Capítulo 30

Los vanirios y berserkers que estaban ahí luchando codo a codo con Sakura no habían olvidado cómo hacerlo. Mientras los grupos bajaban de veinte en veinte por el ascensor, Sakura y los demás les cubrían para que llegaran a buen puerto. Los guardias iban con pistolas Táser, y con balas de cristal trasparentes rellenas de luz diurna. Les disparaban a diestro y siniestro.

Ellos las intentaban esquivar cómo podían. Dos vanirios y tres berserkers habían caído al suelo, mal heridos.

—¡Metedlos en el ascensor! —pidió Sakura encaramada sobre los hombros de un guarda mientras le rompía el cuelo. Tenían que salir de ahí como fuera. Ellos debían liberarse y salir de esa prisión.

Se habían cargado a veinte guardas humanos, cuatro vampiros escuálidos y ocho lobeznos. Se había convertido en una competición. ¿Quién iba a acabar con más jotuns? Sakura ganaba, por supuesto. Pero la lucha había dejado muchos heridos y ella tampoco estaba en mejores condiciones.

Tenía dos tiros en el muslo, que ardían como el fuego. La luz diurna quemaba de dentro hacia fuera. Sakura se metió los dedos en las heridas y las extrajo con un bramido. Le habían dado tres descargas eléctricas, así que estaba un poco mareada, y tenía un corte en el pómulo y un moretón enorme en la barbilla, además de la herida en los riñones que la valiente Daimhin le había hecho. Cuando bebiera de Itachi todo aquello desaparecería, pero mientras tanto, las heridas quemaban como el demonio.

Cómo me gustaría que me vieras ahora, mo duine.

Había arrancado las cámaras de las paredes. Y parecía que ya no quedaba nadie más ahí dentro, que el edificio estaba desierto, pero no era cierto, olía a lobezno y a vampiro, y al parecer estaban cerca, muy cerca.

—Bajad todos. ¡Huid! —les pidió Sakura, recogiéndose el pelo en una cola alta—. Ocultaos una vez fuera, y permaneced con ellos. Necesitan a guerreros que les cubran las espaldas.

—¿Y tú, guerrera?

—Si salgo de aquí, os buscaré —les prometió. Recogió una porra Táser y también se adjudicó una pistola.

Cuando vio desaparecer al grupo de guerreros heridos que había luchado con tanto pundonor después de años sin haber usado los puños, se emocionó. Al menos ellos estaban fuera. Y ella saldría con Shisui. No lo dejaría ahí, también era su hermano.

A mano derecha había un pasillo enorme con la luz intermitente. Uno de los últimos guardas a los que había interrogado le había dicho donde se encontraba el druida. Estaba en la sala insonorizada, al final del pasillo.

Caminó en aquella dirección, justo donde le habían indicado que se encontraba el hermano de su hombre. La puerta metalizada estaba cerrada. Arrastró a uno de los guardas por los suelos y le colocó la palma de la mano en el identificador de plasma.

—Acceso correcto —musitó Sakura.

La puerta se abrió y se encontró con una chica de pelo negro muy corto, con bata blanca y cara de sorpresa. Estaba delante de una camilla en la que yacía un hombre pelinegro estirado. Tenía una jeringa entre las manos.

—¡Shisui! —gritó Sakura.

Encañonó a la mujer mientras se acercaba a ellos, cojeando. Pero vio algo en el movimiento ocular de aquella chica, un ligero tic nervioso. La jeringa estaba llena de líquido fosforescente.

—¡Tira eso! —le ordenó Sakura.

La chica miró rápidamente a su izquierda y fue así cuando descubrió que no estaba sola en esa sala. Sakura disparó a la jeringa y no falló. El líquido salió disparado y salpicó la cara de aquella chica.

—La próxima va entre ceja y ceja —le prometió Sakura con un brillo asesino en los ojos verdes.

Shisui estaba abierto en canal. Tenía tantas heridas que parecía un trozo de carne desgarrado.

—¿Qué te han hecho? —susurró Sakura acongojada—. Dioses, ¿qué te han hecho, druida? —¿Cómo se lo iba a llevar de ahí, abierto en canal como estaba? ¿Cómo podía seguir vivo?

Shisui movió la cabeza hacia un lado.

—Vete de aquí, Sakura —susurró.

—No, no, no —negó una voz de hombre a sus espaldas.

