XXII - HANGE

Hange se encaminó directamente a la academia de instrucción militar en Trost junto con los demás. Incluida su detenida Pieck. Su intención era encontrarse con Keith Shadis y advertirlo de la nueva ola de problemas que se les venía encima. Desde Stohess, desde Marley... Ya no estaban seguros.

- Deja de moverte, mujer - escuchó regañar Jean a Pieck.

Él había sido el designado para compartir su montura con ella. Sin embargo, en menos de veinte minutos de cabalgata, ella había empezado a revolverse en su sitio con incomodidad.

- No estoy acostumbrada a montar por largos periodos. Esto es tan rudimentario.

- A nuestra isla aún no llegan los carruajes que se movilizan por sí mismos. - intercedió Hange. Recordaba de su lectura del informe de exploración a Liberio, todas las novedades y máquinas autónomas con las que gozaba esa tierra extranjera. Ella con su equipo de investigación habían abierto varias líneas de experimentación para el desarrollo de varias de esas máquinas. Sin embargo, le había tocado abandonar o suspender la mayoría de sus proyectos, por obvias razones. - Pudimos recrear varios de esos carruajes…

- Automóviles - corrigió Pieck.

- …pero no pudimos dar con una fuente de energía que lo mantenga en marcha por un periodo razonable de tiempo.

- Quiere decir ¿combustible?

- ¡Exacto! - Hange chasqueó los dedos dándole la razón - Esos combustibles conocidos como petróleo o carbón, son inexistentes en esta isla.

- No lo creo. Solo tienen que cavar más. - Hange arqueó las cejas con curiosidad - Además, sabemos que tienen una fuente de energía alternativa muy peculiar. - esto último lo dijo dando una significativa mirada a los tanques de gas en sus piernas.

Las piedras explosivas de hielo, reconoció Hange. Estas son el tesoro patrio exclusivo de la isla. Y quizás, la única razón por la que no se atrevían a, simplemente, hundir la isla bajo su destructivo poder de fuego borrándolos de la faz de la tierra.

- ¿Crees que Marley quiera entablar nexos comerciales con nosotros? - preguntó Hange sin mucha fuerza. Sus anteriores planes de introducir la isla al mundo mediante aperturas comerciales se habían desechado hace mucho tiempo.

- Paradis es propiedad de Marley. - respondió ella en su lugar - Su reclusorio privado. Si disponían de la isla para deshacerse de la paria de la sociedad, bien podrían hurgar en ella para sacar lo que les interese sin necesidad de entablar algún tipo de vinculo con ustedes... Calma, chico. Te pusiste tenso - mencionó ella dándole una mirada por encima del hombro a Jean. Él solo apretó las riendas con sus manos y encajó la mandíbula sin responder.

Armin, que había estado prestando atención, abrió su boca para hablar.

- Piensas igual a todos los marleyanos que han venido a parar a la isla.

- Y al igual que todos, terminarás tragándote tus palabras - agregó Connie con un encogimiento de hombros.

- No dije nada que no fuera cierto - Pieck alzó sus palmas a sus lados - Independientemente de todo lo que piensen, para el resto del mundo es así.

- ¿Y cómo nos ve el mundo ahora? - Hange tomó la oportunidad para preguntar.

No sabía cuanto tiempo llevaría Pieck en la isla, pero esperaba que le diera alguna pista de Eren o de Willy, porque la verdad no sabia a donde se habían ido. O qué estarían haciendo. Pero al igual que había hecho antes cuando intentaron sacarle información sobre Marley, simplemente se recargó sobre el torso de Jean con una sonrisa somnolienta, negándose a dar respuestas. Jean la apartó de vuelta a su sitio.


- ¿Cómo es eso de que no se encuentra? - inquirió Hange cuando el par de aprendices que primero había interceptado en la academia le dieron razón sobre el paradero de Keith.

Ambos inmediatamente empezaron a tartamudear dando excusas poco claras. Hange levantó su palma en alto y se internó en los pasillos para dirigirse a la oficina de Keith por su cuenta. Los demás chicos fueron tras ella.

