Disclaimer: Más de 365 días de ausencia, esperando que Takahashi-sama me otorgue la autoría, pero no pasó nada D:
Advertencia: Pueden haber alguno errores ortográficos que se me hayan pasado por alto, disculpen. q-q
Raioz, ¿quién diría que me ausentaría tanto tiempo?
Honestamente, estuve escribiendo cada tanto y pensé que solo habían pasado semanas, cuando me di cuenta de que llevaba 1 año sin actualizar, me horroricé al punto de decir "qué diablos pasó" al final, descuide tanto el fic, que no podía creerlo, no pondré excusas, un bloqueo llevó a otro y ese a otro y cuando menos acordé, simplemente olvidé por qué se dio el bloqueo.
Cuando retomé donde había dejado de escribir, me emocione y comencé a hacerlo de nuevo, eso fue hace unos días, por lo que imaginó, el bloqueó se fue y yo volví en todo mi esplendor, así que, espero me disculpen por la ausencia y continúen leyendo está loca travesía mía.
Much´simas gracias a las personas que no se rindieron y continuaron escribiéndome para pedirme continuar, sus mensajes si que los leía y trataba de escribir, pero nada surgía, me alegra tanto volver. Espero disfruten este nuevo capítulo, debido a la ausencia tan larga, este cap nuevo lo pondré tal cuál salió, no lo cortaré ni nada, así que... disfruten y gracias por leer.
¡A leer!
— ¿Qué fue lo que dijiste, Shippo? — Escéptica, la exterminadora de demonios, se negaba a creer que lo que había escuchado era cierto.
El joven kitsune cerró los ojos con fuerza y apoyó su frente contra la dura pared frente a él.
— Lo que escuchaste, Sango.
Aún cuando estaban divididos por una pared, ni el monje, ni la exterminadora pudieron evitar negar con la cabeza a sabiendas de que el kitsune no podía verles.
— Tiene que haber un error.
— ¡Por supuesto que lo hay! — Vociferó la exterminadora. —. ¡¿Cómo podríamos nosotros colaborar con ese… ese cobarde?! — Indignada, Sango sacudió las cadenas que la mantenían prisionera, lastimándose nuevamente en el proceso.
— Sango, por favor detente, te estás lastimando.
— ¡Eso no importa ahora, su excelencia! — Agitó las cadenas con más enojo, tratando de encontrar una manera para escapar de esos condenados grilletes.
Miroku se alarmó al ver las líneas de sangres deslizarse por sus muñecas, se apresuró para tomar de los hombros a su esposa.
— Sango, por favor detente. — La preocupación en sus ojos hizo que la exterminadora cesara con sus bruscos movimientos para tratar de liberarse. —. Por favor…
— Nosotros… — Murmuró con la cabeza baja, sintiendo el incómodo ardor en sus extremidades atrapadas. —. Nosotros no hemos hecho nada para ayudar a alguien como Naraku, lo que dijeron sólo es una excusa para deshacerse de nosotros, ¿no es así, su Excelencia?
— Así debe ser, querida. — La trajo hacia él y la apretó con fuerza en su pecho, al menos tanto como sus propias cadenas se lo permitieron.
— Sango. — La suave, pero rasposa voz hizo que la exterminadora se separara con cuidado de su esposo, sus muñecas ya no dolían, los grilletes habían vuelto a curarle.
Como un inhumano recordatorio de que estaba atrapada en ese lugar y no importaba cuanto tratase de escapar, cuanto peleará con esas cadenas, ella no sería libre por mucho que lo deseara.
— Kikyo… — Sango se aproximó a la pared y puso su mano en ella. —. ¿Cómo te sientes?
Un suspiró se escuchó al otro lado del muro, acrecentando la preocupación de la tayija.
— Me siento agotada, pero no tanto como hace unas horas.
— Madre… — El kitsune trató de avanzar hacia la sacerdotisa, pero ella al ver sus intenciones negó con su cabeza.
— No te preocupes pequeño Shippo, me encuentro bien. — Luego de unos segundos callada, volvió a hablar. —. Sango, monje Miroku, ustedes tampoco deben preocuparse, porque yo… yo les aseguro que lograremos salir de aquí.
— ¿Cómo lo haremos, señorita Kikyo?
Kikyo se acomodó de manera que su espalda estuviera pegada a la pared.
— He estado pensando muy bien sobre toda nuestra situación, y una de las cosas de las que podamos estar seguros es que tarde o temprano, Kagome vendrá.
Miroku apretó su mandíbula.
— Perdone la rudeza de mi pregunta, señorita Kikyo pero ¿por qué piensa que lo hará? ¿qué otros asuntos debe resolver una traidora como ella con nosotros?
— Porque lo hará, está en su naturaleza, ella vendrá tarde o temprano, ya sea por culpa o expiación, ella volverá.
Kikyo continuó;
— Debemos reunir toda la información que tengamos hasta el momento. Para empezar, Kagome es una traidora, y aún así tiene el favor de Lord Sesshōmaru-sama, no podemos simplemente ir contra ella así nada más.
— Al ser la madre de la princesa Rin, tiene el respaldo de Occidente. — Enumeró Miroku.
— También cuenta con el Norte como aliado al ser la hermana menor del joven Lord Kōga.
Todos fruncieron el ceño y se sintieron impotentes de sólo detallar lo peligroso que sería ir contra alguien como Kagome.
Y aunque eran conscientes de ello, nunca les importó demasiado ese hecho, al menos no hasta el momento en el que se vieron atrapados en una jaula como si fueran meras ratas.
— Ni siquiera tendríamos la oportunidad de desenmascarar su verdadero ser. — Sango chocó su puño contra el muro.
— Ella en verdad, tiene muy buenos aliados. — Expuso el kitsune en voz baja.
Miroku colocó su mano en su barbilla y trató de encontrar una solución viable y posible, pero todas llegaban a la misma conclusión:
— Si la señorita Kagome no contara con la protección de al menos uno de ellos, sería más fácil demostrar quien es ella la que está verdaderamente aliada con Naraku.
Sango levantó la mirada hacia su esposo, un brillo de esperanza se instaló en sus ojos marrones, varios pensamientos surcaron su mente en ese instante gracias a las palabras de su esposo.
— Si podemos probar que ella es la verdadera traidora, incluso el Norte… — Sango calló y negó con la cabeza. —. No…, incluso Kōga sería incapaz de protegerla, él no lleva mucho tiempo siendo un Lord, por lo que no podría hacer algo tan negligente como arriesgar a su gente y su poder por alguien que colaboró con la masacre de sus aliados.
— Es tal como lo dices, Sango. — Afirmó Kikyo.
— ¿Qué sucederá después?
— Posiblemente sea juzgada por el Concejo de Sagrados. — Respondió absorto Miroku, al parecer estaba pensando en algo más importante, su mirada parecía no estar enfocando hacía algún punto en específico, más bien parecía estar buscando algo entre los recuerdos más profundos de su mente, algo que los demás pudieron pasar por desapercibido.