Sakura se refugió tras el cuerpo de aquella chica y le puso la pistola en la sien. Desvió la mirada hacia el lugar del que provenía esa voz. De entre las sombras, salió Kakazu, el vampiro de pelo negro con cola de caballo. Detrás de él, había alguien muy alto y grande. De aspecto estilizado, pelo muy negro y liso y ojos plateados.

—¡Kakazu! —exclamó la Elegida. No sabía quién era el otro hombre.

—Vaya, vaya... ¿Cómo has entrado aquí? —preguntó, caminando hacia ella.

—No te acerques o la mato —Sakura presionó la cabeza de la chica con el cañón del arma.

Kakazu se echó a reír.

—¿Crees que nos importa Kirara? Sólo es alimento. Hummus, te presento a Sakura Kamiruzu, la Elegida. ¿Quieres jugar con ella?

Hummus la miró de arriba abajo y una mueca, que pretendía ser una sonrisa, deformó sus labios.

—¿Ella era el amor de tu vida? —preguntó Hummus con voz aterciopelada.

—Sí. Pero es una zorra frígida y dejó que el sanador la fallara, ¿verdad?

Mientras Kakazu despotricaba, necesitaba hurdir un plan, algo que le diera tiempo. Sakura lanzó a la humana por los aires, como si no pesara nada, y la hizo chocar contra Kakazu y Hummus, que cayeron al suelo con la fuerza del impacto. Ese intervalo le dio tiempo para liberar los pies y las manos de Shisui. Necesitaba cerrarle las heridas o no lo podría levantar, pero, ¿Cómo? ¿Cómo lo sacaba de ahí? Kakazu se levantó para atacarla, saltó por los aires y ella disparó a su entrepierna. El vampiro lanzó un aullido y cayó en posición fetal, contra el suelo. Debía proteger a Shisui. Le arrancó los cables del cuerpo y colocó la camilla detrás de ella. Si querían a su amigo. Tendrían que pasar por encima de su cuerpo. Hummus fue más rápido que sus reflejos, y cuando iba a dispararle a él también, se encontró con que el lobezno estaba delante de ella y le sostenía la muñeca. Se la giró y se la partió hasta que soltó la pistola. Sakura gritó y le golpeó la cabeza con la porra Táser.

El lobezno echó la cabeza hacia atrás y aulló como un lobo. Los huesos crujieron, su piel se estiró, su cara y los maxilares se deformaron y le salió pelo por todos lados. Aquel lobezno era el más grande que ella había visto. Sus garras medían unos quince centímetros y tenía los ojos rojos.

—La Elegida... —murmuró Hummus. Arañándola en el estómago.

Sakura se dobló sobre sí misma y se llevó la mano buena a las abdominales. Estaba sangrando mucho.

Hummus no se detuvo. La agarró de la coleta y la lanzó contra la pared.

—¿Elegida para qué? ¿Ya lo sabemos? ¿Lo sabes? —preguntó lanzándole el fétido aliento a la cara y recogiéndola del suelo—. Yo te lo diré.

Caminó con ella hasta una mesa metálica y la dobló sobre la superficie fría. Le mantenía la nuca sujeta para que ella no pudiera removerse.

De repente se escucharon unas voces de fondo.

—¿Qué ha pasado? ¿Danzō? —era la voy de Kisame.

—¿Hummus? —gritó Hidan.

—¡Aquí, en la sala de Shisui! —gruñó Kakazu desde el suelo, levantándose a duras penas.

—¡Mierda! —exclamó Hidan al entrar y ver el percal—. ¿Cómo has entrado tú aquí? —miró a Sakura, maravillado al encontrar a la Elegida en su territorio.

—No lo sabemos —contestó Hummus.

Sakura alzó la mirada y vio a Suiren, pálida, con la muñeca abierta y chorreando sangre.

Shisui empezó a tener espasmos e hizo lo que nunca había hecho en presencia de Sakura. Gritó de dolor, un desgarrador dolor inaguantable. Arqueó la espalda y cayó al suelo, que enseguida se tiñó de sangre. La sábana roja le rodeaba la cintura. Suiren hizo un gesto de disgusto al ver cómo temblaba y gruñía por el sufrimiento que ella le había causado. No le habían cerrado las heridas desde la última vez que había estado con él, hacía ya dos días.

Hummus susurró al oído de Sakura.

—¿Quieres público? —Le lamió la oreja y le mordió en el cuello—. Te voy a follar, ¿lo sabes?