Cuando ingresó a la oficina efectivamente la encontró vacía, como le habían advertido. Pero su propósito ahora allí, era analizar hasta la más mínima señal de que algo estaba fuera de lugar.

Rodeó la oficina con paso lento y ojo avizor por cualquier detalle. Desde las estanterías con su libros perfectamente alineados, al escritorio desprovisto de cualquier documento a la vista. No había capa de polvo que diera indicación sobre el tiempo de desuso de la oficina, pero eso cualquiera lo podría arreglar haciendo una limpieza general periódicamente.

- ¿Desde cuándo está Keith ausente? - inquirió Hange a los dos aprendices que los habían seguido al interior.

- Esta mañana…

- Ayer, comandante…

Respondieron los dos al tiempo, nerviosos. Connie y Jean no les había despegado la mirada de encima. Hange se ubicó detrás del escritorio sin sentarse y estiró su mano para abrir la gaveta de este. Cedió fácilmente y reveló un montón de carpetas y documentos en su interior.

- Armin. La puerta - ordenó Hange a él ya que era el más cercano a esta. Armin los encerró a todos en la oficina al instante.

- Bien, chicos. - Hange se quitó las lentes y las limpió con el borde su blusa mientras un trueno resonó a lo lejos, en algún lugar - Tienen un minuto para decirme lo que saben. ¿Dónde está Keith?

Realmente no le gustaba jugar al papel de gánster con su gente. Más cuando solo eran un par de chicos de promedio quince años que no hacían sino removerse en sus sitios por el escrutinio y tragar duro. Pero Hange conocía las manías de Keith, al menos las manías que tenía hace años, cuando él era el antiguo comandante de la legión y ella apenas una novata. Si no hubiera tenido un prematuro enamoramiento por su comandante, al punto de fijarse en los pequeños detalles y acciones, quizás no le hubiera sido posible identificar lo que había advertido.

Además del hecho de que Keith nunca se ausentaba de su puesto en horas de trabajo, es un esclavo del trabajo, él nunca abandonaba su oficina sin asegurar con llave el contenido de su escritorio. Es muy quisquilloso con sus papeles. Y para probar que en serio había tenido una época de acosadora en su juventud, sabía de la pequeña alarma que él preparaba en su escritorio para asegurarse que nadie había intentado fisgonear entre sus cosas. La manija. Si está apuntaba hacia abajo significaba que no hubo intrusos en su oficina. De lo contrario, alguien lo estuvo.

¿O simplemente no tuvo tiempo de ponerlo?

Todos aquellos pequeños detalles faltaban y llamaban alarmantemente la atención de que algo andaba mal con Keith. Y dado los últimos acontecimientos…

Hange volvió a colocarse las lentes y cruzó los brazos sobre el pecho. A pesar de la tensión pesada del ambiente y de que se notaba su nerviosismo por la forma en que apretaban los puños a sus lados y miraban al suelo, ambos chicos mantenían la mandíbula firmemente apretada. No iban a hablar. Al menos, no por las buenas.

La frustración hizo saltar una de las cejas de Hange con un espasmo involuntario. Otro trueno resonó en el cielo, esta vez más cerca. Hange empezó a rodear el escritorio con la intención de zarandear o dar un par de cachetadas a los muchachos, pero se frenó al notar, esta vez, una serie continuada del estruendo seco producido por los truenos de una tormenta en su apogeo. A pesar de que el día estaba claro.

Su sonido era muy fuerte y se le hizo similar al producido por cualquier arma o artificio de fuego, como el que ocasiona las Lanzas Relámpagos al impactar. Se percató entonces de la postura de Pieck, de quien se había olvidado en todo el rato, y se alarmó. Tenía los pies separados y firmes sobre el suelo, como si fuera a saltar en cualquier momento. Y lejos de la anterior somnolencia, su mirada no podría estar más despierta y sagaz.

- Maldición - masculló Hange advirtiendo el candelabro a su cabeza traquetear.

Antes de que pudiera decir algo más, una sirena empezó a ulular con estridencia en el exterior. Una sirena de ataque. A eso le siguió un sibilante sonido de algo acercándose a gran velocidad a su posición.