— Pero… — Shippo entró de nuevo a la conversación. —. Creí que Kagome no era parte del Concejo de Sagrados, ¿por qué sería juzgada por ellos?
Kikyo esperó un momento pensando que el monje le respondería a su hijo, pero al no escuchar nada del otro lado, fue ella quien decidió hacerlo.
— Y estás en lo correcto, pequeño. Kagome no es una sacerdotisa formal ante el Concejo, pero por los crímenes cometidos contra la humanidad y los sagrados mismos, ellos podrán ejercer justicia por su propia mano, y posiblemente el Concejo de Youkai interfiera por la misma razón.
Shippo arrugó su entrecejo al no entender que tenían ellos que ver con el castigo de una mujer sagrada.
— ¿Por qué…?
— Porque ella no sólo perpetró contra humanos, también lo hizo contra los youkais.
— ¿No es ese el deber de un sagrado?
Kikyo negó con la cabeza.
— Lo es y a la vez no lo es.
— Creo que me perdí… — El kitsune sostuvo su cabeza a causa de la confusa información que en estos momentos estaba recibiendo.
Kikyo sonrió con pesadez y quiso contarle al pequeño kitsune aquella historia que su madre solía contarle mucho antes de que falleciera, pero por alguna extraña razón, ella no podía recordar esa historia.
Shippo se acercó a la sacerdotisa que lo crió y se preocupó al ver su rostro aún más pálido que hace unos momentos.
— ¿Madre…? ¿Te encuentras bien? ¿Madre?
— ¿Shippo? — La preocupada voz de Sango llegó desde el otro lado. —. ¿Qué ocurre? ¿Kikyo está bien?
— No lo sé, ella se quedó en blanco y…
— Estoy bien, tranquilo. — Musitó en voz muy baja.
— ¿Madre, qué ocurre? ¿Estás bien? Madre… — Shippo tomó entre sus manos con garras el delicado rostro de Kikyo, con cuidado de no lastimarla con las cadenas que lo apresaban a él.
— Shippo. — Le interrumpió y se soltó de su suave agarre. —. Estoy bien, es sólo que me di cuenta que no puedo recordar una historia que quería contarte.
— ¿Qué? ¿Una historia? ¿Te pusiste así por una historia?
Kikyo le dio una sonrisa apenada de labios cerrados, por la única razón en la que no quería indagar en cómo no puede recordar algo que sabía de memoria, algo que sabía estaba ahí en sus recuerdos, pero cuando quería exteriorizar la historia, un vació se instalaba en su cabeza, nubando incluso sus recuerdos de infancia y adolescencia, unos incluso se volvían patidifusos.
— No te preocupes hijo, cuando la recuerde, te prometo que te la contaré.
— Entonces, ¿por qué Kagome puede ser juzgada por el Concejo de Youkai?
— Porque los youkai a quienes atacó, ahora la protegen, Kagome no pertenecerá a ningún Concejo, pero los demonios que la protegen, sí que lo hacen.
Shippo analizó las palabras del monje antes de caer en cuenta de algo.
— ¡Los lobos de Kōga!
Todos asintieron a pesar de que no se veían.
— Kagome colaboró con Naraku para acabar con ellos e InuYasha fue culpado por ello, ¿lo recuerdas?
— Claro, fue cuando Sango recién se unía a nosotros, ¿no es así?
La exterminadora asintió con un murmuró; —. Uhum.
— ¿Recuerdas cómo nos enteramos de esto, Shippo?
Los rostros de todos de repente se tornaron sombríos.
— ¿Cómo podría olvidar algo como eso? — Musitó Sango con gran rabia. — Fue en la época en la que Miroku estuvo a punto de morir por su descuido.
— Si tan sólo… — Shippo apretó sus puños contra su ropa, su voz llena de rencor volvió a resonar entre los nauseabundos calabozos. —. Si tan sólo hubiese una manera de mostrarle a todos lo que nosotros vimos.
La rabia, la impotencia, el rencor, la carencia de poder hacer verdadera justicia se escapaba de sus manos como un vano sueño que sólo eso fue… un sueño.
— Puede que la haya. — Susurró el monje.
Los presentes levantaron la cabeza, Shippo y Kikyo se vieron entre sí antes de mirar hacia la pared a su lado.
— ¿Miroku…?
— Excelencia…
— Existe una forma muy antigua de mostrar aquello que alguna vez vivimos o recordamos vagamente…, si logramos conseguir los ingredientes correctos, podemos usarla en nosotros y así mostrarles la verdad de la señorita Kagome.
(***)
Kagome terminó de hacer un pequeño moño en el listón rojo que suele acompañar su traje de sacerdocio y rodea el cuello de su haori blanco.
Se paró derecha y se alisó las faldas de su hakama rojo, esperando verse decente para lo que le esperaba.
Incluso trató con un mínimo esfuerzo por mostrarse feliz y orgullosa, pero el reflejo que tenía ante ella dista por mucho lo que trata de aparentar, la cruda razón por la que sus ganas de llorar fueron domadas una vez más.
Acongojada y con el corazón en la boca del estómago, enderezó sus hombros y aún así trató de poner su mejor cara.
Con una sonrisa de labios cerrados y la cabeza en alto, se dirigió hacia las puertas dobles de su alcoba, donde las abrió y un báculo de dos caras fue lo primero que su vista recibió.
— Jaken… — Musitó al reconocer la antigua arma del kappa.
— Miko Kagome-sama, por órdenes de Sesshōmaru-sama, vengo a escoltarla a su despacho personal.
Kagome arrugó el entrecejo, pues Sesshōmaru en ningún momento le mencionó que un escolta vendría a por ella.
Pero de nuevo, ¿de cuándo aquí, Sesshōmaru le comentaba lo que planeaba hacer? Kagome achicó los ojos en un frustrante intento por no romperse ahí mismo frente al pequeño demonio verde.
Tras varios segundos en silencio y curiosamente, sin la insistencia de Jaken, Kagome pudo respirar profundo antes de seguir al kappa hacia el despacho del Lord del Oeste.
Jaken caminaba por el conocido laberinto de pasillos, seguido de la sacerdotisa que caminaba cabizbaja a unos pocos pasos detrás de él, y el pequeño kappa no paraba de cuestionarse, si la razón por la que su señor hacía todo esto, era la mejor.
A la vez que Jaken pensaba eso, Kagome iba lo suficientemente distraída, como para no darse cuenta que el kappa se había detenido.
Por lo que no fue una sorpresa cuando tropezó con la punta del báculo y lanzó sus brazos hacia adelante para detener el golpetazo en un intento de protegerse, pero para su buena fortuna, este nunca llegó.
Al contrario, lo único que pudo sentir fue como sus manos se estampaban contra algo sólido y sus hombros eran sostenidos por dos grandes y fuertes manos.
Manos con garras que sabía reconocer muy bien por el paso de los años, y además… contaba con el hecho de que había sentido su aura desde hace ya un buen rato.
Por eso es que en lugar de separarse y agradecer, se acercó y hundió más la cabeza al pecho de su salvador.
— ¿Pequeña…? ¿Estás bien? — La preocupada voz de Kōga llegó a sus oídos en un susurro.