—¡No! —Sakura luchó contra él todo lo que pudo.

—¡Un momento, un momento! —Hidan alzó las manos y sonrió—: Hagámoslo bien —pidió—. Kakazu, levanta a Shisui, por favor.

Kakazu cojeó hasta levantar al vanirio, no sin antes darle un puñetazo en las costillas a Sakura, que se quedó sin respiración y apoyó la frente en la mesa, buscando refugio.

—Sostén al druida —Hidan tiró de la muñeca herida de Suiren y la acercó a él—. ¿Qué es ella para ti? —preguntó, oliendo la garganta de la joven—. ¿Te gusta? ¿Es tuya?

Suiren apretó la mandíbula y miró hacia otro lado, cuando se cruzó con los ojos negros y tristes de Shisui. Al vanirio no le gustaba lo que le estaban haciendo. Él bajó los ojos a su muñeca desgarrada y gruñó «¿Ha sido él? ¿Te lo ha hecho él?», preguntaba su mirada.

—Murasame nos dijo que ella sería tu perdición. ¿Por qué? —Retiró el pelo rubio de su cuello y lamió su piel—. ¿Es porque te gustaría morderla? ¿Es porque sólo reaccionas a ella? Seguro que ahora sientes todo el dolor de las heridas y las mutilaciones que te hemos causado, ¿verdad? Sólo cuando está ella. Mira bien, Shisui —Abrió la boca y clavó los colmillos profundamente en la piel blanca de la chica. Empezó a beber haciendo caso omiso del llanto y de los gritos de Suiren.

—¡Suéltala! —pidió Shisui.

—No, no... Esto no va así —canturreó Hidan pasándose la lengua por los colmillos—. Joder, qué bien sabe, Shisui. ¿No la has probado? No, claro que no. Dame todos tus poderes. Dame lo que tú tienes y puede que te deje un poco para luego. Tú no te mereces ese conocimiento, no mereces ese poder. Légamelos. Di las palabras.

—¡No tengo nada! —exclamó, a punto de desmayarse.

—¿No? —mordió otra vez a Suiren, y la joven quedó inconsciente entre sus brazos.

—¡Cabrón hijo de puta! ¡Te mataré! ¿¡Me has oído?! ¡Te mataré! —gritó Shisui, con lágrimas en los ojos.

Sakura negó incrédula con la cabeza ¿Podría ser que aquella mujer fría y reservada fuese la cáraid de Shisui? ¿Podría tener su querido amigo tanta mala suerte? ¿Podrían acabar con ellos en ese lugar frío y desalmado sin poder disfrutar de la felicidad que se les escapaba de las manos?

—Es muy fácil, Shisui. Dime cuál es el poder, dime cuáles son las palabras y la dejaré libre. Mientras tanto, me la llevo de aquí. Tengo que despertarla, necesito información que sólo ella puede darme. Piensa sobre ello mientras la torturo —le guiñó un ojo blanco y lo dejó ahí, sin poder moverse y sin poder ayudar a Suiren.

Hummus se estiró sobre Sakura, y le dio un beso húmedo y baboso en la nuca.

—Sólo la bestia puede tomarte, Sakura —murmuró el lobezno—. ¡Abre las piernas!

—¡Métetela por el culo, cerdo! —contestó la vaniria con rabia.

—¿Eso quieres? ¿Te la meto por detrás? —gruñó bajándole los pantalones de un tirón.

—¡No! ¡Suéltame! —Nunca se rendiría, antes tendrían que matarla.

—Déjamela bien preparada, Hummus. Luego iré yo —gruñó Kakazu tocándose el paquete—. No sabes cuánto hace que lo deseo, princesita. Te voy a dar por todos lados, y no pararé hasta oírte suplicar.

Itachi. Itachi, te quiero ¿me oyes? Te quiero.

Se lo dijo porque él debía saberlo, aunque no la oyera, él debía saberlo. Esos jotuns querían someterla, doblegarla, pero no podrían con ella. Su cuerpo no era más que carne, lo más bello que ella tenía era su alma inmortal, y eso, sólo le pertenecía a su sanador.

—Sakura... —susurró Shisui arrastrándose por el suelo hasta coger a Hummus por el pie—. No, déjala... Déjala...

Hummus le dio una patada en la cara y el vanirio se quedó tumbado en el suelo, sin fuerzas para proteger a la mujer de su hermano, sin fuerzas para proteger a su mujer.

