Capítulo 25
Itachi iba a buscarla esa misma noche, porque si no lo hacía, su sentido común y su cordura se iban a ir al traste. Tantos años siendo cauto, tantos siglos manteniendo el control y aprendiendo a tener paciencia, y su chica de ojos grandes, y verde eléctrico, lo había echado todo a perder. Para él había sido muy duro estar todo el día con ella y no poder decirle nada, a excepción de un «Hola» mental que le había comunicado después de salir de la Habitación del Hambre. La contestación de Sakura había sido igual de escueta, acompañada de un tono dulce y una media sonrisa: hola.
Y no se habían dicho nada más, a excepción de las cinco o seis veces que se habían cruzado las miradas, hecho que había sorprendido a ambos.
¿Podría el fuego ser de color verde? Itachi estaba convencido de que sí.
Y él estaba convencido a morir en sus llamas esmeraldas. Salió de la ducha y se miró en el espejo. Todavía no había arreglado la barra metálica de la pared, la que había arrancado Sakura después de hacerlo como locos bajo el chorro de agua. No lo iba a arreglar a no ser que ella se lo pidiera, y para eso, Sakura tenía que estar con él, a su lado.
Estaba decidido a escucharla, a darle esa oportunidad. Sakura parecía sincera cuando negaba lo de Aodhan, pero en ese momento su chica podría haberle dicho que era pelirosa y tenía un nudo perenne en la parte trasera del hombro, y tampoco la habría creído. Los celos surgen de la vanidad y él había sido vanidoso con Sakura. Pero no lo sería más. La escucharía, aceptaría lo que fuera que le dijera y después de eso, los dos decidirían cómo afrontar su problema, pero lo harían los dos juntos.
Se peinó el pelo y se lo echó todo hacia atrás hasta que el peine se trabó en una trenza que él tenía bajo el nacimiento del pelo de la nuca. Era una trenza muy delgada, pero, era especial y poderosa. Siempre pensó que si le cortaban esa trenza, se le irían todas las fuerzas, como el mítico Sansón.
Salió del baño con una toalla en la cintura y entró en su habitación. Escogió una camisa blanca ajustada y unos pantalones negros de pinzas. Quería estar guapo para ella. Se puso unos calzoncillos Gucci negros y los pantalones. Querías sumar todos los puntos posibles para que su reencuentro y la resolución de sus problemas llegaran a un buen puerto. Decían que los celos se nutren de dudas y que la verdad dos deshace o los colma.
Esperaba que Sakura deshiciera todas sus dudas.
Se levantó para ponerse la camisa, hasta que escuchó los acordes del piano de su salón.
Sakura entró al ático de Itachi por las puertas del balcón. Y lo hizo silenciosamente, de puntillas, como una ladrona. El vanirio tenía la mala costumbre de dejar la terraza abierta. Escuchaba el sonido constante del agua caer. Itachi debía estar en la ducha y pensar en ello le llevo a la barra metálica. ¿La habría arreglado? Seguro que lo había hecho si lo que quería era olvidarse de ella. Estaba en su casa, en su territorio, y lo hacía sin permiso, sin haber sido invitada, pero también sin vergüenza y sin remordimientos. Pasó un dedo por la chimenea de piedra blanca caliza que resaltaba en el comedor. Se presentaba ahí con miedo, eso sí. Con miedo a ser rechazada, y con la duda de cómo reaccionaría Itachi al saber la verdad de todo. Ella ya no se sentía culpable. La culpa por perder a su hijo la había hundido en la oscuridad todos esos años, pero hablar con sus amigas y liberar el secreto también le había dado libertad. En una esquina del salón había un piano Schimmel modelo Pegaso, de forma ovalada, sin esquinas, que estaba situado estratégicamente frente a una cristalería de vértigo en que podías ver a Anteros, la estatua guardiana de Piccadilly. Aquel piano era increíble, pero Itachi lo había cambiado. Antes tenía uno negro de corte clásico, y ahora tenía ese, más moderno. Era igual que el que tenía ella en su casa, en su habitación del relax, como ella la llamaba.
Ahí se desfogaba, se arrullaba con el manto de la música, y se desahogaba con las letras y las melodías, que para ella eran una forma de expresión tan válida con las palabras. Sus pies adquirieron vida propia y caminaron hasta el Pegaso. Se sentó en la butaca blanca que iba pegada a su estructura y subió la tapa para descubrir las teclas. Y entonces, por arte de magia, se relajó, como si al lado del piano pudiese ser ella misma. Itachi no la había escuchado jamás tocar el piano, ni ningún instrumento.