Kōga puso su mano derecha en la cabeza de Kagome y con la otra mano en su pequeña espalda la atrajo hacia él.
— Kōga… — Se apegó más a él con la clara intención de buscar consuelo.
— Vamos, tranquila pequeña, ¿qué sucede? Sólo tienes que restaurar el vínculo de sangre y todo volverá a la normalidad.
Kagome apretó los ojos, había olvidado que nunca le mencionó a su hermano o a alguien lo que pasaría una vez el vínculo fuera restaurado.
Nadie sabía lo que sucedió entre Sesshōmaru y ella… Y nunca nadie lo sabría.
Nadie exceptuando…
Kagome se separó de golpe de su hermano mayor y en su mente, un momento específico se reprodujo en cámara lenta.
Rin.
La miko volvió a cerrar los ojos con pesar, al recordar que su hija los había atrapado en un momento tan… inoportuno.
La pequeña Rin desconoce lo que sucederá una vez termine el ritual, Kagome sabía muy en su interior, que debía hablar con ella antes de que todo fuera demasiado tarde y se llegasen a crear malos entendidos.
Rin incluso podría llegar a odiarla a ella o a Sesshōmaru, pese a lo que él decidió, Kagome no podía permitir que Rin odiase a su padre, eso sería cruel, y ella no desearía jamás hacer algo como eso.
La miko presionó su mano sobre su pecho, y una desconcertante punzada se clavó en su corazón.
¿Qué estaba mal en ella? ¿De dónde proviene ese mundano deseo de lastimar a otros?
No.
Necesitaba despejar su mente de todo ese caos, necesitaba hablar con Rin, su prioridad ahora mismo, era esa.
Con esa preocupación en mente, dio un paso al frente y las puertas dobles de roble se abrieron ante la Guardiana de la Shikon no Tama y su hermano mayor; el Lord de los Ookami.
Kagome ingresó seguido de su hermano; Lord Kōga y Jaken.
— Lamento la demora. — Se disculpó inclinando su cabeza hacia el frente.
— Para nada, llegan justo a tiempo, miko Kagome. — Tōga recibió a la sacerdotisa con calmada voz. —. Estamos por comenzar.
— Mamá. — Susurró la joven Taishō al acercarse a ella. —. ¿Está todo bien?
Kagome guardó silencio al mismo tiempo que su mano se posaba en la cabeza de su hija.
— Todo está bien, pequeña. — En el fondo sabía que no podía continuar mintiendo. —. Bueno, no todo.
Rin se separó un poco para alzar su rostro y verla a los ojos, —. ¿Sucedió algo malo?
Kagome abrió su boca, pero las palabras no pudieron fluir, así que volvió a cerrarla.
— No es nada grave, tesoro. — Pensó bien en lo que diría. —. Cuando terminemos el ritual, necesitamos hablar de algo importante.
Kagome le dio un beso en la frente y fue directamente donde su maestra sin darle tiempo a responder, mientras la vieja miko disponía de los utensilios que usarían.
— ¿Está todo listo, maestra? — Le preguntó en un susurro.
— ¿No te parece muy vaga tu pregunta, niña? — Un brillo perspicaz fue lo que Kagome notó en su mirada.
Si su maestra no lo sabe, lo sospecha.
No por nada esa mujer fue conocida como la sacerdotisa del siglo en su tiempo.
Ante el silencio de la joven aprendiz de Midoriko, ella suspiró en voz muy baja, le susurró;
— Los sirvientes del Lord Sesshōmaru, han preparado dos caballos con provisiones en la entrada principal. — Guardó silencio y cerró sus ojos, y con eso, pudo sentir las emociones que a su pupila rodeaban. —. He de imaginar que son para ti y para mí, ¿no es así?
Kagome no tuvo más opción que asentir imperceptiblemente, aunque su maestra no la haya visto hacerlo.
— ¿Quieres hablar de ello?
— Lo haremos, apenas estemos lejos de este lugar.
La vieja maestra asintió y se dispuso a hablar en voz alta para que así hubiera silencio.
— El ritual de sangre, dará inicio.
Los presentes comenzaron a acomodarse en diferentes lugares donde sabían que su participación sería necesaria o sólo si su presencia era requerida como testigo formal.
En medio del espacioso despacho, Rin figuraba en medio, vestida con un precioso kimono furisode de color blanco con patrones celestes en él, además de que su cabello iba parcialmente suelto, se había tomado el tiempo de recoger la parte supero, para colocar una hermosa peineta con adornos de jade en ella.
Sin duda alguna, se vestía acorde a una princesa cardinal.
Midoriko se colocó a un lado de la pequeña Taishō, InuYasha quien no quería dejarla sola, pero tampoco deseaba estar cerca de su padre y hermano, por lo que optó por quedarse rezagado por algún lado del despacho, sin quitarle la mirada de encima a Rin.
Tōga se puso en el lado izquierdo de su pequeña nieta, le dedicó una sonrisa tranquilizadora que logró calmar gran parte de los nervios de la joven.
Sesshōmaru se colocó frente a ambos, y Kagome no tuvo más remedio que pararse a la derecha del Lord actual de Occidente.
Justo cuando Midoriko alzó los instrumentos, las puertas dobles del despacho se abrieron sin previo anuncio.
Kaoru, vestía un kimono negro con matices rosas cpn un pronunciado escote en los hombros y su cabello recogido con delicados ornamentos de oro; y de lamisma manera que entró sin anunciarse, de la misma forma, inclinó la cabeza en modo de saludo y se posiconó a la izquierda de Sesshōmaru, Kagome sentía su rabia ebullir y su incomodidad se hizo más que notoria.
Rin no entendía por qué ella estaba presente en este ritual y tampoco entendía porque nadie la anunció o la detuvo antes de ingresar de manera tan grosera. ¿Quién se creía?
— Disculpen el retraso, pueden continuar. — Le indicó a la sacerdotisa anciana de ojos cerrados.
Midoriko se mordió el interior de la mejilla y se decantó por continuar con la breve ceremonia.
La vieja sacerdotisa elevó por encima de su cabeza el antiguo, pero ancestral cáliz de plata; un cáliz que fue dado por el mismo dios Tsukuyomi; dios de la luna y creador de los youkai.
Mientras los sirvientes ayudaban a Midoriko a preparar lo necesario para el ritual, Tōga Taishō preguntó por las peculiares piedras que tenían talladas el símbolo de su honorable Casa, al ser entregadas a su legítimo dueño, éste las utilizó para abrir un compartimento oculto en su despacho, ahora ocupado por su hijo, del cual sacó un cofre y de este sacó una de las tres copas que el dios Tsukuyomi le había entregado al abuelo de Aegon; su padre.
Este mismo cáliz ahora se exhibía desde la mano izquierda de Midoriko a los presentes, y una preciosa y pequeña daga de plata en su derecha.
— Demos inicio a este ritual sagrado.
En silencio, la vieja sacerdotisa se dejó guiar por sus sentidos y su poder.