—Me encanta oírte gritar, Elegida, pero mejor luego. —Hummus le golpeó con un hierro metálico en la cabeza y Sakura quedó inconsciente sobre la mesa—. Ahora a lo que vamos. Te va a gustar.

Se inclinó sobre ella para bajarle las braguitas blancas, pero entonces el tocarle la piel, se quemó.

—¡Arg! —Se miró la mano velluda. Había una quemadura enorme, al rojo vivo—. ¿Qué es esto? —Hummus observaba la quemadura y la piel de Sakura con fascinación.

De repente, el cuerpo de la vaniria empezó a desprender muchísimo calor.

—¿Qué sucede? —susurró Kakazu, sin entender nada.

La piel de Sakura se iluminó, empezó a emitir luz cegadora. Hummus gruñó y se echó hacia atrás.

—¡Sakura!

Los dos vampiros alzaron la cabeza al encontrarse con el nuevo visitante.

Itachi Uchiha miró cómo el cuerpo de su cáraid estalló en millones de partícula luminosas delante de sus ojos. No le había visto la cara, no sabía cómo se encontraba, si estaba bien o estaba mal. Se llevó la mano al nudo perenne y sintió que todavía seguía ahí, por tanto, Sakura vivía, donde fuera que estuviera. Su pantera seguía viva y eso para él era suficiente. Suficiente para que él siguiera respirando.

¿Sakura? ¿Amor, dónde te has ido esta vez? Te encontraré.

En el suelo, como un cadáver mutilado, estaba su hermano mayor. Su hermano del alma. Se le llenaron los ojos de lágrimas al encontrarlo en tan penoso estado.

Hummus gruñó y le enseñó los dientes a Itachi. El lobezno se fue por una puerta trasera y huyó de allí corriendo. Kakazu estuvo a punto de escapar también, pero Itachi voló y le estampó contra la pared. Le agarró del pescuezo y lo tiró al suelo, para pisarle la nuez con tanta fuerza como pudo.

Kakazu luchó por respirar y le clavó las garras de vampiro en el tobillo.

Itachi lo levantó por las solapas y lo estiró en la camilla metálica. La fuerza llena de ira del sanador no era rival para el pobre vampiro temeroso que lo miraba horrorizado.

—¡Ganaremos! ¡Ganaremos, Itachi! —gritó Kakazu escupiéndole en la cara.

—Ya lo veremos —Le clavó el bisturí en el plexo y lo arrastró hasta el corazón. Luego metió la mano y le cogió el órgano palpitante.

—¡No lo hagas, no lo hagas! —gritó Kakazu.

—¿Qué no haga esto? —Le arrancó el corazón y lo tiró al suelo, para pisarlo con su bota de motero. A continuación lo decapitó con sus propias manos.

No tenía tiempo para torturar a nadie, no merecía la pena. Quería encontrar a Sakura, quería ayudar a su hermano. Tomó a Shisui entre sus brazos y lo abrazó con todo el calor y el cariño del mundo.

—Suiren... Suiren... —susurró Shisui al oído de Itachi—... Mía.

El sanador hizo una exclamación ahogada y lo miró sorprendido, sin disimular las lágrimas.

—¿Suiren?

—Hidan se la va a llevar... Le ha hecho daño...

—¿Dónde? —Itachi alzó la cabeza y cargó con su hermano en brazos.

El grito desgarrado de una mujer lo puso en alerta.

—¡Suiren! —gritó Shisui.

Itachi lo dejó sobre la camilla y le dijo:

—No te muevas de aquí, hermanito —le habló como si fuera su hermano mayor, cuando en realidad era al revés.

—Que te follen —gruñó Shisui.

Había dejado atrancada la puerta de acceso y enviado un mensaje a Deidara y al resto para que rodearan toda la zona. Esperaba que llegaran pronto. El sanador entró en la puerta contigua, y llegó a un salón lleno de ordenadores y pantallas en las que se requería un código para entrar al sistema.

—¡Te he dicho que me lo digas! —Hidan alzó la mano y abofeteo de nuevo a la rubia que tenía acorralada, mientras le apretaba la muñeca herida con fuerza—: ¡Necesito la información! ¡La necesito!

