Un par de días después, Kagome, Yukime y Sota volvían juntos de la escuela y la madre de Kagome se asomó para recibirlos.
—Hola, mis niños— les dijo, con una amplia sonrisa.
—Hola, mamá— saludaron Kagome y Sota.
—Hola, tía— la saludó su sobrina Yukime. A decir verdad, se veía bonita con el uniforme que también usaba su hija y llevaba el cabello suelto igual que Kagome.
—Te llegaron unas cosas por correo, Yukime.
La madre de Kagome los dirigió a la sala de estar, donde habían siete cajas grandes, cinco medianas y tres pequeñas. Contenían ropa, zapatillas y zapatos, accesorios y demases pertenecientes a Yukime.
Kagome y Sota observaron sorprendidos, Yukime sonrió agradada.
—Son muchas cajas— comentó Kagome.
—Sí. Tienes muchas cosas, prima— le dijo Sota.
—Tengo una ropa que podría quedarte bien, Kagome— le dijo Yukime con una sonrisa cariñosa, aproximándose a revisar una de las cajas grandes.
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Yukime fue con Kagome a su habitación, llevando una de las cajas grandes. Era bastante ropa y Kagome quedó asombrada por la belleza y estilo de las prendas. Jeans, joggers, leggins, remeras, tops, pullovers y hoodies, faldas y vestidos, abrigos y parkas. Además de dos pares de zapatillas.
—Con éste podrías sorprender a ese orejas de perro— le dijo Yukime con una sonrisa, enseñándole un jeans ajustado a la cadera color celeste. Kagome miró impresionada la prenda y la recibió de las manos de su prima.
—No sé si usaría ropa tan ceñida como la que usas tú— reconoció Kagome, sonriendo de todas maneras. Definitivamente, las chicas en Estados Unidos tenían personalidad y estilo para vestir. En serio, no se imaginaba usando ese tipo de ropa.
—Pero éstos te quedarían hermosos. Lo digo en serio— insistió Yukime con entusiasmo.
Kagome accedió a probarse el jeans y se lo mostró a Yukime.
—¿Ves? Como anillo al dedo— dijo su prima, mientras Kagome sonreía frente al espejo. Yukime tenía razón —Son tuyos.
Kagome volteó para mirarla impresionada. Luego continuó viendo la ropa.
—Y todo lo demás también es tuyo. Ése vestido igual podría servir para que impresiones a Inuyasha— dijo Yukime, tomando un vestido con tiritas finas y mini falda tipo tubo de un color damasco con lunares blancos.
—Tal parece que Inuyasha no te agradó— respondió su prima.
—No. Te ha hecho sufrir y además dice que soy una loca— comentó indignada Yukime. La azabache rió un poco.
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Posterior a la cena en familia, Kagome preparó todo para regresar al sengoku.
—Ya tengo todo listo. Me voy— dijo, despidiéndose de todos con una sonrisa.
—Que te vaya bien, prima querida. Cuídate muchísimo— dijo Yukime y se abrazaron cariñosamente.
—Tú también, mi querida Yukime. Recuerda lo que hablamos— le rogó Kagome, tomándola de las manos y mirándola seriamente. Yukime también se puso seria y asintió.
—Cuidate, que salga todo muy bien, hija mía— dijo su madre, con una sonrisa dulce. Kagome sonrió.
—Adiós— se despidió la azabache y le dedicó una última mirada a su prima antea de voltear para salir de la casa en dirección al pozo.
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Kagome salió del pozo y de inmediato fue ayudada por Inuyasha, quien se había aproximado al pozo en cuanto sintió el olor de Kagome.
—¡Kagome!— exclamó el hanyou —Ya era hora de que llegaras, ¿no crees? Ya pasaste suficiente tiempo con esa loca— resopló fastidiado Inuyasha.
—Inuyasha, ¡abajo!— exclamó Kagome, indignada.
—Señorita Kagome— la saludó y le sonrió el joven monje, en cuanto llegaron a la fogata para reunirse con ellos.
—Hola, Kagome— la saludaron Sango y Shippo, ambos sonriendo.
—¿Cómo están, chicos?— les preguntó Kagome, quién también sonrió.