Dejó el cáliz en la palma de Inu no Taishō y tomó la palma del Lord Sesshōmaru, y realizó un corte lo suficientemente profundo para que vaciara la suficiente sangre en el cáliz de plata.
El cáliz, parcialmente lleno, pasó a la mano de Kagome, mientras ella lo sostenía, Midoriko tomó la palma de Toga y al hacerlo, una diminuta corriente la atravesó desde las punta de sus dedos, hasta la punta de sus pies.
Tōga sintió la misma sensación recorrerlo, bajó la mirada para tratar de entrever sus ojos, pero al notar que estos seguían cerrados, pensó que quizá…, su mente le estaba haciendo malas jugadas por los siglos dormido, pues la vieja sacerdotisa pareció no sentir nada o de hacerlo, no mostró ningún indicio de ello.
Kagome acercó la copa cuando la fina hoja de plata se deslizó por la palma del viejo General, el cáliz ya se encontraba lleno hasta la mitad, sólo faltaba un poco más de sangre.
Kagome levantó la mirada para encontrarse con el turbulento ámbar de InuYasha, el mestizo captó el significado de la mirada de la joven miko, como siempre lo ha hecho, lo que no lograba comprender, eran los confusos recuerdos que tenía con y de ella.
InuYasha notó la mirada de Rin y de su padre, pero decidió ignorar todas, para concentrarse en la única que le importaba en ese momento, la de Rin.
Se acercó con seguros pasos hacia ella y sin apartar su vista de sus ojos, entregó su palma a la maestra de Kagome, esta le hizo el mismo corte que a sus relativos y dejó caer la sangre en el sagrado cáliz.
Sólo un poco y la copa estaba llena.
— Gracias. — Musitó la princesa al mestizo, este asintió y regresó a su lugar, aún sin quitarle la mirada de encima, Rin se sonrojó y bajó la cabeza para tratar de ocultarlo, pero los latidos de su corazón, no ayudaban mucho.
— Ahora bebe, y equilibra aquello que perdió su fuerza, no dejes de enorgullecer la sangre que te engendró, pero también asegúrate de fortalecer el linaje de aquellos que te acogieron y honra de manera íntegra a los antepasados Taishō que ahora velan por tu bienestar.
Midoriko recitó en voz alta varias palabras en un idioma extraño y antiguo, lo suficiente como para que Tōga Taishō arrugue el rostro, tratando de entender lo que la vieja miko decía, al terminar, le entregó la copa llena a la joven Taishō, y está sin cabida a duda, la tomó entre sus manos y se bebió todo el contenido, sin premura y sin dejar una sola gota.
Sesshōmaru irguió su cabeza, lo suficiente para demostrar el orgullo que sentía hacia su protegida. Tōga no pudo evitar sonreír ladinamente.
— Rin… — La pequeña Taishō bajó la copa y se la entregó a la vieja sacerdotisa. —. ¿Cómo te sientes?
La princesa arrugó un poco el rostro y se encogió de hombros levemente, dando a entender que no se sentía muy diferente al respecto.
El silencio era abrumador, nadie quería decir nada al respecto, pero también deseaban saber si el ritual porque él había tenido tantos percances, había dado resultado.
— Maestra, ¿funcionó? — Preguntó una consternada Kagome, mareada de aquel silencio.
— Solo hay una manera de saberlo. — Midoriko dejó el cáliz a un lado y cogió la mano de Rin, con su garra le hizo un pequeño corte en la palma haciéndola saltar de la impresión.
— ¡Oi! — InuYasha respingo y estuvo a punto de ir y empujar a la anciana, pero Rin se giró hacia él y le mostró la mano y la herida se cerró en brevedad, como si nunca hubiese estado ahí.
Midoriko volvió su cabeza a su pupila; Kagome al ver el corte en la palma de Rin, dirigió su mirada hacia su propia palma, pero nada apareció, ni la misma herida, ni sangre, ni dolor.
Sus esencias habían vuelto a ser propias de cada una; es decir, que Rin ya no estaría en peligro en caso de que algo le sucediera a Kagome, ni viceversa.
Kagome de inmediato sintió una absoluta armonía envolverla, su corazón levemente agitado se relajó, sus hombros dejaron de estar tensos, sus manos en puño se aflojaron, la sensación fue como si un gran peso se hubiera quitado de su espalda.
Es como si parte del rencor que afloraba en su alma, se hubiese ido disipando poco a poco.
Rin por su lado, caminó hacia Kagome y se lanzó a sus brazos sin pensarlo.
Kagome se mordió el labio inferior, impidiendo así las lágrimas que querían abandonar sus ojos, y respondió el abrazo de su hija gustosa.
Pero el dulce, tierno y pacífico momento duró muy poco, cuando Kaoru, habló para romper esa armonía que se había formado en el estudio.
— Es un alivio que todo haya resultado de maravilla, pero creo que es hora de que la sacerdotisa Kagome se marche.
— ¿Marcharse? — Rin se separó de Kagome para verla a los ojos. —. ¿De qué habla? ¿Por qué tienes que marcharte? — La alegría en su rostro dio paso a la confusión.
— Rin… — Las palabras quedaron atascadas en su garganta, aunque lo había practicado muchas veces, llegado el momento de hacerlo, no podía decir nada.
— Verás querida. — Kaoru se acercó a la pequeña Taishō y puso su mano sobre su hombro. —. Tu padre ya ha concertado un compañero para ti.
Rin miraba por el rabillo de su ojo la mano de la youkai, se giró hacia ella dándole una mala mirada que no ofendió para nada a la mujer.
La pequeña Taishō, miró a su padre quien la miraba imperturbable y luego hacia la maternal sacerdotisa, pero ella solo atinó a esquivar su mirada y cruzar sus brazos sobre su pecho.
— ¿Qué tiene que ver mi futuro compañero con el hecho de que mi madre se tenga que ir esta misma noche? — Se volvió hacia la desagradable youkai, preguntó erguida y sin temor.
La youkai no se mostró para nada disgustada con la mirada recelosa de Rin, incluso quitó su mano del hombro de la joven y le sonrió con suficiencia antes de responderle.
— Porque tu compañero forma parte de mi clan, sabes lo que eso significa, querida niña. — Y esa fue una afirmación. Una muy contundente.
«Cuando una hembra o un macho (sin importar su especie), siguen un poderoso ritual, como el de sangre y alimentan a alguien con ella, la persona que la bebe, se convierte en su cría, su cachorro, su descendencia; que es justo lo que acaba de suceder, pero esto sólo fue como un refuerzo, puesto que el ritual de sangre, originalmente se realizó cuando Rin cumplió sus primeras quince primaveras y fue nombrada heredera de las Tierras Occidentales.
Pero si la hembra o el macho que cumplieron ese ritual de sangre, deciden emparejarse con alguien más, entonces el ritual, tiene mayor significado, y más si hay más de un interesado o interesada en la persona que ellos desean tomar como pareja.
