de sudor, la camisa estaba pegada contra su torso por la humedad absorbida, le ardían las piernas y el sudor que le rodaba por la cara le hacía parpadear constantemente. A pesar de que había estado entrenando sin falta todos los días, se encontró apoyando las manos sobre los muslos mientras recuperaba el aliento.
Después de unas cuantas respiraciones profundas, Eren se irguió y se llevó las manos al cabello para volver a rehacerse el recogido que se había aflojado por la larga y extenuante marcha mientras examinaba sus alrededores y se acercaba, esta vez con más calma, al claro.
A primera vista no vio rastros de Zeke, Yelena o algún parásito de origen desconocido en los alrededores que generara alarma.
¿Dónde estaba Zeke? ¿No le había enviado la carta para que llegara a ese lugar? Eren casi esperó encontrarse con el área acordonada y una gran carpa ocultando el claro a la vista, pero nada de esa índole se evidenciaba. Ni siquiera los restos desperdigados de un campamento estaban a la vista.
- Ese idiota… - murmuró Eren antes de que su voz se desvaneciera.
Ya veía lo que Zeke quería que viera. El roble. Se imponía alto y vigoroso en el centro del claro, como un rey en su propio y reservado palco. No solo su altura destacaba sino que mientras que los árboles a su alrededor estaban desnudos de sus hojas por la estación del año, este brillaba con hojas nuevas y brotes de frutas en su punto. Era una rareza en un entorno donde las condiciones indicaban que era el tiempo de reposo de la naturaleza.
Eren no se molestó en buscar una razón lógica a la anormalidad. Ni siquiera la idea de que se tratara de una especie diferente y nueva que había dado por alguna eventualidad a parar allí rondaba en su cabeza. Desde la vez pasada, e incluso antes, sabía que había algo fuera de lugar en ese lugar.
Sí, ahora que la idea se había asentado sin remedio en su cabeza, le era fácil percibir el aura casi sobrenatural del lugar. Le daba la sensación de un lugar sagrado, casi un santuario...
- ¿Acaso este es su lugar de reposo? - se preguntó Eren de repente en voz alta.
Una brisa fría propia de invierno sopló a través del claro colándose entre su ropa aún humedecida por el sudor, haciéndolo estremecer. A pesar de lo inofensivo del lugar, tenía la urgencia de salir corriendo como había hecho la última vez que estuvo ahí. Temía lo que pudiera encontrarse.
Sacudió la cabeza para sacarse cualquier pensamiento innecesario de la cabeza.
Se acercó con pasos firmes hacia el roble, el grosor de este era inmenso. Eren calculo que se necesitaban al menos nueve personas con los brazos extendidos para rodear su tronco. Lo rodeó cuidadosamente en busca de algo que estaba seguro de haber visto la vez pasada.
Si, ahí estaba. Una grieta vertical a lo largo del tronco. El diámetro de esta línea no era más grande que cinco dedos y no se podía decir con certeza cuál pudo haber sido la causa de su aparición. La grieta llevaba mucho tiempo y sus bordes eran lo bastante irregulares para decir que hubiera sido producto de una cuchilla o algo semejante en su filo.
Pero lo que sí podía dilucidar Eren, era que al igual que el roble, la grieta había crecido desde la última vez. Había crecido junto con el roble al parecer. Y a pesar de que hace un momento había pensado que el lugar transmitía tranquilidad y sosiego, la grieta parecía emanar algo opuesto. Algo corrupto, casi podrido.
No del todo deseoso de hacerlo, acercó el rostro a la abertura.
Negro, no pudo ver nada. Eren se reprendió por no traer una linterna consigo antes de salir a desbandada de su hogar. La luz natural de la mañana parecía no alcanzar ese pequeño agujero. Con cierta incertidumbre, introdujo su mano en la abertura hasta la muñeca. No sintió nada, sólo vacío. Se subió la manga del abrigo hasta el codo e introdujo más el brazo dentro.
Primero hasta el codo, luego hasta el hombro.
Le sorprendió la profundidad de la grieta. Había supuesto que esta se había dado por algo externo, pero al parecer el daño parecía venir de adentro. Extendió el brazo, los dedos, intentando palpar los bordes. Pero, inexplicablemente no sentía nada, solo vacío. Podía rotar su brazo en amplios círculos y no se topaba con nada. Y estaba frío, muy frío. Como si la temperatura del interior fuera varios grados más baja que la del exterior.
No le dio buena espina, y la verdad, es que de esa manera no estaba haciendo nada. No es que como si esperara encontrar un interruptor o una palanca que desvelara una puerta secreta en el interior del roble.
Eren rodó los ojos por lo ridículo de sus pensamientos.
Tenía que pensar otra forma de desentrañar aquello, desde otro ángulo, otra postura. Pero al momento de retraer el brazo, se encontró impedido de hacerlo. No era que se hubiera atorado ni nada por el estilo, solo que su brazo no emergió cuando lo quiso. Estiró el brazo hacia arriba para intentar sacarlo por otro ángulo, pero, pesar de que sabía que ahí estaba la abertura de la grieta, su dedos, esta vez, toparon con un muro invisible.
Intento no entrar en pánico, pero era imposible. Claramente, algo había pasado, no se trataba de alguna torpeza de su parte. Simplemente no podía desprender su brazo del roble. Sus esfuerzos se vieron suspendidos cuando percibió, finalmente, algo inusual. La temperatura dentro del roble estaba bajando. A pesar de que el sol iluminaba el día en el exterior, el roble parecía estar congelándose a gran velocidad en su interior.