—Bien, amiga. ¿Y qué hay de tí?— dijo Sango, acariciando a Kirara en su regazo.
—Bien, es decir. No sé si Inuyasha ya les mencionó…— comenzó a contarles la azabache, mientras se ponía cómoda junto a ellos.
—Sobre su prima de nombre Yukime, sí— la interrumpió Miroku.
—Sí, esa loca— se quejó el ojidorado.
—¡Abajo!— exclamó Kagome, molesta.
—Es lamentable lo que le pasó, Kagome— comentó Shippo.
—Pobre de Yukime— dijo Sango.
—¿Saben?— les preguntó Kagome, en voz baja —Tengo graves sospechas de que Yukime… podría ser la reencarnación de una sacerdotisa— dijo y todos la miraron con gran asombro y confusión.
—¿Qué?— preguntó Sango.
—¿Cómo sería eso posible?— dijo Miroku, con atención.
—Notó la presencia de los fragmentos de Shikon antes de que yo los mencionara. Incluso dijo donde se encontraban— explicó Kagome.
—Eso quiere decir que posee poderes espirituales al igual que usted, señorita Kagome— le dijo Miroku.
—Pero no quiero por nada del mundo que ella venga a la era feudal— dijo la azabache, consternada —No quiero que Yukime arriesgue su vida.
—Esperemos que esa loca no venga a meterse donde no la llaman— rezongó el peliplata.
—¡Inuyasha!
—Sería mejor que permanecieras callado, Inuyasha— le comentó Shippo.
—¡Abajo!— dijo Kagome, con voz fuerte.
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Se encontraba aburrida y le estaba costando trabajo quedarse dormida. Miraba el techo de su nueva habitación provisoria y todas sus cosas organizadas. Ese día, había estado muy pensativa acerca del cambio que había ocurrido en su vida.
Hace casi una semana estaba viviendo su vida normal en Nueva York, junto a su madre. Había llegado con sólo 3 años de vida a los Estados Unidos junto a ella y también había ido de visita en numerosas ocasiones a Tokyo. Pero volver a vivir allí, era algo completamente distinto e inesperado.
Sabía hablar japonés tanto como sabía hablar inglés y eso la ayudó bastante al entrar a clases. Aún no hacía amigos pero al menos había sido bien recibida por sus compañeros y pronto los profesores se dieron cuenta de que ella venía con otro tipo de educación. Y es que su madre, al ser rica, se había encargado de que fuera a las mejores escuelas.
No obstante, desde que había llegado a la casa de su prima Kagome y luego de sentir los fragmentos, ya nada era igual. El pozo la estaba llamando, eso lo tenía claro por la sensación que le daba al pasar todos los días por la entrada. Tenía una curiosidad enorme acerca de la era feudal por todo lo que su prima le había contado y su corazón le indicaba que tenía que ir. En último lugar, buscaría a Kagome pues la extrañaba muchísimo y vería cómo es todo allí.
Se incorporó con cierta duda pero luego se levantó de la cama en silencio. No se escuchaba ningún ruido, casi era medianoche y su tía, primo y abuelo debían estar durmiendo pacíficamente.
Tomó el primer atuendo que encontró y se apresuró intentando no hacer ningún ruido. Constaba de shorts negros al cuerpo y a la cintura junto con thigh high socks negros, remera manga corta crop ajustada a rayas en rosa y blanco y zapatillas de basketball negras con detalles en rosa, verde y púrpura encendido por todo el rededor de la mediasuela. Encima se puso un hoodie rosa tipo crop holgado y con capucha y a las caderas un bolso tipo banano en negro.
Por último, buscó una misteriosa caja negra que tenía bastante bien escondida. La abrió con cuidado y sacó una pistola plateada calibre 9mm.
Pertenecía a su madre, quién la mantenía debidamente inscrita en su propoa casa. Tal como ella aprendió a usarla apropiadamente, se lo enseñó a Yukime. Producto de que vivían solas, era bueno tener algo con que defenderse en caso de que fuera necesario.
La cargó y la guardó en su bolso junto a algunas municiones de reserva. Peinó su largo cabello en una trenza al costado derecho, se puso la capucha y salió.
Sigilosamente y con prisa, en cosa de minutos se halló abriendo la puerta de entrada al pozo. Al cerrarla y voltear a mirarlo, vió una luz provenir de él y una energía la atrajo.