En un resumen corto y simple; si dos hembras/machos están interesadas en el mismo demonio/a, usualmente se baten en un duelo a muerte por quien se queda con él/ella, pero en caso de que exista una cría de ese macho/hembra en discusión (validando de igual manera, las crías por medio de ritual de sangre), entonces las hembras/machos deben competir por él/ella, a través de la cría. La hembra/macho que consiga un emparejamiento adecuado para la cría, ganará el favor del demonio/a y tendrá la oportunidad de convertirse en su compañera/o, pero si ambas hembras/machos consortan un emparejamiento adecuado y conveniente, entonces es él/ella, quien debe decidir a cual emparejamiento prefiere para su cría y a cual hembra/macho prefiere para él/ella.»
Rin parpadeó varias veces, sus labios se entreabrieron un poco y un suspiro pesado salió de ellos, al recordar la lección de historia sobre parejas demoníacas y cómo funcionaban las disputas por alguien, o al menos como se resolvía ese problema en el mundo youkai.
Kagome creería que esa tradición es estúpida, y de ser así, qué es lo más seguro, ¿por qué otra razón Kaoru insinuó sobre su futuro emparejamiento?
La única razón por la que ella lo haría, sería porque en realidad, su madre si estaba compitiendo por el agrado de su padre, pero eso también es ilógico, ¿por qué competiría por él, si ya estaban juntos? no tiene sentido, pero las palabras de Kaoru la golpearon con fuerza, su compañero era de su clan, entonces, eso sólo quedaba con la opción de que su madre y Kaoru competían por su padre y él, por alguna inexplicable razón; eligió a Kaoru.
La cabeza le estaba doliendo a tal grado, que estaba dejando muchas cosas en segundo plano.
— Pero, padre... — Rin estaba por discutir con su padre, pero decidió callar al ver que todos los demás también lo estaban, incluso InuYasha estaba extrañamente silencioso.
La pequeña y persuasiva Taishō no tardó en descubrir en que nadie decía una palabra,m su madre parecía afligida, Kaoru tenía una expresión triunfante, su padre ni se inmutaba, y el resto simplemente decidieron hacer de la vista gorda, por qué nadie decía nada, ni siquiera Lord Kōga parecía querer decir algo, era como si todos supieran lo que sucedía, todos, menos ella.
La pequeña Taishō observó a Lord Tōga; su abuelo, y este le dio un asentimiento de cabeza y una sonrisa tranquilizadora, como si todo estuviese bien, aunque no lo pareciera.
— Madre… — Rin se volvió hacia Kagome y tomó su mano para darle un gentil apretón.
— No te preocupes, estaré bien, lo importante es que estés a salvo. — La miko levantó la mirada y acarició tiernamente la mejilla de la joven heredera.
Y eso terminó por confirmar sus sospechas.
Sus padres preferían vivir infelices, sin el uno y el otro, con tal de que ella estuviese a salvo, en caso de que ambos perecieran en la guerra.
Lo que la pequeña Taishō no sabía, era que Kagome por fin entendió las intenciones de Sesshōmaru. Él nunca quiso lastimarla, a menos, no intencionalmente, lo único que quería, que ambos querían… era proteger a su hija.
Kagome se sintió avergonzada y miserable al pensar que Sesshōmaru simplemente la botaría así como así, sin una razón lógica y que de un momento a otro elegiría a alguien más.
Pero también estaba enfurecida, porque él tampoco pudo compartir su plan con ella, sino que primero tuvo que hacerse ideas estúpidas y erróneas en la cabeza antes de caer en la cuenta de lo que en verdad sucedía.
Kagome reverenció tranquila a los presentes y con voz calma se dirigió hacia el mayor de los Taishō:
— Espero que por favor, cuide muy bien de su nieta, Lord Tōga.
Tōga ni siquiera pareció molestarle el pedido de la joven miko, al contrario, sonrió grandemente y asintió hacia ella.
— Ella tiene mi protección y cuidado absoluto, y además, no estará sola, así que ve tranquila en tu búsqueda, miko Kagome. — De reojo, ambos miraron con poco disimulo hacia el híbrido Taishō, quien permanecía apoyado en la pared, con los brazos cruzados, el rostro descompuesto de enojo y las orejas contraídas al saber que hablaban de él.
Y la miko respiró tranquila al saber que su hija estaba muy bien resguardada.
Le dio una mala mirada a Kaoru, quien le sonrió descaradamente de vuelta y un impasible vistazo a Sesshōmaru, quien esperaba haya captado el mensaje en sus ojos.
La sacerdotisa Kagome se retiró lentamente del despacho y se dirigió a su alcoba a por sus cosas, para luego marcharse de Occidente.
(***)
Con la visión borrosa y el corazón apretado, Kagome acomodaba sus últimos trajes limpios en la manta que usaba como bolso, las lágrimas entorpecen su trabajo, pero no importa cuánto se limpie con la manga de su haori, ellas siempre buscan la manera de brotar.
Sorbió su nariz en un intento por calmar sus nervios, pero eso sólo provocó más dolor en su pecho y que la nariz se le pusiera roja.
— Soy un desastre. — Masculló en un gimoteo.
Aún moqueando y llorando, Kagome cogió la última prenda de ese gran y ostentoso armario; el haori blanco con bordados hexagonales rojos, y fue inevitable que un sollozo saliera de sus labios cuando lo tomó.
Lágrimas saladas, llenas de frustración y dolor, cayeron sobre la impoluta tela blanca, dejando como consecuencia, visibles gotas de agua.
Y aunque no quería estropearlo más, se dejó llevar por el sentimiento pesado de su pecho y hundió su rostro en el haori, aspirando con fuerza el aroma que resguardaba.
Menta, almizcle y otro aroma que le resultaba vagamente embriagador.
Así olía Sesshōmaru.
Alejó la prenda de su cara y notó con cierto horror que sus lágrimas por muy claras que sean, dejaban cierto imperceptible rastro en la prenda, peor aún, el aroma salino debía estar adyacente a ella.
— Oh no, esto sí es vergonzoso… — Lo último que la miko quería, era que su daiyoukai se diera cuenta de que estaba llorando, por lo que no tuvo más opción que coger la prenda y guardarla cuidadosamente sobre sus trajes de sacerdocio. Lo mejor sería que se la llevara consigo para limpiarla y luego devolverla.
O así se hizo creer a sí misma.
Le hizo un doble nudo a la manta y se dirigió hacia sus termas personales para enjuagar su cara antes de salir, cuando ya se sintió preparada para enfrentarlo, salió de sus termas, cogió la bolsa improvisada con sus ropas y salió de sus aposentos de camino al jardín delantero.
(***)
Rin se mordía el labio inferior tratando de no soltar ningún sollozo que alertara a los guardias que hacían sus rondas, tan sólo trataba de dejar que todo siguiera su curso, pero su pequeño corazón, se sentía agobiado de todas las diversas emociones que había sentido hoy.
Demasiadas sensaciones revueltas, le produjeron hasta un insoportable dolor de cabeza, y ahora escuchar lo que InuYasha le acababa de decir, no mejoraba las cosas, pero le entendía perfectamente, además sus intenciones eran sinceras, ella lo sabía de antemano.