«Cuantas cosas nos hemos perdido, príncipe», lamentó. No obstante, los lamentos ya no tenían lugar en su corazón. Al día siguiente irían todos a luchar. Nadie se creía que Kakazu y Hidan jugaran limpio, ni que allí no habría una encerrona por parte de vampiros y lobeznos. El encuentro tenía cebo, y nadie obviaba ese detalle. Al día siguiente podrían pasar muchas cosas, y sólo les quedaba el hoy, el ahora. Decían que el pasado ya se fue, el futuro no existe y que el hoy es un regalo, por eso se llama «presente». Eso era lo único que debía valorar, lo único que Itachi y ella tenían ahora, así que decidió aprovecharlo.
Sus dedos empezaron a tocar unos acordes, los acordes de una canción que desde que la había escuchado por primera vez la había hecho suya. Le encantaba Beyocé, y su Broken hearted girl se había convertido en su bandera, parecía que la habían escrito para ella. Así que decidió cantarla porque era una expresión de amor hacia el hijo que no había nacido y hacia el hombre que amaba y que nunca había podido tener.
Yu're everything I thought you never were,
And nothing like I thought you could've been,
Bust still you live inside of me
So tell me how is that
You're the only one I wish I could forget
The only one I love to not forgive
And though you break my heart
You're the only one.
Eres todo lo que pensé que nunca serías
Y nada de lo que pensé que podrías haber sido
Pero sigues viviendo en mí
Así que dime ¿Cómo puede ser?
Eres el único al que deseé poder olvidar
El único al que amé y no perdoné
Y aunque rompiste mi corazón
Eres el único.
Itachi estaba absorto en la belleza que desprendía el alma de Sakura mientras cantaba a capella, sentada en su piano. Un piano que había comprado y recuperado para ella. Llevaba un vestido verde oscuro de manga larga con los hombros descubiertos, con un cinturón ancho negro que rodeaba su cintura. Era elegante. Era una diosa para él. Tenía el pelo recogido, a un lado, y le caía como cascada por encima del hombre izquierdo, dejándole la garganta al aire libre. La voz de Sakura era muy personal, algo ronca y a la vez tan sexy tan dulce que hacía que dudase de que si algún hombre además de él la escuchara, lo volvería loco. Como las sirenas a los marineros, lo llevaría contra las rocas. Pero a él no lo llevaba contra las rocas, a él lo llevaba hasta ella. ¿De qué hablaba aquella canción? ¿De que no quería ser la chica del corazón roto? Itachi se emocionó y tuvo que esforzarse para tragar el nudo que tenía en la garganta. Estaba a un metro de ella y sin poder evitarlo sus rodillas cedieron y se encontró sentado sobre sus talones, delante de aquella esplendida mujer.
Ad thought there are time when I hate you cause
I can't erase the times that you hurt me
And put tears on my face
And even now while I hate you
It pains me to say I know I'll be there at the end of the day
Aunque hay momentos en los que te odio
Porque no puedo borrar las veces que me heriste
Y pusiste lágrimas en mi cara
Y aun así, ahora mientras te odio, me duele decirte
Que sé que estaré ahí al final del día.
Él también quería estar al final del día, ahí, para ella. Y si le había hecho daño, y había hecho que llorara tantas veces, él se pondría de rodillas para pedirle perdón. Joder, sólo quería saber la verdad.
I don't wanna be without you babe
I don't want a broken heart
Don't wanna take breath without you babe
I don't want to play that part I know yhat I love you, but let me just say
I don't wanna love you in no kinda way,
No no
I don't want a broken heart
I don't wanna be the broken hearted girl.
No quiero estar sin ti, nene
No quiero un corazón roto
No quiero respirar sin ti, nene
No quiero jugar así
Sé que te quiero, pero déjame decirte
Que no quiero quererte de ningún modo
No quiero un corazón roto
No quiero ser la chica del corazón roto.
Sakura le miró a los ojos y no pudo seguir cantando porque verle ahí, tan hermoso a la luz de la noche, con el pelo mojado como un niño bueno, y arrodillado ante ella, la acongojó. Itachi tenía un rostro bello y dulce. Tragó saliva y miró las teclas del piano.