"Ya estoy aquí" dijo en su mente y determinó aproximarse de una vez. La luz y la energía se hicieron más intensas, Yukime no lo pensó más y se lanzó.
Su corazón estaba a mil por hora al verse envuelta por esa atmósfera en azul brillante con una especie de brillos por todos lados. Luego, todo eso se desvaneció y quedó sumida en oscuridad.
Miró hacia arriba y vió el cielo sorprendentemente azul y estrellado. Sonrió emocionada y nerviosa, buscando la enredadera para poder subir.
Una vez arriba, se sintió maravillada pero al caer en la cuenta de que estaba sola a merced de cualquier cosa que pudiera sucederle, se apresuró cuidadosa internándose entre los árboles.
Caminó por un par de minutos, asustada y alerta en medio de la tenue luz de la luna y la oscuridad del bosque, hasta que pudo percibir la misma sensación que le habían causado los fragmentos de Shikon que Kagome le enseñó. Sin embargo, no era lo único de lo que se percató pues también había una presencia maligna.
"¿Qué significa esto?... ¿Será que…?" se preguntó en su mente, dirigiendo su mirada hacia el lugar de donde provenían ambos sentimientos. Entonces supo que no estaba tan lejos y caminó insitintivamente para indagar.
Llegando al punto indicado, no vió nada pero repentinamente salió un escorpión gigante de la tierra. Yukime gritó despavorida y sorprendida pero no corrió a ningún lado, solamente retrocedió.
—Oh, no— dijo la chica, impresionada —¡Es un escorpión gigante!— exclamó. "Y tiene un fragmento de Shikon" dijo pues podía ver el intenso resplandor en su cabeza, igual que los que tenía en su poder su prima Kagome.
Lo primero que se le ocurrió fue sacar su revólver y cargarlo con el fin de dispararle antes de ser atacada.
—Toma ésto— murmuró determinada y apuntando al feroz insecto.
Jaló el gatillo y abrió los ojos como platos al ver la bala saliendo de la pistola con un fuerte brillo en un tono rosa claro. "¡¿Qué demonios fue eso?!" se preguntó conmocionada.
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El youkai lobo corría a gran velocidad siendo seguido por sus compañeros de siempre, cuando un aroma dulce a mujer llegó a sus narices y lo hizo detenerse.
—¿Qué pasa, Koga?— preguntó Hakkaku, quién se detuvo junto a Ginta.
—¿Huelen ese aroma?— dijo el lobo con su voz varonil, mirando en todas direcciones atentamente. Sus dos compañeros se pusieron alerta también —Es similar al de mi mujer— agregó refiriéndose a Kagome y un sonido estruendoso los hizo sobresaltarse a los tres.
El joven comandante salió corriendo rápidamente al lugar de donde ese ruido había venido y sus amigos lo siguieron apresurados.
Fue entonces que sus ojos celestes vieron a Yukime de perfil, apuntando con su pistola al enorme escorpión que parecía quejarse del dolor. Él se quedó observándola un par de segundos, asombrado. Y no sólo por su arma, sino por su extraña vestimenta y la capucha que no dejaba ver bien su rostro.
—Oye, ¿qué tipo de arma es ésa?— preguntó el youkai lobo, mirándola fijamente. Yukime se volvió a mirarlo y lo apuntó, al tiempo que Ginta y Hakkaku se aproximaban. Apenas lo vió, pudo percibir los fragmentos de Shikon en sus piernas. "Son demonios" dijo en su mente pero no era momento de darle importancia.
—¿Quién eres tú?— le dijo la muchacha, con el ceño fruncido.
—¡Ten cuidado!— exclamó Koga, pues el escorpión estaba apunto de atacarla. En un veloz movimiento, él tomó en brazos a Yukime para ayudarla a esquivar la agresión del insecto.
Ella lo miró y se sonrojó por un instante, pues no se lo esperaba y él pudo sentir la dulzura y suavidad de su olor más de cerca.
—Éste escorpión tiene un fragmento de Shikon— le dijo la muchacha, a la vez que Koga la dejaba en el suelo con cuidado.