Resolvió que quedarse sentada en la esquina de su cama, no serviría de nada, ni haría ningún bien el que se volviese a deprimir, ahora que InuYasha estaba devuelta a la vida, ya podía relajarse un poco y tener muchas horas de merecido descanso.
El compromiso y el resto, serán asuntos que lidiará después, primero lo primero; debería ir a despedirse de su madre.
(***)
— Gracias. — Agradeció Kagome a los sirvientes que terminaban de atar sus pocas pertenencias en el caballo, además de muchas manos, fruta, queso y todo preparado por la amable Akane-sama.
Se despidieron con un asentimiento de cabeza y se retiraron del lugar, murmurando entre ellos las plausibles razones por las que la miko se marchaba.
Otro caballo aguardaba paciente cerca del de la joven miko, era el de su anciana maestra, con quien tendría una larga charla en el camino.
Kagome respiró hondo y colocó ambas manos en sus caderas, trataba de relajarse aunque fuera un poco, Rin aún no llegaba para despedirse de nuevo, aún debía esperar a Kōga y a su maestra, sabía que el tiempo de espera que había pasado, era poco, pero a ella se le hacía eterno.
O en eso pensaba libremente, cuando sintió esa sensación tirante llamándola nuevamente, ese hilo que sólo tenía un principio y un fin, un cielo con una estrella, un camino con un sólo destino.
Deslizando su mano por el costado del caballo, la joven miko se dirigió con pasos lentos hacia donde sentía que su corazón tiraba, tratando de mantener la calma y la compostura, tratando de no enloquecer, pero sus emociones y su cuerpo la traicionaron, un nudo se formó en la garganta, los ojos se le llenaron de agua, queriendo escapar, la miko no tardó en acelerar su paso hasta el punto de casi echar a correr, pero se contuvo y llegó casi trotando hacia su destino.
Ni siquiera esperó a recuperar el aliento, apenas llegó y lo encontró escondido en lo que parecía la entrada a un laberinto, se lanzó a envolver su pecho con sus brazos, apenas percibió su inolvidable aroma y se negó a dejarlo ir, enterró su cara entre los pliegues de su haori y lo apretó sin miedo a lastimarlo.
Sus pies no tocaban el suelo, pero eso no era un problema, pues él sin mucho esfuerzo, ya tenía su brazo envuelto en su delgada cintura y la sostenía a su altura.
— ¿Por qué no dijiste nada? — Le cuestionó con la voz ahogada.
— Lo sabías. — Afirmó, pero la miko tardó un momento antes de responder.
— No al principio. — Negó con la cabeza aún enterrada en su hombro.
— …
— Llegué a pensar en las peores cosas, llegué a sentir las peores cosas… — Él no dijo nada. —. Gomene. — Las disculpas no eran mucho para él, eran más para sí misma, él lo sabía, por lo que sólo atinó a apretar el agarre de su cintura.
— Miko…
Kagome apretó su agarre, pero sabía que debía comportarse, alguien podría verlos y todo se echaría a perder, poco a poco se fue deslizando de su abrazo y cuando sus pies tocaron tierra, estaba a punto de retroceder cuando el agarre en su cintura se apretó, impidiendo que se alejará más.
La joven miko se sonrojó y levantó su rostro para ver el costado de la fuerte mandíbula de su demonio.
— Sesshōmaru…
— Sabemos quién es el traidor.
Luego de mucho pensamiento durante las últimas horas, ella también lo sabía.
— Estoy al tanto, no hay que dar indicios de alerta. — Nuevamente trató de alejarse, y nuevamente él se lo impidió.
Kagome bajó la cabeza, su cara había cambiado ya en diferentes tonos de rojo. Sesshōmaru podía ver el lóbulo de sus orejas colorado y además podía escuchar y sentir el acelerado latido de su corazón, además de las respiraciones contadas en un vano intento por calmarse. Colocó sus pequeñas manos en su fornido pecho, le alegraba poder sentirlo a través de las densas telas que lo cubrían y agradece que no lleve su armadura puesta.
Kagome arrugó el entrecejo al recordar todo lo que sintió y pensó de Sesshōmaru, ni su mente, ni su corazón le dieron tregua en ningún momento, y ahora… su cuerpo y su mente se sentían en una extraña armonía, por lo que no fue complicado llegar a la raíz de todo el problema, la pregunta era: "¿por qué no había pensado en eso antes? ¿por qué se sintió tan nublada? ¿por qué las emociones se interpusieron, cuando nunca había pasado? al menos no desde que entrenó con Midoriko (Ritsuka)".
¿Podría ser que todo el tiempo, las emociones que la cegaron, no hayan sido las de ella propiamente? Kagome se anotó mentalmente, hacerle esta pregunta a su maestra en su camino de vuelta al Norte.
Sesshōmaru por su parte, sospechó que todo lo que su pequeña miko sintió, se debió a la conexión que ella y su protegida compartían, ahora que miraba los gestos y escuchaba las disculpas de ella, sus conjeturas fueron certeras.
— Tengo que irme. — Habló con la mirada desviada.
— Hn. — Asintió, y aún así no la soltó, ni se alejó.
Kagome tampoco trató de separarse, al contrario, se apoyó en su pecho para poder ponerse puntillas y así alzar la cabeza para poder plantar un casto beso en la línea de su mandíbula.
— Estaremos pendientes acorde al plan de avance. — Dijo cerca de su rostro, antes de pararse correctamente y esta vez, alejando sus manos y cuerpo con poco éxito de su demonio.
Kagome retrocedió dos pasos, y se dio la vuelta para empezar a alejarse, estaba completamente preparada para irse y no mirar atrás, pero un indómito impulso se apoderó de ella, y la hizo detenerse abruptamente cerca del demonio, muy dentro de ella, sabía que no podía irse así como si nada.
Ella y Sesshōmaru tenían que trabajar en su continuación, eso era algo demasiado obvio, pero además de eso... Lo va a extrañar y mucho, ¿está bien irse solo así?
El Lord pareció ver la duda en los movimientos de la sacerdotisa, por lo que no tardó en cogerle de la muñeca y la atrajo de vuelta a su posición anterior, antes de que ella se alejara.
Antes de poder quejarse o decir algo al respecto, el demonio ya la tenía apresada con uno de sus brazos envuelto nuevamente en su cintura, pero esta vez, ella no trató de irse.
Kagome se mantuvo viendo el indescifrable rostro de Sesshōmaru en completo silencio, la luna brillando tras él, causaba estragos en la imaginación de la joven miko, pues para ella, él se miraba más como un ardiente sol, que como una fría luna.
Envolvió sus delgados brazos alrededor de su cuello y presionó sus labios sobre los de él de forma suave y titubeante, como si temiera de su reacción, como si él fuese a apartarse bruscamente de su contacto, pero lo único que hizo, fue amoldar sus labios con los de ella y presionar de vuelta en lo que parecía ser un inocente beso.
Kagome movió una de sus manos para colocarla en el rostro de Sesshōmaru, mientras se deleitaba de sus labios ligeramente húmedos, la miko rememoró lo que los besos de su demonio podían ocasionar, pero aún así, no se detuvo, la mano libre del demonio se trasladó a su cadera y la apretó lo suficientemente fuerte para que Kagome emitiera un vergonzoso sonido. Sesshōmaru gruñó por lo bajo al escuchar el seductor sonido, provocando estremecimientos en el interior de la sacerdotisa.