Sintió su brazo erizarse en reacción a la baja temperatura, sentía los dedos helados. Y de un momento a otro, su brazo dejó de estar suspendido en el aire vacío para estarlo en algo líquido. Maleable como el agua. Esperaba que fuera agua. Aún cuando podía jurar que el roble estaba repleto de liquido, nada se desbordaba por la grieta. Intentó vislumbrar algo a través de ella, pero como suponía, no pudo ver nada. Empezó a sentir dolor en el brazo por la helada temperatura.
Eren palpó con su otra mano sus bolsillos en busca de algo que fuera de alguna ayuda hasta que se congeló en el movimiento al sentir algo rozar su otro brazo. Algo liso se enrolló en su brazo. Y antes de que Eren pudiera hacer algo, el dolor lo invadió.
El claro empezó a dar vueltas a su alrededor y se hizo a cada giro más y más borroso hasta que desapareció. Cuando su cabeza dejó de dar vueltas y se atrevió a abrir los ojos, deseó no haberlo hecho.
Frente a Eren colgaba Carla Jaeger de cabeza. Sus brazos, piernas y cabeza colgaban sin vida mientras era acercada a las fauces abiertas de un titán.
Antes de poder siquiera gritar, el mundo volvió a dar vueltas de nuevo.
Esta vez, una niña con una banda distintiva de los eldianos de Marley estaba siendo devorada por una jauría de perros mientras unos tipos se regodeaban de sus gritos.
El mundo dio vueltas y esta vez, estaba presenciando la muerte de Marco, quien sin su equipo estaba suplicando, rogando, a Annie, Bertold y Reiner que lo ayudaran, pero estos no hacían el menor movimiento. Giro. Esta vez era Mike Zacharius. Giro. Erwin Smith. Giro. Nanabe. Giro. Petra. Giro. Ilse. Giro. Hannes… ¡Oh, Hannes! Giro. Giro. Giro. Giro…
Eren se desplomó en el suelo. Se sentía mareado. Cada vez que cambiaba el escenario lo recorría una ola de náuseas que le revolvía las tripas del revés. Estaba reviviendo las muertes de conocidos y desconocidos por igual, en cosa de segundos. No alcanzaba a recuperarse del impacto de una muerte cuando era lanzado a otra. Igual o peor de horrible.
En algún punto dejó de sentir, sus extremidades se volvieron laxas y sus ojos se opacaron con insensibilidad. Mirando sin ver. Escuchando sin comprender. Era la única forma de soportar aquel despiadado ataque psicológico.
…Giro.
Una niña. Su dedo en el gatillo de un arma de fuego. Su índice jalando el martillo. La bala salió del cañón largo en cámara lenta. El proyectil surcando el aire. Peligroso, mortal, hacia una castaña con coleta. La chica con coleta mirando con sorpresa a la niña frente a sí. No parece haberse percatado del proyectil que ya había sido disparado contra ella. El proyectil. Peligroso. Mortal. Letal…
Eren soltó un alarido de dolor que se transformó en uno de rabia. Sacudió la cabeza con fuerza hasta que golpeó el roble con ella. Explosiones blancas de dolor puro estallaron detrás de sus párpados. Temblando, pero en un momento de lucidez y fortaleza, agarró a la maldita cosa que lo sujetaba del brazo en su mano.
- ¡Suéltame de una jodida vez! - dijo Eren estrujando la cosa entre su puño con toda su fuerza y desprecio.
A ese punto, estaba dispuesto a arrancarse el brazo por pura voluntad. La cosa se estremeció entre su puño y, un momento después, el brazo de Eren fue expulsado del agujero. Aquello desconocido se deslizó fuera de su agarre. Cayó contra el suelo y como pudo, gateó, alejándose del condenado roble. Estaba dejando un rastro de sangre tras de sí, pues se había abierto la frente por el golpe de hace un momento.
Su visión empezó a hacerse borrosa e, inevitablemente, cayó sobre la nieve inconsciente. Agotado. Al punto del quiebre.
Cuando Eren volvió a despertar, no se encontraba sobre el manto de nieve en el que había caído, ni estaba dentro del agujero de un árbol como temía. El techo que estaba contemplando le resultó familiar. Supo que se encontraba en su casa al reconocer las pocas pertenencias a su alrededor, la cama en la que se encontraba. Sin embargo, en vez de sentirse a salvo, los nervios tomaron posesión de su cuerpo. No por el hecho de haber despertado en un lugar completamente diferente y distante del que había estado, sino porque escuchaba a alguien moverse en la cocina. Eren vivía solo.
Con sigilo se levantó, sacó una pequeña daga que mantenía en la mesilla de noche y con pasos silenciosos se dirigió a sorprender al intruso. A medida que avanzaba el sonido se aclaró para identificarlo como la cocción de algún alimento en la estufa. El olor a comida también llegó a él.
Por un momento, pensó en la posibilidad de que se tratara de alguno de sus amigos. O incluso Floch, que parece desvivirse por él.
Contrario a sus suposiciones, la persona que encontró fue alguien completamente inesperado. Se acercó con cautela por detrás de él y apoyó la punta de la daga contra la nuca de este.
- Un solo movimiento y acabas muerto. ¿Qué mierda haces en mi casa, Zeke?
Espero que se entienda la secuencia en este capitulo, lo revisé varias veces. Eren hizo su primer contacto con el susodicho roble, al que tanto misterio le he puesto desde casi la primera parte de esta historia, y pues, bueno, ahí vamos. Un saludito a los que siguen la historia y dejan reviews, me encanta saber que la historia genera interés. Sin extenderme más, nos leemos.