—¿Qué?— le preguntó él, sin creer el comentario de la chica —¿Eres una sacerdotisa?— dijo pero Yukime lo ignoró, confusa.
—¡Detrás de tí!— le advirtió ella, pues el objetivo del escorpión ahora era Koga.
—¡Cuidado!— le gritó Hakkaku y Yukime volvió a disparar en defensa de Koga.
Lo que impresionó a los tres demonios, más que el sonido del revólver, fue el destello purificador de la bala. Tan intenso como cualquier flecha de Kagome.
"Eso confirma que es una sacerdotisa" dijo Koga en su mente. El youkai lobo no dudó y tampoco esperó a mostrar lo que era capaz de hacer.
Yukime se quedó observando junto a Ginta y Hakkaku cómo el youkai lobo se encargaba de él. Golpeó y atacó al escorpión hasta que lo mató, cosa que no fue demasiado difícil pues los disparos de Yukime habían facilitado las cosas.
Koga la miró con cierto aire fanfarrón y los tres vieron a la muchacha acercarse al cadáver para sacar algo de su cabeza.
—El fragmento de Shikon— susurró ella, admirándolo en su mano.
—Éso es mío— le ordenó Koga, llegando a su lado. Yukime volteó a mirarlo, divertida.
—¿Discúlpame? No te lo entregaré, la que lo encontró fui yo— dijo ella y metio la mano por el cuello del hoodie para guardarlo en su pecho.
—Pero yo lo acabé— reclamó el lobo, determinado a recuperarlo.
—¿Y qué me dices de los fragmentos que tienes en tus piernas y en tu brazo? Me han dicho por ahí que los youkais no deben tener fragmentos de Shikon en su poder— dijo Yukime, con aires confiados. Koga se impresionó pero luego recordó que era natural el que hubiera identificado sus fragmentos también.
—¿Cuál es tu nombre? ¿Y por qué hueles parecido a mi hermosa Kagome?— preguntó él, completamente curioso. Fue entonces que Yukime cayó en la cuenta de quién se trataba.
—Espera. ¿Tú eres Koga? ¿Del clan de los lobos?— dijo ella, sonriendo. Koga y sus dos amigos se notaron impresionados.
—Koga es el comandante de los youkai lobo— respondió Ginta.
—Y ustedes son Ginta y Hakkaku, ¿no?— les preguntó la muchacha de ojos turquesa y ellos asintieron. Ella se quitó la capucha —Yo soy Yukime, la prima de Kagome. De hecho, acabo de llegar aquí a buscarla. Vengo de la época actual, al igual que ella— explicó y el joven comandante reparó en su gran belleza. Eso, acompañando el hecho de que su reveladora ropa enseñaba sus curvas desde la cintura hacia abajo. Tenía una hermosa y dulce sonrisa como Kagome, pero el claro de sus ojos turquesa y su cabello largo, liso y brillante color chocolate la hacía físicamente bastante atractiva.
—Con que la prima de mi esposa Kagome. Claro, por ello sus olores son parecidos. Aunque el tuyo es más dulce— comentó Koga y se sonrojó un poco, mirando a otro lado. Yukime acentuó su sonrisa.
—Ah, me había olvidado de ello. Kagome ya me mencionó que pretendes ser su esposo.
—¿Qué?— preguntó él, frunciendo el ceño.
—Sí, pero ella está enamorada del orejas de perro, Inuyasha. ¿Lo sabías?— dijo Yukime y el youkai lobo se molestó. No iba a discutir esos asuntos con ella.
—Te ayudaré a encontrar a Kagome, si tú me ayudas a recolectar más fragmentos de Shikon— dijo.
Yukime lo pensó por un momento y no le pareció una mala idea. Kagome no le había advertido nada malo sobre él, de hecho le había dado a entender que la trataba bien.
—Trato hecho— respondió la muchacha.
—Tenemos que irnos. Tú te irás conmigo— dijo el lobo y se agachó e inclinó para llevar a Yukime en su espalda, tomándole las piernas.
—Gracias, Koga— dijo Yukime y se subió a la espalda del joven youkai.
Koga corrió rápidamente y sus compañeros se vieron en la obligación de apresurarse tras de ellos.
—¡No nos dejen aquí!— gritó Hakkaku.