Itachi se deslizó sobre el suelo y apartó a Hidan de la joven, clavándole el bisturí en la garganta y presionándole un punto Sipalki del cuello. El vampiro quedó estirado en el suelo, sufriendo calambres y espasmos en las piernas. Sabía que Hidan desbloquearía los puntos de presión en pocos segundos, segundos que eran de oro para su hermano Shisui. Itachi tomó a Suiren, que no dejaba de llorar en silencio y resbalaba con la espalda apoyada en la pared. Lucía mordiscos por todas partes y desgarros musculares muy feos, además de que le habían cortado las venas de la muñeca derecha. No sobreviviría.

Se llevó a Suiren de aquella habitación de los horrores, y la estiró sobre el druida.

—Yo no te juzgaré si haces lo que tienes que hacer, brathair. Sí ella es tu caraid, aliméntate, y sálvate. Por ti, por mí, por ella y por los dos. ¡Hazlo! No me dejes solo —le rogó, desesperado— ¡Lucha, hermano! Bebe. Yo voy por Hidan.

Itachi lo dejó ahí, con la rubia que le había abierto en canal y que había hecho que lo primero que sintiera en su vida inmortal fuera la tortura física.

Shisui alzó el brazo derecho como pudo y le enredó los dedos en el pelo rubio de Suiren. Ella no dejaba de temblar, su cuerpo estaba en shock.

—Por favor, mátame. Mátame. —susurró Suiren—. Sé que no me merezco miramientos ni conmiseraciones de ningún tipo de tu parte. Pero, por favor... ¡Si alguien debe quitarme la vida, quiero que seas tú! Ellos no pueden saber lo que sé...

Shisui olió el fresón y su cuerpo se revolucionó. Sus heridas estaban a punto de dejarle inconsciente; el contacto de Suiren le daba la sensibilidad física que no había sentido en dos mil años. Ni hablar, aunque ella se había portado mal con él, era su oportunidad de volver a sentir, de volver a ser hombre. Se comportaría como un egoísta por primera vez en su vida inmortal y tomaría lo que era suyo, lo que los dioses le habían arrebatado.

¿Cómo iba a matar al demonio que le devolvería a la vida?

Danzō y Kisame recogieron a Hidan del suelo y lo sacaron por otra de las puertas traseras del salón. Le arrancaron el bisturí del cuello, pero el vampiro seguía con los espasmos.

—¿Qué le han hecho? —preguntó Kisame extrañado.

—¿No puede hablar? —dijo Danzō.

Hidan alzó una mano como si fuera un robot y acercó la garganta de Danzō a su boca. Le mordió y empezó a beber de él hasta que los espasmos se detuvieron y recuperó la movilidad de su cuerpo. Bebió hasta dejar a Danzō sin vida, en el suelo.

—Puto incompetente —gruñó levantándose—. ¿Ha estado aquí todo este tiempo y no ha podido sacar a los Memory para que pelearan? ¡Ha estado escondido el muy cabrón!

—Danzō siempre fue cobarde —contestó Kisame, llevándose los discos duros de los ordenadores centrales—. Esto nos servirá para descifrar los descubrimientos de Suiren.

Escuchó las voces y los gruñidos de los hombres de los clanes de la Black Country entrar a través de los pasillos.

—Ya viene la caballería —dijo disgustado.

—Ya he abierto las compuertas de los Memory. Se encontrarán con ellos.

—Entonces salgamos de aquí antes de que nos salpique más la mierda. ¿Dónde está Hummus?

—No lo sé, aunque aparecerá, como siempre hace.

Huyeron como las ratas cobardes que eran, dejando tras ellos un rastro de muerte y destrucción. Abrieron una puerta de piedra que daba a un pasadizo secreto y se adentraron en él. La puerta de la pared se cerró.

Itachi salió al exterior.

Hidan había desaparecido.

Los vanirios y los berserkers estaban luchando en los túneles, contra los clones. Habían venido todos: Homura, Kakashi, Obito, La Cazadora, Deidara. Dan, Asuma, Gai y los demás. Deidara y Karin habían sacado a Shisui y Suiren de allí y los habían dejado en el interior de su Cayenne. No sabía si Shisui había bebido o no de la humana, pero más le valía haberlo hecho.

Recordó la imagen del acantilado. ¿Sakura estaría allí? Voló hasta dar con el lugar correcto. Por todos los dioses, que pudiera verla allí. Si le habían hecho daño, él la cuidaría, no importaba lo que hubiera pasado.