—Sigue cantando, por favor —le pidió.
Ella negó con la cabeza; el puño que estrujaba sur cuerdas vocales no se lo permitía, y aun así, seguía tocando los acordes de aquella bella canción, como si se tratara de la contraseña secreta de una caja fuerte que contuviera los secretos de su corazón. Ella la abriría para él, y si él no la entendía o si la rechazaba, entonces, como mínimo, lo habría intentado.
—¿De qué habla esa canción, mo leanabh? —preguntó emocionado—. ¿Habla de ti? —Itachi cogió la butaca en la que ella estaba sentada y la giró hacia él, para tenerla cara a cara, para que Sakura no se escapara nunca más. Se acercó tanto a su cuerpo que sólo les separaban unos centímetros y muchos secretos por revelar y la encarceló entre sus brazos.
—De mi corazón roto, mo Itachi —alzó la cara hacía él y sonrió con tristeza, como si no hubiera más remedio—. Habla de mi corazón roto.
Itachi sintió una punzada de frió y de temor en el estómago. ¿Qué era lo que Sakura no le contaba?
—Sakura, necesito saberlo y necesito saber la verdad: ¿quién es Aodhan?
Los hombros de Sakura se estremecieron y miró hacia todos lados, nerviosa, como intentando escapar, pero los ojos oscuros de Itachi no la dejaban.
—Estoy aquí. Mírame. —Le tomó la barbilla.
—Aodhan era... —Apretó los puños contra el vestido y se mordió el labio para mantener a raya el sollozo roto que pugnaba en su garganta—. Aodhan era tu...Tu hijo.
Itachi clavó los dedos en la piel del sillín y demudó la expresión. Un mechón de pelo negro húmedo cayó sobre su ojo derecho. Sakura no se atrevía a tocarlo para que él no viera cómo le temblaban las manos.
—La noche que estuvimos juntos como humanos... me dejaste embarazada. Al día siguiente nos transformaron, ¿recuerdas?
—Sí —musitó sin vida.
—La noche después de la transformación, Aodhan empezó a hablar conmigo. No era nada, era sólo un grano de arena en mi vientre, pero tenía un alma grande y pura y él se podía... Se comunicaba conmigo. Era un bebé... Especial.
—Continúa —susurró.
Sakura no podía verle bien la expresión de los ojos, a oscuras parecían dos pozos negros que la miraban con un brillo acerado.
—A mí me hubiera gustado estar en contacto mental contigo, y explicártelo todo, pero tú y yo no éramos pareja según el rito vanirio y no teníamos ese vínculo. Nos separaron inmediatamente después de darnos los dones y no pudimos...
—Sigue —la apremió.
Sakura dio un respingo, nerviosa.
—Llegaste con Delta a los tres días; me sentí traicionada, como si me clavaras un puñal en el pecho... Ya sabes lo mal que lo pasé al respecto. Decidí no hablarte nunca más de él, Itachi. El único que me mantuvo con vida esos días en los que tú compartías tu tiempo con Delta fue Aodhan, él me salvó de volverme completamente loca.
—Delta se fue a las tres semanas —aclaró Itachi—. ¿Y después?.
—Pero tu traición viviría en mi para siempre —replicó ella—. Mi rencor no desapareció con ella. Tú estabas ahí, cada día... Yo no podía estar cerca de ti, te odiaba tanto... —Recordó avergonzada—. A las cuatro semanas sufrí un aborto espontáneo, Itachi. Perdí al bebé. Yo le pedí, le rogué que no me abandonara, que era lo único que tenía, que lo quería...
—Is caoumh lium the, Aodhan —Itachi repitió las palabras del sueño de Sakura, como si estuviera a kilómetros de distancia de aquel salón, como si se alejara de ella.
—Eso fue lo que escuchaste mientras soñaba. No se trata de otro hombre, no se podría tratar nuca de otro hombre, Itachi. Se trata de una parte de mí y de ti, que yo... Que yo amaba con locura. Una parte que perdí. Que... —se miró las manos como si todavía las tuviera manchadas de sangre—, se me escapó de las manos.
Después de esa confesión, todo a su alrededor se sumió en una calma absoluta. La calma que precede a la tormenta.
Itachi se levantó. Los mechones de pelo azabache, que en la oscuridad parecían azulados, le cubrían la cara. Se quedó delante de ella, estudiándola desde las alturas. Tenía los puños apretados a ambos lados de las caderas, el musculoso torso en tensión y respiraba como si hubieres hecho un gran esfuerzo.