Kagome se separó dificultosamente de él, unió su frente con la de él, mientras trataba de recuperar el aliento, fue entonces cuando se dio cuenta de que Sesshōmaru la tenía nuevamente alzada con una sola mano, acunando su rostro con ambas manos, le advirtió en voz baja:
— No te atrevas a hacer algo con esa demonio… O te las verás conmigo. — Amenazó con un puchero enfadado que el daiyoukai, no vio venir, pero que sin duda, disfrutó internamente.
— Este Sesshōmaru, sólo necesita una compañera. — El corazón de Kagome tembló, y aún así… Pues no sabía si debía tergiversar el trasfondo de esas palabras.
La miko se retiró y el daiyoukai la bajó con cuidado, cuando sintió el suelo firme bajo sus pies, alzó la cabeza y acarició con cariño el rostro de su demonio.
— Cuida de ella, si su futuro compañero es un impertinente, que se mantenga alejado.
— El General Yuu, ya está a cargo de su protección. — Asintió conforme al ver que su demonio, ya había pensado en lo mismo.
— Si InuYasha no se comporta, trata de no volver a matarlo.
— Eso ya no será un problema. — La miko arrugó el ceño sin entender qué quería decir con eso, pero no preguntó al respecto.
— Y por favor, ten cuidado. — Sesshōmaru asintió levemente, aún bajó el toque de su sacerdotisa. —. También lo tendré, no te preocupes. — Kagome sonrió, pues sabía que él quiso decir lo mismo a través de su mirada.
Ahora que ambos tuvieron una adecuada despedida, la miko ya se sentía lista para partir, con una última mirada, se separó de su demonio y se encaminó hacia los dos caballos ya listos, mientras llegaba, se dio cuenta de que su hermano, su hija, su maestra y Manae ya estaban listos, esperando por ella.
Kagome se acercó hasta donde Rin y con una mirada tranquilizadora, se acercó para abrazarla con fuerza, la joven Taishō le regresó el abrazo.
— Por favor, vuelve pronto. — Le pidió en un susurro.
Kagome asintió y se separó de ella con cuidado. —. Lo haré, obedece a tu padre y a tu abuelo, y por favor… — Le cogió las manos con ternura y las acercó a sus labios. —. Cuando él llegue, no te separes de Yuu o de tu abuelo, ellos estarán cerca, no olvides lo que te he enseñado, si trata de hacer algo… — La amenaza quedó implícita, pero la joven la entendió a la perfección.
Kagome le dio un beso en la frente antes de volverse hacia su maestra y asentir, de inmediato, Manae ayudó a la anciana a subir el caballo, mientras Kōga la ayudaba a ella, las grandes puertas del Castillo se abrieron y luego los cuatro partieron hacia el Norte.
La joven miko tenía muchas cosas en que pensar, analizar y planear durante su regreso al Norte, una de esas cosas era la base de que todo fuese a funcionar; entrenamiento.
(***)
— Las puertas de la entrada del Castillo Occidental se cierran.
— ¿Se fueron? — Su puntiaguda oreja se movió un poco tratando de captar algún otro sonido.
— Sí, al parecer sí. Escuché dos caballos irse, además creo que Kōga y otro demonio fueron con ella.
Shippo observó como Kikyo analizaba sus palabras.
— Aún la siguen protegiendo. — Masculló el joven kitsune con amargura.
— Eso es porque aún no saben quien es ella realmente o de lo que es capaz, hay que advertir a todos. — Todos asintieron ante las palabras de Miroku, pues tenía toda la razón, acorde a lo que ellos pensaban.
— ¿Ya sabes qué ingredientes necesitas, monje Miroku? — Inquirió la sacerdotisa.
— Mhm. — Asintió aunque ella no lo podía ver. —. Sí, señorita Kikyo, sólo necesitamos conseguirlos.
— Eso no será un problema apenas salgamos de aquí.
— ¿Podremos conseguir todo en ese lugar?
Kikyo asintió a su pequeño hijo kitsune.
— Después de todo, estamos en el Castillo de la Luna, si logramos llegar al área de sanación, estoy segura de que ahí encontraríamos todo lo que necesitamos.
Los cautivos estuvieron de acuerdo con Kikyo, después de todo, ella tenía razón. En silencio, todos se acomodaron en sus posiciones para tratar de tener un buen descanso después de todo el ajetreo que ha habido en el patio delantero los últimos días.
En pocos minutos, todos se quedaron dormidos, a pesar de la incomodidad a la que ya se habían acostumbrados, no tardaron mucho en conciliar el sueño.
Al cabo de unas pocas horas, mientras todos yacían en un estado de sueño profundo. Miroku se despertó sobresaltado a causa de unos bizarros sueños que lo estaban atormentando, aunque no era diferente para el resto, todos habían tenido malos sueños desde que estaban encerrados en ese lugar lleno de podredumbre y miseria.
Miroku respiró algo agitado a causa de las mismas pesadillas, miró a su lado, pero Sango le daba la espalda y seguía dormida muy profundamente, pensó en que lo mejor sería no levantarla, por lo que se acomodó con mucha dificultad de no hacer sonar sus cadenas, contra la pared más cercana a él.
Todo estaba pobremente iluminado por las antorchas que mantenían encendidas para ellos, la luz de la luna vagamente se filtraba por los barrotes que debían funcionar como ventanas.
Miroku tenía toda su atención en la tenue luz, cuando notó que algo se movió por el rabillo del ojo derecho, tragando con fuerza, volvió la cabeza lentamente, temiendo espantar lo que fuera que se movió, y achicó su vista para tratar de ver mejor lo que era o quién era.
Pero lo único que notó fue una sutil sombra negra tratando de deslizarse dentro de su calabozo, al inicio se le ocurrió que podría ser un guardia husmeando o algo parecido, pero luego de ver como la sombra atravesó los barrotes sin mucho problema, esa idea se esfumó de su cabeza.
— ¿Qué…? — Musitó en voz baja tratando de no alertar al intruso, pero la sombra no parecía ver, ni escuchar, o tener una forma en concreto, ni siquiera podía distinguir si era hombre o mujer.
Miroku no tenía idea de lo que estaba a punto de enfrentar, lo único que sabía era que esa sombra logró entrar sin alertar a los guardias, quizá era un aliado, alguien que venía para ayudarles a salir o a abogar por ellos, la extraña silueta que no tenía forma, estaba en la esquina opuesta de donde él se encontraba.
El monje estaba completamente decidido a llamar la atención de la sombra, cuando de repente, eso, —así decidió apodarlo, ya que no parecía hacer o decir algo, o adivinar qué era—, se dio vuelta bruscamente como un poseso, mirando directamente hacia él, Miroku se espantó un poco al notar como la extraña figura lo analizaba, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si estuviera buscando lógica a qué era él, súbitamente, eso, empezó a hacer extraños movimientos con sus extremidades,
alzó una extremidad hacia él y la otra la lanzaba hacia atrás y adelante, una y otra vez, como si estuviera empujando a alguien para que se fuera… o huyera, en cualquier caso.