Sakura era suya, siempre sería suya. Siempre la querría por quién era y por lo que significaba para él. La había amado con locura cuando era humana, la había odiado y deseado con furia dos mil años atrás, pero ahora que sabía la verdad, que el destino y los dioses le daban esa oportunidad, ahora, la amaba con adoración devota. Se pasó la mano por los ojos y retiró sus lágrimas con los dedos. Estaba hecho un sentimental. Lloraba por su amada, y lloraba por su hermano. Y por encima de todas las cosas, lloraba por él, porque si Sakura desaparecía de su vida. ¿Quién le devolvería el sol?

A ghiall, na toir mo shollas bhuam, mo Sakura.

A ghiall, na toir mo shollas bhuam, mo Sakura: en gaélico significa: «Por favor, no me dejes sin luz, mi Sakura».

Sakura estaba inmersa en su cuarto túnel de luz. Dioses, cómo le dolía el cuerpo. La mano, los riñones, el muslo, la cara, el abdomen... ¿Había algún lugar del cuerpo que no le hubieran herido? Apareció de rodillas, sobre la hierba húmeda de la montaña. En frente tenía unas vistas espectaculares del mar. Podía oler la sal. La noche era estrellada y silenciosa.

La coleta se le había deshecho y mechones de pelo volaban mecidos por el aire, como si fueran una cometa. Se levantó siseando por el dolor y miró al frente. Carrick salió de una pequeña gruta oculta tras una roca enorme que había a unos cien metros de donde estaba. Seguía ahí en Capel-le-Ferne, pero ahora se había bilocado al exterior. Cuando Hummus le había dejado inconsciente se había bilocado, ¿era eso?

Carrick señaló hacia donde ella estaba y la saludó con la mano. Detrás de él empezaron a salir todos los guerreros que habían sido presos de aquellos sádicos de Newscientists. Era un milagro que hubieran escapado. Carrick hizo aspavientos con las manos y corrió hacia ella, como si estuviera ansioso de decirle algo. El viento golpeó la cara de Sakura y llevó con él las palabras que aquel joven guerrero le estaba gritando.

—¡Sakura, detrás de ti!

Itachi sobrevolaba las montañas blancas cuando vio a unos chicos con la cabeza afeitada y vestidos con ropa gris, que señalaban a un lugar de las grutas de los acantilados.

«El dibujo», pensó

Ahí estaba Sakura. Miró hacia el lugar que ellos señalaban y se encontró a su guerrera, con aspecto de no poder aguantarse derecha y de necesitar una ducha, un masaje y horas de cama.

El corazón se le detuvo cuando vio al hombre que tenía detrás y que se acercaba a ella con sigilo. Tenía algo entre las manos. Era un tubo fluorescente.

Sakura se agachó justo a tiempo de que él le cortara la cabeza con una de sus garras. Era un lobezno, ¡qué hijo de puta! Llegó hasta ellos como una bala.

En el momento que Sakura se agachó, Itachi lo embistió con el hombro, como si fuera un placaje al estilo del futbol americano. Hummus cayó hacia atrás y se le cayó el puñal. El vanirio alzó los puños y lo golpeó en la cara repetidas veces. Pero Hummus hizo algo impensable, algo fuera de lo común. Abrió la palma de la mano y se materializó un puñal en ella. Un puñal extraño, lleno de piedras negras brillantes, con unas inscripciones rúnicas extrañas y deformadas en la hoja serrada. El puñal se materializó en su mano, como por arte de magia y en un movimiento tan rápido como invisible, se lo clavó en el pecho de Itachi. Justo en el corazón.

Itachi abrió los ojos y cayo como peso muerto.

—¡No! ¡Itachi! —gritó Sakura, corriendo hacia él.

El cuerpo enorme del sanador iba a caer de espaldas, pero Sakura aguantó el peso y quedo de rodillas con la cabeza de Itachi sobre sus muslos. Le intentó quitar el puñal, pero al hacerlo, el mango le paso una descarga eléctrica que por poco no la deja inconsciente.

Hummus se levanto y los miro desde su respectiva ventaja.

—Tu turno, Elegida. Ya sabes lo que quiero. Ven conmigo. Quiero engendrar a mi hijo en ti.

Sakura cerró los ojos y negó con la cabeza, mientras rezaba desesperada para que Itachi abriera sus preciosos ojos, los mismos que le habían llenado de calor el corazón.

—Entrégate a mí y le devolveré la vida a Itachi —sus ojos ahora eran plateados y la miraban con misericordia—. Te necesito a ti.