—Y en todo este tiempo, Sakura, ¿no pudiste contarme que hicimos un hijo llamado Aodhan?
Sakura levantó la cabeza, asustada ante la postura agresiva de Itachi.
Se puso de pie como él y alargó las manos para tocarle la cara. Itachi se aparto y le dio la espada.
—Itachi, por favor... —¿Se cumplirá lo que más temía? ¿Él la repudiará por su secreto, por haber perdido a su hijo?—. No podía hacerlo. No quería decírselo a nadie, porque...
—¡Yo no soy nadie! —gritó y sus ojos negros se enrojecieron—. ¡Yo era su padre!
Sakura se tapó la cara con las manos, sin disimular lo inquieta y lo nerviosa que se sentía. No quería perder a Itachi por esa revelación, quería recuperarlo.
—¡Y no soy nadie! —repitió de nuevo, gritando más alto.
—¡Lo sé! —Se apartó las manos de la cara y no ocultó ni las lagrimas ni la desesperación— ¡¿Crees que no lo sé?! Siempre has sido alguien para mí. Siempre. Incluso cuanto te odiaba, yo... Te quería. Te mentí y me engañé a mí misma... porque incluso sintiéndome tan dolida contigo, te quería. Yo te quería. Pero tenía miedo. Itachi. ¡Tenía miedo!
—¡¿De qué?! ¡¿De mí?!
—Temía que si te lo contaba, entonces, nunca jamás me querrías. ¡Tenía miedo de que me culparas por la muerte de Aodhan! ¡Porque yo siempre me sentí culpable de ello! ¡Si me hubiese centrado en lo mucho que lo amaba, si hubiese cedido y te hubiera perdonado para al menos alimentarme y que él creciera bien, si yo hubiera sido más fuerte, más sana! —Las lágrimas caían como gotas de lluvia sobre el parqué, pesaban tanto que ni se deslizaban por las mejillas—. ¡Si simplemente hubiera decidido creerte cuando me buscabas y me pedías perdón! No ha sido fácil para mí vivir así, con la culpa, con mi corazón machacado. ¡¿No lo entiendes?! ¡Me asustaba decírtelo en voz alta, me asustaba no decirlo! Temía que si te lo explicaba, con el tiempo podría olvidarlo. Y no quería olvidar a Aodhan, porque olvidarle a él suponía olvidar todo lo que tú y yo habíamos compartido. Y no quería olvidarte Itachi —sollozo—. Sí —Alzó la barbilla, desafiándole a que se riera de ella—, soy la chica del maldito corazón roto. Perdí al hombre que amaba, y perdí al hijo del hombre al que amaba. No fui buena para ninguno de los dos. Pero quiero una segunda oportunidad, quiero que me la des y si eres tan idiota como para no hacerlo, entonces es que los dioses y el caprichoso de Cupido llevaban un buen pedal cuando nos dieron con sus flechas. Si eres tan idiota como para rechazarme, entonces, es que no me mereces. Pero no me digas que no —le rogó llena de humildad—, no me lo digas o... No me rechaces o me romperé en pedazos.
Sakura se limpió las lágrimas con el antebrazo. Itachi seguía mirándola a través de sus mechones azabache, con aquellos ojos de depredador inteligente y excitado por la caza. Ella no soportaba que la juzgaran, no aguantaba estar delante de él. Ya había dicho lo que tenía que decir, y el hombre no reaccionaba.
—¿No vas a decir nada? —susurró llena de vulnerabilidad.
Itachi seguía sin contestar. Desalentada como estaba, no confiaba en que él la aceptara, que la quisiera. Avergonzada. Se pasó de nuevo el dorso de la mano por la mejilla y apartó la mirada.
—Lo siento... —murmuró, dándose por vencida—. La vida no ha sido justa con ninguno del os dos... Desde el principio nos lo han puesto difícil. —Entumecida e insensible, con el alma fundida como una bombilla, se giró para agarrar su chaqueta y lamerse las heridas en otro lugar donde él no la viera.
Pero de repente, Itachi agarró todo el manojo de pelo rosa que había sobre su hombro y cerró sus dedos sobre él.
Sakura quedó con la cabeza inclinada a un lado, mirándolo a través de sus pestañas. Aquella proximidad le dio pánico.