- ¡Fuera todos! - exclamó Hange a los presentes.

Jean y Connie agarraron cada uno a un aprendiz del brazo, Armin corrió hacia Pieck y Hange se encargó de la ventana. Cuando atravesó a través de ella, llevándose en el proceso varios cortes pequeños en el rostro y manos, alzó el rostro al cielo justo a tiempo para ver lo que ocurría. Lo que parecían motas negras caían a gran velocidad del cielo y, más allá de estas, indistinguibles por el cielo nublado, la forma de inmensos dirigibles de guerra.

Antes de que Hange pudiera tocar el suelo, una de las motas negras, bombas, impactó en la academia. Hange y los demás fueron expelidos por los aires en un sin fin de volteretas. En su aparatoso vuelo por el aire, la cabeza de Hange chocó con algo y, sin poder evitarlo, perdió el conocimiento.


Entre idas y vueltas de la inconsciencia. Hange advirtió varias cosas.

Primero, su borrosa visión le permitió distinguir a varios cadetes en el suelo, malheridos y quejándose; y, a otros inmóviles en el suelo, mirando con desamparo a su alrededor y al cielo, el cual estaba invadido por el enemigo. En otro momento, le pareció ver a Keith, andrajoso y con signos de maltrato, levantando a cada cadete por el brazo y llamándolos a la batalla mientras llevaba un rifle en la mano.

Volvió a vencerla la debilidad, y cuando volvió a abrir el ojo, notó que las motas del cielo eran ahora mucho más diminutas y se asemejaban a pequeñas figuras humanas lanzándose desde los dirigibles. Sobrevolando con paracaídas y armados hasta los dientes. Intentó incorporarse, pero sus brazos se doblaron y volvió a desmayarse.

La siguiente vez, no pudo siquiera abrir el ojo, pero escuchó el caos que se desataba a su alrededor. Disparos, metralla, soldados utilizando el EM3D, y entre todo el bullicio del fragor de una batalla, le pareció oír las voces de los chicos del escuadrón de Levi trabajando en conjunto y peleando. Lo que después advirtió su oído fueron misiles accionándose, su trayectoria yendo en diversas direcciones y tronando en diversas partes, incluso en el cielo. Algo pesado se desplomó con estrépito en algún lugar...

En ese pobre estado, Hange se sintió desesperada al encontrarse incapaz de realizar ningún movimiento o de poder hablar. De alguna manera, estaba consciente de la situación y de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Podía escuchar, oler o percibir sensaciones táctiles. Pero no podía ordenarle a su cuerpo que reaccionara y se levantara.

La invadió la angustia. Tenía que despertar.

Despierta. Despierta. Despierta. Despierta…


Hange despertó con un sobresalto, sus piernas estirándose con un espasmo y su ojo abierto de par en par. Enseguida supo que había vencido esa ridícula batalla con su subconsciente y que tenia nuevamente el control sobre su cuerpo. Se incorporó con cuidado, percatándose vagamente del dolor en un hombro y las otras pequeñas heridas en su cuerpo por la mala caída. Había quietud en el ambiente, al menos, de la que decía que una batalla de fuego cruzado no estaba aún en su apogeo. Y estaba oscuro.

Varios mechones de su cabello se habían salido de su coleta y colgaban desmarañados a los lados de su rostro. Había caído bastante apartada de la academia, entre el follaje. Quizás por eso nadie la había advertido. O ni siquiera habían tenido el tiempo para buscarla.

Caminó un par de metros y escuchó un débil gemido proveniente de debajo de unos escombros.

Se acercó allí para inspeccionar. Había un cadete con las piernas atrapadas bajo una gran losa de cemento.

- ¡Ey, ya te vi! Te ayudaré, chico. - El chico solo respondió con más gemidos de dolor.

Hange miró a su alrededor en busca de alguna herramienta que le pudiera ayudar en el rescate. Afortunadamente, encontró una varilla de hierro entre los escombros. El esfuerzo fue difícil, su hombro protestó durante el proceso, pero logró liberar al chico del peso.

- Vas a estar bien - le dijo Hange apoyando al chico contra una roca.

