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It.

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Por: Xeina Phi.

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We all float down here.

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Las nubes de tormenta cernían el cielo de Konoha, aquel poblado ubicado al oeste de Osaka. Aunque el servicio meteorológico había vaticinado una tarde soleada y tranquila. Nada más contrario a la realidad, parecía que en cualquier momento caería un temporal.

Hubiera sido un día entre semana como cualquier otro, de no ser por el fluctuante clima. Y en uno de los tantos edificios apiñados del centro de esa pequeña y desapercibida ciudad, estaba un joven en plenitud de su veintena, ojos azules y cabellos rubios, de nombre Jadeite. Que se encontraba sentado en su escritorio, aporreando el teclado de su ordenador con aprehensión. De vez en cuando, su mirada se desviaba a la ventana de su oficina.

«Tengo un mal presentimiento» le había dicho su esposa antes de que él se fuera, aunque más que una advertencia, le pareció una súplica.

Aquella mañana, antes de dirigirse a su tedioso trabajo de secretario, tuvo una extraña pesadilla; le pareció escuchar voces que venían del sumidero del lavabo y a veces, le parecía escuchar voces que venían de las cloacas también.

Nadie hablaba del tema, pero la realidad era que en los últimos tres meses se habían reportado casos de personas desaparecidas, era como si se las hubiera tragado la tierra, simplemente se esfumaban sin dejar rastro. Y aunque la cifra alarmaría a cualquiera, no se comparaba con el número de niños desaparecidos, que triplicaba la cifra de los adultos y eso, hablando de las desapariciones reportadas. De los niños, sí solían encontrar rastros a menudo, se les veía mutilados cerca de la ribera del río o encontraban parte de sus pertenencias esparcidas entre los frondosos matorrales que lo bordeaban.

—¡Hombre, quita esa cara! Has estado todo el día con la vista en la ventana. Ya solo nos falta media hora —le dijo Nephrite, palmeándole la espalda con expresión divertida, exaltando a Jadeite, quien alejó las manos del teclado y expresó con la voz tensa:

—Es solo que… no quería venir hoy. Mi esposa me pidió que me quedara.

—Rei es una mujer muy extraña, siempre te pide que te quedes en casa. De seguro te atormentó con otro de sus presagios —rebatió Nephrite con el ceño fruncido.

Jadeite no contradijo el comentario de su amigo, limitándose simplemente a torcer el gesto. Por supuesto que él no creía tal cosa, pero sí creía que su esposa tenía una habilidad especial para predecir el futuro, una habilidad que le permitía saber con una certeza abrumadora, qué atormentaba sus pensamientos y los de su hijo, sin mediar palabra. Un don del que no necesitaba entender, pero al que le tenía más fe que a sí mismo. ¿Por qué había decidido entonces ignorar la petición de Rei? Quizá era porque a veces, las predicciones de su esposa fallaban. Y en el fondo, deseaba con todo su corazón que ese presagio que lo venía atormentando desde hace días, no fuera más que el producto de su estrés acumulado.

—Oye, ¿por qué no vamos al Tom's? Nos urge distraernos de tanta mierda —propuso Nephrite entonces. El alcohol siempre les resultaba un buen aliciente. Y él mismo sentía la imperiosa necesidad de olvidar que vivía en Konoha.

—No, tengo que volver a casa —le replicó el rubio inexpresivo, como si estuviera ausente, poseído por una fuerza externa que lo obligó a decir esas palabras.

Al saberse de sus planes frustrados y percatándose del retraído semblante de Jadeite, el castaño decidió desviar la conversación.

—¿Y cómo está el pequeño Seiya?

—Enorme, la semana pasada cumplió seis años —respondió con entusiasmo. Aunque casi instantáneamente su mirada se ensombreció «Tengo un mal presentimiento» Aquellas cuatro palabras resonaban en su cabeza, dejándolo turbado y atemorizado…

Cuando Jadeite salió de su trabajo, se encontró con la novedad de que no había transporte público, ni servicio de taxi o algo que lo llevara a su destino con rapidez.