Sus ojos de mujer eran una línea verde retadora. «¿Qué vas a hacer?», preguntaba. Si él la tocaba para luego desecharla, o sólo para castigarla, se derrumbaría. Se caería por el precipicio y no podría aflorar a la luz nuca, nuca más.
Itachi la atrajo hacia sí de un tirón, con dureza, y le echó la cabeza hacia atrás. La explotaron los colmillos en la boca cuando ella le puso las palmas de las manos sobre el pecho desnudo.
—Tú de aquí no te vas —susurró con rabia—. ¡Nunca volveré a dejarte marchar! Se acabó el huir como una niña, ¿me has oído? Eres mía y quiero a una mujer a mi lado, una como la que acabo de ver, que se ha plantado delante de mí y me ha puesto en mi lugar. ¿Tenemos problemas? Pues si los tenemos nos quedamos, no huimos. Grítame, pégame, hazme lo que quieres, pero no te vayas nunca más. Jamás vuelvas a alejarte de mí.
Sakura no sabía qué decirle, no sabía qué hacer. Itachi parecía un gigante en ese momento. Tan alto, tan grande y ancho... Con tanta piel por todos lados.
—Esto escapa a mi control, Itachi... —Sacudió la cabeza violentamente—. Siento que he arruinado tu vida, y también la mía y la de nuestro...
—No te culparía jamás por perder a mi hijo, Sakura. Estoy enfadado por ocultármelo, por eso sí. Odio que no me hayas contado nada. Odio no haber estado ahí cuando lo sentías en tu interior, no haberte acariciado y abrazado, no habernos protegido. Odio que no veas lo mucho que te necesito. Tanto, Sakura, que hasta me duele.
—Itachi —gimió poniéndole la mano en la mejilla—. Itachi...
—Chist, mo ghràidh —dijo con brusquedad, inclinándose para mirarla a los ojos, a la misma altura—. Odio haberte roto el corazón tantas veces, y no soporto que hayas sufrido en silencio la pérdida de Aodhan. Pero, ¿sabes qué es lo que más odio?
—¿Qué? —preguntó entre lágrimas, sus piernas flaquearon.
—Odio que no luches por mí un poco más —la sacudió ligeramente.
—¡Estoy cansada! Me da miedo seguir sintiendo este dolor...
—¡Te he esperado toda la vida! ¡Siempre! ¿No lo ves? Por muchas locuras que has hecho nunca he dejado de quererte, por eso me revienta que quieras irte y dejarme aquí solo, de nuevo. ¡No renuncies a mí, Sakura! ¡No renuncies a nosotros!
—¿Quieres..., quieres quedarte conmigo? No me mientas, por favor. No juegues conmigo. —Le pidió, sin podérselo creer. Era demasiado bueno para creerlo.
—¿Tú qué crees, pantera? Me mata haber pasado dos mil años sin oírte cantar. —La acercó contra su pecho. Sakura le echó los brazos al cuello y hundió su cara en su pectoral, llorando como una descosida, con sollozos desgarrados, con palabras atropelladas de disculpas y de perdón.
—Perdóname, Itachi. Perdóname, por favor... Por todo —le pidió hundiendo los dedos en su pelo y acariciando su nuca hasta que se le enredaron en un mechón un poco más grueso.
¿Cómo no iba a perdonarla? Ella era su única verdad, lo único que daba sentido a su existencia. Era la dueña de su corazón.
—Todo perdonado. Perdóname tú a mí —se inclinó sobre su boca y rozó sus labios con los suyos.
—Si. Te perdono, mo priumsa —Echó el cuello hacia atrás y dejó que Itachi fuera expeditivo con su garganta—. Espera... ¿Qué tienes..., qué es esto? —tomó la trenza con la mano y la acercó para inspeccionarla.
Itachi sonrió y las mejillas se le enrojecieron.
—¿Qué es? —susurró, sorprendida al ver que su vanirio se sonrojaba como un bebé.
—Cuando eras pequeña, me decías que querías que llevara algo tuyo —Sakura lo escuchaba con atención—. Te cortaste un mechón de pelo e hiciste una trenza, ¿recuerdas?
Sakura miró la trenza de Itachi. Tenía mechones rosas y negros entrelazados. Nunca se había dado cuenta de ello. La tenía tan oculta que jamás la había visto. Los ojos se le llenaron de lágrimas, para variar.
—¿La has llevado todo este tiempo?