Sakura abrazo la cabeza de Itachi y la apretó contra sí. Se armo de valor y puso la mano de nuevo en el puñal, pero la electricidad la debilito.

—Si sigues haciendo eso, más vida le arrebatas. Sólo yo puedo sacarle el puñal.

—¡Entonces, quítaselo!

La ceja negra de Hummus se alzo con insolencia.

—Entonces, quítate las bragas y haz lo que te pido.

—¿Y por qué no me la chupas?

Kakashi apareció tras Sakura y Itachi. Obito le había enseñado el dibujo, y mientras él estaba con los túneles rebanando cabezas de clones asesinos, Kakashi había decidido bajar a ayudar a Sakura y Itachi. No se imaginaba que estaban tan mal.

Hummus miró a Kakashi con interés.

—Hola, niño perdido —le dijo.

Kakashi frunció el cejo y traspaso a Hummus con sus ojos negros, cambiando a amarillos furiosos. Se lanzó a por él y le dio tiempo a Sakura para que se resguardara. Pero Sakura no tenía fuerzas para moverse. El nudo perenne le ardía le picaba, y eso solo significaba una cosa. Itachi se iba entre sus brazos y Hummus no iba a arrancarle el puñal. Echó la cabeza hacia atrás y lanzó un grito de desesperanza al cielo.

—Itachi, mo priumsa. No me dejes, no te vayas, por favor, Itachi —le acarició aquella cara tan dulce que su sanador tenia—. Te lo ruego —sus lagrimas cayeron sobre los parpados de Itachi—. Itachi... ¿No me vas a oír decírtelo? Yo... Te amo.

En ese momento, el cuerpo de Sakura y del sanador, explotaron en mil pedazos, como si fueran estrellas, y desaparecieron dejando millares de chispitas luminosas a su alrededor, sobre las montañas blancas inglesas del Canal de la Mancha.

—¿Dónde? ¿Qué...? —Hummus estaba hasta las narices de ver cómo aquella mujer desaparecía cuando le placía hacerlo.

Kakashi le golpeó con la cabeza y le reventó la nariz.

—¿Qué tal estas, traidor?

—¿Traidor? No tienes ni idea —le escupió Hummus, cubriéndose la nariz con las manos—. El traidor más grande que existe esta entre vosotros y se llama Homura. Sí —esquivó un derechazo de Kakashi—. ¿No lo sabías? Sabe cosas sobre ti, Kakashi. ¿No le has preguntado? ¿No te ha contado?

Homura apareció transformado en berserker. Con su pelo rubio largo y entrecano y los ojos amarillos.

—Homura cuido de mí. Homura me recogió cuando era un bebé —contestó Kakashi.

—¿Y tú te lo crees? Pregunta a tu querido Homura quiénes son tus padres.

—Claro, lo que tu digas... —Kakashi saco el puñal que Naori le había regalado tan amablemente, y haciendo una finta con la cintura, dejo las caderas de Hummus clavadas y le hirió con el puñal en el muslo.

El lobezno gritó y se llevo las manos a la herida.

—¿Un puñal Gudinne? —dijo con sorpresa—. ¿Por qué lo tienes?

Gudinne: en noruego significa «De los dioses».

—Un regalo de una amiga.

—¿Una diosa?

—No —negó divertido—. No das ni una.

Kakashi se transformo. El pelo plateado le creció hasta los homóplatos y sus músculos se desarrollaron alcanzando el doble del tamaño natural. Los ojos amarillos le brillaron y le enseño los colmillos blancos que le parecieron entre el labio superior.

—Ahora, luchemos. Tengo ganas de patearte el culo.

Hummus negó con la cabeza y sonrió como si fuera un bufón.

—Ahora no. Pero, pronto. Nos volveremos a ver. Saludos, Homura.

Hizo una reverencia y desapareció. Kakashi buscó por los alrededores y husmeó el viento para detectar el olor tan personal de putrefacción de Hummus. Ni rastro de lobezno. Cuando se dio la vuelta, ahí estaba Homura.

—¿A qué se refería, Hummus? —preguntó Kakashi regresando a su estado normal.

Homura se encogió de hombros, se acerco a él y le puso la mano en el hombro.

—¿Estás bien?

Kakashi asintió.

—¿Y la Elegida?

El berserk miró alrededor y dijo:

—No tengo ni idea.