Preso de una incipiente desesperación que se extendía por su pecho, decidió caminar. Aunque no vivía lejos, sería una caminata de por lo menos una hora.

Minutos después, el cielo súbitamente empezó a oscurecerse y el crepúsculo llegó a él de forma inesperada. Apresuró el paso. Poco a poco las primeras gotas de lluvia le pegaron en el rostro, pasando de una simple llovizna a una torrencial lluvia, fustigándolo sin piedad. Aún con el agua escurriéndole por la espalda, los zapatos y el cabello, no aminoró el paso.

«Seiya» Se dijo mientras se llevaba la mano al pecho. Algo en su interior le advertía que corría peligro, y ahí fue cuando entendió que no debió ignorar los malos presagios.

Cuando pasó cerca de una boca de tormenta, el corazón se le detuvo y casi perdió el equilibrio cuando intentó regresar por sobre sus pasos.

—Tal vez lo he alucinando —murmuró para sí mismo, tratando de serenarse. Se arrodilló en el asfalto, intentando agudizar su oído, pero otra vez lo escuchó.

—Papá… papá, estoy flotando.

El agua fría le escurría por entre los dedos, haciendo un ruido hueco al caer en la oscuridad, la lluvia golpeaba fuerte contra el asfalto y su espalda. Aún así no lo pudo ignorar.

Era la voz de Seiya, la voz de su hijo la que le hablaba desde la boca de tormenta, pero no era la única voz, había otras voces con él.

El rostro de Jadeite se desencajó, y se echó para atrás pataleando con los talones y con las palmas de las manos con desesperación, los zapatos se le resbalaban mientras se intentaba poner de pie.

Después de que se levantó, pegó carrera hasta su casa sin mirar atrás. Cuando divisó la edificación de su morada al doblar la esquina, casi se sintió aliviado. Abrió de un portazo y se encontró con una penumbra infinita.

—¡Rei! ¡Seiya! ¡¿Dónde están?! —llamó con la voz trémula y agitada.

Por toda respuesta, solo hubo un ruido incongruente que venía de la sala de estar. Jadeite, aún escurriendo en agua, avanzó sigiloso, su respiración se volvió irregular y entonces la vio.

Rei estaba hundida en el sofá, ida y con la mirada clavada en el televisor, que se encontraba encendido, mostrando únicamente intermitencia.

Jadeite apoyó su mano en el hombro de su esposa, se puso en cuclillas frente a ella y buscó su mirada.

—¿Estás bien? Y Seiya, ¿dónde está?

El rostro de Rei se desfiguró y esbozó una sonrisa torcida. Después dijo con voz gutural y grave:

—Ya es demasiado tarde, querido. Él ya está conmigo, pero si quieres, te le puedes unir. Aquí todos flotamos.

En un acto reflejo, Jadeite apartó a Rei y la tiró del sofá con brusquedad. Cuando la morocha cayó al suelo, estaba inconsciente.

Solo le bastó una fracción de segundo, averiguar el paradero de su hijo…

Cuando Jadeite llegó a la ribera del río, tenía los zapatos hundidos en el fango, los matorrales a su alrededor estaban resquebrajados y en su mejilla izquierda, había un profundo corte; esto como única consecuencia de aventarse entre la maleza para llegar al caudal lo más rápido posible.

Del otro lado de la orilla estaba Seiya, vestido con sus pantalones cortos, aquel suéter de aviones que Rei le había regalado la semana pasada por motivo de su cumpleaños, y sus pendientes de plata en forma de media luna. Jadeite le hizo una seña con la mano para tranquilizarlo.

—¡No te muevas de ahí hijo, en seguida voy por ti! —gritó aliviado. Retrocedió unos pasos para tomar impulso y aventarse al agua, cuando se dio cuenta, de que alguien o algo sostenía la mano de Seiya, era una mano enguantada blanca.