—Te he amado todo este tiempo, Sakura.
Oh, sí. Iba a luchar por él hasta su último día de aliento. Se lanzó a por su boca, a besarla, morderla, lamerla y succionarla. Aplastó sus labios contra los de él, buscando el calor y el refugio del amor verdadero, del perdón. Se recreó con los labios del vanirio y con su lengua.
Itachi la apoyó en el piano, desesperado por sentir su piel y por demostrarle con su cuerpo todo lo que las palabras no lograban a alcanzar, pero, al ser una superficie tan lisa y tan redonda, el cuerpo de Sakura resbalaba hacia abajo.
Algo explotó en ella ante esa declaración. Su corazón daba saltos d alegría, su piel empezó a brillar como si naciera a una nueva vida. Los pechos le dolían y no soportaba la sensación de vacío entre las piernas. Le ardía.
—Itachi... —Llevó las manos a sus entrepiernas y dejó la palma ahí, esperando a que cediera el dolor.
—Oh, joder, Sakura... —Él no dejaba de mirar cómo ella se cubría el sexo con la mano. Se quitó los pantalones y se quedó en calzoncillos negros—. Eso es, tócate.
Sakura negó con la cabeza y se mordió el labio.
—No... Es que... No lo aguanto. Me arde.
Itachi la miró de arriba abajo. ¿Sería posible? ¿Podría ser que después de liberar secretos y declaraciones, después de perdonarse, los dioses hicieran la suya? Sonrió victorioso, entendiéndolo todo. El comharradh, el nudo, la marca de los dioses. Los iban a marcar, a vincular definitivamente como pareja. Al entenderlo, el sanador sintió algo en la parte baja de su vientre. Como una quemadura. Itachi desvió la vista hacia abajo.
Increíble.
—Eres mía, nena. Prepárate para calmar los dos mil años de ansiedad que me has hecho pasar.
La cogió en brazos y dejó que Sakura se apoyara en él y apretara las piernas con fuerza. La chica dio un lametazo a aquella garganta tan varonil, y antes de que él llegara a la habitación ya le había clavado los colmillos y bebía sensualmente, sorbiendo con delicadeza, como drogada de deseo. Itachi se apoyó en la pared hasta que ella dejó de beber. Se moría de gusto sentir los colmillos de Sakura penetrando en su piel.
La dejó sobre la cama. Le quitó el vestido, mientras ella lloriqueaba desesperada por tenerlo a él bien dentro.
—Itachi, ghon e mi gu dona —murmuró contra la colcha, dando vueltas sobre sí misma.
Ghon e mi gu dona: en gaélico significa: «Me duele mucho».
—Lo sé, pantera. Relájate, haré que te guste mucho. — Le quitó los zapatos y las medias. Palpó el vendaje que todavía tenía sobre el muslo y se lo quitó con delicadeza. Las incisiones de las garras todavía eran profundas aunque poco a poco cicatrizaban. Con cara de arrepentimiento se inclinó sobre él y precedió a besarle cada corte y cada moratón de aquella piel maltratada.
—Itachi... —Los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas ante aquel momento tan conmovedor. Sentía su boca ardiente, besando y lamiendo cada incisión.
—Debería haberte curado... —le pasó la lengua en el corte más profundo, esperando que la saliva cicatrizara y desinfectara la herida.
—Estoy bien.
—Calla, nena, déjame sanarte —después de prestar atención al muslo, la incorporó un poco para desatarle el sostén y la puso boca arriba, de cara a él—. Desnuda, amor. Así me gustas. ¿De quién son éstas? –preguntó, mientras cubría sus pechos con sus manos y los masajeaba—. ¿De quién?
—Tuyas, Itachi, no puedo más...
—No, no. Vas a aguantarlo, guerrera —Se colocó sobre ella—. Me las voy a comer.
El pelinegro, que estaba hambriento, rodeó un pezón con la lengua y lo torturó durante minutos hasta que estuvo duro y muy hinchado. Luego, abrió la boca sobre el otro pezón y empezó a mamarlo con fuerza. Lo mordía, lo lamía, lo succionaba y luego vuelta a empezar, hasta que estuvo tan hinchado como el otro. La joven temblaba y se rozaba contra la entrepierna del vanirio, excitada y tan estimulada que el simple roce de la piel la lanzaría al orgasmo.