Miroku imaginó que estos debían ser sus brazos, además de lograr identificar los otros miembros, también logró distinguir como una parte de lo que parecía ser la cabeza se abría y se cerraba intermitentemente, como un pez fuera del agua.
El monje achicó los ojos, y trató de acercarse a gatas a la extraña sombra, pero antes de que pudiera avanzar más, eso, se volvió de nuevo hacia él, pero esta vez, no comenzó a agitar sus extremidades, esta vez se le quedó mirando fijamente, como si su vacía mirada sin rostro, ni ojos, pudiese perforarle el alma.
Eso, se hizo más grande, levantándose, erigiéndose, como si todo el tiempo hubiese estado encorvado, Miroku lo observó con terror, pues jamás en su vida había visto algo similar. La sombra comenzó a tomar una fisonomía y una apariencia demasiado conocida para él.
El espectro avanzó un paso, donde la luz de la luna se cortaba con los barrotes, pero era lo suficientemente luminosa como para verlo, definitivamente era un él, y no cualquier él…
¡Era él!
La sombra tenía su propia apariencia, su físico, su vestimenta, su rostro. Era Miroku viéndose a sí mismo.
Antes de poder decir o gritar algo, la sombra con su forma, corrió a grandes zancadas hacia él, Miroku retrocedió de golpe hacia la pared, pero el espectro, se abalanzó sobre él sin darle oportunidad a nada, por lo que solo atinó a cubrirse el rostro con ambas manos.
Lo último que miro entre los espacios de sus dedos, fue verse a él mismo y gritar justo cuando estuvo cerca de su oído:
— ¡Recuerda quien es el verdadero enemigo! ¡Huye de aquí, Sango! — Cuando el nombre de su esposa retumbó en sus oídos, Miroku exhaló asustado en medio de un chillido.
Sin darse cuenta, sus ojos estaban cerrados con fuerza, su boca abierta de miedo y sus manos cubriendo su rostro.
Pasaron muchos minutos antes de que pudiera abrirlos, parpadeo varias veces tratando de aclarar su visión o ver algo más que la luz de la luna o el cuerpo acurrucado de su esposa aún dormida, pero ni siquiera podía estar seguro de ver una sombra, un espectro o lo que fuera eso que apareció, porque las antorchas, —de las que estaba seguro que estaban encendidas—, ahora no lo están.
Quizá y nunca lo estuvieron, quizá y todo lo que sintió y observó, fueron solo productos del cansancio, la impotencia y lo agobiante de seguir encerrado.
Volvió a parpadear varias veces, pero nada cambió de lugar.
— Hm, debo estar realmente exhausto. — Se respondió a sí mismo entrecortado, su pecho se movía de arriba a abajo y su respiración estaba agitada. —. Esa fue una espantosa pesadilla. — Por supuesto que eso debía de ser, de otra manera, cómo explicaría lo que vio?
¿Cómo explicaría que había un doble de él diciendo incoherencias, y que todo desapareció cuando abrió los ojos, ¿Cómo explicaría que en realidad, no estaba perdiendo la razón? ¿Cómo explicar eso, cuando ni siquiera él mismo está seguro si lo que vio fue real o no?
Miroku sacudió la cabeza en negación, lo que vio, fue simplemente un mal juego por el estrés y el cansancio de estar encerrado en la mazmorra.
(***)
— ¿Dónde se encuentran ahora? — La voz sonó tétrica y macabra, llenando el lugar con sus escalofriantes palabras.
— Encerrados en las mazmorras de Lord Sesshomaru, mi señor.
El silencio reinó en el lugar tras esa respuesta.
— ¿Las piedras?
— Las mantienen ellos, mi señor.
— ¿Y el General Perro? ¿Despertó de su sueño eterno? — Cruzó su pierna derecha sobre la izquierda, se acomodó en su asiento, reclinándose hacia atrás.
— Así parece ser, mi señor.
— ¿Qué me dices de nuestro querido amigo Naraku? — Acomodo su codo en el antebrazo y descanso su mentón de manera arrogante sobre su mano.
El hombre que respondía las preguntas de su amo, sonrió con macabridad antes de responder.
— Se le agota el tiempo, por lo que va a intentar recuperar a esos insulsos cuanto antes. En estos momentos está ideando un plan para infiltrarse en el Occidente.
La figura sentada, sonrió ladino.
— Perfecto, mientras él crea que tiene el control de todo, entonces resultará.
— En cuestión de semanas, el efecto del brebaje finalizará, para ese entonces él debió de haber liberado a los traidores, ¿qué pasará cuando la sacerdotisa Kagome descubra la verdad?
Sonrió maquiavélico.
— Eso no importará, ya será demasiado tarde para cuando eso suceda.
El subordinado asintió, todo estaba yendo conforme el objetivo, tanto ahora, como en el pasado.
Un sonido molesto y repentino los interrumpió.
Sin demora, presionó el botón preciso y la voz de una mujer provino del otro lado del dispositivo.
— ¿Qué sucede? Aclaré que no quería llamadas por el resto del día.
— Disculpe la intromisión señor director, pero su esposa está en el lobby, dice que vino para almorzar con usted, ¿desea que le diga que está en una importante reunión?
El individuo detrás del lujoso escritorio clavó los ojos en su compañero antes de responder a su secretaria personal.
— No es necesario, dile que bajaré de inmediato. También llama al chófer, que esté afuera en cinco minutos.
— Como ordene, director Onigumo-sama. — La llamada terminó.
— Asegúrate de estar al tanto de lo que sucede con tu persona del pasado, debemos estar seguros de que todo mantenga su curso.
— Sí, mi Lord. — Con su mano derecha en su pectoral izquierda.
El imponente directos pasó al lado de su empleado más fiel y con pasos seguros y firmes caminó hasta la puerta de su elegante despacho,
— Cierto... — Antes de abrirla, miró sobre su hombro y con voz solemne dijo; — Akago, comunica a tu versión pasada que vigile a Kagura y a Kanna, intentarán advertir a Kagome con respecto al brebaje.
— Como ordene, ¿desea que baje a revisar a la miko?
Onigumo lo pensó varios segundos antes de responder.
— No, deja que las cadenas y las ratas sean su única compañía, no queremos que escape y haga hasta lo imposible por alterar la línea del tiempo.
— Entendido, mi señor. Disfrute su comida con su esposa.
Onigumo asintió y salió de su despacho.
Gomene: Lo siento.
Muchas gracias cositas hermosas y preciosas que nunca se rindieron y siguieron apoyando a pesar de haber desaparecido, lo agradezco desde el fondo de mi corazoncito. Gracias, gracias!
*Nicol532
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*Guest
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**Por cierto, continuaré las re ediciones donde las dejé, espero que los nuevos lectores que se den una pasada y lleguen hasta acá, lo hayan disfrutado, y espero que todo siga concordando** Gracias3