Con horror, Jadeite levantó la visita y lo que vio le heló la sangre, junto a su hijo había un siniestro payaso, vestía un traje de seda abolsado color amarillo, con grandes pompones color naranja. El payaso lo veía divertido y lo señalaba con su mano libre.

El rubio se paralizó, pero había algo en ese singular payaso que le resultaba familiar, era como una antigua pesadilla que guardaba celosamente en lo más profundo de su inconsciente. Aún con el miedo emanando de él por cada poro, decidió aventarse al río, que ya había subido por la tormenta. Posó la vista en Seiya y lo que se reveló ante su atónita mirada lo dejó sin habla, dejándolo caer sobre sus rodillas, sus piernas simplemente flaquearon y la fuerza lo abandonó.

El suéter de aviones ahora estaba teñido de un púrpura intenso, los pequeños dedos que se asían a la mano del payaso, parecían carcomidos y el cuello del pequeño estaba sostenido únicamente por tendones que resaltaban a la visita, como ligas estiradas teñidas de rosa y pliegues rojos.

El infante curvó una maliciosa sonrisa, dejando a la vista sus dientes, que parecían navajas dispuestas en ángulos irregulares, el payaso lo soltó y empezó a dar piruetas sobre la superficie del río sin hundirse, acercándose peligrosamente a Jadeite.

—Papá, ven conmigo. —La voz del pequeño Seiya sonaba igual que siempre; tierna y amable.

Jadeite se puso las manos sobre los oídos y cerró los ojos tan fuerte como pudo. No, no podía creerlo, era simplemente inconcebible. ¿Qué le diría a Rei? Había fallado como esposo y padre.

Lentamente abrió los ojos.

Seiya le extendía la mano, un poco más atrás el payaso carcajeaba con fuerza. La luz de la luna se empezaba a colar por entre las nubes.

Entonces, Jadeite alargó su mano. Y como un rayo que liberó su memoria, lo recordó, recordó al payaso. Él ya lo había visto cuando era un niño, lo vio mientras se llevaba a su mejor amigo en aquel entonces.

—Pennywise —musitó con horror e intentó retirar su mano.

Jadeite intentó gritar pero fue demasiado tarde, el horrible monstruo en el que se convirtió el payaso no se lo permitió, abrió las mandíbulas e hincó los dientes en su cabeza, para él todo fue muy rápido, sintió como los dientes, al igual que cuchillas le atravesaban las mejillas y el cuero cabelludo, la sangre le escurría a raudales mezclándose con el río…

Después de que la policía fue a casa de Rei para informarle sobre el terrible incidente que tuvo su hijo y la desaparición de su esposo (los peritos habían determinado que el pequeño se ahogó y que la fauna del río deterioró el cuerpo), Rei salió al pórtico, trató de limpiar con el dorso de su mano las lágrimas que surcaban sus mejillas, aunque resultó inútil. Triste e impotente apretó los puños con fuerza, enterrándose las uñas al punto de hacer sangrar sus palmas, aquello era lo único que contenía el dolor que le atenazaba el pecho. Y juró con solemnidad; que ella misma con sus propias manos asesinaría al monstruo que le arrebató a su familia.

Sabía de antemano que lo dicho por la policía era falso, ella misma vio al monstruo detrás de un halo de luz, su voz… su voz aún hacía eco en su cabeza.

Todos flotamos aquí abajo y cuando vengas, tú también flotarás.

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Notas:

Bueno, este relato lo escribí hace un par de años. Participó en una dinámica de un grupo. La verdad es que no me considero fan de los crossovers, pero me decidí a animarme a seguir con esta historia. El siguiente capítulo lo escribí hace un año, pero es un crossover con Naruto también.

Esto sin duda es lo más loco que me he atrevido a escribir. Mi primer y último crossover jeje.

Espero que le puedan dar una oportunidad a esta historia.

Les deseo un muy feliz Halloween.