—Tu cuerpo, Sakura. Cada centímetro —descendió con la boca abierta por todo su estómago, sin dejar de mirarla— de piel, de curvas —lamió los huesos de las caderas y los besó con adoración—. Cada rincón —hundió la lengua en el ombligo y sonrió cuando ella soltó un gritito—, rosa y tierno —coló los pulgares en sus braguitas y las deslizó hasta sacárselas por los pies, dejándola tan desnuda como una venus—, es para mí. Abre las piernas y enséñame eso que tienes ahí.
Sakura asintió, hipnotizada por la voz de su cáraid. Abrió las piernas para él, y le enseñó todos los secretos. Itachi se llenó de amor por ella y ella no sintió ninguna vergüenza al mostrarse ante él. El vanirio colocó los hombros entre sus piernas, obligándola a abrirse por completo. Sakura arqueó la espalda al sentir el aliento de su hombre en aquella parte tan íntima.
—Eres preciosa...
Bajó la cabeza y se dio un festín con ella. La abrió más con los pulgares y empezó a lamerla por todos lados. De arriba abajo, de adentro hacia afuera. Sentía sus estremecimientos y cómo su vientre se ponía en tensión; las piernas le temblaban pero él no permitía que las cerrara. Metió la lengua en su interior y recogió todo lo que Sakura tenía para darle. Luego pasó la lengua de arriba abajo y torturó el botón de placer, hinchado y rojo que se levantaba para él. Itachi lo tomó entre los labios.
—¡Itachi, me muero! –gritó Sakura agarrándolo del pelo negro.
Él se echó a reír entre sus piernas y alzó la mano para ponerla sobre su vientre.
—Mía, Sakura.
—Sí, sí...
Itachi levantó la mirada hacía ella. Sus ojos negros brillaron maliciosos. Sakura lo miró a su vez. Su sanador de anchos hombros, parecía un guerrero conquistador, ahí, entre sus piernas. Le dio un lametón lento y pecaminoso de arriba abajo, sonrió y los colmillos aparecieron entre sus labios.
—¿Qué vas hacer? —susurró Sakura sin fuerzas.
Itachi abrió la boca; con los brazos la acercó más a él y le puso las piernas sobre los hombros y entonces, lanzándose a por la comida, la mordió.
A Sakura le faltó el aire y se olvidó de hablar y respirar, se olvidó de pensar y de todo lo que no estuviera relacionado con lo que Itachi le estaba haciendo. Dolía y a la vez... ¡Por todos los dioses! ¡Era lo mejor que le había hecho nunca! Se mordió el labio y alzó las caderas hacia él, entregándose por completo. Se agarró a su pelo y permitió que él bebiera todo lo que quisiera. Cuando se detuvo, dio un último lametón para cerrar las incisiones, y la besó dulcemente mientras ella era víctima de múltiples espasmos orgásmico que recorrían su cuerpo sin compasión.
Itachi se colocó encima y... ¡Zas! Sakura lo tumbó sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre él. Si se creía que ella iba a permanecer por siempre pasiva, es que iba muy mal encaminado. Se inclinó lentamente, excitada hasta el extremo, y le lamió los labios, para luego besarlo y meterle la lengua, saboreándose a sí misma en la boca de él.
—¿Qué me has hecho, príncipe? –susurró maravillada sobre su boca. Le mordió con los colmillos y sorbió la gota de sangre que salía del labio inferior. Sus ojos verdes parecían fosforescentes y su pelo rosa caía como una cortina encima de los dos, cubriéndoles en un manto de intimidad.
—Me matas, Sakura. Eres como un animal salvaje que todavía está por domar. –Levantó una mano y le retiró el pelo de la cara. Ella entrelazó los dedos con él y colocó sus manos por encima de la cabeza—. Mi pantera. ¿Te duele el vientre?
—Me duele mucho... Aquí..., dentro —asintió, ronroneando como una gatita.
—A mi también. Freyja va a marcarte. Nos va a marcar.
—Freyja puede meterse un palo por el culo, si quiere. Tú eres mío ahora —Lo agarró del pelo y le giró la cabeza para exponer la carótida—. Mío. ¿Te gusta esto? —le besó y lamió su piel. Le hizo cosquillas con los colmillos y lo marcó con succión.
—Mmm...
—¿Y esto? —descendió con la boca abierta, acariciándole con los labios y lamió un pezón. Lo mordió suavemente y también lo besó.
—¡Sí!