- No siento las piernas - chillo él con angustia.

- Tranquilo, tranquilo. Debe ser el shock - calmó Hange mientras palpaba suavemente que no hubiera un hueso salido. Su fugaz revisión le dijo que todo parecía en orden. Solo uno de sus muslos empezó a sangrar profusamente al retirarle un pedazo de metal enterrado. Hange le hizo un torniquete con su chaqueta sacándole unos quejidos de dolor al muchacho - Iré por ayuda, ¿está bien? No te muevas de acá.

Hange corrió al tiempo que verificaba que los controles de su EM3D estuvieran en condiciones. Pasó al vuelo valiéndose de los árboles y las estructuras que aún quedaban en pie.

Poco a poco notó las pequeñas patrullas de rescate auxiliando a los heridos desperdigados por doquier. Se acercó al grueso de los soldados y desde su altura pudo identificar el cerco de seguridad que habían formado alrededor de diversos soldados de uniforme enemigo quienes se mantenían con brazos y piernas atadas. Marleyanos.

Pero lo que acabó llamando finalmente su atención es que, más allá de ese espectáculo de rehenes, había un coro de diferentes soldados de las ramas del ejército de las murallas, expectantes y tensos de algo que ocurría fuera de la vista de Hange.

Con curiosidad, se acercó hasta detenerse en un tejado cercano y observó la escena.

- …¡Ustedes la trajeron! - vociferó un soldado desconocido agarrando a Pieck del cabello - Tenemos testigos de que se les vio viajando con ella desde Shiganshina.

Las personas a las que acusaba el soldado eran Jean, Connie y Armin, quienes estaban siendo apuntados con rifles por varios de sus camaradas para alarma de Hange. El aspecto que ofrecía los tres era desgastado y malherido, con diversas manchas de sangre seca en los ropajes pero aún en pie. Como si se hubieran pasado las últimas horas en el frente de batalla. Tal vez así ha sido.

- No es lo que piensas… - intentó excusarse Jean tratando de calmar al tipo.

Por su parte, Connie miraba con resignación las empuñaduras sin cuchilla en sus manos. Las cajas de sus cuchillas en sus muslos estaban vacías y la carcaza donde se ubican los tanques de gas también lo estaba. Al mismo tiempo, Armin estaba girando lentamente sobre sí, observando la lamentable y desventajosa situación en la que se encontraban.

Como un azar del destino, su mirada pareció conectar con la de ella y en una acción, casi inconsciente, casi imperceptible, negó con la cabeza hacia ella y siguió girando hasta finalmente encarar al tipo que aún discutía con Jean.

- Termina lo que viniste a hacer y deja de ocupar a esta gente para que vayan a auxiliar a quienes lo necesitan. - hizo un ademán con su mano para abarcar a todos los soldados que los rodeaban. A todo el batallón que estaba desplegado solo por ellos tres.

El tipo alzó la barbilla, decidido, y se aclaró la garganta.

- Quedan detenidos. Hasta nueva orden. ¡Llévenselos!

Hange se mordió el labio en impotencia mientras los chicos eran arreados lejos del lugar. No podía hacer nada por ayudarlos, no sola. No contra un destacamento de soldados. No cuando su autoridad ya no pesaba. Porque la señal de Armin había sido clara. Estos no son sus camaradas, son Jaegeristas. Y debido a las circunstancias, este es su movimiento para tomar control sobre ellos. Para tomar el control en Trost.

Hange repentinamente se sintió expuesta, el más mínimo reconocimiento que hiciera cualquier persona hacia ella y desencadenaría la alarma que conduciría a su captura y aprehensión. No lo podía permitir.

Furtivamente, Hange se escabulló en su camino hacia muros interiores. Necesitaba ayuda. Necesitaba de la ayuda de Levi.


¿Y ahora quien podrá salvarnos? Jaja. Oigan, yo leí una vez un dato curioso que decía que hace tiempo el crush de Hange fue Keith Shadis, ¿lo sabían? ¿lo confirman? Bueno, pues le saqué provecho a ese dato en este capitulo. Un saludo a todos los que leen y comentan. Los aprecio mucho. Nos leemos.