Sakura hizo lo mismo con el otro pezón diminuto y oscuro. Y descendió hacia el sur. Besó sus abdominales, duras y definidas, mientras rozaba todo su cuerpo con los pechos. Se estaba volviendo loca de dolor y necesidad. Metió los dedos por la cinturilla de los calzoncillos.
El roce de las uñas de Sakura contra su piel le puso la carne de gallina.
—Qué sensible —murmuró ella besando cada parte de piel que revelaba el calzoncillo.
Itachi miraba hacia abajo, hipnotizado por los movimientos de su Elegida. Liberó el miembro erecto y duro como una piedra. Lo abarcó con las dos manos y levantó una ceja, pidiéndole permiso:
—¿Te hago lo que me has hecho tú a mí?
—Hazme lo que quieras, pantera —gruñó él tomándola del pelo.
Sakura lamió la cabeza del pene y probó la perla de líquido que tenía en la punta.
—Mejor —asintió para sí misma—. Mejor que el chupa-chups.
Abrió la boca y lo chupó como si fuera un helado. Lo estaba saboreando como un caramelo y Itachi estaba desquiciado. Las caricias inexpertas de Sakura eran más excitantes que ninguna otra. Ella era la primera que lo saboreaba. Lo acariciaba con la lengua y los colmillos, que a veces rozaban su piel con insistencia, lo ponían en guardia. Si Sakura lo mordía ahí, él se descontrolaría. No podía permitirlo. No la primera vez, pero ella parecía encantada. No. Ni hablar.
La tomó de los hombros y la apartó.
—¡Oye!
—Luego. Estoy a punto, amor —gruñó sin resuello.
Le dio la vuelta y la dejó a cuatro patas sobre la cama. Acopló su pecho a su espalda y le susurró todo tipo de dulzuras al oído.
Sakura asentía y decía que sí a todos, mientras él le acariciaba la entrepierna y le introducía los dedos, para amasarla y prepararla.
—La mujer más bonita del mundo. Mi Sakura.
Se cogió el miembro y jugó con ella, frotándose contra ella como si fuera una lengua.
—No me hagas esperar más, mo duine —rogó ella impaciente, contoneado las caderas.
Le rodeó el vientre con una mano y la penetró por atrás como un pistón. Sakura lanzó un grito y se rindió a él. A su fuerza, a su dulzura, a su pasión y a su rabia. Dos almas desesperadas que se entrelazaban en una, una explosión de colores, una batalla de voluntades. Eso era hacer el amor con Itachi. Las estocadas eran tan fuertes, que Sakura se encontró gateando por la cama, con el vanirio embistiéndola como un loco. Si seguían así, caería al suelo.
—¡Por todos los dioses, Itachi! ¡No pares!
—No. No paro. —Llevó una mano a su clítoris, para acariciarla ahí con un dedo, haciendo círculos rápidos, como un vibrador.
Él estaba a punto de morir subyugado por la aceptación de aquella mujer. Sakura era vulnerable y atrevida. Dulce pero también agresiva. Era todo un cóctel de feminidad y fortaleza que a él le sorbía el cerebro y le licuaba el corazón. Sakura era su mujer, su cáraid, era suya. Le retiró el pelo de la nuca con la mejilla y la mordió profundamente en el cuello, tan profundo como la estaba dominando abajo. Con ese pensamiento se corrió en su interior, deseando que, si de esa vez creaban una vida, él pudiera ser partícipe de ello.
—Itachi, voy a... —echó el cuello hacia atrás y lloró cuando empezó a correrse. Algo en su vientre estaba siendo marcado a fuego y le quemaba horrores, hasta que sintió la palma de la mano de Itachi encima de ese punto.
Tenía medio cuerpo fuera de la cama. Con la parte inferior del cuerpo encima del colchón, pero apoyada de hombros y manos en el parqué ya que habían ido gateando por la fuerza de las penetraciones. Itachi seguía sobre ella, aunque se aguantaba sobre una mano que apoyaba en el suelo, por encima de su cabeza, para no aplastarla.
Su chica tenía lágrimas en los ojos. Todavía seguía dentro de ella, igual de grande que antes. No tenía suficiente. Le masajeó el vientre y dejó que ella sintiera hasta dónde estaba metido.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?
Sakura negó con la cabeza y sorbió por la nariz.
—No me puedo mover —murmuró avergonzada—. Más. Quiero más.
